Hola a toda/os! Estoy super contenta con sus comentarios! Muchísimas gracias!
Hubieron unos cuantos que me hicieron pensar sobre varias cuestiones.
Primero recordarles que este fic es un U.A. con lo cual hay muchas características de los personajes que tal vez no aparezcan ya que no condicen con la forma en la que me imagino los personajes de esta historia. No deja, sin embargo, de incluir a nuestros amados personajes así que voy a hacer mi mayor esfuerzo por hacer que la esencia de sus personalidades queden intactas.
En segundo lugar, seguramente hay muchas historias parecidas a esta. Yo hace mucho tiempo que la vengo construyendo en mi cabeza y daré lo mejor de mi para que sea lo mas original posible con el fin de que se sorprendan y sea entretenida. Cuento con sus reviews para lograr mi acometido.
Mi mayor inspiración ha surgido de los dramas históricos chinos que he visto. Tengan en su mente ese tipo de monarquía para poder entender algunos aspectos que iré relatando (como las múltiples concubinas). Como está ambientado en ese contexto, verán que varias características en el príncipe Ranma que lo harán ver bastante machista. De todos modos les prometo que será, a pesar de todo, una historia de amor.
Sin embargo, el tipo de sentimientos que tendrá Ranma tratará de representar la posición en la que se encuentra como único heredero al trono y por otra parte el contexto histórico y cultural en el que se desarrolla la historia definirá los estereotipos de hombre y mujer, y los vínculos entre ellos, de una forma muy distinta (o esperablemente distinta) a nuestra época. Afortunamente hoy por hoy este tipo de vínculos entre el hombre y la mujer ya no son aceptables bajo ninguna circunstancia, por favor tengan eso en su cabeza. No intento romantizar de ninguna manera la conducta dominante y posesiva de los personajes. Es por sobre todo una ficción que tiene las características enunciadas.
De ningún modo permitan que alguien ejerza ningún tipo de violencia sobre sus personas.
Espero que les agrade el segundo capítulo. ¡Estaré aguardando sus reviews!
Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.
ERES MÍA
Cap 2: Contacto
Se quedó inmóvil, impactado por sus palabras.
"¿Por qué piensa que mi palacio es un horrible lugar?", susurró para sí mismo.
La observó correr como si estuviese huyendo espantada, ¿pero de qué?
Estaba a punto de perderla de vista cuando por fin reaccionó.
-¡Síguela!
-¿A quién, su majestad?
-¿A quién va a ser?, ¿por quién estamos aquí Hibiki? _dijo denotando obviedad.
El pobre escudero no sabía qué responder. Él sólo había seguido la orden de acompañarlo pensando que estaban buscando a la sirvienta que escapó del palacio.
Ante el gesto confundido del escudero, impacientemente explicitó:
-¡A esa mujer! _le dijo señalando en su dirección _ va acompañada de otra muchacha, ¿las ves?
-Sí, mi señor.
- ¡Síguela y averigua todo sobre ella!
-Su majestad, ¿y usted?
-¡Síguela, maldición! _le dijo fuera de quicio tomándolo por el cuello _ ¡Si llegas a perderla de vista, te mataré!
El escudero se largó a su búsqueda, mientras el monarca se quedó parado en medio de los transeúntes aturdido, sin saber qué hacer.
Pronto llegó la guardia real para escoltarlo de vuelta al palacio. Sin resistencia alguna se dejó llevar.
Su cabeza estaba a punto de explotar. Es que Ranma necesitaba comprender el inminente rechazo de su futura consorte.
Casi sin notarlo estaba ante su padre.
-¿Dónde estabas?
- En el poblado Este de cosechas.
-¿Qué hacías allí, Ranma?
-Yo… no me siento bien padre, necesito retirarme.
- Primero me debes una explicación, ayer también estuviste allí. ¿Qué demonios estás haciendo en ese lugar? _ exigió.
