Hola a todxs! Cómo están? Perdón por la demora!
Aca les traigo un nuevo capitulo, en realidad la primera parte del capítulo.
Me tarde bastante en terminarlo, no estaba ni estoy muy convencida en como lo terminé redactando. Espero que no haya quedado muy mal, con anticipación les pido disculpas y espero no decepcionarlos demasiado.
Leí todos sus mensajes! Prometo contestarlos la próxima! Mil gracias como siempre por sus palabras. Estaré esperando sus pensamientos sobre esta primera parte.
Este es un capitulo super importante, ya verán por qué.
Les mando un abrazo enorme!
Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.
ERES MÍA
Cap 16: Lo hice por amor (Parte 1)
El nuevo perfume con el que inundó su piel era realmente agradable.
Fresias silvestres.
Era parte de los presentes que había enviado su esposo ese mes, como lo hacía desde que se casaron.
Le gustaría pensar que las fragancias, maquillajes, joyas y demás regalos eran exclusivamente para ella. Obsequios que su príncipe había elegido pensando en su persona, teniendo en cuenta sus gustos y preferencias. Lo imaginaba sonreír mientras los sostenía entre sus enormes manos, jugando en su cabeza como se vería ella cada vez que los usara.
Solía fantasear con esa escena cada vez que los sirvientes le entregaban la cuota mensual de atenciones, como ella prefería llamarlo.
Pero no era así.
Todo el palacio sabía que detrás de ello estaba su señor suegro, quien solía ocuparse de ella y de las demás consortes mucho más que su esposo. Era el Rey Genma quien se empeñaba en mantenerlas contentas y por sobretodo "tranquilas". Por eso encargaba todos los meses cada artículo por tres, asegurándose de que todas recibieran lo mismo, todas por igual, encontrando sin falta junto al precioso arreglo floral la tarjeta que dedicaba unas breves palabras de cariño, firmadas con el nombre "Ranma Saotome".
Era una farsa que todas, también, decidían sustentar.
A su señor marido no podría importarle menos la fragancia que usaría esa noche.
No le dolía, sin embargo, ya no.
Estaba satisfecha.
La imagen que le devolvía el espejo era bella… y ansiosa.
Se levantó del sillón nerviosa, dirigiendo sus pasos al pie de la cama matrimonial desde donde lo esperaría.
Sus manos sudaban y su corazón latía rabioso con anticipación.
¡Hacía tanto tiempo que no estaba a solas con él!
Sabía que todo aquello era forzado, que lo que pasaría esa velada, o mejor dicho lo que ella se proponía hacer pasar, era una obligación para él. Pero estaba acostumbrada. Ella misma se había forzado a formar parte de su vida amorosa o lo que fuese que tuvieran, si besos efímeros, breves contactos, similares a caricias, y sexo tosco y fugaz representaba lo que se puede llamarse "vida amorosa".
Podría haberse quedado como su mejor amiga y recibir un trato gentil y amable. Ser "su persona de confianza", como lo había sido en los veinte años de vida que habían compartido como amigos.
"Amigos", por lo menos era así como Ranma titulaba la relación con Ukyo. No es que ella no lo considerase un amigo, lo era. Aún con su carácter pedante y por momentos desagradable, ella lo quería y aceptaba. Sin embargo Ukyo conocía otra faceta de él, una que Ranma solo había llegado a mostrarle a ella, su gran amiga. Un joven brillante en todo sentido, valiente y divertido. Algunas veces frágil, inseguro e infeliz.
Cuándo dejó de sentir un sentimiento tierno por él, no lo podía situar. Pero fue temprano que comenzó a percibir cómo su corazón reaccionaba escandalosamente cada vez que lo tenía cerca, o cómo su estómago se llenaba de mariposas cuando lo escuchaba reír, el escalofrío en su piel cuando él la miraba o las enormes ganas de besarlo que sintió cuando se escondieron detrás de un barril a la espera de que su institutriz desistiera de seguir con las clases de etiqueta que su padre la obligaba a tomar.
Sí recordaba con claridad la noche en que comprendió que estaba enamorada de él. Fue cuando vio su imagen reflejada en el espejo, estaba sonriendo y sus mejillas sonrojadas luego de haber estado más de media hora sentada en la incómoda silla frente a su tocador, soñando despierta con ser su esposa y tener a sus hijos.
No sabía qué sentía él por ella, no con certeza. Pero por mucho tiempo especuló que le correspondía, leyendo entre líneas señales que Ranma le daba. No con palabras, por supuesto, pues él jamás habló de amor. Al contrario, era brusco con ella y se comportaba casi de la misma forma en que lo hacía con los demás muchachos y sirvientes hombres con los que trataba. Lejos, muy lejos de cortejarla como una doncella.
Pero de nuevo se recordaba que solo con ella se permitía ser tierno y débil, compartiendo sus tristezas y preocupaciones, y eso para Ukyo era un claro indicio que él también la amaba.
Aunque ella hervía de los celos cada vez que lo escuchaba hablar sobre la belleza de alguna cortesana, o de las ganas de probar los labios carnosos de la hija de Lord Asao.
Aunque ella se retorcía de la rabia cuando él la alentaba a aceptar el cortejo del estúpido de Misaki, y de cada chico que manifestaba deseo por ella.
Ukyo pensó que era un buen actor disimulando sus sentimientos románticos por ella. Que no quería arriesgar su amistad confesando su amor por miedo a perderla para siempre.
Por eso se mostraba frío e indiferente ante su belleza.
Por eso le contaba como exploraba su sexualidad en los cuerpos de otras mujeres.
Hasta que finalmente a sus diecinueve años su padre le preguntó si quería ser la esposa de Ranma, comunicándole las intenciones de compromiso que tenían para ellos con su buen amigo Genma.
Su padre enfatizó que antes que nada estaba su corazón, que él jamás la obligaría a casarse sin amor y que no haría nada sin su consentimiento.
