Hola a todxs! Como han estado? Perdon por la demora pero como siempre, ando con mucho trabajo a pesar de la cuarentena.
Como están ustedes en sus respectivos países y hogares? Acá, en Buenos Aires, el aislamiento es obligatorio desde el 20 de marzo y continuaremos así hasta por lo menos el 26 de abril.
Tengo suerte de poder seguir trabajando pero no deja de ser una situación muy angustiante.
Espero que todxs ustedes se encuentren bien, a salvo, junto a sus seres queridos.
Como siempre les agradezco de corazón sus cálidas palabras!
Agradezco por aquí a Kris, a quien le pido permiso para usarla de musa en el próximo capitulo si me autorizas! También a Arac y a Rosi! gracias por sus hermosas palabras!
Ahora si, les dejo un nuevo capitulo.
Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.
ERES MÍA
Cap 7: Un maldito egoísta
-Me ha llamado.
-Te has hecho llamar.
-No tengo el recuerdo de haber solicitado una entrevista con usted.
-No perdamos tiempo haciéndonos los desentendidos, Ranma.
-Yo no tengo nada que decir, mi señora.
-¿Ah, sí? Entonces emitiré la orden de que expulsen a esa mujer que nada tiene que hacer en el palacio.
Ranma se tensionó de inmediato. Llegó ante ella mostrándose poco afectado, la arrogancia como siempre floreciendo por sus poros cubriendo todo rastro de miedo o nerviosismo. Pero ella no era cualquier persona dentro del palacio, ella tenía el poder de tirar por la borda todos los planes del primogénito y lo peor de todo era que la anciana tenía plena consciencia de ello.
-Sé, por el contrario, que usted tiene mucho que decir_ prosiguió estratégicamente.
-¡Ja! _rió con escándalo_ ¡Tú tienes algo que pedir!
-Es lo contrario_ remató de inmediato_ Estoy aquí para escuchar su pedido, Mi Reina.
-¿Mi pedido? Eres tú quien debe conseguir mi permiso para dejar que esa mujer siga existiendo.
-Ella será mi consorte _dijo sin duda_ Eso es un hecho. Quiero saber el costo.
La reina madre se quedó observándolo en silencio. Era sin dudas un joven audaz.
-Bien _pronunció con una sonrisa victoriosa en sus labios.
Salió del palacio Tsubaki dejando atrás a la horrorosa anciana. Nunca la quiso. A pesar de que era lo más cercano que tuvo a una abuela, nunca llegó a ser una figura amorosa para él.
Era, sin embargo una de las mujeres más poderosas. No solo por su posición dentro del palacio, sino por la fortuna que acunaba en su reino natal. Fue la quinta consorte real del padre del Rey. No fue la más amada, la más bella o más poderosa entre las siete restantes. Pero fue la más longeva, heredando por descarte los demás títulos. Ella realmente amaba al difunto monarca, sin embargo él solo la vio como una transacción política. Nunca pudo concebir herederos para la corona, solo mujeres. Entre la progenie de sus hijas, eligió a la más hermosa de sus nietas para que cumpla su más grande sueño: ser coronada Reina. Intención fallida por el momento pero no en su totalidad, ya que el príncipe todavía no había elegido oficialmente a su futura Soberana. Se sabía, sin embargo, que la favorecida sería la Primer Consorte, quien en su momento fue la más allegada al heredero. Fue. No es secreto para nadie que por alguna razón desde que el príncipe la desposó (o más bien lo inverso) la aborrecía. Sentimiento completamente opuesto a los del Rey Genma, que estaba embelesado con ella.
Akane apreció en la vida de Ranma para cambiarlo todo.
Desde el primer día que puso un pie en el palacio, la cuarta consorte Tendo cambió el destino de todos, algo, por supuesto, imposible de imaginar en ese momento.
Ranma, sin perder "más" tiempo, ordenó que se instruyan de inmediato los preparativos para el nombramiento de su cuarta consorte real, de su única mujer.
Pensó que todo transcurriría rápidamente.
Grande fue su desconcierto al saber que, por el contrario, los protocolos imponían tiempos y formas que lo forzaban a esperar aun más de lo que imaginaba.
No pretendía casarse con ella esa misma tarde, no. Sería ideal, por supuesto, compartir la alcoba con ella la noche contigua, pero sabía que era poco probable.
Pero diez días… eran demasiado.
Desconocía los estatutos que comandaban la ceremonia de matrimonio, a pesar de haber atravesado el ritual tres veces.
