Hermione, por su parte, llegó a su casa y se tumbó en su cama con el corazón acelerado: acababa de besar a Snape en la mejilla. Un par de lágrimas rodaron por su rostro antes de ver que tenía una carta sobre su escritorio: Ron le había escrito. Con cariño, leyó su carta. En ella, tanto él como su familia manifestaron las ganas de que tenían por que la chica fuera a pasar los últimos días de vacaciones en su casa. Ella, con una sonrisa agridulce empezó a empacar sus cosas para su viaje a Paris. Cenó con su familia y se fue a dormir pensando en el profesor y la maldita bruja Bellatrix Lestrange. Esa noche durmió poco, pero al día siguiente estuvo a la hora acordada duchada y vestida para partir a sus vacaciones familiares.
Si bien es cierto que pasó muy buenos momentos junto a sus padres, no podía dejar de pensar en Snape.
"Ahora estará haciendo sus largos en la piscina con su bañador negro y su gorro, y yo aquí perdiéndome el espectáculo… ¿Habrá vuelto Bellatrix a su casa? ¿Y si se han acostado de nuevo? No, eso no puede pasar… A Snape no le gustó que le visitara, además de que lo amenazó de muerte… ¿Qué debe ser eso que el señor tenebroso le ha encomendado a Draco? Seguro que nada bueno…"Iba meditando la chica siempre que tenía un rato libre.
Allí en Paris, decidió escribir una carta más a sus amigos y mandarla por correo postal, aunque dudaba de que Ron la recibiera. Les contó lo maravillada que estaba con todos los sitios culturales que había conocido allí, y también les explicó que les había comprado un souvenirmugglea cada uno de ellos. También se moría por explicarle a Snape lo mismo, pero decidió que no era adecuado hacerlo.
Tras cuatro días en la capital, encontró algo que sintió que estaba predestinado para su profesor, y aunque a penas le quedaba dinero, lo compró con la ilusión de dárselo. Se lo puso en la mochila y lo abrazó cada noche antes de dormirse.
Finalizado su viaje, se despidió con lágrimas de sus padres y se apareció en la entrada de la madriguera con su baúl. Allí llevaba todo lo que necesitaba para terminar de pasar el verano y sus pertenencias para Hogwarts. Además, tenía a su gato en una jaula para transportarlo al castillo igualmente.
Cuando llegó y llamó a la puerta, Ginny fue la primera que salió a recibirla.
- ¡Hermione! Amiga, ¿Cómo estás? Te he echado muchísimo de menos…- dijo la pelirroja tirándose a sus brazos.
- Yo a ti también, Ginny. Me alegro de volver a verte tan pronto. ¿Cómo están todos? – preguntó la castaña devolviéndole el abrazo.
- Todos genial, esperando tu llegada y la de Harry. ¿Entramos?- La ayudó a coger todas sus cosas y las entró en la cocina. – Venga, ahora que eres mayor de edad puedes moverlas tú misma a nuestra habitación… Qué ganas tengo de tener los 17.
Dicho y hecho, Hermione conjuró un hechizo que subió todas sus pertenencias a una habitación. En ese momento, el resto de la familia se percató de su presencia y fue saludarla y abrazarla. Cuando fue el turno de Ron, éste le ofreció la mano.
- ¡Qué bien tenerte por aquí de nuevo, Hermione! Harry va a estar por aquí pronto y lo pasaremos genial, ya lo verás. Sé que esto no es como estar en casa con tus padres, pero quiero que te sientas lo más a gusto posible. Mi hermano me ha mandado un juego de ajedrez mágico de Rumanía: todas las piezas son dragones, podemos jugar cuando quieras. – dijo Ron. Parecía nervioso, cosa que extrañó a Hermione. Además, sin saber muy bien por qué, de pronto el pelirrojo le pareció sumamente infantil.
- Claro, gracias. – respondió ella educadamente.