Ukyo lloró de felicidad ese día, confesándole a su papá cuánto amaba al joven Saotome y que no había cosa que deseara más en este mundo que ser su esposa.
Días después llegó Ranma a su casa.
Lucía abatido, desesperado.
Llamaba su nombre con urgencia, la estaba buscando.
-Ranma_ se anunció ella acercándose al muchacho.
-¿Ya oíste la noticia?
-¿Sobre… nosotros?_ preguntó con timidez.
-¡Es una locura!, ¡Debemos hacer algo! _exclamó tomándola por los hombros.
-¿A… a qué te refieres? _cuestionó confundida.
-¡Debemos hacer que nuestros padres anulen ese ridículo acuerdo!
-¿Por… por qué?
-¿Por qué?, ¿Estás hablando en serio?, ¡Somos amigos!
-Sí, lo somos pero-
-¡No nos amamos! _interrumpió_ ¡Ni siquiera nos gustamos de esa forma!
-¿No… lo haces?
-¡Claro que no! _expresó sin duda_ ¡Eres mi amiga! _afirmó con seguridad.
-¿Te gusta otra chica?, ¿es eso?
-¡No!, ya te lo dije _dijo separándose de ella_ ¡No quiero casarme! No quiero ser el esposo de nadie, mucho menos Rey… ¡ni hablar de ser padre!
El Príncipe comenzó a caminar de un lado a otro con notable ansiedad.
-Com…comprendo pero tal vez podamos, no sé, enamorarnos con el tiempo-
-¡Imposible!, ¡No me gustas Ukyo, jamás te he visto de esa forma!
-Pero, pero tal vez ahora puedas empezar a verme distinto.
-No es así como funcionan las cosas. ¡No me generas nada!, ¡No puedo ni imaginarlo!
-Pero-
-¿Acaso tú sí? _preguntó deteniéndose ante ella con el semblante serio_ Ukyo, ¿tú?
La mirada de decepción que Ranma le dedicó en ese momento la destrozó. ¿Cómo confesar que lo amaba y deseaba con desesperación si la miraba de esa forma?
-¡No!, No, yo… tampoco te veo así.
Ranma respiró aliviado, relajando su cuerpo por completo.
Tomó sus manos y le sonrió.
-¿Ves?, tenemos que hablar con ellos y cancelar toda esta locura de inmediato.
-¿Cómo?_ preguntó conteniendo sus ganas de llorar.
-Tú habla con tu padre y yo con el mío. Le diremos que somos amigos y nada más. Que… ¡Que seríamos infelices sin nos obligan a casarnos, que perderíamos nuestro vínculo, que terminaríamos odiándonos!
-¿Odiándonos?
-¡Sí!, tú dile eso.
-Pero… ¿tú me odiarías?... Si nos casamos, ¿tú me odiarías?
-No llegaremos a ese punto, te lo prometo.
Ukyo solo pudo asentir en silencio.
Habían acordado hablar con sus padres para dar marcha atrás con la decisión.
Ukyo no lo hizo.
Ella tenía su propio plan.
Estaba segura de que lo enamoraría. De que sus sentimientos amistosos por ella se debían a que nunca la había visto como mujer.
Así que mientras le juraba una y otra vez que le había rogado con su padre cancelar el matrimonio, puso todo su esfuerzo en verse hermosa y femenina.
Intentó convencerlo de pasar sus tardes juntos con el falso objetivo de pensar cómo zafarse del "estúpido" compromiso.
Intentó seducirlo sin saber bien lo que hacía. Rozaba innumerables veces su cuerpo, casualmente, en los lugares indicados. Mostraba su escote con fingida inocencia y mordía coquetamente sus labios cuando Ranma la observaba.
El muchacho jamás se mostró excitado, interesado o afectado en lo más mínimo, al igual que su padre, el Rey, ante su insistente pedido.
Por lo que un mes antes del matrimonio, llegó Ranma junto a su padre a la casa de los Kuonji pidiendo conversar con ella y su padre.
-Tenemos algo que decirles_ exclamó Ranma_ Ni Ukyo ni yo nos amamos. No nos queremos ni nos atraemos de la forma en la que un hombre y una mujer lo hacen. No pueden obligarnos a casarnos. ¿No es así Ukyo?
La miró con sus ojos abiertos de par en par, respirando agitadamente.
-Yo… yo pensé que se querían_ dijo anonadado el señor Kounji_ Hija, si tú no quieres a Ranma como esposo jamás te obligaré a casarte con él.
Ranma sintió como el alma le volvía al cuerpo ante las palabras del hombre. Por fin esa estupidez terminaría. Su padre había prometido deshacer el compromiso si Ukyo así lo disponía.
-Yo aceptaré tu decisión Ukyo_ agregó Genma confirmando lo que había prometido en el palacio antes de partir.
Ranma sonrió aliviado.
-Lo siento_ dijo la muchacha sintiendo una insoportable opresión en su pecho.
Sabía que su respuesta marcaría un antes y un después en la relación entre los dos.
-Lo siento... Ranma _ continuó_ Pero yo… ¡yo te amo, y no hay nada en este mundo que desee más que ser tu esposa!, ¡Yo sí quiero casarme contigo!
-¿Qué? _preguntó Ranma, creyendo haber malinterpretado sus palabras.
-¡Te amo Ranma, quiero ser tu esposa!
-¡No! _exclamó indignado_ ¡Tú… tú no me amas!, me dijiste… me dijiste que eras mi amiga.
-¡Lo soy! _afirmó dando un paso hacia él_ Pero no es suficiente. ¡Yo te amo y quiero estar contigo para siempre!
Ranma la observaba conflictuado, no pudiendo creer lo que acababa de suceder.