-¡Ahora no, padre! _ le gritó dejando el salón de asuntos reales.
-¡Ranma!, ¡Ranma!, ¿a dónde crees que vas?, ¡regresa de inmediato! _ lo escuchó chillar.
Se dirigió a su habitación y dio la orden de que la única persona que podría molestarlo era su escudero.
"¿Por qué?, ¿por qué ?, ¿por qué?", se preguntó una y otra vez.
"¿Por qué… Akane?", sintiéndose pasmado al escuchar su boca pronunciar su nombre por primera vez.
Su súplica tardaría en ser respondida, pero por lo pronto, horas más tarde, llegó ante su presencia el esperado súbdito.
-Su majestad, soy yo, Hibiki.
Se levantó de sus aposentos urgido por hacerlo ingresar.
-Dime Hibiki, ¿la seguiste?, ¿sabes dónde vive?, ¿con quién?, ¿qué otra cosa pudiste averiguar?_ interrogó verborrágico.
-Sí, mi señor. Sé su domicilio. Su nombre es Akane Tendo. Vive con su padre y sus dos hermanas, ambas mayores, en una pequeña casa al noreste del pueblo. Aparentemente su padre está rentando unas hectáreas. Se dedica a cosechar arroz y algunos vegetales. No obtuve mucha información de las hermanas. De ella solo supe que desde muy joven suele concurrir al pueblo a leer. Parece ser que es muy popular por ello.
-¿Por leer?
-Por "compartir su capacidad", mi señor. Así lo refirieron varios aldeanos.
-¿Capacidad?
-De leer. La mayoría de la población es analfabeta, su majestad. No supe bien cómo aprendió, pero se dice que ella quiere compartir las historias que admira con todos aquellos que no saben leer. Incluso suele enseñarle a quien se lo pida.
-¿Por qué?, ¿recibe dinero por ello?, ¿es un trabajo, como ser institutriz?
-Según supe no es el caso.
- ¿Por qué perdería su tiempo de esta forma con aquellos ignorantes, mugrosos, mal educados?
-No lo sé, mi señor.
-¿Averiguaste alguna razón por la cual odiaría el palacio?
-No, su alteza. Me costó mucho, de hecho, obtener la información que le traje. Cuando me escuchaban preguntar por ella la mayoría decía que no la conocían. Estoy seguro que en realidad era lo contrario, pero simplemente se rehusaban a dar información. Tuve que entregar unas monedas a cambio de breves palabras. No estoy muy seguro si lo que me dijeron es la verdad o solo invenciones a cambio del dinero. Pero en lo que todos coincidieron fue en los datos que le acabo de transmitir, su alteza.
Se quedó en silencio unos minutos procesando la información en su cabeza. Más que respuestas Hibiki solo trajo consigo más interrogantes.
-Está bien, vete _ enunció un tanto decepcionado _ A primera hora de la mañana partiremos _arremetió.
-¿A dónde, mi señor?
-¡A verla! ¿a dónde sino? _dijo irritado.
Sentía que tenía a un verdadero idiota por escudero.
-Su majestad, mañana a la mañana debe concurrir a la reunión con-
-Suspende el encuentro _ interrumpió _ envía un mensajero postergando la reunión. No tengo cabeza para nada más.
-Como ordene, mi señor.
Hibiki hizo una reverencia dispuesto a dejar la habitación real, cuando un anuncio suspendió su salida.
-Su alteza, mi señora quiere que le transmita un mensaje _ se escuchó a una súbdita anunciar tras las puertas de la recámara.
Ranma entrecerró los ojos fastidiado y se dirigió a la puerta como un torbellino.
-¿Es que nadie me dejará en paz? _estalló.
Abrió la entrada de par en par, asustando a la muchacha que solo se había hecho presente ante él cumpliendo con las órdenes de su ama.
-¿Qué quiere tu señora? _le dijo intentando contener la frustración.
