Hola a todxs! Aquí estoy de nuevo, entregando en tiempo record la segunda parte de lo prometido.
Leí todos y cada uno de sus comentario hasta el momento. Aquellos que se mostraron decepcionados, los que se sorprendieron, los que se enojaron y decidieron no continuar leyendo la historia, las hermosas palabras de aliento!
Como siempre gracias por todos y cada uno de ellos, lamento haberlos decepcionado, pero bueno todo tiene una razón de ser.
Contestaré cada uno de los que pueda contestar, y en el próximo capítulo me tomaré un espacio para responder por aquí a aquellos que no puedo hacer por privado.
Esperé como siempre sus pensamientos y críticas, agradeciendo su tiempo dedicado a leer la historia y a dejar sus palabras. Son muy importantes para mi.
Para aquellos que decidieron continuar leyendo la historia, espero que les guste la segunda parte del capítulo.
Les mando un abrazo enorme!
Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.
ERES MÍA
Cap 17: Lo hice por amor (Parte 2)
Cuando las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas se dio cuenta de que ya no podía permanecer allí.
Se levantó tropezando con sus propios pasos debido al dolor que sentía en cada músculo de su cuerpo.
Solo atinó a ponerse el pantalón y dejó la habitación corriendo hacia su baño, expulsando todo el contenido de su estómago.
No sabe cuánto tiempo quedó tirado sobre el frío piso mientras convulsionaba una y otra vez sobre el agujero que recibía su maloliente vómito que se despedía con violencia de su boca salpicando todo a su alrededor.
Para cuando terminó, ya no quedaba nada en sus tripas. Ni lágrimas en sus ojos.
Llenó la bañera con agua fría, helada, e ingresó en ella. La baja temperatura anestesió el dolor de sus músculos.
Ojalá hubiese tenido el mismo efecto sobre sus pensamientos. Si ellos se detenían tal vez la culpa dejaría de oprimir su pecho y podría pensar en cómo remediar su estupidez.
Cuando sus sirvientes fueron en su búsqueda estaba al borde de la hipotermia. Y casi sin darse cuenta, se dejó manipular por ellos hasta el interior de su cama.
No tenía fuerzas para nada. Así que prefirió dormir. Esa era la anestesia que necesitaba su cabeza y su corazón. Pero resultó una solución fallida porque durante las horas que permaneció inconsciente las pesadillas continuaron torturándolo.
La última, la peor, la que finalmente lo despertó, era con ella. Akane, muriendo entre sus brazos. Su sangre tiñendo de rojo sus ropas.
Ese mal sueño representaba su mayor temor, el perderla para siempre.
Miro por la ventana y se dio cuenta que ya había anochecido, ¿cuántas horas había dormido?
"Akane", su nombre irrumpió en su mente.
Tenía que ir a verla.
Tenía que hablar con ella.
Pero ¿cómo hacerlo?, ¿cómo enfrentarla?
Su puerta se azotó y su escudero de anunció.
Recordó cuando llegó ante él la noche anterior, noche en la que la única preocupación que Ranma tenía eran el hecho de que su sirviente había hecho reír a su consorte.
A la distancia, luego de lo que había pasado, de lo que había dicho, de lo que había hecho, todo aquello le parecía tan estúpido, tan minúsculo, tan absurdo.
-Entra _autorizó desde su cama.
-Su Alteza, ¿cómo se encuentra?
-Akane.
- ¿Mi Señora?
- ¿Cómo… cómo está ella?
-No la he visto, Su Majestad. Acompañé al general Kudo al pueblo como usted me ordenó ayer. Vengo a traerle los informes de-
-Ve… a ver cómo esta ella.
-¿Lady Akane?
Ranma asintió.
-Por… supuesto, volveré enseguida.
Era un cobarde. Debería él mismo ir a ella y rogarle perdón. Pero no podía, no sabía cómo. Sentía que no le saldrían las palabras, que solo atinaría a llorar y a temblar bajo su mirada.
Había sido un salvaje, un troglodita. Estaba completamente desquiciado. Y terminó lastimándola, asustándola, ultrajándola, a ella, a la mujer que amaba.
Incluso si rogaba por su perdón. ¿Ella podría otorgárselo?, no lo creía.
¿Pero entonces?, ¿debería dejarla libre?
Sí, tal vez eso sería lo mejor para ella.
La pesadilla se hacía más vívida en ese momento cuando el temor lo sacudía. Prefería dejarla libre antes de que ella se hiciera daño, antes de que desapareciera de este mundo.
Pero por otra parte, ¿qué sería de él? Moriría, sí. Sin Akane moría de tristeza.
O enloquecería definitivamente y no la dejaría partir. La encerraría en un lugar donde nadie la encontrase, ni a ella ni a él. Estarían solos los dos hasta el fin de sus vidas. Pasaría lo que le restase de existencia rogando por su perdón.
El solo contemplar esa opción atrajo a su mente la imagen de una Akane muerta en vida, con la mirada perdida y su sonrisa extinta. No quería eso para ella, no.
Nuevamente el anuncio de su escolta lo salvó de sus propias cavilaciones, justo en ese instante, cuando estaba a punto de perder la cordura.
-Mi Señor, Lady Akane está durmiendo.
- ¿Qué más te dijo Yuka?
No se animaba a ser más explicito.
¿Acaso Hibiki sabía sobre su feroz exabrupto?
-No mucho más, Mi Señor. Realmente no pregunté con detalle. Si quiere puedo volver y-
-No. Vete.
El escudero obedeció y lo dejó solo con sus tormentos.
"Akane, mi amor. Perdóname", repitió hasta quedarse dormido a altas horas de la noche.
-Su Majestad, el Príncipe Ranma ha llegado_ anunció el escolta de la Tercera Consorte.
Akane sintió un escalofrío recorrer su piel ante el anuncio.
Cuando escuchó la puerta abrirse y segundos después cerrarse a sus espaldas, todo su cuerpo se tensionó. Cerró sus manos en puños, mientras automáticamente su respiración se aceleraba.
