Hola a todos/as! Como siempre, agradezco sus alentadoras palabras. Me alegro que les vaya gustando la historia hasta el momento.

Les quiero agradecer sus reviews a Caro, Naty, Caro Larrosah, Rosi, Odette y Kris, a quienes no pude responder por mensaje.

Sin mas que decir, les dejo el tercer capítulo. ¡Estaré aguardando sus reviews!

Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.


ERES MÍA

Cap 3: Circo

Ranma pensó en el peor escenario.

Lo había mandado a seguir.

Descubrió que estuvo en el mercado hablando con Akane.

¿Estará ella en peligro?

No, no hay forma en que pudieran saber que fue en búsqueda de la muchacha.

Mucho menos sus sentimientos o intenciones con la bella mujer.

Trató de no mostrarse alarmado. Respiró profundamente y respondió.

-No sé de qué estás hablando _dijo haciéndose el desentendido.

Era la mejor estrategia, negar absolutamente todo.

-¿Acaso piensas que no sé lo que pasa en mi propio palacio?_ inquirió el jefe de estado.

-¿Qué? _dijo realmente sorprendido.

-¡Este mes no has visitado la alcoba de tus consortes ni una vez! Lo que es más, has rechazado sus invitaciones y hasta te atreviste a tratarlas irrespetuosamente.

Volvió a respirar. Con que era eso.

Aclaró su garganta antes de hacer su descargo.

-Sabes lo que pienso sobre esas mujeres.

-Esas mujeres son tus esposas.

-Son los regalos de sus padres para ti.

-¡Ranma!

-Son mujeres que lo único que desean es ocupar el trono.

- Son nuestras aliadas. Gracias a tu matrimonio con ellas, el reino está en paz.

-Y para ello debías sacrificarme, ¿verdad, padre?

-Eres el príncipe heredero. ¡Es tu deber hacer lo que corresponda hacer por el bien de tu pueblo!

Sentía la rabia invadir de su cuerpo. Odiaba escuchar esas palabras.

-Pues ya cumplí con mi parte, ¿acaso no me casé con cada una de ellas?

-¡Falta lo más importante Ranma! ¡Ellas están aquí para cargar en sus vientres a tu descendencia!

-No es mi culpa que los dioses no nos hayan concedido el milagro de la vida, tal vez hay algo malo en ellas _arremetió irónico.

- Sabes perfectamente que las tres están en óptimas condiciones para quedar embarazadas.

-Entonces el del problema debo ser yo _dijo gracioso.

- ¡Deja de jugar muchacho! Te han revisado de pies a cabeza los mejores médicos del reino entero. Tu cuerpo está en perfecto estado, tu cabeza es el problema. ¡Necesito que madures de una vez, corones a tu reina y tengas descendencia para fortalecer nuestro reino!_ exclamó eufórico.

-Pues si es esa tu única preocupación, quédate tranquilo padre _acercándose al rey_ Escucha con atención mis palabras, pues nunca he hablado tan seriamente en mi vida: en menos de lo que te esperes te presentaré a la próxima del Reina de estas tierras. Y te puedo asegurar que te dará la descendencia que tanto clamas… yo mismo no puedo esperar a que llegue ese momento _admitió para sí mismo.

Y con esas palabras le dio la espalda y dejó el lugar.

Su padre quedó confundido. No se imaginaba aquella declaración. Sabía perfectamente que su hijo no deseaba el trono, mucho menos a sus concubinas. ¿Qué eran esas palabras, entonces? Seguramente otro truco para distraerlo.

-¡Soldado!

-Sí, su alteza.

-Transmite mis órdenes.


Horas más tarde allí estaban.

Sentado sobre el trono el Rey Genma. A su lado el Príncipe Ranma.

Las tres consortes se encontraban a unos metros de distancia, al pie de la tarima.

Era un gran banquete: comida, músicos, bailarines y alcohol.

Mientras los presentes se disponían a gozar de los manjares que el Rey había ordenado preparar, los mejores músicos del reino deleitaban sus oídos con espectaculares melodías que movilizaban las decenas de bailarinas que recorrían con sus minuciosas coreografías el enorme salón, haciendo del ambiente un lugar cálido y entretenido a la vez.

