Quedaban dos días para que el tren saliera hacía Londres de vuelta a casa. Los alumnos correteaban por el castillo, algunos ilusionados y otros —como Albus— arrastraban los pies, intentando congelar el tiempo y retrasar la vuelta a casa como fuera. Pero las manecillas del reloj seguían funcionando, y por mucho que Albus intentará detener el tiempo, este seguía avanzando incansable. Las clases habían acabado hacía una semana, la ropa en sus baúles ya estaba casi toda empaquetada y ya poco quedaba por hacer en Hogwarts.
—No quiero irme.
—Al, no seas fatalista… Sólo son tres meses.
—Tres larguísimos meses sin Scorpius —lloriqueó Albus.
—Eres un drama —dijo Rose—. Podéis veros. ¿No irás a quedarte encerrado en casa todo el verano lamentándote lo triste que es tu existencia por no poder estar con él?
—Me deprimes.
—Te imaginó en tu habitación —se burlaba su prima—. ¡Oh, Scorpius… Necesito besar tus labios, acariciar tu pelo repeinado de engreído, rozar tu piel con la mía, que me metas tu enorme…
—¡Rose! —Albus le puso la mano en la boca, callando sus palabras antes de que las escuchara quien no debía—. ¿Podrías dejar de comportarte como una insufrible Gryffindor y ser un poquito más discreta?
—Está en mis venas, Al —se jactó—. Y admite que es verdad.
—¿Qué la tiene enorme? —Albus no pudo evitar seguir con la broma—. Sí, mucho.
—¡Albus! —Rose dibujó una mueca—. Eres un cerdo. Que horror, no me refería a eso. Déjalo, vamos a comer algo…
Las mañanas libres sin clases eran el mejor momento para pasar un rato con Rose al aire libre. Los jardines se habían convertido en su sitio favorito para estar con ella, con la libertad de poder hablar de cualquier cosa sin miedo a que alguien los escuchara, por mucho que Rose gritara. El sol brillaba con fuerza y el pelo de su prima era más naranja que nunca bajo aquella luz. Albus estaba feliz y dentro de aquella aura luminosa todo parecía mucho más hermoso.
El Gran Comedor estaba a rebosar, lleno de alumnos que caminaban de aquí para allá. Ya no había clases, y cada cual iba y venía a su antojo por todo el castillo. Pocos alumnos se sentaban en las mesas de sus respectivas casas, todos estaban mezclados y a nadie parecía importarle. Los últimos días de curso se olvidaban las casas, el ganador de la Copa, los prejuicios, el Quidditch, se olvidaba todo y solo quedaban las personas. Esa era la magia que Albus veía debajo de todo aquel manto que cubría el castillo durante el curso. En los últimos días se olvidaba todo, se abandonaba todo sentido de la competición y la armonía reinaba bajo el sol abrasador de verano.
—¡Hermanito querido! —James apareció tras él, lo rodeó por los hombros y lo acompañó hasta la mesa de Gryffindor—. ¿Ya has empaquetado tus cosas?
—Todo listo.
—Que responsable eres, no sé como lo consigues.
—Imagino que tu se lo pedirás a Lily.
—Sobornarla con chocolatinas de Honeyducks me está saliendo muy caro últimamente. Tendré que buscar otra forma… —dijo James con una sonrisa. Albus agradecía que su hermano hubiera cambiado la actitud para con él, todo era más fácil así.
—¿Te quedas a comer con nosotros, Al?
Daren estaba sentando en la mesa, justo hasta donde James le había arrastrado. Más alumnos de Gryffindor se congregaban allí, pero Daren destacaba sobre todos ellos. No habían cruzado más de dos palabras en los últimos meses, no desde el altercado con Scorpius en Hogsmeade y el castigo de McGonagall. Albus lo había preferido así, distanciarse totalmente de él había sido la mejor opción. Ahora las cosas estaban más relajadas, todo parecía haberse convertido en cosa del pasado. "Que bien te sienta haber madurado, Harrelson". Pensó Albus. Quizás con el tiempo podría darle la oportunidad de volver a ser amigos, como lo fueron al principio. Lo cual no era tan descabellado, porque tendría que verlo durante todo el verano. Daren y James ya habían hecho planes para todos los fines de semana de los dos próximos meses, solo faltaba la aprobación de sus padres y Harrelson estaría paseándose con su hermano por Grimmauld Place a su antojo.
—No puedo quedarme, lo siento —dijo Albus finalmente con una sonrisa, intentando ser lo más amable posible—. He quedado con Scorpius para comer.
—Oh, claro… —Daren bajó la vista a su plato y continuó comiendo.
—¿Nos vemos luego, Al? —preguntó Rose, que ya se había acomodado junto a sus amigas en la mesa.
—¿Hacéis planes sin mi? —James se metió en la conversación
—Tu nunca estás libre —le recriminó Rose—. Siempre estás por ahí haciendo gamberradas todo el santo día, James.
—Ahora estoy de vacaciones.
—Menos mal —ironizó Albus—. Me voy. Nos vemos luego.
Albus sentía los ojos de Daren clavados en su espalda mientras caminaba hasta la mesa de Slytherin. Y lo que antes le hubiera provocado mareos, ahora le inspiraba una profunda indiferencia. Lo único que alcanzaba a sentir era un pequeño atisbo de lastima por él, podía llegar a entender por lo que estaba pasando. No era fácil.