Ella le había mentido, le había asegurado que no lo amaba de esa forma. Pensó que estaban juntos en esto. ¡Él le preguntó, y ella lo negó! Ukyo había intentado terminar el compromiso entre los dos, ella se lo había asegurado. "Entonces todo era mentira", concluyó el joven heredero.
-¡Ranma! _lo llamó al ver que no reaccionaba.
-Yo no te amo Ukyo, lo siento _declaró en voz baja.
-Lo sé, no me importa. ¡Yo haré que me ames Ranma! Prometo ser una gran esposa, ¡lo verás!
-¡No! Nunca te amaré. Seremos infelices. Serás miserable Ukyo…
-¡No, sé que no será así! Te haré amarme, te haré feliz.
-Te lo advierto _amenazó_ Rechaza este estúpido acuerdo o me vas a perder para siempre.
-¡Ranma! _reprochó su padre.
-Lo digo enserio. Ni siquiera seremos amigos.
-¡Por favor! _suplicó Ukyo entre lágrimas.
-¡Ukyo! _insistió una última vez.
-Te amo Ranma, quiero… quiero ser tu esposa. Voy… a casarme contigo.
Ranma la miró dolido y luego con desdén.
En ese instante todo se había acabado entre ellos.
Lo había traicionado.
Pero Ranma se había equivocado.
Ella no era miserable. Era su esposa, su primera esposa y sabía que su suegro quería que fuera su Reina también. Tenía la posibilidad de vivir bajo el mismo techo y portar su apellido. Soñaba con ser la madre de sus hijos y ello, esa esperanza, era suficiente para hacerla feliz. Tendría un pedacito suyo, un ser que sería parte de los dos.
Una amiga jamás podría tener eso. No viviría junto a él, no sería nombrada como suya, no podría reclamar sus labios o sus caricias. No podría verlo todos los días ni caminar a su lado.
No, una amiga lo seguiría escuchando como confidente.
Una amiga en algún momento tendría que oír como se había enamorado locamente.
Lo escucharía quejarse de alguna disputa marital, o llorar por algún rechazo.
Una amiga tendría que compartir la alegría ante la noticia de que sería padre y tal vez, más adelante, abuelo.
No, ella prefería ser su esposa y recibir aunque sea por obligación un poco de su atención y su cuidado. Aquel solo se le puede dar a una mujer.
Como en ese momento cuando entraba a la habitación notablemente malhumorado.
-¡Mi Señor! _exclamó poniendo su mejor sonrisa_ Déjeme ayudarlo.
Ranma apartó las manos de la Primera Consorte y se dirigió al lecho.
Se quitó algunas capas de ropa e ingresó a la cama.
Ukyo se apresuró en acompañarlo.
Contempló su atractiva espalda deseando abrazarlo con todas sus fuerzas.
Y lo intentó.
-¿Qué haces?_ preguntó mirándola sobre su hombro.
-Solo… quería abrazarlo.
-Ni lo intentes. Quiero descansar, he tenido un día terrible y ni siquiera sé si podré dormir. Lo menos que necesito es que te prendas a mí como garrapata.
-Pero Ranma, tendríamos… que buscar un hijo.
-¿Un hijo? Yo no quiero un hijo, Ukyo _aclaró volviendo a apoyar su cabeza sobre la almohada.
Esas palabras sí la lastimaban. Esas palabras querían llevarse consigo la única promesa de felicidad que la mantenía cuerda.
-No… no se trata de lo que quiera, Su Alteza. Debe tener descendencia, lo sabe muy bien.
-Y tú sabes muy bien que no quiero hijos… contigo.
Esa palabra era nueva.
-¿Conmigo?
-Sí.
-Entonces… sí quieres hijos.
La habitación se llenó de silencio.
Sus ojos de lágrimas.
-Ranma_ insistió.
-Sí _afirmó.
-¿Con quién?
-Ya lo sabes.
-¡Dilo! _exigió quebrándose por completo.
Ranma se sentó sobre la cama enfrentándola.
A centímetros de su rostro le dijo sin remordimiento o compasión. Solo la verdad.
-¡Con Akane!, ¡Quiero hijos con ella, quiero todo con ella!
-¡¿Por qué?!
-No quieres oírlo.
-¿Por qué ella? _demandó una vez más.
-Porque la amo. Estoy enamorado de ella, estoy loco por ella, yo solo la deseo a ella, solo sus besos, sus caricias, sus hijos-
-¡Cállate! _pidió no pudiendo continuar escuchado, a pesar de que ella misma se lo había solicitado.
-Lo haré _ afirmó recostándose nuevamente_ Y tú también lo harás y me dejarás dormir, como siempre Ukyo.
Ella se acostó dándole la espalda, enterrando su rostro en la almohada para ahogar sus sollozos.
Era mejor, aún esto era mejor, porque ella era su esposa y él su príncipe. Se convenció una y otra vez de ello hasta quedar dormida.
Él era un príncipe, en efecto, un príncipe que no pudo conciliar el sueño y que cuando no pudo soportarlo más dejó la habitación de su primer esposa en dirección a su propia alcoba… aunque se sentía desfallecer ante la urgencia de enterrar su nariz en el cuello de Akane e impregnarse con ese aroma que calmaba y colmaba su corazón.
Pero seguía enojado.
Ella había hablado con su padre a sus espaldas confabulado con las demás consortes (si bien sabía que no era exactamente así) para alejarlo, a pesar de todo el esfuerzo que estaba haciendo por ella y para ella.
Él, que se había preocupado por su gente intentando reformar leyes que fuesen más justas.
Él, que había traído a su familia cerca, permitiendo que de vez en cuando se reencontraran fuera del palacio, siempre y cuando fuera escoltada de cerca.
Él, que no dejaba pasar un solo día sin llevarle algún presente o detalle, sin importarle el hecho de que cada uno de ellos se acumulaba en un rincón de la habitación sin ser siquiera desenvueltos.