Ranma, ajeno al esplendoroso show, no podía tragar bocado. Lo que sí podía consumir sin dificultad era el líquido transparente que contenía el jarrón que no abandonaba su mano, y obviamente no era agua. Bajaba fugazmente por su garganta dejando un vivo ardor a lo largo de su trayectoria.

"Ardor", es lo que sentía el príncipe en su cuerpo entero. Ardía de furia por tener que estar en aquella situación. Era obligado a estar en ese banquete, compartiendo la cena con esas personas que nunca eligió.

"Forzado", mientras ella, Akane, le regaló sin esfuerzo ni condiciones algo preciado, algo que probablemente le significó una pérdida. Quizás esa noche se privó de comprar alimentos para ella y su familia, pagar alguna deuda o comprar algo que anhelaba, como un libro. Aún así se lo dio sin pedir nada a cambio.

Apoyó abruptamente la copa contra la mesa y se levantó del trono dispuesto a abandonar aquel circo.

Pero su padre no iba a dejarlo salirse con la suya.

-¿A dónde vas Ranma? La noche todavía no ha acabado.

-Lo ha hecho para mí. Mañana debo atender varios asuntos de importancia.

- ¡Con que ya te enteraste! Así es. Mañana tendremos el honor de que nos visite tu cuñado. Parece ser que extraña mucho a su hermana.

Ranma cerró sus manos en puños. Realmente odiaba a aquel tipejo. Era desagradable, más desagradable que él mismo, y eso era algo difícil de alcanzar. Era un parásito, mujeriego e inútil. Le encantaba visitar su palacio, pero no porque deseara reencontrarse con su hermana. Le encantaba hacerse pasar por alguien importante, le gustaba ver como su padre mandaba a desplegar todo el protocolo real para recibirlo. Era un pedante, y lo aborrecía.

-Ya que extraña a su hermana, ¿por qué no les damos un poco de privacidad para que ambos fraternos se reencuentren en privado? _dijo fingiendo consideración.

-Al contrario, su majestad. Mi hermano está deseoso de ir de caza con usted. En su última carta me ha expresado lo mucho que ha estado practicando arquería para estar a su nivel.

- Sí, claro _dijo con sarcasmo_ como si ello fuera posible _arremetió altanero.

La consorte, sin embargo, no mostró malestar alguno ante su comentario. De las tres era la demostraba mayor entrega al príncipe Ranma. Una entrega fatal, al punto de soportar sus mayores desplantes y humillaciones.

-Hijo, ¿por qué no le entregas a tus esposas los presentes que les has comprado? _anunció cambiando de tema.

-¿Presen…_interrumpió su pregunta ante el gesto de advertencia de su padre.

Una vez más lo había hecho.

Con la orden del Rey entraron tres sirvientes cargando hermosas joyas, perfumes y sedas. Las concubinas reales se lanzaron encantadas a los ostentosos objetos.

-Muchas gracias, su majestad_ dijo la primera esposa real.

-Gracias, mi príncipe _repitió acoplándose la tercera esposa real.

- Agradezco los presentes, esposo _dijo la segunda esposa real, recibiendo las fulminantes miradas de las demás.

Ranma no podía sostenerlo más.

-Estoy mareado, me retiraré a mi alcoba.

-Es mejor que descanses y recuperes tus energías hijo.

Claro, no podía quedarse sin emitir la última palabra.

Ranma no se iba del banquete porque quería. Lo hacía porque el Rey se lo permitía.

"¡Qué más da!", pensó el joven esposo.

Lo que realmente lo fastidiaba no era lidiar con su padre, sus esposas e incluso su cuñado. Lo atormentante era que probablemente por tres días no la vería. Estaría atrapado en el circo que montó su padre, donde él oficiaba de payaso con la clara tarea de entretener a todo el mundo.

Se sintió mal, muy mal. Pensó en su cabeza miles de escenarios y posibilidades para zafarse de ese compromiso, de tener por lo menos unas horas para poder, aunque sea, divisarla desde lejos.

Pero no encontró ni un solo hueco en su itinerario real.

Lo confirmó los siguientes tres largos días.

