Qué wea, hermanas? adasdasdas TREINTA AÑOS PARA ACTUALIZAR Y YA TENÍA ESTO ESCRITO HACE RATO.

Perdónenme... yo sé que me van a decir "ya pues le estás dando duro al SarahxNami" y sí... pero tiene trasfondo la wea, tiene un motivo.

Si son perceptivas le van a cachar al tiro, sino, pues se esperan unos dos caps más para entender :u

Bueno eso. Perdón por tardar, ser esclava es dificil weonas :,v


Diana se miró al espejo una vez más. No es como si Leona le hubiera dicho alguna vez que se veía mal, pero no podía evitar preguntarse si se veía lo suficientemente bien. ¿Qué pensaría si iba despeinada? ¿O si iba con alguna camiseta manchada? ¿Y si su aliento apestaba?

Se dirigió al baño casi corriendo y tomó su cepillo de dientes con prisa.

—¿Cepillarse tres veces no será mucho? —preguntó Zoe desde su cama, jugando con su Nintendo—. ¿Sabes qué es la fluorosis dental?

—¿Mmm? —preguntó Diana mientras cepillaba sus dientes.

—Seguramente Nami sí sabe qué es, es tan inteligente. ¡Y sabe dominar a Sarah! Justo como yo domino a este bicho. —dijo la niña, dando vueltas en la cama—. ¿Acaso tú vas a dominar a Leona? ¡Oh! ¿Alune te dominaba y por eso casi no hablábamos cuando eras su novia?

—Ugh… ¡nom te hablagba pogque eras iditandte!

—Ñiñiñi, iris irritinti. Tú eras irritante. —se quejó Zoe, ladeando su cabeza—. Siempre eras "Alune esto, Alune lo otro". Chinga a tu madre, Alun-

—¡Zoe! —exclamó Diana, sacando su cabeza por la puerta del baño para mirarla—. ¡Ya deja de decir esas cosas!

La niña alzó la mirada, riendo un poco al ver a su hermana mayor.

—Tienes crema en la camiseta. —señaló la menor, haciendo que Diana se mirara a sí misma y gruñera—. Cuando sea grande, voy a tener un novio como Leona. O novia, no lo sé. O quizás voy a secuestrar a Ezreal antes de que vuelva a Piltóver.

—¿Qué? —preguntó Diana, volviendo a sacar su cabeza por la puerta—. ¿Qué dijiste?

—Voy a tener uno o dos hijos. Se van a llamar Aurelio y Aurelion… y voy a ser doctora como mamá. —continuó diciendo la niña, moviendo sus pies sobre la cama—. Pero antes de todo eso, voy a ser el héroe de Hyrule por última vez. Y quizás la mejor maestra Pokémon de varias regiones.

—Ya… ¿qué tal? —preguntó Diana, saliendo del baño con una nueva camiseta sin mangas.

—Se te ve el sostén. —respondió Zoe luego de darle una rápida mirada—. ¿A qué hora iban a verse de igual forma? Son casi las nueve.

—¡¿Qué?! Ugh, qué porquería. —Diana volvió a su habitación, mirándose en el espejo por última vez—. ¡No me veo bien!

—¿Sabes? Creo que no importa lo que te pongas… Leona siempre te mira como si fueras… no lo sé… ¡como yo veo a mi bebé Aurelion! —exclamó Zoe, con sus ojos brillantes al ver a su gato pasear por el pasillo. El minino se detuvo para mirarla cuando ella lo llamó por su nombre—. Qué precioso, hermoso, divino, bello. Todas esas palabras no son más que sinónimos de tu nombre, mi amor. ¡Ven con mamá!

El animal permaneció mirándola por un instante antes de seguir su camino, ignorándola por completo.

—¿Crees que me mira así? No lo sé… yo no… no me había dado cuenta.

—Eso es porque estás muy distraída mirándola como tonta. —murmuró Zoe, volviendo a jugar.

—¡Por última vez! Soy tu hermana mayor, no puedes sólo hablarme así. —se quejó Diana, mirando a Zoe con reproche—. Castrosa.

—¡Mamá! —gritó Zoe, poniéndose de pie—. ¡Diana me dijo castrosa!

—¡Voy saliendo! —exclamó Diana, tomando sus llaves y mochila antes de correr escaleras abajo—. Vendré algo tarde, pero llegaré. Dormiré aquí, lo prometo.

—Castrosa… qué palabra tan correcta. —murmuró Selene, pensativa—. Como una costra, tratas de quitártela de encima, pero… —miró a su derecha en el sofá, en donde había aparecido su hija menor, mirándola con ojos brillantes—… sólo aparece de nuevo.

Diana sacó el coche hasta la calle y observó confundida cómo Sarah salía de la casa de Nami con una caja. Pudo observar a su amiga en el interior de su propio auto negro, en el asiento del copiloto, pero no su rostro. La pelirroja logró verla de reojo y se encogió de hombros, metiendo la caja con rapidez al maletero para cerrarlo con algo de fuerza.

Sarah miró por un instante al interior de la casa de Nami, o al menos, a la reja que dividía la propiedad de las demás. Giró sus ojos antes de subir al lado del conductor y, ante la mirada de una confusa Diana, la observó permanecer allí, hablando con Nami.

No era extraño que Nami llevara cosas de su casa al remolque de Sarah, lo que era extraño era que lo sacara en cajas. Eso sólo sucedía cuando tenía alguna discusión con su mamá, lo que no le extrañaría, pues no sólo se había presentado con el cabello teñido, sino que había llevado a Sarah consigo. No era desconocido para ella que Sarah no era del agrado de Erali. Quizás habían peleado y por eso Nami se quedaría con Sarah unos días.

Estrechando un poco sus ojos, Diana intentó mirar con mayor atención a la pareja. Observó a Sarah intentando acercar su mano a Nami y a su mejor amiga detenerla antes de que lo hiciera. Quizás volvieron a discutir. Entonces la situación pareció volverse tensa cuando Sarah la tomó del brazo y Nami forcejeó con ella.

La peliblanca estuvo tentada a salir de su auto para dirigirse al de su amiga, hasta que la observó lanzarse a los brazos de Sarah para besarla. Algo en el estómago de Diana se removió.

Algo que siempre había intentado ignorar desde que Sarah apareció en la vida de su mejor amiga.

Dudó de bajarse y comprobar el estado de su amiga, pues Nami siempre le contaba al momento en que peleaba con su mamá. Quizás no habían peleado… quizás sólo había decidido que se quedaría con Sarah porque su familia se quedaría en su casa. Quizás sólo quería pasar más tiempo con su novia.

Recibió un mensaje de Leona y lo chequeó al instante. Ella estaba lista.

Diana alzó la mirada, encontrándose con un escenario que ya se había vuelto común para ella. Nami y Sarah, besándose.

Siempre se decía que el retorcijón que atacaba su estómago cuando las veía besarse era incomodidad por presenciar ese acto como tal por parte de dos personas. Como cuando sus padres iban a besarse y ella simplemente desviaba la mirada para no mirar.

Suspiró y arrancó el auto, dándole una última mirada al coche de su amiga cuando pasó por su lado, no notando nada extraño más allá de ellas dos muy cerca la una de la otra.

Cuando estaba con Leona, el día a su lado se le iba en un instante. No podía pensar en otra cosa que no fuera esa chica, con su cabello castaño, su piel bronceada, su sonrisa amable y definitivamente sus brazos. Pero cuando estaba en la universidad; más precisamente; con sus amigas, a veces, muy pocas veces, al ver a Nami y a Sarah, algo dentro de ella no podía dejar de incomodarla.

Se lo atribuía al hecho de que Nami era como su hermana. Sus peleas con Sarah le afectaban bastante a su mejor amiga y, a veces, sentía que ella jamás podría hacerle algo como eso. No haría cosas estúpidas que la hicieran sentir mal, como algunas veces hacía Sarah.

Como cuando desaparecía en una fiesta por toda la noche hasta el siguiente día. Diana nunca haría algo como eso, no a Nami… a nadie, en realidad.

Se preguntaba por qué Nami soportaba ese tipo de comportamientos inmaduros por parte de Sarah, siendo que había otras personas que no le harían eso.

¿Leona haría algo como eso?