-Akane… no sé… no sé cómo disculparme por lo que pasó esa noche, yo… sé que no es una justificación admisible pero había bebido como hace tiempo no lo hacía y … yo te había visto tan feliz, reías, y hablaste con mi padre a mis espaldas, yo…
- Tienes razón _lo interceptó_ nada de lo que acabas de decir justifica lo que me hiciste.
-Akane, lo siento tanto _exclamó caminando hacia ella.
-¡No te me acerques! _advirtió mirándolo de frente.
Estaba furiosa, indignada, lastimada.
Ranma obedeció.
-Ya te escuché. Ahora vete.
-Akane, perdóname.
- Vete.
-No volveré a tomar ni una sola gota de alcohol en lo que me resta de vida, te lo juro.
- ¡Oh, no te atrevas!, ¡No responsabilices a una bebida de tus actos!, no fue el alcohol quien rompió su promesa. ¡Fuiste tú!, ¡Tú prometiste que no me tocarías sin mi consentimiento!
-¡Lo sé!, Akane, no digo que fue el alcohol quien te lastimó, ¡fui yo! Yo, que me comporté como una bestia, cegado por los celos y la frustración. No debí, de ninguna manera debí hacerlo. Perdóname, mi amor _suplicó.
-Pero lo hiciste.
-Nunca más haré algo así contigo, te lo juro.
-Vete. Ya te he escuchado. No puedo más. Vete por favor.
-Te amo Akane, perdóname.
Se quedó de pie mirándola abatido.
Akane también lo hizo, conteniendo las lágrimas que se acumulaban en sus ojos color café. Lágrimas de resentimiento y de impotencia.
Y cuando vio que él no se movió un solo centímetro decidió hacerlo ella, dejándolo solo en la habitación que tanto amaba, solo con su remordimiento.
Al salir de su letargo volvió a su recámara y se sentó junto al ventanal con la hoja en su mano.
No se la entregó.
Había tardado tres días en ir hasta ella con la firme resolución de dejarla ir.
Pero no se la entregó.
A pesar de haber llorado ante su padre al pedirle que escribiese el decreto donde se estipulaba la disolución del matrimonio entre Ranma Saotome y Akane Tendo, no se la entregó.
No pudo.
De la misma forma en que no pudo dejar la habitación hace media hora atrás, permaneciendo allí, de pie, contemplándola como si fuese una alucinación que en cualquier momento desaparecería.
No esperaba que lo perdonara, solo quería decirle lo arrepentido que estaba.
Iba a disculparse y entregarle el decreto que le daría lo único que le había pedido: la libertad.
Pero en cambio solo se justificó. Le prometió que no volvería a probar una gota de alcohol y aseguró que jamás volvería a tocarla sin su consentimiento.
Después de todo era un cobarde que no quería arriesgarse a estar sin ella.
Un canalla.
A cambio, no volvió a buscarla durante las siguientes dos semanas. Semanas en las que se llenó de trabajo para mantener su cabeza ocupada y su corazón distraído.
Sin embargo la espiaba. Como una hiena que aguardaba a que los leones se distraigan de su presa para robar un bocado de ella, esperaba paciente a que se distrajera en las afueras de su dormitorio para alimentar su añoranza por ella. A veces mientras se dirigía a la cocina con Yuka. Otras, mientras volvía de la reunión matutina en el palacio Tsubaki. Las menos, al encontrarse distraída en algún ventanal observando a los pajarillos que cantaban para ella.
Era una agonía no poder acercarse a Akane. Mucho más no poder hablar con ella. La extrañaba a horrores y no pasaba un momento del día sin que se arrepintiera de haber perdido sus cabales esa desgraciada noche.
Pero prometió darle espacio, y eso es lo que intentaba hacer. Se lo debía, eso y mucho más, por haberle roto sus alas.
-¡Akane!
-¡Kasumi!, ¡Qué alegría verte!, pero ¿qué haces aquí?
- El Príncipe nos ha dado permiso para venir a verte dos veces por semana un par de horas. Nos turnaremos con papá y Nabiki para que todos los días uno de nosotros venga a hacerte compañía.
-Eso es… ¡una maravillosa noticia! _exclamó entusiasmada_ ¿Cuándo fue que él…
-¡Ayer!, Nos dijo que le tomó un poco de tiempo conseguir el consentimiento del Rey, pero parece ser que lo logró. Dijo que también podías seguir yendo tú a casa, como antes. ¡Así que ahora nos vemos con mayor frecuencia!
-¡Sí!, ¡Lo haremos!_ la abrazó con regocijo.
- ¿Escuchaste las noticias?
-¿Cuáles noticias?
-¡Atraparon a los desertores esta mañana!
-No… lo sabía. Eso es sumamente bueno.
-¡Lo es! Y lo mejor fue que gracias a la tropa que se quedó vigilando los alrededores del pueblo, nadie salió lastimado cuando algunos de ellos intentaron tomar de rehenes a personas para fugarse. Escuché que Chihiro fue rescata de inmediato por un par de soldados que frustraron de inmediato el intento de esos maleantes.
- No sabía que había una tropa patrullando el pueblo.
-¡Oh, sí! El Príncipe ordenó que se establecieran allí pocos días después de la última vez que fueron juntos a la zona de cultivos del norte.
- ¿Él lo ordenó?
- ¿No hablas con él?
-No lo hago. Estamos… distanciados.
- ¿Pasó algo Akane? _preguntó preocupada.
-No, no es nada. Ya sabes, no tengo mucho de qué hablar con ese hombre.
-Pensé que se estaban llevando mejor.
-¿Cómo crees? Nunca me llevaré bien con él.
-Lo que Ranma hizo fue deplorable Akane. Coincido. Pero no sé, últimamente me hace acordar al muchacho que asistía a nuestro campo a leer bajo el sakura.
-¡No te dejes engañar, Kasumi! _advirtió ofendida.
