Hola a todxs! Cómo están? Como siguen con sus cuarentenas? Espero que sigan bien y que todo termine prontito!
Como siempre, mil gracias por sus comentarios y opiniones.
Espero que les guste el nuevo capítulo ya que se comenzaran a comprender como son las cosas dentro del palacio y como afectarán a nuestros queridos personajes.
Muchas gracias por sus comentarios a quienes no puedo responder por privado:
Hikari: Definitivamente el personaje de Ranma evolucionará Hikari, es inevitable porque Akane lo afecta profundamente, a pesar de que sí, ahora es un idiota, jajaja
Grace: El amor de Akane definitivamente sera dificil de alcanzar, pero Ranma no se ve muy convocado a rendirse.
Rosii y Liliana: Muchas gracias por sus palabras! Aqui les dejo el nuevo capítulo.
Daya: Muchas gracias por tu mensaje, me encantó que pienses que el relato se corresponde con las características de la época en la que intento que transcurra, me alegró mucho! Que bueno que la historia aporte un poquito aunque sea en hacer de esta cuarentena algo mas entretenida.
Quedo aguardando sus reviews!
Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.
ERES MÍA
Cap 10: Las Consortes
Se despertó de forma lenta y gradual, de esa forma en que uno se despierta al haber descansado profundamente. Entreabrió sus ojos con pereza anoticiándose de la calidez que despedía el cuerpo, todavía, atrapado entre sus brazos. No pudo evitar sonreír, para luego elevar suavemente la cabeza con el fin de divisar a su esposa que aún soñaba.
Entonces se dio cuenta de que un hombre de su peso y tamaño estaba durmiendo sobre aquel pequeño ser humano, quien sabe hace cuántas horas, asumiéndose de inmediato culpable de estar aplastándola. Sin embargo no quería despertarla, si era sincero querría seguir en esa posición eternamente. Pero la estaba dañando. Así que sigilosamente retiró sus brazos que estaban debajo del cuerpo de su esposa, haciendo fuerza con ellos para levar su torso y luego erguirse, estirando cada uno de sus también acalambrados músculos. Por supuesto que todo lo hizo sin retirar su atenta mirada de la bella dama que dormía boca arriba en la enorme cama. Anticipaba que el verla dormir despertaría su curiosidad, era algo así como un anhelo a cumplir. Jamás imaginó que se sentaría sobre el frío piso, justo al lado del mullido mueble que sostenía el precioso cuerpo de Akane, solo para observarla con tanta dedicación, con tanta ternura y tanto deseo. Quería tocar su cabello, quizás acariciar su rostro, tal vez besar sus labios, probablemente hacerle el amor. Nunca previó que compartir la cama con alguien podría generarle tantas sensaciones. Ninguna de sus consortes había despertado algo así. Todo siempre se reducía a penetrarlas con suma concentración para no eyacular dentro de ellas, asegurándose además que no se percataran de ello, solo como una de las medidas precautorias que había tomado para no embarazarlas. Con lo cual el acto en si tenía más de tensión y nervios que de placer. Pero debía hacerse. No quería ser padre, no estaba seguro de lograr amar a un hijo de ellas. Inevitablemente desvío su mirada al vientre sobre el cual había descansado hace solo unos minutos atrás. Nuevamente se encontró sonriendo, nuevamente sorprendido del hilo de sus pensamientos.
El sol estaba empezando a asomarse por la ventana. Sabía que ya no podía quedarse contemplándola. El maldito protocolo.
Así que se contuvo de tocar a la mujer que permanecía inmóvil a centímetros de él y antes de retirarse la abrigó con la suave colcha extendida al lado opuesto de la cama.
Al abrir la puerta se encontró con sus súbditos que aguardaban por él para acompañarlo hasta sus aposentos.
Una sirvienta, sin embargo, permaneció al pie de la puerta. Fue allí cuando la reconoció de inmediato.
-Ven _llamó haciendo una seña con su mano.
-Mi Señor _respondió la mujercita, desplegando una perfecta reverencia.
- Cuando Lady Akane despierte, has todos los preparativos que indica el protocolo para que se entienda claramente que nuestro matrimonio se ha consumado, ¿entiendes? _ordenó con cautela.
La muchacha no comprendía a qué se refería con total claridad, así que solo asintió.
-De ahora en adelante cuidarás a Lady Akane con tu vida, muchacha. Si algo le sucede vendrás a mí y me lo informarás personalmente.
-Sí, Su Majestad.
-Y me refiero a cualquier cosa_ continuó_ si está triste, si está contenta, si se enferma, si quiere algo, lo que sea. Tú me informarás a mí en persona todo, absolutamente todo lo que pase con ella.
- Cumpliré con sus órdenes, Mi Señor.