Él solo podía recordar claramente dos momentos: Cuando la noticia de su matrimonio le era comunicada y la mañana en que llegaban sus sirvientes a vestirlo para asistir a la ceremonia. Nunca había reparado el tiempo que acontecía entre un evento y el otro, había mucho alcohol en el medio para tener una idea real del paso de las horas.
Lo peor de la situación en sí era que hasta el mismo día de la ceremonia no la vería nuevamente.
Pidió autoritariamente acelerar los plazos, simplificar las cosas o postergar aprendizajes. Pero de ninguna manera su pedido fue concedido. "Las leyes son las leyes", le repetían una y otra vez los eunucos.
Solo le restó esperar, tolerando como pudo la ansiedad y el dolor de estar lejos de ella, aunque se encontraba tan cerca.
Esa fue la peor noche de su vida.
Las lágrimas no cesaban de caer por su rostro.
Estaba sola en el enorme dormitorio más grande que su propia casa, pero carente del calor y compañía de su familia, fría y silenciosa como una tumba.
Luego de que Saotome dejó la habitación Akane cayó rendida nuevamente, aferrándose a aquellas almohadas que fueron testigos de sus lágrimas, perdiendo todo registro del tiempo.
Se sobresaltó cuando escuchó la puerta abrirse abruptamente, rogando que no fuese aquel hombre nuevamente. Le generaba muchas cosas su presencia. Impotencia, odio, desprecio, asco, miedo.
La forma en que la abordó con desespero en el encierro de esas cuatro paredes la dejó temblando. Claro que no iba a demostrar su debilidad ante él. Pero sintió su deseo sin reservas por ella. No quería pensar en lo que haría con su persona, con su alma, con su cuerpo una vez que tuviera libre acceso a su morada.
-Señorita Tendo, mañana iniciará el proceso de su nombramiento como Consorte Real. A primera hora del día será revisada por el médico de la corona.
-¿Médico? _preguntó Akane confundida mirando al desconocido hombre.
Pero el Eunuco, sin más que decir, hizo una breve reverencia y dejó su habitación.
Akane siguió perdida en sus pensamientos.
Ya era de noche cuando la puerta de su habitación volvió a abrirse, erizando su piel por la sorpresa.
Era una joven muchacha, una sirvienta que tímidamente se acercó a ella.
-Mi señora, le traigo comida. Por favor aliméntese.
Tan pronto como llegó se fue.
Akane no tenía hambre, Akane no tenía sed. No tenía frío ni calor. Solo sentía dolor.
No podía dejar de pensar y extrañar a su padre, a sus hermanas… a Touma. ¿Ya tendrá conocimiento de lo que pasó?, ¿Acaso había leído su carta?, ¿Qué pensará de ella?, ¿Cómo se estará sintiendo? Hace unas horas atrás estaba feliz en sus brazos pensando que prontamente sería su esposa. Ahora estaba en aquel terrible lugar con todos sus sueños destrozados.
El aire le faltaba, el pecho le quemaba.
-¿Por qué?, ¿Por qué me pasó esto a mi?_ enunció la mujer en las penumbras de la gélida habitación.
-Touma, perdóname. Touma, te amo _susurró desconociendo el destino de su amado.
Sin percibirlo se quedó dormida ahogada en sus propias lágrimas. Claro que solo advirtió de su estado cuando la sirvienta de anoche se anunció ante su presencia.
-Mi señora_ le dijo apenada por su imagen demacrada.
Akane yacía sobre el piso a un costado de la enorme cama que permanecía intacta.
Cuando abrió sus ojos por completo, miró a su alrededor aún obnubilada. En lo que duró esos segundos de confusión anheló que todo aquello fuera solo una pesadilla.
La muchacha se arrodilló ante la futura consorte, tomó el frágil rostro entre sus manos y le dijo.
-Mi señora Akane, debemos empezar con los preparativos.
Akane la miró fijamente y fue allí cuando cayó en cuenta de su horrible realidad.
-Quiero irme a casa_ enunció con congoja mientras sus ojos comenzaban a derramar lágrimas una vez más.
-Lo sé mi señora, pero hoy no es posible.
Akane se quedó en silencio, cubriendo su rostro con las manos.
La sirvienta depositó el desayuno en la pequeña mesa labrada junto a la ventana. Volvió a hacia su señora y la tomó de los brazos tirando de ella.
-Por favor mi señora, levántese. Sé que está con mucho dolor, pero debe comer.
Akane intentó erguirse, pero cayó de repente sobre el piso
Sus piernas estaban por completo acalambradas, y no tenía la menor de las fuerzas. Desde ayer que no había probado bocado y lo peor es que sus labios no habían tocado agua.
La sirvienta emitió un grito y ante ello un par de guardias irrumpieron en la habitación.
