Hola a todxs! ¿Como están? Perdón por la demora. Para quienes leyeron mi OS y creyeron mis palabras sobre la publicación de este capitulo, les juro que no mentí. Me tarde muchísimo, sí, pero porque lo edité decenas de veces y sigue sin convencerme. Creo que este tipo de escenas no son lo mío, pero bueno, la historia debe continuar...
Prometo esforzarme más, de todas formas este es el segundo encuentro entre ellos, no puede ser muy travieso (si saben a lo que me refiero) además de que no es ni será una "novela erótica". Perdón si terminan decepcionados.
Para compensar, varios interrogantes quedarán contentados, o esa es mi intención jajaja. Si algo no se comprende no duden en preguntarme.
Ahora que llegó este capítulo puedo contarles que cuando escribí el 16 había quedado muy conflictuada tmb pero por otra razón. Pensé que todo había quedado muy obvio, que no había misterio alguno en lo que se relató allí. Me llevé una grata sorpresa cuando al parecer no fue tan así. Por lo que, si tienen ganas, una vez que terminen de leer este capitulo pueden volver al 16 y verán que en realidad lo que pasó esa noche estaba, a mi criterio, bastante claro. Ya me dirán.
Mil gracias como siempre por todas sus palabras, endulzan mi alma!
Ya quiero saber que piensan de lo que acontece a continuación. Cada vez estamos mas cerca del final...
Quería contarles que creé una cuenta en Facebook para compartir diversas cosas sobre mis Fics! Me encantaría encontrarlos allí. Para quienes desean ser mis amigos pueden encontrarme como Caru San.
Les recomiendo también una excelente página de Fics, de mi querida A.R. Tendo, se llama: Mundo Fanfics R&I (face)
Me tomaré un espacio para responder a quienes lamentablemente no tengo la oportunidad de hacerlo por privado (puntualmente a dos personas debido a lo que me han solicitado), pero leí cada uno de sus mensajes y los adoré, muchísimas gracias!
Kyori: Salté de la emoción ante tu propuesta. Si! Por favor! Muero por ver tus dibujos sobre la historia! Muchas gracias por la oferta! Si queres buscame en Facebook y los compartiré, obviamente el crédito será completamente tuyo. Gracias por tus palabras y por recomendar y compartir mi historia.
Manu: Gracias por tus comentarios! Bueno, mira, debido a tu solicitud voy a hacer una especie de B-Side de Ranma y las consortes (por supuesto estará Shampoo) una vez que finalice la historia. Trataré de escribir un OS de Ranma y Shampoo, te lo prometo. Debo decirte que es verdad que soy del Team Akane, no puedo evitar identificarme mas con ella que con las demás. Creo que el tipo de mujeron que es Shampoo, a mi que soy un espantapajaros, no me caería muy bien (lo admito, es pura envidia, jajaja). Sinceramente creo que ella es un personaje super interesante, me parece hermosa, astuta y sobretodo una gran artista marcial. Entre todas creo que sería la mejor opcion para Ranma por todas sus cualidades, pero mi corazón siempre estará del lado de la pareja dispareja de RXA (si bien saben que secretamente amo a Ryoga con todo mi corazón, quedó demostrado en Desiciones Peligrosas, no es verdad?)
Muchas gracias por sus reviews a: Grace, María, Rosi, Teuton, Iselaglezcam, Sil Cortez, Yancy, Felicius, Alexandraaa y Ferchis-chan
Esperaré como siempre sus pensamientos y críticas, agradeciendo su tiempo dedicado a leer la historia y a dejar sus palabras. Son muy importantes para mi.
Les mando un abrazo enorme!
Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.
ERES MÍA
Cap 19: Muy Tarde
-¡Hey!, ¿Cómo te fue? _preguntó corriendo hacia él.
-Bastante bien. Ellos se unirán _informó con una sonrisa ladina plantada en su rostro.
-¿Qué quieren a cambio?
-No mucho, parece que su sed de venganza es más fuerte y significativa que recibir pago alguno.
-Los Saotome sí que saben cómo crearse enemigos, ¿eh?
-Dímelo a mí _enunció para sí mismo.
-¿Qué has dicho? _cuestionó al escucharlo pronunciar algo que resultó indescifrable a sus oídos_ Detesto este mercado, es demasiado bullicioso para mi gusto _agregó excusándose en sus alrededores.
-Nada importante, olvídalo. No me gusta repetir.
-Sí, claro, como digas _respondió resignado, el muchacho siempre hacía lo mismo_ ¡No veo la hora de llegar a casa!, tengo ganas de comer estofado de pollo y arroz. Lo único que estuvimos tragando estos días ha sido pan y sake. ¡Hey!, ¿Me estás escuchando, niño? _reprendió al notar que su compañero se había detenido frente a una pequeña tienda en la que concentró toda su atención_ ¿Se te olvida que soy mayor que tú?, ¡Me debes respeto!
-Sí, sí. Espérame aquí. Ya vuelvo _indicó mientras se acercaba a dialogar con el vendedor.
-¿Cómo está, Mi Señor?, ¿Acaso ve algo que le interesa? Tengo las mejores obras de teatro occidentales, libros de estrategia militar y por supuesto de filoso-
-¡Ese! _interrumpió señalando el rectangular objeto que parecía destacar ante sus ojos por sobre los demás.
-¡Oh!, ¡Qué buena elección, Mi Señor! "Las mil y una noches", ¿ha escuchado alguna vez los cuentos de Sherezade?
-Sí, lo he hecho _confesó admirando el libro entre sus manos_ Mi hermosa Sherezade…
Sus sueños no le hacían justicia en lo más mínimo. Porque sus labios eran suaves pero firmes a la vez. Definitivamente demandantes y expertos.
Y pesar de que la incipiente barba raspaba contra su piel nívea, solo contribuía a hacer de esa experiencia una dulce realidad.
Ya no estaba soñando y el calor de aquellas lágrimas entrando en contacto con su piel también se lo comprobaba. Ardía su corazón con la misma intensidad al saber que él estaba destrozado entre sus brazos.
Al igual que ella, supo él también que no era momento para hablar al respecto. Solo quería hacerla suya de nuevo, ahora que Akane por primera vez lo deseaba de misma forma, con total entrega, sin moral ni ética.