Diana volteó su mirada a la pelirroja por un instante, en medio de la oscuridad de la sala de cine. Ella le había dicho que no era el tipo de persona que salía mucho a fiestas y Diana le creía, ¿por qué no lo haría? No tenía motivos para mentir, menos si empezaban a conocerse.

—¿Qué es? —susurró la morena, luego de percatarse de la intensa mirada de Diana al buscar las palomitas en su regazo—. ¿No te parece graciosa?

—No es nada… yo… sólo… nada. —susurró Diana, negando con su cabeza y acercándole las palomitas.

Volvió a prestar atención a la película y notó cómo el protagonista volvía en el tiempo, seguro a arreglar alguna tontería que le había hecho a su novia, sólo para terminar arruinándolo más.

Volver en el tiempo.

Si Diana volvía en el tiempo, no podía recordar una sola cosa que no había hecho con Nami. Era normal que se sintiera incómoda al ver a aquella chica, que conoció desde niña; o incluso desde mucho antes; besarse con otra persona. Si lo pensaba bien, quizás su cerebro no se hacía a la idea de que Nami era ya una joven adulta, no la niña de los plumones de colores que la defendía en clases a ella y a Syndra porque sus compañeros se burlaban de ellas.

El protagonista volvió a su infancia, con su conciencia adulta.

Ah, su infancia.

¿Cómo Diana no iba a estar trastornada? Si siempre la molestaron en clases por tener las respuestas a todo.

Aunque, en realidad, Nami también solía tener las respuestas para todo y a ella en sí no la molestaban, de hecho, a Nami comenzaron a molestarla cuando; en lugar de reírse de esa primera broma pesada que le hicieron sus compañeros al rayar todos sus cuadernos; los acusó con la maestra.

Las burlas de sus compañeros sólo la hicieron cerrarse más a las personas y al mundo que la rodeaba y lo único que quedó para ella no fue más que su mejor amiga, Nami, que decidió darle la espalda al resto de sus compañeros sólo porque ellos decidieron joder a Diana.

Aun podía recordar que Nami hizo exactamente lo mismo con Syndra. Aunque claro, Nami tenía una fijación extraña por Syndra desde la primera vez que la vio en clases.

¿No crees que ella se vería bien con un lazo? Justo como nosotras. —le había preguntado Nami a Diana durante el almuerzo, en la primaria. Syndra apenas habría asistido por cuatro días—. Es inteligente y la molestan. Entra en la descripción perfecta para ser nuestra amiga… ¿no quieres ser su amiga?

—Uh… no lo sé. —había respondido Diana, mirando a Syndra observar a su alrededor en busca de una mesa vacía para sentarse—. ¿Tú quieres?

—¡Por supuesto que sí! Ella es de Jonia, ¡amo a Jonia, comer con palillos, el equilibrio y el J-pop! —exclamó Nami, moviendo sus pies bajo la mesa con emoción—. Quiero hablarle. ¡Vamos a hablarle!

Y así como así, Nami la había arrastrado hasta la mesa de Syndra y había comenzado a hablar con ella… incluso hizo que Diana hablara con ella.

A Diana siempre le había parecido sorprendente la forma tan natural en que Nami se acercaba a alguien y para hablarle, la forma tan sencilla con la que expresaba su opinión; incluso si alguien más no estaba de acuerdo con ella. Muchas veces, el solo hecho de que Nami estuviera cerca de ella y tomara su mano, o alzara sus pulgares desde su asiento en la preparatoria para darle ánimos, causaba que Diana obtuviera el valor que necesitaba para expresarse de la forma correcta.

No podían ser más diferentes, pero no podía pensar en cómo sería su vida sin su mejor amiga.

¿Cómo podría no amar a tan pura alm-

—¿Qué? —dijo Diana en voz alta, alejándose de Leona cuando la joven estaba besándola en la parte trasera de su coche.

—Que si quieres pasar un momento a mi depa... sólo… para hablar. —respondió Leona, que se veía algo confundida por la forma abrupta en que Diana rompió el beso—. ¿Estás bien? Parecías bastante distraída durante la película y… desde que me recogiste, en realidad. ¿Pasa algo?

—Sólo… a veces, mi cerebro está en otro lado mientras yo estoy aquí. —murmuró Diana, pasando una mano por su rostro—. Lo siento, yo… de verdad que lo siento.

—Está bien, a veces me pasa también. —habló Leona, riendo un poco—. ¿En qué pensabas, entonces?

Diana sintió un nudo en su garganta. ¿Cómo le dices a la chica de tus sueños, que a veces tu cerebro piensa que alguien más es la chica de tus sueños y que ese pensamiento te ha estado jodiendo desde que la chica de los sueños de la supuesta chica de tus sueños apareció en sus vidas?

—¿Te gustan las fiestas, Leona? —preguntó Diana, confundiendo a la morena.

—No me desvivo por ir a una, pero tampoco me molestan. Aunque voy a ser honesta contigo, Diana… las cuatro de la mañana es mi tiempo límite para irme a dormir. —contestó la morena, ladeando un poco sus labios en una sonrisa algo torcida—. Así que, no importa qué tan buena esté la fiesta, me iré a dormir a las cuatro de la mañana pase lo que pase, como pudiste apreciar en la fiesta de Syndra. Tres y treinta en mi casa, cuatro am en mi quinto sueño.

Diana no pudo evitar reír ante lo que dijo la morena. Al menos no tendría ese tipo de problemas. La pelirroja se sentó correctamente en su lugar, permitiéndole a Diana sentarse también y, por un instante, permanecieron en un silencio bastante tranquilo. Diana podía ver la luna desde la ventana, así como un par de personas, no muchas, caminar por las aceras.

—Qué… ¿cuál es… tu forma de ver el amor? —preguntó Diana de forma repentina, captando la atención de la morena—. Como… ¿cómo sabes que… amaste a Acanta?

Al instante, Leona bajó la mirada y Diana sintió que no debió hacer esa última pregunta.

—Creo… que es muy pronto para hablar de amor, ¿o no? —musitó Leona y su acompañante notó al instante la incomodidad que se formó en el interior del auto.

—¡Sí, definitivamente! —exclamó Diana, acomodándose más hacia la ventana e intentando darle su espacio a Leona—. Quiero decir, no lo digo porque… yo… esté… enamorada de ti-

—No digo que esté mal, sólo… somos humanas, somos únicas, podemos sentir con distinta intensidad cada momento. —expresó Leona, jugando con sus manos—. Tenemos perspectivas diferentes. Puedes besarme de la forma más desinteresada posible y quizás yo siento que fue el mejor beso de mi vida.

—Por dos. —musitó Diana y Leona rió un poco—. Quiero decir… es porque… me gustas.

—¡Y también me gustas! En serio. —aseguró Leona, alcanzando una de las manos de Diana y volteando a mirarla por primera vez desde que la atmosfera cambió por una incómoda—. No soy una experta en el amor y soy bastante ilusa, visionaria; como quieras decirle. O sea que es probable que genere cierto… apego hacia ti, de forma más rápida que tú hacia mí.

—Pero ya tengo una foto nuestra como fondo en mi teléfono. —dijo Diana, mostrándole su teléfono a Leona, que la imitó y le mostró el suyo. La foto de fondo de ambas era la misma—. ¿No es eso muestra de mi apego? Nuestro apego.

—Seamos honestas, Diana, no nos conocemos mucho, no sé cómo te sientas tú con respecto a mí, pero hasta ahora puedo decir que nos correspondemos, ¿o no? —indagó la morena, recibiendo un asentimiento de cabeza por parte de Diana—. Puedo afirmar que, desde el primer momento, la atracción era notable y correspondida… lo que es importante para alcanzar algo mayor, un cariño más grande. Por supuesto que van a haber aspectos que no nos gusten de la otra.

—Los celos. —admitió Diana, asintiendo un poco con su cabeza.

—Golpear el suelo… eso se vio infantil y fue una red flag que almacené en algún lugar de mi cerebro y que creo que es un buen momento para sacar a flote. —confesó Leona, sorprendiendo a Diana—. O sea, no digo que te he visto hacerlo muchas veces, pero… me sentí tentada a huir… pero luego te veías tan frágil, como un gatito bajo la lluvia, temblando y llorando.

—No podía creer que perdí una pelea contra ese imbécil. —se quejó Diana, golpeando su frente con la palma de su mano—. ¡Él lastimó a Syndra! Muchas veces… ¡estoy harta de que lo haga!