—¿Dónde está Scorpius? —preguntó Albus a sus compañeros al llegar a la mesa de Slytherin y no ver a Malfoy allí sentado.
—En el Campo de Quidditch. Estaba entrenando o eso he oído.
Albus no se lo pensó dos veces y fue en su busca. Caminó durante unos minutos a paso lento, meditando y pensando una y otra vez en el largo verano que le esperaba. Años anteriores, volver a casa suponía un satisfactorio pensamiento, alejarse de Hogwarts, de Daren, de los alumnos que le miraban siempre por encima del hombro, de esas clases que nunca conseguía entender del todo, de toda la presión a la que estaba sometido. Volver a casa antes suponía descansar de la tortuosa escuela a la que estaba obligado a asistir. Por eso ahora era todo tan distinto, ahora no quería irse. Fuera de los muros del castillo Scorpius seguiría siendo Scorpius, ya no serían ellos dos, ya no habría Scorpius y Albus, al margen de todo apellido. Fuera de aquellos muros su relación se desvanecería en el olvido, volviéndose invisible y lo que más temía Albus, es que Scorpius permitiera que eso pasará.
—¡Scorpius! —gritó Albus desde el suelo, contemplando como Malfoy planeaba con la escoba, surcando veloz el cielo—. ¡Scorpius, baja!
El chico le escuchó y, enderezando la escoba, se dispuso a descender hasta el suelo. Albus se fijo en su técnica, tan limpia y elegante como su misma forma de andar, con esos aires aristocráticos y su galantería tan propia. Detrás de toda aquella imagen noble se escondía el chico más amable, risueño y simpático que Albus había conocido nunca. Con esa sonrisa latente dibujada en los labios las 24 horas del día y su vivaz alegría que salpicaba a todo aquel que estaba cerca. Albus había dejado que su vida se contagiara de toda aquella felicidad, porque estando cerca de Scorpius era tan fácil que le daba miedo.
—Hola, guapo —dijo Scorpius sonriendo cuando llegó hasta el suelo y toco con los pies en la tierra seca—. ¿Qué haces aquí?
—Vengo a buscarte —Albus se acercó a él y le dio un suave beso en los labios—. Habíamos quedado para comer, llegabas tarde…
—¿Ya es la hora? Se me ha pasado.
—No pasa nada —y sin haber perdido la distancia entre ellos, volvió a besarle.
—Si vas a recibirme así siempre que llegue tarde, voy a seguir haciéndolo —Scorpius dejó la escoba en el suelo y cogió el rostro de Albus entre las manos para besarlo con más fuerza, poniendo todo su ímpetu en saborear los labios de Potter—. Al, vas a hacer que pierda los papeles…
—Que pena —y continuó besándolo añadiendo intensidad a todos y cada uno de sus movimientos. Procuró que Scorpius estuviera demasiado excitado como para poder parar. Movía su cuerpo contra el de Scorpius, creando una calurosa fricción entre ellos.
—Albus, por favor —gimió Scorpius contra la boca de Albus—. Estamos en medio del campo de Quidditch.
—Relájate —susurró Albus mientras mordía el lóbulo de su oreja, provocando en Scorpius un considerable aumento de la temperatura corporal—. No hay nadie.
—¿Quieres hacerlo aquí en medio? —Scorpius se separó levemente de Albus.
—Sólo es un beso, Scorpius —acabó de separarse del todo—. Pero paramos si tanto te molesta.
—No me molesta —Scorpius lo cogió del brazo para retener su atención—. Pero si nos ve alguien…
—Pensaba que no te importaba que la gente se enterase de lo nuestro.
—Claro que no me importa, pero lo que no quiero es que nos vean así. No por que seas tu, Al. Si fuera con una chica…
—¿Cómo? ¿A que viene eso? —Albus se sintió terriblemente ofendido.
—¡Me quieres dejar hablar, Al? —Scorpius se tensó—. No es por que seas tu, Albus, un chico. No es por eso. Es por que no me gusta estar en boca de nadie por que nos han visto pegándonos el lote en público.
—Ya.
—¿Por que te molesta?
—No lo sé —su voz sonaba algo roto.
Scorpius se relajó, destensó los hombros y se volvió a acercar a Albus.
—Estoy loco por ti —dijo Malfoy—. No me importa lo que piensen los demás.
—Pero así no podemos ser libres.
—Albus, lo que tu y yo tenemos es lo que nos hace libres.
Y Albus lo besó. No fue un beso distinto a los demás, pero hubo algo, un sabor distinto. Ambos fueron conscientes de que aquello marcaba un antes y un después. Esa revelación, esa libertad creado solo para ellos sellaba una promesa. Era algo entre ellos, al margen de todos los demás y que les hacía libres sin serlo.
—¿Tienes hambre? —preguntó Scorpius—. Por que yo estoy hambriento.
—Mmm… —Albus seguía abrazado a Scorpius y suplicando con los labios por más besos.
—Vamos, Al… Luego tenemos toda la tarde y necesito recuperar fuerzas o acabarás conmigo, chico insaciable.
¡Hola a todxs!
Sólo quería decir que este es el penúltimo capítulo de esta historia. Pronto publicaré el último y después habrá un epílogo (al estilo Rowling jeje). Espero que el final alcance las expectativas, de momento esto es todo, el último capítulo lo colgaré el próximo domingo. Hasta entonces,
Besos, Lúthien.