-Serás recompensada, así que no te atrevas a fallarme. Porque así como puedo ser sumamente generoso, sabes que soy severo e implacable cuando alguien me falla.
La muchacha se atemorizó ante sus palabras, así que solo pudo asentir repetidas veces mientras el príncipe caminaba lejos de la habitación que había pertenecido a su madre y que ahora tenía una nueva dueña.
Su moradora permanecía aún dormida cuando Yuka ingresó una hora más tarde. Debía despertarla pues tenía que presentar sus saludos a la Reina Madre conjuntamente con las demás consortes.
Se acercó a ella. Su maquillaje manchaba sus mejillas, evidenciando las lágrimas que había derramado durante la noche.
Se sorprendió al ver que su Ama tenía los zapatos puestos y que su yukata permanecía prolijamente arreglada. Entonces recordó las palabras del príncipe. Cuando prestó mayor atención se percató que incluso la cama permanecía ordenada, solo el cobertor estaba doblado por encima de la mujer que dormía en boca arriba en una incómoda posición.
-Mi Señora _llamó la súbdita moviendo suavemente el hombro de Akane, quien reaccionó de inmediato.
-¿Yuka? _preguntó apenas distinguiéndola.
-Sí Mi Señora, vengo a alistarla para llevarla con la Reina Madre.
Akane no entendía sus palabras, pero sí se dispuso a observar la habitación con notable inquietud.
-Él se ha ido al amanecer, Mi Señora.
La consorte exhaló aliviada.
-Akane.
-¿Eh?
-No me llames "mi señora", soy Akane. Por favor dirígete a mí de esa forma.
-¡No, no podría!
-¡Claro que sí, inténtalo!
-¡Me castigarán! Es una falta de respeto.
Akane se sentía indignada.
-Falta de respeto es que me llames de una forma tan impersonal cuando mi madre ha elegido un nombre especialmente para mí. Y por lo que sé, se esmeró mucho en ello, ¡tardó meses en decidirse! _bromeó.
La chica sonrió tímidamente.
-¡Vamos! Lo haremos cuando estemos las dos solas, ¿te parece?
La muchacha asintió.
-Gracias Yuka, eres mi única amiga en este lugar. No eres mi sirvienta, quiero que sepas eso.
-Sí, Mi Seño… Akane.
La aludida sonrió con agrado. Yuka era la única persona con quien podía contar aquí adentro.
-Akane… ¿él… ustedes? _dirigiendo su mirada a la cama.
La joven esposa, comprendiendo las palabras no dichas, contestó negando con su cabeza cuando los recuerdos de todo lo acontecido esa noche llegaron a su consciencia.
Yuka la miró confundida. Pero no era una novedad que Su Majestad no cumpliera con sus obligaciones maritales, claro que ello era secreto de estado. Así que, contando con la experiencia de las sirvientas de las demás consortes, se encargaría del asunto, no sin antes acompañar a su señora al cuarto de baño.
Mientras la cuarta consorte se ocupó de borrar de su cuerpo la fragancia masculina que inundaba cada célula de su piel, la sirvienta se encargó de retirar las sábanas de la cama matrimonial sabiendo exactamente qué hacer para evidenciar lo que en realidad no pasó.
Cuando fue a asistir a Su Señora al baño, ésta ya estaba vistiéndose con la blanca yukata que formaba parte de su ajuar de novia.
-¡Mi … Akane, disculpe mi tardanza por favor!
-¿Por qué te disculpas? _rió Akane.
-Usted debe permitir que yo la asista, es mi trabajo.
- No te lo he permitido antes de estar casada, ¿por qué te lo habría de permitir ahora? _dijo denotando obviedad.
Salió del baño, encontrándose con la cama tendida.
-¡Oh! _exclamó extrañada.
-No se preocupe, Akane. Ya me he encargado.
-¿Encargado?_ interrogó.
-Ello piden evidencia… de que el matrimonio se ha consumado _respondió con timidez.
- ¿Qué pasaría si se sabe la verdad?
Tal vez no era una mala idea. Puede ser que disuelvan el matrimonio y la expulsen del palacio.
-Probablemente la matarían.
Akane abrió los ojos espantada.
- Si usted no cumple con su deber de servir al príncipe… la acusarían de traición, especialmente si ocurre en la noche de bodas.
-¡No puedo creerlo! _exclamó aún más indignada.
-Lo siento, Akane.
-No tienes que sentirlo, Yuka. ¡No puedo creer que la culpa de todo siempre sea del más débil!
-"La consorte debe garantizar la gestación de herederos para el trono"_ recitó Yuka_ si usted se opone a ello, se considera que traiciona a la nación.
-Es decir… que tengo que aceptar si o si que él… que él…
-Sí _respondió bajando su mirada.
- No sé si no sería mejor la muerte _susurró la consorte.
-No diga eso Akane _pidió tomando su mano.