—Y lo entiendo. De verdad que lo entiendo… y entiendo que quizás estabas en un momento vulnerable, toda enojada y frustrada. Pero… hay otras maneras de demostrar la frustración. Yo lloro todo el tiempo. —dijo Leona, alzando un poco sus hombros—. Lloré cuando… viniste a mi departamento hace una semana.

—Lo noté.

—Y creo que quizás… si lo deseas… podrías mejorar eso, como yo puedo calmar mis celos e inseguridades hablando con mi almohada. —explicó Leona, mostrándose bastante comprensiva con la peliblanca—. Quizás algo de meditación también te sirva… o aprender a defendert-

—No necesito aprender a defenderme si te tengo cerca. —dijo Diana de repente, captando la atención de Leona—. Probablemente pondrías en su lugar a cualquier idiota que quisiera molestarme a mí o a Syndra.

—Por supuesto, sí. Antes tendría que intentar solucionarlo de la forma más pacífica posible… pero si no hay otro camino, entonces recurriré a la "defensa personal". —explicó la morena, riendo un poco—. Y si eso tampoco funciona, sé manipular todo tipo de armas blancas.

—Enséñam-

—No en esta vida, cariño. —negó Leona, causando que Diana suspirara—. El punto es que… me gusta la idea de ser correspondida. Sentir que cuando nos besamos tú también viajas a la cima del Monte Targón y te enfrentas a los Dioses a mi lado.

—Ah… diría que es más como… mi corazón se acelera y mis manos sudan. —susurró Diana con timidez—. Pero… ¡pero cómo voy a enfrentarme a los Dioses si no me enseñas a utilizar un arm-

—En tu cabeza, Diana. No viajamos realmente, sólo lo hacen nuestras mentes y corazón- ¡no necesitas saber manejar un cuchillo! —exclamó Leona, riendo en medio de la frase—. ¿Qué sientes cuando nos besamos?

—Me siento realmente caliente allá abajo. —respondió Diana con honestidad, agradeciendo la oscuridad en el interior del auto, que le dio el valor para decir aquello sin sentirse avergonzada.

—¡Yo también! Tengo estas inmensas ganas de tocarte por todos lados… pero, además, también tengo esta sensación cálida en mi pecho… como si quisiera abrazarte por el resto de la noche y hacerte el desayuno. —confesó Leona, entrelazando sus dedos con los de Diana y apretando un poco su agarre—. Contarte toda mi vida, incluso los momentos más vergonzosos y reírme contigo de ellos. Cuando te beso, realmente lo que más quiero es… que no se acabe esto… que no te vuelvas una extraña que luego reconoceré en la calle.

—También quiero que no acabe. —susurró Diana, acercándose a Leona en los asientos traseros y logrando descansar su cabeza en su hombro—. Quisiera poder volver a hablar contigo así todo el tiempo, porque he sentido muchas cosas cuando estoy contigo, pero nunca me he sentido juzgada… es más, me siento segura y tranquila.

—Quizás esa es tu forma de ver el amor. —musitó Leona, recargando su cabeza de la de Diana—. Sentirte de ese modo con alguien.

—Quizás lo es. —susurró Diana como toda respuesta.

El silencio volvió a hacerse presente entre ambas y Diana, por primera vez en toda la cita, no pensaba en otra cosa que no fuera el dulce aroma de la morena o lo bien que se sentía estar a su lado.

—La verdad, no sé cuál es mi forma de ver el amor. —susurró Leona, causando que Diana abriera sus ojos—. Cuando estuve con Acanta, lo que sentí fue algo bastante fuerte, pero era una jovencita, no sabía manejar bien mis emociones y todo se desenvolvió en algo bastante obsesivo, de lo que me costó un poco salir. Yo… era como si la necesitara… o, más bien, como si me hubiera obsesionado con la idea de estar con ella.

—¿Obs… q-

—Acanta era mi mejor amiga. La conocí desde muy niña, en la escuela militar. —explicó Leona, sonriendo con pesar—. Hacíamos de todo juntas, casi como tú, Nami y Syndra, sólo que… siempre supe que lo que sentía por ella era algo más que amistad.

Diana apretó los labios un poco, sintiéndose extrañada.

—Tenía este… aura a su alrededor. —intentó explicar Leona, moviendo un poco sus manos—. Esa misma aura que rodeaba a mi madre. Me hacía sentir como… en casa, ¿entiendes?

—Creo que sí… un poco.

—Pero entonces, cuando comenzamos a tener este pequeño desliz, era como si no pudiera pensar en otra cosa que no fuera ella, y empeoró cuando nos separaron y me fui a Demacia. —continuó diciendo Leona, pensativa—. Y cuando volví aquí, estaba tan desesperada con la idea de encontrarla que al final el desgaste emocional fue tanto que estuve deprimida por meses.

—¿Deprimida?... ¿tú? —preguntó Diana, haciéndosele bastante difícil imaginar a Leona en su habitación haciendo nada más que respirar, como Diana.

Leona rió un poco, asintiendo con su cabeza.

—Soy humana, Diana. —susurró Leona—. Tengo altos y bajos, como todos los demás.

—Sí… por supuesto, lo siento. —respondió Diana, nerviosa.

—No quiero que pienses que siento celos de Nami o Syndra. —murmuró la morena, confundiendo a Diana por el repentino cambio de tema—. Tampoco quiero que pienses que quiero que sólo pases tiempo conmigo y con nadie más. Me agradan mucho ellas dos, aunque Zoe es mi favorita, por supuesto.

—Apuesto a que estará muy contenta de que le diga eso. —musitó Diana, haciendo reír a Leona.

—Sólo… cuando me dijiste que en algún momento te gustó Nami, yo… pensé que quizás había una pequeña posibilidad de que también le gustaras porque, vamos… —La pelirroja suspiró con anhelo, observando a Diana por el retrovisor del coche—… eres la chica de mis sueños.

La chica de sus sueños.

Leona le había dicho que era la chica de sus sueños.

Diana era la chica de los sueños de la chica de sus sueños.

Era bastante curioso cómo Leona había decidido utilizar el término que ella había estado pensando minutos antes, casi como si estuvieran conectadas.

La peliblanca dio varias vueltas en su cama. No podía sacar de su cabeza lo que le había dicho Nami esa tarde, mientras estaban tiñendo sus cabellos.

Su forma de ver el amor.

Quizás Leona tenía razón, quizás su forma de ver el amor era sintiéndose en paz con alguien. La mayoría del tiempo siempre estaba nerviosa, intentando ser perfecta para que nadie la juzgara por cualquier error que cometiera. Era curioso, cómo a veces la pelirroja lograba mirar dentro de ella y hacerla sentir tranquila cuando su cerebro más la molestaba.

Eso sólo le pasaba con alguien más.

La peliblanca se sentó en su cama, sintiendo su garganta seca. Bajó por las escaleras con cautela, guiada por la luz de su linterna, y llegó hasta la cocina en total silencio; aunque siendo seguida por la mascota de su hermana. Diana observó por un instante, desde los ventanales de la cocina, la casa de al lado.

La luz en la habitación de Nami estaba encendida y Diana podía ver a alguien en su interior, sin embargo, no pudo deducir si era su amiga o Erali.

"Por qué estas despierta tan tarde?" —se atrevió a escribirle a su mejor amiga, esperando que se asomara por la ventana para saludarla o algo.

Sin embargo, no hubo repuesta por parte de Nami, lo que llevó a Diana a pensar que aquella no era su mejor amiga.

Sintió su garganta más seca, incluso luego de beber agua, ante la idea de que quizás Nami se había marchado con Sarah. Si ese era el caso, estaba segura de que estaba muy ocupada con su novia como para responderle.

Diana no pudo evitar mirar a Sarah la siguiente tarde, viernes. Ella se encontraba bastante distraída y estaba más metida en su teléfono que comiendo en la hora del almuerzo. El puesto a su lado estaba vacío, porque no había rastro de Nami desde que la pelirroja apareció.

A veces, muy pocas veces, Nami no almorzaba a la misma hora que ellas porque prefería ir a la biblioteca o sus prácticas se alargaban. Pero esas veces, Sarah siempre estaba como si nada, hablaba con ellas y con sus amigos, como cualquier otro día. Sin embargo, ese era diferente. Diana nunca había visto a Sarah con aquel brillo en sus ojos.

