Hacía tres días que le había hecho escoger a Albus entre Daren o él. No había habido respuesta por parte de su… ¿amigo? Nada le había dicho desde entonces. El intento de beso que Scorpius había arruinado era más que evidente. ¡Albus se había tenido que dar cuenta! Tenía su mirada clavada en la cabeza, le atormentaba constantemente. Sus ojos, apenados y afligidos, vivían día y noche dentro de la cabeza de Scorpius, recordándole a cada momento lo desgraciado que era por tenerle. ¡Maldita sea! ¿Por qué Albus guardaba silencio? ¿Por que no le decía de una vez por todas a quien escogía? ¿Él o Daren? No era tan difícil. Solo una palabra, Scorpius no pedía nada más.
Nunca le había gustado las trivialidades, odiaba formar parte de aquel absurdo triangulo amoroso. Debía tomar una decisión y Scorpius ansiaba una respuesta.
La noche anterior se había encontrado a Albus en la Sala Común. Estaba sentado en una de las mesas del fondo de la estancia. La mesa estaba llena de libros y el chico escribía algo rápido en su cuaderno. Scorpius se acercó a él.
—¿Dejando los deberes para última hora, Potter?
—¿Te sorprende? —Albus no apartó la vista del cuaderno y continuó escribiendo.
—No demasiado —contestó Scorpius al ver la fría respuesta del chico.
Albus seguía escribiendo.
—Buenas noches, Albus.
Scorpius se dio media vuelta, dispuesto a irse. Si Albus iba a guardar silencio, él también lo haría. Al fin y al cabo, él era la víctima en todo este asunto, no Albus. Él era el que esperaba una respuesta por parte del chico, él era la parte afectada.
—¿A donde vas? —gritó Albus cuando vio que Scorpius se marchaba de verdad.
—Si no quieres hablar no voy a molestarte.
—Ayer te iba a responder pero no me diste tiempo. Te fuiste sin más. Si tan poco te interesa, no hace falta que me escuches. Puedes irte.
—Eres un crío, Potter —dijo Scorpius.
—Vete a la mierda, Scorpius.
—Perfecto.
Y se fue hacía su habitación sin volver la vista atrás.
Aquella había sido toda la conversación que había mantenido en tres días. Scorpius había perdido ya toda esperanza, Albus no iba a escogerle. Albus seguía queriendo al imbécil de Daren Harrelson y eso destrozaba a Scorpius. Odiaba verle a su lado, odiaba ver como Harrelson le menospreciaba, como le hacía débil y frágil. Odiaba saber que Harrelson podía besar a Albus todos los días y aún así no lo hacía. Pensaba en que era lo que Daren le hacía en los pasillos a altas horas de la noche, qué era lo que destrozaba a Albus para que volviera llorando después de sus encuentros.
El día transcurrió sin altercados. Scorpius y Albus se encontraron el gran comedor, se sentaron él uno al lado del otro, pero no se dirigieron la palabra. Se mantuvieron en silencio, esperando que alguno de los dos dijera algo. Pero no ocurrió.
Durante la tarde, Albus estuvo con Rose y sus amigas. Scorpius tuvo que ir al campo para seguir con los entrenamientos. Seguía con el brazo escayolado y aun no podía volar. Guiaba a su equipo desde el suelo y preparaban defensas y ataques para el próximo partido.
Desanimado, pensaba en algo que distrajera su inquieta mente. Intentaba pensar en otra cosa que no fuera Albus Potter. Intentaba en vano buscar una salida al laberinto que Albus había trazado en su mente. Últimamente, la vida de Scorpius se había acelerado sin freno hacía el peligroso camino de las emociones. Su vida se precipitaba hacía lo desconocido, haciendo que su inexperto corazón sufriera las fatalidades del amor. ¿Podía llamar amor a lo que sentía por Albus? Eran palabras mayores decir que amaba a Albus Potter. Sabía con certeza, sin embargo, que amaba todo lo que compartían y la manera en la que Albus le hacía sentir. Pero, y aun a pesar de ello, Albus no le quería. Seguía eligiendo a Daren. Caía una y otra vez chocando con la misma piedra.