Él, que le había dado aquella habitación a ella, solo a ella, porque era especial en su corazón. Se la había regalado, la más grande y exquisita habitación de todo el palacio. La habitación de su madre.
Él, que había sido paciente con sus reclamos y desplantes. Que no había exigido sus derechos maritales, aunque ardía de deseos por hacerla suya.
Quizás tendría que haberlo hecho, tomarla y dejarla embarazada de una vez por todas, así podría coronarla como su Reina por ser la madre de su primogénito y expulsar a todas las demás consortes por inútiles, como planeaba hacerlo en algún momento.
Pero no, ella no podía perdonar que él la había llevado al palacio a la fuerza, no perdonaba sus mentiras ni sus chantajes a pesar de que ya le había explicado y pedido perdón infinidad de veces, o al menos Su Majestad pensaba que ese era el número correcto.
Ella seguía pidiendo su libertad.
Era malvada, inflexible, testadura y endemoniadamente atractiva. Ella era la luz más radiante que existía, y él era un insecto que se acercaba a ella completamente encantado por su resplandor.
No era el Príncipe Ranma Saotome, heredero a la corona, su esposo y dueño. Él era su maldito perro faldero, un perro que en ese mismo instante, cuando podía llegar a ella y hacerle el amor a la fuerza sin que nadie lo cuestionara, se dirigió a su fría cama rogando poder descansar, rogando que pasara la maldita semana que le impusieron junto a las demás consortes por pedido de su única esposa, de Akane Tendo, la mujer de sus pesadilla, de su maldita dueña.
Se supone que esa mañana tendrían que volver al pueblo, pero por más que Akane esperó la llegada de su esposo, éste nunca arribó.
Así que luego de preguntar por su paradero y descubrir que se encontraba en los cuarteles de arqueros, se dirigió hacia él.
-Mi Señor _lo llamó al divisarlo de espaldas hablando con el general Kudo.
Sin embargo el aludido no respondió a su llamado.
¡Claro que la había escuchado! Pero no iba a ceder, seguía enojado, no tanto en realidad, pero tenía que mostrarse indiferente.
Akane no era tonta y observó claramente como el cuerpo de su esposo se sobresaltó ante su voz.
Con coraje, y no hablando de valentía, se acercó a los hombres.
-General Kudo _saludó con una reverencia.
-Mi Señora _respondió ante su presencia_ ¿Qué la trae por aquí?
-Vengo en búsqueda de… mi esposo _anunció con dificultad parándose frente a él.
Le encantaba, adoraba que lo llamara así. "Mi esposo", era suyo en todo sentido. Era su fiel perro.
Su semblante no reflejó emoción. Se propuso firmemente no hacerlo recordando su traición, haciendo uso de lo que le quedaba de orgullo.
-Akane, ¿qué sucede? _preguntó sin mirarla.
-¿No teníamos que asistir al pueblo?
-No veo para qué.
-Todavía hay cosas que solucionar, ¿lo olvidas?
-¿Las hay? _preguntó irónico_ ¿Qué resta por solucionar?
-¡Muchas cosas!
-Creo que deberán esperar.
-¿Por qué? _insistió.
-Porque tú no me quieres cerca, ¿verdad?, ¿No querías que te deje en paz? Bueno, así lo haré.
Akane no podía creer nuevamente lo que escuchaba. Aunque a este punto ya era atea. Muchas de las cosas que decía el mañoso Príncipe eran in-creíbles, y no había fe alguna que resistiera.
-¿Qué tiene que ver el pueblo y las mejoras con que no puedas dormir en mi cama?_ inquirió sin pelos en la lengua.
Su táctica tuvo efectos, pues no solo el General Kudo se había excusado para dejarlos solos, sino que ahora tenía sobre ella las orbes azuladas de su marido.
-¿Cómo podemos compartir una cosa y no otra?
-Lo que pase entre nosotros en la intimidad no puede afectar las políticas del reino. No es justo que la existencia de cientos de inocentes, que están esperanzados en cambiar su calidad de vida, se vean perjudicada por temas tan banales. ¡Ellos creyeron en ti y en mí!
Ranma sabía que tenía razón. Las cosas eran distintas, pero por más que intentó ser racional y obrar con responsabilidad y sabiduría, no podía. Porque que todo lo que había hecho lo había hecho por ella. Sin ella a su lado, nada le importaba. Y a eso se reducían las cosas.
-Lo siento. Yo estoy dispuesto a todo por ti Akane, pero si me alejas también alejas las posibilidades que tenemos juntos de mejorar la realidad.
-¡Es tu pueblo!, ¿Cómo puedes hablar así?, ¡Es tu gente!, ¿Acaso no te importa?
-Solo me importas tú. Ya te lo dije, lo hago por ti.
-¡Ranma!, ¡Deja de ser tan infantil!, ¡Estabas haciendo algo positivo por primera vez en tu vida! La gente estaba comenzando a creer en ti.
-Sí, y pensé que tú también, que finalmente te estabas acercando a mí… ¡Pero luego vas y hablas a mis espaldas con mi padre para arrojarme a los brazos de esas mujeres!
-¿Y qué esperabas?, ¿Qué me entregue a ti con alegría?, ¡No!, ¡Eres tú quien confunde las cosas!, ¡Quiero tener paz contigo pero tú siempre te excedes!, ¡Me tocas, me abrazas, me besas!
-¡Soy tu esposo!
-Eres el esposo de ellas tres. ¡Sabes que si no vas con ellas me culparán a mí! Ellas creen que yo te retengo, que yo impido que te acerques y cumplas con tus obligaciones maritales, ¡Y eso no es verdad!... Yo nunca quise que durmieras conmigo tantas noches, yo no busqué casarme contigo, ¡Nunca quise estar aquí, nunca!
-¿Ellas te dijeron eso?
