Snape estaba hambriento, ese día no había tenido tiempo para comer, así que se dirigía con paso firme al gran comedor cuando oyó un chillido de chica. Paró la oreja pero no oía nada más.

Al volver a arrancar a andar, oyó un grito mucho más pronunciado y esa vez sí que identificó de dónde provenía el grito. Rápidamente, y de un movimiento de varita, la puerta voló en mil pedazos y se encontró con la escena más despreciable que había visto jamás (y no hay que olvidar todos los recuerdos que tenía de sus jóvenes años como mortífago). Hermione estaba en el suelo, a cuatro patas y con la camisa desabrochada. Estaba llorando a lágrima viva mientras Malfoy la tenía agarrada por el pelo y estaba… no pudo pensar una palabra para describir lo que veía. Por su parte, Zabini se encontraba a pocos centímetros de la cara de la chica.

¿Qué está pasando aquí? – preguntó apuntando con la varita a Malfoy y Zabini.

Rápidamente, Malfoy y Zabini se acomodaron sus ropas para intentar disimular.

- Dadme una sola razón para que no os lance una maldición imperdonable aquí mismo. – repitió Snape, con una mirada tan oscura que habría asustado a un dementor.

- No es lo que parece. – dijo Zabini.

- ¿No es lo que parece? – gritó el profesor con furia.

Hermione aún no había reaccionado, estaba en el suelo llorando desconsoladamente.

- Estábamos jugando. – dijo Malfoy. - ¿Verdad… Hermione?

Hermione no podía parar de llorar. No sabía qué decir, pensaba que si delataba a Malfoy tal vez volvería para matarla, así que no dijo nada.

- Denme sus varitas y pónganse cara a la pared ahora mismo. – exigió Snape, conteniendo sus más profundos deseos de matar a esos dos desgraciados. Los chicos, con miedo, obedecieron. Snape conjuró un Patronus para llamar a McGonagall para separar a los chicos.

Al estar los chicos cara a la pared, Snape hizo un hechizo para que los botones de la camisa de Hermione se abrocharan y, al menos, cuando la profesora llegara, Hermione estuviera más decente. Hermione se levantó, sin habla.

Tres minutos más tarde, la profesora estaba en frente del armario.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó ella. – Oh no, ¿otra pelea de Gryffindor contra Slytherin?

McGonagall puso los ojos en blanco.

- Me temo que esta vez no, profesora. – dijo Snape. – Me he encontrado a estos dos salvajes forzando a la señorita Granger.

- ¿Disculpe? – preguntó alarmada McGonagall.

- Eso no es cierto, ella quería. – dijo Malfoy.

- Le voy a ahorrar los detalles porque le prometo que iba a tener usted escalofríos durante el resto de su vida. Sé que soy el jefe de Slytherin, pero temo que si me deja a solas con estos dos… depravados, no podría hacerme cargo de mis acciones, así que le ruego que los lleve usted ante Dumbledore mientras yo me encargo de la señorita Granger a la enfermería. Iré allí a dar mi versión de los hechos lo antes que pueda.

- No me lo puedo creer… - dijo McGonagall, a quien una lágrima se le escapó. – Malfoy, Zabini, delante de mí.

Minerva se recompuso y se llevó a los dos culpables amenazándoles con la varita, dejando a solas a Hermione y Severus.

- ¿Cómo se encuentra? – preguntó el. – Vayamos a mi despacho.

Hermione no contestó, pero sin saber muy bien qué hacía se dirigió hacia el despacho de Snape y se sentó en una silla. Sentía que no podía hablar y le temblaban los brazos y las piernas. Pasaron unos diez o quince minutos antes de que Hermione pudiera articular una palabra.

- Estaban furiosos porque me ha dado el puesto a mi. – dijo ella. – Me quitaron la varita antes de salir de su despacho, creo.

- Le han… ¿hecho daño? – preguntó él cauteloso.

- ¡Me siento tan estúpida! – dijo ella, volviendo a llorar.

- Usted no es estúpida, Granger. Por esto, tiene que detallar todo lo que le han hecho para que les encierren en Azkaban hasta que se mueran. Si me detalla lo que ha pasado, puedo ir yo a hablar con Dumbledore y usted no tendrá que verles más. Aunque creo que con lo que he visto me hago a la idea…

- Querían darme una lección. – dijo ella.