Ambos tomaron el cuerpo de la mujer y lo reposaron en la cama.
Akane quiso resistirse, pero no tenía energía.
-¿Qué está pasando aquí?_ preguntó la Reina Madre.
Todos se sorprendieron ante su presencia. Un acontecimiento único fue verla en aquella área del palacio destinada a albergar huéspedes de baja jerarquía.
Ella también se vio sorprendida por su impulso de conocer a la mujer que el príncipe heredero insistía en desposar. Algo no olía bien. Estaba casi segura que él era homosexual ya que siempre se mostraba repulsivo ante sus esposas. Lo que es más, no podía entender cómo podía rechazar a su bella y seductora nieta quien a pesar de haber intimado con él en algunas ocasiones todavía no había quedado embarazada. Para su tranquilidad ninguna de las concubinas había alcanzado la hazaña. Si no era homosexual, por lo menos era impotente. Y sin embargo la tonta de Shampoo estaba loca por él, tal como ella lo había estado por el difunto Rey. "Él es potente, abuela, potente y viril" le confesaba embelesada, "Seguramente es mi culpa" profesaba ante la ira de su abuela en contra del joven.
La mujer avanzó hacia la muchacha que yacía en la cama. Ésta al notar su presencia giró su rostro en la dirección opuesta. La Reina había abalado su matrimonio con el príncipe, era su aliada. Por lo tanto no mostraría simpatía con ella.
La Soberana la observó con detenimiento, de pies a cabeza.
-No entiendo que ve en ti_ sentenció_ Pero gracias a tu insignificante existencia, mi nieta será reina_ replicó escondiendo fallidamente el entusiasmo.
Akane permaneció inmutable ante sus palabras. Por lo menos se anotició sin esfuerzos de la ganancia de la Reina.
-¿Qué le sucede?, ¿Por qué no se mueve? _inquirió impaciente.
-Alteza, mi señora no se siente bien. Desde ayer que no ha ingerido comida ni se ha hidratado.
-En veinte minutos la quiero ante el médico real. De no ser así tanto ella como sus sirvientes serán castigados por incumplir mis órdenes.
Y con ese decreto dejó la habitación.
De inmediato Akane comenzó a incorporarse, dejando la cama al ritmo que sus fuerzas le permitían hacerlo.
Su sirvienta la tomó de los brazos ayudándola a pararse.
-Vamos… _deteniendo sus pasos la miró con cordialidad_ ¿Cuál es tu nombre, mi niña?
- Soy Yuka, mi señora.
-Muchas gracias, Yuka _le dijo con una cálida sonrisa.
La joven se conmovió ante el gesto de su ama. Sabía que las demás consortes eran arrogantes y que trataban a sus sirvientas sin la menor consideración. Se sintió muy agradecida por estar al servicio de alguien tan humano.
Allí se dio cuenta. ¡Qué desconsiderada había sido!
-¡Mi señora, tome su desayuno, por favor! _exclamó intentando redirigir sus pasos hacia la bandeja que reposaba sobre la pequeña mesa.
Pero Akane se resistió.
-No te preocupes por mí, mientras antes terminemos con esto mejor.
-Pero-
-Vamos Yuka _interrumpió iniciando su salida de la recamara_ no me perdonaría llegar tarde y que por mi culpa castiguen a inocentes.
Al llegar ante al médico real, éste ordenó de inmediato y sin introducción que desvistieran a Tendo.
-¿Qué hacen? _exclamó extrañada.
Las sirvientas que estaban al servicio del médico comenzaron a forcejear con ella.
Logrando finalmente su cometido, Akane quedó totalmente expuesta ante aquellas personas.
El médico se dispuso a observar su cuerpo. Se acercó a ella, levantando sus brazos y piernas, inspeccionando sus manos y pies.
Recorrió con impactante cercanía cada centímetro de su piel. La muchacha podía sentir la punta de la nariz del viejo rosar constantemente su cuerpo acompañando el brusco palpar de sus manos por doquier.
-No hay cicatrices, manchas, verrugas o heridas_ anunció.
Luego forzó a Akane a abrir su boca. Una vez más sintió su nariz entrometerse en su cavidad conjuntamente con sus asquerosos dedos, al punto de hacerla vomitar.
-Dentadura completa y sana. Tanto sus encías como su lengua se encuentran saludables _expresó mientras la muchacha se sacudía sobre el piso sin nada que expulsar, solo espasmos, pues su estómago estaba vació.
Tomó las medidas de su cuerpo, haciendo hincapié en cómo el tamaño de sus caderas eran propicias para cargar niños en su vientre.
Akane contuvo sus lágrimas durante todo el proceso, consternada ante el hecho de que aquel hombre y sus ayudantes habían tocado cada centímetro de su cuerpo.