-Yuka, ¿podrías traerme otras ropas?_ cambió de tema.
Su vestimenta olía a él y ya no podía soportarlo.
-¿Recuerdas mi yukata turquesa? _prosiguió_ Me encantaría usarla hoy.
-Espere aquí Mi Señora.
A continuación la joven se dirigió a la entrada y abrió las puertas dejando ingresar a media docena de sirvientes al interior del dormitorio.
-Buenos días, Lady Akane _exclamaron al unísono.
-Bueno… días _respondió sorprendida_ ¿Qué es todo esto?
- El Príncipe ha enviado estos presentes de bodas para usted, Mi Señora _respondió Yuka.
Cada sirviente traía en enormes bandejas y cofres los regalos que Ranma había comprado para su esposa.
Una bandeja repleta de collares, anillos, aros, pasadores y horquillas para el cabello, todos hechos con los mejores metales y adornados con piedras preciosas. Otra con los perfumes, cremas y maquillajes más caros del reino. Un tercer súbdito sostenía un cofre repleto de monedas de oro en su interior. Otro sirviente cargaba una enorme caja con elegantes kimonos y yukatas confeccionados con excelentes sedas traídas de China, exhibiendo hermosas estampas y bordados. El quinto en la fila cargaba otra caja con una decena de zapatos y medias, igual de finas que las demás vestimentas. Y por último una muchacha presentaba una pila de hojas, pinceles, plumas y tintas de diversos colores.
Akane no podía creer lo que estaba viendo.
-¡Llévense todo esto de aquí! _dijo con un tono más severo del que intentó poner.
-¡Mi Señora! _exclamó Yuka_ ¡Son regalos, no podemos regresarlos!
- ¡No los quiero! Devuélvanlos al Príncipe Ranma… de inmediato_ agregó al borde de una crisis de nervios.
No podía creer el atrevimiento de su ahora esposo. ¿Acaso no le dejó en claro que no tenía sentido alguno querer ganar su simpatía?, ¿pensaba que podía comprar su estima?
-Es parte del protocolo, Mi Lady. A todas las consortes se les ha hecho estos presentes _comunicó Yuka advirtiendo los pensamientos de Su Señora.
Lo que no enunció fue el hecho de que él Príncipe jamás se había ocupado personalmente de elegir y comprar los regalos para sus demás consortes. Siempre se encargaba la Reina Madre de elegir las dotes para las mujeres, que distaban mucho la abundancia y el elevado valor que tenía la dote de la cuarta esposa.
Akane se mantuvo en silencio procesando todo lo que acontecía y por sobretodo tratando de contener su ira. Ellos no tenían responsabilidad alguna en todo esto, no debía recibir sus quejas.
-Disculpen mi falta de educación _pidió a los sirvientes quienes no podían creer que alguien se refiriera a ellos con tanto respeto_ Son momentos muy difíciles para mí, pero no es culpa de ustedes. Por favor, dejen todo lo que han traído en aquel rincón y vuelvan con sus tareas, muchas gracias a todos.
De inmediato cumplieron con su indicación, mientras Akane caminaba nerviosamente de un lado a otro, y luego se retiraron.
Yuka se dispuso a buscar las prendas para vestir a Akane pero ésta la detuvo.
-¡No se te ocurra tocar ninguno de esos objetos, Yuka!
- Pero Mi Señora, debemos elegir un atuendo para ir a-
-¡No quiero! _interrumpió_ No quiero nada de eso. Y te pedí que me llames por mi nombre _reiteró.
- Akane… por lo menos la ropa…
-Ve a buscar mis prendas, ¿sí? Estoy segura que las has guardado para mi, ¿verdad?
- Lo he hecho. Guardé todo lo que había en su habitación por si usted lo requería. Pero-
- ¡Eres una gran amiga! _arremetió sin perder más tiempo_ Ahora ve a traerlas mientras yo me peino.
- ¡Oh, no! Ese es mi trabajo, por lo menos déjeme-
- ¡No lo es! Yo he peinado mis cabellos desde hace mucho tiempo. Kasumi me ha enseñado. ¡Ahora ve!
Yuka se retiró de la habitación incómoda. Sabía que nada bueno saldría de las órdenes de Su Señora, quien comenzaba a demostrar cuan testaruda podía llegar a ser.
Volvió con los objetos y prendas de Akane que había guardado y las depositó frente a su dueña. Akane tomó la vestimenta que buscaba y se la puso.
Había peinado su larga cabellera en una trenza, finalizando así los arreglos sobre su persona, lista para el saludo a la Reina Madre.
Se veía preciosa y juvenil, nadie podía negarlo. Pero lejos estaba se aparentar ser la esposa de un príncipe, pues todo en ella gritaba humildad y simpleza, totalmente opuesto a lo que debía representar. Y Yuka lo sabía.