-Solo digo que siento que ha cambiado, eso es todo. La gente del pueblo está muy satisfecha con él, ya sabes, no solo con la captura de los desertores o la protección permanente de la tropa. Los caminos del norte están avanzando rápidamente. Y la construcción de la biblioteca, ¡Oh Akane, no puedo esperar a verla concluida!
-¿Biblioteca?, ¿De qué biblioteca hablas, Kasumi?
-La biblioteca que Ranma ordenó a construir en el viejo molino de los Kido. ¿Tú… tampoco lo sabías?
-No…
-Dicen que lo escucharon hablar de la construcción de una escuela pública.
-¿Lo escucharon?, ¿Quiénes?
-La gente del pueblo, la semana pasada.
-¿A Ranma?, ¿Lo escucharon a él?, ¿Ranma estuvo… allí?
-Sí, Akane. Desde hace dos semanas que asiste todas las mañanas al pueblo.
Akane quedó estupefacta. Pensó que todos los proyectos y mejoras que habían pensado para el pueblo se habían extinguido junto con las visitas de Ranma, a quien no veía hace dos semanas. Él le había dejado en claro que si ella no compartía sus noches con él no movería un dedo para ayudar al pueblo. Realmente creía que estaba todo perdido. ¿Pero ahora había una biblioteca en construcción y el proyecto de una escuela?
"Culpa", pensó Akane. Todo lo que estaba haciendo lo hacía por culpa, culpa de haberla ultrajado y lastimado. Pero aún así los estaba ayudando.
-¿Crees que podemos ir mañana al pueblo?
-Supongo. ¿No deberías preguntárselo a él?
-Supongo que sí.
Al atardecer, después de no haberlo visto por casi dos semanas, se dirigió a su recamara para hablar con él.
La recibió notablemente sorprendido.
Ella también lo estaba, pues se veía ojeroso y perjuraba que hasta mucho más delgado. ¿Estaba enfermo?
¡Qué importaba!
-Akane… ¿qué… cómo puedo ayudarte?
- Mañana… ¿puedo ir al pueblo con Kasumi mañana?
-¿Al pueblo? Bueno, sí _dijo conflictuado.
No quería que Akane supiera todavía sobre la biblioteca, la escuela o el pequeño hospital.
No había pensado en decírselo, en realidad. Solo lo estaba haciendo para ocupar su tiempo, o eso creía.
Pero no podía oponerse.
-Puedes ir, sí. Pero deben ir escoltadas.
-Lo sé. Gracias.
Y luego, tras una breve reverencia, se fue.
Su corazón latía frenético. Cobró vida con tan solo verla de cerca y escuchar un par de palabras salir de su boca.
Cuando tocaron a su puerta minutos después se levantó de inmediato dirigiéndose a ella pensando que Akane había vuelto por alguna extraña pero afortunada razón.
-Su Alteza _la sierva saludo con una reverencia.
-¿Qué quieres? _dijo defraudado.
-Mi Señora me pidió recordarle que todavía lo espera.
Ranma cerró los ojos y contó hasta diez antes de responderle.
-Mañana.
Y cerró la puerta en su cara.
Ya no podía retrasar la "visita". Ya no.
Pero esta noche se sentía positivo. Por fin podría dormir, estaba seguro de ello. Su perfume perduraba todavía en el ambiente, esa fragancia que tanto anhelaba. Así que se apresuró en retenerla en sus fosas nasales y se metió a la cama esperanzado en soñar con ella.
Partieron apenas terminó de entregar el pago por sus servicios a "su gente". Gracias a optimización del presupuesto que le correspondía como consorte, para administrar tanto el pago a los siervos como sus propios gastos, pudo aumentar la suma de dinero entregada a cada una de las personas que pertenecían a la tercera casta. Las caras de alegría se repetían por todo el palacio. Akane pidió discreción al respecto y aceptó con regocijo y humildad los abrazos, besos y palabras de agradecimiento de aquellas personas que había llegado a conocer tan bien como lo había hecho durante toda su vida, preocupándose y cuidando a todos a su alrededor.
Por eso la Cuarta Consorte, Akane Tendo, rápidamente pasó a ser la mujer más amada y respetada de aquel palacio. Desde las castas mas inferiores, hasta el mismísimo heredero a la corona.
Antes de abandonar el palacio encontró a Ryoga esperándola entre su corte.
Se puso nerviosa, pues los recuerdos la fatídica noche que había vivido hace un par de semanas atrás se refrescaba en su consciencia. Todo aquello había comenzado de esta misma manera, según entendió, cuando su amigo la acompañó al pueblo.
Akane intentó disuadir al escudero de que la escoltara. Pero él insistió en que su Amo lo había indicado.
No se sintió tranquila al respecto, pero no había mucho que podía hacer. Ryoga era su amigo, pero Hibiki era el fiel sirviente del Príncipe. Y su palabra siempre iba a tener más peso que la de ella.
Efectivamente, cuando llegó al pueblo las noticias la alcanzaron con rapidez, así como el entusiasmo de todo el mundo que se aceraba a ella, "La Consorte Akane", para agradecerle por todo lo bueno que estaba aconteciendo en sus vidas desde que se casó con el heredero Saotome. Se sorprendió incluso cuando algunos preguntaron por su esposo, preguntas hechas con simpatía, con ansias, con cariño.
Para cuando volvió al palacio la cabeza de Akane era un completo lío.
No podía creer lo que había visto o escuchado esa tarde.
Ella pensó que él no iba a mover un dedo por ellos si ella no accedía a satisfacer su apetito. Sin embargo ahí estaba la prueba de su propio engaño. En solo dos semanas movió cielo y tierra para conseguir fondos para obra pública, organizar el ejército e incluso liberar al poblado de delincuentes.
Era poderoso, ese hombre podía con tan poco hacer tanto.
Akane se lamentaba profundamente de que las cosas no fuesen distintas, para ella, para él, para los dos.
