Vuelvo a subir el capitulo porque algunos me avisaron que no pudieron entrar a leerlo por un mal funcionamiento de la pagina.
Hola a todxs! Mil disculpas por la tardanza, estuve en todo sentido desaparecida. No voy a aburrirlos con las razones, pero me han pasado muchas de cosas que impedían siquiera abrir mis redes sociales. Pero he vuelto, y lo primero que quise hacer es compartirles un nuevo capitulo.
Estamos ya en la recta final.
Hoy comienza "El nombramiento de la Princesa heredera".
Algunos serán capítulos cortos, otros mucho mas extensos. Pero trataré, en compensación por la larga espera, actualizar con rapidez.
Miles de gracias como siempre por sus mensajes y reviews, los he leído a todos. Prometo ir respondiendo cada uno de ellos.
Ahora, sin perder mas tiempo, les dejo el nuevo capitulo esperando sus reviews! Recuerden que es mucho muy importantes para mi saber que piensan!
Les envío un abrazo grande.
Esta historia es sin fines de lucro, siendo mi única ganancia el placer de escribir. Los personajes de Ranma 1/2 son propiedad de Rumiko Takahashi.
ERES MÍA
Cap 22: La promesa
Eran las primeras horas del día y el palacio ya estaba convulsionado. Se había solicitado personal extra para servir en la ceremonia más esplendorosa que hubiera atestiguado las frías paredes de la enorme y antigua construcción.
La Reina Madre Cologne no escatimó un centavo con tal de garantizarle a su nieta una ceremonia inolvidable, el mejor y más perfecto nombramiento que una futura soberana de aquella poderosa nación podría tener.
Estaba feliz y orgullosa. No se había equivocado en poner sus expectativas y sueños, alguna vez truncados, en su deslumbrante y talentosa nieta, quien dentro de muy poco tiempo, cuando el Príncipe asumiera el lugar de su padre, ocuparía a su lado ese sitio privilegiado, destinado; Cologne estaba segura de eso; a ser ocupado por ellas solas, las Reinas amazónicas.
Ahora su nieta no heredaría un título por descarte como lo hizo ella, no. Ella sería la primera y única esposa de Rama Saotome, la única Reina que gobernaría junto a él hasta el fin de sus días. De su vientre nacería el heredero al trono y de ningún otro más. De eso se encargaría ella misma como se lo había prometido a su nieta, Shampoo sería a única mujer en la vida de Saotome, algo que ella misma nunca pudo ser para su amado esposo Oiji.
Por su indicación se había reforzado también la guardia, pues ese día se permitiría a todo el pueblo ingresar al jardín exterior del palacio para saludar y brindar tributo a su futura Reina. Cologne sabía que esa gente no era su gente. Eran violentos, malolientes e ignorantes. Por eso era necesaria la marcada presencia de los guardias como una clara advertencia de que cualquier comportamiento indebido sería reprimido sin piedad. Dentro del palacio las cosas no eran muy distintas a lo usual en ese aspecto, ya que quienes asistirían a la ceremonia no eran otros más que sus propios aliados, claro, a no ser por aquellos pequeños Lores y Ladies sin importancia, amigos del Príncipe Ranma. Entre ellos los Chardin. ¡Oh, como los detestaba! Ese pequeño estado que había sido fundado en sus antiguas tierras, el gran infortunio que había dejando tan horripilante huella en su historia a causa del secuestro de su Princesa y su posterior muerte. Aún así, esa detestable familia se negaba a dejar sus territorio y lo que es más, las responsabilizaban del trágico final de la Princesa Soap. De entre todos los presentes ellos eran quienes la Reina Madre más aborrecía. Pero ni siquiera su presencia arruinaría su dicha. ¡Ese, era un día glorioso!
En efecto, los cielos las habían bendecido con un clima perfecto. Ni frío ni calor, el firmamento despejado por completo, con un sol brillante que irradiaba dulces bendiciones y un viento leve y suave que rosaba sus pieles como una caricia. Era indudablemente un buen augurio, su futuro no podría verse más prometedor. Es que cuando su nieta asumiera el control del reino, podría de una vez por todas dominar la región a su antojo. Ellas, al fin y al cabo, eran Amazonas y su único objetivo era llegar a lo más alto del poder para reinar como tal, como las mujeres guerreras que eran.