-Akane, no creo que deba presentarse así. Usted debe vestir alguna de las prendas que envió el Príncipe, ponerse algún collar, maquillarse un poco o por lo menos usar un adorno en su cabello.
Ajena al comentario de su nueva amiga, pero con inconsciente desafío, avanzó hasta el palacio Tsubaki, seguida de su pequeña escolta que constaba de dos sirvientas y dos guardias.
Al llegar al salón donde se realizaba diariamente el saludo a la Reina, se anunció su llegada.
-La Cuarta Consorte Akane, ha llegado.
Ingresó con paso firme al salón que estaba para su agrado vacío, a excepción del eunuco de la reina que aguardaba junto al trono la llegada de las demás consortes y de su propia Señora.
Akane hizo una reverencia y se sentó en el asiento indicado, bajo la mirada de disgusto del hombre. Sus sirvientes se colocaron detrás de ella.
Poco después las puertas se abrieron y pudo escuchar el anuncio.
-La Tercera Consorte Kodachi, ha llegado.
Akane la observó reconociendo a la bella joven de voluptuoso flequillo, la misma que lloraba escandalosamente ayer en "su boda".
La muchacha era alta y delgada, poseía una larga cabellera negra, piel de porcelana y un producido maquillaje que resaltaba sus rasgos delicados. Sin duda pertenecía a la realeza.
La Tercera Consorte avanzó hasta quedar a la altura de Akane y la miró atentamente mientras Tendo hizo una leve reverencia plantando su mejor sonrisa.
Ella no tenía nada en contra de aquellas mujeres. Deseaba incluso tener una buena relación con ellas. Pero la mirada de rabia que le dedicó la morena reveló que con ella eso no sería posible.
La mujer se sentó al lado de Akane desplegando un abanico que no dudó en utilizar, emitiendo murmullos que la joven no pudo descifrar.
-Ella es la tercera esposa del Príncipe, la hija menor de los Tatewaki, uno de los reinos más ricos que existen _susurró Yuka en el oído de su Señora.
Akane asintió disimuladamente.
-La Segunda Consorte Shampoo, ha llegado _se escuchó un nuevo anuncio resonando en el salón.
Allí estaba esa mujer. No solo se podía decir que era muy bonita, sino que despedía sensualidad en cada paso que daba. No era tan alta ni delgada como la Tercera Consorte, pero su cuerpo revelaba curvas hiper femeninas que seguramente pondría a cualquier hombre a sus pies. Su cabello de tonos violáceos solo colaboraba con hacerla más exótica y su mirada, que se clavó en el rostro de Akane por unos segundo mientras ésta saludaba en reverencia, le dio escalofríos. Tendo, que era sumamente audaz, pudo leer que detrás de aquella sonrisa se escondía un gran peligro del cual tenía que protegerse.
Se sentó en el asiento frente a ella al otro lado del pasillo, justo en el momento en que se anunciaba la llegada de la Primera Consorte, Ukyo.
La doncella era la más sencilla de las tres y ciertamente la menos terrorífica. Pero no por ello menos bella. Alta, castaña y con deslumbrantes ojos claros. Cuando Akane la saludó ella no se detuvo a mirarla, por lo menos no fingió simpatía, mucho menos rencor, simplemente avanzó hasta tomar su asiento frente a Kodachi, junto a Shampoo.
-La segunda esposa es la nieta de la Reina Madre. Son las mujeres más poderosas del reino, no solo por su posición política sino por su riqueza. Su nación está gobernada enteramente por mujeres.
Akane pudo comprender la actitud tanto de la nieta como de su abuela. Se sabía que las amazonas eran mujeres fuertes, independientes y temerarias. Akane las admiraba por ello, pero aún así ambas le daban miedo y desconfianza.
-La primera esposa es hija de un noble que no tiene mucha riqueza o jerarquía _continuó informando Yuka_ pero es el mejor amigo del Rey Genma. Se dice que el Rey le debía un gran favor y prometió casar a su hija con el Príncipe. Ellos dos eran amigos, ambos crecieron juntos así que suponían que su matrimonio sería aceptado de buena manera.
Akane no pudo evitar pensar en su propia historia de amor con Touma. Probablemente ellos tenían una similar. Recuerda claramente la imagen de Ukyo anoche. Era una sincera mirada de tristeza. La entendía por completo. Era claro que ella se había casado por amor. Pero, ¿y él?
No pudo seguir concentrada en sus pensamientos pues la Reina Madre acababa de llegar.
-Su Majestad, La reina Cologne ha llegado.
La mujer entró desplegando seguridad y autoridad. Las consortes se levantaron y la saludaron haciendo una reverencia formal, conjuntamente con todos los súbditos presentes.
Cuando la anciana llegó a su trono, llevó su mirada a la nueva consorte.