¿Cómo un hombre que podía estar al borde de las lágrimas por no lograr leer exitosamente un poema, lograba transformarse en una bestia capaz de forzar a una mujer a estar con él?
¿Cómo un hombre que se mostraba irracional al punto de sentirse celoso solo por ver reír a su esposa, podía ser capaz de llenar su jardín de delicadas rosas solo porque a ella le gustaban?
¿Cómo un hombre que había despreciaba a aquellos que no tenían riquezas o rango social en absoluto, podía en planear construir una escuela para educarlos gratuitamente?
Él era un misterio para Akane.
Ella misma lo odiaba con todas sus fuerzas, y más tarde se reía por su ocasional torpeza. Sentía lástima y empatía por el peso que caía sobre sus hombros por ser el hijo de un Rey, para luego aborrecerlo por ser tirano y egoísta.
¿Cómo podía tener miedo de sus caricias y extrañar dormir entre sus brazos?
¿Cómo podía?, ¿Dónde había quedado su orgullo, su respeto, su amor… por Touma, por ella misma?
Así de confundida estaba cuando decidió ir en su búsqueda.
-Akane.
-¿Puedo acompañarte al pueblo, ya sabes… como antes?
- No hay nada que me gustaría más.
-Está bien. Hasta mañana, entonces.
-Hasta mañana.
Antes de que desapareciera de la habitación, él la llamó.
-¡Akane!
-¿Si?
-Lo siento mucho, realmente lo siento.
Ella no respondió, solo abandonó el lugar.
El corazón de Ranma volvió a latir con poquito más de vigor esa noche. Y después de casi quince días los músculos de su boca se expandieron mostrando una sonrisa.
Se asomó a la puerta y pidió a uno de sus sirvientes que le avisaran a la consorte que seguramente estaba esperando por él, que se sentía indispuesto por lo que no la visitaría esa velada, tal vez mañana.
"Ojalá nunca", dijo para sí mismo.
No quería arruinar su humor. Quería irse a dormir con el hermoso perfume que flotaba en la habitación, otra vez, porque era algo que le permitía descansar unas horas.
No podía estar más entusiasmado esa tarde, después de tanto tiempo volvería a pasar unas horas junto a ella.
Cuando la vio acercarse al carruaje sintió la conocida calidez esparciéndose por su cuerpo.
El amor producía ese hermoso sentimiento, el amor que solo ella despertaba en él.
Se mantuvieron una buena parte del camino en silencio hasta que Akane se dio cuenta de que el camino por el que estaban yendo no era en dirección al pueblo.
-¿A dónde vamos?
-No te enojes… hay un lugar al que he querido llevarte desde hace tiempo. Pensé que hoy era el momento indicado.
Akane lo miró con pánico.
-No te preocupes Akane, no te haré daño… nunca más, te lo prometí. Confía en mí, sé que suena ridículo, pero por favor confía en mí. Sé que te gustará este lugar.
La consorte intentó tranquilizarse, pero aun así su rostro mostraba ansiedad.
-Además tiene que ver con el pueblo, ¡lo juro! _agregó.
Ella solo asintió y continuó observando el paisaje a través de la ventana, tratando de adivinar su destino.
Y cuando se advirtió del mismo, su ritmo cardíaco se disparó.
-Es… ¿Acaso es?
-Sí, ellos tienen la biblioteca más grande de la región_ sonrió al ver el rostro de felicidad de su amada.
Akane descendió con apremio del carruaje y cuando Ranma por fin llegó a su lado, éste tomó temerosamente su mano y ella solo lo dejó hacerlo, solo se dejó llevar.
Cuando ingresaron al enorme monasterio, los monjes se inclinaron en un saludo de cortesía.
Uno de ellos les indicó el camino al codiciado lugar y cuando por fin llegaron Akane comenzó a llorar de alegría.
Jamás pensó que lo conocería. Escuchó hablar de él muchísimas veces. Aquellos monjes tenían la colección de ejemplares más grande y más antigua de todo el reino. Y ella, ahora, junto a él, estaba haciendo realidad uno de sus sueños más deseados e inalcanzables.
-Ve, tenemos toda la tarde. Yo te espero aquí.
Akane solo atinó a asentir mientras comenzó a recorrer el lugar rebozando de goce.
Miles de libros se asomaban en los estantes de la enorme habitación que tenía dos pisos.
La mujer repasaba los títulos que aparecían bajo el tacto de sus dedos. Muchos idiomas, algunos que ella jamás podría reconocer. Ejemplares antiquísimos, otros de los más recientes. Diversidad de temáticas y autores.
Era el paraíso.
Cuando por fin terminó con el ala izquierda del lugar el sol estaba a punto de desaparecer de su vista.
-Akane, debemos irnos _anunció el futuro monarca.
-Oh, ya está por anochecer, ¿verdad? _preguntó saliendo del ensueño en el que estaba sumergida.
-Así es. Debemos volver pero no te preocupes, volveremos pronto. Los monjes van a conseguir los libros que necesitaremos para completar la biblioteca del pueblo. Necesitaré que te encargues de hacer un listado de los libros que quieres allí. Y por supuesto, ellos pueden obtener cualquier libro que quieras para ti.
-¿Cualquiera?
-Definitivamente.
Akane le dedicó una sincera sonrisa y Ranma sintió un escalofrío atravesar su cuerpo. ¡Cuánto deseaba abrazarla!
Pero solo tomó su mano y se dirigieron de vuelta al palacio.
El camino estuvo repleto de su monólogo. "Deberemos conseguir libros de pedagogía, historia, geografía… definitivamente literatura".
Ranma solo atinaba a asentir a cada una de sus sugerencias, disfrutando de tenerla tan cerca, de verla sonreír, de verla entusiasmada. Después de todo sí podía hacerla un feliz, solo un poco, con tan poco.
Antes de separarse Akane le dedicó aquellas palabras que conmovieron cada célula de su existencia.