A primera hora de la mañana llegó la comitiva que acompañaba al heredero del segundo reino más próspero de la región. Tenía un capital económico que llegaba a duplicar los ingresos del reino de los Saotome. Carecían, sin embargo, de poder político y fortaleza militar. Eran comerciantes y por sobre todo habían acumulado las riquezas de decenas de generaciones, a costo de la pobreza de sus ciudadanos. La alianza matrimonial entre ambos reinos trajo estabilidad económica y comercial a uno, y blindaje político y militar al otro.

Luego de los ceremoniales correspondientes, tuvieron un suculento almuerzo donde los presentes se dispusieron, o en el caso de Ranma indispuso, a escuchar "las grandes" hazañas del huésped.

Ranma no emitió palabra, no estaba de ánimo.

Su cabeza estaba divagando en pensamientos de la hermosa muchacha de pelo azul, que a ésta hora estaría vendiendo sus panes en aquel apestoso mercado.

"Yo debería estar allí", pensó el hombre. Es que incluso los olores del mercado pasaban desapercibidos ante la presencia de Akane. Los prefería antes que estar compartiendo la mesa con esta gente, que sentía, nada tenía que ver con él.

Al finalizar la comida prepararon sus armas y el equipaje para acampar en el frondoso bosque que cubría la región.

La sola idea era una pesadilla. La vivencia fue una tortura.

No existía un hombre más aburrido en la faz de la tierra. Lo único que hacía era hablar de sus supuestos talentos y aptitudes, las mujeres con las que se acostó y el dinero que ganó. A pesar de ello su narcisismo hacia el trabajo más fácil para Ranma, ya que no era necesario mantener una conversación recíproca pensando en algún tema a tratar. Simplemente asentía a las estupideces que decía, reía cuando él reía, callaba cuando él callaba. Mientras, podía destinar sus energías en pensar en ella.

Que afortunado fue su primer encuentro. Hasta tuvo la dicha de tocar su mano. Y lo que es más, tiene la excusa perfecta para volver a hablarle. Pero ¿cómo continuar?, ¿se iba a dedicar a comprar pan cada sábado, domingo y martes?, ¿cómo pasar de comprar el pan a pedirle matrimonio?

"Pedirle". Un nuevo verbo apareció en su léxico. Ranma no pedía, Ranma ordenaba. Admite que sí pudiera salir ileso le ordenaría que sea su consorte. Pero ella, como dijo Hibiki, lo odiaría.

Definitivamente no quería que lo odie.

Él nunca había amado. ¿Alguien alguna vez lo había amado a él?, ¿cómo saberlo?

Esas preguntas llenaron su cabeza. Y necesitaba respuestas.

Miró a su alrededor. Decenas de guardias, un consejero real y su cuñado.

Definitivamente ninguno de ellos podría saciar su sed. Tal vez entre alguno de esos hombres existía uno que había vivenciado el amor.

Pero su orgullo era más fuerte. Preguntarle a un súbdito sobre los asuntos del corazón era lo último que haría.

Claro, que había súbditos y súbditos. Y para su suerte, aquel de su confianza lo había acompañado.

Cuando su cuñado se quedó por fin dormido, afectado por el alcohol que finalmente hacía su magia, se acercó al escudero.

-Hibiki _lo llamó tomándolo desprevenido.

-A sus órdenes, señor_ respondió poniéndose en guardia.

-Dime… ¿Cómo… cómo sabes si amas a alguien?

El muchacho lo miró aturdido. No esperaba semejante pregunta. Antes, hace solo unos días, su alteza solo lo llamaba para transmitirle órdenes. Siempre fue así desde que eran pequeños. Recordaba cuando lo espiaba desde lejos mientras jugaba solo con todos aquellos hermosos juguetes, deseando en silencio poder jugar con él. De adolescente complementó su entrenamiento como escudero, y siguiendo la tradición familiar, fue nombrado el escudero oficial del joven príncipe. Nunca fue especialmente gentil con él, más bien se mostraba indiferente. Sin embargo, luego de aquella vez que recibió en su nombre el castigo del rey por haberse ausentado de la boda con su primer consorte, vio en su cara un gesto de agradecimiento y compasión. Nunca se lo agradeció, pero lo compensó económicamente, le otorgó una enorme y cómoda habitación dentro del palacio, y lo hizo dueño de unas tierras en las afueras del pueblo.