Así que cuando sintió su boca sobre la propia, demandante y urgida, se deshizo de las barreras que había construido contra él y permitió que sus befos; hambrientos por probar nuevamente el sabor contenido en su interior; se unieran con los de su esposo abrumándose por completo en dicha entrega.
-Aka… ne _murmuró con voz extasiada, rompiendo brevemente la unión con su consorte.
Ella fue valiente y sosteniéndose de sus hombros se sentó a horcadas sobre su regazo.
-Sí, Ranma _susurró sobre su boca en respuesta a la pregunta no enunciada, tres segundos antes de unirse otra vez a él.
Así que mientras deslizaba su impaciente boca sobre la del príncipe, enterró sus dedos en la melena azabache deshaciendo la prolija trenza.
Una vez terminada su tarea, se aferró a los cabellos que caían ahora sueltos sobre su fornidos hombros como si fueran riendas, guiándolo en el viaje que habían emprendido juntos, haciendo que todo se sintiera más profundo y salvaje.
Ella efectivamente lo había domado, y estaba por completo a su merced. Era su corcel y Ranma no deseaba nada más que ser montado por dueña esa noche.
Abrazó su cintura atrayendo su pequeño cuerpo hasta hacerlo entrar en completo contacto con su pecho.
Sus cabellos eran liberados brevemente solo para enredarse otra vez en las trampas que conformaban los finos dedos de la consorte.
Y cuando ella se removió con desespero sobre él, rosando en el acto su dura entrepierna, se dio cuenta de que todo ello era verdad, que Akane Tendo era suya.
Inclinó su rostro sobre el de ella buscando acceder a una mayor profundidad, porque no había forma en que pudiera saciar el hambre que lo apabullaba por devorar su boca. Y fue allí cuando los inocentes roces entre sus labios se convirtieron en algo más, algo definitivamente sacrilégico.
Akane se dejó guiar por la habilidosa fiera. Es que ella no sabía cómo besar de esa forma, de aquella manera en que se besan los amantes. Por lo pronto intentó imitar los movimientos de Ranma, perjurando orgullosamente demostrarle lo buena alumna que podía ser.
Comenzó a morder los jugosos labios como si literalmente fuera la mismísima fruta prohibida arrancada del paraíso. Y pronto sus oídos fueron testigos del gemido placentero de su mujer al hacerlo, dándole acceso sin saberlo a los rincones más ocultos de su boca.
Él, como buen explorador, no tardó en sucumbir a la tentación de descubrir cada rincón de la mismo.
Con experticia deslizó su lengua contra la de ella en su caliente interior, mientras sus manos subían y bajaban a lo largo de su espalda que se contraía respondiendo positivamente, gloriosamente a sus caricias. A veces también se ocupaba de mimar su largo cuello, otras incluso apretaba sus redondeados glúteos sin una pizca de ternura.
Ella, por su parte, se desquitaba tirando sus cabellos con fuerza y moviendo instintivamente sus caderas contra él, dibujando círculos perfectos sobre su ingle, perfectamente acertados y estimulantes.
Lo estaba volviendo loco.
¿Acaso lo sabía?
Que no necesitaba verla desnuda, ni escuchar palabras sugerentes, posiciones exóticas o prácticas autosatisfacientes para desfallecer por ella. Que bastaba con sus besos inexpertos y sus dedos masajeando su cuero cabelludo para excitarlo por completo.
Porque aunque pareciera la confesión de un puberto que estaba descubriendo la sexualidad por primera vez, debía admitir que con solo saber que estaba allí, con solo escucharla gemir y sentirla rosar levemente su pene, el gran Ranma Saotome podría llegar al mejor de los orgasmos.
Cuando el aire abandonó sus pulmones y sus labios sangraban sutilmente por las mordeduras que se dedicaban. Cuando sus alientos se convirtieron en llamaradas y sus salivas se fusionaron entre sus bocas, el príncipe la sujetó del trasero y se levantó de la cama.
Y la consorte, sin la menor intención de separarse, enredó sus piernas sobre su estrecha cintura.
Sus miradas repletas de tantos sentimientos se conectaron en ese breve recorrido que hicieron al otro lado de la cama. Allí Ranma se animó a preguntarle;
-¿Puedo?
Ella deslizó su boca en un derrotero de besos desde sus cabellos hasta su frente, desde sus sienes hasta sus mejillas, dejando a lo largo de su nariz la humedad de sus labios para finalmente llegar hasta su boca y robar sus jadeos.
-Sí.
Ranma la recostó con suma delicadeza sobre la cama y sin perder un segundo subió sobre ella.
Se tomó, sí, unos instantes para admirarla con devoción, porque estaba convencido que el cabello de esa mujer desparramado sobre las blancas almohadas era la obra de arte más perfecta de la humanidad. Se tomó un tiempo también para acariciar sus tersas mejillas y embeberse de la cautivadora imagen de sus labios entreabiertos e hinchados, que estaban allí invitándolo a arrebatarlos nuevamente. Obediente, llevó sus dedos a los mismos trazando líneas imaginarias sobre la suave superficie.
Akane se permitió ser atrevida una vez más, llevó sus manos a la cara de su esposo y eliminó toda la distancia que existía entre los dos.
Esa noche descubrió que se podía volver adicta a sus besos, y que a pesar de ser una droga peligrosa; consciente que pondría en riesgo su vida; simplemente la aspiraría porque deseaba a toda costa satisfacer su sed por ella.
Él la volvió a recostar por completo contra el colchón, capturado aún por sus manos y sin la menor voluntad de ser liberado.
Con cada beso sus respiraciones se incrementaban y sus ropas picaban sobre sus cuerpos.
El heredero, tomando el mando nuevamente de la excitante situación, empezó a llevar su boca hacia nuevos horizontes, deslizándose por la piel de ese cuello que olía tan bien; escalando después la superficie de su garganta que se quedaba sin aire al sentir la presión de sus befos sobre ella. Emprendió más tarde el descenso en dirección a sus marcadas clavículas y luego visitó la región de sus hombros. Y allí sus manos comenzaron a alzar campamento, desmontando la hermosa piel que respondía completamente erizada ante el encuentro entre la humedad de su saliva sobre ella y la ligera brisa que alcanzaba a infiltrarse tímidamente por la ventana.