-¡Gracias Ranma, muchas gracias!
Y antes de que pudiera reaccionar se retiró a su recámara.
Ranma entró a su dormitorio. No sabía que podía sentirse tan abrumado por sus sentimientos. En ese momento sentía que haría lo que fuese por obtener el amor de Akane. Solo quería estar a su lado, lo necesitaba tanto. Solo verla, nada más que verla.
La amaba tanto que dolía.
Entonces aquellos conocidos golpes sobre su puerta interrumpieron sus pensamientos.
-¿Qué?
-Mi Señor _habló el eunuco_ Mi Lady lo está esperando. Ya ha postergado su encuentro demasiado tiempo. Escuché que ella no ha dejado de presentar su queja ante la Reina Madre, Su Alteza. Si esto llega al Rey me temo que las cosas se complicarán.
Ranma bufó por lo bajo.
Y decidió enfrentar sus obligaciones.
Comenzó a caminar en dirección a los aposentos de la mujer que clamaba por él, mientras su corazón se estrujaba ante el pensamiento de tener que estar a su lado. Había tenido un día tan hermoso junto a Akane. No podía dejar de sonreír al repasar en su cabeza la forma en que ella sonreía mientras caminaba de un lado a otro en la enorme biblioteca. En su entusiasmo, en su energía, en su belleza.
Cuando llegó a su destino, sin haberse dado cuenta de ello, anunciaron su presencia.
Las puertas se abrieron develando tras ellas a la preciosa mujer que sonreía ampliamente al ver que finalmente había llegado.
Pero no esa no era la sonrisa que conmovía su corazón.
Volvió sobres sus pasos y comenzó su derrotero.
Se acercó a la puerta haciendo un gesto de silencio a los sirvientes que estaban junto a ella.
Y luego apoyó su oído sobre la abertura de madera.
Escuchó risas, voces, y más risas al otro lado.
Con sumo sigilo entró a la habitación y descubrió que el bullicio provenía del jardín.
Apenas iluminada por la luz de una vela y el resplandor de luna, la vio de pie leyendo para una pequeña audiencia que sentada sobre el césped la observan con atención.
No reconocía las líneas de la obra que su esposa leía, pero parecía ser una comedia ya que él mismo se encontró riendo un poco ante la hilarante línea que recitaba Akane.
Entonces Yuka volteó en su dirección y lo vio.
-Su Alteza _exclamó horrorizada.
-Mi Señor _dijo con sorpresa Hibiki, levantándose de inmediato.
Ranma permaneció inmóvil en la misma posición, observando la expresión extrañada de la doncella que adoraba.
-Déjenos solos, por favor _ordenó, si bien sonó a un sincero pedido.
Ambos lo hicieron, no sin antes dedicarle una mirada ansiosa a la lectora.
Akane asintió. Esta vez no tenía miedo.
Solo atinó a caminar hacia él, y rodéandolo se dirigió a la cama.
Dejó el libro en la mesita junto a su lecho, desató su larga cabellera sacando los pocos ornamentos que todavía se escondían en su pelo y por último, se despojó de su túnica, quedando con el amplio camisón.
Ranma caminó hacia el lado opuesto de la cama, allí donde había encontrado tanta paz. Se libró también de sus ropas vistiendo solamente sus pantalones. Corrió las sábanas e ingresó.
Akane apagó la única vela que iluminaba el interior del dormitorio, justo al lado del libro que ahora reposaba cerrado junto a su dueña, y dándole la espalda a su esposo acomodó su cabeza sobre la almohada, aferrándose a ella con sus manos fuertemente.
Entonces sintió el movimiento a su lado. Y segundos después el calor que desprendía el masculino cuerpo tras su espalda.
-No te haré daño, lo juro… yo solo… te necesito tanto _susurró.
Ranma deslizó su brazo derecho bajo la almohada de Akane, encontrando en el camino su pequeña mano. De inmediato deshizo el agarre de sus delicados dedos sobre el cojín y entrelazó su mano con la de ella.
Se acercó un poco más hasta que su pecho desnudo entró en contacto con la suave tela del camisón. Su brazo izquierdo se apoderó de la fina cintura de la mujer que amaba, mientras su rostro se perdía en la nuca de Akane, olfateando por fin el aroma que tanto lo extasiaba.
Akane sintió la respiración chocando contra su piel, el movimiento de la nariz de Ranma refregándose en movimiento ascendientes y descendientes a lo largo de su nuca y su cuello. Todo aquello tan conocido.
Hasta que la humedad impactó contra la piel de sus hombros, apenas descubiertos.
-Lo siento tanto Akane _susurró ahogado entre sollozos_ Siento tanto amarte así. Pero todo lo que hice, lo hice por amor. Perdóname por favor, te amo.
Akane no dijo nada, solo cerró sus ojos.
No tenía miedo, todo era tan distinto. Nada de aquello se sentía sexual, al contrario. Parecía el comportamiento de un pequeño niño perdido y desamparado pidiendo un poco de cariño.
El golpe de la puerta estampándose contra la pared los despertó de inmediato.
-¡Tú!, ¡Maldita!, ¡Tú!
-¿Kodachi? _exclamó Akane separándose de los fuertes brazos que la sostenían.
-¡Lo sedujiste!, ¡Lo trajiste a tu cama, me lo quitaste!
- ¡Cállate Kodachi, las cosas no son como dices! _advirtió el hombre de ojos azulados.
-¿No?, ¿Acaso vas a negar que pasaste la noche con ella cuando tenías que estar conmigo?
-En efecto.
-Por más de dos semanas te estuve esperando, ¡Y estas aquí, junto a ella!
-Kodachi yo _dijo Akane caminando hacia ella.
Pero la Tercera Consorte no la dejó continuar, estampando su mano contra la cara de Akane con tal fuerza y sorpresa que la hizo caer al piso.
Ranma, al ver la osadía de su tercera esposa, corrió hacia ellas y la apartó de Akane empujándola hacia atrás, haciendo que Kodachi cayera al piso, al igual que Akane.