-Bien, ahora recuéstate en aquella cama _le indicó.
-¿Para qué? _preguntó furiosa.
- Solo hazlo _respondió sin mirarla.
-¡No, ya he soportado demasiado! _gritó con indignación.
Las manos de las mujeres sobre sus brazos la tomaron desprevenida.
Tiraron de ella hasta la cama.
La hicieron acostar boca arriba a pesar de que la joven consorte se oponía con todas sus fuerzas restantes.
Una de ellas dobló sus rodillas, haciendo que sus pies se apoyaran contra el fino colchón.
Y a continuación separó sus piernas, dejando expuestas sus partes íntimas.
-¿Qué hacen? _enunció con horror Akane.
El médico se acercó y sin recaudo alguno comenzó ahora a inspeccionar sus genitales.
-Es apta para engendrar niños. Y es virgen.
Dichas estas palabras liberó a la muchacha.
-Hemos acabado.
Akane limpió las lágrimas de sus ojos y tomando sus ropas se vistió lo más rápido que pudo, corriendo hacia su habitación.
Yuka la siguió con apremio y la encontró tirada sobre su cama.
-¡Jamás me habían humillado tanto!
-Mi señora, lo siento mucho pero es parte del protocolo.
-¡Me trataron como una esclava, como un animal al que van a vender!
-Lo siento mucho, de verdad.
-Déjame sola por favor.
-Mi señora, por lo menos coma un poco.
La sirvienta dejó en silencio la habitación.
Durante ese día volvió en reiteradas ocasiones a dejar comida, sin embargo Akane no se había movido de la cama.
Cuando a la mañana siguiente fueron a buscar a la futura consorte para continuar con el protocolo, Akane hizo lo posible por presentarse ante el llamado de la Reina, ya que no quería que cumpliera con su amenaza, pero solo pudo dar un par de pasos fuera de su habitación cuando cayó inconsciente ante la mirada estupefacta de los sirvientes que la acompañaban.
La llevaron de inmediato ante el médico real, tan rápido como llegó la noticia a los oídos del príncipe Ranma.
Sin demorarse un segundo salió disparado hacia el cuarto de Akane. Pero los guardias que custodiaban la morada no lo dejaron ingresar a pesar de las amenazas que su boca profirió.
-Es en contra del protocolo, Su Alteza _ advirtió Hibiki.
-¡Me importa un carajo el maldito protocolo!, ¡quiero saber cómo esta mi mujer! _gritó desquiciado.
-Si usted rompe el protocolo, la señora Akane sufrirá las consecuencias. Está determinadamente prohibido que usted intervenga de forma alguna. Por favor, cálmese.
-Hibiki, debo saber cómo ésta, qué fue lo que le pasó.
-Confíe en mi, conozco a la sirvienta que se está encargando de la señora. Le preguntaré qué sucedió y le informaré de inmediato, Su Alteza. Por favor, vuelva a sus aposentos.
Ranma permaneció inmóvil por unos minutos. Deseaba con todas sus fuerzas irrumpir en aquella habitación y saber qué pasaba con su amada. Pero Hibiki tenía razón.
Cerró los ojos y sus puños con frustración e impotencia.
-Debes averiguar todo lo que está pasando con ella.
-Lo haré, mi señor_ expresó haciendo una reverencia_ ahora por favor, vuelva a sus aposentos _reiteró.
Ranma siguió batallando contra los impulsos de llevarse de allí a su mujer. Pero se volvió a recordar que en este momento su accionar sería sancionado, y él no pagaría el costo de esa decisión. Era sabido que las candidatas a concubinas reales siempre tenían un haz bajo la manga con el fin de seducir tempranamente a su futuro marido con tal de conseguir un rango superior por sobre las demás consortes, la mejor habitación dentro del harém, mayor cantidad de joyas y sirvientes, y por supuesto mayor frecuencia de visitas nocturnas a la espera de quedar embarazadas en primer lugar. Incluso si tenían el éxito de lograrlo en pleno proceso de nombramiento, tenían una gran chance de ser nombradas primer consorte, desplazando a quien fuera que estuviese en esa posición, o en el caso de que el puesto no estuviese ocupado, Reina de la nación. Había sucedido infinidad de veces y no es que ya no aconteciera, pero el protocolo se había realizado para impedir que esos actos acontecieran nublando la razón de los gobernantes. Si bien Ranma sabía que seducirlo no era la intención de Akane, romper el protocolo ante tantos testigos necesariamente debía ser castigado ferozmente, siendo la expulsión inmediata del palacio el menor de los castigos.
Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos con el corazón atorado en la garganta.
Hibiki aguardó la salida de Yuka quien le comunicó el estado de la joven Tendo.
"No ha probado bocado desde que llegó aquí, no puedo asegurar siquiera si una gota de agua mojo sus labios. Simplemente se niega a comer", describió con sincera preocupación.
Abordó al médico real cuando salió de la habitación poco después. Le dijo con notable desprecio que la mujer estaba deshidratada y que de seguir así su estado de salud solo empeoraría.
"No creo que llegue en condiciones a la ceremonia de coronación", previó.
Con estas noticias volvió el joven Hibiki a la recámara de su amo, quien al escuchar sus palabras tuvo que ser sujetado por su escolta ante un nuevo arrebato por ir tras Akane.
-¡Ella no quiere vivir!, ¡ella… ella…. ella prefiere morir que estar a mi lado, Hibiki!_ dijo entre lágrimas_ ¿Qué debo hacer?_ preguntó aún forcejeando con su sirviente.
-No me atrevo a decirlo_ contestó impertinentemente.
-Dime_ suplicó ranma aferrándose a sus brazos_ si algo le llegara a pasar… yo….
-¡Déjela ir, Su Majestad! _dijo con valiente resolución.
Ranma temía oír esas palabras.
Lo miró fijamente mientras Hibiki rogaba para sus fueros internos que tomara en serio su pedido.
-Por favor _se encontró suplicando el escudero.
-No _dijo en seco, soltándolo mientras le daba la espalda.
-¡Su Majes-
-¡No lo haré! _interrumpió_ si la dejo ir ella vivirá, pero yo moriré sin ella.
-¡Pero-
-¡Debo buscar otra manera, debo… debo traerla a ella! _resolvió.
-¿A ella?, ¿De quién habla?
-¡Ve, Hibiki!, ¡ve a buscarla e infíltrala dentro del palacio!, ¡ella la salvará, ella salvará a mi Akane, ella debe salvarla!
-¡Por favor mi señor, piense en la señorita Akane! _insistió en vano.
-¿Señorita Akane? _reaccionó furioso_ ¡Ella es tu señora!, no te refieras a ella con tanta familiaridad porque la próxima vez arrancaré tu cabeza, imbécil. ¡Ahora ve y tráela!
Resignado, salió el escudero de la habitación.
A pesar que conocía el carácter egoísta de su amo nunca se había sentido tan asqueado. ¡Él prefería dejar que muera antes que liberarla! , ¿Es eso amor?
Respetaba al príncipe heredero, era un hombre inteligente y temerario. Siempre obedecía con lealtad y sin cuestionar. Ahora solo lo podía ver como un idiota egocéntrico.
La buscaría, sí. Pero por primera vez no cumpliría las órdenes de su amo. Lo haría para salvarla.
Cuando finalmente llegó con la mujer, la cara de preocupación de Yuka lo alarmó.
-Tiene fiebre muy alta _comunicó.
Hibiki instruyó que se encargara de dejar completamente sola a Akane, ya que alguien muy importante había venido a cuidarla, pero nadie debía saber de ello.
La muchacha sin cuestionar obedeció. Confiaba ciegamente en Hibiki.
Media hora después lograron ingresar a escondidas a la muchacha, quien aparentaba ser una simple sierva.
-¡Akane!, ¡mi niña! _gritó desconsolada.
Corrió al lado de su hermana, quien al reconocer su voz abrió sus ojos de par en par, creyendo estar soñando.
-¿Ka..Kasumi?
-¡Sí, mi niña, soy yo! _respondió fundiéndose en un fraternal abrazo.
-¡Kasumi, quiero irme de aquí!, ¡quiero volver contigo! _ suplicó Akane entre sollozos.
Entonces un ápice de esperanza apareció en su rostro separándose abruptamente de su hermana.
-¿Viniste a buscarme?, ¿podré irme contigo?
Kasumi sintió su corazón quebrarse en mil pedazos. Como quisiera responder a su hermanita que sí, que efectivamente la liberaban de aquel terrible lugar.
No pudo contener sus lágrimas y con la sonrisa más cálida que pudo poner, negó con su cabeza.
-No, mi querida. He venido aquí porque me han dicho que estás muy enferma y me quedé muy preocupada, porque mi amada y fuerte hermana jamás se enferma _dijo, atestiguando como el rostro de Akane se angustiarse ante su negativa.
Ella secó sus lágrimas con sus dedos y acaricio su mejilla.
Akane la miró y le confesó:
-No quiero seguir aquí, prefiero… prefiero morir Kasumi.