Cuando hubo saludado a todos, Ginny la acompañó hacia su habitación para que pudiera desempaquetar lo básico. Entonces, la castaña recordó el regalo que le había comprado a Snape.
- Oye, Ginny… ¿Tú me prestarías a tu lechuza para enviar un recado? – preguntó ella, sonrojándose.
- Por supuesto… Siempre que me enseñes qué vas a mandar. Ya te veía a ti muy contenta… ¿Ligue de verano? – preguntó la pelirroja.
- ¡Claro que no! – respondió la castaña.- Es un regalo de Francia, para un amigo que vive cerca de donde yo vivo.
- Ay Hermione, tenemos que buscarte un chico ahora mismo. Hablando de ligues, este verano me estoy escribiendo con… ¡tres chicos al mismo tiempo! – dijo ella, divertida. – Puedes coger mi lechuza, sácala de su jaula, te lo agradecerá.
- ¿Tres chicos de golpe? Vas fuerte, chica. Relaja un poco o te saldrá todo mal…- dijo Hermione riendo. - ¿Y se puede saber quién son los afortunados?
- Claro, primero está…
Ginny empezó a hablar de sus pretendientes y amores, pero Hermione la ignoró para escribir un pequeño pergamino para quien iba a recibir su regalo.
" Para que la luz enmascare siempre su oscuridad.
Sé que tiene mucho que enseñar y explicar, profesor.
Con este regalo, pretendo que escriba todo lo que no se atreve a hablar, y detalle todo lo que no se atreve a transmitir.
Tengo muchas ganas de verle de en el castillo.
De nuevo, muchas gracias por los momentos pasados este verano.
Atentamente,
H.G."
Escribió como remitente el nombre de su profesor en la otra cara del pergamino y ligó esta nota y un gran paquete a la pata de la lechuza de Ginny. Por un momento, sufrió al pensar que tal vez era una carga demasiado pequeña para la lechuza, pero al ver que ésta alcanzaba el vuelo con facilidad y cantando de alegría se alivió.
- ¿Y bien? – preguntó la pelirroja, que parecía haber terminado de hablar. Hermione no había escuchado nada de lo que ella había dicho, así que intentó improvisar.
- Pues no sé, Ginny… Creo que debes seguir a tu corazón…- dijo ella, un poco nerviosa por si no era lo que la pelirroja esperaba.
- ¡Tú siempre tan sabia! ¡Tienes razón! Sé que estoy enamorada de Harry, no sé por qué les sigo el juego a los otros… pero me da tanto miedo pensar que él pueda partirme el corazón…
Entonces Hermione reaccionó y se acordó de esa conversación, que había tenido tantas veces con su amiga:
- Harry se muere por ti, querida, pero es tan tonto que tal vez aún no lo sabe. Dale un poco de tiempo y le tendrás comiendo de tu mano. ¿Vamos a ver si tu madre necesita un poco de ayuda?
- Ojalá tengas razón… Vamos. – dijo la pelirroja, soltando un suspiro.
En otra parte de Inglaterra, Severus Snape recibió una lechuza desconocida. En un principio, sacó su varita y apuntó al animal indefenso, pero cuando vio la caligrafía de la nota y el paquete que llevaba en su pata atada la lechuza se relajó.
"¿Granger? No puede ser…" Pensó el hombre "Tal vez se ha dado cuenta de lo repugnante que soy y me dice que no quiere saber nada más de mi…"
Un poco a desgana, desenrolló todo lo que la pobre lechuza tenía en su pata. Sintiéndose compasivo, le ofreció un recipiente con agua mientras leía su carta.
" Para que la luz enmascare siempre su oscuridad.
Sé que tiene mucho que enseñar y explicar, profesor.
Con este regalo, pretendo que escriba todo lo que no se atreve a hablar y detalle todo lo que no se atreve a transmitir.
Tengo muchas ganas de verle de en el castillo.
De nuevo, muchas gracias por los momentos pasados este verano.
Atentamente,
H.G."