El Príncipe se arrodilló junto a la Cuarta Consorte y observó con furia la piel enrojecida de su mejilla.
Giró sobre sus pies levantándose, avanzó hasta la atrevida mujer y la tomó del brazo haciéndola gritar ante su brusco agarre.
-¡Tú!, ¡No volverás a tocarla en tu puta vida!, ¿me escuchas?
-¡Ranma, no! _pidió Akane.
Ella podía comprender la indignación y el dolor de Kodachi. No sabía, sin embargo, que durante esas dos semanas su esposo no había compartido sus noches con ella.
¿Acaso lo había hecho con alguna de las otras dos?
-¿Que está sucediendo aquí? _preguntó la Reina Madre adentrándose a la habitación.
-Mi Señora _corrió junto a ella zafándose del Príncipe _¡Esa mujer! _afirmó señalando a Akane_ ¡Sedujo a mi señor esposo para que pase la noche junto a ella en vez de que lo hiciera conmigo como correspondía!
-¡Eso no es así, Mi Reina!, yo… yo… no… _vaciló no sabiendo qué decir.
-¡Deja ya las falsas calumnias Kodachi!, Akane jamás me sedujo. ¡Yo pasé la noche aquí porque así lo quise!, ¡Yo decidí dormir aquí!, ¡Yo!
-¿Es eso así? _preguntó Cologne mirando a Akane.
-Sí, Mi Señora.
-¿Y tú lo permitiste?
-¿Cómo dice?
-¿Tú permitiste que él lo hiciera, que durmiera contigo cuando no te correspondía?
Akane no sabía que no correspondía que durmiera allí. Se había olvidado de todo… y todas cuando lo vio parado en el umbral del ventanal viéndola leer.
-Sí, lo hice _admitió.
Lo había hecho. No se había opuesto, solo dejó que todo ocurriera.
-¡No es verdad, ella no sabía nada, Akane es inocente, ella desconocía que debía pasar tiempo con Kodachi!, ¡Es mi culpa!
-¡Guardias! _dos soldados ingresaron al instante_ Lleven a Lady Akane al patio interno y preparen la fusta.
-¿Qué?, ¡No se atrevan! _advirtió interponiéndose entre el mundo y su querida esposa.
- Esta bien Ranma _aseguró Akane.
-¡No!, ¡No dejaré que te lastimen, no hiciste nada malo! _ le dijo, ahora, mirándola a los ojos.
Ella sonrió tristemente y afirmó.
-Lo hice, hice algo terrible.
Ranma no comprendía sus palabras pero la abrazó con todas sus fuerzas.
-Su Majestad. Ella admitió su responsabilidad. Debo castigarla como marca la ley, no se olvide que ella está bajo mi poder.
Al ver que Ranma no se apartaba de la Cuarta Consorte ordenó a los guardias que lo hicieran por él.
Y así fue, los separaron y llevaron a Lady Akane al lugar indicado por Cologne.
La hicieron arrodillar a la espera de que llegaran las demás consortes, y un pequeño público compuesto por varios siervos de la clase superior y un par de la inferior, de su gente, de los amigos de Akane.
Cuando Colegne anunció el delito de Lady Akane, al interferir con los derechos de Lady Kodachi por un lado y las obligaciones maritales del Príncipe por otro, se ordenó un castigo de veinticinco latigazos por cada reglamento violentado.
Pero justo cuando el látigo iba a su morder la blanca piel de la pequeña consorte llegó él, después de haber dejado inconsciente a más de una decena de guardias que habían intentado retenerlo. Llegó Ranma para correr hacia ella y cubrir su espalda con la propia.
-Yo te protegeré, mi amor _dijo a su oído.
-¡Ranma! _exclamó intentando voltear a verlo, pero no pudiendo.
-Yo tomaré el castigo por ella _anunció ante los presentes.
-¿Qué?, ¡Eso es imposible!_ bramó Ukyo.
-¡Ranma!, ¿Cómo te atreves? _agregó la amazona más joven.
- ¡Impartan los latigazos, pero primero deberán atravesarme a mí!
-Que así sea_ sentenció la Reina.
-¡No, abuela! _pidió la Segunda Consorte prendiéndose del brazo de la anciana.
-Estoy… de acuerdo _asintió la rosa negra entre lágrimas.
Quería que lo castigara a él también. No sabía si Akane lo había seducido o no. Pero fue él quien llegó hasta su puerta para luego darle la espalda. La había humillado, frente a todos los sirvientes que los acompañaban. Si tan solo lo hubiese hecho a escondidas, seguramente lo hubiera pasado por alto.
-¡Cómo te atreves, Kodachi! _se dirigió hacia ella colérica la primera esposa real.
-¡Empiecen! _ordenó la soberana.
Ranma besó los cabellos de Akane, se aseguró de cubrir la totalidad de su cuerpo con el suyo y volvió a hablarle al oído.
-Yo te protegeré.
"Uno", "dos", "tres", "cuatro", "cinco".
-Ranma _se quejó Akane al sentirlo estremecerse con cada golpe.
-Estoy bien mi amor, no te muevas o-
"siete", "ocho"
-O te lastimarás.
"once", "doce", "trece"
-¡Ya basta! _pidió Ukyo desesperada.
-Abuelita, detenlo por favor.
"dieciocho", "diecinueve", "veinte", "veintiuno", "veintidós"
-¿Estás bien?
-Nunca estuve mejor. Tranquila, ya… ya vamos por la mitad.
"veintinueve", "treinta".
-¡Está sangrando! _dijo Ukyo intentando avanzar hacia su esposo.
Dos guardias la detuvieron ante el chasquido de los dedos de la Reina Madre.
"treinta seis", "treinta y siete", "treinta y ocho"
-¡Ah! _se quejó inevitablemente el Príncipe.
-¡Ranma! _exclamó Akane, llevando sus manos hacia las de él, que se mantenían firmes cruzadas frente a ella.