Entonces, entre llantos, le contó con pelos y señales todo lo ocurrido a Snape.

- ¿Estará bien si la dejo sola? ¿Quiere que llame a algún amigo suyo? – preguntó él, preocupado.

- No quiero que nadie más se entere, por favor. Solo usted, McGonagall y Dumbledore. – dijo ella, alarmada.- Por favor, tiene que prometérmelo.

- Tiene mi palabra, Granger. Si cruza esta puerta encontrará mis aposentos, puede esperar allí si quiere.

Snape, con un movimiento de varita, abrió una estantería de materiales dejando al descubierto una salita con una mesa y dos sillas, un sofá delante de una chimenea, estanterías con libros y dos puertas.

- Tras la puerta de en frente se encuentra mi habitación, y tras la de la izquierda se encuentra el baño. Úselo si lo necesita. Voy a volver en cuanto antes.

Sin decir palabra, Hermione ensimismada en sus pensamientos y de forma casi automática, entró en los aposentos de Severus y se hizo una bola en el sofá. Habrían pasado unos quince minutos cuando Hermione pudo reaccionar y dejar de llorar. Se dirigió al baño de Severus y se lavó la cara. Al secarse con la toalla, reaccionó y se dio cuenta de que Severus la había dejado sola en sus aposentos. Echó un vistazo y pudo ver un baño elegante, limpio y perfectamente ordenado. Había una bañera enorme y multitud de pociones alrededor. Por un momento, Hermione sonrió. ¿Qué eran todas esas pociones? ¿Tan presumido era Snape que necesitaba todos esos productos para bañarse? ¿Por qué no tenía botes de champú normales? ¿Se fabricaba su propio jabón?

Al salir y volver a sentarse en el sofá, se dio cuenta de que su gata estaba durmiendo plácidamente en una de las sillas. Se levantó e intentó ir a acariciarla, pero la gata bufó y cambió de silla. Paseándose por la habitación se quedó en frente de la puerta que dirigía a la habitación de Snape. Se moría de ganas de entrar, pero se contuvo pensando que sería de mala educación. Justo se estaba volviendo a sentar en el sofá cuando Snape entró en la habitación y se sentó junto a ella. Le cogió la mano y ella aguantó la respiración.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó la chica.

- Le he traído su varita. – dijo el profesor. – Los muy estúpidos aún la tenían guardada. Hemos hablado con el profesor Dumbledore y él ha llamado al ministerio. En pocos minutos vendrán del ministerio para ver lo que ha pasado y, posiblemente, llevárselos a Azkaban. No hará falta que testifiques nada, un juez mágico vendrá y con la ayuda del pensadero de Dumbledore, mis recuerdos y los recuerdos de los agresores, podrá ver lo que ha sucedido y dictaminará sentencia en menos de 24 horas. Hasta entonces, Malfoy y Zabini estarán encerrados en el despacho de Dumbledore y sin varita. Ya les he comunicado al resto que no quieres que la historia se haga pública. Por suerte, Malfoy y Zabini tampoco quieren, así que nadie más se va a enterar ¿Hay algo más que quieras añadir?

- De momento no… Me sabe mal que haya sucedido esto. – dijo ella. – Tendría que haber estado más atenta con mi varita, con ella me hubiera podido defender… A partir de ahora, iré con mucho más cuidado.

- Supongo que ahora comprende la importancia de los hechizos no verbales. - dijo él. – Esenciales ante agresiones inesperadas. Tranquila, este año las vais a practicar constantemente en clase.

Estuvieron unos segundos en silencio.

- ¿Tiene hambre, Granger? ¿Pizzas? – ofreció él.

Hermione asintió. Snape chasqueó los dedos y apareció un elfo doméstico de Hogwarts, al que pidió dos pizzas. Segundos más tarde, la mesa estaba puesta para dos. Sin decir nada, ambos empezaron a comer.

- Por cierto, aún no le he dado las gracias. – dijo Hermione. – Si no hubiera sido por usted… - Un escalofrío le recorrió la espalda.

- No me las de. – dijo él.

- ¿Sabe? Nunca antes había visto un hombre… así. Desnudo, quiero decir. Y nunca antes… me habían tocado así – dijo ella, y las lágrimas volvieron a sus ojos.

- Siento que fuera así. – dijo él mirando a la chica con pena. – No siempre es horrible.