- Mi… señora quiere transmitirle su deseo de que la visite esta noche, su majestad _ comunicó la muchacha sin atreverse a levantar la mirada.
Ranma dio tres pasos hasta quedar frente a la súbdita.
-Dile a tu señora que no me espere esta noche, ni la noche de mañana, mucho menos la del día después _ se inclinó hacia ella _ ¿Sabes qué? _le dijo tomándola de la barbilla, haciendo que sus ojos se encuentren _ dile que no me espere en absoluto... ¡Ahora vete! _ sentenció empujándola.
La muchacha se levantó lo más rápido que pudo, saliendo del lugar espantada.
El escudero, que estaba a sus espaldas, aprovechó para irse discretamente antes de ser él también víctima de la cólera del futuro mandatario.
Completamente agotado, el príncipe se tumbó sobre su cama.
La última palabra que soltó antes de quedarse profundamente dormido fue su nombre: Akane.
No sabía bien qué quería lograr con ello pero allí estaba, en las cercanías de su casa, esperándola.
La vio despedirse del que suponía era su padre, un hombre mayor de larga cabellera negra, con un cálido abrazo mientras tomaba de la mano a su hermana, la muchacha que ayer la había alertado de los guardias.
Portaban sonrisas en sus caras, iban caminando sobre sus gastados zapatos, apenas cubiertas con sus finos abrigos. Marchaban animadas, soltando carcajadas y hablando de vaya uno a saber qué.
El monarca se sentía curioso. Él, que desde el primer momento que dejó el palacio se sintió horrorizado, vulnerable, hasta asqueado, de pisar aquellas tierras, no lograba entender de qué podrían estar gozando esas mujeres. Luego reflexionó en silencio. Si viviendo en estas condiciones ella era feliz, lo reconfortaba pensar en cómo se sentiría viviendo de los lujos y comodidades que la esperaban en el palacio… a su lado.
Con esas fantasías, acompañado de Hibiki, siguió sus pasos hasta llegar a una humilde casa a un kilómetro del pueblo.
Se detuvo en la entrada de la misma, se despidió de su hermana y luego ingresó al lugar.
Esperó impacientemente a que la otra muchacha se distanciara un poco más para no despertar sospechas y se asomó por una de las ventanas.
Estaba repleto de personas. Algunas parecían dialogar entre ellas, otras estaban sentadas tomando alguna infusión. Había niños que corrían de un lugar a otro. Y un grupo de mujeres que tejían unas llamativas prendas.
Sin embargo no logró ubicar el objeto de su deseo.
Irritado, ingresó de sopetón al lugar a pesar de que su escudero intentó detenerlo ya que podía anticipar el efecto que su presencia generaría: sospecha.
Lo miraron de arriba abajo con desconfianza. Un hombre con su porte, vistiendo esas ropas elegantes y delicadas, incluso algunas joyas se divisaban en sus manos, solo podía ser un noble. ¿Qué hacía alguien de la nobleza en aquel lugar?
El aludido no se hizo cargo de lo implícito en las miradas de los presentes y avanzó por el lugar buscando a Akane. Y en un rincón de la enorme casa, junto a una chimenea, la halló.
Estaba rodeada de unos cuantos niños concentrados, aparentemente dejando marcas en unas hojas de papel.
Se veía hermosa. No podía retirar los ojos de ella. ¿Qué estaba haciendo?, ¿por qué lo hacía?, ¿era el momento indicado para decirle que debía que ir con él al palacio en ese mismo instante? El sonido de su risa lo trajo de nuevo a tierra. Tenía una forma de reír tierna, no era exagerada ni muy silenciosa. Era una risa que reconfortaba y contagiaba la mueca en las bocas de todos los que la rodeaban, como él.
-No puedo esperar más _declaró dispuesto a acercarse.
