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El día se le hizo un poco duro a Hermione. Primero, Snape la había rechazado. Segundo, estaba paranoica, pensando continuamente que alguien la perseguía o la quería atacar. Y, por último, sus amigos no dejaban de mirarla con cara de pena.

Llegada la tarde, McGonagall llamó a Hermione a su despacho. Una vez allí, le explicó que Malfoy y Zabini habían sido trasladados a Azkaban, y que el protocolo a seguir en esos casos era modificarles la memoria para que no supieran quién había sido su víctima para no poder volver a atacarla cuando salieran. Hermione se tranquilizó un poco, pero seguía preocupada por el rechazo de Snape.

Les contó a sus amigos las novedades en el caso Malfoy y fueron todos juntos a dar un paseo por los jardines del castillo.

- Y a todo esto, ¿cuándo empiezas con las tareas de asistente de pociones? – preguntó Ron. – La prueba para las clases de vuelo es el lunes que viene y estoy un poco nervioso… Me voy a pasar todo el domingo practicando mis mejores acrobacias ¿qué creéis que me harán hacer?

- Pues la verdad es que al final no hablé de esto con Snape. Voy a ir a verle después para preguntárselo. Ron, no te hace falta practicar todo el domingo: lo harás genial.

- Yo también tendría que hablar con Lupin por las pruebas de asistente de defensa contra las artes oscuras. – dijo Harry, distraído viendo como Ginny estaba hablando con un chico de Hufflepuff.

- De hecho, chicos, voy a ir a ver a Snape ahora, que luego se hará tarde. Nos vemos ¿de acuerdo? – parecía que cada uno de los chicos estaba preocupado por sus propias cosas.

- Suerte Hermione, a ver si no es muy desagradable. – dijo Ron, tumbándose en el césped.

Hermione fue todo el camino con la varita en la mano y tensa, y cuando llegó a la mazmorra de Snape llamó a la puerta. No obtuvo respuesta. Volvió a llamar tres veces más, y al ver que nadie abría se atrevió a intentar abrir ella misma, pero la puerta estaba cerrada con llave. Fue a la sala de los menesteres pero el profesor tampoco estaba allí nadando. Tras mucho buscar en el gran comedor, la biblioteca, los pasillos y los jardines, Hermione volvió a intentar llamar a la mazmorra. Nadie contestó. Un poco frustrada, cuando iba a volver a su sala común escuchó un gran estruendo dentro de la mazmorra.

- ¿Profesor? – preguntó ella, extrañada.

- Entre, Granger. – escuchó que una voz muy atenuada contestaba. Además, escuchó un quejido.

Hermione, extrañada, intentó abrir otra vez y en ese momento la puerta ya se abrió.

Se sorprendió al no ver nadie a simple vista, pero cuando se fijó el profesor Snape estaba tumbado en el suelo y se presionaba las costillas. Estaba extremadamente pálido, y había un pequeño charco de sangre a su alrededor.

- ¡ Severus! – gritó ella, corriendo a su lado. - ¿Qué le ha pasado?

- Cierre la puerta antes de que entre alguien más. – contestó él. Cada vez que hablaba le dolía muchísimo todo el cuerpo.

Hermione obedeció y se tumbó a su lado.

- A ver, Granger, ya que quería ser mi asistente. Tráigame del armario de pociones un frasco que no está etiquetado y tiene un contenido completamente negro. Está en el estante de arriba del todo.

Hermione asintió y corrió a hacer la tarea que Snape le había encomendado. Le costó un poco encontrar el frasco.

- No hace falta que se de prisa, Granger. Solamente me estoy desangrando. – dijo él, irónico.

Finalmente, Hermione lo encontró y corrió hasta él.

- Quíteme la capa y la camisa. Le advierto que tal vez grite un poco, pero no se preocupe. – dijo él.

Hermione obedeció tan rápido como pudo. Tenía la camisa pegada a la herida, por lo que cada movimiento de tela le causaba un gran dolor al profesor, que soltaba gritos ahogados de tanto en cuanto. Cuando hubo terminado de hacerlo, Snape se echó la poción sobre la herida. Hermione estaba horrorizada: el profesor tenía una herida que iba de izquierda a derecha y no dejaba de sangrar. Parecía profunda, y estaba toda la carne de alrededor de color verde oscuro. En cuanto el líquido negro entró en contacto con la herida, ésta empezó a curarse milagrosamente. Snape estaba muy sudado, pero parecía que recuperaba algo de color a medida que se le iba cerrando la herida.