Entonces, al profesor se le encogió el corazón. Si ya de por si es malo sufrir una violación, siendo virgen era aún peor. Tras unos segundos de silencio, Snape se sirvió un vaso de Whiskey y le ofreció uno a Hermione, que lo aceptó. Tras eso, volvió a hablar.

- Mi primera experiencia también fue mala. – dijo Severus.

- Bellatrix… - susurró Hermione, recordando el incidente en su piso.

- Yo estaba enamorado de otra chica, y era muy joven. – dijo él. – Ese día, vi como la chica a la que amaba con todo mi corazón se besaba con el chico que me hacía la vida imposible. Tenía el corazón partido, y cuando Bellatrix lo notó se aprovechó de eso. Esa noche no dormí. Aunque ella estaba con otro chico, yo sentía que la había traicionado y me odiaba por ello.

Hermione no dijo nada, no entendía por qué el profesor le estaba contando aquello. ¿Se estaba justificando? ¿Tal vez le estaba insinuando que él estaba enamorado de otra mujer? Probablemente, era culpa del Whiskey. Entonces recordó algo que Bellatrix dijo en su piso.

- La madre de Harry. – dijo Hermione sorprendida. Snape asintió.

- Lily. – dijo él.

- Por esto odias tanto a Harry pero a la vez le proteges. Querrías que fuera hijo tuyo. – dijo ella, sorprendida. Hermione se hundió un poco, no podía competir con alguien que ya estaba muerta.

- Bueno, bueno. Yo no diría tanto. – dijo él sonriendo. - ¿Me imagina a mi con un hijo? A penas soporto a los alumnos.

- Lily es el amor de su vida. – dijo Hermione con ojos llorosos.

- Era. – la corrigió él, mirando profundamente a Hermione a los ojos. Llevó una mano a su rostro y le limpió una lágrima. – Pero dejemos de hablar de mi. Y, por favor, le ruego que toda esta conversación quede entre nosotros. Especialmente, Potter no debe saberlo ¿lo entiende?

- Claro. – dijo ella. - Se ha hecho muy tarde.

- Cierto. ¿Quiere que la acompañe a la torre de Gryffindor?

De pronto, a Hermione se le hizo un nudo en la garganta. No quería tener que estar sola en su habitación durmiendo. ¿Y si Malfoy escapaba del despacho de Dumbledore e iba a vengarse de ella a su habitación?

- ¿Puedo dormir aquí? – preguntó ella casi sin pensarlo.

- ¿Aquí? – preguntó Snape sorprendido. – No creo que eso fuera muy apropiado.

- Me quedaré en el sofá. – comentó ella. – No quiero estar sola.

Snape puso los ojos en blanco, pero estaba realmente nervioso y tampoco quería dejar a la chica sola.

- Está bien. Puede dormir en mi cama, ya me quedaré yo en el sofá.

Con un movimiento de varita recogió la mesa y guio a la chica a su habitación. Hermione pudo ver una gran cama de matrimonio con dosel y sábanas grises de seda. Además, había una chimenea y una ventana por la que se veía el lago. Vio que Snape cogía un pijama de debajo de su almohada y le indicó a Hermione.

- Me voy a poner el pijama. No le cambio las sábanas porque están limpias, justo las he cambiado esta mañana.

- ¿Puedo ponerme una camiseta suya como pijama? – dijo ella, que de pronto sintió que su ropa estaba sucia y mancillada por sus agresores.

- ¿No se cansa de pedir? – dijo él, aunque se arrepintió al instante. – Está bien. Abra el armario y escoja lo que más le guste.

Tras esto, el hombre salió de la habitación. Hermione aún no se podía creer que Snape le había dejado dormir en su cama y con su ropa. Abrió su armario y pudo ver una colección importante de ropa casi idéntica: túnicas, capas, camisas y pantalones de colores grises y negros. Cogió una camiseta básica gris y se la puso rápidamente antes de que Snape volviera. Estaba embriagada por el olor de la camiseta: así es como seguramente olían los abrazos de Snape. Dejó su ropa doblada sobre la silla de la habitación y se metió en la cama, concretamente en el lado más alejado de la puerta, evitando ponerse en el sitio donde Snape había sacado su pijama para respetar su espacio. Un minuto más tarde, Snape entró en la habitación.

- Vaya, ya veo que está como en su casa. – se burló Snape. En realidad, le hacía gracia su atrevimiento.