Snape no lo podía creer, parecía barajar la posibilidad de que se tratara de una broma; pero varita en mano, se decidió a abrir el regalo. Era un precioso libro, con portadas de cuero marrón y sin título. Extrañado, decidió abrirlo y se sorprendió al ver que no había nada escrito. Hermione le había regalado un diario para ¿desahogarse?
"¿Qué pretende que escriba aquí? ¿Todo lo que me acontece, como si fuera un adolescente? O tal vez aquello que no me deja dormir por las noches…" se preguntaba. "No entiendo nada. Ella debería odiarme ahora mismo."
Estuvo atormentándose durante un buen rato cuando se decidió a contestar. Tras cinco borradores en un pergamino, decidió que lo mejor sería decirle todo aquello que le quería decir en persona, así que inventó una excusa y se predispuso a visitar la madriguera. Se apareció en su patio y, justo al hacerlo, se encontró con Albus Dumbledore llamando a la puerta.
- Severus, qué grata sorpresa, ¿Qué haces aquí?
Snape, que no sabía qué contestar, mintió lo mejor que pudo.
- Venía a ver si le encontraba, profesor. Venía a decirle que Bellatrix el otro día irrumpió en mi casa para amenazarme de muerte si me interponía entre Draco y… su misión. – dijo él, aprovechando la ocasión.
- Estupendo, estupendo… suerte que ya tenemos hablado el tema…
Contestó él. En ese momento, Molly Weasley abrió la puerta. Mientras que le hizo una gran sonrisa a Dumbledore, miró con desconfianza a Snape.
- Muy buenas noches ¿Se quedan a cenar? – preguntó, esperando que Snape rechazara la propuesta. Sin embargo, el profesor esperó a que el director contestara.
- No queremos molestar, Molly. Quería asegurarme de que la señorita Granger ha llegado bien y confirmar que el joven Potter llegará mañana sobre la misma hora.
- ¿Están seguros? Hay pudding… - ofreció Molly lo más amablemente posible. - Hermione ya se encuentra en casa, y estamos esperando todos ansiosos a Harry.
- Me encanta el pudding. - fue lo único que alcanzó a decir Snape, ante la sorpresa de todos.
- Bueno… Me temo que entonces no tenemos más remedio que quedarnos. – sentenció Dumbledore, mirando muy extrañado a Snape. Snape, al oír que Hermione estaba en la casa, hizo todo lo posible para quedarse.
- Pasad, pasad. – dijo Molly, retirándose de la puerta. Cuando se hubo alejado, Dumbledore miró a Snape con cara extraña. Éste intentó responder.
- Me pidió que fuera más… amable con los miembros de la orden, e intento cumplir sus órdenes. – contestó Snape, restándole importancia.
- Estupendo, Severus. Al final, te darás cuenta de que son buena gente.
En ese momento, entró Ron corriendo por la cocina seguido de Fred y George, que le lanzaban hechizo de cosquillas. Al ver a los dos hombres, todos enmudecieron.
- Ah, jóvenes… Pasadlo bien, como si no estuviéramos aquí. Esta noche vamos a quedarnos a cenar. ¿Cómo podemos ayudar? – dijo Dumbledore. Todos se miraron horrorizados, y señalaron la cocina. No tardaron ni diez segundos en salir por patas de la habitación para ir a advertir a las chicas.
- Dumbledore se queda a cenar, y al parecer el murciélago grasiento también… - dijo con amargura Fred entrando sin llamar a la habitación de las chicas, donde Ginny se pintaba las uñas.
- ¿No sabéis llamar? – preguntó ella molesta.
- ¿Dumbledore se queda a cenar? ¿Y Snape también? ¿Qué hace aquí?- preguntó ella, sintiendo cómo su corazón se aceleraba por segundos.
- Pues no lo sé, pero espero que se vaya pronto.- dijo Ron molesto. – Tal vez no tenga suficiente tiempo para restarle puntos a nuestra casa durante el curso y este año haya decidido empezar antes. Maldito mortífago grasiento…
- ¡Ron! – Reprimió Hermione. – Dumbedore confía en él.