Estaba preocupada por algo.

—¿Dónde carajo está Nami, Fortune? —preguntó Syndra, ahorrándole la pregunta a Diana—. ¿Erali por fin descubrió que tu debilidad es el frío y la envió a Freljord lejos de ti?

—No se sentía bien. —murmuró Sarah, sin responder de forma sarcástica a la segunda pregunta de Syndra y sorprendiendo tanto a la ahora pelirosa como a Diana—. Vendrá el lunes, creo.

—¿Crees? —preguntó Diana esta vez y Sarah alzó la mirada, nerviosa—. ¿No está quedándose contigo?

—Oh, Dioses. —dijo Syndra, captando la atención de Diana y Sarah—. Si está quedándose contigo es porque algo pasó, así que dime qué fue lo que sucedió para que yo pueda escribir nuestros diálogos antes de que ocurran y así no diga nada hiriente y malintencionado que sólo pueda dañar más a mi mejor amiga emocionalmente.

Tanto Diana como Sarah arquearon una ceja, confundidas.

—¿Qué? —indagó Diana, consternada por toda la situación.

—Me di cuenta de que a veces les digo cosas sin pensar en que puedo dañar sus emociones, así que Irelia me dijo que intente pensar un momento, o dos, o tres, antes de hablarles en una situación así. —explicó Syndra, comiendo su sándwich—. ¿Qué mejor forma de hacerlo que imaginando todos los diálogos posibles y escribiendo respuestas reconfortantes en lugar de escupir veneno?

—Eso… es… muy amable… de tu parte. —dijo Sarah, confundida, pero al mismo tiempo intrigada—. Pero… ella está bien, no sucedió nada. Se está quedando conmigo porque decidió que quería pasar más tiempo juntas, nada más.

Syndra estrechó sus ojos a ella, desconfiada. Sin embargo, Diana le creyó. Le creyó porque estaba muy segura de que, si algo le hubiera sucedido la tarde anterior con respecto a su familia, las primeras en enterarse serían ella y Syndra. Siempre que peleaba con Erali, Nami no podía evitar ir a quejarse con ellas y decirle a Diana "¿por qué no salí por la vagina de tu mamá?". Syndra solía decir lo mismo cuando su madre la hacía sentir mal.

—Tienes esa mirada en tus ojos, Fortune. —musitó Syndra, sin dejar de mirar a la pelirroja con desdén.

—¿Qué? De qu… ¿De qué hablas? —preguntó la ojiazul, confundida.

—Mmmm… quizás a Nami logres engatusarla con tus tetas pecosas, trasero redondo, pestañas de diva y disfraces de conejita, pero yo puedo ver cuando mientes. —aseguró Syndra, llevando su termo a sus labios y dándole un trago a su bebida—. Iré a verla. Eh… mañana… luego de… una cosa que tengo que hacer. Pero iré a verla y no podrás ocultarla de mí.

Sarah arqueó una ceja. Negando con su cabeza, la pelirroja suspiró.

—Bien, como sea. Igual y mañana es sábado, estará libre todo el día y yo estaré algo ocupada con unos encargos. —dijo Sarah con desinterés, volviendo a mirar su teléfono—. Quizás puedes hacerle compañía.

—¿No vienes, Diana? —preguntó Syndra, ante el inusual silencio de la peliblanca.

Diana iba a responder, sin embargo, su teléfono vibró.

"Tengo libre mañana! Valió la pena cubrir a Kayle hoy… quieres hacer algo?"

Era Leona. Y aunque Diana notó angustia en la mirada de Sarah, pensó que quizás Syndra estaba imaginando cosas.

—Yo… paso, por esta vez. —respondió la pelinegra con tranquilidad, tecleando en su teléfono—. Quizás vaya el domingo u otro día.

De nuevo, si algo sucediera, Nami se los diría de inmediato, Diana no tenía duda de ello.


Cuando Sarah volvió a su remolque, la encontró justo en el mismo lugar en el que la había dejado en la mañana. El desayuno que le había preparado y dejado en la mesa estaría intacto de no ser por las diversas moscas que volaban a su alrededor.

La pelirroja cerró detrás de sí, suspirando, y; con cautela; se deshizo del desayuno, botándolo a la basura.

Sarah se acercó a ella dejando su mochila sobre la mesa del comedor, así como las llaves del auto. Sacó del interior de su mochila una bolsa de papel. Se sentó en el borde de su cama, rozando con los dedos de su mano derecha el bulto sobresaliente en sus sábanas.

—Nami… amor. —dijo en un tono apacible, casi un susurro—. He vuelto, linda. Te traje algo de comer. Tengo tu pasta boloñesa favorita y… sé que no es el mejor acompañante, pero… sólo hay jugo de durazno en el refri, así que… almorcemos juntas, bebé.

Silencio.

Sarah sabía que estaba despierta, porque se movía bajo las sábanas rojas. Sin embargo, Nami no decía nada. No la había presionado en la mañana para que fuera a la universidad, la llamó al mediodía, pero no contestó y Sarah no insistió.

La noche anterior, Nami sólo se dejó caer en la cama, llorando. Sarah la abrazó e intentó consolarla, pero se sentía tan culpable que apenas su novia concilió el sueño, se acostó en el incómodo sofá con resortes salientes que tenía en la zona que pertenecía al comedor de su remolque.

Intentó apartar las sábanas de encima de su novia, y aunque Nami trató de evitarlo, terminó cediendo sólo para poder ver a Sarah, al menos un instante.

Cuando los ojos azules de la pelirroja se encontraron con los verdes enrojecidos de Nami, Sarah mordió su labio inferior. Su pecho se oprimió al ver el dolor y la angustia en la mirada de Nami.

—No tengo hambre. —musitó Nami, dándole la espalda a Sarah—. Sólo quiero dormir.

—Pero… no has comido nada, amor. —susurró Sarah, sacando de la bolsa de papel un envase—. Lo compré en ese sitio donde venden los almuerzos que te gustan cerca de la uni.

—Yo n-

—Por favor, bebé… hazlo por mí. —se atrevió a pedirle Sarah, con su voz algo temblorosa—. Sólo… sé que fue mi culpa y no quieres estar aquí, pe-

—¿Qué? —preguntó Nami, volteando su cabeza para poder verla de reojo—. ¿T-Tu culpa? Esto no… no es… ¿de qué tendrías la culpa?

—De que estés aquí en… en este lugar de mal-

—Me gusta aquí. —dijo Nami, colocando una de sus manos sobre la de Sarah. La más joven volvió a girar en la cama, haciendo su mejor esfuerzo por sonreír—. Donde sea que estés… donde sea que pueda tomar tu mano y soñar que estaremos así por siempre… me gusta.

—Pero no… ¿no estás… molesta conmigo? —preguntó Sarah, nerviosa—. Porque… yo comprendería si estás molesta conmigo. Si necesitas espacio, puedo ir con Tobías y Malcolm y… y puedes quedarte aquí y tener tu coch-

—¿Manejaste sin licencia activa? —indagó Nami, interrumpiéndola. Miró las llaves sobre la mesa, a un lado de la mochila de Sarah y arqueó una ceja—. Lo hiciste.

—No… yo no… Tobías lo man-

—¿Dónde está Tobías? —contrapuso Nami, en un tono serio—. ¿Manejaste mi auto sin licencia, Sarah Fortune?

—No, no, no, no… bueno, sí. —susurró Sarah, rascando su cabeza con nerviosismo—. ¡Pero sólo hasta la esquina! Y… y volví caminando… sí. Es… ¿vas a comer?

Suspirando, Nami se sentó en la cama. Permaneció en silencio un par de minutos, mientras Sarah se removió incómoda por lo tenso que se puso el ambiente entre ellas apenas aceptó haber manejado sin licencia.

—Sarah… creo que… tenemos que hablar. —dijo Nami con cautela. Su tono de voz era suave, casi un susurro. Aun así, Sarah sintió sus lágrimas aglomerarse en sus ojos, temiendo lo peor—. Es obvio que ya no… no tengo… dinero ahora. No puedo… ni siquiera puedo pagarme un bus, mucho menos una multa-

—Dioses, Nami. Casi me matas del susto, joder. —dijo Sarah, suspirando con alivio. Abrió el envase y con un tenedor removió el interior—. Come, maldita sea.