Su hermana la tomó nuevamente entre sus brazos y Akane ocultó su rostro el pecho de Kasumi, aferrándose a ella como si fuera a desaparece en cualquier momento. La mayor de las Tendo no podía creer que su hermana estuviera diciendo esas duras palabras. No, Akane no era así, no podría darse por vencida.
-Mi niña, por favor no digas eso.
-¡Lo intenté, quise ser fuerte, quise demostrarle que a pesar de que me engañó, de que me forzó a estar aquí, yo no iba a ceder ante él!
Se separó de su hermana para contemplar sus piadosos ojos y continuó.
-Pero llegó la noche y me sentí sola, completamente sola. El pensar que nunca más estaría con ustedes… con Touma… ¡Todos mis sueños junto a él, todo, todo se fue al vacío, desapareció!
Akane estaba a punto de caer en la desesperación cuando las suaves manos de Kasumi tomaron su rostro haciendo que la mire.
-Escúchame Akane, no sé por qué el destino puso a este hombre en tu camino… siento que es mi culpa _afirmó bajando su mirada con culpa.
-¡No!, ¡No, Kasumi, esto no tiene que ver contigo!
Kasumi la miró con profundo amor. Incluso en esta situación su hermana intentaba cuidar de ella.
-Él nos ha hecho un enorme daño, nos ha engañado, nos ha humillado… se ha llevado a nuestra pequeña Akane de nuestro lado, no entiendo por qué lo ha hecho.
-¡Solo quiere jugar conmigo Kasumi, por alguna razón se ha encaprichado en tenerme en su palacio, como si fuera su mascota, sin importarle en lo más mínimo como arruinó mi vida!
-No lo sé Akane, créeme, también lo desprecio. Pero aquel muchacho que conocimos como tu alumno, no tenía la maldad que este hombre aparenta.
-¿Aparenta? ¡Lo es!
-Hay algo en sus ojos…
-¡Basta Kasumi! _se separó de ella_ ¿qué quieres decir? _la miró incrédula.
-¡Que mientras haya vida, hay oportunidades!_ gritó la castaña_ que mientras sigas con vida _continuó_ existirá la posibilidad de que vuelvas a nuestro lado… ¡Quizás, quizás estar aquí sea una oportunidad de lograr algo, algo grande Akane _tomó sus manos_ ¡Es tu destino!
-¡Yo no creo en el destino, hermana, tú lo sabes.
-Lo sé. Pero crees en ti, crees en tu capacidad y tu fuerza.
-Ya no tengo fuerzas _suspiro intentando zafar sus manos.
-¡Las tienes Akane! _aseguró, apretando fuertemente su agarre_ ¡Mirame! _comandó_ ¡Las tienes y si yo vine aquí es para recordártelo!... Así que no te atrevas a desfallecer, ¿me entiendes? ¡No te atrevas a bajar los brazos! Estas aquí y si no hay una razón del destino detrás de eso, entonces tú crearas el sentido. ¿Escuchaste?
Nunca su hermana había hablado con palabras tan duras, pero tan claras.
Kasumi se levantó del lecho de la futura consorte y tomó la comida que hace minutos atrás fue dejada en la morada.
-¡Ahora come! _ordenó.
Lentamente Akane comenzó a ingerir los alimentos que con devoción su hermana le propinaba.
Kasumi tenía razón. Mientras ella estuviera con vida siempre habría posibilidad de volver junto a ellos.
-Señorita Kasumi_ interrumpió Yuka.
Amabas miraron a la muchacha previendo sus palabras.
-Tiene que irse, señorita.
Ninguna de las dos quería separarse, pero ambas sabían que debían hacerlo por mutuo bienestar.
Así que con un fuerte abrazo se despidieron, prometiendo continuar la lucha contra su destino o su suerte.
A penas partió su hermana, Akane cayó rendida sobre la cama nuevamente.
Yuka cuidó de ella toda la noche, poniendo comprensas de agua fría sobre su delicada piel.
Al ver a Kasumi y enterarse del parentesco entre las dos comprendió de inmediato por qué de hecho ya apreciaba tanto a su señora. Kasumi fue una de las mejores compañeras que había tenido desde que llegó al palacio. A diferencia de las demás sirvientes que competían entre sí para llegar a lo más alto de las jerarquías existentes dentro de la servidumbre, ella permanecía ajena al conflicto. Había entrado a trabajar al palacio por un corto plazo de tiempo. Kasumi le confió que quería juntar dinero para acondicionar su futura casa junto a su esposo. Compartieron muy poco tiempo juntas, de un día a otro desapareció. Poco después los soldados que trabajaban sirviendo al príncipe Ranma comenzaron a interrogar sobre una sirvienta que huyó del palacio. Kasumi tenía un perfil tan bajo que la mayoría desconocía su identidad o paradero, y ella, ella jamás revelaría lo que sabía de la joven. El príncipe iba a matarla, y ella no iba a colaborar en semejante injusta resolución.