El salón principal ya estaba preparado. Apenas unos arreglos florales en las esquinas y unas cuantas decenas de inciensos encendidos desde temprano para perfumar el lugar. La iluminación era perfecta, así como la temperatura ambiente.
Los asientos de mejor calidad habían sido asignados para los invitados más importantes a cada lado de la extensa alfombra bordó, que se extendía desde la entrada del salón hasta el pie de la tarima donde estaban ubicados los cuatro tronos recubiertos de oro y almohadones de seda e hilos de plata. Sobre los mismos tomarán asiento la Reina Madre, la Princesa heredera, el Príncipe heredero y el Rey.
Y bajo ellos, a orillas de la tarima, tres asientos menos esplendorosos y, por supuesto, relevantes, para las tres mujeres que muy pronto serían borradas de la historia de la nación, pues solo un nombre sería recordado y ese era el de Lady Shampoo.
En el jardín interno, aquel lugar donde se llevaría a cabo a celebración del nombramiento real, las cosas todavía no habían sido finalizadas. Las mesas con sus respectivos manteles de lino, sus candelabros de plata y la fina platería de porcelana china estaban siendo arregladas. El escenario donde tocarían los músicos, a espaldas del Rey, estaba ya listo. Solo restaban acomodar las banquetas para los artistas que esa noche los entretendrían.
En el medio de la extensión otro pequeño escenario fue creado. Sobre él las bailarinas desplegarían sus danzas y las cantantes recitarían sus baladas para encantar con sus gracias a los invitados.
Lámparas habían sido distribuidas estratégicamente en el lugar con el fin de iluminar lo suficiente los espacios necesarios, entre ellos la mesa en donde las cuatro autoridades de la nación estarían sentadas.
Acababan de llegar los arreglos florales con las flores favoritas de la, todavía, Segunda Consorte. También las pequeñas esculturas que había personalmente mandado a esculpir para decorar el salón. Eran pequeños felinos, con garras afiladas y ojos suspicaces. Lady Shampoo amaba los gatos, y juraba que si tuviera que reencarnar en alguno, adoraría ser un felino. Bellos, pero peligrosos. Tiernos, pero sensuales. Sumamente inteligentes y agiles. Sí, definitivamente ella lo era.
En la concina todos estaban comenzando a cocinar los alimentos que restaban ser elaborados mientras las bebidas eran traídas de la bodega para empezar a llenar las jarras que serían servidas en la velada con el blanco y amargo líquido.
Las prendas que habían sido mandadas a confeccionar habían llegado a primera hora, y cada una de ellas ya fueron entregadas a sus respectivos dueños.
En medio de éstas el Príncipe encontró la nota enviada por quien las había confeccionado: Taro.
"Mi Príncipe, los pájaros del este trajeron noticias. Ratas salvajes fueron vistas deambulando las calles de la perdición. Su origen es desconocido. Parecen rabiosas. Sugerimos instalar ratoneras para evitar que lleguen a su reino, Mi Señor".
El Príncipe convocó con urgencia a su escudero mientras quemaba el pequeño papel.
Comunicó la noticia e instruyó que se encargara de infiltrar veneno por todo el palacio. Si las ratas se atrevían a entrar no quedaba más alternativa que matarlas.
Era lo que estaban esperando. Sus aliados ya le había advertido sobre movimientos sospechosos en la región, pero nadie sabía certeramente su origen.
Sintió un muy mal presentimiento y capturado de golpe por la angustia corrió a los aposentos donde moraba su corazón.
Llegó agitado, ingresando a la adorada habitación por el ya conocido pasadizo secreto. Irrumpió con apremio. Ella estaba de pie siendo vestida por Yuka que al verlo aparecer inesperadamente, y con un rostro prácticamente desfigurado, exclamó largando un grito agudo que asustó a la mujer junto a ella. Akane no tuvo tiempo siquiera de voltear en dirección a lo que fuere que asustó a su amiga, porque antes se vio atrapada por sus fuertes brazos.