- ¿Hago algo más? – preguntó Hermione, todavía muy impactada por lo que había visto.

- Ya está, Granger. En dos días ya no habrá ni marca. Siento haberla asustado. – dijo él.

- ¿Qué le ha pasado? – preguntó ella.

- Supongo que es justo que le de una explicación. – dijo él. – Pero déjeme darme una ducha primero, doy asco lleno de sangre y veneno. Puede esperar en mi salón. Venga, ayúdeme a levantarme.

Hermione sujetó a Snape por debajo de un brazo mientras se ponía en pie, y le acompañó hasta la puerta del baño.

- Hasta aquí, Granger. No pretenderá ayudarme a ducharme. – dijo él, viendo que la chica no le dejaba ir.

- ¿Seguro que puede solo? – preguntó ella, preocupada.

- En peores circunstancias he estado. Espere aquí si quiere, o si lo prefiere váyase a su sala común, no es obligatorio que se quede.

- Le espero aquí, si necesitara algo solo tiene que llamarme. – dijo ella, que se sentó en el sofá aún preocupada. Su mente no paraba de dar vueltas, ¿Quién podría haberle hecho eso a Snape?

Al cabo de diez o quince minutos, Snape salió del baño con una toalla envuelta en el cuerpo. Hermione pensó que nunca antes había visto algo tan sexy y empezó a notar calor, pero también se sintió mal por pensar en eso cuando su profesor se encontraba herido. Sin decir palabra, y viendo que Hermione le miraba embobada, fue a su habitación y se puso ropa limpia. Le dolía tanto el pecho que no pudo ponerse parte de arriba, así que iba únicamente en pantalones.

- ¿Mejor? – preguntó ella. Snape se sentó en el sofá a su lado.

- Si, gracias Granger. – contestó él. – Ahora estoy un poco dolorido, pero bien, nada que el tiempo no pueda curar.

- ¿Qué le ha pasado? – preguntó ella otra vez, cogiéndole la mano. Snape se tensó y Hermione pensaba que iba a retirar su mano, pero al final no lo hizo.

- Digamos que… no es bueno hacer enfadar al señor tenebroso. – contestó Snape.

- ¡¿Voldemort?! – preguntó Hermione, poniéndose una mano en la boca.

- Sht. – Snape le reprimió. – No puedo darle muchos detalles por razones obvias, pero el señor tenebroso le había encomendado una misión muy importante a Malfoy, misión que yo tenía que supervisar… Y, digamos, no le ha sentado muy bien que hayan encerrado a Malfoy a Azkaban. No es la primera vez que me castiga así, primero me lanza un par de maldiciones de tortura y al final le pide a su serpiente que me envenene un poco, para que me esfuerce más la próxima vez.

Hermione empezó a llorar.

- Es culpa mía. Malfoy está en Azkaban por mi culpa. Si no fuera por mi, Malfoy seguiría libre y usted no habría sido torturado.

- No se haga la protagonista, Granger. Es culpa del tonto de Malfoy. Él sabía las consecuencias de sus actos. Si a mi me ha hecho esto el señor tenebroso, no quiero ni imaginarme lo que le hará a él. Pero no ha sido su culpa.

- Lo siento mucho. – dijo ella, que aún se sentía culpable.

- Venga, venga, que ya le he dicho que no es culpa suya. Por favor deje de llorar, ya ha pasado. Por cierto, ya que quiere ser mi asistente va a atener que ayudar a preparar más antídoto contra Nagini, para tener más para la próxima vez. – a Hermione se le cayó el alma a los pies ¿el profesor creía que habría una próxima vez? – Se tarda dos horas en prepararla, empezaremos mañana, que hoy no me encuentro con fuerzas.

- Todo lo que necesite. – contestó ella, asintiendo y dejando de llorar para no hacer sentir incómodo a Snape.

- ¿A qué había venido? – preguntó él, recordando que Hermione había llamado a su puerta. – Digo, si se encontraba aquí en las mazmorras será que quería verme ¿no?

