Los Slytherin se caracterizan por ser ambiciosos, inteligentes y astutos. Lideres fuertes, orientados hacía los logros y con un instinto premeditado hacía la gloriosa victoria. Orgullos, con ingenió y determinación que ansían conseguir lo que nadie ha conseguido. Preparados para la acción y el peligro, con instintos de supervivencia, osados e intrépidos.

¿Y entonces, qué demonios hago yo en Slytherin? —se preguntó Albus cuando el profesor Binns explicó en primer curso la creación de las cuatro casas de Hogwarts y sus fundadores.

Nunca había entendido porqué el Sombrero Seleccionador le había puesto en la casa de los ambiciosos, inteligentes y astutos, pues Albus no se atribuía ninguno de los tres adjetivos que caracterizaban a la casa en cuestión. Tampoco tenía fama de líder fuerte y jamás había conseguido grandes logros, más allá de aprobar los exámenes con notas mediocres a base de mucho esfuerzo previo, malgastando tardes y tardes estudiando en la biblioteca. ¿Podía eso considerarse determinación y ansías por conseguir la victoria? —No— se respondía a si mismo con resignación. Quizás fue la osadía el porqué de la selección en Slytherin, por demostrar que él no es igual que su familia y su afán por el peligro a enfrentarse a ellos. El instinto de supervivencia que se le atribuye demostrado en su autonomista al margen del apellido Potter. Quizás fue por eso.

Quería a su familia, la adoraba. Pero jamás estaría a la altura de las expectativas, jamás sería suficientemente bueno como para tener ese apellido y formar parte de ellos, jamás sería James. Y Albus vivía atormentado por ello. Puede que fueran invenciones de su paranoica mente o delirios alimentados por su —usualmente— baja autoestima. Pero Albus sabía que existían esas odiosas comparaciones entre ellos, había crecido escuchándolas, había visto como se expandían entre los alumnos de Hogwarts y le perseguían año tras año.

—Hola, hermanito… —James le sonreía radiante.

Albus estaba en la biblioteca, sentado en la mesa que más frecuentaba. Esperaba a Scorpius cuando James apareció frente a él.

—¿Qué haces aquí?
—He venido a verte…

—¿Desde cuando sabes que hay una biblioteca en Hogwarts? Creo que nunca te he visto por aquí antes…

—Bueno, está bien probar cosas nuevas de vez en cuando ¿no?

—Supongo —respondió Albus volviendo la mirada al cuaderno en el que estaba escribiendo.

James se sentó en la silla de enfrente, en el sitio que solía ocupar Scorpius todas las tardes.

—¿Has venido por algo en especial?

—Para pasar un rato con mi amado hermano… ¿A caso estás tan ocupado que no puedes ni dedicarme una mirada? —Albus seguía escribiendo en su cuaderno—. ¡Oh vamos, Al! Mañana volvemos a casa, no hay clases… ¿Qué demonios se supone que estás escribiendo?

Albus desistió a la insistencia de su hermano y le miró.

—Si, James… Dime.

—¡Silencio, por favor! —exclamó la bibliotecaria, causando más ruido del que ellos habían estado provocando.

—Mamá me escribió hace un par de días… —dijo James—. Me dijo que la Abuela ya tiene media cena de Navidad preparada ¿Te lo puedes crees? ¡Quedan dos días! Será genial, ¿verdad?

—Supongo… A mi también me escribió. Me dijo que te vigilará, que evitará todos los líos posibles y que te dijera que Papá sabe que le has robado la Capa y el Mapa.

—Genial —ironizó James.

—¿Lily ha hecho sus maletas?

—Sí. Y se ha ofrecido encantada a hacerme las mías…

—¿Ofrecido? ¿Lily?

—Sí —declaró James.

—¿Qué le dabas tu a cambio?

—Prometí obsequiarla con la mayor variedad de chocolates y caramelos de Honey Ducks.

Albus rodó los ojos mientras James se distrajo con uno de los libros que Albus tenía sobre la mesa.

—¿Y ese libro?
—Me lo han prestado.

—¿Quién? —James lo cogió y lo abrió por la primera página. Se encontró con aquel nombre escrito en tan delicada caligrafía. Draco Malfoy—. ¡¿Enserio? Es decir, no sólo te haces su amigo, sino que te presta cosas de su padre… Increíble.

—¿Tienes algún problema?