- A veces, Dumbledore parece loco. – Dijo él, molesto y enfadado por el hecho de que Snape estuviera en su casa. – Voy a escribirle a Harry, nos vemos en la cena. – Ron se marchó de la habitación, parecía realmente enfadado por que Snape cenara con ellos esa noche. Fred y George le siguieron.
- Oye, Ginny, ¿Te importaría pintármelas a mi también? – preguntó ella. – A mi siempre me sale muy mal…
Ahora que sabía que Snape estaba allí, quería estar lo más guapa posible para la cena.
- Creí que nunca me lo pedirías, amiga. – dijo la pelirroja, abalanzándose sobre la castaña. – Si quieres también te enseño a maquillarte.
- Eso me encantaría, pero tenemos que darnos prisa, son casi las nueve. – dijo la castaña, consultando su reloj.
- ¿A caso tienes prisa? – preguntó la pelirroja, terminando de pintar su uña pequeña del pie.
- No… Bueno, sí. Leí que si te maquillas antes de dos horas antes de irte a dormir te pueden salir arrugas, así que hay que empezar cuanto antes…
- ¿De verdad?
Hermione sabía que estaba mal mentir, pero necesitaba sentirse guapa antes de ver a Snape. A pesar de que intentaba olvidar todo lo que había pasado con Bellatrix, su risa malvada siempre volvía a su mente. Ginny se empleó a fondo, y cuando estaba terminando escuchó cómo su madre llamaba a las chicas para cenar.
- Vamos, Hermione. Me muero de hambre. Estás guapísima con el maquillaje, si quieres mañana seguimos practicando.
- Claro, gracias Ginny. – dijo ella mirándose al espejo. La verdad es que no se reconocía, ese delineador de ojos, esa base de maquillaje y la máscara de pestañas le quedaban muy bien, incluso parecía mayor. Se miró al espejo y sonrió. Además, decidió desabrocharse el botón de arriba de la camiseta que llevaba para que le quedara más escotada.
Se decidió a bajar y las piernas empezaban a temblarle un poco. Al llegar a bajo, Dumbledore la saludó.
- Ah, señorita Granger. ¿Cómo se encuentra? ¿Todo bien? – preguntó él, amable.
- Todo perfecto, director. – Vio a Snape vestido con su túnica negra al lado del director, pero éste ni tan solo se había volteado a mirarla. Tras unos segundos, el hombre se decidió a mirarla, aunque no le dijo nada.
Hermione no sabía si sentirse ofendida. En parte, comprendía que no quería que nadie le viera saludándola efusivamente, pero esperaba que por lo menos la saludara educadamente. Hermione se dirigió a la cocina para ver si la señora Weasley necesitaba ayuda, pero parecía que ya estaba toda la mesa puesta. Ginny y Ron se sentaron en un extremo de la mesa alargada. Seguidamente, se encontraban Fred y George, uno cara al otro. Quedaba la otra punta disponible (supuso que el sitio de honor sería para Dumbledore) y luego dos sitios en cada lado (uno para Hermione, uno para Molly, uno para Arthur y uno para Snape). Se sentó al lado de Fred, dejando libre un sitio en el que deseaba que se sentara Snape. El hombre, rápidamente ocupó su lado y se sentó. Ambos sonrieron interiormente.
- Oye, Fred, cámbiale el sitio a Hermione, así podemos hablar mejor. – dijo Ron, temiendo por que la chica estuviera al lado de Snape. Snape se enfadó con el estúpido Weasley interiormente.
- Estoy bien aquí, Ron. Me gusta este sitio porque… me da más aire directo de la ventana. – mintió la chica.
- Como prefieras. – dijo Ron subiendo los hombros. Entonces, el resto de la familia se sentó en la mesa y todos empezaron a comer.