-¡Solo quiero que de una vez por todas te aburras de mí y me dejes sola!... como lo has hecho con todas ellas.
-¿Qué dices?, ¿Aburrirme de ti?, ¡Eso no es posible!
-¡Claro que lo es! Sé qué lugar ocupo en este palacio. ¡Mira, soy tu capricho! Primero me prometes que ayudaras a mi gente ¿y ahora te arrepientes solo porque intento protegerme? Dime Ranma, ¿si eso no es un capricho entonces qué es?
Intentó abandonar el lugar pero él la retuvo.
-¡No lo entiendes!, si no estás a mi lado, si hacer las cosas bien no sirven para llegar a tu corazón, entonces nada tiene sentido para mí.
-¿Te estás escuchando?, ¡Eres un egoísta, un hombre egocéntrico que no le importa nada más que su propio ombligo!
-Lo admito. Así que ya sabes. Si quieres que tu gente prospere debes permanecer a mi lado Akane. Porque solo tú harás que mueva un dedo por ellos.
-¡Te odio! _gritó Akane.
Y ello fue suficiente para que Ranma la liberase.
-¡Maldita sea! _ se desahogó desquiciado, vociferando a los vientos.
¿Por qué siempre decía las cosas que no debía?, ¿Por qué terminaba lastimándola?, ¿Por qué era tan idiota como para no anticipar que lo qué ella le respondiese sería un dolor mil veces más profundo del que él pudiera generarle?
¿Acaso Akane conocía los efectos de sus palabras sobre él?
Era su culpa.
En realidad no era cierto lo que acababa de vomitarle. No.
De hecho era verdad de que por el momento no volverían al pueblo, pero si estaba allí hablando con el general era justamente para anoticiarse de cómo sería llevada a cabo la captura de los desertores. Había instruido, además, que ningún ciudadano debía ser herido, asignando una tropa permanente en el pueblo para que cuide a la población ante un posible ataque de los maleantes.
Incluso ayer, a pesar de sentirse sumamente desquiciado luego de la discusión con ella, asistió a la reunión con el ministro de finanzas para elaborar el decreto que indicaba la construcción de caminos en la zona norte de cultivos, como habían prometido.
Él cumplía su palabra, siempre. Antes que todo tenía orgullo.
Pero no se lo diría.
Porque tampoco mentía cuando le dijo que sin ella a su lado él no tenía motivación para nada. No era un capricho en su totalidad. Sin Akane a su lado todo era incertidumbre porque no podía garantizar su existencia misma.
Por eso era mejor sobornarla, advertirle, amenazarla, por mas ruin que fuese.
Era un hábito que había aprendido tempranamente en su vida.
Desde su padre hasta su mejor amiga.
Aquella a quien volvió a visitar esa noche.
Aquella que lo esperaba siempre con esa sonrisa llena de esperanza, llena de nada.
Era una estúpida.
Al igual que la noche anterior solo atinó a permanecer inmóvil en su cama hasta que amaneció y se retiró a su dormitorio.
No faltó de su parte la incitación a tener relaciones, las palabras amorosas, las lágrimas y la tan conocida discusión.
-¿Por qué me tratas así, Ranma?
-¿En serio?, ¿Otra vez vamos a volver sobre lo mismo?
-¡Es que no lo entiendo!, ¿Acaso no soy bella?, ¡Tú lo solías decir! Decías que lo era, que el hombre que estuviese conmigo sería afortunado. ¡Que era una mujer inteligente, divertida, valiente, y hermosa! Entonces ¿por qué no me das una oportunidad?
-Ya lo sabes, ya te lo he dicho infinidad de veces, ¡con un demonio!_ gritó enojado levantándose de la cama.
-¡Nunca lo intentaste! _arremetió siguiéndolo_ Si lo intentas estoy segura que lograrías amarme, Ranma.
-Solo una vez _aseguró cara a cara.
-¿Qué?
-Solo una vez la vi y supe que me había enamorado. Lo sentí en cada rincón de mi cuerpo, y desde ese momento nunca dejó mi mente.
-¿De… de qué hablas?
-Con ella nunca tuve que intentar nada. Solo pasó.
-No sé de qué me hablas, yo no te-
-Contesto tu pregunta _interrumpió_ Amar a alguien no es algo que se intenta, es algo que acontece. Uno no intenta enamorarse, lo hace.
-Déjame intentar conquistarte.
-¿No me escuchaste? No hay nada que puedas hacer. No puedo enamorarme de ti. No quiero. Ni siquiera te quiero como amiga. Todo sentimiento que haya tenido por ti te encargaste de aniquilarlo al traicionarme.
-¡No te traicioné, Ranma!
-Lo hiciste, sí. Te dije que no te amaba, que no quería este matrimonio. Tú me dijiste que sentías lo mismo cuando a mis espaldas aceptabas dichosa la propuesta de nuestros padres mientras yo le aseguraba a mi papá que ambos estábamos en oposición. Él perjuraba que era todo una invención mía, que era mi capricho. Y ese día lo confirmó y me forzó a casarme contigo porque le había prometido que no le mentía y que tú lo corroborarías o en caso contrario aceptaría su voluntad. ¡Qué idiota!
-Ranma…
-Espero que estés satisfecha.
-Lo hice por amor.
Solo se quedó mirándola, y por primera vez en mucho tiempo se sintió identificado con ella.
Él también hizo muchas cosas lastimando a quien quería, "por amor".
Él también estaba intentando enamorar a Akane a pesar de saber que el amor no puede forzarse.
Tal vez Ukyo y él no eran tan diferentes.
Las siguientes dos noches decidió quedarse en su alcoba. No tenía el mínimo deseo de seguir su derrotero visitando camas ajenas.
En todo caso, solo había una donde quería permanecer hasta el último de sus días, pero para poder volver allí debía primero satisfacer las necesidades de sus tres esposas.