-Pensé que ya nos habíamos despedido esta mañana _afirmó riendo con ternura ante el arrebato de su esposo.
Yuka los dejó solos, partiendo al jardín en búsqueda del oxígeno que le había sido arrebatado.
-No digas eso, por favor _pidió angustiado.
-¿Qué cosa, Ranma?_ cuestionó confundida.
-¡No es una despedida!, ¡No nos estamos despidiendo!, ¿Me entiendes? _aclaró enérgicamente.
Akane se quedó en silencio, repensando en aquellas palabras.
Extrañada, se dio la vuelta para enfrentarlo y se encontró con sus ojos cristalinos, la angustia presente en su hermosa mirada.
-¿Qué sucede?_ preguntó preocupada.
-Tengo miedo _admitió valientemente.
-Ya lo hablamos, Ranma. Nada va a-
-Me llegó un mensaje de Taro_ interrumpió_ Mikado advirtió sobre movimientos extraños en la frontera con nuestro reino.
-Ranma, tienes el ejército más poderoso en tus manos _ dijo intentando tranquilizarlo_ nada malo va a pasarte _acarició sus mejillas.
-No me importa si me pasa algo a mí, Akane _respondió con profundo dolor mirándola fijamente.
Akane entendió sus palabras y dejó un casto beso sobre sus cálidos labios.
-Nada va a pasar, estoy segura.
-Debes quedarte siempre cerca de tu escolta. Ordené agregar un par de soldados más en ella. Por favor obedece y deja que te cuiden, no te ocultes de su mirada.
-Ranma-
-¡Promételo! _pidió con firmeza.
-Lo prometo _le sonrió con clemencia.
Y entonces él la abrazó con desespero. Besó sus cabellos, olfateó su perfume, acarició cuanto pudo de su piel ya cubierta por las caras prendas. Quiso retener en su memoria el sonido de su voz al despedirse de ella. No sabía por qué lo hacía, pero esa sensación de angustia que se había apoderado de su pecho no se desaparecía, y fue en ese instante cuando las palabras que alguna vez le había dicho su madre volvieron a su cabeza como el recuerdo de un fantasma que se asomaba en las penumbras para atormentarlo.
"Eres un niño muy intuitivo, mi pequeño".
"¿Qué es eso, mami?"
"Eso es que tienes la capacidad de saber cosas antes que las mismas sucedan", explicó su madre con el lenguaje que pensó sería apropiado para la mente de un niño de cuatro años.
El pequeño retuvo en su memoria las palabras de su madre sin entender qué había querido decirle… hasta ese día.
-¡Touma!
-Mi Señor _llegó ante él haciendo una reverencia.
-¿Ya está todo listo?
-Sí, ya rastrillé la zona. No hay nadie, ya se lo dije. Es un pasadizo que nadie conoce. Tiene ese fin, por allí pueden escapar dentro del palacio sin ser advertidos por fuera del mismo. Todos los guardias están vigilando las entradas principales y los alrededores a estas, poniendo su atención en posibles disturbios entre los pobladores, no entre los nobles que ingresan al palacio.
-Bien hecho. ¿Cómo supiste sobre esos pasadizos?
-No se olvide que una vez yo fui un orgulloso soldado de este reino. Una vez me arrebataron lo más valioso de mi vida allí adentro. Y cuando me propuse recuperarlo obtuve el plano de los pasadizos secretos del palacio… por uno de ellos iba a escapar con mi mujer. Pagué caro por esa información pero valió la pena… finalmente.
-Ya lo creo muchacho, no te preocupes. Tanto tú como ella y su familia van a estar protegidos por mi gente, te lo prometo.
-Gracias, Mi Señor.
-A partir de ahora tú estás a cargo de todo. Yo ya debo ingresar. La ceremonia pronto va a comenzar.
-Confíe en mí.