- Sí. – afirmó ella. – Era para saber cuándo empezaría mis tareas como asistenta, pero ya me ha dicho que mañana.

- Perfecto entonces. – dijo él, que se tumbó un poco en el sofá, dolorido.

- ¿Le traigo algo? ¿No prefiere tumbarse en la cama? – preguntó ella, preocupada viendo las caras de dolor que ponía. Sabía que a pesar de que Snape se quisiera hacer el duro, debía estar pasando por un profundo dolor.

- Estoy bien, estoy bien. – repitió él. – Un whiskey no me iría nada mal. ¿Quiere algo usted? ¿Tiene hambre?

Con un movimiento de varita, hizo aparecer un vaso y una botella de whiskey que en el aire llenó el vaso. De un trago, Snape se lo bebió todo. Hermione pensó que lo hacía para mitigar la sensación de color.

- De momento no quiero nada, gracias.

Snape dejó el vaso en el suelo y se llevó una mano al vientre.

- También quería decirle otra cosa. – dijo ella, visiblemente un poco incómoda. Snape no contestó, dejándola hablar. - Verá… usted antes ha dicho que se aprovechó de mi porque yo estaba vulnerable (o algo así). Quería pedirle que no piense eso, por favor.

- Granger… Tanto usted como yo sabemos que estuvo mal.

- No puede estar mal si me hizo sentir tan bien. – dijo ella, ruborizándose máximamente. Estaba casi temblando.

- ¿Le hizo sentir bien? – preguntó Snape. Por el dolor tenía los ojos cerrados y estaba cada vez más estirado, pero estaba sonriendo. – Será que soy un gran besador entonces.

- Espero que no sea inapropiado el comentario, pero llevaba semanas queriendo hacerlo. – confesó ella, que se levantó y se puso de rodillas al lado del sofá, dejando sus caras muy juntas otra vez. – El otro día, cuando preparé la Amorteina, me di cuenta de que olía a usted.

Snape abrió los ojos y la miró a los suyos. Estuvieron unos segundos mirándose.

- Parece que ahora es usted la que se aprovecha de mi vulnerabilidad. - dijo él, aún sonriendo. – Es muy bonito esto que me dice, pero me temo que no soy para usted. Ya ha visto lo que pasa conmigo, no le daría más que disgustos. Usted merece algo mucho mejor… Además de que estar con usted está estrictamente prohibido. Y le saco cuánto ¿15 años? ¿17?

- Vamos a hacer una cosa. – dijo ella. – Deje que me aproveche de usted y su vulnerabilidad esta noche. Solo una noche, para hacerle sentir mejor. Y, a partir de mañana, que vuelva todo a la normalidad.

Hermione se acercó a él y le besó en los labios otra vez. Ambos lo disfrutaron sabiendo que estaban comiendo el fruto prohibido, alimentando sus pecados, fortaleciendo un vínculo irrompible.

- Granger… - dijo Snape. – Esto es muy inapropiado.

- Lo sé. Espéreme en la cama, voy a buscar algo.

La castaña corrió a su dormitorio para informar a sus amigos que no iba a cenar con ellos, y le dijo a Ginny que tampoco iría a dormir porque tenía que aprovechar que era luna llena para hacer una poción especial. Ninguno se extrañó demasiado, pues estaban pensando en sus propias cosas. Hermione se dio una ducha rápida de cuerpo, se puso el conjunto de ropa interior que había comprado con Ginny bajo el uniforme, cogió un camisón negro bastante sexy y un frasco de aceites esenciales y unas velas y corrió otra vez hasta las mazmorras.

Al llegar, entró directamente al salón donde estaba hacía unos minutos Snape y vio que el hombre ya no estaba. Contenta, se puso el camisón sexy y miró sigilosamente por la puerta de la habitación, donde Snape se hallaba tumbado en su cama con una mano recorriendo su herida. Sin hacer ruido, hizo que las velas flotaran por la habitación y se encendieran. Era un clima extremadamente erótico.

- Profesor. – dijo ella, entrando tímidamente en la habitación.

"¿Te has vuelto loca, Hermione? Esto parecía mucho mejor plan cuando estaba solo en tu cabeza…".– Se decía la chica, que de pronto se sentía muy expuesta a pesar de que el profesor la había visto en bañador innumerables veces.

