Mis queridxs! Les dejo un presente de navidad, o por lo menos eso es para mi. Tardé, sí, pero fue un capítulo difícil de escribir. Es un episodio clave y no puedo negar que estoy muy nerviosa por sus devoluciones. Tengo miedo, jajaja. Pero las recibiré, buenas o malas son igual de importantes.
Solo diré que hay personajes que más adelante serán claves, aún si aparecen tardíamente en la historia.
Solo tengo palabras de agradecimiento para cada uno de ustedes en este tramo final.
Respondí cada review que pude y a aquellos que no pude hacerlo por lo menos quiero nombrarlos por este medio, pero quiero que sepan que leí cada línea lamentando no poder responder tanta amabilidad, cariño y genialidad: Rosi, ASV, KrisSaotome, Andrea, Daya, Alexandraaa, Kyori, Lalichan, ellafeliz2613, Abigail, Norma Justiniano, Ale, Yancy, Javi, Hikiari, Beal, Ferchis-chan, Manu, Sil Cortez, Alicia, RanmaLove, Grace, Teuton (Gracias por tus interesantísimas teorias), María, Iselaglezcam, y tantos otros Guests que no puedo siquiera nombrar de forma singular.
Espero que les guste el capítulo, extra large por cierto.
Voy a aguardar con ansiedad sus pensamientos al respecto.
ERES MÍA
Cap 26: La celebración
Parte 4 " Esta es la historia de un muchacho fuerte y aguerrido".
-¿Lo que es tuyo? ¡¿De qué demonios estás hablando?! _ rugió colérico el Príncipe.
El hombre cerró los ojos frustrado ante su estúpida pregunta. Odiaba que se hiciera el desentendido. ¿Acaso ignoraba que él poseía lo que más amaba en este mundo?
-Sabes, si insistes en desestimar mi causa no dudaré en desestimar la tuya. ¡Touma, tráela aquí!_ ordenó súbitamente.
El muchacho se abrió paso avanzando con el cuerpo de Akane entre sus brazos.
Al ver la escena de la mujer que amaba siendo amenazada por ese hombre que alguna vez afirmó quererla, su sangre hirvió con impotencia. ¿Cómo podía prestarse a esto? ¡Llevarla junto al enemigo! ¿Cómo se atrevía a sostener contra su delicada piel aquella daga sabiendo que cualquier movimiento abrupto de su parte pondría fin a la vida de la preciosa doncella?
Quiso avanzar una vez más hacia ella, pero se encontró de nuevo con la impenetrable pared que de músculos y armaduras rodeando su persona.
-¿Cómo puedes amenazarme poniendo su integridad en riesgo? ¡Sabes que la amo!
-¡Corrección! Porque sé que la amas la pongo en riego para recuperar lo que es mío. Ojo por ojo, diente por diente.
-¡¿De qué demonios hablas?! ¡Eres mi amigo, por todos los cielos!, ¿Qué es lo que se supone te arrebaté? ¿Cuándo, cómo? ¡Yo confié en ti! ¿De qué forma te he ofendido para que irrumpas en mi reino con estos traidores y pongas en peligro la vida de mi gente?
Lejos de conmoverlo, sus palabras lo enfurecieron aún más. Es que sin darse cuenta el Príncipe heredero estaba reproduciendo el mismo destrato que siempre habían tenido con él desde que era pequeño: ignorar sus deseos, pisotear su orgullo, desestimar sus pedidos, arrebatarle lo suyo.
Debería estar acostumbrado, ya que haber nacido hombre en una nación matriarcal implicaba ser el último eslabón de la cadena. Pero aún así nunca se rindió a los designios de su casta. Por eso estaba allí, luchando por tener lo que le pertenecía: una oportunidad.
Esta es la historia de un muchacho fuerte y aguerrido, un noble de corazón bondadoso y solidario. Trabajador como ningún otro. Amable y empático. Él era risueño, romántico y tierno. Soñador e inocente.
Sin embargo el destino se había ensañado con él desde que sus pulmones comenzaron a funcionar fuera del cálido vientre materno.