Akane estaba adorando aquellas nuevas sensaciones que a ratos resultaban abrumadoras, casi insoportables. Sus manos por el contrario parecían tener las cosas más claras, porque cuando su esposo empezó a bajar por su cuerpo, ellas también lo hicieron a lo largo de su fuerte espalda. Pronto se encontraron con el borde de la camiseta que había escapado del interior de sus pantalones. Tímidas pero traviesas, decidieron escabullirse bajo la tela y comenzar caminar por la ardiente extensión, percatándose a su paso de cada músculo construido exitosamente en el torso de su amante.
-Ah… amor. Si sigues haciendo eso… yo _advirtió sobre su oído, deteniendo brevemente su asalto.
Es que las manos de Akane lo habían tomado por sorpresa, a tal punto que cuando entraron en contacto con la piel de su espalda sintió una enorme descarga de placer a través de su médula, liberando de sus labios un gemido tan sentido que no hubo forma de reprimir.
-Hazlo Ranma _suplicó con suma seguridad.
Solo eso bastó para que sus ojos se inundaran de lujuria por ella, su única Reina, su esposa, su Akane.
Se apartó parándose al costado de la cama y sin dejar de mirarla comenzó a desatar lentamente los lazos de su prenda, ahora arrugada y sumamente molesta, hasta que finalmente la dejó caer por sus brazos. Podría habérsela arrancado pero se hubiese perdido de ver como Akane, completamente sonrojada, seguía el derrotero de sus manos, deslizando sus ojos chocolates por cada sector de su masculino pecho que quedaba descubierto. Y fue entonces, cuando su cuerpo quedó develado, que la fémina mordió con furia su labio inferior y él no pudo evitar sonreír de forma engreída al vislumbrar que él también podía seducirla, que su amada campesina disfrutaba contemplar sus trabajados músculos.
Y mientras se sacaba los zapatos y las medias, ella comenzó a imitarlo sentándose de cuclillas sobre el mullido colchón. Copiando a su maestro a la perfección, le dedicó una sensual mirada al empezar a retirar la fina tela que revestía su cuerpo, tomando con sus delicados dedos el borde del camisón que reposaba arremangado sobre sus piernas apenas desnudas, retirándolo paulatinamente, dolorosamente para su hombre, por encima de su cabeza hasta que llegó a su destino final, ahora el piso, junto a las ropas masculinas.
Ranma, con sus ojos clavados en la sensual imagen de Akane, ya se encontraba solo en ropa interior. Así que con mayor resolución que nunca volvió a sentarse de rodillas sobre la cama.
Cada uno desde su lugar; enfrentados, con respiraciones erráticas y anticipación discurriendo por sus poros; se devoraron con los ojos aceptándose mutuamente.
Y con invisible asentimiento, se lanzaron sobre el otro.
Las dóciles manos de la muchacha se aventuraron a recorrer el tonificado abdomen de su joven esposo, algo que aún sin saberlo deseaba hacer desde que lo vio saliendo de su bañadera hace unos meses atrás.
Él, por su lado, no podía abandonar sus manos en un sector del sublime cuerpo en particular. Vagaba sus dedos por sus cabellos, su cuello, brazos, espalda, glúteos. Desearía ser ese dios de la India que había visto en sus clases de teología alguna vez en su tierna juventud, ese que tienes varios brazos; y aún así estaba convencido que no alcanzarían, porque no había forma de obtener suficiente de ella. Por eso devoraba su boca con tanta efusión, casi con desesperación. ¡Es que era ella, entre sus brazos, por dios era ella! ¡Su Akane!, quien lo estaba besando con inexperta pasión pero, sabía; o deseaba creer con toda su fe; con la misma entrega.
-No puedo aguantar más, mi amor_ susurró en su oído justo después de haber delineado un recorrido de besos y chupones desde su boca hasta el lóbulo de su oreja que fue material de inofensivas mordidas y el receptor su de cálido aliento chocando contra su piel _Te deseo demasiado, quiero estar dentro tuyo.
Akane tenía los ojos cerrados y sus labios maltrechos siendo víctimas de sus propios dientes en un intento tortuoso y fallido de contener las emociones que se acumulaban en su garganta exigiendo escapar hacia el exterior. Se salieron finalmente con la suya al contestar, con un quejido desbordando avidez, un "Sí" milagroso para Ranma.
Cayó con ella sobre la cama sin romper el contacto con su piel, mientras sus manos comenzaban a descender por su torso desgarrando las delgadas telas que cubrían los pezones erectos que esperaban por él.
Akane estaba demasiado enfocada en frotar sus piernas entre sí como para importarle el destrozo que estaba sufriendo su ropa.
Fue cuando sintió aquella boca sobre su pecho que abrió los ojos, llevando sus manos impulsivamente a los cabellos azabaches para tirar de ellos como castigo por hacerla sentir esas profundas y repentinas oleadas de excitación.
Él no tardó en masajearlos con suma concentración, pensando que sus tamaños eran perfectos para él, hechos a la medida de sus manos que ahora se ahuecaban alrededor de las tiernas superficies, encontrando a su paso restos de saliva que su oralidad dejó sobre los rosados pezones.
Llevó a continuación sus manos a la última prenda que, celosa, no quería compartir con él lo que resguardaba bajo sí. Y con la misma ferocidad, apenas distanciando su lengua del bajo vientre de la mujer, las despedazó con apremio, pues sentía su miembro reclamar furioso, empapado, venoso e impaciente, ante la emergente necesidad de aliviarse, de descargar su semilla en su interior.
Irguió su torso y pudo por fin completar la hermosa imagen que solo había capturado parcialmente la primera vez que la tuvo debajo suyo. Ella estaba sonrojada, su frente transpirada hacía que sus cabellos se pegaran sobre ella. Algunas gotitas de sudor descendían por su agraciado torso a lo largo del estrecho valle creado entre sus pechos y la planicie de su vientre. Se excitó aún más al pensar que algunas de esas gotas eran suyas, pues él estaba completamente caliente.
Vio los vellos cubriendo su pubis, ahora a su entera merced, y no pudo evitar llevar sus manos allí y enterrar sus dedos entre los labios que humedecidos anunciaban que estaba lista para recibirlo.