- Lo siento, profesor, si estoy excediendo su confianza. – dijo ella, poniendo cara de buena niña. Pudo ver que el pijama del profesor era excesivamente sexy. Una camiseta apretada de manga corta que dejaba ver sus brazos fuertes y unos pantalones largos de cuadros blancos, grises y negros.

- Venga, buenas noches Granger. Si necesita algo estaré en el sofá. – dijo él, llevándose consigo su almohada.

- Buenas noches. Y muchas gracias. – dijo Hermione. Entonces, Snape apagó la luz y Hermione puso a dar vueltas por la cama intentando dormir.

Se sentía tremendamente mal de estar ocupando la cama de Snape mientras él estaba en el sofá. Tal vez hacía media hora que estaba intentando dormirse cuando decidió ir a ver si el profesor estaba dormido. Lo encontró en el sofá con la luz encendida y leyendo un libro. Estaba tan guapo que no se atrevió a decirle nada. Llevaba tal vez dos minutos mirándole cuando Snape habló.

- ¿Le pasa algo o solo le gusta contemplarme? – dijo Snape, sin quitar la vista de su libro. Hermione se puso muy nerviosa.

- Lo siento… solo es que me siento mal de que tenga que dormir en el sofá mientras yo estoy en su cama. – dijo ella.

- No se preocupe, en peores sitios he dormido. – dijo él, cerrando el libro. Entones, ella pudo ver que estaba leyendo "Orgullo y prejuicio" tal y como ella le había recomendado en vacaciones.

- La cama es muy grande. – dijo Hermione entonces. Snape la miró, sin creerse muy bien lo que la chica estaba insinuando.

- Lo sé, es mi cama ¿recuerda? – contestó el profesor, levantando una ceja.

- Cabemos los dos perfectamente. – insinuó ella, adentrándose un poco más en la sala donde estaba Snape.

"Está guapísima con mi ropa" pensó Snape.

- Eso sería totalmente inapropiado. – contestó él.

- Lo sé. – dijo ella. – Pero me encantaría ¿A usted no?

Snape seguía aún sorprendido del atrevimiento de la chica. Tragó saliva, sintiéndose un poco intimidado. Quería contestarle que claro que le encantaría, que le encantaría acariciarla y besarla hasta que se durmiera, pero no podía decirle esto a una alumna. Su corazón y su cabeza estaban luchando, y al final su necesidad de proteger a Hermione ganó. Sin decir nada, cogió su almohada y entró en su habitación, seguida de Hermione que no se atrevía a decir nada y estaba casi temblando de la emoción.

Se metió en la cama, y Hermione hizo lo mismo.

- Buenas noches, profesor. Muchas gracias por todo. – dijo ella, besándole una mejilla cuando las luces ya estaban apagadas.

Severus no contestó. Estaban los dos mirando boca arriba, Severus tenía las manos bajo su cabeza. No supo de dónde vino la acción que hizo a continuación, pero la llevó a cabo sin dudar ni un segundo.

- No te va a pasar nada nunca más, ¿me escuchas? Te prometo que siempre voy a estar para protegerte. – dijo girándose y susurrándole a Hermione al oído.

En ese momento, Hermione giró la cara y quedó a milímetros de la de su profesor. A pesar de la oscuridad, ambos veían un poco debido a que con el rato que ya se habían acostumbrado a la oscuridad. Ambos se morían de ganas, pero ninguno de los dos se movía. Pasaron 1, 2, 3, 4, 5 segundos cuando Hermione sacó su valentía Gryffindor de su interior y, medio dormida medio consciente, besó a Snape en los labios.

El beso fue dulce, suave, tierno, fue tal y como Hermione siempre había soñado y deseado. Hacía tanto tiempo que Snape no se sentía tan querido que una lágrima rodó por su mejilla, aunque Hermione no se dio cuenta. Snape no rechazó el contacto, al contrario. Llevó una mano a la mejilla de Hermione y la acarició. Nunca había sentido unos labios tan dulces.

Cuando el beso terminó, ninguno de los dos dijo nada.

"Es tu alumna."

"Es tu profesor."

Se tumbaron en la cama y, tras unos minutos disfrutando de la felicidad que les había aportado ese beso, se durmieron plácidamente.

¡Por fin! ¡El capítulo que todos esperábais! ¿Qué os ha parecido?