Él no pidió nacer, mucho menos pertenecer al género masculino. Al crecer se dio cuenta de la ironía del destino, pues de haber nacido en cualquier otro reino del mundo su condición masculina sería un regalo, un privilegio, una fortuna. Pero no, él nació del vientre de una amazona de casta baja. Poco importaba que su padre fuese el líder de la aldea de hombres amazonas.
Las reglas eran claras: todos los niños de sexo masculino vivirían junto a sus madres en la aldea principal hasta los diez años. Luego, serían desterrados al territorio norte destinados para los hombres de dicho reino. Todos ellos, descendientes de amazonas de clase media y baja, vivían alejados de las mujeres, cruzándose con éstas en breves intercambios comerciales o reuniéndose durante el año en alguna celebración relevante para el reino.
Es así que los padres de los niños retomarían la crianza de los mismos cuando estos cumplieran una década de vida. Si el progenitor era desconocido o había fallecido el niño quedaría al cuidado de quien quisiera abrigarlo o en caso contrario los cielos se encargarían de su suerte.
Los hombres amazonas vivían exclusivamente de la agricultura y la ganadería. Solo una pequeña porción podía acceder a formarse en las artes marciales para integrar las filas del ejército de las féminas. Este era un oficio sumamente deseado: solo los afortunados soldados podían reclamar el derecho de casarse con la amazona que lograran derrotar. Eran, no obstante, muy pocos los hombres que concretaban la hazaña de vencer a una amazona. Ellas eran guerreras profesionalmente entrenadas, que se iniciaban en las artes marciales a edades muy tempranas y sin excepción. En cambio los hombres solo podían acceder a dicho privilegio luego de cumplir trece años. Debían, para ello, pasar por un riguroso proceso evaluativo y solo los diez mejores merecían ser entrenados. Esto sucedía una vez al año y solo una vez en sus vidas podían atravesar dicha prueba.
Ser un guerrero era, sin duda alguna, una enorme bendición. Si bien no podían acceder a cargos políticos dentro del reino, sus ingresos económicos eran mucho mejores que el resto de los hombres. Podían, además, reclamar a la amazona que quisieran como esposa, sin importar su jerarquía. Si la derrotaban ellas debían obedecer la ley y contraer nupcias con su vencedor, aún sin amor, aún si se oponían. Existía, por supuesto, la excepción a toda regla, y la misma consistía en que las únicas mujeres que no podían reclamarse eran las amazonas comprometidas con Lores, políticos y terratenientes de la región. El dinero y el poder obtenido de esas uniones era más importante que nada.
Cuando los matrimonios amazónicos se concretaban la pareja de casados podía convivir en una pequeña porción de la aldea principal del reino destinada para ese propósito y sus hijos serían entrenados desde su nacimiento para integrar el ejército, ya que indudablemente poseían los mejores genes en lo que el combate respecta. Este era el único caso en que los varones podían permanecer junto a sus madres hasta los trece años, momento en que debían ser evaluados. De no lograr ingresar a la milicia serían expulsados a vivir con los demás hombres de la nación y dedicarse a la agricultura o ganadería, perdiendo todo lazo con sus padres.
Así como sucedía con la población masculina, el resto de las mujeres, aún teniendo hijos a su cargo (incluso estando enamoradas de los padres del fruto de su vientre) vivían con sus madres, abuelas, hijas, hermanas y sobrinas en enormes casas familiares, lejos, claro estaba, de los hombres (que en muy raros casos amaban). Es que las amazonas siempre debían priorizar a sus hermanas antes que a sus hombres. En ello estaba la grandeza de su reino.
De esta manera muy pocos eran los matrimonios que se consumaban, no solo por la experticia combativa de las mujeres sino por su devota adhesión a los mandatos matriarcales.
El "amor" era algo extraño, casi milagroso, porque entre las escasas mujeres dispuestas a enamorarse, los pocos hombres que lograban reclamar el derecho de casarse con ellas (siendo mínimo los triunfos, aún más la correspondencia en sus sentimientos), y por sobre todo las pocas oportunidades que ambos géneros tenían para cruzarse, aquello era algo único y excepcional.