Entonces vio como un hombre mayor que ella fue a su lado y le dijo algo al oído. Su rostro palideció. Le comentó algo a los niños, casi susurrando, se levantó y, acompañada del hombre, comenzó a caminar en dirección opuesta al monarca. Ranma, desesperado, intentó ir tras ella, pero su paso fue interrumpido por dos enormes masculinos que se plantaron ante él, perdiendo el contacto visual de su amada.
-¿Quienes son ustedes? _ preguntó furioso.
-Eso es lo que venimos a saber. ¿Qué están haciendo ustedes aquí?
-¡Muevansen! _ordenó.
- ¿Movernos?, ¿por qué deberíamos hacerte caso?, ¿quién demonios te crees que eres?_interrogaron avanzando contra sus cuerpos, pequeños ante el imponente tamaño del intimidante dúo.
-¿Qué?, ¿quién soy? _dijo con sarcasmo_ ¿Tú preguntas quién soy? ¡Yo soy-
- ¡Nos equivocamos de lugar! _reaccionó el muchacho anteponiéndose a su monarca_ indefectiblemente nos equivocamos, estábamos buscando la casa de un agricultor, pensamos que era aquí. Nos retiraremos de inmediato. Discúlpenos.
-Espera-
-Nos vamos _miró a Ranma suplicando que le siga el juego.
Muy a su pesar le hizo caso, sabía que ellos dos no iban a poder contra semejantes bestias.
Miró fugazmente hacia atrás en un intento de encontrar algún rastro de ella, en vano. Ya no estaba allí.
Salieron del lugar, caminaron hacia el pueblo hasta perder de vista la casa. Fue allí cuando el monarca perdió su temple de calma.
-¿Qué-qué pasó?, ¿adónde se fue Akane? _dijo enfrentando súbitamente al escudero.
-De repente desapareció...
-Luego de que se acercó a ella ese hombre... salió… huyó otra vez. ¿De qué?
-Tal como ayer.
-Ayer… los guardias…
Se quedó pensativo unos minutos repasando en su mente los acontecimientos. Entonces dirigió su vista al joven escolta, quien portaba en varios lugares de su vestimenta la insignia real.
Cerró los ojos sintiéndose un perfecto idiota. Todo en él gritaba: ¡Venimos del palacio!.
No tenía sentido seguir allí.
No tenía idea dónde estaba la fugitiva consorte.
Incluso si tenían la fortuna de encontrarla, era obvio que huiría nuevamente.
-Regresemos_ ordenó mientras avanzaba frustrado una vez más al palacio.
Pasó el resto del día cumpliendo con sus responsabilidades reales.
Mejor dicho su cuerpo lo hizo. Su mente estaba en aquella muchacha y su rechazo a monarquía, o por lo menos a su monarquía.
¿Acaso su padre le había hecho algo?, ¿algún soldado había intentado sobrepasarse con ella?, ¿alguna medida se había tomado perjudicando a su familia?, ¿o era una de esas personas que se proclaman "intelectuales", oponiéndose al sistema monárquico y difundiendo la absurda idea de elegir un representante por fuera de la descendencia real?
Solo sabía que él no le había hecho nada.
De todas maneras no podía sacarse de encima la sensación de que algo en ella le resultaba conocido.
¿Qué era?, ¿qué le pasaba a esa mujer para huir de él?
En un principio pensó que se acercaría a ella y le diría que fue seleccionada para ser su consorte. Estaba seguro que estaría encantada con la idea, como lo habían estado las otras tres.
Pero ahora… sabía que primero debería lograr acercarse a ella para luego transmitirle su decisión. Su reacción, sin embargo, ya no sería la esperada. Para el infortunio e intelecto del monarca, era una obviedad que ella no aceptaría su mandato.
Entonces, ¿debería hacerlo a la fuerza?
Algo en esa idea lo angustió. Podía hacerlo, tenía el poder. ¿Pero qué pasaría con ella?