-Yo no lo sé, su alteza.

-¿Cómo que no lo sabes? _respondió berrinchudo.

- Como escudero real tengo prohibi-

-Lo sé, lo sé _lo interrumpió de una_ Pero a ver, ¿nunca te ha gustado alguna chica?

-No lo creo.

Ranma emitió un sonoro quejido ante la frustración. Se agarró la cabeza irritado.

Minutos después, inspiró profundamente y retomó la conversación. Al fin y al cabo era el único con quien podía hablar en este lugar… en todo el reino, en realidad.

-Está bien, pero dime, ¿cómo te imaginas que alguien podría darse cuenta de que quiere a otra persona?

Hibiki se tomó unos minutos para pensar, hasta que concluyó.

-Creo, mi príncipe, que en el único lugar al que podemos recurrir para comprender las cosas desconocidas de la vida es en la sabiduría de algún libro.

"Libro", pensar en leer le daba escalofríos.

-Olvídalo _resolvió.

Se dirigió de sopetón a su tienda. Se recostó en el catre armado para su descanso y comenzó en divagar en aquella pregunta.

Se levantó al día siguiente de terrible humor, espantando incluso a su propio cuñado que solo atinó a seguirle el paso.

Cazaron todo el día, parando a duras penas para almorzar.

La idea era mantenerlo ocupado, mantener la distancia, cansarlo completamente, pero por sobre todo hacer que el tiempo pase lo más rápido posible.

Hoy ella estaría deleitando a su público en el centro de pueblo. No recordaba cual era el libro que tocaba hoy. ¿Hamlet?, ¿Sueño de una noche de verano?, ¿Otelo?

¿Cómo alguien como ella había aprendido a leer Shakespeare?

En realidad era algo bueno. Ella parecía instruida y eso iba a jugar a su favor al momento de transformarla en su concubina.

Pensar en ello mejoró su humor, pero también incrementó su añoranza.

Al regresar al campamento se dirigió a su tienda y llamó a Hibiki.

-Vamos a verla.

- ¿A quién, su alteza?

-Akane, Hibiki. Deja ya de preguntar obviedades por favor.

-Mi señor, en unos minutos se pondrá el sol.

- Vamos aunque sea a ver su casa.

-Su casa está a por lo menos 60 kilómetros de aquí. Hasta que lleguemos ya habrá amanecido.

-¡Mejor!

- Su alteza, sabe que mañana es el último de caza. Si usted se ausenta el rey lo sabrá.

Tenía razón. Si su padre se enteraba, si lo atrapaba esperándola afuera de su casa, obtendría información directa sobre Akane. Y quien sabe lo que podría hacerle.

Se dio cuenta que no debía volver a buscarla en su domicilio, era muy peligroso.

-¡Maldita sea! _bufó.

Maldecía su suerte.

Estaba atrapado en este lugar con aquel imbécil.

Todavía restaba un día entero de caza y otro ceremonial más en el palacio antes de que finalmente se vaya.

Recién podría verla el jueves, dentro de 2 días, 48 hs, 2.880 minutos.

-¡Vete! _le dijo conteniendo sus impulsos.

Cuando el escudero puso un pie fuera de la tienda real la furia explotó.

El príncipe comenzó a arrojar todo lo que encontró a su paso. Desde vasos hasta piezas de su armadura, botellas, almohadas, zapatos y espadas.

Cuando acabó con todo, cayó rendido en su cama y pensó en ella hasta quedarse dormido.

Por supuesto que su humor al día siguiente fue peor que el día anterior.

Tomó su arco y flecha, y salió disparado al interior del bosque dejando a su cuñado complemente solo.

Volvió al anochecer agotado. No había comido en todo el día. Se dedicó a correr tras sus presas como loco y decidió que ésta sería su última casería con aquel personaje.

Cuando su cuñado lo vio acercarse intentó intercambiar unas palabras con él, pero Ranma le dejó claro con una sola mirada que no estaba dispuesto a perder un segundo con su plática.