Se dio una ducha cuando el entrenamiento acabó. Se quedó el último en los vestuarios. Dejó que los chorros del agua masajeran su espalda, destensándola. El agua caliente caía sobre él con una fuerza abrasadora. Las gotas caían sobre su piel desnuda, llevándose con ellas todos aquellos hostiles pensamientos que atentaban contra la salud mental de Scorpius.
Tuvo la sensación de que Albus le esperaba en las gradas al salir del vestuario. Pero allí no había nadie. La oscuridad ya cubría el valle cuando Scorpius emprendió la marcha hacía el castillo. Llegó justo para la cena. Buscó de nuevo a Albus con la mirada, pero no lo encontró por allí. Habían estado unos días sin hablarse, pero no dejaban de sentarse uno al lado del otro durante todas las comidas del día. Su ausencia la preocupo. Se preguntó si andaría con Daren, pero al ver al chico en su respectivo sitio en la mesa de Gryffindor, olvidó la posibilidad.
Albus no cenó aquella noche.
Antes de su ronda de Prefecto, Scorpius subió a la lechucería a comprobar el correo. Le había enviado a su padre una carta hacía unos días, y estaba seguro de que la respuesta no pasaba de esa noche. En la carta le informaba de su inmediata reincorporación a las clases después del incidente en el partido de quidditch.
Después de haber visto como Albus le abrazaba en la enfermería, Scorpius habló con su padre sobre su supuesta amistad con él. Su sosegada reacción le tranquilizó. Scorpius empezó a cuestionarse si a su padre le importaría algo después de haber perdido a su mujer. La muerte de Astoria había dejado a Draco fuera de juego. Dejó de comer, no salía de su habitación y, cuando lo hacía, se dedicaba a pasearse por la casa como un fantasma. La muerte de su madre había condenado a Draco a la desesperanza y Scorpius no sabía que hacer ante aquel comportamiento. Afrontar su muerte era demasiado duro como para lidiar con el sufrimiento de su padre.
Cuando abrió el sobre y sacó la carta, imaginó encontrarse un par de líneas escritas con prisa, alentándole a seguir con sus estudios y deseándole buena suerte en los próximos partidos. Pero no. Aquello no fue lo que encontró. La carta temblaba en su manos, se sentó en y leyó con calma.
Hijo,
Siento haber estado tan distante estos últimos meses. Quisiera decirte por escrito lo que no puedo decirte en persona. Estoy muy orgulloso de ti, de quien eres y en lo que te estás convirtiendo. Un hombre maravilloso, un mago poderoso, todo lo que yo no he sabido ser en ésta vida. Tu madre veía en mi todo lo que tu eres ahora, has conseguido ser todo lo que yo nunca he podido. Y me siento terriblemente orgulloso de ello. Jamás seré capaz de devolverte lo que la vida nos ha quitado a los dos. Nunca podré llenar el gran vacío que tu madre ha dejado, pero si de algo estoy seguro es de lo fuerte que eres y no me cabe duda de que esto no va hacer que te detengas en tus metas. Quiero que seas perseverante y nunca dejes influenciarte por el pasado. Recuerda mis palabras, Scorpius. El pasado, en el pasado ésta. No mires atrás, no encontrarás ninguna verdad.
Te alentó a que sigas con tus estudio y te deseo toda la suerte del mundo en los próximos partidos. No dejes que nadie te haga caer de nuevo.
Te quiero mucho, hijo. Nunca lo olvides.
Tu padre.
pd: Ese tal Albus parece un buen chico… ¿No crees?
Scorpius dobló la hoja con miedo a que aquellas palabras pudiera escapar. La dobló con fuerza como si pudieran desaparecer, volatilizarse. La apretó contra su pecho y respiró hondo. Le daba igual el pasado, le daba igual la marca que su padre pudiera tener en el antebrazo o lo que hubiera hecho en su vida, le daba igual. Era su padre y lo quería muchísimo.