El nuevo reglamente era claro. Podía dormir solo las veces que quisiera, pero por lo menos una vez al mes debía tener intimidad con las consortes con el objetivo de procrear un heredero. Pero debía asegurarse que la cantidad de noches que compartía con una, debía compartirlas con las demás.
Para colmo de males había estado evitando a Akane a lo largo de esos días. No es como si ella lo estuviese buscando, no. Pero él, a diferencia de las semanas anteriores, tampoco lo hacía.
Habían transcurrido tres días desde su última discusión y desde entonces no la había vuelto a escuchar. Se sentía, sin embargo, como si hubiese pasado un mes entero. Es que como siempre la extrañaba, demasiado.
Así que decidió apurarse en pasar las noches restantes con Kodachi y Shampoo para poder al fin volver a su lado.
Sabía que ninguna de las dos se comportaría "sumisamente" como lo hacía Ukyo. Ellas eran realmente insistentes, especialmente la Segunda Consorte, con quien tendría que dormir esa noche.
Debía reconocer que Shampoo sabía cómo seducir a un hombre. Cualquier otro se sentiría sumamente orgulloso de tenerla como esposa y no dudaría en caer bajo sus encantos. Él también lo había hecho, pero de forma muy distinta. Admitía que solía satisfacer sus bajos instintos en el sensual cuerpo de la amazona. Sus noches en varias ocasiones no eran solo por obligación sino que acudía a su cama en búsqueda de buen sexo, ya que ella sabía cómo satisfacerlo.
Si esa noche hubiese llegado a su habitación con dichas intenciones, Shampoo nuevamente no lo hubiese decepcionado. La femme estaba esperándolo recostada tentadoramente sobre la cama, vistiendo aquella ropa de encaje rojo.
Y si Ranma tuviera un resto de libido para ella, habría tenido una noche inolvidable.
Pero su deseo sexual estaba hipotecado, y su acreedora estaba probablemente descansando pacíficamente al extremo opuesto del palacio.
Así que cuando la segunda esposa intentó acercarse a él, Ranma la detuvo dedicándole una mirada de advertencia que la consorte supo entender para su propio bien.
Y apenas salió el sol dejó la habitación.
Otra noche sin poder descansar.
Casi una semana.
De seguir así caería rendido en cualquier momento.
Pero ese día fue especial.
Porque ella lo estaba buscando.
-Mi Señor, necesito ir al pueblo. Ryoga me puede escoltar.
Formuló Akane rápidamente a penas llegó ante el Príncipe.
-¿Ryoga?
-Hibiki, su escudero _aclaró, retándose a sí misma por el equívoco.
Temía que pudiera meter en problemas a su amigo ante la expresión molesta del hombre al escucharla nombrar al escolta con tanta familiaridad.
-¿Qué tienes que hacer allá? _indagó, controlando sus infundados celos.
-Prometí visitarlos, a mis alumnos.
-¿Cuándo prometiste eso?
-Cuando fuimos por primera vez, ¿no se acuerda? Usted me autorizó.
No lo recordaba, la veía tan feliz que si ella se lo había solicitado solo asintió perdido en su sonrisa.
-¡No puedes, eres mi esposa, una consorte!
-¡Me lo prometiste Ranma!, ¿Cuántas veces más vas a romper mi corazón?
Ranma lo pensó. Sus palabras eran ciertas, y él estaba cansado. Si accedía quizás encontraría una salida al conflicto con Akane. Tenía que hacer las paces, necesitaba volver a su lado o enfermaría de tristeza.
Exhaló sonoramente cerrando los ojos.
-¡Hibiki! _llamó.
-Mi Señor _se anunció de inmediato.
-Escoltarás a Lady Akane al pueblo. Lleva a su corte y a tus hombres contigo. Si algo le pasa, si para el ocaso ella no está aquí, sabes que tomaré tu cabeza.
-La cuidaré con mi vida, Su Alteza.
-¿Lo sabes verdad? _habló dirigiéndose a la mujer_ Si haces alguna locura, ellos pagarán por tus acciones.
-Si tienes miedo de que me escape, no debes hacerlo. Sabes que quiero que tú me des la libertad, ¿o acaso no te lo pregunto cada noche?
Ella no sería una fugitiva. Ella no había hecho nada malo como para tener que escaparse. Ella se iría del palacio con la cabeza en alto y con la promesa del Príncipe de dejarla libre.
Ranma la vio partir. Una parte de sí aliviado de haberse acercado a ella, pero la otra con un sentimiento pesado y preocupante.
Como la calma que anticipa la tormenta.
La luz del sol sobre su rostro lo despertó.
Cuando se aventuró a abrir los ojos se arrepintió de inmediato, la cabeza se le partía.
La sentía latir violentamente generando un intenso dolor.
Su boca se sentía amarga por la bilis que había producido su vesícula.
Su garganta estaba seca, y pronto descubrió cómo le dolía cada músculo de su cuerpo al intentar moverse en la cama.
Se detuvo en seco.
Y minutos después probó una vez más.
Abrió los ojos presionando fuertemente su cabeza con ambas manos con la intención de contener las intensas puntadas que se esparcían por su cerebro.
Una vez que se acostumbró a las mismas, se impulsó con sus codos contra el colchón para lograr sentarse.
Las suaves telas de seda hacían cosquillas sobre su cuerpo, y pronto se dio cuenta de que la sensación se debía a que estaba completamente desnudo.
Miró a su costado y vio el pequeño cuerpo que estaba igual de desnudo que el suyo.
Entonces el horror lo golpeó al igual que las nauseas.
Y los recuerdos comenzaron a desfilar por su mente junto con la terrible sensación de culpa.
La risa, las miradas cómplices. La cercanía de sus cuerpos.
Se veía feliz junto a él.
¿Qué tenía con él?
Amigos, decía. Podía ser. Pero ¿por qué era su amigo mientras él no dejaba de ser su perro faldero?