Como aquella primera vez frotó el pulgar sobre su clítoris, invadiendo a la par con dos dedos su vagina, sintiendo como los músculos se contraían en respuesta alrededor de sus intrusos.
-¡Oh, Ranma… por dios! _gimió Akane elevando su pelvis en un intento de ahondar el contacto.
Percibió su propio miembro conmoverse ante la situación que estaba aconteciendo increíblemente. Jamás imaginó que terminarían haciendo el amor cuando fue a verla esa noche.
Todo era tan intenso, tan maravilloso que sabía que iba a explotar muy pronto si no se tranquilizaba.
Inspiró profundamente intentado recobrar un poco de cordura, eso sí, sin detener las caricias sobre ella. Pero un nuevo quejido, sensual e incitante lo descontroló.
-Mmm, sí.
Así que antes de sacarse la última prenda de algodón que restaba entre ambos, la besó con entrega, refregando cada músculo de su cuerpo contra sus pechos, su lengua, sus manos y sus caderas.
Y cuando por fin estuvieron desnudos los dos, se acomodó estratégicamente entre las piernas sedosas que acarició con suma experticia, las mismas que se abrieron ampliamente para alojarlo.
Akane no quería admitirlo, no estaba muy cómoda con expresar sus deseos todavía. Pero quería rogarle, exigirle, amenazarlo para que nuevamente la tomara porque allí, bajo el peso de su existencia, comprendió que había sido gravemente contagiada por la locura de su marido.
-Por… favor _dijo moviendo sus caderas hacia arriba, entrando en contracto con el duro miembro que estaba golpeando su entrada mientras su dueño estaba demasiado ocupado mordiendo sus hombros y pellizcando sus pechos _¡Ranma, ahora, por favor!_ gimió apretando sus nalgas, firmes como rocas, exitosamente, pues el hombre como si hubiera despertado de un sueño ingresó en su interior sin espera ni preámbulos.
-¡Oh, carajos! _gritó la consorte.
-¿Te lastimé? _preguntó deteniéndose para verla.
-No, solo espera un momento _pidió respirando con dificultad.
Él estaba igual por efecto del goce que sintió cuando su falo fue presionado por las estrechas paredes de su interior, contrayendo instintivamente cada músculo de su cuerpo, incluso aquellos que desconocía tener.
Ambos respiraron pausadamente intentando acompasar sus pulmones, mientras compartían besos dulces por toda la extensión de sus rostros. Deseo y amor en una sola escena, como nunca ninguno de los dos había experimentado.
Fue poco después, cuando la sintió moverse contra su erección, que empezó a acompañar su danza.
Primero lento, sin abandonar su cálido interior, repartiendo mordidas y chupones que seguramente dejarían marcas al día siguiente. Por suerte ella, hábil estudiante, no rechazó la prueba y dejó las suyas sobre su piel. Amaba que ella se animara a besarlo, acariciarlo, rasguñarlo y comerlo de la forma en que él lo hacía con ella. Se sentía deseado, necesitado y valorado. Era todo lo que quería en esta vida, a ella.
Pronto las arremetidas comenzaron a aligerarse; salía de ella para volver a hundirse cada vez más profundo, coincidiendo con la intensidad de los gemidos que pronunciaban sus bocas cada vez que distanciaban y conectaban sus cuerpos.
Manos tocando todo a su paso, encontrándose a medio camino para entrelazarse al igual que lo hacían sus lenguas que no resistían estar mucho tiempo alejadas.
El sonido de sus pieles chocando era cada vez más intenso gracias a los fluidos que ambos cuerpos despedían producto de la excitación que estaban viviendo. Las sábanas, a su vez, colaboraban con la pareja absorbiendo la excesiva humedad que escurría por la epidermis de los amantes.
Gritos, maldiciones y promesas de amor completaban la sinfonía que tocaba esa noche en la oscuridad del cuarto que los protegía de los celos, de los intereses, del odio y la envidia del mundo que los rodeaba.
Ellos eran uno solo y fue por eso que sus orgasmos llegaron al mismo tiempo, explotando como una estrella que se enciende en todo su esplendor para luego morir, liberando una potente energía al espacio, sabiendo que ya nada sería igual.
Terminaron de consumir los deliciosos espasmos de sus cuerpos entre piernas y dedos enredados, cabellos pegoteados a frentes sudorosas, labios con sabor a sal y ternura, perdidos en las miradas prometedoras del otro.
Juntos en un mar profundo como los ojos del príncipe, dulce como el color chocolate de los de la consorte.
-Te amo Akane _susurró cayendo hacia un costado, sin arrancarse de su cuerpo.
-Lo sé_ admitió la consorte, aferrándose a su cuello, mientras se desmoronaba inconsciente en su pecho deseando no despertar de ese hermoso sueño.
Sabía que la realidad que los esperaba sería una verdadera pesadilla.
Yuka pensaba que con el tiempo se iba a acostumbrar a encontrar a la extraña pareja durmiendo juntos. A veces cada uno en el rincón opuesto de la cama, otras con el heredero a la corona abrazando a Su Señora por la espalda, la mayoría de ellas lo encontraba inconsciente sosteniendo entre sus manos mechones de pelo azulado. En ocasiones con su piel a cielo abierto, pocas veces vestido por completo como si hubiese llegado del pueblo directo a zambullirse en las profundidades de las sábanas de la consorte.
Pero parecía que la vida podía sorprenderla aún más pues allí estaban, revueltos en los brazos del otro, a penas distinguibles, por completo confundibles. Un bulto amorfo de pelos, dedos, piernas y alientos, todos entrelazados.
Y como siempre su inocente rostro no tardó en disfrazarse de manzana madura ante el cuadro exhibido frente a ella.
Entonces en su cabeza resonó el pedido del escolta Hibiki.
Así que avanzó lentamente hacia la pareja o mejor dicho hacia aquellos cuerpos que comenzaban a develarse confusamente ante sus ojos entrecerrados, hacia las sedas amarillas con bordados de plata que tapaban apenas los lugares indicados.
Yuka llegó junto a su Amo chocando con el calor irradiado por sus pieles.