Recordó la sonrisa de su madre, el brillo cristalino y frágil de sus ojos. Draco era un hombre totalmente diferente a su lado. Cuando su mente viajaba en silencio a esos recuerdos, veía la imagen de un hombre sano y feliz que amaba a su esposa, un marido devoto y fiel.
Como había cambiado las cosas ahora.
En la vida de Scorpius ya no había nada seguro. Todo era momentáneo. El miedo de perder lo poco que tenía le acechaba día y noche. Intentaba aferrarse con fuerza a todo aquello que estimaba, pero cuando lo retenía demasiado tiempo, se desvanecía entre sus dedos como si tan solo fuera aire. Era un miedo constante que sentía tras él a todas horas.
La fría brisa de la noche revoloteó a su alrededor cuando bajó de la lechucería. Se apresuró en llegar a tiempo para su ronda de Prefecto. Llevaba la carta de su padre en la mano, la cogía con fuerza, atento a cualquier movimiento del papel bajo su tacto. Los pasillos de Hogwarts se le antojaron largos y pesados ahora más que nunca, sin la compañía de cierto chico…
Ese tal Albus parece un buen chico… ¿No crees?
¿Lo creo? Pensaba Scorpius cuando llegó a la Sala Común de Slytherin.
Intentó no pensar demasiado.
Sujetaba la carta entre sus manos cuando salió sólo en su ronda nocturna. Las palabras de su padre, sin saber muy bien, le habían inspirado cierto valor, sentimiento que había estado esperando desesperadamente. Quizás no había nada que perdonar, quizás todo lo que Scorpius tenía que hacer era dar ese paso que había estado planeando por tanto tiempo. Quizás ahora era el momento, quizás esa era la única manera de que Albus se diera cuenta de una vez por todas de quien era él que realmente merecía. No había mundo en el que Albus y Scorpius fueran felices sin tenerse él uno al otro.
—¿Qué haces a estas horas por aquí? —preguntó Scorpius, abandonando por un segundo sus pensamientos. La niña estaba de espaldas a él en el pasillo, cuando escuchó su voz y se giró, Scorpius la reconoció.
—Lo siento, me he perdido —dijo la niña—. Esto no me suele pasar...
—No son horas para andar por aquí tu sola... Podría haberte encontrado Filtch y hubiera sido mucho peor —dijo Scorpius.
—Lo sé, gracias.
—¿A dónde ibas, Lily? —Los ojos de aquella niña la había delatado. Lily Potter, sin duda.
—Iba a ver a mi hermano. No lo he visto en la cena, no estaba contigo ni con James. Así que le traía un poco de chocolate por si tenía hambre —decía muy segura de sus palabras—. Mi primo Teddy siempre dice que el chocolate te hace sentir mejor cuando estas triste.
—¿Eso dice?
—Sí —dijo—. Y yo me creo todo lo que diga Teddy.
—No puedo dejar que entres ahora, pero puedo llevarle el chocolate a Albus, si quieres.
—¿Lo harías?
—¡Claro!
—Bien —Lily metió la mano en el bolsillo de su túnica y sacó una tableta de chocolate ya empezada—. Toma —se la tendió a Scorpius—. Dásela de mi parte.
—Lo haré —Scorpius sonrió—. Ahora te acompañaré hasta la Torre de Gryffindor.
—No hace falta.
—Claro que hace falta, Lily... Tu hermano dejaría de hablarme del todo si se enterara de que he dejado sola a su hermana por los pasillos de noche. No te preocupes, no tengo prisa. Sólo es un paseo.
—Tenía razón sobre ti —dijo la niña.
—¿Quién?
—Yo.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti —aclaró Lily—. Me gustas para él. Eres bueno y le haces muy feliz. Antes Albus no sonreía, ahora sí —decía—. Vosotros dos tenéis que estar juntos, os pertenecéis el uno al otro.