Y luego las voces, que retumbaban por los rincones de su mente.
"¡Lo mataré! Mataré a todos hasta que ella solamente me tenga a mi".
"Yo, que te respeto tanto… ¡Ni siquiera soportas dedicarme más que unas horas de juegos para luego despreciarme y traicionarme, mandándome a los brazos de esas mujeres!, ¡No sirvió para nada!, ¡Para nada!... ¡Pero ya me cansé! Voy a reclamar lo que es mío!"
"¿Ranma?, ¿Qué… qué haces aquí?"
"Estás ebrio".
"¡Suéltame!"
"Claro, ¿preferirías estar junto a él, no?"
"Deja a Touma fuera de esto".
Más, más y más imágenes.
Sus uñas clavadas en sus brazos.
Sus pies golpeando sus piernas.
Su suave cuello enrojecido por los besos.
Sus clavículas expuestas.
El vaivén de sus caderas impactando contra ella.
La sangre acumulándose en su erección.
La ropa desgarrada al costado de la cama.
Sus pechos rebotando.
Los gemidos llenado la habitación.
Su semen llenando su interior.
-Oh Akane, ¿qué te hice?
Había sido una hermosa tarde. Pudo, después de mucho tiempo, reencontrarse con sus alumnos, lectores, vecinos y amigos sin la presencia amenazadora e incómoda de Ranma.
Se divirtió mucho, tanto que llegó un poco más tarde de lo que debía.
Estaba feliz, no obstante.
Su amigo Ryoga la hizo reír todo el viaje de vuelta contándole las peripecias que habían sufrido con Ranma cuando se hicieron pasar por campesinos.
Hubiese pagado por presenciar la cara de Ranma cuando la señora Higarashi lo mandó a alimentar a los cerdos la mañana en que lo había enviado a buscar unos libros a su casa.
O cuando los niños le pidieron que les devolviese la pelota que cayó a sus pies y Su Alteza falló estrepitosamente la patada cayendo de espaldas al suelo.
Ni hablar de cuando sus propios soldados se rieron de él al presenciar la suela de sus zapatos despegarse justo cuando pasaban frente a un pequeño regimiento que estaba acompañando al recaudador de impuestos.
Conociendo lo orgulloso que era su esposo, todo aquello le resultó sumamente gracioso… pero justo, ¡por engañarla a ella y a todo el pueblo!
Realmente le costaba comprender, empero, por qué se sometía a todo aquello.
"Es porque la ama, Mi Señora", insistía Ryoga en explicarle.
Akane no replicaba ante su respuesta.
Solo sonreía mientras le pedía más relatos.
Estaba tan animada y divertida que no lo vio esperándola en las murallas del palacio.
Se había hecho tarde y él estaba preocupado. Si no llegaba en veinte minutos estaba listo para ir tras ella.
Entonces los vio acercarse. Sus siluetas apenas visibles, por lo que distinguirlas era prácticamente imposible.
Pero su risa, sin embargo, era inconfundible. La había atestiguado en muy pocas situaciones, una de ellas hace unos días atrás jugando en el lodo como dos pequeños niños.
A pocos metros de la entrada finalmente la vio.
Se veía feliz, riendo a su lado. No reía solo con la voz sino con el cuerpo entero, como aquella tarde donde se quedaba sin aire, donde cruzaba los brazos sobre su estómago mientras se inclinaba hacia adelante. Lo hacía con cada palabra que él le dedicaba.
Cuando terminó la escandalosa procesión al interior del palacio, éste se dirigió a su habitación.
Tomó la botella de sake que descansaba en la mesa bajo el ventanal y lo ingirió sin pausa ni resquemor ante el calor que avanzaba por su garganta.
Hacía mucho que no necesitaba recurrir al alcohol para apaciguar sus pensamientos.
De lo contrario, lo mataría.
A él, a su hombre de confianza. Al único amigo que tenía en el palacio y quien siempre fue leal. A él, que la hacía reír y verse deslumbrante. A él que lograba con facilidad lo que Ranma jamás alcanzaba.
Estaba celoso y frustrado y cansado y enamorado y enloquecido.
Ninguna de esas emociones eran una buena combinación, y probablemente el sake era el combustible que haría que en cualquier momento todo entre el combustión.
De repente el escudero llamó a su puerta.
Ranma tuvo el impulso de abrirla y lanzarse contra su traidor.
Pero todavía no estaba tan borracho, así que haciendo uso del único hilo de raciocinio que lo sostenía optó por gritarle a través de la abertura y ordenarle que se vaya, que no quería hablar con él, que no se atreviera a acercarse hasta que él lo llamara.
Hibiki no lo sabía, pero su amo le había salvado la vida.
Obedeció con un sentimiento extraño ocupando su pecho, no sin antes dejar instrucciones a sus hombres que montarían vigilancia esa noche en las afueras de la habitación real.
Beber lo mantenía ocupado. De eso estaba seguro.
Hasta que media hora después las botellas con el líquido mágico se habían vaciado y las manos del Príncipe quedaron sin entretenimiento alguno, por lo que aquellas imágenes aprovecharon para filtrarse en su conciencia, reproduciéndose una y otra vez.
La risa, las miradas cómplices. La cercanía de sus cuerpos.
Se veía feliz junto a él.
¿Que tenía con él?
Amigos, decía. Podía ser. Pero ¿por qué era su amigo mientras él no dejaba de ser su perro faldero?
-¡Lo mataré! Mataré a todos hasta que ella solamente me tenga a mí _exclamó estrellando las botella de sake contra la pared, en un arrebato de esos que tenía cuando estaba borracho, celoso y desesperado.
-Incluso si soy la única persona a su lado no mi mirará _se dijo tomándose la cabeza con las manos_ Sería capaz de terminar con su vida antes que mostrarme un poco de cariño _rió desquiciadamente_ Ella solo está a mi lado porque esas personas existen. Sin ellas Akane ya hubiese desaparecido.