Y ese fue el último intercambio que compartieron en aquel lejano bosque.

A primera hora de la mañana partió el príncipe con su comitiva.

Llegó al palacio y se presentó ante su padre para informarle que había culminado con su deber.

Se apresuró a retirarse. Todavía podía llegar a verla.

-¿A dónde crees que vas?

Dándole la espalda respondió.

-Tengo asuntos de los que ocuparme, padre.

- No hoy. Debemos despedir al hermano de tu esposa.

-Ya hice mi parte, ahora que se encargue ella del paquete.

-Lo harás tú. No puedes ser mal educado con él. No te olvides que es un socio sumamente importante. Si te ausentas, sabes que lo tomará como una ofensa.

- ¿Y? _enfrentándolo_ ¿Qué puede pasar?

- Si lo ofendes se llevará a su hermana de aquí, dando por finalizado el matrimonio.

-¡Pues con más razón me ausentaré!, ¡No hay nada que me gustaría más que divorciarme de esa loca!

-¿Piensas que las cosas quedarán pacíficamente?, ¡Has tomado a su hermana como esposa, ya ningún hombre podrá desposarla! Buscará, sin dudas, aliarse con nuestros enemigos y nos atacarán. No te olvides que tienen los recursos económicos para comprar el ejército más grande de estas tierras.

- ¡Todo eso por ausentarme de una cena!_ exclamó incrédulo.

-¡Todo eso, sí! ¡Todo porque tu no tratas a tu esposa con respeto y cariño, pero especialmente porque todavía no has tenido un hijo con ella!

- ¿Es eso mi culpa?

-¡Sabes que lo es! Sé que lo estás evitando a propósito.

- ¡No puedes obligarme! _desafió.

-No me hagas hacerlo.

-¿Es eso una amenaza?

- Es una cordial invitación al banquete de esta noche, hijo_ dijo imperturbable.

No sabía qué responder. Por primera vez él tenía con qué amenazarlo.

Si se enteraba sobre su existencia…

Así que tragó su orgullo y se retiró a sus aposentos.

Pensó con la cabeza fría. Sabía que se había comportado despectivamente con su cuñado, y no se arrepentía. Debía, de todas formas, hacerlo marchar con una buena impresión. Para Ranma el famoso dicho era justamente lo contrario: La última impresión es la que cuenta.

Descansó unas horas y se preparó para la cena. Llegó puntual y se sentó junto a su padre. Al pasar por al lado de su cuñado, éste le dirigió una mirada fulminante.

Sin embargo no se alarmó. Una psicología tan simple como la del susodicho era fácil de conformar.

Al terminar la cena, el príncipe se levantó y pidió intercambiar unas palabras con el muchacho. Éste, alentado por su hermana, accedió fingiendo desinterés.

Ranma le dijo que estaba avergonzado por su conducta en la cacería, que estaba profundamente afectado por la ausencia de un descendiente, enfatizando cuánto deseaba que su tercera esposa, es decir su querida hermana, fuera la madre de su primogénito. Le dijo que lo esperaba prontamente para tratarlo como se merecía, y que una prueba de sus buenas intenciones lo estaba esperando en su habitación.

Le guiñó un ojo y se retiró a sus aposentos.

Sabía que su plan tendría el efecto esperado. Lo comprobó a la mañana siguiente en la nota que le envió el hombre con uno de sus sirvientes, en la que expresó su total gratitud por la velada que le había hecho pasar.

Lo que lo mantuvo ocupado toda la noche, lo que realmente lo preocupaba, era Akane.

Es que por fin había llegado el jueves. Ella estaría leyendo en el pueblo y no vendiendo pan.

La escena que había construido en su cabeza, donde volvía al mercado y le pagaba lo adeudado, cambiaba de escenario.

Para colmo, luego de lo que su padre le dijo, le urgía tenerla a su lado. Si Akane era su consorte, si estaba en el palacio, no había forma en que no pudiera protegerla. En cambio, si estaba tan lejos de sus dominios, siendo una simple campesina, el rey tenía poder absoluto sobre su destino.