"cuarenta y tres", "cuarenta cuatro".
-¿Qué es esto? _interrogó el Rey Genma horrorizado.
Y entonces los latigazos se detuvieron.
"Su Alteza", resonó en el lugar.
Las consortes y la Reina acompañaron el saludo con una leve reverencia, mientras que los sirvientes, eunucos y soldados presentes se prostraron ante él.
-¡Todos de pie!, ¡Exijo saber por qué están golpeando a mi hijo!
- Nadie está golpeando a su hijo, Mi Señor. Es Lady Akane quien está siendo castigada por distraer al príncipe de sus obligaciones y privar a Lady Kodachi de sus derechos maritales.
-Si es así, ¿por qué está postrado allí, con tu espalda cubierta de sangre?
-¡Porque yo lo quise, padre! _interrumpió a lo lejos el primogénito_ Solo… faltan seis, solo seis y habremos cumplido con el castigo.
-¡De ninguna manera, ya mismo se termina esta locura!
-¡No! _exclamó Ranma sin fuerzas para enfrentarlo, manteniéndose aferrado a Akane, aferrado a sus manos que lo sostenían _Cumpliré el castigo como lo que soy, el Príncipe de esta nación y el esposo de Akane.
Su padre no podía creer que esas palabras pertenecían a su único hijo.
-¡Sigan! _ordenó con sus últimas fuerzas.
El Rey asintió con el estómago revuelto.
-Ya casi _susurró el amante.
"cuarenta y cinco", "cuarenta y seis", "cuarenta y siete", "cuarenta y ocho", "cuarenta y nueve".
Se escuchó el látigo romper el aire por última vez.
"cincuenta".
Y entonces Ranma cayó al piso gritando de dolor cuando su lacerada espalda chocó contra el pavimento.
-¡Ranma! _exclamó Akane dándose vuelta hacia él.
La muchacha pidió ayuda de inmediato. Sin percibir cuando él tomó su mano desesperado en el momento en que intentaron levantar su cuerpo lastimado.
El Rey, la Primera y Segunda Consortes corrieron a su lado.
-De inmediato, llévenlo a su habitación _ordenó Shampoo.
-Llamen al médico real_pidió Ukyo.
La Reina Madre emprendió el camino de regreso a su palacio, mientras que Lady Kodachi permaneció de pie, inmóvil, contemplando la escena.
Cuando los soldados comenzaron a caminar con el cuerpo de Ranma hacia la recámara, el Príncipe se aferró a la mano de Akane, quien comenzó a caminar a su lado.
-Vuelve a tu habitación _ordenó Ukyo.
-¡No!, Yo… quiero cuidarlo _pidió Akane sin dejar de observar a su esposo, quien tampoco separaba sus ojos de los de ella.
- ¡Obedece! _chilló Shampoo intentando separarla de su lado, forcejeando con ella.
-¡Akane!, ¡Padre, quiero estar con ella!, ¡Por favor! _pidió a su progenitor removiéndose desesperadamente bajo las manos de los soldados que no logarían retenerlo por más tiempo.
-Lady Akane cuidará de Ranma.
-¡Padre! _exclamó indignada.
-Ukyo, es lo que él quiere.
-Pero-
-Y yo solo quiero que se deje curar. Vuelvan a sus habitaciones de inmediato.
Ellas no pudieron hacer nada más que observar a su esposo ser trasladado al dormitorio, aferrado a la mano de la mujer que más envidiaban.
Lo recostaron sobre la cama, boca abajo.
Akane de inmediato rompió la tela de su camiseta bañada en sangre.
-¡Akane! _la llamaba cada vez que desaparecía de su vista.
-Acá estoy Ranma. Fui a buscar una tela para limpiarte.
-No me dejes.
-No lo haré. Te lo prometo.
Fue así como pronto llegó el médico real.
Aplicó una serie de cremas medicinales, y la consorte preparó aquellas hierbas que tanto conocía.
Quisieron que tomara un poco de alcohol para que pudiera tolerar el intenso dolor, pero él se rehusó.
"Te dije que no volveré a probar una gota de alcohol en mi vida".
Así que le dieron para masticar la corteza de sauce blanco, y ello alivió su padecer al punto que pudo dormir.
Fue una larga noche, sin embargo.
Levantó fiebre, mucha.
Akane necesitó de Ryoga para llevar el cuerpo de su esposo hasta la bañera con agua fría para bajar su temperatura en reiteradas ocasiones.
Ranma solía despertar sobresaltado, gritando su nombre y suplicando que no lo deje. Parecía sufrir constantes pesadillas en las cuales ella, lastimosamente, era la protagonista. La Consorte entonces tomaba su mano y le aseguraba que no lo iba a dejar.
Lo hidrató toda la noche y cuando por fin su fiebre cedió, también lo hizo su cuerpo, cayendo inconsciente junto a su esposo en un profundo sueño.
Los siguientes días fueron más fáciles. Las heridas parecían sanar con rapidez. Las mismas eran atendidas por la muchacha en varios turnos durante el día. También lo ayudaba a bañarse, a comer y cambiarse de ropa, con la ayuda por supuesto de Hibiki.
Ranma pidió a su padre que permitiera que Akane lo acompañase durante sus noches, pues a veces el dolor era tan intenso que le costaba conciliar el sueño.
Su padre accedió y para su sorpresa también lo hizo su consorte.
-¿Puedes leer para mí? _preguntó la primera vez que se quedó junto a él.
- Sí, ¿qué quieres que te lea?
Ranma señaló un libro que permanecía junto a su escritorio.
Akane se dirigió hasta allí y lo tomó.
-Lo traje conmigo cuando fuimos a ver a los monjes _explicó.
Akane sonrió y se sentó junto a él, acercando una vela para iluminar las páginas.
-Don quijote de la mancha.
-Es sobre un loco, un loco enamorado.
-Sí. Un loco enamorado _repitió mientras abría el libro.