Al llegar la noche y no poder más consigo mismo decidió hablar con la única persona en quien confiaba.
-Hibiki, ven aquí_ lo llamó Ranma al interior de su habitación.
Se quedaron en silencio unos minutos, pues no era fácil encontrarse en esa posición tan humillante, la de no saber qué hacer.
-¿Tú tienes novia, Hibiki?
-No mi señor. Como escudero real tengo prohibido casarme y tener descendencia.
-¿Qué?, eso es ridículo.
-¡Claro que no, es un juramento! Mi lealtad y mi vida es suya_ dijo inclinándose ante Ranma.
-¡Levántate, vamos! Me parece injusto y retrógrada. Cuando asuma el poder cambiaré ese reglamento.
Por primera vez pudo imaginarse reinando.
-No es necesario su majestad. Pero me atrevo a preguntar si es por ello que me ha llamado.
-Bueno… no exactamente.
Dirigió su mirada al piso. Frunció el ceño intentando ordenar sus pensamientos.
Le dio la espalda a su servidor y entonces le preguntó.
-¿Qué harías si la mujer que deseas a tu lado… odia todo aquello que tiene que ver contigo?
-Es una pregunta difícil, mi señor.
-La pregunta es fácil Hibiki. Lo difícil es la respuesta.
-Si ella rechaza lo quien soy, creo que renunciaría a ella.
-¿Qué?_ preguntó Ranma yéndose encima del asustado sirviente_ ¿Renunciar? ¡Tú… Tú no entiendes!, ella es la única persona con la que puedo estar. ¡No podría renunciar a ella, eso no está en cuestión!
-¿Per- pero si ella no lo acepta, ¿qué puede hacer?
-Obligarla _hizo una pausa_ Dime, si tuvieras el poder suficiente como para obligarla a estar a tu lado ¿lo harías?
El muchacho se tomó unos segundos para pensar.
El monarca rogaba que le dijera que sí, que no habría otra salida.
Pero su escudero lo sorprendió.
-Pienso, mi señor, que si lo hiciera ella me odiaría aún más. Creo que jamás correspondería a mis sentimientos, y de ser así… ¿para qué la retendría a mi lado?
-¡Pero ella estaría conmigo!, ¿acaso no es suficiente?
-No lo sé mi señor, depende. ¿Usted la quiere como un trofeo al que admirar o la quiere como una compañera que corresponda sus sentimientos?
Sus palabras resonaron en Ranma.
Tenía un punto, un buen punto.
En ese momento no pudo responder para qué la quería a su lado. Pero admitía que sí lo hacía a la fuerza, probablemente lo aborrecería aún más de lo que ya suponía que lo hacía.
-Puedes irte_ resolvió, despachando al joven.
Se quedó tumbado en su enorme cama pensando en las palabras de su escudero. Hasta que un anuncio a sus puertas lo interrumpió.
Decidió ignorarlo, pero la insistencia del visitante impidió su resolución.
-¿Qué demonios pasa?
-Mi príncipe, soy yo, su adorada consorte. Por favor, no me iré de aquí hasta hablar con usted_ anunció con absoluta firmeza la femenina voz al otro lado de la apertura.
Por un momento, justo antes de abrir, se rió de la crueldad de su destino. La mujer que no quería estaba insistiendo en verlo, mientras que la mujer que realmente deseaba no quería siquiera conocerlo.
¿Será ese el castigo divino por su crueldad y apatía?
-¿Qué quieres?_ preguntó con suma indiferencia mientras abría la puerta.
-Su majestad_ dijo la hermosa muchacha haciendo una leve reverencia_ Vengo a acompañarlo en ésta fría noche.
-Sabes muy bien que nadie puede entrar en mis aposentos, mucho menos dormir en mi cama.
-Mi señor, pero si lo último que vengo a hacer es dormir _ dijo coqueta, insinuando sus intenciones.