-Lady Akane, levántate.
Confusa, la aludida cumplió con su orden.
-Acércate _sentenció a continuación.
Akane, seguida por Yuka, obedeció lo solicitado.
-¿Por qué tu señora está vestida como si fuera la sierva que alimenta a los cerdos?
Kodachi no pudo contener una breve pero sonora risa.
-Yo quise vestirme con mis antiguas prendas, son mas… cómodas _ respondió Akane conteniendo su irritación.
-No te he preguntado a ti. Dime _continuó, observando fijamente a Yuka_ ¿Por qué tu señora se presenta ante mí vistiendo de forma tan ridícula?
-¡Lo siento Su Alteza! _dijo postrándose a sus pies_ Es mi culpa, no pude preparar a mi señora como debía hacerlo.
-¿Qué?, ¡No! _estalló Akane agachándose junto a Yuka en un intento de levantarla del piso_ ¡Tú no hiciste nada malo!_ negó intentando fallidamente hacer que la muchacha se ponga de pie_ ¡Fui yo! _exclamó dirigiéndose a la Reina_ ¡Yo quise vestirme así, Yuka solo siguió mis órdenes!
-¿Acaso no sabes quién eres? _dijo en un tono de voz autoritario_ ¡Eres la esposa del Príncipe! ¿Crees que puedes andar vestida como una campesina?
-¡Es lo que soy!, ¿O acaso usted cree lo contrario? _la desafió sin poder contenerse.
-Lo eres, pero aquí debes pretender ser algo que jamás serás: una dama. Eunuco Sato, la sirviente de la Consorte Akane recibirá quince latigazos por no haber servido eficientemente a Su Señora.
-¡No!, ¡Ella no tiene la culpa! _reclamó Akane enfurecida.
Las sirvientas que habían entrado acompañando a la Reina tomaron a Yuka por los brazos, quien solo atinó a dedicarle una sonrisa a su reciente amiga, mientras las lágrimas comenzaban a rodar sobre su rostro anticipando el dolor de las varillas de madera sobre su piel. La distanciaron de Akane, la hicieron arrodillar y la voltearon haciéndola quedar de espaldas frente a su señora.
El eunuco se posicionó entre Akane y la muchacha y empezó con el castigo dando un primer golpe sobre la espalda de la súbdita fuertemente sostenida.
Yuka no pudo contener un grito que expresaba dolor, al igual que la segunda y tercera vez que su espalda fue marcada. Para la cuarta y quinta vez solo mordió sus labios mientras sus lágrimas caían con mayor intensidad.
Un inesperado calor abrazó su cuerpo y los latigazos que seguían resonando en la habitación ya no ardían sobre su piel. Entones giró su cabeza sobre su hombro y divisó cabellos azulados yaciendo sobre ella.
-¡No!, ¡No, mi señora!, ¡Por favor!
Akane la abrazó con más fuerza. Se había escabullido entre el eunuco y la sirvienta exponiendo su propio cuerpo al castigo que sin intervalos cayó sobre ella cuando la reina dio la orden a su sirviente de que continuara sin ningún reparo.
Akane no emitió sonido alguno, solo apretó sus puños y rechino sus dientes conteniendo su llanto. Jamás le mostraría debilidad a aquella mujer.
Cuando los latigazos terminaron Akane cayó rendida sobre el piso y una vez que Yuka fue liberada se giró sobre sus pies tomando a su señora.
-La próxima vez que no cumplas con las formalidades que te incumben como Consorte del Reino, no serán quince latigazos los que tú y todos tus siervos recibirán. Esto es solo una muestra de mi nobleza por ser la primera vez que me ofendes. Pero también será la última. Mañana recitarás para nosotras todas las reglas del protocolo real de memoria. Y si te llegas a equivocar me obligaras a que te corrija, pues parece que las lecciones que tenías que aprender durante tu entrenamiento no surtieron efecto.
-No se preocupe, Su Alteza _dijo levantándose con la ayuda de Yuka_ no volveré a decepcionarla.
-Eso espero. Ahora ve a tus aposentos. No puedes salir bajo ninguna circunstancia.
Akane se irguió ante la Reina y al instante se retiró haciendo una reverencia.
Juró que las escuchó reír a carcajadas cuando dejó el lugar, pero realmente no le importó. Solo se sentía sumamente culpable de haber hecho que lastimaran a su amiga, quien caminaba a su lado con suma preocupación.
Al entrar al cuarto Akane tomó las manos de su súbdita.
-¡Perdóname por favor Yuka! _suplicó con congoja_ Debí hacerte caso cuando me advertiste de que esto esta una mala idea _dijo tomando un extremo de su sencilla prenda_ ¡Por mi culpa te han lastimado!