Por eso, el muchacho fuerte y aguerrido de noble corazón, bondadoso y solidario. Trabajador como ningún otro. Amable y empático así como también risueño, romántico y tierno. Soñador e inocente, entrenaba secretamente todas las noches desde que se fue a vivir con su padre.
Por ella.
Porque aún sin saber lo que era el amor, el matrimonio, ni mucho menos la sexualidad, la quería.
Desde que tenía consciencia la quería.
Era la nieta de la Reina Cologne y podría pensarse que solo eso era una razón suficiente tanto para desearla como para darse por vencido. Él, hijo de una amazona de casta baja, no tendría posibilidad alguna de casarse con ella al menos que se convirtiera en el mejor de los guerreros.
Todos sabían que las princesas estaban destinadas a casarse con los hombres más poderosos de la región para así traer prosperidad al reino.
A los diez años la Princesa Shampoo daba señales de una prometedora belleza, algo que la convertiría en una mujer sumamente valiosa para su nación. Pero él la había escuchado proclamar desde pequeña que ella no sería la esposa de ningún extranjero, que ella sería la mejor guerrera entre las amazonas y que asumiría el trono a toda costa, ¡nada podría cambiar sus pensamientos!
Tenían la misma edad, él era mayor por solo un par de meses. Tuvo la fortuna de compartir junto a ella algunas celebraciones, como cumpleaños y aniversarios, ya que su madre trabajaba en el palacio y solía llevarlo con ella cuando no tenía con quien dejarlo. "Compartir" no era el verbo adecuado. Más bien él era como una sombra, su sombra, acechando desde la oscuridad.
Muchas veces la observaba entrenar, era lo que más gozaba de contemplar. La admiraba con adoración, era definitivamente la mejor. Feroz, infalible, sagaz, fuerte e inteligente.
¡Oh, cuánto la quería! Cariñosamente, amistosamente, inocentemente, él la comenzó a anhelar desde temprana edad.
El último día que pudo compartir junto a su madre en la aldea fue la última vez que vio de cerca.
Por eso lo decidió, porque el pensamiento de no volverla a ver llenó de lágrimas sus infantiles ojitos azules: Sería un soldado, el mejor de ellos y la vencería.
Con tal determinación entrenó duramente tres años. De día hacía trabajos de fuerza y resistencia en los campos de la familia de su padre, y de noche, aún agotado por la extenuante jornada, practicaba una y otra vez los movimientos que había memorizado de la joven promesa amazónica.
Con el tiempo empezó a generar enfrentamientos con distintos jóvenes para medir el resultado de su entrenamiento, y una vez que derrotó a todos los de su categoría siguió desafiando a los siguientes. ¡Era un éxito! Su entrenamiento definitivamente había dado sus frutos.
Y lo corroboró una vez más a sus trece años en el campeonato que definió su ingreso al ejército. Fue el vencedor, el mejor entre todos los competidores. Ese día la vio nuevamente entre el consejo de amazonas. Había crecido, más alta, más femenina, más bella. Así también creció su amor y admiración por ella, ya no tan inocente, ya no tan infantil.
Los siguientes tres años se recluyó en las afueras de la aldea completando su entrenamiento en el ejército masculino de las amazonas. Adquirió allí habilidades desconocidas hasta el momento por él, como el uso de diversos dispositivos para atacar, defenderse y desviar la atención de sus enemigos. Es que como ningún otro ejército los hombres amazonas guardaban entre sus uniformes una serie de artefactos que eran utilizados a la hora de vencer al enemigo. Bombas de humo, cadenas, navajas, cuchillos, entre otros aparatos extraños.
Cuando completó su entrenamiento ya tenía dieciséis años y el día de su presentación ante al pueblo finalmente llegó.
Portaba el característico traje militar de los soldados amazonas: una túnica blanca con terminaciones negras, el escudo de su nación bordado en el pecho (cuatro rombos amarillos dispuestos en forma de cruz alrededor la figura principal, un rombo azul con otro rojo en el centro) y holgadas mangas en las que la mayoría de sus artefactos estaban escondidos. Pantalones azules y una larga cabellera completaba su atuendo. Solo los soldados amazonas podían dejar crecer su cabellera entre los hombres del reino.
