El tráfico era una locura, a penas y había tenido tiempo de pasar por su oficina a recoger los documentos que le había presentado en un principio a Seishiro. Ella misma había trazado ese plan de pago. Solo necesitaba tres meses.
Llego al aeropuerto sin equipaje. En su cartera solo llevaba sus documentos unas cuantas libras en efectivo y sus tarjetas de crédito. El vuelo era a las 9:45 llegaría a Japón a las 10:45am del domingo en Londres y en Japón serían las 6:45pm por la diferencia de horarios. Que Dios la ayudara.
Abordo el avión maldiciendo por haberse puesto medias y llevar aquel minúsculo vestido. Se quito el abrigo y se arropó con él. En ese momento deseo haber metido la grabadora en la cartera. Tendría que conformarse con escuchar la pista de estudio en su celular. Cerró sus ojos y rogó al cielo porque él hombre a quien vería le diera una oportunidad. Sino lo hacía su padre iba a morir de dolor al ver el trabajo de su vida perdido en una subasta.
Un correo llegó a su teléfono. Era de la empresa. La subasta de Whitehall Inc. había sido publicada para el Lunes a primera hora. Rin, chilló por dentro. No había vuelta atrás. No había forma de regresar a Londres antes de esa hora. Tenía que jugárselas todas, incluso su cuerpo.
El avión despegó. Su destino estaba ahora en manos de un desconocido, irónicamente ese desconocido no sabía nada de eso.
Ella jamás se imagino que podría sentirte tan relajada cuando el avión aterrizó en Tokyo, ni siquiera cuando cambio el efectivo o cuando le paso la dirección al taxista. No sabía por qué se sentía de esa forma. Una extraña confianza era parte de ella. Tras darle las gracias se paro frente aquella mansión.
Tras hablar con dos de los vigilantes por fin un chico de unos catorce años los convenció de dejarla pasar, el chico hablaba inglés perfectamente. La condujo hasta la sala y una mujer de mediana edad apareció ante ella.
—Me dijeron que desea ver al Sr. Sesshomaru.
—Dígale que necesito hablar con el un asunto urgente y no me iré hasta que me atienda —no le dio a la mujer de negarselo—. Totosai me envió.
La mujer asintió y tras decirle que esperara la dejo sola con el jovencito.
La melodía de un piano llego a ella en cuanto la mujer abrió la puerta. La nostalgia la invadió y al mismo tiempo le dio confianza. Él estaba con ella.
No dejaras que nada me pase, ¿Verdad, Kamui?
—Tranquila, el te recibirá—el niño se sentó en aquella sala casualmente —. Kaede se puso asi porque no es común que vengan personas aquí.
—¿Es muy reservado el Sr. Sesshomaru?
—Reservado... Es más bien...
El chico no termino su frase puesto que Kaede volvió pidiéndole que la acompañase. Ella respiro hondo y fue con la mujer a través de los pasillos de la casa. Entró con ella en lo que parecía era un cuarto de música. Lo primero que pudo observar era una niña de cabello plateado mirándola de mala cara. Llevaba un body y una falda transparente, sus pies revestidos con unas zapatillas de punta. Rin, comprendió en seguida que estaba interrumpiendo el ensayo de aquella niña.
A su izquierda un hermoso piano de cola negro brillante, impecable. Frente estaba el hombre más apuesto que había visto en su vida, su aliento se corto al mirar los ojos dorados, a pesar de que Seishiro tenía los ojos del mismo color, carecían del brillo hipnótico de su sobrino. Hacia años que no se fijaba en el físico de un hombre. No importaba lo guapo que fuera. Su garganta estaba seca. Su corazón palpitaba rápidamente, sus manos habían comenzado a sudar.
El que tuviera las mangas de la camisa remangadas a los codos, los dos primeros botones abiertos no ayudaban a que se sintiera mejor.