—Muchos, la verdad… La mayoría se deben a tu inocencia.

—Me da igual lo que pienses, James.

—Es el libro de Draco Malfoy. ¡De Draco Malfoy, Al! ¡Un maldito Mortífago!

Albus sabía que la única manera de calmar a su hermano sería dándole la razón. Siempre había sido así.

Siendo niños, cuando Albus cumplía años y recibía regalos por parte de su familia y amigos, James se ponía celoso. Sus padres, con tal de apaciguar la rabia de aquel príncipe destronado, le compraban otro regalo a James.

Cuando Albus tenía un juguete nuevo, su hermano insistía en que se lo dejará para jugar con él y con tal de que le dejará en paz o no le amenazará con romperle otros juguetes, desistía y se lo daba.

Albus conocía a James, sabía como tratarle y adormecer ese ego arrogante que le caracteriza. Esa naturaleza narcisista y petulante. Ese carácter interesado y presuntuoso que le convierte en una persona tan egocéntrica como él mismo. La única manera era decirle lo que quería oír, por mucho que doliera, aunque fuera una mentira, hacerlo era la única forma de conseguir que James le dejara tranquilo.

—¿Y qué quieres que haga, eh?
—Joder, Al… Que se acabe toda esta mierda. ¿A qué viene esta repentina obsesión por él? ¿Desde cuando y porqué? No lo necesitas. Me tienes a mi, a Rose, a Daren y a Lance… ¿Para que necesitas un amigo como Malfoy? A demás, has dejado que todo el mundo murmure. Hay rumores sobre vosotros circulando por todo el castillo.

—¿Así que ese es el problema, lo que piensen los demás? Muy bien, como quieras… —Albus se levantó de la silla, cogió el libro que Scorpius le había prestado y miró a su hermano. Alzó la voz para decir aquellas últimas palabras—. De todos modos, Malfoy me da igual. Es bueno en calse y me ayudó con los deberes. Solo es eso, me aprovechó de él para los deberes. No es mi amigo y no dejaría que lo fuese porqué es un Malfoy… ¡Joder! ¿Por qué iba a ser amigo de Malfoy?

Nunca mentir le había dolido tanto.

Ahí, muy adentro.

Donde nada más duele.

Solo él.

—¿Hablás en serio?

—Sí, James —que ingenuo eres, hermano—. Sólo era por los deberes, nada más. Le devolveré este maldito libro y se acabará todo.

—Vale.

—¿Contento?

—Sí, bastante —James esbozó una sonrisa.

Albus quiso hechizarle la cara para que no pudiera sonreír así nunca más. Y menos a costa de aquellas palabras de despreció, odio y humillación que había pronunciado contra Malfoy.

—Eres un tremendo gilipollas, ¿lo sabías? De veras, James que no entiendo como puedes ser así…

—¿Qué he hecho ahora?
—Nada —Albus estaba realmente dolido—. Nada, James… Tu nunca haces nada.

—¿Al…? —le llamó mientras Albus salía de la biblioteca a grandes zancadas—. ¡ALBUS!
—¡Shhhhhh!

—Vale, vale —James se levantó y fue hasta la puerta— ¡Qué asco la biblioteca!

Albus había bajado a las mazmorras con la única intención de perder de vista a James, sabiendo que ese era el único lugar en el que no le encontraría. Estaba acabando los deberes en la Sala Común, preguntándose por Scorpius y lo extraño que era que no hubiera aparecido en la biblioteca aquella tarde. Pensó que quizás había aprovechado la última tarde antes de vacaciones para estar con sus amigos o entrenar al Quidditch. De todos modos, era raro que no hubiera aparecido para explicarle su ausencia. Pero Albus lo dejó pasar y decidió seguir el curso de su rutina.

Antes de cenar fue a hacer la maleta y de camino a la habitación se encontró con él. El pasillo de las habitaciones de los chicos era oscuro. Las paredes estaban pintadas de un color intermedio entre el verde más oscuro y el negro más intenso.

Fue la primera vez que Albus vio oscuridad en los ojos de Scorpius. Triste y apagado, su rostro hacía juego con las paredes.

—Hey —saludó Albus con una sonrisa.

Malfoy siguió caminando, pasando por su lado e ignorando las palabras de Albus.

—Scorpius… —Albus se giró y le siguió pasillo a través—. Scorpius… ¿qué pasa?

—Nada.