—Sarah, estoy hablando en ser- no… es… ¡Sarah! —se quejó Nami cuando la pelirroja no dejó de acercar el tenedor a su boca con espaguetis—. ¡Puedo comer por mí misma!

—¡Aparentemente no! Estás hablando de dinero y ese sándwich de queso y jamón, ¿sabes cuánto me costó? —preguntó Sarah, señalando a la basura de su cocina—. ¿Crees que somos ricas o quieres hacer una granja de moscas?

—Iugh, no. —se quejó Nami con desagrado.

—Entonces cómete esto para que podamos hablar. —dijo Sarah, intentando que Nami comiera de nuevo.

La más joven sonrió, abriendo su boca. No estaba acostumbrada a que Sarah le diera de comer, generalmente era al revés. Pero por esta vez, Nami se dejó hacer, abriendo su boca de nueva cuenta cuando por fin había tragado su bocado anterior.

—Supongo que voy a tener que buscar tu ropa yo. —susurró Sarah, no sabiendo si debía tocar el tema o no—. O… quizás ya se arrepintió, quizás vamos allí y ya superó su pendejada. Quizás cuando volvamos me grita que soy una perversa y que te manipulo y… ¡y quizás es verdad, amor! Soy una mala influencia para t-

—¿Lo eres? —preguntó Nami, interrumpiendo a Sarah. Alzó la mirada, encontrando los ojos azules de su novia y causando que ella se sintiera nerviosa—. ¿Me crees tan fácil de influenciar?

—Bueno, empezaste a fumar por mi culp-

—Ay, Sarah, por favor. ¡Te mentí! ¿Ok? Ya había fumado con Syndra antes de conocerte, cuando era joven y estúpida. Quizás puedo fumar alguna que otra vez, pero eso no me convierte en una adicta. —dijo Nami, frunciendo un poco el ceño y causando que Sarah desviara la mirada—. ¿Eres adicta al cannabis? Porque yo no lo soy. Puedo controlar perfectamente mi consumo o dejar de consumirla por completo. Así que no me jodas con esa estupidez de que eres una mala influencia para mí, Sarah, porque no sabes lo mucho que odio que lo digas.

—Tienes razón, no lo sé. —debatió Sarah, suspirando—. No lo sé, porque no me lo dices. Nunca me dices lo que está mal, nunca me dices cómo te sientes hasta que suceden estas cosas, amor. Tú y tu mamá gritándose y luego tú viniendo aquí porque no quieres verla. —Sarah volvió a mirarla, llevando algo de espaguetis a su boca. Se miraron por un par de segundos, sin que Nami abriera su boca y sin que Sarah apartara el tenedor—. Abre.

—No puedo creer que pienses como ella. —gruñó Nami, alejando su rostro del tenedor, aun cuando su estómago gruñó—. Eres una idiota.

—¡Oh, ahora soy la idiota! —se quejó Sarah, dejando el envase sobre la cama y tomando la barbilla de Nami—. ¡Come, joder!

—¡Me estoy ahogando! Ni siquiera trajiste jugo o algo y ¡no puedo creer que digas con esa absurda seguridad que eres una mala influencia para mí! —debatió Nami, apartando la mano de Sarah de su rostro—. Te metiste tanto en el papel de "chica mala" que las personas crearon para ti con sus chismes de mierda, que ahora crees fielmente que eres una "fuckgirl".

—¡El internet cree que soy una fuckgirl! —expresó Sarah, girando sus ojos—. Esa es la impresión de todos los que me conocen sólo con mirarme, porque me visto como una.

—¡Pues yo sí que te conozco, Sarah Fortune, y no sólo por mirar cómo vas vestida! —afirmó Nami, causando que Sarah la mirara impresionada—. Sé que te gusta que sea yo quien te abrace cuando dormimos juntas.

—Es porque me siento segura en tus brazos. —debatió Sarah, frunciendo un poco el ceño.

—Sé que disfrutas ver caricaturas para niños.

—¡Vamos, nena! —se quejó Sarah, bufando—. Steven Universe no es para niños… The Owl House tampoco.

—A veces nos llevas a parques en medio de la noche, porque te encanta la resbaladilla o quieres que te empuje en un balancín sin que nadie nos vea. —acusó Nami, estrechando sus ojos.

—Es más por romanticismo que otra cosa, amor… a ti te gusta tomarme fotos en el balancín.

—¡Sé que lloraste cuando te tatuaste la espalda! —terminó por exclamar Nami, sonriendo complacida al ver el gesto de asombro en Sarah.

Sarah jadeó, sorprendida. Dejó el tenedor dentro del envase con el resto de los espaguetis y se puso de pie. Pisando con fuerza hasta llegar al refrigerador, la pelirroja sacó un jugo de durazno del interior, buscando un vaso para servirle.

—¡No puedo creer que expongas eso así ahora! —exclamó Sarah, lavando el vaso con prisa antes de dejarlo sobre el mueble de la cocina—. ¡Se suponía que era un maldito secreto, ahora los vecinos lo saben!

—No, no bebas d- ¡Sarah! —exclamó Nami, cuando Sarah abrió el jugo y antes de servir en el vaso bebió directamente del envase—. ¡Cuatro años, Sarah! Por cuatro años te he pedido que dejes de beber del envase y continúas haciéndolo ¡Fue por eso que le contagiaste la gripe a Zoe la última vez!

—Si estás tratando de hacerme sentir mal, te informo que mi mamá tiene veinticuatro años tratando de hacer que deje de beber del envase. —se quejó Sarah, volviendo a poner el jugo en el refrigerador y cerrándolo con algo de fuerza. Volvió hasta la cama, siendo mirada por Nami con reproche—. Aquí, princesa. Su jugo.

—Es obvio que tenemos que volver a hablar de las normas de esta casa. —dijo Nami, mirando el vaso con algo de desagrado.

—Nena, por favor. Me lames el culo, pero no puedes beberte un jugo con mi saliva. ¿En serio? —preguntó Sarah, causando que Nami la mirara con un gesto de desconcierto en su rostro—. ¿Qué? Hablo en serio.

—¡Sólo fue una vez! —exclamó Nami, sintiendo su rostro caliente—. Y fue porque tú me lo pediste, y claro que antes te hicimos una correcta limpieza.

—Pero te gustó. —debatió Sarah, subiendo y bajando sus cejas en un gesto sugestivo—. Te apuesto todo lo que hice hoy en un tatuaje a que quieres volver a hacerlo. Lamerme donde no me da el sol.

Nami llevó espaguetis a su boca, deseando no responder a eso. Observó el vaso, suspirando con pesadez antes de beber un poco, causando que Sarah riera.

—Es que… gemiste muy lindo cuando lo hice. —se excusó Nami, haciendo un puchero.

—Nena, vamos… por favor. —pidió Sarah, acercándose a ella en la cama—. Háblame.

Tragando con dificultad, el gesto de Nami cambió de forma lenta. De nueva cuenta, Sarah observó la profunda tristeza en la mirada de su novia, que volvió a llevar comida a su boca, más para evitar hablar que por hambre.

La más joven permaneció un largo rato masticando la comida en su boca antes de tragar y no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que una lágrima cayó sobre su mano, en su regazo.

Entonces, Sarah tomó su mano libre y Nami alzó la mirada.

—Estoy aquí, amor. —susurró Sarah, sonriendo un poco—. Y no voy a dejarte sola nunca.

Como si esas palabras hubieran quebrado algo dentro de Nami, la ojiverde dejó escapar un suspiro tembloroso mientras su visión se nublaba debido a las lágrimas que se acumulaban en sus ojos. Recargó su cabeza del hombro derecho de Sarah y sollozó de forma poco sonora, no queriendo ser escuchada.

—Traté por… tanto tiempo… no pensar en eso que… creí que no me dolería cuando… cuando descubriera que era así, pero… pero… no sé… Sarah, yo… —dijo Nami de forma entrecortada, aferrándose al brazo de su novia—… ¿cómo procesas esto? ¿Cómo… cómo se supone que deba sentirme?

