Al llegar a casa, los padres de Hermione la interrogaron profundamente, pero ella era reacia a revelar su oscuro secreto.
- Hija, ya has llegado. Justo a tiempo para comer, perfecto. ¿Con qué amigo has quedado y dónde habéis ido? – preguntó su madre curiosa, guiñándole un ojo a su padre.
- Es de Hogwarts, no le conocéis. Hemos… ido a dar una vuelta por el pueblo. - mintió ella, recordando cuándo Snape la había llevado hasta su casa.
- Bueno, si llega la ocasión, ya nos lo presentarás. – sentenció el padre de Hermione, fingiendo leer un periódico muggle.
- Claro. – Contestó ella, empezando a coger los cubiertos y vasos suficientes para parar la mesa. Se escabulló como pudo y fue desde la cocina al comedor.
El resto de la tarde transcurrió con normalidad, pero Hermione no podía parar de desear que el siguiente día llegara. Pasó la tarde entretenida leyendo el libro de oclumancia, aunque la mayoría de las partes eran demasiado complejas como para que ella entendiera nada. Al anochecer, se acordó de sus dos inseparables amigos y decidió escribirles una carta para que ambos supieran que se encontraba perfectamente. En ella, relató con todo detalle todas las actividades que hacía por la tarde – omitió el hecho de que iba cada día a nadar con el profesor de pociones y que incluso había visitado su casa—pero no se olvidó de explicarles cuánto les echaba de menos. Además, aprovechó para preguntarles cuándo volverían todos a reunirse. Mandó a su lechuza a enviar los respectivos mensajes, y se fue a dormir tras oler el libro que Snape le había prestado.
El día siguiente, se levantó con normalidad y volvió a ir la piscina. Siguiendo la ya adquirida rutina, al salir se metió en el spaseguida de Snape. Ese día, había dos hombres charlando también en el spa, por lo que tuvieron que sentarse en un sitio diferente.
- Muchas gracias por el libro, profesor. La verdad es que es muy interesante. - dijo ella. Snape asintió. – Si quiere, mañana mismo se lo traigo aquí al gimnasio y al salir se lo puede llevar. Creo que ya lo habré terminado.
- Como prefiera. Si quiere, puede venir directamente a mi casa y ver si hay algún otro libro que le interese. – le ofreció él, mirando hacia otro lado.
- Eso me encantaría, profesor Snape. – contestó ella, emocionada y nerviosa. - ¿Vamos después de la piscina? – preguntó ella. El profesor asintió.
- Muy bien, nos vemos mañana Granger.
Tras esto, el profesor se fue a su casa y Hermione se quedó un rato más en el spa. Nada más aparecerse en su casa, Snape notó cómo le ardía el antebrazo y una marca negra aparecía. Resignado, hizo un movimiento de varita para cambiarse de ropa y ponerse una capa negra y desapareció. Una vez estaba con Voldemort, se sorprendió al ver que no había llamado a ningún otro mortífago.
- Ah, Severus… ¿Cómo te encuentras? – preguntó el señor tenebroso mientras acariciaba a su dócil serpiente. – Verás, sé que no esperabas mi llamada, y lo siento si te he molestado…
- En absoluto, señor. Sabe que siempre estoy disponible para usted. - respondió él haciendo una reverencia a su amo.
- La cuestión es… hace mucho tiempo que tengo una idea rondándome la cabeza.- dijo él, ahora enrollándose a la serpiente por el cuello.
Snape permanecía callado, quieto, mirando al suelo.
- He decidido, que es hora de matar a Dumbledore. - En ese instante, Snape abrió mucho los ojos, sin poder creer lo que estaba escuchando.
- Y… ¿Quiere que yo lo haga? - preguntó, intentando que su voz no titubeara.
- No te precipites… Severus… Tú, eres demasiado valioso para mi.
- Pero señor, Dumbledore confía en mi. ¿Ha pensado que si le matamos tal vez los otros miembros de la Orden me echen? – preguntó Snape cauteloso.
- La decisión está tomada, Severus. – dijo Voldemort levantándose de golpe y mirando amenazadoramente a Snape. - ¿Tienes algún inconveniente?
- Claro que no, mi señor. Haré todo lo que usted crea necesario. – contestó él.
- Así es como se hará: lo hará el joven Malfoy. Él ya lo sabe… el pobre chico está aterrorizado, y la verdad es que no tengo mucha fe en él. Supongo que has podido deducir que es una forma de castigar a Lucius. Si realmente son leales a mi, Draco lo hará o morirá intentándolo… Y ahí es cuando entras tú en juego, Severus. Si Draco fracasa, quiero que remates tú la faena antes de que la orden pueda organizarse para protegerse.
Snape estaba en shock, ¿Cómo pretendía Voldemort que un chiquillo de 17 años derrotara al mago más grande de la historia? "Maldito loco, psicópata… suerte que ya lo tenía hablado con Dumbledore".
- Le he dado de margen hasta finales de año. Si para entonces no está Dumbledore muerto, quiero que los mates tú a los dos. – Terminó Voldemort antes de soltar una pequeña carcajada. – Puedes irte, Severus, no quiero privarte de tus tan ansiadas vacaciones.
- Muchas gracias, señor. Como siempre, se hará su voluntad.
Tras esto, Snape desapareció para volver a su casa. Se deshizo de sus ropajes tan rápido como le fue posible, se llevó una mano a la frente y no pudo evitar que un par de lágrimas salieran de sus ojos. Como tantos otros días, se tumbó en la cama y dejó la mirada fija al techo divagando sobre qué le auguraba al futuro el mundo mágico. Al anochecer, se dirigió a la chimenea y mediante polvos flu habló con Dumbledore acerca del encuentro que había tenido con el señor tenebroso.
Esa noche le costó dormir, como tantas otras. Sin embargo, el pensar que la señorita Granger iba a ir a su casa al día siguiente le ¿Reconfortó?
"No sé por qué ha accedido a venir… Si soy un gruñón que siempre se ha portado mal con ella y sus amigos… Se siente tan extraño tener compañía humana, y más fuera del castillo… No sé si me gusta. ¡NO, NO! Claro que no me gusta, ¡soy Severus Snape! Me gusta estar solo, soy malvado, no hay nada de bueno en mi y todo lo que toco acaba podrido o muerto." Y así, con estos oscuros pensamientos, Snape se durmió.