Su cuerpo denotaba una increíble transformación. Era un muchacho alto, de piel blanca y ojos azules que robó suspiros a todas las muchachas que lo vieron integrar la formación del ejército debutante esa mañana. Su porte erguido dejaba entrever sus músculos trabajados y firmes como rocas, y su larga cabellera negra brillaba bajo el sol.
Resultó ser que el muchacho; fuerte y aguerrido, un noble de corazón bondadoso y solidario, trabajador como ningún otro, amable y empático, risueño, romántico y tierno, soñador e inocente; era también un militar atractivo y prometedor.
Para finalizar el acto, la formación debutante desfiló hasta el interior del salón del palacio en donde se realizaría la presentación oficial ante las líderes amazonas a quien ellos jurarían proteger.
Entre ellas estaba su Shampoo.
Jamás olvidaría ese día. Ella se asomó orgullosa entre las demás princesas a saludar con notable desinterés a todos los soldados. Era toda una mujer. Largos cabellos violáceos y enormes ojos que combinaban perfectamente con la melanina de su pelo. Todas las curvas de su espléndido cuerpo se asoman entre sus ropas. Ya nada quedaba de aquella niña que conoció años atrás.
Su corazón latió desesperado ante la aparición de la joven guerrera.
Adrenalina se disparó por sus venas al pensar que dentro de dos meses podría enfrentarse contra ella en la ceremonia de reclamo.
¡Lo había logrado! Al ser soldado tenía derecho a reclamar a cualquier mujer amazona como esposa. Claro, no sería fácil concretarlo. Todos los años había una oportunidad, y él como militar podría hacerlo la cantidad de veces que quisiera mientras estuviera con vida. Incluso si ella se opusiera, incluso si ella estuviera casada. La ley estipulaba que si un soldado amazona deseaba a una mujer podría incluso retar a duelo al esposo de ésta y, de vencerlo, podría casarse con la viuda. Por supuesto el enfrentamiento debería llevarse a cabo frente a todo el consejo amazónico para que el mismo tuviera validez y pudiera reclamar el derecho de tomar a la mujer como suya. De otra manera no tendría valor alguno.
Las mujeres amazonas más jóvenes estaban en contra de esta vieja ley, sosteniendo que se les daba a los hombres un poder superior sobre ellas. Sin embargo, el propósito de esta antigua ordenanza tenía el objetivo de generar poderosas guerreras que solo se conseguirían a través de la buena genética. Y tal ADN no estaba presente, de seguro, en los ganaderos y agricultores de la aldea vecina. Por eso ningún matrimonio aseguraba la permanencia de una mujer amazona junto a su esposo, no por lo menos en sus años fértiles. Por lógica, si un soldado derrotaba a otro se consideraba que los genes del primero eran mejores que los del segundo y por lo tanto su descendencia sería mejor.
"Amor eterno", era una frase casi extinta en los matrimonios amazónicos.
Amor, sin embargo, era lo que lo llevó aquel octubre a desafiarla por primera vez.
Estaba nervioso, la tenía frente a él con esa mirada filosa y desafiante. Disgusto brotaba por sus facciones. No importaba, él estaba seguro que lograría conquistarla. Porque él era un muchacho fuerte y aguerrido, un noble de corazón bondadoso y solidario. Trabajador como ningún otro. Amable y empático. Él era risueño, romántico y tierno. Soñador e inocente. Y juraba que cuando ella se convirtiera en su mujer la haría feliz.
No podía esperar a tener sus primeros hijos con ella.
No podía esperar para comenzar su vida junto a ella.
Cinco minutos duró el combate. No supo si fue por estar emocionado, distraído o muy confiado. Pero en solo cinco minutos la poderosa amazona lo derrotó. Fue, había que reconocerlo, el que más duró en combate. Los demás que vinieron después fueron derrotados en dos o tres movimientos por parte de la temeraria amazona.