—No voy a mentirte… no lo sé. —musitó Sarah, rodeando a Nami con su brazo y causando que ella la abrazara por el torso con fuerza—. Pero sí sé que ella se lo pierde. Se pierde de la mejor persona de todo el jodido mundo. Porque eso eres, nena. Estoy segura de que cualquier persona que te conoce, piensa eso… porque eres fantástica, bebé.

—¡Pero no soy fantástica para ella, Sarah! —exclamó Nami y Sarah puso observar la rabia y el dolor mezclado en los ojos de su novia—. No soy… ¡nunca voy a ser suficiente! No importa lo que haga… no importa cómo lo haga yo… soy… ni siquiera quería tenerme.

—No, amor, no pienses eso. Lo que dijiste allí… tenías toda la razón. La verdad es que ella no es suficientemente buena para ti. —dijo Sarah, intentando que Nami no se sintiera mal—. Y sé que no voy a quitarte todo el dolor con lo que voy a decir, pero… ya sabes… mamá te adora. Incluso una vez dijo que eres como la otra hija que siempre quiso tener, así que… si tu familia es una basura, podemos crear la familia que tanto querías. Tú y yo, con mamá y… no lo sé, un conejito, por el momento.

—¿Y qué si un día tú también te das cuenta que no soy suficiente? —preguntó Nami, levantando la mirada por un instante. Sarah arqueó una ceja, encontrando miedo en la mirada de su novia—. ¿Qué si… la familia que formamos… se rompe justo como la que tenía antes?

—Nena, voy a ser honesta contigo… si hubiéramos ido a la prepa juntas, te habría hecho bullying. —dijo Sarah, acariciando el cabello de su novia con parsimonia.

Nami la observó confundida, entonces en sus ojos se aglomeraron más lágrimas.

—¿Se supone que eso me haría sentir bien? —preguntó Nami, con su voz quebrada—. ¿Qué te pasa, Sar-

—¡Espera, eso no sonó tan bien como en mi cabeza! —exclamó Sarah, nerviosa por ver a su novia llorar por sus palabras—. Lo que quiero decir es que… yo era una idiota. Pero ahora… bueno, ahora soy un poco menos idiota. Antes, quería ser una fuckgirl. Besarme con muchas personas y experimentar cosas. Pero entonces… bueno, entonces ya sabes qué ocurrió.

—Gente estúpida te ocurrió. —gruñó Nami, apretando a Sarah en sus brazos.

—Por mucho tiempo, lo único que quería era encontrarte a ti. Al amor de mi vida. —expresó la pelirroja, besando la frente de Nami—. Alguien que no se sintiera intimidado por esos rumores estúpidos acerca de mí.

—Y que te defienda de esa gente estúpida que cree que eres fuckgirl y que pueden tener una oportunidad contigo. —dijo Nami, inflando sus mejillas.

—¿Cómo podrías no ser suficiente si eres la mujer perfecta para mí? Mi héroe. —murmuró Sarah, sonriente—. Más que arrendar un depa, siempre me la paso pensando en lo mucho que me gustaría vivir contigo en una casita cerca del mar, por el puerto donde nací.

Nami hizo un puchero.

—Mmm, yo siempre me imagino nuestra casa con un patio en donde pueda tener muchas plantitas. —admitió la más joven, sonrojada.

—¡Tendremos un enorme patio, amor! —exclamó Sarah, emocionada—. Pero no será muy grande nuestra casa, ¿o sí? Creo que con que quepan tus colecciones de peluches, mi guitarra y toda nuestra ropa, será suficiente.

—¿Qué hay de visitas? ¿Dónde se quedará tu mamá si quiere visitarnos en navidad? —preguntó Nami, —. Debería tener una pieza de invitados.

—Tienes razón, también necesitaremos un baño privado y uno para invitados. —dijo Sarah, pensativa—. Porque, ya sabes… el privado tiene que tener una tina enorme en la que quepamos ambas y pueda follarte en ella.

—Prioridades a la hora de escoger casa: que me puedas coger en la tina. Anotado. —musitó Nami, sonriendo un poco—. ¿Crees que le tenga miedo a manejar aun siendo adulta?

—Bebé… sé que esto será una sorpresa para ti, pero… después de los veinte, ya eres adulta.

—¡No jodas! —exclamó Nami, horrorizada—. La abuela Delia tenía razón… ¡en cinco años comenzaré a tener arrugas e iré en los puestos preferenciales de tercera edad, Sarah!

—No tan adulta… pero el punto es que, luego de asegurarte de que me lavé bien, podrás chuparme el culo en nuestra enorme tina. —aseguró Sarah, sonriente.

—¡Sarah! —exclamó Nami, riendo—. Dioses, cómo te gusta cagar la atmósfera de romance.

—¿Qué? No… ¿no quieres chupármelo? —preguntó Sarah, confundida—. Pensé que estábamos hablando de expectativas a futuro, Nami Iara. Una de mis expectativas es que me lo vuelvas a lamer.

—¡Ok, sí! Sí lo volveré a hacer, deja de hablar de eso. —dijo Nami, sin parar de reír—. ¡Se supone que estoy triste, Sarah, no puedes hacerme reír!

—Tu carita preciosa es mía y le pongo una sonrisa cuando quiera, nena. —afirmó Sarah, dejando un beso en su frente—. Pero ya en serio… no quiero el mejor auto del año, ni un depa en el edificio más alto de Piltóver. No quiero una mansión con miles de pasillos y habitaciones. Sólo quiero poder llegar aquí en las noches… y que seas tú quien me acompañe mientras duermo, amor. ¿Acaso no es lo que quieres también?

La pregunta de Sarah la dejó pensativa.

Nami lo meditó unos momentos, dejando a la pelirroja a la expectante por una respuesta afirmativa.

Entonces la más joven asintió con su cabeza.

—La verdad, me dio curiosidad… quiero que también me lamas donde no me da el sol. —dijo Nami y fue el turno de Sarah para reír—. La mayoría del tiempo yo… siempre he sentido que te acomodas a mí, Sarah. Me da miedo la idea de que un día llegues a pensar que entregas todo mientras yo… no te doy nada.

—Pero amor, ya tuvimos esta conver. —susurró Sarah, algo afligida—. Si eres quien más me ha apoyado y ayudado en mi trayecto a cumplir mis sueños. ¿Acaso no fuiste quien me compró mis primeras máquinas de tatuar? Con más de treinta agujas y cincuenta tintas.

—Fue cuando la idiota que te arrienda aquí decidió subir la cuota de arriendo casi el doble. —musitó Nami, restándole importancia—. Habías tardado tanto en reunir lo suficiente para comprarlas y esa castrosa te quitó todo tu dinero.

—Y lloré toda la noche hasta que llegaste con esa caja y… ¡y me hiciste tan feliz! —dijo Sarah, abrazando y besando a Nami en todo el rostro—. ¡Te amo tanto, carajo! Y cuando me ayudaste a pagar mi ticket para ir en vacaciones a ver a mamá.

—Es lo menos que podría hacer. Aunque también fue lo que me dio la idea de regalarte una alcancía, porque… vaya que eres muy mala ahorrando. —musitó Nami, pensativa—. Para ser extranjera desde hace cuatro años, gastas bastante dinero a lo pendejo.

—¡Cuando ayudaste a mamá con sus trámites y gestiones médicas! —exclamó Sarah, contenta—. ¡Eres increíble!

—El sistema de salud de Aguasturbias apesta. —murmuró Nami.

—Este año, viniste conmigo a ver a mamá en vacaciones. Y no sabes lo feliz que eso me hizo. Hicimos un montón de cosas juntas las tres, ¡cosas que moría por hacer con ambas! —dijo Sarah, rozando su nariz en la mejilla de Nami con cariño—. Y por fin pude cogerte en mi habit-

—Qué ganas… tienes hoy, Sarah Fortune, de hacerme sentir culpable y avergonzada. —se quejó Nami, cubriendo su rostro con sus manos—. Haría cualquier cosa por ti.

—Mientras sea legal y moralmente correcto, sí lo harías. Lo sé, bebé.

—Mamá quería que fuera interna en un hospital de Freljord en el que ella también lo fue… pero yo… en realidad… postulé para serlo en el hospital al que asiste tu mamá. —susurró Nami, algo nerviosa. Sarah la observó impresionada—. Porque… sé que este año acabas tu carrera… y sé que ha sido muy complicado para ti la cosa de… ser extranjera. Así que, por una vez, me pregunté qué podría hacer por ti, para que esto sea menos difícil para ti y… sólo se me ocurrió presentar el examen de este año allá… por eso fui en vacaciones y… y si resulta que apruebo, Sarah ¡podríamos vivir los siguientes cinco años en Aguasturbias! ¿No es eso genial?