-Lo hago, tu felicidad y la mía dependen de tu destreza.
Touma asintió partiendo junto a sus hombres. La tercer parte del plan estaba a punto de comenzar.
Mientras tanto el galante masculino, que poco le importaba el destino de aquel ex soldado que cayó fortuitamente ante sí, arregló sus ropas y con una sonrisa amable avanzó hacia la entrada del palacio con la delicada invitación en su mano. ¿Pero quién podría culparlo? Solo dos cosas tenían valor para él, y el pobre amante no era una de ellas.
La muchacha no podía dejar de pensar en las palabras de su esposo. Tan inmersa estaba en sus cavilaciones que no se dio cuenta cuando su amiga terminó de peinar y decorar su larga cabellera.
-Ya estas lista Akane.
-¡Oh! _exclamó mientras volvía sus ojos al espejo_ Gracias, Yuka _acarició la pequeña mano que posaba sobre su hombro derecho.
-¿Estás bien?
-Estoy… preocupada.
- ¿Sucedió algo, Mi Señora? _dijo la muchacha temblando como una hoja.
El rostro asustado de Su Alteza estaba presente en su consciencia.
-No, no pasa nada Yuka, quédate tranquila.
Akane le sonrió a través del espejo y luego se levantó volteando hacia ella.
-Pero… si algo pasa, recuerda que debes correr hasta aquí. Conoces la entrada por donde tu Señor viene a visitarme, ¿verdad?
-Sí… pero.
-Esos pasillos desembocan en salidas estratégicamente ocultas, desconocidas para todos los demás. Debes huir, ve con mi familia y si es necesario huyan todos de aquí.
-¡Usted puede venir conmigo!
-Lo haré, pero primero… hay cosas que debo resolver aquí adentro.
-¡Akane, no! _pidió tomando sus manos al borde del llanto.
-Yuka, créeme, no hay nada que quieras más que mi libertad, especialmente ahora. Este no es mi palacio, no es mi gente, bueno… no todos aquí. Iré contigo, pero no es tan fácil.
-¿Por qué dices eso?, ¡No!
-No lo sé, pequeña. Yo tampoco sé si va a pasar algo pero Ranma, él…
-¿Le dijo algo? ¿Qué está sucediendo? _inquirió cada vez mas impaciente y asustada.
-No, no me dijo nada _suspiró cerrando los ojos brevemente_ No te preocupes, creo que todos estamos muy nerviosos hoy. Nada va a pasar, es… es solo un suponer. Supongamos que algo sucediera, no sé, hoy, mañana, dentro de un año. Tú debes huir del palacio y llevar a cuantos puedas contigo, ya sabes, de nuestros amigos.
-¿Nuestros amigos?
-¡Sí, mi gente! Ellos no merecen más sufrimiento. Merecen libertad. Así que váyanse de aquí y no vuelvan nunca más. Vayan con los Taro, con los Konjo o los Kirim. O mejor, con Chardin. Pero no vuelvan a este infierno. ¿Lo entiendes?
-Akane, yo-
-¡Promételo Yuka!
-Lo… prometo Akane.
Ambas amigas sellaron la promesa con un fuerte abrazo y algunas lágrimas que se fugaron por los pasadizos secretos de sus ojos.
Akane sabía que no existía nada más importante que la libertad, ya no solo la suya sino la de sus seres queridos.
Y haría lo que fuera para obtenerla.
El salón de asuntos reales comenzaba a llenarse con los invitados más importantes: nobles comerciantes, militares, políticos, familiares, aliados.
Nadie quería ni podía perderse semejante evento, a excepción de los Kirim que no deseaban cruzarse con ciertos invitados indeseables, y los Chardin, por supuesto, eternos rivales de las Amazonas.
Efectivamente las asombrosas mujeres estaban presentes. El completo consejo estaba allí, desde la actual Reina, hija de la hermana mayor de Cologne, hasta las ministras de guerra, economía y agricultura.
Era la segunda vez que una de ellas recibía el codiciado nombramiento como Reina de los Saotome. La primera vez, sin embargo, que ese título era otorgado y no heredado ante la muerte de su dueña originalmente designada.