La cena estaba riquísima: pollo al horno con verduras salteadas. Snape estaba hablando con Dumbledore constantemente entre susurros, por lo que no podía mirar a Hermione que se encontraba al otro lado. En determinado momento, el profesor movió su pierna y tocó "accidentalmente" la de Hermione. Ella no se movió, dejó la pierna en su sitio, al igual que Snape, pero notó cómo se le aceleraba el corazón.
En un momento dado, Hermione tuvo sed y cogió el jarro de agua para rellenar su vaso. Al hacerlo, vio que el del profesor también estaba vacío.
- ¿Quiere un poco más de agua, profesor? – preguntó ella.
- Por favor, Granger.- dijo él girándose a mirarla. Ese día ella estaba radiante con el maquillaje.
Hermione empezó a ponerle agua, pero estaba tan nerviosa de sentir sus piernas juntas que, sin querer, tumbó el vaso del profesor. Éste se rompió y derramó todo su contenido por la mesa, salpicando también a Snape.
Ron, Ginny, Fred, George e incluso Hermione pusieron cara de pánico. Ya esperaban una sarta de malas palabras e insultos. Sorprendentemente, Snape fue el primero en hablar, pero no dijo ninguna mala palabra o insulto.
- ¿Se ha hecho daño, Granger? – preguntó. En ese momento, sacó su varita y con un movimiento reparó el vaso y secó todo lo mojado. – Arreglado.
- Estoy bien, lo siento mucho profesor. – dijo ella. – Me he despistado.
- No pasa nada.
Todos se quedaron boquiabiertos con la reacción del profesor, incluso los adultos y Dumbledore se sorprendieron, pero siguieron cenando como si nada hubiera pasado.
Al terminar, Molly recogió la mesa con un hechizo e invitó a los niños abandonar la cocina para poder hablar con calma con Dumbledore. Hermione, antes de levantarse, miró a Snape durante un segundo. Este tiempo fue suficiente para que él le hiciera un gesto para que le esperara. Cuando ya sólo quedaron los padres Weasley en la cocina, Snape preguntó.
- Si no les importa, me gustaría ir al baño antes de irme.
- Claro, Snape, saliendo de la cocina segunda puerta a la derecha. – Indicó el padre Weasley.
Snape en realidad no quería ir al baño, simplemente esperaba encontrar a Hermione en el pasillo. Efectivamente, ella estaba esperando al lado de las escaleras. Cuando Snape se acercó ella le señaló una puerta, donde ambos entraron sin hacer ruido.
- Gracias por esperarme, Granger. – dijo Snape ante todo. – Tenía que decirle una cosa.
- ¿Sí? – preguntó ella, poniéndose de pronto muy nerviosa.
- Bueno, quería agradecerle el detalle que me mandó el otro día. Muy bonito, y muy especial. – dijo él, poniéndose un poco nervioso también, aunque sin exteriorizarlo: llevaba días pensando en volver a verla, recordando el beso en la mejilla que ella le dio de despedida. – Aunque no entiendo muy bien para qué quiere que lo use.
- Bueno, creo que se lo escribí en la carta. Al verlo me acordé de usted al instante. No sé, estando en su casa me dio la sensación de que usted es un buen hombre, pero hay muchas cosas que le atormentan: secretos tal vez, no lo sé, pero pensé que tal vez si lo escribía y lo sacaba de usted se sentiría más libre y tal vez algo mejor consigo mismo.
Ambos se quedaron en silencio, a Snape no le gustaba que le trataran como un corderito con baja autoestima.
- Yo me siento bien conmigo mismo, Granger. No debe sentir ni lástima ni pena por mi. – contestó mostrando enfado.
- No sé por qué dice eso. Yo no siento ni lástima ni pena por usted. – dijo ella.
A Snape le gustó escuchar eso.
- ¿Entonces? – preguntó él.
- ¿Entonces? – volvió a preguntar ella. Snape abrió las manos, invitándola a hablar. Hermione se puso tan nerviosa que se sentó en un sillón.