Lejos de desmotivarlo, fue el impulso vital para seguir intentándolo. Y el siguiente octubre la volvió a encontrar en el campo de batalla. Esta vez el combate duró casi veinte minutos, viéndola flaquear un par de veces antes sus sorpresivos ataques.
Dos veces más se enfrentaron.
Aunque se encontró nuevamente con la derrota supo que la próxima vez lograría vencerla. Ella también lo supo y no podía ocultar su desprecio cada vez que lo cruzaba. La Princesa quería hacerlo desistir, convencerlo de buscar a otra mujer porque ella no sería la esposa de ningún hombre, ella sería siempre la mejor guerrera amazona y nadie la doblegaría.
Pero entonces llegó aquel joven.
Poco se sabía de él además de ser el nieto político de la gran Cologne, la amazona que se había casado con Oiji Saotome, quien era ahora la Reina madre de esa vecina nación. Nada se había dicho sobre los motivos de su visita, no por lo menos en las afueras del palacio. Por eso cuando vio a su Princesa atacarlo tan imprevistamente la mañana en la que estaba recorriendo los alrededores con una pequeña corte tras sí, supo que algo sospechoso existía en esa visita.
Lo confirmó de inmediato cuando haciendo usos de sus increíbles reflejos esquivó el que parecía ser un infalible ataque, bloqueando su contragolpe y usando a su favor la fuerza que la amazona desplegó en su arremetida para voltearla fácilmente, haciéndola caer sobre su espalda.
Todos quedaron atónitos. Aquel muchacho que debía tener la misma edad que la suya, cuya contextura física no revelaba ninguna singularidad o su técnica algo peculiar, había vencido a la guerrera amazónica más fuerte del reino.
Su corazón prácticamente se detuvo. ¿Acaso la había perdido?
Trató de recuperar el aire que se había fugado de sus pulmones cuando lo vio distanciarse fastidioso por el abrupto asalto. Mientras ella se quedó derrumbada en el suelo observándolo partir.
En lo que duró la estadía, nada se había dicho sobre aquel acontecimiento. Él había tenido constantes pesadillas donde se anunciaba que su Shampoo había sido reclamada por aquel extranjero que logró vencerla.
Pero parecía ser que en efecto era un extranjero, y que por lo tanto el hecho de haberla vencido no tenía el mismo significado que tendría para cualquier soldado amazona.
Recuperó su paz cuando presenció en primera persona su regreso a casa. Había sido seleccionado para ser parte de la escolta del Príncipe Ranma hasta los límites con el reino Saotome. Descubrió en dicho periplo que tanto él como su igualmente joven escudero eran agradables. Habían intercambiado un par de palabras cuando el heredero al trono le preguntó sobre una llamativa planta cuya flor se destacaba a las orillas del camino. Siendo el hijo de un agricultor, relató con detalle y entusiasmo las propiedades de la singular planta y de algunas otras más que fueron apareciendo en su ruta.
Antes de ingresar a su territorio, finalizando su procesión, el Príncipe le preguntó su nombre.
-Mi nombre es Mousse, Su Alteza.
-Cuando quieras puedes venir a visitar mi reino, Mousse, y traer contigo alguna de esas flores milagrosas que me has nombrado.
Agradecido, se inclinó haciendo una reverencia para despedirlo.
Cuando volvieron a encontrarse meses después en una visita realizada por la princesa a su madre, la reina Cologne, Ranma aún lo recordaba. Lo había invitado incluso a cenar junto a él y su escudero cuando lo reconoció formando parte de la escolta de la princesa.
-Eres agradable, Mousse. Cuéntame de ti _ pidió esa noche.
El muchacho, un poco entonado por el alcohol, un poco alentado por la curiosidad de conocer mejor al hombre que era más fuerte y talentoso que él, le contó sobre su desafortunada historia. Sobre cómo su madre lo había enviado a vivir con su padre a los diez años y desde entonces no había vuelto a verla, porque lo de su padre y ella había sido un breve romance, de esos que acontecen en las celebraciones nacionales, donde el alcohol levanta las represiones y da lugar a lujuria. Su padre realmente se había enamorado de ella, pero no era un soldado como él, no podía reclamarla. Ella, no estaba seguro qué sentía por su padre, pero en los pocos recuerdos que guardaba de los años viviendo con su madre jamás lo nombró. La única vez que los vio juntos fue cuando la amazona lo dejó a su cuidado, partiendo con paso firme luego de dejarle un último y único beso en su frente. De lo que sí estaba seguro Mousse era que a él esa mujer no lo amaba, seguro que su madre jamás lo quiso como hijo.