—¡Nena, eso es asombroso! —exclamó Sarah, emocionada—. ¡Carajo, vendamos todo y vámonos a la mierda ahora mismo!

—Es para el final del año, amor. —dijo Nami, sin poder evitar sonreír al ver a su novia tan contenta. Entonces suspiró, perdiendo un poco la emoción del momento—. El problema es que… no sé cómo haré para decirle a mamá.

Al instante, la atmósfera entre ambas volvió a ser la misma del principio y aunque Sarah suspiró con algo de cansancio, supo que su novia la necesitaba ahora más que nunca. Y no la dejaría sola.

—Estoy aquí, amor. —susurró Sarah. Rodeando a Nami con sus brazos y abrazándola con fuerza—. Ya lo resolveremos, te lo prometo. Por el momento, necesito que termines tu almuerzo y te bañes… porque apestas.

Nami rió un poco.

—Eso es lo que toda novia triste quiere escuchar, bebé. —musitó Nami, besando la mejilla de Sarah—. Que apesto.

—Apestas. —dijo Syndra, algo irritada por la constante equivocación de Irelia en aquella parte de la canción que intentaba tocar en el piano—. Parece que seré quién nos mantenga cuando vivamos juntas, porque esa cosa de la niña prodigio musical era puro cuento.

Irelia dejó caer su frente en las teclas frente a ella, causando un ruido que irritó más a Syndra.

—¿Qué hablamos de los comentarios ácidos? —preguntó Irelia, derrotada.

—¡Cierto! Joder, apesto. —gruñó Syndra—. ¡Tú puedes, Irelia! Sé que puedes hacerlo, una melodía a la vez. —la pelirosa guardó silencio por un instante, esperando una reacción de la pelinegra—. ¿Lo ves? No funciona… ayer, cuando te dije que si la tocabas bien podríamos tener una cita por la noche, la tocaste perfectamente.

—Eres increíble. —gruñó Irelia, negando con su cabeza—. Hoy mi O'ma me llamó. Dijo que no podría venir a mi primera presentación luego de tantos años, pero que me enviará un regalo tras bastidores.

—Oh… yo… ¿estás bien con eso? —preguntó Syndra, notando cómo Irelia parecía triste luego de decir aquello. Había notado el desanimo de la joven desde que entró a su habitación de hotel, pero no quiso decir nada para no ser muy entrometida, prefirió esperar a que ella lo dijera por sí sola—. Sé lo importante que era para ti que ella vinier-

—Es igual de importante que tú estés allí. —dijo Irelia con prisa, alzando su mirada para poder ver a Syndra—. Por favor, prométeme que sí estarás allí.

Irelia tomó su mano y la miró a los ojos, haciéndole una petición silenciosa. Syndra sintió como si una flecha atravesara su pecho.

—Tan linda. —murmuró Syndra, desviando sus ojos a la derecha—. Ya elegí mi vestido para esa noche, ¿bien? Iré, me sentaré en primera fila y cuando voltees a mirar a la audiencia será mejor que solo me mires a mí… de otra forma, pensaré que estás mirando a alguna de tus tantas admiradoras lesbianas. Que sé muy bien que alguna debes de tener.

—¿Cómo puedes convertir un comentario tan amable en uno lleno de celos, tan rápido? —indagó Irelia, besando el dorso de la mano de Syndra con cariño y causando que la pelirosa se enrojeciera un poco—. Mis ojos sólo se posarán sobre ti, lindura.

—Eso, sí… dime lindura. —musitó Syndra, sonriendo con malicia—. Espera… ¿qué hiciste hoy?

—¿Eh? Ammm… me desperté y ya te habías ido. Me di un baño, desayuné viendo las noticias… hubo un incendio en un templo o algo así en la zona del ocaso… ¿por qué siempre hay incendios por allí? —indagó Irelia, pensativa—. Cada semana hay al menos tres.

—Vandalismo. Continúa. —respondió Syndra con firmeza.

—Ah… yo… estuve practicando hasta el almuerzo. Fui a verme con Zinneia-

—¡Ajá! —exclamó Syndra, sorprendiendo a Irelia, que dio un salto en su sitio—. ¡Eso es lo que quería escucharte confesar! ¡¿Quién es esa zorra?!

Syndra tomó su teléfono, buscando algo en él hasta encontrarlo y poner la pantalla del objeto en la cara de Irelia, que tuvo que alejarse un poco para poder ver bien la foto. La pelinegra arqueó una ceja.

—El-

—¡Lo sabía! —acusó Syndra, ampliando el rostro de la mujer mientras observaba su teléfono con enojo—. ¡Tienes fans lesbianas que mueren por tomarse fotos cont-

—Es mi manager. —respondió Irelia, causando que Syndra callara—. Zinneia. Mi maestra de piano durante la primaria, ¿recuerdas?

—Tu… maestra de piano. —musitó Syndra, intercalando su mirada entre su celular e Irelia—. Eso… claro… por supuesto. Sabía que era tu maestra de piano. ¿Por qué más una mujer tan adulta querría una foto con una joven prodigio que terminó siendo un fracaso?

—Ácida. —dijo Irelia, bajando la cabeza.

—¡Lo siento! No… no eres… ¡lo harás excelente, cariño! —exclamó Syndra, sonriendo con pesar a Irelia, que no pudo verla debido a que mantuvo su mirada en el suelo—. Soy tu fan número uno, ¿recuerdas? Y yo soy Syndra Fae'lor. No soy fan de fracasadas. Soy fanática de artistas muy talentosos, y tú eres una de ellos. Podría oír tus melodías por el resto de mi vida sin aburrirme.

—¿Qué sientes? —indagó Irelia, cabizbaja—. Cuando las escuchas… ¿qué sientes?

Syndra permaneció estática. Contuvo la respiración por un largo momento, sin saber qué decir o hacer.

Saltar por la ventana no era una opción, pero tampoco era como si tuviera muchas.

Abrió su boca, pero la cerró casi al instante. Estaba segura de que "sueño" no era la respuesta que Irelia querría escuchar. Lo intentó de nuevo, pero esta vez permaneció con su boca abierta un largo instante antes de cerrarla. "No lo sé" tampoco era la respuesta correcta, podía sentirlo.

Observó a la pelinegra por un instante y luego al piano.

Aún recordaba la primera vez que Irelia tocó el piano para ella, en la escuela. Antes de mudarse a Targón, antes de besar a Irelia, Syndra siempre se sintió observada. Evard siempre estaba sobre ella, molestándola, jalando su cabello, diciéndole cosas hirientes. Pese a que era muy distraída, no importaba a donde iba, siempre se sentía alertada, a la espera de que su hermano apareciera para golpearlo o pisar su pie antes de que pudiera molestarla.

Pero cuando escuchó a Irelia tocando… sintió que todo desapareció. Bajó tanto la guardia esa vez, que ni siquiera pensó en que Evard podría aparecer aquel día, como siempre aparecía para molestarla.

Incluso en aquella habitación de hotel, incluso cuando dejaba su nombre, ID y firma en el libro de visitas del hotel, Syndra se sentía tan tranquila cuando Irelia tocaba para ella que olvidaba que podía ser seguida por su hermano o ex novio.

Se sentía libre, tranquila, en paz.

Feliz.

—No puedo… recordar la última vez que me sentí así en casa. —susurró Syndra, causando que Irelia levantara un poco la cabeza—. Lo sentía alguna vez con Diana o Nami… pero… nunca en casa.

—¿Qu-

—Cuando tocas para mí… cuando escucho alguna de tus melodías… me siento tan tranquila. —expresó Syndra, colocando su mano sobre la cabeza de Irelia, rozando con sus uñas su cabello oscuro; el cual caía como una cascada azabache debido a lo lacio que era—. Sonrío sin darme cuenta y siento que podría pasar todo el día aquí, sólo acostada en tu cama escuchándote. No me siento asustada ni observada… sólo… en paz.

Syndra deslizó sus dedos por la mejilla de Irelia, tocando su barbilla y haciéndola levantar la mirada.