Con los primeros rayos del sol partió junto a su escudero. No esperó si quiera a que su cuñado partiera. Tocó los bolsillos de su pantalón sintiendo las monedas de oro chocar contra su muslo.

Una vez más llegó mucho más temprano que la muchacha.

Se sentó sobre una piedra, al costado del camino y le ordenó a su sirviente que lo imitara.

Su vista clavada en el lugar donde la había encontrado hace una semana atrás.

Veía a la gente ir y venir.

Sentía su corazón bombear ansioso.

Había pasado unas horas cuando por fin se anotició que la ahora tan conocida ronda comenzó a formarse.

Al darse cuenta de ello se levantó de sopetón y corrió hacia el lugar, plantándose en primera fila.

Pasaron treinta minutos y la ronda ya había llegado a su espesor habitual.

El príncipe vestido de mendigo no podía dejar de mover nerviosamente sus manos.

"Ahí viene", exclamó una mujer.

Siguiendo su mirada, se chocó con la llegada de la hermosa criatura.

La había extrañado. ¡Por Dios, sí que lo había hecho!

Sintió que su cuerpo se relajó al verla. Es que siempre tenía ese sentimiento incómodo de que Akane desaparecería ante su presencia. Era un alivio tenerla a escasos metros de él.

Sin embargo al verla avanzar sentía a la necesidad de ir hacia ella, tomarla de la mano y llevársela lejos de allí. No podía esperar a hacerla su mujer.

Tensó sus músculos evitando perder el control sobre la movilidad. Y simplemente esperó a que llegara.

Se sentó sobre la silla que habían acomodado para ella y abrió el libro.

El joven monarca sonrió ante la tierna imagen.

Aclaró la garganta y prosiguió con la lectura de "Otelo".

Perdió nuevamente la noción de tiempo. No podía concentrarse en seguir con el relato de la historia. Solo podía verla a ella.

De repente la vio cerrar el libro y escuchó a la audiencia aplaudir, dándose cuenta de que había terminado su presentación.

"Llegó el momento", pensó para sí mismo.

La gente empezó a abandonar el lugar.

El príncipe respiró profundamente y comenzó a avanzar en dirección a la deslumbrante dama.

Ella estaba entretenida hablando con una jovencita cuando el monarca aclaró su garganta y la llamó.

-Akane.

Al escuchar su nombre, la mujer giró en su dirección.

A principio no lo reconoció, pero luego sonrió y le dijo.

-¿Tú?, ¿Qué haces aquí?

-Vine… a pagar mi deuda.

- ¿Deuda?

-El pan. El sábado me diste pan. Vengo a pagarte.

- Te dije que era un presente, ¿o no? _dijo divertida.

-Y yo te prometí que volvería a pagarte _recordó con absoluta seriedad

Ella se quedó en silencio. Algo en el tono de voz de aquel desconocido la incomodó.

Ranma se dio cuenta del cambio de expresión en su rostro.

¿Qué estaba pasando por su cabeza?

No se atrevió a romper el silencio, así que solo se quedó contemplándola en la escasa distancia que se marcó entre los dos.

-Ol...vidalo _le dijo engorrosamente.

Giro dándole la espalda en un intento de irse.

Ranma reaccionó desesperado.

-¡Espera! _le pidió interponiéndose en su camino.

Extendió su mano hacia ella, dejando a la vista una pequeña bolsa de cuero.

-¿Qué es esto?_ preguntó Akane.

Él tomó su mano y dejó la bolsa sobre su palma.

Ella lo miró desconfiada. Abrió la bolsa, encontrándose con unas cuantas monedas de oro.

- ¿De dónde sacaste todo este dinero? _preguntó alarmada.

-Eso no importa, mira Akane-

-¡Toma tu dinero, y aléjate de mí!_ le dijo devolviéndole el saco de monedas.

Ranma no entendía lo que estaba pasando. Solo pudo comprender que Akane lo estaba alejando.

La muchacha no pudo dar dos pasos antes de volver a ser interrumpida por el extraño hombre.

- Akane, espera. ¿Cuál es el problema?

-¿Cuál es el problema?, ¡Yo no quiero tu sucio dinero!, ¡Ve y devuélveselo a la persona a quien se lo arrebataste!