El malvado hombre efectivamente se encontraba pagando con creces sus pecados. Estaba retorciéndose en la oscuridad de su habitación esperando noticias sobre Akane.
Rogaba a los cielos que Kasumi la haya ayudado, que Akane se haya sentido reconfortada por la presencia de su hermana. Él conocía la profundidad de su lazo y del amor que ambas se profesaban. Indicó enfáticamente a su escudero que le rogara salvar a Akane, transmitiendo el juramento que apenas ella fuese nombrada su consorte, si era necesario, traería a toda su familia a vivir dentro del palacio con tal de que su amada no estuviese triste, mucho menos enferma.
-Por favor mi amor, no te dejes ir.
"Dejar ir". Sucumbió de odio al escuchar a su escudero decir esas palabras. Las mismas contenían una gran verdad. Era cierto. Ella estaba enfermando de tristeza y lo único la salvaría era permitir que volviera a su familia. Por eso resolvió hacer lo contrario, traer su familia a ella. Era egoísta, sí. No la dejaría ir. Antes de ello, si no quedaba otra alternativa, él partiría con ella. Pero su destino ya estaba atado al de su peliazul, incluso si ambos debían morir.
Era egoísta, sí. Un maldito egoísta.
Hibiki se anunció y el príncipe se precipitó a su encuentro.
-Ella ha comido, mi señor, también se ha hidratado. Ahora está descansando y una sirvienta velará por ella toda la noche.
Ranma sintió un enorme alivio que hizo flaquear sus piernas.
-¿Puedes infiltrarme en su habitación? _pidió de rodillas a su escudero como si fuera un pequeño niño_ Por favor Hibiki, tengo que verla.
Su sirviente se compadeció al verlo tan miserable. Pero no pondría en riesgo la vida de su señora.
Akane era su señora, él velaría por ella, decidió.
-No puedo, Su Majestad. Su habitación está custodiada.
-¡Has podido hacerlo con Kasumi! _exclamó furioso.
Ranma sentía que su sirviente simplemente no quería hacerlo.
-A ella nadie la conoce dentro del palacio, fue fácil hacerla pasar por una sierva. Por favor, crea en mí. Mi señora Akane, se encuentra bien.
Ahí estaba de vuelta. "Mi señora". A Ranma no le agradaba en lo más mínimo el modo en que el escudero se refería sobre su mujer.
Pero ahora no podía pensar con claridad.
Resignado lo despachó, se levantó del piso para desplomarse sobre su cama.
Las noticias de la pronta recuperación de la futura Cuarta Consorte llegaron a los oídos del príncipe. Convocó a su escudero de inmediato quien confirmó que Akane se encontraba en ese mismo momento recibiendo lecciones de protocolo real.
El proceso de nombramiento se había reiniciado nuevamente.
Akane resolvió continuar, no sabía qué pasaría con ella, ni por qué se había cruzado con aquel hombre. Pero estaba determinada a que todo lo que había perdido debido a su suerte le serviría para ganar de alguna otra manera.
Los días fueron pasando. Cada jornada una lección distinta, protocolos de todo tipo, clases de historia y geografía, formas refinadas de comer, de caminar, de hablar, hasta de respirar. Pero ella no era una campesina ignorante como sus instructores creían. Akane sabía sobre la historia del reino, conocía el legado de la familia real, poseía modales tal vez no tan refinados como los que se exigían en el palacio, pero los tenía. También conocía la mayoría de las danzas que tuvo que memorizar para desplegar tanto en público como en la intimidad de su alcoba. Sin embargo, aquellas clases donde le explicaban sus obligaciones como consorte real revolvían su estómago. Era claro que el deber de toda concubina era estar al servicio de su marido, complaciendo todos sus deseos y órdenes, siendo el principal labor el quedar embarazada lo antes posible.
Akane sabía que él intentaría de inmediato satisfacer sus bajos instintos con ella y que cuando ello aconteciera probablemente se olvidaría de su existencia. Pensó que tal vez mientras antes permitiese que él se saliera con la suya, antes quedaría libre de él. Pero estaba aterrorizada. Aquellas lecciones donde le explicaban cómo debía llevar a cabo el acto sexual le resultaban repulsivas. Quizás ella era muy inocente. Lo máximo que llegó a imaginar de su noche de bodas con Touma era muy diferente a lo que le habían enseñado. Tal vez hubiese sido exactamente igual con Touma, pero no lo creía. Él era gentil y la amaba al igual que ella a él. Sus noches con él prometían ser de ensueño, todo lo contrario a lo que acontecería al lado de la bestia de Saotome.