Cuando por fin él habló creyó que se desmayaria. Tenía la vos profunda, un perfecto barítono. —¿Qué quiere? — preguntó él con un perfecto acento inglés.
Sesshomaru tenía que saber rápido porque Totosai la había enviado a su casa. Él no podía estar al tanto de lo que pasó entre ellos.
Rin, tuvo que desviar la mirada para poder responder.
—Yo... —mierda no podía pensar —Totosai me envió a hablar con usted.
El alzó una ceja. ¿Por qué este tipo podía intimidarla de esa manera? A sus treinta y dos años, ella podía jactarse de que ningún hombre era capaz de intimidarla, ni en los negocios ni en ningún otro ámbito. Ella no dejaba pasar a nadie a través de sus defensas. Y este completo desconocido con sólo mirarla estaba rompiendo cada una de sus capas de protección.
—No tenemos todo el día, ¿ Sra..? .
—Whitehall, Rhiannette.
Whitehall, sin apellido de casada. Desvío su mirada hacia su manos. No había ningún anillo. Se sintió como un estúpido al sentir felicidad por no encontrar aquel objeto en sus manos. Quizás sólo lo escondía para manipularlo. Y a juzgar por su vestimenta eso era precisamente lo que ella quería. El abrigo le llegaba hasta la mitad de los muslos, de allí dejaba ver sus piernas desnudas hasta sus zapatos de aguja de por lo menos ocho centímetros de alto. Rin, sabía perfectamente como utilizar su cuerpo para mantener el interés de un hombre, eso era algo que él recordaba perfectamente.
Rin, se odio a sí misma por haber llegado vestida de esa manera, como una prostituta. Era algo justificable si sabias que ella estuvo a punto de convertirse en la puta de Seishiro antes de salir a Tokyo. El solo recordarlo la hizo estremecer de asco.
Obligándose a concentrarse
—Yo he venido a pedirle que detenga la subasta de mi empresa.
¿Qué? ¿Qué se había fumado Totosai para enviar a Rin por eso?
—¿Como iba yo a hacer eso? — pregunto ignorante de que Whitehall Inc. Ahora Er de su propiedad.
—Sus bancos tienen a Whitehall Inc. bajo un embargo.—explico ella—. Mi padre y yo no lo supimos hasta que el aviso por incumplimiento de la hipoteca llegó a nuestra casa.
—Entonces se va a subastar para recuperar mi dinero, no veo por qué tenga que detenerla— irónicamente la empresa de la mujer que lo rechazo por ser pobre y puso en duda su hombría por respetarla estaba ahora en su poder.
—Porque si me da un plazo puedo cumplir con las cuotas de la hipoteca y al final usted terminara recuperando todo su dinero—su espirito de negociadora se estaba avivando —. Seamos claros a usted y a mi nos conviene el trato que quiero proponerle, una empresa subasta no le dará su dinero por completo, en cambio yo si puedo.
Ella camino hacia él y le entrego los documentos con su plan de pago.
—¿Por qué no organizo esto desde un principio? — había algo que no le cuadra, las fechas no daban para una subasta. Ella pudo pedirle al banco en Londres renegóciar los plazos. ¿Por qué viajo hasta Tokyo y por qué habían ordenado la subasta? Sus bancos no solían proceder de esa forma. Ella estaba ocultando algo.
—Ya le dije que no sabía de la existencia de la deuda, fue hecha sin mi consentimiento. — Sesshomaru leyó claramente la firma en la orden de embargo. Era de Seishiro. ¿Qué interés podía tener su tío en la empresa de Rin. Detuvo su inspección para mirarla a ella. Estaba tan cerca que podía sentir su calor.
—¿Por qué no fue al banco de Londres? —indagó, necesitaba saber hasta qué punto estaba metido su tío en esto.
—Fui, pero su tío quería otro tipo de pago por extender los plazos.