La joven sierva no sabía si podía tocar el hombro desnudo de Su Alteza, creía que sería un atrevimiento enorme hacerlo. Así que decidió llamarlo un minuto después de observar curiosa su melena liberada de la característica trenza que habitualmente usaba. La muchacha creía que se veía muy bien, el hombre parecía un adonis, de verdad lo creía. Pero de todas formas ella prefería los cabellos cortos y castaños, mucho más si su dueño poseía ojos verdosos y dejaba entrever en ocasiones, aquellas donde se encontraba distraído jugando con su boca, un par de colmillos prominentes, como si fuera un vampiro o, mejor aún, un adorable cerdito.
-Mi… Señor_dijo con cautela.
Sin embargo solo ella fue receptora de su mensaje.
Así que volvió a insistir con más fuerza.
-¡Mi señor!_ llamó en un tono de voz más agudo.
Solo consiguió que el joven esposo atrajera el cuerpo de la consorte aún más cerca de su pecho, dejando a la vista en el movimiento su torneado trasero, listo para ser calificado por la puritana muchacha.
Ello fue el colmo, pero sirvió de impulso para que su voz finalmente los alcanzara.
-¡MI SEÑOR! _gritó, sobresaltando a los amantes.
-¿Qué?, ¿Qué?, ¿Qué pasó? _interrogó levantándose de prepo, escondiendo tras su espalda el cuerpo desvestido de su mujer, que también impulsivamente se irguió, dejando el cálido colchón, para resguardarse detrás de su ancha presencia.
-¿Yuka?_ preguntó elevando el rostro por sobre la muralla muscular que la ocultaba.
La fiel amiga de Akane también se encontraba escondida detrás de sus manos que oficiaban de escoltas para que sus ojos no cometieran un acto impuro, o por lo menos ella así lo creía.
-Sí…sí, Mi Señora… el… escolta… Hi-Hibiki, está solicitando la presencia de Su Alteza. Dijo que el Rey lo está buscando.
El Príncipe cerró los ojos con fastidio al oír la referencia a su padre.
Segundos más tarde percibió como las pequeñas manitos de su esposa apretaban sus brazos con fuerza dándole a entender que ella también comprendía el significado de aquel llamado.
-Vete muchacha. Dile que ya voy.
-Con su permiso _se excusó la sirvienta, retirándose de inmediato.
Ranma sin perder el tiempo giró su cuerpo hasta encontrarse de frente con el de su amada. Y por más que sabía que tenía que contarle él mismo lo que había pasado anoche, que debía jurarle que encontraría una solución y rogarle que por favor no lo deje, solo pudo admirarla una vez más, como si la velada que habían compartido juntos no hubiese bastado.
Se excusó a sí mismo argumentando que ahora el sol acariciaba su piel y entonces veía detalles que anoche la luna ocultó. Algunos lunares, por ejemplo, distribuidos entre sus hombros y su esternón, allí donde se encuentran sus firmes pechos. También observó lo blanca y pulcra que era su piel, y cómo su pelo resplandecía sin esfuerzo. Notó sus largas pestañas curvándose sobre sus grandes ojos color chocolate, ya que tenía su cara a centímetros de la suya, porque ella ahora permitió tocarla, porque a continuación no se resistió a su beso de buenos días. Uno sumiso y lleno de dolor.
Sus delgados dedos se aferraron a su nuca cuando él la subió a su regazo. Y allí conoció dos arruguitas que aparecieron al costado de sus ojitos bonitos cuando la bella esposa se rió juguetonamente al escucharlo decirle al oído que era aún más hermosa sin ropa.
Sin quedarse atrás, ella unió sus frentes cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior divertida por sus secretas cavilaciones.
Cuando le lanzó un "pervertido", Ranma besó la punta de su nariz y, antes de enunciar un "tengo que decirte algo, mi amor", juró que la amaba, tanto, tanto, tanto.
-Ya lo sé_ respondió ella en voz baja.
-¿Qué sabes, Akane?
-No sé, pero lo sé de alguna forma.
-Akane, yo-
-¡Mi Señor! _se escuchó desde el exterior del dormitorio_ ¡Por favor debemos irnos!
-¡Demonios! _injurió entre dientes.
-Ve, Ranma.
-Pero debemos hablar.
-Después, ahora ve.
-¡No, no, no! _exclamó abrazándola con terror_ ¡Vas a aparte de mí otra vez!, ¡Tienes que escucharlo de mí!
Akane correspondió su abrazo dejando besos fugitivos en su cuello, intentando separarse de él para observar sus hermosos ojos.
-No lo haré. No puedo ir a ningún lado, ¿lo olvidas? _le dijo sosteniendo su mirada.
-¡Akane! _ exclamó con desesperación.
-Lo sé_ afirmó dedicándole la sonrisa más sincera que pudo evocar_ No voy a apartarme de ti. Ahora ve.
Entonces quiso creerle y sellar una promesa con sus labios.
La promesa que nunca dejaría separarlo de ella.
Se lo prometió a Akane y al palacio todo.
Se vistió rápidamente, dejándola atrás mientras avanzaba hacia la puerta, asegurándole que le explicaría todo esa noche.
Ella asintió y él se fue.
-Ya es muy tarde, Ranma. Ya no puedo hacerlo _enunció sin poder guardarse aquellas palabras.
Poco después ingresó Yuka.
Ambas cruzaron miradas con timidez pero ninguna se animó a decir algo. Por lo que una vez que preparó su baño, la dejó sola con sus recuerdos y especulaciones, y se dispuso a preparar aquel té listo justo a tiempo para ser bebido por la consorte cuando abandonó las templadas aguas de su bañera.
Se acercó a su querida amiga con una sonrisa enigmática; una que escondía en su interior grandes misterios como un buen libro de aventuras o quizás uno de aniquilante suspenso; y tomó la taza entre sus manos.
A punto de abandonar la habitación en dirección al palacio de la Reina para la usual reunión matutina fueron interceptadas por una de las muchachas de su corte, quien notificó la orden de Cologne de permanecer en sus aposentos hasta las tres de la tarde, momento en el cual debía dirigirse al Salón de Asuntos Reales.
Akane sintió su corazón sobresaltarse con la noticia anticipando el próximo anuncio.