-Entonces no vengas a interrumpir mi sueño. Ve a desvelarte con quien quiera acompañarte.
Con ello se dispuso a cerrar la puerta.
Pero la atrevida muchacha interpuso su cuerpo impidiendo su accionar.
-Podemos dormir, hablar, jugar o lo que sea que su majestad quiera_ arremetió.
Éste, hastiado, la tomó precipitadamente del brazo y la llevó brutalmente a su cuarto, ubicado en el ala sur de la enorme construcción. Ella no tuvo más alternativa de intentar seguir sus pasos mientras su boca reclamaba un trato más gentil.
Es que llevar no es el verbo adecuado. Arrastrar describía con más justicia la situación.
Al llegar a los aposentos de la mujer, tironeo de la misma lanzándola contra su cama.
El brusco movimiento hizo que la mujer se quejara sonoramente.
A continuación Ranma se subió encima de ella.
Y en ese momento, la segunda consorte real enmudeció.
Los ojos de su príncipe irradiaban una energía peligrosa.
Y ello, lejos de asustarla, la excitaba.
-¿Qué es lo que quieres, eh?, ¿quieres que te coja?, ¿es eso?
- Solo quiero complacerlo su majestad, usted es mi dueño.
"Dueño mío", resonó en la cabeza del príncipe.
Él descendió sobre la muchacha hasta quedar a una altura en la que la respiración de ambos chocaban. Colocó una mano cubriendo brevemente la boca de la muchacha, y luego presionó fuertemente sus mejillas.
-Nunca más vuelvas a enunciar esas palabras… ¡No te pertenecen!
Y con ello la soltó y dejó la habitación, antes de que su consorte pudiera mover un músculo.
Nunca lo había visto de esa forma. Siempre fue apático y taciturno. Sabía que compartía su cama solo para cumplir con su deber como monarca.
Sin embargo, aunque sus encuentros eran breves ella se esmeraba en hacerlo gozar, y por la expresión en el rostro del príncipe estaba segura de que lograba ese efecto en él. Jamás la había rechazado, siempre acudía a su llamado. Ella creía que sus talentos en la alcoba la hacían especial por sobre las otras insulsas consortes.
Pero esta vez él no solo la rechazó, estaba fuera de quicio, parecía furioso.
No solo la consorte pero el mismo príncipe se sorprendió por su conducta. Estaba siendo demasiado impulsivo, toda esta situación lo estaba haciendo perder los cabales. Él pretendía tomar una decisión y aquella odiosa mujer se atrevió a ir en persona a interrumpirlo.
Enloqueció al escucharla decir esas palabras. Sus palabras, de ella y de nadie más.
Las tres estaban desesperadas por ser coronadas y tomar el trono junto a Ranma. Sabían que la forma más directa de conseguirlo era dando a luz a su primogénito.
¿Lo amaban?, ¿cómo podrían? Él mantenía distancia de ellas. Solo conocían lo que todos los demás: su porte apático, demandante, iracundo, impulsivo y odioso.
Nadie conocía lo que pasaba por su cabeza o su corazón, si es que lo tenía, especialmente él. La personalidad de Ranma variaba entre tres estados: desinterés-demanda-furia.
Ella...inexplicablemente lo había conmovido. Había despertado algo en él que hace mucho tiempo no sentía: Deseo.
No podía perderla, sería perderse a sí mismo.
No quería obligarla como lo habían hecho con él toda la vida. Eso generó que odie a su padre, a sus tutores, a sus consortes, incluso al reino mismo.
Ranma concluyó que definitivamente no quería forzarla.
Se levantó de su cama y mandó a llamar a Hibiki una vez más.
A la mañana siguiente lo estaba esperando ansioso.
Por fin se anunció.
Se alegró al ver que su escudero cumplió con sus demandas.
Estaba tan entusiasmado que no le molestó cambiar sus ropas delante de su sirviente.
-Rápido, salgamos.