Snape tuvo que asegurarse varias veces de que lo que veía no era un delirio o un sueño.

"¿Qué pretende esta chica? Si estoy hecho polvo… ¿No querrá que…? Le he dicho que era totalmente inapropiado y mira cómo se viste… ¿Se ha vuelto loca?"

Al ver que el hombre no decía nada, se tumbó a su lado en la cama.

- Granger, está preciosa pero… - empezó a decir él. Entonces, ella le besó otra vez, interrumpiéndole.

Snape estaba como loco, pero también se moría de dolor. Estuvieron unos minutos besándose, sin hacer nada más.

- He pensado que tal vez le iría bien un masaje. – dijo ella, mostrándole el frasco de aceite. Ambos parecían muy nerviosos.

- Granger, me temo que para mi hoy no es una buena noche para hacer lo que usted creo que pretende que hagamos. No rendiría ni al. 10%, y no quiero eso para su primera vez. Porque… ¿qué pretende usted que hagamos?

Hermione se puso muy muy roja, y dejó el frasco en la cama. Estaba claro que Snape había malinterpretado lo que ella quería hacer. Es decir, claro que se moría por tener sexo con él, pero no estando en esas condiciones.

- No quería hacer eso con usted. – dijo ella. Snape se avergonzó entonces de lo que había dicho y se sintió un pervertido, y Hermione se dio cuenta de ello. – Digo, ahora que lo pienso es normal que usted haya pensado que yo quería… pero no. O sea, yo me muero de ganas pero sé que usted no se encuentra bien, así que ni se me ocurriría proponérselo.

Ante eso, Snape subió una ceja. "¿Se muere de ganas?"Pensó. "Yo también me muero de ganas, maldito señor tenebroso y maldita Nagini del infierno, que me han dejado completamente fuera de comate… O no…". Estaba pensando esto mirando a Hermione y cuando quiso darse cuenta miró hacia abajo y pudo apreciar el gran bulto que se le marcaba en los pantalones a pesar de lo mal que se encontraba. Cuando bajó él la vista, también lo hizo Hermione, que abrió mucho los ojos y notó cómo la parte inferior de su conjunto sexy se humedecía. Snape intentó cubrírselo con la sábana.

- Entonces, estamos de acuerdo que pese a … la situación… nada de sexo esta noche. – sentenció él. – Venga, túmbese a mi lado y vuelva a besarme.

Hermione obedeció. Ninguno de los dos había estado antes tanto tiempo besándose con una persona. Tal vez llevaban una hora de besos, mimos y caricias sin hablar cuando Snape dijo.

- No ha cenado, señorita Granger.

- Le he cenado a usted. – contestó ella, divertida.

- Deje que encargue algo para usted. ¿Qué le apetece? ¿Un poco de pescado? ¿Qué tal rodaballo?

- No me hace falta comida, de verdad. Estoy tan bien aquí. No quiero desperdiciar ni un segundo de la noche. - dijo ella.

- Creo que ya me duele bastante menos. – dijo él. - ¿Sabe, Granger? Cuando preparó la poción, la Amorteina, el olor que desprendía el caldero también me recordaba mucho a usted. Yo no puedo tumbarme boca abajo porque me moriría del dolor, pero me gustaría que usted lo hiciera y me dejara hacerle un masaje en la espalda.

- Me sabe mal, el masaje tenía que ser para usted.

- Venga, no se queje tanto que le va a gustar.

Hermione se quitó el camisón, dejando ver su ropa interior sexy.

- Pero bueno, señorita Granger. – dijo el profesor, mirándola milímetro a milímetro. - ¿Cómo viene así a mi despacho?

- No profesor, no vengo así a su despacho. Vengo así a su cama. ¿Le gusta?

Como respuesta, Snape la atrajo hacia sí y le dio un beso muy diferente a los anteriores: es vez no fue suave ni tierno, fue fogoso y apasionado.

- Póngase boca abajo. – dijo Snape. Hermione obedeció sin rechistar.