A pesar de que su amiga intentó persuadirla para que consumiera algún platillo de los que había preparado para ella, la consorte no pudo. No tenía hambre, sentía un nudo asfixiante sobre su garganta y esa conocida opresión en el pecho.
Estaba angustiada porque sabía sin saberlo.
Así que apenas se cumplió el plazo se apresuró hacia el salón señalado en el cual ya se encontraban todos ellos, todas ellas.
Sentado sobre el trono estaba el Rey Genma, a su izquierda la Reina Cologne y a su derecha el portador de la mirada que la turbaba sin poder prohibirlo.
Al pie del altar se ubicó en el último asiento disponible junto a Lady Kodachi.
Y cuando ello aconteció las puertas del lugar se sellaron.
Recién entonces Akane se dio cuenta que frente a ella, formados de pie uno junto a otro, se encontraban todos los ministros, consejeros, eunucos del nivel superior, militares y algunos socios comerciantes. Se podría decir que en esa sala estaban presentes las personas que como sombras manejaban el reino detrás de la familia real.
Tuvo un aterrador escalofrío, pues como siempre la Cuarta Consorte no tenía un pelo de ingenua y rápidamente concluyó que lo acontecido con Shampoo el día anterior, la corrida de su esposo hacia sus aposentos y su promesa de "solo tú serás mi reina", estaban conectados en un párrafo a punto de ser leído.
-A todos los presentes, Su Majestad, el Rey Genma Saotome, junto a la Reina Madre y su hijo, siguiente en la línea a la corona, los han reunido aquí para anunciar que el Príncipe Ranma ha seleccionado la Consorte Real que coronará como Princesa. Futura madre, además, de su primogénito.
Akane cerró sus ojos brevemente, arrugando las telas de su vestimenta azul entre sus puños.
Las demás consortes dirigieron sus ojos sobre ella, y solo por un segundo sonrió ante la escena.
¿Acaso creían que estaban hablando de ella? No sabía si sentirse alagada por sus presunciones o extrañada por la poca inteligencia de las damas.
-Dentro de 30 días se llevará a cabo la ceremonia de nombramiento de la Tercera Consorte, Lady Shampoo, como heredera a la corona junto a su señor Esposo, el Príncipe Ranma _finalizó el Eunuco del Rey.
Akane no necesitaba ver a la festejada para saber que estaba sonriendo de par en par, para atestiguar sus aires de victoria, pues muy en contra de lo que la mayoría de los presentes esperaba, ella sería la futura Reina de los Saotome.
Madre, del primer hijo o hija de su propio esposo, el apuesto hombre de ojos índigos.
De aquel a quien sin darse cuenta, muy en contra de su voluntad y raciocinio, le había entregado no solo su cuerpo sino su corazón, tarde, muy tarde.
Pero a esta altura de las páginas de su vida Akane sabía que ellos dos estaban destinados a representar una tragedia shakesperiana, ya muy tarde para un final feliz.
¿Qué cara estaría haciendo él? Tampoco tuvo que hacer mucho esfuerzo para imaginárselo. Porque había decidido creer en sus palabras y sabía que él estaba muriendo de la bronca, de impotencia y de amor por ella en este mismo momento.
Akane, inteligente como lo era, procuró pensar con sangra fría porque ella es, al fin y al cabo, una campesina. Las demás, por el contrario, desde que pusieron un pie en el palacio iniciaron el juego de la silla, o mejor dicho del trono junto a él. La Cuarta Consorte era una simple espectadora de la ardiente batalla por hacerse del lugar único. Pero con el pasar del tiempo, casi imperceptiblemente, la campestre consorte empezó a desear ser una más en aquella competencia. Y no es que la menor de los Tendo deseara el trono, no era eso. Tampoco quería con urgencia cargar su descendencia, por eso tomaba aquellas hierbas. Solo deseaba estar junto él y dejar fuera de escena a las ambiciosas mujercitas. Y si aquello fuese un verdadero juego confiaba en sus habilidades para ser la ganadora.
Pero solo era un ave de jardín que cayó por casualidad en la trampa de un cazador.
Y ellas eran halcones.
Al ver a la Tercera Consorte caminando hacia el frente de la pequeña multitud que deseaba buenos augurios a ella y a su pequeño bebé, Akane se sintió ridícula por esos sentimientos empalagosos e infantiles. Y se culpó duramente por haber dejado que el hombre, que ahora avanzaba hacia la amazona con el rostro desfigurado por tantas emociones, se metiera bajo su piel en tantos sentidos.
Ya es muy tarde, se dijo para sí misma. Muy tarde para ser su Reina, muy tarde para cargar sus hijos, demasiado tarde para ignorarlo, para ahuyentar el dolor que atormentaba su alma por saber que de alguna forma lo había perdido.
Tan tarde que era imposible alejarse de su lado y renunciar a sus caricias y juramentos de amor.
Así que lo único que restaba era cumplir con sus obligaciones y acercarse endeblemente a la pareja que le hacía llegar miradas dolidas y altivas a la vez.
-Felicitaciones, Sus Altezas _dijo haciendo una perfecta reverencia.
-Akane_ susurró el hombre, dominando sus impulsos por agarrar su mano.
Y Huir. Dejar a todos atrás, porque no le importaba el reino, el trono, sus consortes ni siquiera ese hijo que estaba pronto a desaparecer. Solo importaba ella y justamente por eso tuvo que permanecer de pie sintiendo el apretón de Shampoo sobre su brazo al anticipar su osada estrategia. Viendo al final como el amor de su vida se alejaba de su lado, seguramente decepcionada, asqueada, traicionada.
Se estaba volviendo loco, sí, una vez más. Todo se había salido de control.
¿Por qué cuando tuvo un vistazo de lo que era el paraíso le cerraban el ingreso y lo expulsaban a los infiernos?
¡Se lo merecía, por haber sido despiadado con tantas vidas en su corta existencia!
Por haber sido especialmente un tirano y egoísta con ella.
Esa media hora en la que tuvo que soportar las felicitaciones de cada uno de los presentes puede catalogarse como la peor experiencia de su vida.
Por primera vez realmente pudo ponerse en el lugar de Akane y sentir lo que significaba ser forzado. Estaba entre la espada y la pared, sintiéndose traicionado, burlado y usado.