Dejaron el palacio por la habitual salida que estaba escondida en su habitación, un túnel construido especialmente en caso de que necesitara escapar del lugar ante un posible disturbio.
Con estos ropajes, aunque sumamente ultrajantes, no volverían a llamar la atención de la gente y lo que era más importante, no volverían a ahuyentarla.
Hoy finalmente podría acercarse a ella. No sabía cómo hacerlo o qué decirle.
Era consciente que presentarse ante ella, develarle quién era y, por lo tanto, quién sería ella, debía esperar por el momento.
Primero tenía que entender por qué cada vez que alguien del palacio aparecía ante sus ojos se escapaba.
Volvieron a su casa. El sol había salido hace solamente media hora. Y allí estaban los dos, en el mismo lugar que el día anterior, vigilando la humilde morada de los Tendo.
El único astro que logró iluminar a su majestad salió veinte minutos después de la llegada del, ahora camuflado, par de espías.
Esta vez nadie salió a despedirla. Nadie tampoco caminó a su lado.
"¿Cómo podrían dejarla salir sola?, ¿cómo podrían siquiera dejarla ir?", se preguntó para sí mismo.
Cuando Akane sea suya, jamás dejaría que se aparte de su lado.
Esa idea lo asustó. Todas y cada una de las personas en el palacio, y sospechaba que en el mismo reino, eran insignificantes para él. ¿Por qué de repente sentía que ella era indispensable?
Sintió miedo. De sí mismo, de ella.
Pero no podía retroceder.
Así que la siguieron sigilosamente.
Cargaba una canasta en su brazo izquierdo.
Tomó un camino distinto al día anterior.
¿A dónde se dirigía?
Prontamente llegaron al pueblo. Akane tomó una calle que llevaba a una larga línea de personas, una al lado de la otra, en ambos sentidos del camino. Una diversidad de personas de distintas edades y tamaños gritaban promocionando lo que aparentaba ser comida, mientras otras corrían de un lugar a otro discutiendo ardientemente con los que anunciaban sus productos. Su realeza dedujo que era una especie de mercado. Se horrorizó una vez más de estar en ese lugar. Avanzó mientras seguía los pasos de la muchacha.
¿Cómo alguien podría comer esos platillos? Algunos aromas simplemente lo repugnaron.
¿Qué hacía Akane allí?, ¿ella era capaz de comer esas cosas?
Se sintió apenado por ella, quería llevársela de inmediato a su palacio.
La vio saludarse con alguno de los vendedores hasta llegar al final de la larga fila.
Colocó la canasta sobre el piso, retirando la manta que cubría lo que traía en su interior.
"Pan caliente", comenzó a anunciar con una hermosa sonrisa en su rostro.
Caminó hacia ella como insecto a la luz.
Ella lo divisó acercarse y asumiendo que era un posible comprador le preguntó.
-¿Pan caliente, señor?
Él se quedó mudo. Estaba a centímetros de distancia de la mujer que no había abandonado su mente un solo instante en esos últimos días.
La tenía tan cerca.
Comprobó una vez más cuán preciosa era.
-¿Señor?_ le preguntó otra vez.
-Sí…
La muchacha se agachó tomando uno de los panes entre sus manos. Segundos después, estiró sus brazos hacia el falso cliente, esperando que éste reclamara su compra.
Él no podía sacar sus ojos de ella.
-Son 75 centavos, señor.
-¿Cómo?
-El pan, vale 75 centavos.
-Sí, claro.
Revisó los bolsillos de su pantalón: vacíos
Miró a su escudero, quien por imitarlo se encontró con la misma cruda realidad.
-Yo… no traje dinero_ dijo sintiéndose el hombre más tonto del mundo.
-Está bien, llévatelo_ le dijo la muchacha con una sincera expresión en su rostro
-¿Qué?_ repreguntó pensando no haber escuchado bien.