Scorpius se mantuvo callado el resto de la caminata hasta la Torre de Gryffindor. Lily le cogió la mano y ambos caminaron juntos hasta allí. La dejó en la Sala Común y, tan pronto como estuvo solo, echó a correr como si no hubiera un mañana. Corrió con todas sus fuerzas, tan rápido como pudo hasta llegar de nuevo a las mazmorras.
No había lugar en su cabeza para dudas, sabía lo que debía hacer.
Atravesó la Sala Común, se encaminó hasta los dormitorios de chicos y entró en la habitación de Albus. Sus compañeros de cuarto dormían. Caminó hasta su cama que se ocultaba tras las cortinas verdes. Dejó el chocolate y la carta de su padre sobre la mesita de noche y descorrió con calma la cortina. Albus tenía los ojos muy abiertos y miraba el techo somnoliento. El chico estaba en un trance entre el mundo de los sueños y el de la realidad. No había podido dormir en los tres últimos días, apenas había probado bocado y había estado más distante que nunca. A él también le había afectado todo el altercado con Daren y Scorpius.
En cuando Albus vio a Scorpius asomarse por la cortina de su cama, se incorporó de un salto.
—No te muevas —dijo Scorpius en un susurró. Con total sutileza y elegancia, se sentó en la cama de Albus, subió las piernas y se metió entre las sábanas con él. Se dejó envolver por el calor que el cuerpo de Albus había provocado sobre la ropa de cama. El chico, sin embargo, se quedó de piedra al ver el atrevimiento de Scorpius. Pero reaccionó y siguió el ritmo de Scorpius en mirarle a los ojos.
Ambos se tumbaron en la cama, mimetizándose entre las sábanas. Estaban muy juntos pero no se tocaban. Sus ojos batallaban la guerra más feroz y salvaje nunca vista entre miradas. Entonces Scorpius lo hizo, dio el paso que nunca se había atrevido a dar. Colocó una mano sobre la cintura de Albus y lo pegó a su cuerpo en un movimiento brusco. Sus ojos seguían batallando, desafiándose mutuamente por ver quien era el primero en atacar.
Dicen que en toda guerra hay un vencedor. En esta hubieron dos.
Sus labios se unieron en la oscuridad de aquella habitación de chicos de Slytherin sin que nadie se diera cuenta. Se besaron durante horas y horas sin levantar la más mínima sospecha. Perdieron la cordura y el sentido, perdieron la noción de donde empezaba y acaba su cuerpo, descubrieron sensaciones nunca antes conocidas, un roce, la fricción de dos cuerpos, el desenfreno de dos almas que se desean la una a la otra. Descubrieron los principios de todos los finales, ansiaban conocer a fondo el cuerpo del otro, explorando cada palmo de piel desnuda con la boca, a base de besos, de mordeduras.
Se besaron y se volvieron a besar durante horas. Labio contra labio, cuerpo contra cuerpo, buscando estar más cerca que nunca.
No fueron conscientes de todo aquello hasta la mañana siguiente.
—Te quiero —susurró Scorpius entre gemidos de asfixiante placer.
Se quedaron dormidos poco después de aquello. Entrelazados, dos cuerpos como uno solo.
¡POR FIN! Después de tantos capítulo ¡POR FIN! ha habido beso. ¿Era de esperar, no? Supongo que os debo uno un poco más detallado... Ya vendrá jeje. De todos modos, disculpar (de nuevo) mi tardanza publicando, nunca aprenderé a seguir una fecha. Espero poder tener el próximo lo más pronto posible, esto ya esta llegando a su fin. La cosa se acaba y, aunque no quiero avanzar nada, publicaré un par de capítulos más, un epílogo y daré por acabada la historia. No creo que me alargue mucho más.
Mil gracias a todos aquellos que aun seguís ahí, leyendo capítulo tras capítulo, a pesar del tiempo de espera. ¡MIL GRACIAS! Nos vemos en el próximo,
Besos, Lúthien.