El único consuelo que tenía el joven heredero era que su padre estaba en las mismas condiciones que él, y no se encontraba para nada contento con la decisión que forzadamente tuvo que tomar. Ni siquiera la noticia que aquello que había pedido en infinitas ocasiones se había vuelto realidad. El hecho de que el feto sobreviviese solo por un par de días más, horas tal vez, no ayudaba como consuelo para el derrotado Rey.
Ranma solo podía sentir rechazo ante su aparición. Muy dentro suyo también sintió pena por esa porción de vida que estaba esforzándose por no extinguirse en el inhóspito vientre de su madre. Lástima, porque no había sido concebido con amor, no fue deseado en ningún sentido, por lo menos en lo que a él respecta. Seguramente fue el caso contrario para su progenitora, pero muy poco importaba ahora.
Se sintió aliviado de saber que nunca tendría que confesarle que no lo amaba, que jamás podría, pues el mero hecho de su existencia le recordaba una noche oscura, repleta de culpa por haber intentado abusar de la mujer que amaba; y que por supuesto no era su madre; que todo ocurrió por la frustración sexual que corría por sus venas y se acumulaba en su entrepierna rogando liberación. Evidenciaba que fue un idiota por haber ido a su recámara pensando que podría cumplir con la obligación de pasar la noche con su segunda esposa, tal como mandaba el odioso protocolo, olvidando por completo que quien lo esperaba era la mujer más dominante y tenaz en el arte de la seducción que había conocido en las cortas décadas que le tocó respirar. Ese niño no nacido fue la consecuencia de haber estado tan inmerso en pensamientos por otra mujer que no pudo evitar correrse dentro del vientre en el que fue fecundado. Aquel ruin vientre perteneciente a la única consorte que no bebía aquellos tés, que tanto lo ayudaban indirectamente, por ser ella misma quien se encargaba de suministrarlos. De esa fémina que solo contaba en su sistema con las leves dosis de las hierbas anticonceptivas que su amigo fundía en los maquillajes obsequiados mes a mes a sus esposas. Por lo que cada vez que ellas deslizaban sus lenguas sobre sus labios, mezclando los colorantes con sus salivas, con los restos de alimentos que entraban en contacto necesario con su boca y el agua de los brebajes que empapaban la sensible piel de su oralidad, el príncipe se aseguraba frustrar exitosamente el propósito de su esperma. Pero con ella debía ser mucho más consciente. Con ella más que con ninguna debía restringirse. Consciencia era lo que menos dominaba esa velada y, enceguecido por la pasión que moría por entregar a su peliazul, no se retiró, se hundió profundo dentro de Shampoo quien sabía exactamente qué hacer para colaborar con la situación aferrando su cuerpo por completo alrededor del futuro monarca. Ranma cayó rendido a su costado y cuando despertó la mañana siguiente los recuerdos de su error lo golpearon con violencia.
No pensó que resultaría embarazada, se había olvidado incluso de esa posibilidad porque como siempre todo giraba en torno a su Cuarta Consorte.
Pero la amazona era una mujer fuerte y su errático milagro se hizo realidad.
Sin embargo las palabras de su amigo resonaban en su cabeza y supo que el efecto a largo plazo del uso de esos labiales tenía la eficacia advertida. Era un embarazo de alto riesgo. Había tenido una enorme pérdida y la palidez de su rostro y los repentinos mareos que estaban asechando a la tercera esposa en ese momento confirmaban lo incipiente.
Lo peor de todo para aquel endeble feto era que su breve existencia ni siquiera era requerida para que se salieran con la suya. Solo fue la escusa perfecta para adelantar los eventos, sin dejar a la vista la vil traición que habían cometido.
Cuando Shampoo no pudo disimular la dificultad que estaba experimentando por mantenerse de pie la ceremonia se terminó, y fue así como cada uno de los presentes regresaron a sus rutinas.
-No me odies por favor _dijo la voz tras su espalda.
Ella permaneció en silencio. Sabía que vendría verla, pero en ese momento no estaba lista para enfrentarlo.
-Akane, por favor mi amor _insistió lastimosamente acercándose a la bella dama que estaba recostada sobre la cama.
-Felicitaciones Ranma _giró parcialmente hacia él, quien estaba arrodillado al lado opuesto del lecho_ Vas a ser padre.
La expresión de dolor fue notoria, por eso lo siguiente lo dijo con absoluta sinceridad;
-Lo digo de verdad Ranma, un hijo siempre es una bendición.
-No Akane, no lo es. Es una víctima, al igual que tú y… yo. Pero el destino lo liberará pronto de toda esta mierda que nos rodea.
-¿Por qué dices eso? _cuestionó con aprensión.
-El médico dijo que en cualquier momento Shampoo tendrá un aborto, su útero no está en condiciones de retenerlo.
Akane cubrió con horror su boca al escuchar la triste noticia.
Ranma dirigió su vista hacia la ventana y agregó;
-Es lo mejor, ese niño no merece ser rehén de los manejos de Shampoo y su abuela.
-¡Pero… es tu hijo!
-No lo es. Yo no lo quiero.
-¡Ranma! ¿Cómo puedes ser tan cruel?
-Akane _dijo volteando hacia ella para tomar sus manos con sincero miedo de ser rechazado_ Lo siento, pero es la verdad. Yo… he sido un idiota, un imprudente. ¡Por años estuve evitando dejarlas embarazadas!... y lo arruiné todo aquella noche.
-¿Aquella… noche? _Akane intentó retirar sus manos entre las suyas pero él se lo impidió, acercándose aún más a ella.
No iba a dejar que se distanciara de él por todo esto.
¡Nada había cambiado, nada!
-Salí de aquí completamente aturdido. El alcohol, mi enojo, mi estupidez… antes de pensarlo ya estaba allí y ella… bueno, me estaba esperando. Se supone que debía pasar esa noche con ella… lo hice.
Akane zafó sus manos y volteó su cara.
Sabía que no tenía derecho alguno a enojarse. Que las cosas eran así, que él tenía tres esposas, que ella incluso lo había obligado a pasar sus noches entre sus brazos, que lo había rechazado infinidad de veces, que estaba tomado y desquiciado. Pero aún así le dolió pensar que le había hecho el amor a una de ellas de la misma forma en que se lo había hecho a ella. Le dolía saber que estaba esperando un hijo suyo, para qué negarlo.