Ella sonrió y tomando su mano depositó el pan en ella.
El monarca fue tomado por completa sorpresa. Lo había tocado.
-¡Llévatelo! Otro día me pagas.
-¡Akane!_ gritaron un par de niños que llegaron a ella, empujando levemente al muchacho.
-Vinimos por nuestro pan.
-¡Claro que si, los estaba esperando! Aquí tienen_ le entregó uno a cada muchacho.
El mayor de ellos le pagó con unas monedas y dejaron corriendo el lugar.
-¿Cuando-
-¡Akane, dame tres panes por favor! _pidió entusiasmada, interrumpiendo a Ranma
-¿Cómo está, señora Hikari?
-Bien querida, con algunos dolores per-
-Hola Hikari. Akane ¿cómo estás hermosa?_ saludó otra anciana que se unía a las dos mujeres, dejando al príncipe y a su escudero por fuera de la escena.
Impaciente, concretó su pregunta.
-¿Cuándo vienes de nuevo?_ interrogó Ranma haciéndose paso entre las mujeres.
-¿Disculpa?
-¿Cuándo vienes de nuevo aquí?... para pagarte el pan.
-No te preocupes, es un regalo.
-¿Mañana?
-Está bien, realmente no hay pro-
-¿Pasado mañana?, ¿el lunes?, ¿el próximo sábado? _insistió.
-Akane viene los sábados, domingos y martes muchacho _respondió una de las mujeres guiñándole un ojo al ansioso hombre.
Parece ser que hizo demasiado evidente su admiración por la joven vendedora.
-Sábados, domingos y martes… volveré a pagarte... ¿Akane, no?
-Como quieras _rió tiernamente_ Y sí, así es, mi nombre es Akane, ¿cómo te llamas tú?
-Ranma… mi nombre es Ranma.
-Mucho gusto Ranma_ le dijo extendiendo su mano.
Él la contempló y con suma delicadeza tomó su mano, sintiendo como el calor de su piel entraba en contacto con la suya.
Inclinó su rostro hacia la mano de la muchacha y dejó un beso sellando su promesa.
Ella lo miró sorprendida, incluso sintiéndose un poco incómoda. Esperaba que estrechara su mano con la suya, no que la besara como si fuera una Lady.
Ranma retiró sus labios de la mano de la muchacha, quien rápidamente interrumpió el contacto con el desconocido hombre.
-No olvidarás mi nombre, ¿verdad?_ preguntó Ranma.
-Trataré de recordarlo_ respondió Akane sin saber realmente qué decir.
La cuestión es que aquella no fue una pregunta. Era, en realidad, su promesa.
Le prometió que desde ese día Akane no podría de modo alguno olvidarse de él.
Dejaron el mercado dirigiéndose al palacio.
-Manda a una de las criadas a comprar todos los panes que sobren _ordenó.
Durante el camino acarició su mano discretamente, no pudiendo olvidar la primera vez que tocó a la mujer que muy pronto, juró para sí mismo, reinaría junto a él.
Al llegar a su recamara ambos se dispusieron a cambiarse.
Ranma envolvió el pan que le había regalado Akane en un pañuelo de seda y lo guardó en uno de los cajones de la mesa de luz como si fuera el regalo más valioso del mundo. Para él no cabía duda de que lo era.
Lo que había hecho Akane lo dejó sin palabras. Ella realmente era una buena persona.
Cuando estaba por dejar la habitación un guardia real se anunció.
-Su majestad, el Rey lo ha convocado.
Ranma salió irritado a encontrar a su padre. Quería terminar todas sus obligaciones del siguiente día para quedar libre e ir a verla.
Mañana estaría en aquel apestoso lugar de nuevo.
Esta vez llevaría dinero, se recordó a sí mismo riendo como un tonto al recordar la patética escena.
Cuando llegó al despacho real, su padre estalló.
-¿Qué carajos estás haciendo Ranma?