No podían estar más orgullosas. Definitivamente tener a una de las suyas como máxima autoridad en el reino más poderoso de la región significaba grandes promesas para su nación.
Y gracias a ese orgullo pudieron ocupar, con la elegancia y soberbia que las caracterizaba, los lugares privilegiados en primera fila. Desde allí atestiguarían dentro de pocos minutos cómo sus ambiciones más grandes comenzaban a tomar lugar.
-Mi Señora _se anunció susurrando.
-Sasuke. ¡Has llegado!
-Aquí tiene.
La pelinegra se acercó a su más fiel siervo y tomó de entre sus manos el papel.
La habitación de la Tercera Consorte se llenó de silencio. La tensión emitida por ambos cuerpos se sentía en el ambiente.
En aquella carta estaba marcado el destino de la rosa negra.
Cuando terminó su lectura, quemó el papel para borrar toda evidencia y luego se dirigió a su sirviente.
-Vuelve. Él no puede saber que has venido a mí.
-No lo hará, Mi Señora. Recuerde que soy un ninja experimentado.
-Lo eres _le dijo acariciando su mejilla_ Mi fiel sirviente.
- Y s-siemp-pre lo s-seré _afirmó titubeando.
-¿Lo prometes?
-Lo juro, Mi Señora.
-Entonces siempre tendrás a mi lado un lugar para ti.
El ninja sonrojado por las palabras que le dedicó la persona que mas amaba, dejó la habitación con sigilo, volviendo junto al sujeto que se suponía debía cuidar.
-¿Dónde has estado? _cuestionó molesto.
Estaba esperando la presencia de su ninja mas experimentado para ingresar de una vez por todas al salón donde se llevaría a cabo el nombramiento.
-Tuve que ir al baño, Mi Señor. Me perdí, este lugar es enorme.
Tatewaki lo miró con recelo, pero luego caminó hacia su asiento junto a las Amazonas.
Las saludó con una reverencia y, clavando su mirada en los tronos frente a él, sonrió. Nada podría arruinar ese día, mucho menos un despistado sirvo con vejiga pequeña. Es que luego del nombramiento de su aliada solo cosas buenas llegarían a su vida.
Y él se lo merecía, todo. Nadie era mejor que él, el gran rayo azul.
-¿Puedo pasar? _preguntó la castaña de ojos azules.
-Claro que si Ukyo _contestó el monarca que estaba terminando de prepararse para un agotador día.
-Padre _se postró ante sus pies_ por favor, no permita que la nombre su Reina.
-Ukyo-
-¡Mejoraré!, ¡Lo haré orgulloso!, ¡prometo darle un nieto muy pronto! Haré los tratamientos que sean necesarios para darle un heredero fuerte y sano, sé que puedo lograrlo.
-Hija, Ukyo, no-
-¡Usted me lo prometió, padre! _dijo mirándolo con lágrimas arruinando su maquillaje_ ¡Me dijo que yo sería su Reina!
-Lo sé Ukyo _respondió acercándose a ella_ yo así lo quería. ¿Quién mejor que tú para estar junto a mi hijo?, tú que lo has amado desde siempre.
-¿Entonces?
-Sabes que no depende de mí _explicó con serenidad _ Tu padre te lo ha dicho, ellas presionaron a todos los ministros, tienen contactos muy poderosos en el reino entero. No hubo otra alternativa, hija.
Se agachó y la tomó por los brazos poniéndola de pie.
La miró a los ojos, secando sus lágrimas con un pañuelo celeste que siempre guardaba en los bolsillos internos de sus ropas, y le dijo:
-Mi pueblo, Ukyo, ellos serían los primeros en sufrir. Hay gente que a pesar de mis intentos por mejorar sus vidas todavía están viviendo en terribles condiciones. No puedo abandonarlos, no quiero pasar a la historia como el soberano que puso en primer lugar el corazón de una mujer por sobre la vida de su gente.