En el instante que los ojos azules se encontraron con los lilas de Syndra, la pelirosa sonrió, complacida.

—Me siento tan feliz cuando tocas para mí. —terminó por decir Syndra, ampliando su sonrisa—. Y por supuesto que me siento la mujer más importante del mundo, porque escribiste eso para mí.

—Compuse. —corrigió Irelia, haciendo que Syndra tosiera un poco.

—Eso mismo. Tu álbum musical debería llamarse "Pequeño loto" en mi honor. —dijo la pelirosa, sonriendo con autosuficiencia—. Entonces yo sabré que es para mí, pero las demás personas pensarán que sólo es un nombre infantil y nadie sabrá que hacemos cosas homosexuales aquí antes de tus prácticas… o durante… o después.

—Eres increíble.

—¡Lo s-

—Es como si tuvieras el don de siempre decir algo pendejo para arruinar el romance. —terminó de decir Irelia, callando a Syndra que la miró ofendida—. Te amo.

—Jódete, me dijiste pendeja. —se quejó Syndra, haciendo un mohín. De repente, la pelirosa abrió sus ojos sorprendida—. ¡¿Soy la Sarah de esta relación?!

—¿Qu-

—¡Sí! Soy… soy como Fortune… ¡Hago un comentario estúpido para dañar el romance porque siento que si no lo hago sonaré muy empalagosa y te burlarás de mí! —exclamó Syndra, casi en shock—. ¡Espíritus, no!

—Syndra, no hay una Sarah en esta relación… sólo una Syndra a la que se le complica un poco… mucho, expresar lo que sient-

—Me siento muy caliente ahora. —dijo la pelirosa, alzando sus hombros—. Lo sentí y lo dije.

—Quería decir… lo que sientes por mí. —explicó Irelia, riendo un poco.

—Siento… palpitaciones en mi clítoris por ti. —expresó Syndra, pensativa—. ¿El clítoris palpita? ¡Siri!

—¡Sí, Syndra! —exclamó Irelia, soltando una risa luego de que la pelirosa llamara el asistente virtual de su teléfono—. Sí… palpita… es por la acumulación de sangre allí, puedes sentirlo mejor cuando te masturbas.

—Dijiste que ibas a enseñarme a masturbarme y nunca lo hiciste. —se quejó la joven teñida de repente, causando que la risa de su novia aumentara—. Lo que me hizo pensar el otro día que quizás no me enseñas para que sea dependiente de ti y de tus manos de pianista expert- ¡¿Tocaste con tus manos de pianista experta a otras chicas?!

—¿Podemos tener una conversación a la vez? —preguntó Irelia—. Aún estoy buscando la respuesta a tu primera queja.

—¡Soy muy distraída, Irelia! Pero eso no quiere decir que cuando algo se me mete a la cabeza no se quede allí por el resto de mi vida. —afirmó Syndra, apretando la barbilla de su novia—. ¿Las tocaste?

—Las toqué… sí… en pasado. De "las llegué a tocar hace mucho", "ya no las toco", "sólo te toco a ti ahora y para la eternidad". —dijo Irelia, sin borrar la sonrisa de sus labios.

—Ummm… bien. Puedo manejar eso. —dijo Syndra, sentándose en el regazo de Irelia y tomando sus manos para rodear su propia cintura con las manos de Irelia. La pelirosa abrió sus ojos y boca con sorpresa de forma repentina—. Nami siempre se sienta en el regazo de Sarah así, y no entendía por qué antes… pero ahora lo entiendo. Me siento tan segura aquí.

—¿Es así? —indagó la pelinegra, recargando su barbilla del hombro derecho de Syndra.

—Sí… es como… cómodo y- ¿Acaso peso mucho? —preguntó Syndra de repente, volteando para mirar a su novia a los ojos—. ¿Soy pesada?

—No para mí, cariño. —musitó Irelia, hundiendo su rostro en el cuello de Syndra y haciéndola reír un poco—. Hueles como a chicle de fresa.

—Es el perfume que uso en verano con este color de cabello. Ya sabes… para combinar. —dijo Syndra, sonriendo con autosuficiencia.

Alzó su teléfono, tomando una foto de sí misma, de su nariz hacia abajo, enfocando más que nada su torso y las manos de Irelia apretando su regazo. Observó con detenimiento la foto. No se veía exactamente a Irelia, apenas su cabellera negra en su hombro derecho, pero no su rostro ni nada más allá que sus manos.

La pelirosa amplió su sonrisa, posteando su foto al instante.

Abrió un poco sus ojos cuando notó que Sarah había posteado un nuevo tatuaje. Una rosa, nada de otro mundo.

—Creo… que algo le pasó a Nami. —murmuró Syndra, pensativa y captando la atención de Irelia—. No la he visto desde ayer, pero dijo que habría una reunión familiar y se estaba tiñendo el cabello sólo para molestar a su mamá. Creo que también dijo que llevaría a Sarah.

—¿Y eso es algo malo? —preguntó Irelia, arqueando una ceja.

—Erali odia a Sarah, todos lo sabemos.

—Por supuesto… —musitó Irelia, haciendo un pequeño puchero—… ¿quién es Erali?

—¡Cierto! No lo sabes… es la clasista mamá de Nami. Selene es la mamá de Diana, es la única mamá cool que todas querrían. —Syndra frunció el ceño cuando su teléfono comenzó a vibrar. El nombre de su madre apareció en su pantalla—. Y aquí está la homofóbica de Sirik, jodiéndome como siempre.

—Ustedes tienen un serio mommy issues. —musitó Irelia, observando con interés cómo Syndra apagaba su teléfono—. ¿Por qué crees que algo le pasó a tu amiga?

—No fue a clases hoy. —respondió Syndra, extrañada—. Conozco a Nami. La conozco tan bien que sé que no faltaría a clases por algo tan tonto como un malestar cualquiera. ¡Ella es una nerd! Su sueño es ser neurocirujana para intentar curar el alzhéimer y que su padre no pase por lo que pasó su abuela.

—¿Su O'ma tuvo alzhéimer? —preguntó Irelia, con algo de pena.

—Sí… ¿sabes? Hay cosas que nos marcan en la vida. —musitó Syndra, mirando con algo de nostalgia el suelo—. A mí, fue la primera bofetada de mamá… a Nami, fue la muerte de Ishtar. Ella incluso va a visitarla en su cumpleaños, en su aniversario de muerte y en navidad.

—Chica, ustedes me hacen ver mi trauma contigo como una maldita tontería. —susurró Irelia, pronunciando su puchero—. Realmente lo siento tanto por… sus madres. ¿Por qué no fuiste a verla hoy? Quizás tienes razón y algo le sucedió.

—Porque… no lo sé. Diana se veía tan relajada al respecto. —debatió Syndra, más pensativa que antes—. Me dijo que ayer, antes de su cita, vio a Nami y a Sarah discutiendo en su coche… quizás sólo tuvieron otra pelea tonta que resolvieron cogiendo y fue tan buena la reconciliación que Nami quedó inválida o algo.

Irelia no pudo evitar soltar una risa ante la ocurrencia de su novia y Syndra la imitó, riendo un poco.

—Pero… Sarah se veía preocupada. Como… de verdad preocupada. —volvió a decir Syndra, colocando una mano en su barbilla—. Estoy confundida. Porque igual Nami nos diría si algo sucede… definitivamente nos diría a mí y a Diana. Somos mejores amigas por siempre.

—Ok. Sí… siento un poco de celos ahora.

—¡Pero tú eres mi alma gemela! —exclamó Syndra, girando un poco para poder mirar a Irelia—. Te amo.

—También te amo, pequeño loto.

—Mmmm… necesito saber qué le sucedió a Nami para poder escribir unas fichas sobre qué decirle. —dijo Syndra, pensativa—. Imagínate que llegue al cuchitril de Sarah y le diga "¡¿Por fin te echaron por salir con la delincuente?!". Ella me mataría.

Irelia, negó con su cabeza un par de veces.

—Empecemos con dejar de llamar al hogar de la novia de tu amiga "cuchitril". —murmuró Irelia, sonriendo con pesar—. Y continuemos con… parar de llamarla delincuente.

—Por los espíritus… ser amable es aburrido.

Goddess of Luminosity.