Como si se diera cuenta del significado de sus palabras la hizo voltear y contempló sus ropas con hilos de sangre sobre su espalda.
-Debemos curarte.
-¡Mi Señora! ¡Por favor, usted está mucho más herida! _exclamó consternada.
-Estoy bien, créeme. Esto no es nada.
Akane abrió la puerta de su habitación y ordenó a su otra criada que trajera una serie de hierbas para curar las heridas.
Yuka la contemplaba pasmada. Se acercó a Akane y le pidió que por favor la dejara curar sus heridas primero, pero Akane se negó.
-Primero tú, es mi responsabilidad y si no me dejas asumirla me quedaré llena de culpa.
Y sin esperar respuesta guió a la muchacha a la enorme cama y la obligó a sentarse. En ese momento la otra sierva entraba a la habitación con las hierbas en sus manos.
Akane le agradeció y le pidió que antes de irse trajera unas gazas y agua en una fuente.
Mientras, ella separó con cuidado la vestimenta de Yuka dejando al descubierto su lastimada piel.
Con todo ya preparado prosiguió a curarla.
-Mi Señora, por favor.
-Akane, Yuka, soy Akane. Presta atención como trato tus heridas porque luego te tocará a ti.
Con eso la hizo callar.
-Sabes, cuando era pequeña me vivía cayendo y lastimando. Caía de los árboles, raspaba mis rodillas por correr y tropezar, recibía arañazos, incluso algunos golpes cuando peleaba con otros niños. Era una marimacho, como decía mi Touma. Mi papá solía enojarse mucho porque no me comportaba como una señorita, como sí lo hacían mis hermanas mayores, y a veces cuando volvía a casa con mis ropas rasgadas y mi cuerpo sucio de lodo, rascándome frenéticamente la piel por la comezón que me dejaba el haberme revolcado en el pasto, él solo enloquecía. Así que me corregía con algunos latigazos como los que recién recibí, solo que no eran tan fuertes y nunca fueron más de tres. Como verás, sé muy bien cómo curar heridas y soportar dolor. No te preocupes que ninguna cicatriz quedara en tu piel.
De repente Akane se quedó en silencio mientras se dedicaba a curar a su amiga, asaltada por cientos de recuerdos que la hacían feliz pero que la lastimaban mucho más que mil latigazos.
Cuando terminó de aplicar las hierbas sobre la piel enrojecida de Yuka, explicándole el proceso con detalle, solo le restó colocar un fino vendaje alrededor de la espalda de la muchacha, satisfecha con su trabajo de enfermera. Por suerte sus heridas no eran tan profundas.
Al intentar levantarse emitió un breve quejido que alarmó a su súbdita.
-Akane, ahora deje que cure su piel.
Había escuchado las indicaciones que dio Akane, así que de la misma forma que lo había hecho con ella, la sentó sobre la cama y descubrió su espalda.
Tenía extensas marcas rojas sobre su blanca piel, algunas de ellas sangraban porque su epidermis había sido rasgada.
-¡Oh, Akane, esto debe dolerle mucho!
-No te preocupes, solo haz lo que te dije. Yo estaré bien.
Yuka prosiguió a curar las heridas, pero a diferencia suya la totalidad de la piel de Akane debió ser cubierta por las hojas medicinales. Al finalizar un grueso vendaje cruzaba todo su torso.
Akane era muy fuerte, pensó Yuka. No había emitido quejido alguno a pesar de que sus ojos no podían esconder el dolor.
La consorte le pidió algo para tomar y comer, pues su desayuno con la Reina había sido frustrado, algo que realmente no lamentó.
El resto del día Akane se la pasó memorizando el dichoso reglamento. No permitiría jamás que lastimaran a su amiga o a la gente que le servía.
Al caer el sol ya no pudo soportar el ardor de su espalda. Llamó a Yuka y le pidió ayuda para liberar su piel de las telas que rozaban constantemente sus heridas.
Yuka retiró la vestimenta turquesa, que ahora portaba notables manchas rojas en su superficie, y ayudó a improvisar con una tela de seda una especie de ropa interior que, aún cumpliendo su función, dejaba al descubierto la espalda de su amiga.
Akane estaba muy cansada, pero había logrado retener todas las reglas en su memoria. Así que se tumbó sobre la cama mientras Yuka comenzó a limpiar las heridas para luego esparcir nuevamente el preparado de hierbas.
Cuando estaba a punto de retirarse, pues Akane expresó sus deseos de dormir, se anunciaba abruptamente la llegada de la Primera Consorte Ukyo.
Tendo apenas tuvo tiempo de sentarse sobre la cama, cubriendo su pecho con el cobertor, antes de que la mujer hiciera su entrada a la habitación.
-Mi Lady_ expresó Akane intentando pararse pero Ukyo la detuvo.
-No es necesario que te levantes, sé que estas lastimada.