Entonces giró hacia la puerta y bramó desde lo más profundo de sus pulmones, deseando que su llamado llegase hasta ella.
-¡Maldita seas Akane, me estás matando!
Comenzó caminar hacia la salida de su dormitorio.
Mientras avanzaba hacia la habitación en la que había encontrado felicidad en diversos momentos de su vida, siguió vociferando amenazas a los soldados que intentaban detenerlo.
-Yo, que te respeto tanto… ¡Ni siquiera soportas dedicarme más que unas horas de juegos para luego despreciarme y traicionarme, mandándome a los brazos de esas mujeres!, ¡No sirvió para nada!, ¡Para nada!... ¡Pero ya me cansé! Voy a reclamar lo que es mío _anunció antes de abrir la puerta de par en par asustando a su moradora, que se sobresaltó desde la silla en la que se encontraba sentada peinando su largo cabello, a punto de ir a dormir.
-¿Ranma?, ¿Qué… qué haces aquí? _enunció alertada.
Su esposo ingresó lentamente cerrando la puerta tras sí.
Akane se levantó, atenta a sus movimientos. Algo en su mirada le advertía que debía estar preparada.
Él caminó hacia ella y entonces pudo percibir sus ojos enrojecidos y húmedos.
Cuando estuvo a medio metro de distancia le llegó el desagradable olor a alcohol.
-Estás ebrio.
-Solo un poco.
-¿Qué necesitas? Sabes que no puedes estar aquí a estas horas _comenzó a hablar nerviosa_ Deberías estar con Lady Shampoo.
Ranma acortó toda distancia, la tomó de los hombros y la estampó contra su cuerpo.
-¡Suéltame!
-¿Me estás enviando a los brazos de esa arpía?
-¡Es tu esposa y sabes que debes estar con ella, no porque yo te envié allí, sino porque es tu deber!
-Entonces... _dijo en voz baja aflojando el agarre sobre ella_ no quieres que este con ella _conmovido ante sus palabras, sonrió esperanzado.
-Simplemente… no quiero que estés aquí.
Y una vez desató a la bestia.
-Claro, preferirías estar junto a él, ¿no?
-¡Deja a Touma fuera de esto! _respondió incrédula.
¿Cómo podía hablar de Touma con tanto cinismo?
-No hablo de él, querida. No me preocupa ese tipo, no es un peligro… ya no.
-¿Qué dices?, ¿Qué le hiciste a Touma?
-Hibiki, con él la pasas bien, ¿verdad?
-¿Ryoga?
-¡Ryoga, Ryoga, Ryoga, Ryoga!, ¿Por qué carajos lo llamas así? _gritó aturdiéndola.
-¡Porque es mi amigo, ya te lo he dicho!
-¿Amigo?, Yo creo que la pasas demasiado bien para ser solo un amigo.
-¡Sí, lo hago! Así como lo paso bien con Yuka, con Risa, con Jun, con Nanami o con Kento. Porque todos ellos me respetan, me comprenden, me hacen sentir cómoda y feliz y porque-
Ranma silenció su explicación conectando sus labios a los de Akane.
Rodeó su cintura con su brazo izquierdo y con su mano derecha agarró su nuca atrayendo su rostro hacia él, mientras comenzó a asaltar su boca con desesperación.
Ella intentó separarse, interponiendo sus brazos sobre el pecho del muchacho, haciendo presión para alejarlo.
Ella intentó resistirse, sellando con fuerza sus labios y sus ojos ante los insistentes besos y lamidas que Ranma repartía por su rostro.
Pero era inútil, él era mucho más fuerte.
Akane subió las manos hasta su cuello y arañó su piel, logrando que Ranma se separe de ella ante la conmoción y el dolor que le había infligido.
La consorte corrió hacia la puerta.
Él la alcanzó de inmediato.
La tomó de la cintura, elevando su cuerpo del piso y la llevó hacia la cama, aguantando el dolor de sus uñas clavadas en la piel de sus brazos, de sus pies impactando en sus muslos, de sus oídos que retumbaban con los desesperados gritos que rogaban por ayuda.
Iba a pasar, aquello que tanto temía iba a pasar.
La tiró brutalmente sobre la cama y sin esperar un segundo se lanzó sobre ella.
Tomó sus muñecas llevando sus brazos a los costados.
Se colocó en medio de sus piernas y volvió a besarla.
Akane movía su rostro cubierto de lágrimas hacia los costados evitando el contacto con la feroz boca del Príncipe. Pero eso no lo detuvo, y siguió avanzando por la piel de sus mejillas, atravesando su largo cuello, besándolo, succionando cada centímetro de él y oliendo su delicioso aroma. Siguió descendiendo hasta llegar a sus clavículas y continuó con su loco arrebato sobre el cuerpo de su esposa.
Akane lloraba desesperada. Estaba haciendo su mejor esfuerzo para frenarlo pero estaba bajo su dominio. Sus patadas parecían no tener el menor efecto en él y no podía hacer nada con sus brazos que eran sostenidos con una fuerza sobrehumana contra el colchón.
Lo oía gemir cuando la besaba.
Escuchaba su respiración entrecortada.
Olía el alcohol contenido en su cálido aliento.
Sentía los movimientos pélvicos que comenzaban a impactar sobre sus caderas.
Y entonces se detuvo.
Akane abrió sus ojos y lo vio sentado de cuclillas sobre ella.
Sus brazos fueron liberados y pensó que su esposo todavía tenía una pizca de decencia y respeto por ella.
Pero sus ojos decía lo contrario.
Y sus manos también.
Cuando comenzó a desabotonar su camisa, arrojándola al costado de la cama, y luego a desabrochar su pantalón, Akane supo que estaba perdida.