Ukyo, afectada por sus palabras, apartó las manos del que consideraba un padre y retrocedió distanciándose de él.
-Comprendo. Pero recuerde que no solo está sacrificando el corazón de una simple mujer, también el de su propio hijo.
-Lo sé _asintió sintiendo una punzada en su pecho.
-¿Y no le importa? _cuestionó indignada.
-Él es el Príncipe de esta nación. Sabe cuál es su deber.
Ambos se quedaron mirando en un mortal silencio. Cada uno con sus profundas cavilaciones.
-Nunca, ni un solo día había dudado en haberme casado con Ranma y pertenecer a esta familia… hasta hoy.
-Lo lamento mucho hija, lo mejor que puedo hacer por ti es darte tu libertad.
Ukyo dejó la habitación. Ya era hora de presentarse en aquel salón donde sus sueños se esfumarían por completo. Y fue en ese trayecto que las palabras del monarca retumbaron en su cabeza. No había mentido, jamás había pensado en la posibilidad de renunciar a Ranma…hasta esos instantes.
-¡Listo, Mi Señora! ¡Está usted bellísima! _exclamó la dama de compañía ante la atractiva imagen de su señora reflejada en el espejo de su recámara.
Shampoo sonrió satisfecha. Estaba hermosa, radiante, mucho más que cuando se casó con Ranma.
Las finas telas seleccionadas, el diseño de su kimono y los bordados en él representaban sus raíces amazónicas. El peinado que su sierva había arreglado para ella completaba su imagen armoniosamente con las carísimas joyas que decoraban su cuello, sus orejas, sus dedos y muñecas.
El maquillaje, por supuesto, era lo último en ser corregido. Una vez finalizado, sus atributos naturales quedaban resaltados por las sombras y los tenues colores que cubrían ahora sus facciones.
El espejo le devolvió la imagen de una poderosa soberana. Su día por fin había llegado. Era momento de brillar y ser admirada por todos, desde los más poderosos hasta aquellos cuya insignificante vida estaba en sus manos. Ella sería dentro de muy poco la Reina de la nación más importante y concentraría gracias a sus alianzas un enorme poder.
Shampoo no podía esperar para comenzar con sus planes. Y lo que más la entusiasmaba era saber que junto a ella estaría el hombre que tanto amaba… que tanto la lastimaba.
Porque no hubo un día o una noche en que él volviera a sus brazos, en que preguntara por el fruto en su vientre o siquiera le hiciera llegar su preocupación por estado de salud.
Lo único que recibía de su esposo eran miradas frías, que dejaban entrever el rechazo que el galante hombre sentía por ella.
No importaba, ya habría tiempo para conquistarlo una vez que aquella maldita campesina desapareciera. Y junto con ella el encantamiento, la brujería, la maldición que había lanzado en el corazón de su esposo.
Solo eso podría explicar el por qué Ranma, en vez de estar gozoso, orgulloso y feliz de tenerla a su lado, de coronarla por fin con el mayor de los títulos que podría ser dado a una mujer, de tener su amor incondicional esperando por él cada minuto del día a tan solo unos metros de distancia, él, aquel estúpido hombre, ¡no!, el hechizado hombre solo la veía a ella, a la campesina intrigante que seguramente había planeado todo para llegar al trono.
Se había equivocado, aún así. Porque no había mujer más poderosa en la tierra que una Amazona. Y ella, ese glorioso día, la había vencido.
"Muerto el perro, muerta la rabia".
Con ese pensamiento presente en su cabeza dejó su habitación en dirección al Salón de Asuntos Reales donde todos estaban ya presentes, cada uno en su lugar, atosigados con emociones diversas, esperando todos ellos por su llegada.
-La segunda consorte Real, Lady Shampoo ha llegado _anunció el Eunuco.
Las pesadas puertas se abrieron y todos los presentes se pusieron de pie.
La deslumbrante Amazona comenzó a avanzar orgullosa y segura en dirección a su esposo, quien aguardaba de pie su llegada junto al trono.
Su mirada se dirigió a quienes habían sido sus rivales hasta ese día. Todas tenían sus ojos sobre ella.