Sesshomaru sintió como se revolvía la bilis. El viejo zorro quería acostarse con ella. Lo cierto es que no podía juzgarlo por querer hacerlo. A pesar del abrigo podía darse cuenta de que ella aún conservaba su figura, incluso podía decir que su cuerpo era mucho más apetecible en estos momentos.
Necesitaba más información, lamentablemente eso no podía preguntarlo delante de sus sobrinos.
Sesshomaru se agacho para sacar un niño debajo del piano. —Vayan con Kaede... Sin malas caras.
Rin no se había dado cuenta de que había otro niño con ellos.
Los dos niños salieron a regañadientes de la habitación. La mayor, claramente molesta la fulmina con la mirada.
Era un privilegio de la familia Taisho tener ese par de ojos.
—¿Te acostaste con él? —Le preguntó directo una vez que cerró la puerta. La imagen del viejo y ella hizo que le hirviera la sangre.
—No—desvío su mirada al piso —. Totosai lo impidió.
El verlo de pie frente a ella hizo que de nuevo se pusiera nerviosa. Él le sacaba una cabeza de altura, incluso con sus tacones a duras penas le llegaba a la barbilla.
—Y te envió conmigo. No sé le ocurrió pensar que yo podría ser aún más peligroso que él... —Totosai quería que la salvará del viejo zorro.
No, no había pensado en ello. Rin lo idealizo como aquel que podría salvarla.
—... Debes ser muy buena para que Seishiro se molestara en hacer todo esto para meterla en su cama.
Su tono de voz había cambiado a uno más asesino en el momento que los niños salieron. Rin comprendió que se había estado conteniendo por ellos.
—Su tío se ha insinuado varias veces en el pasado, nunca accedí a ello —le conto—. La hipoteca le dio la escusa perfecta para chantajearme.
—Dijiste que Totosai te detuvo, quiere decir que ¿estabas dispuesta a hacerlo? —por supuesto que lo haría, el dinero era todo lo que a ella le importaba.
—No tenía otra opción, era eso o que la empresa en la que mi padre ha trabajado toda su vida se fuera al caño— ella era la única con el poder de detener la subasta, por eso había estado dispuesta a hacerlo.
—Bien, veamos lo que tiene— si iba a acostarse con su tío, no estaba mal pedirle eso para él mismo.
Ella lo miro confundida. Él se acercó a ella y comenzó a desabotonar su abrigo. El pánico se apoderó de ella, estuvo a punto de alejarse de él y la perspectiva de que fueran las manos de Seishiro la mantuvo en su sitio. Debía admitir que de Seishiro a Sesshomaru, prefería a Sesshomaru.
Con sus puños apretados a ambos lados aguanto aquella tortura. El aflojo cada botón con calma, para Rin el tiempo se había detenido. Sus pulmones dolían con cada respiración.
El abrigo se abrió.
A él le gustó lo que vio, Rin lo supo por la forma en la que la miró. Sus ojos ardían de lujuria por ella. La mano de aquel hombre se instalo en su garganta y se deslizó hasta el borde de su escote.
—Vete. Mientras aún pueda determe—Sesshomaru le advirtió suavemente a su oído. Esa era su última oportunidad de huir lejos de él.
—No me iré sin que que cancele la subasta y acepte mi propuesta— el siguiente vuelo a Londres salia dentro de 15 horas, no llegaría a tiempo para ver a Seishiro antes de la subasta. Todo lo que le quedaba era Sesshomaru.
—No voy a detenerla, tu empresa no podrá pagarme en tres meses. Mejor la subastamos ahora antes de que no valga ni un centavo — dijo con la intención de aumentar su desesperación.
—Por favor, no te estoy pidiendo que me des el dinero. Puedo pagarlo, he administrado la empresa por cinco años. Era productiva antes de que mi hermano nos desfalcara— el miedo era palpable en su voz.
Sesshomaru sonrió. Verla así le producía placer. Era eso lo que ella se merecía. Y de repente una idea se sembró en su cabeza.