Akane rió de forma sarcástica por segunda vez ese día al repasar sus pensamientos. ¿Quién hubiera dicho que estaría celosa y devastada por acontecimientos que lo involucraban a él, a su carcelero, su príncipe?
Como si pudiera leer su mente la abrazó como había deseando hacerlo desde esa mañana, cuando tuvo que abandonarla para acudir a su padre.
-Perdóname mi amor. Te juro que desde que te conocí jamás las toqué. No pude, no quiero, solo a ti. Esa noche fue un error, solo quería estar contigo, solo contigo Akane.
Ella sucumbió envolviéndolo tímidamente con sus brazos al subir a su regazo, algo que ansiaba cada vez que estaba cerca suyo desde que aceptó sus sentimientos por él. Allí se sentía bien, sentía que ese era su lugar y no quería perderlo.
Pero ya era muy tarde.
Así que luego de derramar algunas lágrimas sobre su fornido pecho prosiguió a preguntarle;
-¿Ella lo sabe?
-¿De quién hablas?
-Shampoo, ¿sabe que está en peligro su embarazo?
-Todos lo saben, amor. Los últimos en enterarnos fuimos mi padre y yo, ayer, porque los hechos no podían ser ocultados.
-¿Pero la coronación?
-No fue por el embarazo, solo fue una cortina de humo. La condición de Shampoo solo les facilitó las cosas para que nadie se entere de lo que realmente ocurre detrás de su nombramiento.
Akane intentó separarse de él pero éste no la dejó. Tenía miedo, no la dejaría moverse hasta haber acabado con todo lo que tenía para decir y obtener de ella su palabra, confirmar que no lo abandonaría.
-¿De qué hablas Ranma?, ¿Qué está pasando?
-Todos sabían que Ukyo era la consorte que mi padre quería coronar como Reina. Todos saben que tú eres la única mujer que quiero a mi lado, la única que yo elegiría para compartir mi trono. No existe razón alguna para coronarlas a ellas dos, salvo que alguna resultara preñada con mi primer hijo. Pero cuando ayer me negué a aceptarla, cuando les dije que no me importaba el hecho de que ella fuese la primera en dar a luz un heredero, que no iba a cumplir mi promesa-
-¿Qué promesa?_ lo interrumpió la mujer entre sus brazos.
Ranma se tomó un tiempo antes de responder para besar reiteradamente sus cabellos y acariciar los delgados brazos que estaban reposando sobre él.
-Cuando te traje aquí prometí que si dejaba quedarte, ser mi consorte, yo... coronaría a su nieta como mi Reina. ¡Estaba desesperado, le hubiese vendido mi alma si me lo hubiera pedido! Pensé que tendría tiempo para idear algo en contra de ella, pero… una vez que te tuve cerca, solo pude pensar en ti Akane.
Le dio un pronunciado beso en su mejilla antes de continuar, como si hubiese recargado sus energías.
-Así que le dije que no iba a coronar a Shampoo, que iba a hacer lo necesario para protegerte, que ella conocía desde un principio mis intenciones. Y no me equivoqué, me conoce más de lo imaginado. Le pidió a su eunuco un rollo de papel y me lo entregó. Y en él estaba enunciada mi condena por creer que podía engañarla. Es una vieja zorra y yo, un pichón que apenas comenzó a abandonar el nido.
-¿Qué dice ese papel?
-Él nos traicionó.
-¿Quién?
-Parece ser que antes de irse se reunió secretamente con ellas para sellar una alianza contra nosotros.
-¿De quién hablas? _inquirió impaciente.
-Kuno. En ese papel está manifestada la voluntad de su reino, y del setenta y nueve por ciento de los comerciantes con quienes hacemos negocio, de proclamar a Shampoo como soberana.
Ambos se quedaron en silencio.
-Sino cumples con sus intenciones…
-Terminarán todos los intercambios comerciales con nuestro reino.
-Los cultivos.
-Y la ganadería, marroquinería, textiles. ¡Todo! El reino entrará en crisis sin tener compradores. Todo colapsaría.
-Pero ¿y Kodachi? Pensé que él deseaba que su hermana fuera coronada. No tiene sentido.
-Parece que cambió de idea, mi amor.
-¿Por qué?, ¿Por qué hacer alianza con las amazonas?
Ranma apretó sus brazos envolviendo con mayor intensidad su pequeño cuerpo, aspirando profundamente su aroma para no perder la cordura.
-No lo sé, pero algo obtuvo a cambio. Algo que debe desear mucho como para traicionar a su propia sangre, maldito desgraciado.
-¿Qué haremos ahora?
Sin aliados políticos y económicos solo le restaba la fuerza militar, pero ello derramaría mucha sangre inocente.
¿Cómo seguir? Todo había resultado inesperado, ni siquiera había podido dialogar al respecto con su padre. Solo estaba aterrorizado de perderla. Ranma sabía que sin ella nada tenía razón de ser. Por eso, reuniendo todo su coraje le preguntó;
-Seguirás a mi lado, ¿verdad? Dime que me entiendes, mi amor. Dime que me ayudarás a resolver todo esto, porque lo que te juré anoche sigue en pie. ¡Solo eres tú para mí!
Akane se apartó del macizo torso para encontrar sus adorados ojos. Llevó las manos a sus mejillas y con sus pulgares recorrió esos centímetros de piel áspera y masculina que la había conquistado.
Solo pudo besarlo con ternura, con clemencia, con amor.
Luego asintió brevemente y le aseguró;
-Ya es tarde para apartarme, ¿verdad? Ya estoy en tus manos.
-¡Oh, Akane! _exclamó con alivio para luego apoderarse de sus labios.
Y entre promesas y silencios se entregaron a Morfeo, encontrando consuelo y alivio en el calor del otro.
Mientras, una mujer de cabellos violetas acariciaba su vientre con ternura y lágrimas en sus ojos rogando por un milagro.
Porque no había nada en el mundo que quisiera más que ver a su niño respirando entre sus brazos, cuando sintió sobre su frente la fría tela que intentaba bajar las altas temperaturas de su cuerpo.