"Touma".
No había momento en el día en que no se preguntara por él. Todas las noches se dormía llorando por sentir que de alguna manera lo había traicionado, aunque sabía que no era así. Ella lo amaba, no fue su elección estar allí. Ella lo amaba y lo amaría por el resto de sus días.
Rogaba que él se encontrase bien. Desde el momento en que se separaron no volvió a tener noticias de su prometido.
Los días transcurrieron con suma rapidez para la muchacha y con letal lentitud para el joven heredero. No soportaba mas la espera. Quería estar junto a ella, junto a su amada Akane con desesperación. Lo único que le llevaba tranquilidad era saber que ella estaba bien. Y que en solo un día ella se convertiría oficialmente en su consorte y ya nadie lo separaría de ella.
Esos días fueron duros. Trato de ocuparse de sus labores reales junto a su padre, examinando diversos decretos, pedidos e informes que diariamente llegaban ante ellos. Hizo su mejor esfuerzo por focalizarse en resolver sus tareas pero su cabeza estaba inmersa en lo que estaría haciendo Akane, en su salud, en los preparativos de la boda y nombramiento… en las fantasías de cómo sería su noche de bodas.
El solo pensar en aquel momento lo tensionaba de pies a cabeza, pero no de una forma negativa. Lo tensionaba la idea de poseerla, de tenerla entre sus brazos, de besar cada centímetro de su piel descubierta por él, de morder sus labios, adentrarse en su boca con pasión, de introducirse en su interior. La idea de cómo se sentiría estar en ella lo volvía loco noche tras noche. Debía recurrir a autosatisfacerse para hacer ceder su excitación.
Sin tan solo sus consortes hubieran tenido conocimiento del estado del príncipe hubiesen desatado una guerra por ser aquella en satisfacer sus necesidades. Pero ninguna podía tener intimidad con su marido hasta la ceremonia, ya que también el protocolo las restringía a ellas. El príncipe debía guardar todas sus fuerzas y deseos para cumplir exitosamente con sus obligaciones conyugales la noche de bodas.
Por primera vez el príncipe aguardaba con desespero esa noche. Las veces anteriores no llegaba sobrio. Con ninguna de sus tres consortes pudo cumplir con sus deberes maritales, pues los tres matrimonios fueron en contra de su voluntad. Y el alcohol era el único aliado con el que contaba para atravesar esa terrible situación y no morir en el intento. Para el momento en que llegaba la noche, estaba tan ebrio que caía inconsciente sobre la morada matrimonial.
Con Akane no requería una gota de alcohol en su sistema. No quería perderse un segundo de ese día.
De ese glorioso día que por fin llegó.
No pudo pegar un ojo en toda la noche, la expectativa sobre lo que ocurriría ese día lo mantuvo despierto.
Ella tampoco, pero no era la emoción o la alegría lo que la mantuvo en vigilia. Ese día sería el fin de todos sus sueños y proyectos. De su vida junto al hombre que amaba, al sueño de fundar una pequeña escuela para los niños de su pueblo, a la familia que armaría junto a su esposo, a las cenas junto a su padre y hermanas, a la biblioteca popular, a la pequeña casa junto al enorme y viejo Sakura.
El adiós a la felicidad.
Llamaron temprano a su puerta. La alimentaron, le dieron un baño con hermosas fragancias en una tina repleta de pétalos de rosas. Perfumaron su pelo. La maquillaron con delicadeza, colocaron ornamentos en su cabellera complejamente peinada. La vistieron con un hermoso vestido de novia tradicional y colocaron unos hermosos zapatos increíblemente incómodos.
Se miró al espejo por última vez, despidiendo a la muchacha inocente y soñadora que quedaba en ella.
Una lágrima que no se animo a secar escapó de sus ojos, y tomando valor dejó la habitación dirigiendo sus pasos al salón ceremonial.
Las pesadas puertas se abrieron ante los ojos de un hombre notablemente nervioso y expectante. Su majestad se veía sumamente apuesto vistiendo sus atuendos reales que combinaban con el hermoso traje de su novia. No había mujer u hombre en el palacio que no contemplara con deseo o celos su deslumbrante porte.
Claro que todos los ojos y admiración se desplazaron a la joven novia que ingresaba ahora al lugar.
Ranma quedó impactado al verla
"Es magnífica, y es mía", pensó.
Así comenzó la boda real.
Así comenzó la historia entre el Príncipe heredero Ranma Saotome y su Cuarta Consorte Akane Tendo.