Akane retomó su incómoda posición.
-¿En qué puedo ayudarla? _preguntó Akane.
Pero la mujer parecía no prestarle atención. Estaba demasiado ocupada recorriendo con la mirada la hermosa habitación.
-Ésta era la habitación de mi suegra. Había escuchado que era una habitación esplendorosa, pero creo que el adjetivo no le hace justicia. Nunca pude entrar, él no se lo permitía a nadie.
Su expresión denotaba malestar, muy bien disimulado. Casi logrado.
Siguió contemplando el lugar en silencio bajo la mirada expectante de Akane que no sabía qué hacer o decir.
Claro que cuando sus ojos encontraron los regalos que su esposo le había hecho a la peliazul, no pudo sostener su semblante despreocupado, ahora invadido por la rabia y la tristeza.
-¿Él… te ha regalado todo esto? _indagó sin siquiera mirarla.
-Es el protocolo _dijo Akane_ Mi Lady, no entiendo en qué puedo ayud-
-¡Akane!_ rugió la masculina voz desde el pasillo, interrumpiendo el dialogo.
Ukyo volteó hacia la puerta mientras Akane se abrazó con fuerza de la cobija que tapaba su cuerpo.
-¡Akane!_ exclamó corriendo dentro de la habitación, dirigiéndose directamente hacia su cuarta pero única esposa.
Se arrodilló ante ella, quien volteó su cara hacia un costado encontrándose con la dolorosa expresión de la Primera Consorte. El esposo recorrió con atenta mirada el rostro de su amada hasta que por fin se sentó junto a ella. Tomándola desprevenida, descubrió su espalda desnuda y lastimada.
-¿Qué ha pasado?, ¿Quién te hizo esto?_ preguntó colérico tomando del hombro a su esposa, recorriendo con horror su piel al rojo vivo a pesar de estar cubierta por hierbas que se pegoteaban en sus heridas.
- Mi Señor, estoy en perfecto estado _afirmó sacudiendo su cuerpo con el objetivo de librarse de su agarre_ Su señora esposa está aquí.
-¿Quién te hizo esto? _indagó nuevamente arrodillándose ante ella tomándola por sus delgados brazos que apresaban con fuerza las cobijas. Akane se negaba a mirarlo.
-La Consorte Akane ha incumplido con el protocolo _interrumpió Ukyo_ así que fue corregida por la Reina Madre.
-¿Qué haces tú aquí? _dijo el príncipe, percatándose recién de su presencia.
No, no la había visto. A penas escuchó que su mujer estaba encerrada en su habitación por órdenes de la Reina fue en su búsqueda sin pensar que se encontraría con semejante imagen. ¿Cómo se había atrevido a lastimarla?
Se había ocupado personalmente en resolver los asuntos pendientes con su familia política, asuntos sumamente difíciles e importantes. Pero traía buenas noticias que de inmediato quería compartir con su esposa. Jamás se hubiese imaginado que esto pasaría.
Si tan solo él hubiese estado allí… nada hubiese podido hacer, pues la Reina tenía el poder completo sobre las consortes.
Ranma se levantó y caminó furioso hacia su primer esposa, quien percibiendo la mirada amenazante del Príncipe se estremeció retrocediendo sobre sus pasos. La tomó del brazo y la sacó de la habitación, no sin antes cruzar una serie de palabras con la misma.
-Sabes que tienes prohibido acercarte aquí.
-Ésta ya no es la habitación de tu madre, ahora…. es la habitación de tu consorte, y yo puedo venir a ver a mi hermana política cuantas veces quiera y sabes que no puedes evitarlo.
-Aléjate de Akane _amedrentó.
-Créeme, soy la menos peligrosa, no es a mí a quien tienes que amenazar.
-¿Qué haces aquí?
-Necesitaba verla… ¡Necesito entender qué tiene esa mujer que no tengo yo, o Shampoo o Kodachi! Le entregaste éste lugar… y todos aquellos regalos.
Ranma se acercó a ella alterando cada centímetro de la femenina piel.
-No es de tu incumbencia_ susurró en su oído, desatando miles de sensaciones en la consorte ante el contacto de su aliento sobre ella_ Solo te advierto que si pones un dedo en mi mujer, me olvidaré que fuiste mi amiga Ukyo.
Se separó abruptamente de ella y volvió a la habitación, dejando a su primera esposa hecha una tormenta de sentimientos confusos. Lo peor, lo que más odiaba Ukyo, es que bastaba con que él se acercara a ella para generar en cada célula de su cuerpo excitación desmedida. Sí, si él se lo hubiese pedido ella caería a sus pies solo por un beso.
Pero el Príncipe estaba lejos de complacer sus oscuros deseos. Porque lo único que le preocupaba era la mujer que yacía sobre la cama con su espalda lacerada.