—Oye, ¿qué pasa? Dímelo.

Scorpius se paró y le miró. Había rabia en su mirada, parecía roto.

—¿Porqué iba a importarte lo que me pasará?

—¿Por qué dices eso?

—Mira, Albus… Esto has ido una locura, ¿vale? Tu y yo no podemos ser amigos… ¿Un Malfoy y un Potter? ¿En que locura nos hemos metido?

—¿Qué dices?
—Lo que oyes —dijo seco y conciso—. Y quiero que me devuelvas el libro de mi padre.

—¿Esto es por James, verdad? ¿Nos has escuchado en la biblioteca? ¿A que sí?

—Me importáis una mierda el imbécil de tu hermano y tu. Así que quiero que te quede muy claro, Potter —Albus no podía creer lo que oía—. No te acerques a mi.

La oscuridad del pasillo asfixió a Albus en escuchar aquellas palabras, ver como Scorpius se daba media vuelta y se marchaba . Aquel era el único amigo que había hecho por si mismo. Ni James, ni Rose, ni Daren le habían ayudado. Él sólo había sido capaz de hacer que alguien se interesara por él, más allá de ser Albus Potter —hermano de James Sirius, el querido cazador de Gryffindor, alabado y admirado por toda la sección femenina de Hogwarts, un estudiante ejemplar que no necesitaba abrir los libros para aprobar y no necesitaba levantar faldas para que cualquiera le abriera las piernas. ¡Qué gran ejemplo a seguir! Don popular, hijo perfecto y alumno predilecto—. Sólo Albus sabe como es en realidad. Sólo Albus conoce sus miedos y debilidades. Sólo Albus.

No supo porqué, pero sentía que James lo había hecho a cosa hecha. Que le había hecho decir aquello en el momento preciso a sabiendas de que Scorpius le estaría escuchando. Sabiendo que Scorpius se enfadaría con él y toda aquella extraña amistad —aquel cálido afecto— se acabará.

Y Albus se hacía pequeñito, encogía y se asfixiaba. Se preguntaba porqué aquel pasillo era tan oscuro, porqué no había luz, porqué los colores no eran más cálidos. ¡Y porqué tenía que ser un condenado Slytherin! Todo hubiera sido más fácil si ahora estuviera en Gryffindor, si las paredes fueran rojas y doradas, si hubiera luz, si fuera uno de ellos. ¡Todo sería tan sencillo!

Fue hasta su habitación y comenzó a hacer la maleta. Mañana salía el tren, volvería casa por Navidad y le dolía dejar las cosas así con Scorpius, le dolía el pensar como debía sentirse él después de lo que posiblemente había oído.

—¡Maldito cabrón! —Albus golpeó el baúl pensando en su hermano.

Le gustaría darle, pero más fuerte.

—¡¿Al?! —gritaba una vocecita al otro lado de la puerta—. ¡¿Albus?!

En abrirla se encontró con la radiante sonrisa de Lily, tan vivaz y alegre como siempre.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?

—James tiene un pergamino con una lista completa de todas las contraseñas de todas las casa —decía Lily—. Y sin el uniforme nadie sabe que vengo de Gryffindor —sonrió con más intensidad y entró en la habitación, tomándose la libertad de sentarse en la cama de Albus. Los pies le colgaban mientras examinaba la estancia con sus enormes ojos verdes.

Albus volvió la atención al baúl. Lo colocó bien y lo abrió.

—¿A qué debo tu visita? —dijo con fastidió.

—Estaba cansada de hacerle la maleta a James y quería verte…

—No estoy de humor.

—Eres un borde —le reprochó Lily.

—James es idiota.

—¿Eso es novedad? ¿Qué ha hecho esta vez?
Lily Luna Potter era la única razón por la que Albus no había perdido la esperanza con el legado que sus padres habían dejado como hijos. Si alguno de ellos merecía el respeto de ser hijo del Gran Harry Potter esa era Lily.

—Ha hecho que Scorpius se enfade conmigo…

—¿Cómo?

Albus le explicó lo sucedido en la biblioteca y las conclusiones a las que había llegado después de su conversación con Malfoy.

—¿Por qué actúa así? —se preguntaba Lily—. Scorpius es tu amigo, debería estar feliz por ti.