-¿Arrebatar?, ¿Tú... tú piensas que lo robé?, ¿Es eso?

-¿Pues de que otra forma alguien como tú tendría todas esas monedas de oro?

Entonces entendió. Nuevamente quedó en ridículo.

Para su majestad, esas monedas no tenían valor alguno. Pero para cualquier pueblerino, del tipo que él fingía ser, era una fortuna.

¿Cómo no lo pensó antes?

-No, no Akane. ¡El dinero es mío!

-¿Tuyo? _preguntó incrédula.

-¡Sí!, yo… soy comerciante. Hace…. unas semanas que llegué al pueblo. El sábado no tenía nada encima, pero hoy acabo de cobrar un producto que vendí.

-¿Ah, sí? ¿Y simplemente ibas a entregarme todo el dinero que acabas de cobrar?

-¡No! en realidad… iba a hacerte una oferta de trabajo.

-No, gracias _lo rechazó, comenzando a caminar.

-Pero ni siquiera me escuchaste, ¿por qué me rechazas? _exclamó un tanto enojado.

-Eres un extraño que anda con todo ese dinero encima. Lo que sea que me propongas, no estoy interesada _apurando su paso.

Ranma sintió el desespero apoderarse de sí, mientras seguía su ligero paso. ¿Es que acaso este sería el fin de su corto intercambio?

Entonces dijo lo primero que se le vino a la mente.

-¡Quiero que me enseñes a leer! _gritó.

La muchacha detuvo su marcha al escucharlo.

Y ahí supo que tenía una oportunidad.

Corrió hasta quedar a la par de la mujer.

-En realidad no soy comerciante Akane, soy un simple siervo. Voy de pueblo en pueblo buscando nuevos clientes para mi señor.

-¿Qué comercian?

-Granos de arroz.

La chica se quedó en silencio, evitando cruzar miradas con él.

-Escúchame Akane, estas monedas… no son de mi señor… son… los ahorros de toda la vida_ improvisó_ En este momento tengo… una oportunidad única de montar mi propio negocio gracias a los contactos que conseguí en mis largos viajes. Gente que me conoce, que confía en mi y que me alienta a trabajar por mi cuenta. Pero necesito aprender a leer.

La chica seguía inmutable.

-Yo estuve buscándote para pagarte y me enteré que tú enseñas a leer. ¡Sentí que era una señal de destino! Me dijeron que sueles leer en este lugar algunos días a la semana, así que vine a verte.

- ¿Quieres que te enseñe a leer? _preguntó dubitativa.

-Así es. Sé que fui muy arrebatado. Discúlpame si te asusté. ¡Es que no quería perder la oportunidad de pedírtelo! Realmente necesito que me ayudes y quiero pagarte con el valor que representa para mí tu ayuda.

Finalmente lo enfrentó. La desconfianza y la duda se reflejaban claramente en su cara.

-Por… favor, Akane _pidió con sinceridad.

"Por favor". Otra expresión que el monarca acababa de estrenar.

Ella cerró sus ojos y respiró sonoramente.

-Está bien. Mira, no puedo mentirte. Hay algo en ti que me parece sospechoso… pero no puedo negarle a alguien la oportunidad de aprender a leer.

Se sintió el hombre más afortunado del mundo.

-Toma, por favor_ le dijo entregándole la bolsa con monedas.

La muchacha hizo una nueva pausa. Y Ranma rogó que no se arrepintiera.

-Akane _insistió.

Ella tomó a regañadientes la bolsa. La abrió y sacó una moneda, entregando de vuelta a su dueño las restantes.

-Esto es por el pan y las lecciones. Te espero mañana en este mismo lugar.

Y con ello abandonó el lugar.

Supo de inmediato que toda red de mentiras y engaños que acababa de tejer le iba a costar caro.

Desconocía siquiera que contaba con tanta imaginación.

No importaba. Estaría junto a ella. Es que estaba seguro que la cercanía haría el resto del trabajo. Podría por fin entender porqué la corona le generaba tanto rechazo, y con esa información revertiría todo a su favor.

-Pronto, Akane, sabrás que eres mía.