Akane pensó que él se iría con Ukyo y que la dejaría en paz, así que decidió dejar que el matrimonio resolviera sus celos mientras ella reponía sus energías. Pero se equivocó, porque minutos después él estaba de vuelta. Ella, sin embargo, ya no tenía fuerzas siquiera para cubrir su adolorida piel. Así que se quedó inmóvil, tal vez si se hacía la dormida se iría de una vez. Entonces cerró sus ojos.
Aunque Ranma realmente compró su engaño, no se fue. Subió a la cama por el lado contrario y, con suma preocupación, no puedo evitar pasar sus dedos por las hierbas que tapaban las heridas.
-¿Qué pasó Akane?, dime por favor _susurró no muy seguro si lo podía escuchar.
Pero ella no le contestó.
-Muchacha _se dirigió a Yuka que aún permanecía en la habitación_ ¿Por qué castigaron a tu Señora?
-Es que Lady Akane no se alistó apropiadamente… según la Reina _respondió insegura, no sabía qué decir.
-Pero esta mañana envié ropas y joyas para ella. ¿Acaso no sabes cómo arreglar a tu Señora? _se desquitó contra la sierva sin despegarse del lado de Akane.
-No le grites, ella no tiene la culpa _dijo Akane haciendo que Ranma dirija toda su atención a ella.
-Yo te di todo lo necesario para que estés a la altura de cualquier Reina, Akane. Entonces dime, ¿Cómo demonios puedes no estar vestida correctamente? _preguntó sin obtener respuesta_ ¿Dónde?, ¿Dónde está todo lo que te compré?, ¿No lo recibiste? _cuestionó buscando algún rastro por toda la habitación, hasta que finalmente divisó los objetos apilados en un rincón del lugar.
-¿Por qué está todo tirado allí?, ¿Por qué no has acomodado las cosas correctamente para que mi esposa haga uso apropiado de todo? _arremetiendo contra la sirvienta nuevamente.
-Es…. es que… _balbuceó aterrada.
-Yo no le permití tocar ni una sola de las cosas que enviaste _respondió Akane aún acostada boca abajo, atrayendo los ojos de Ranma sobre si.
-¿Por qué?, ¡Es todo tuyo, yo mismo lo escogí para ti! Desde las joyas hasta las hojas de papel. ¿No te ha gustado? Yo… puedo cambiarlos, podemos ir juntos a elegir lo que te guste mi amor, solo tienes que pedirlo.
-No necesito nada mas, ni nada menos. No es que no me haya gustado. No las quiero, no quiero nada que provenga de ti. Solo las dejé en la habitación porque es parte del protocolo y castigarían a mis… personas si te los regresaban como les pedí.
Ranma no entendía qué estaba mal. Todo aquello que había seleccionado para Akane era precioso, fino, elegante y caro. ¿Cómo podría no gustarle?
La conclusión llegó sola a su cabeza: Akane lo despreciaba.
Rodeó la cama para poder ver su rostro. Ella advirtió de su movimiento e intentó girar su cara para evitarlo. Pero su esposo se lo impidió tomándola firmemente.
-¿Por qué rechazas lo que te doy? Te prometí que a mi lado no te faltaría nada. ¡Yo voy a darte lo mejor, todo lo que necesites!
-¡Dame mi libertad! _ exclamó.
Ranma no podía responder. Era lo único que no podría otorgarle.
Se miraron fija y desafiantemente por un buen rato.
Hasta que el hombre se levantó, permaneciendo junto a ella de espaldas.
-Deberás usar lo que te he regalado. Es parte de las reglas del palacio. No puedes vestir las ropas que usabas antes. Ahora eres mi esposa, no una campesina.
-Soy tu esclava, no seas hipócrita por favor.
-¡Akane!_ vociferó exasperado.
-No te preocupes, no volveré a hacerte pasar vergüenza, no porque me importes tú, sino porque no permitiré que castiguen a otros por mis errores. Puedes irte, usaré lo que has enviado como manda el protocolo.
Ranma se dio vuelta y la contempló derrotado. Lo único que quería hacer en ese momento era correr hacia ella y besarla. No estaba enojado, no. Si esa era la intención de su esposa, pues había fallado. Él solo quería curar sus heridas y esparcir cientos de besos por su maltratada piel. Quería matar a la Reina por haberla herido.
Pero solo atinó a caminar hacia la puerta, haciendo que Akane suspirase con alivio.
-Traigan medicina para curar las heridas de mi Consorte _indicó mientras las puertas se cerraron sonoramente.
Akane cerró sus ojos y respiró profundamente.
-Tú, vete de aquí, yo cuidaré a mi esposa esta noche_ dijo asombrando a Akane quien pensó que Ranma se había retirado.
No, el Príncipe Ranma no se había rendido.