Lady Shampoo se tomó unos segundos para examinar con placer el desencanto que cubría sus caras.
Kodachi tenía sus facciones tensas: envidia.
Ukyo no pudo ocultar sus ojos rojos y las bolsas que asomaban bajo estos: tristeza.
Akane, por el contrario, tenía un rostro que por tan solo un segundo alteró su tranquilidad: paz.
¿Por qué estaba tan tranquila? ¿Por qué parecía segura ante su presencia? ¿Acaso no entendía que ella había ganado, que Ranma sería solamente suyo? ¿No temía por su vida y la de su detestable gente una vez que ella fuera nombrada Princesa heredera? ¿Acaso tan estúpida e ignorante era como para mostrarse tan imperturbable?
Shampoo respiró profundamente, segura de que la campesina era realmente una mujer muy tonta. Y cuando sus ojos se encontraron con los de Lord Kuno y este asintió brevemente, se tranquilizó por completo. Reconfirmó que la paz que aquella mujer quería demostrar sería pasajera. Pues la Cuarta Consorte desconocía la promesa que Shampoo se había hecho.
Y allí vislumbró de cerca aquel rostro que amaba, leyendo en su expresión, de la misma forma que hizo con las consortes, un único sentimiento: rencor.
Se detuvo a su lado luego de realizar las reverencias correspondientes a los presentes, dando de esta manera por comenzada la ceremonia de nombramiento.
El Eunuco de mayor jerarquía procedió a leer ante la atenta audiencia el juramento que la futura Reina debía realizar. Lealtad, decoro, beldad, humildad, solidaridad, justicia, amor, clemencia. Atributos que la futura Reina Saotome debía portar y ejercer desde ese momento. Sería la máxima autoridad entre las mujeres del reino, la tercera persona con mayor jerarquía en el palacio. Sus hijos serían los únicos herederos al trono por sobre los que vinieran después como fruto de la unión del Príncipe con sus concubinas. El manejo del palacio quedaría en sus manos por lo que cualquier decisión debía pasar por ella, desde los platos a ser servidos en el almuerzo, hasta las sábanas que cubrirían el lecho de cada miembro de la familia real. Desde el dinero destinado para cada consorte hasta la permanencia de cada sirviente dentro del reino.
Una vez finalizada la lectura llegó el momento esperado.
-Lo juro _exclamó con emoción la mujer tomando entre sus manos el decreto que oficializaba su nombramiento.
Los aplausos y las alabanzas llenaron el lugar.
"Larga vida a nuestra próxima Reina".
"Que Buda ilumine su camino con amor y sabiduría".
"Que el futuro heredero llene de fortuna a nuestro reino".
"Viva la Princesa heredera Shampoo Saotome".
La Amazona volvió su mirada triunfante hacia las consortes que, derrotadas, hicieron las reverencias correspondiente a quien sería desde ese día su soberana.
Luego, ilusionada y amorosa, se dirigió a su esposo. Su semblante era deslumbrante, aún así rígido, tenso, malhumorado.
¡Oh! ¡Cómo amaba a ese hombre! Su Príncipe, su marido, ¡suyo, solo suyo!
-Mi esposo, soy muy feliz. Gracias por el honor que me ha otorgado_ le dijo realmente conmocionada.
Ranma, inconmovible por las vacías palabras que su ahora Princesa le había dirigido, tomó la corona que le fue acercada a él por el Eunuco.
Giró su cuerpo en dirección a la Amazona y, cumpliendo con el protocolo, depositó la corona sobre su cabeza.
-Hoy te proclamo Princesa Heredera, Shampoo Saotome _recitó ahogando en rabia e impotencia.
-Saludos a la futura Reina Shampoo Saotome _proclamó en Eunuco real,
Y el salón volvió a estallar.
"¡Larga vida a nuestra Reina!".
El reino de los Saotome tenía ahora una nueva soberana.
Su nueva Princesa espera impaciente sus cordiales saludos y bendiciones!
Nos vemos prontito!