- Si me está preguntando… bueno, si me está preguntando lo que siento por usted… Yo… por usted siento… - Balbuceaba Hermione
"Yo no le he preguntado esto. ¿Qué va a decir ahora, señorita Granger? Por que me temo que si yo tuviera que decir en alto lo que siento por usted todos los miembros dela casa se escandalizarían" Pensó Snape. También estaba muy nervioso, así que también se sentó. La pausa de Hermione le estaba matando.
Parecía que la chica iba a volver a hablar cuando alguien interrumpió en la habitación.
- Ah, estás aquí Severus. No estarás regañando a la señorita Granger antes de que empiece el curso, ¿verdad? Me temo que va siendo hora de que nos vayamos, ya hemos abusado suficiente de la hospitalidad de los Weasley y nosotros dos aún tenemos una conversación pendiente. Señorita Granger, buenas noches.
Ambos se quedaron helados al oír la voz del director. No podían interrumpirles en ese punto de la conversación, era demasiado íntima e importante… Pero así fue. Se miraron a los ojos durante unos instantes y se levantaron, dispuestos a irse cada uno por su lado.
- Buenas noches, señorita Granger. – dijo él.
- Profesor. – contestó ella.
Al salir de la habitación en la que se encontraba, corrió hacia su cuarto con el corazón muy acelerado.
"¿Cómo tenías pensado terminar la frase, lista? A mi usted profesor ¿me enloquece? ¿Me muero por sus brazos? ¿Me pone caliente? ¿Me muero porque me toque? ¿Me muero por besarle? ¿Me muero por que me bese? ¿Me gusta? ¿Me tiene... enamorada?... ¡No! Hermione, esto está mal… No puedes pensar esto de tu profesor… ¿Pero por qué no me ha interrumpido? Esto significa que por lo menos tenía curiosidad por saber qué iba a decirle… Ojalá supiera yo lo que siente él por mi…"
- Recuerda desmaquillarte antes de irte a la cama, Hermione. Si no te desmaquillas te saldrán arrugas. – Le dijo Ginny desde su cama leyendo una revista del corazón, sacándola de sus pensamientos.
- Claro, voy. – Se dirigió al baño y se desmaquilló. Posteriormente, se puso en la cama y cerró los ojos. – Ginny ¿Estás dormida?
- No. – contestó la pelirroja.
- Genial. Sabes que mañana viene Harry ¿verdad?
- Claro. – dijo ella. – Me muero de ganas. Llevo toda la semana imaginándome cómo será el reencuentro.
- Y… si él te preguntara lo que sientes por él, ¿Se lo dirías?
- Pues… no lo sé. ¿Por qué me haces esta pregunta tan rara? ¿Te lo ha preguntado?
- No, no… claro que no. No sé, ¿No tendrías miedo a que te rechazara? ¿O que te dijera que para él eres como… una hermana o una amiga?
- ¿Harry te ha dicho que me digas que me ve como una hermana?
- No, Ginny, claro que no… Era simple curiosidad, para ver cuán segura estás de esto…
- Estoy al 100% segura, Hermione. Oye… ¿No te gustará a ti también Harry? – preguntó levantándose de la cama de golpe.
- Claro que no, tonta. Harry Potter y Ginny Weasley se casarán en una ceremonia íntima… seguida de una gran fiesta. – contestó Hermione riéndose y tirándole una almohada a la cara de su amiga.
- ¿Es Ron, entonces? – preguntó Ginny. – Creo que él está coladito por ti, Hermione.
- No Ginny, tú y Ron sois como los hermanos que nunca tuve. No podría verle de otro modo.
- Vaya… Eres complicada chica. – dijo la pelirroja tumbándose otra vez en su cama. Tras unos segundos de silenció Ginny habló. – Respecto a lo que me has preguntado, creo que si Harry quisiera saber lo que siento por él le diría la verdad. Si quiero tener algo con él tengo que ser muy sincera, así que de buen principio ya le diría que me gusta… Pero tengo que encontrar el momento ideal.
Hermione ya no respondió, se giró e intentó dormirse.
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