Con dedos expertos, Snape le desabrochó el sujetador. Se estaba poniendo enfermo solo de mirarla. Su espalda blanca no tenía ni una imperfección, y el tanga negro que llevaba no dejaba nada a la imaginación. Se puso un poco de acietes esenciales en los dedos y empezó a masajear a la chica. Los dedos de Snape eran expertos, mágicos. Jamás había experimentado nada tan placentero.

Empezó por las cervicales, parecía que el profesor sabía dónde tenía que tocar o presionar en cada momento justo. Hermione, que hasta entonces había estado un poco tensa por la vergüenza, empezó a relajarse. Tanto lo hizo, que de tanto en cuanto iba soltando pequeños gemidos.

- Si en algún momento quiere que pare, o hay algo que no le gusta o que preferiría que no le hiciera, dígalo. ¿Entendido? – le susurró Snape.

- Todo me encanta. – dijo Hermione.

Snape fue bajando por la espalda hasta llegar a las lumbares, Hermione se sentía como si acabara de nacer, parecía que tenía un cuerpo nuevo. El olor del aceite también contribuía en su relajación. Sabía que la espalda estaba terminando, y Hermione temía que el profesor parara. Quería que continuara bajando, que tocara ese sitio que tenía actualmente tan caliente. Sin embargo, Snape pasó de largo su trasero, apenas rozándolo con sus dedos, y procedió a masajear las piernas. Empezó de abajo para arriba, focalizándose en sus muslos. Hermione creía que no iba a sobrevivir, era imposible sentir tanto placer.

- ¿Está bien? – preguntó Snape.

Como respuesta, Hermione soltó un gemido mucho más alto que los anteriores. Snape sonrió. A pesar de todo, seguía siendo un experto en el arte del amor con las mujeres. Interpretó ese sonido como un permiso, por lo que sin reparo cogió las nalgas de la chica y también empezó a amasarlas. Hermione notaba que su ropa interior estaba empapada, y no podía evitar desear que Snape le tocara más al centro. Tras minutos de volver a Hermione loca, Snape paró un segundo y le dijo.

- Solo si lo desea, puede girarse y la haré ver las estrellas.

Hermione no tardó ni dos segundos en obedecer. Ya no pensaba en nada, simplemente estaba concentrada en todas esas nuevas sensaciones que el profesor le estaba haciendo sentir.

A Snape le fascinaban los pechos, siempre había sido así. Por lo tanto, al ver los de Hermione tras el sujetador desabrochado no pudo evitar quitarle la prenda de forma casi violenta y empezar a lamérselos. Hermione entonces supo a qué se refería Snape con "Ver las estrellas". Mientras hacía esto, la herida que estaba aún cicatrizando le dolió muchísimo, pero no paró viendo que Hermione se estaba volviendo loca. Decidió que ya había jugado bastante con ella, por lo que introdujo su mano dentro del tanga de la chica y empezó a hacer con los dedos eso que se le daba tan y tan bien. Hermione seguía sin poder creerse aún que su cuerpo le podía brindar tanto placer, y en menos de tres minutos tuvo un orgasmo tan intenso que casi le hizo perder la conciencia. Cuando eso sucedió, Snape se retiró, le dio un beso en los labios y se tumbó en la cama.

Ninguno de los dos dijo nada durante varios minutos.

- Eso ha sido… - empezó la chica, pero no encontraba ninguna palabra que pudiera describir lo que sentía. – Gracias.

- No me de las gracias, Granger. – dijo él, muy satisfecho y orgulloso.

Entonces, por un momento, Hermione se horrorizó. Ahora le tocaba a ella devolverle el favor, y nunca antes lo había hecho, por lo que no sabía muy bien cómo tenía que proceder.

- Ahora es mi turno. – dijo ella.

- De eso ni hablar. – dijo Snape. – Ahora, vamos a abrazarnos y a dormir. Son ya las 12 de la noche.

- Pero…- dijo Hermione.

- Nada de peros. – contestó Severus. Atrapó a la castaña en sus brazos, apagó con un hechizo no verbal todas las velas y cerró los ojos.

Ambos se durmieron rápido, más tranquilos de lo que habían estado en toda su vida.

Y ahora tengo que despedirme por unos días. Me voy de vacaciones y no podré escribir. Espero que el regalito final os haya gustado :). Por favor, dejadme comentarios si me echáis de menos y queréis que escriba más! Eso siempre motiva un montón!