—Tu hermano volverá a descalcarlos. Ese tipo de personas no son capaces de controlarse, ¿Por qué debería yo arriesgarme? — replicó confiado de que ella caería en la trampa que acababa de trazar.
—Sr. Taisho puedo darle mi palabra de que un desfalco no volverá a ocurrir. Todos los privilegios con la empresa de mi hermano fueron destituidos. —convencerlo era en lo único que ella pensaba.
—¿Y si quiero algo más que su palabra? —ella se puso rígida—. Quiero probar lo que iba a darle a mi tío. Si me complace podría pensar en dejarle pasar la siguiente cuota.
Totosai la había engañado y ella había caído como una niña. Sesshomaru no iba a ayudarla, iba a usar su cuerpo sin ninguna garantía. Si le daba la gana de decir que regalaría su empresa, lo haría y no podría hacer nada para evitarlo. A menos que ella también jugará sus cartas.
—Debe saber que no me acostare con usted sin ninguna garantía— repuso con la cabeza en alto.
Si, ella no se entregaría gratis. Pero iba a hacerlo, ella iba a suplicar porque el la tomara.
—Entonces doy esta conversación por terminado— el camino hacia la puerta la abrió. Ella se quedó paralizada al ver como salía.
Sin pensar en nada más corrió tras él.
—No puede irse— su mano estaba sobre su brazo.
El se soltó de inmediato.
—Y usted no puede venir a mi casa vestida como una prostituta diciéndome que le de un plazo para pagar su deuda. Si quería que la tomase en serio debió de escoger otro atuendo.
—Si hubiera pasado por mi casa a cambiarme no habría alcanzado el último vuelo a Tokyo—se defendió incapaz de comprender porque le dolieron sus palabras.
—Ese no es mi problema.
Su cuerpo, ¿era solo eso lo que valía de ella? Habría un solo hombre al que no le interesará más que penetrarla. Si, hubo uno. Alguien a quien ella hizo sufrir los últimos días de su vida.
—Tome lo que quiera — le dijo cuando el estuvo a punto de desaparecer de su vista. Ella ya estaba resignada. Lo que pasará a partir de ese momento sería parte de la vida de una mujer que no sería ella.
El se giro lentamente.
—No le ofrezco garantías —Rin gimió por dentro.
Sesshomaru había resultado peor que su tío. Y condenadamente más apuesto.
No dijo nada cuando volvieron a entrar en el salón. Para su fortuna el tampoco lo hizo, su abrigo había caído en alguna parte entre la puerta y el piano.
Si hubiera tenido que pensar en una canción, esa sería Serenade. Puesto que sentía como si ese fuera su funeral, a partir de ese momento una parte de ella moriría.
Ella quiso voltearse, Sesshomaru la mantuvo de espaldas a él sosteniéndola por la cintura. Separo sus piernas con las suyas e hizo que apoyara sus rodillas sobre la banca. La inclino hacia delante y sus manos cayeron sobre las teclas de marfil haciendo sonar el instrumento. Aquello le parecía una profanación al más puro de los instrumentos. Las manos de Sesshomaru alzaron su vestido hasta su cintura dejando al descubierto sus nalgas. Ella escucho como él respiro profundo antes de bajarle el hilo y dejarlo en la mitad de sus muslos.
Se sentía humillada en aquella posición, expuesta como un animal. No había ni un rastro de delicadeza en los movimientos del hombre. No había devoción en aquello. Era tan distinto de los días de su adolescencia.
Kamui amor mío, dame fuerzas desde donde quiera que estés.
No pudo evitar comenzar a llorar sobre aquel piano. Su refugio era ahora su castigo. No sólo entregaría su cuerpo, también estaba entregando su única calma, jamás podría volver a escuchar una melodía de piano sin recordar ese momento.
Sus sollozos se hicieron más fuertes cuando escucho el cierre de su pantalón. Cerró los ojos con un gemidos de dolor y espero a que el tomara de ella lo que nunca otro hombre había tomado. Su virginidad.