—Ya…

—Albus —Lily se puso en pie y camino hasta su hermano. El chico estaba sentado en el suelo frente al baúl vació—. No dejes que James escoja a tus amigos —decía con un tono infantil que rozaba la más adulta de las conclusiones—. Si Scorpius y tu os lleváis bien no debes dejar que nadie se interponga… Y menos el cabeza-corcho de nuestro hermano. ¿A quién le importa que tu y Malfoy seáis amigos? A nadie, Al… A nadie.

Lily Luna Potter, señores.

Albus no podía adorar más a su hermana.

—Vamos… —dijo la niña, cogiendo unas camisetas del suelo—. Te ayudaré con el baúl.

Pasaron la tarde juntos. Lily ayudó a Albus a hacer la maleta y también le organizó el armario. Estuvieron hablando sobre lo que le había parecido a Lily el primer semestre. Le habló a Albus sobre las asignaturas que más odiaba y los profesores que le habían caído bien. Hablaron de Hugo y las tres asignaturas que había suspendido, del regalo conjunto que le iban a hacer a sus padres, de las ganas que tienen de ver a los Abuelos y al primo Teddy.

Y a todos los demás, claro… Pero a Teddy en especial —remarcó Lily—.

En acabar, subieron juntos al Gran Comedor. Lily le dio un suave besó en la mejilla y se marchó hacía la mesa de Gryffindor. Un grupo de niñas de primero la esperaban con una sonrisa.

Albus caminó hasta su mesa, evitó la mirada de Daren —con el que no se había visto en tres días— y se sentó en su habitual sitio en la mesa de Slytherin.

Scoprius ni si quiera le miró y Albus nunca se había sentido tan solo.

Os debo a todos una disculpa. ¿Cuándo fue la última vez que publiqué? Dios, hace demasiado que ya ni me acuerdo cuanto… Lo siento mucho. Mi vida a sido un caos últimamente, estoy empezando a creer que nunca dejará de serlo. Este capítulo lo tengo escrito desde hace mucho tiempo, pero por falta de tiempo, no he podido corregirlo y decidirme a publicarlo hasta ahora. Espero que haya merecido la pena la ardua espera jeje.

¡Hablemos de lo que ha pasado! Mmm… Si algo odio de los hombres, es que no escuchan lo que se les dice. Me quejaría también de su orgullo y terquedad, pero yo tengo mucho, así que no voy a criticarles demasiado por ello. Scorpius no ha escuchado a Albus y ese ha sido su principal problema. No lo odien demasiado por ello, todos nos equivocamos en ciertos momentos.

Algunos me han expresado con ahínco su especial odio hacía Daren. Es evidente que no es el claro ejemplo de bondad. Pero no es tan malo como parece. Daren es alguien que no consigue sentirse bien consigo mismo y eso provoca cierto daño a quien le rodean, en especial a Albus. Él es la persona que materializa los miedos de Daren. Albus es el gran miedo de Daren, de lo que se siente más atormentado. Pero Albus (y lo que representa) forma parte de él, de su naturaleza. Es un personaje, a mi parecer, que tiene mucho más fondo del que parece. No quiero que os quedéis con lo exterior, con sus palabras y actos… Buscad una razón, algo que de motivos (no digo que sean justificables) a su manera de afrontar las cosas. Daren se esconde de lo que es y Albus se lo recuerda cada noche.

De la misma forma que habéis hablado sobre Daren en los comentarios, también me habéis hablado de Albus y su masoquismo (como alguien dijo). Totalmente de acuerdo, Albus es un masoquista de sentimientos. Le gusta sufrir, le gusta ser la víctima. Es una persona imperfecta, como todos nosotros. De una manera u otra, Albus se ha visto sumergido en una relación toxica de la cual no puede salir. Porque no puede o porque NO QUIERE. Daren y él eran amigos antes de que llegaran a algo más y eso hace muy difícil el poder salir de una situación así.

Quiero que esta historia se vaya desarrollando poco a poco y que los personajes se vayan conociendo a medida que avance. Unos gustaran menos que otros, algunos dejaran la historia a medias y otros se quedaran hasta el final. Todo el mundo es bienvenido y recibido con los brazos abiertos.

Bueno, me dejo de rollos. Espero tener el próximo capítulo listo para colgarlo la semana que viene. ¿Recordáis cuando publicaba semana tras semana? Ai, cuanto tiempo a pasado… En fin.

Cualquier pregunta al respecto, pueden dejar un review y les responderé encantada.

Nos vemos en el próximo.