Aclaró la garganta, frunció el seño y comenzó.
- Capítulo primero. Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha. En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Las siguientes seis noches continuaron con la lectura. Comenzaban justo después de curar las heridas y cambiar los vendajes, a veces antes o durante la cena. Siempre sobre la enorme cama del Príncipe y de su, ahora, compañera de alcoba, hasta que alguno de los dos se quedaba dormido.
Fueron las noches más felices en la vida de Ranma, las noches en vela junto a ella.
Pero todo llega a su fin y cuando sus heridas ya estaba cicatrizadas, el médico real indicó que el Príncipe ya no necesitaba de cuidados personalizados y que ya podía incluso retomar sus actividades con normalidad.
La primera noche que pasaron separados se extrañaron, ambos.
Así que pronto se encontraron buscando alguna excusa para verse y por supuesto pronto la hallaron.
Volvieron a visitar el pueblo, juntos, aunque algunas veces desviaba su camino hacia el monasterio. Muchas veces, allí, se dedicaron a explorar los libros que rodeaban el lugar. Otras veces se sentaban bajo la sombra de algún sauce a leer las aventuras del hidalgo enamorado y su fiel escudero.
-¿De qué te ríes?
-¡Soy Don Quijote!, Hibiki es Sancho panza y tú… eras mi Dulcinea.
Akane evitó su mirada, y solo sonrió tímidamente.
-¿Y quién sería rocinante?
-Mmm… ¿Kudo?
-Puede ser.
Pero como había dicho, todo lo bueno termina.
Y esa noche la noticia que llegó a oídos de la consorte confirmó la popular creencia.
-Mi Señora, ella es Miyo. Trabaja para la Reina Cologne, pero quiere hablar con usted _explicó Yuka.
-Pasa Miyo.
La muchacha ingresó asustada, mirando a sus alrededores.
No había tenido la oportunidad de hablar con la Cuarta Consorte en persona, pero sí conocía su nobleza de cerca ya que gracias a ella su hermana Risa recibió la atención médica necesaria cuando se lastimó en la huerta del palacio, sin perder su trabajo o recibir castigo alguno.
Miyo se sentía en deuda con la consorte, así que a pesar de que podría perder la vida por contarle lo que escuchó esa mañana en el palacio de la Reina, estaba dispuesta a hacerlo.
-Mi Señora, no sé si esta información es importante para usted, pero creo que por lo menos debe estar preparada.
-Puedes habla Miyo, ¿qué es lo que has escuchado?
-Oí una conversación… entre la Reina Madre y Lady Ukyo. La Reina le había dicho que mañana sería realizada la revisación médica que había pedido… para usted.
-¿Revisación médica?
-Sí, no entendí a qué se refería pero dijeron algo sobre… pues, sobre su virginidad.
-¿Mi… virginidad?
-Así es Mi Señora. La Reina le preguntó a Lady Ukyo si realmente estaba segura que usted todavía era virgen, que… que no había consumado el matrimonio con el Príncipe Ranma. Lady Ukyo dijo que usted se lo había confesado por error.
Akane llevó sus manos a la boca y de repente aquella conversación con Ukyo al amanecer volvió a su consciencia.
-Dijeron que la van a llamar a primera hora de la mañana, a las demás consortes también, pero la Reina aseguró que su médico verificaría minuciosamente si usted seguía siendo virgen y que si Lady Ukyo tenía razón… lograrían desaparecerla del palacio para siempre, Mi Señora.
Akane sintió que se le bajaba la presión hasta los mismos infiernos, por lo que tuvo que sostenerse de Yuka para no caer. Su piel se volvió blanca, como la nieve y su temperatura se asemejó a la de un témpano.
Respiró profundamente intentando tranquilizarse y luego tomó las manos de Miyo entre las suyas.
-Gracias Miyo, has salvado mi vida, o por lo menos lo has intentado. No temas, nadie sabrá que viniste a hablar conmigo. Si tienes algún problema ven a buscarme, te protegeré para siempre…
"Si sigo con vida", pensó para sí.
Una vez que la muchacha se fue Yuka le preguntó a su señora con desespero.
-¿Qué haremos, Akane?
-Según el protocolo, no haber consumado el matrimonio es traicionar al reino. Pero nosotras además mentimos al simular que sí se había concretado… así que el delito será aún más grave. No solo me matarán a mí, sino a mi familia y a todos los que participaron de la farsa, probablemente a toda mi gente solo por haber estado bajo mi ala. Será una masacre.
-Mi Señora, pero ese medico, ¿él pueda darse cuenta?
-Lo supo cuando me revisó al llegar al palacio. Nada ha cambiado, lo volverá a confirmar.
-¡Tiene que pedirle ayuda al principe!, ¡Él podrá solucionarlo!
-¡Es muy tarde Yuka!... a esta hora no hay nada para hacer.
-Mi Señora, no quiero que muera, yo… tampoco quiero morir.
Parecía un verdadero loco riendo solo al recordar la hermosa tarde que había compartido a su lado.
Tomó el libro entre sus manos y lo llevó a la cama. Quería practicar lo que Akane le había asignado de tarea.
Gracias a su ayuda, había mejorado notablemente su lectura.
Estaba tan concentrado en su práctica, que no notó cuando el eunuco ingresó a su habitación.
-No te has anunciado, ¿qué quieres?…
De repente lo notó. Ese no era su siervo.
La larga cabella se liberó cuando el característico sombrero fue arrojado sobre el piso.
-¿Aka…ne?, ¿qué haces aquí?
La mujer se quedó de pie, a pocos metros de su cama. Parecía nerviosa, afligida, contrariada.
-Akane, ¿qué suce-
Sus palabras murieron en sus labios al ver como su mujer comenzaba desvestirse. La túnica que usaban los eunucos del palacio cayó a sus pies dejándola con la fina prenda blanca que traslucía cada curva de su cuerpo.
-He venido a entregarme a usted, Mi Señor.