Le confesó al príncipe que él no quería eso para su vida, que su hijo no tuviera una familia. Relató cómo trabajó duro para un día poder obtener a la mujer que amaba y confiaba que pronto lo lograría. Nunca dijo el nombre de su amada, no estaba seguro qué le diría el príncipe al respecto. Lo que sí el joven Saotome dejó en claro era que él no creía en el amor, que sabía que su destino era casarse con mujeres a las que jamás amaría, pero coincidía con el soldado en no desear tener descendencia con alguien a quien no pudiera amar, aunque parecía que no tendría otra alternativa, confesó vencido. Le contó que pronto tendría que casarse con una mujer que lo traicionó, y que seguramente ese sería el primer de innumerables matrimonios.
Apiadándose de él, el joven soldado compartió su secreto: las plantas tenían más poder del que usualmente la gente pensaba. A continuación le explicó, por ejemplo, las propiedades que tenía aquella planta que tanto había llamado su atención.
Es que si de algo sabían las amazonas eran sobre anticonceptivos y productos de belleza. Ambos dos eran sus armas más importantes a lo hora de evitar que su hermosura se viera dañada.
Para suerte del futuro monarca, los parientes del joven Mousse trabajaban en la producción de maquillajes y perfumes. Lo bueno que tenía trabajar la tierra era el vasto conocimiento sobre las plantas, sus propiedades y usos: desde aromas hasta medicinas, desde pigmentos hasta aceites. Sin embargo, no eran productos ofrecidos al mercado, por el contrario, estaban destinados al consumo interno exclusivamente. Pero eso era algo que podía arreglarse, y eso fue lo que se hizo la noche donde nació su amistad.
Era brillante. No era novedad alguna las propiedades anticonceptivas de las plantas amazónicas, ellos también tenían las suyas. La novedad estaba en la forma de suministrar las dosis. A través del maquillaje sería prácticamente imperceptible. Sin sospechas, sin rastros, sin embarazos.
El acuerdo con los Saotome no sólo sumó un amigo a su vida; uno poderoso, por cierto; sino que prometía importantes ingresos extra que poco a poco dejarían en sus bolsillos una ganancia considerable. Debían, por supuesto, disimular los orígenes de dicha venta. Nadie podía saber, ni las amazonas ni el mismo Genma (quien creía estar comprando las dotes para su futura nuera a los Chardin), que aquellos cosméticos eran fabricados por un selecto grupo familiar de hombres amazonas. Mucho menos que los mismos estaban fusionados con la esencia de esas plantas milagrosas.
Para el momento en que se consumó el matrimonio con la Primera Consorte, todo estaba listo para evitar cualquier imprevisto.
Pronto llegaron los agradecimientos por parte del Príncipe y una abundante recompensa.
Desde ese momento comenzaron los intercambios de correspondencia. El heredero lo consideró un amigo a quien no dudaba pedir consejos de todo tipo, pues "no tenía a su alrededor gente de confianza". Nunca olvidaba preguntar, ya sea por cortesía, por compromiso o por real interés, cómo se encontraba la situación con su enamorada.
Era sincera, realmente era sincera su amistad y lealtad con el temerario príncipe, quien jamás le mostró a su persona esa faceta feroz de la que todo el mundo hablaba. Tal vez porque él le mostró su naturaleza confiable y positiva, tal vez porque realmente estaba solo.
Pero todo terminó la mañana del décimo mes en que llegó la ceremonia anual para reclamar a la amazona. Porque esa mañana cuando anunció su solicitud de enfrentamiento con su dulce Princesa le dijeron que ello era imposible. Ahora ella pertenecía al selecto grupo de amazonas que pronto contraería matrimonio con un poderoso político.
Su mundo entero se derrumbó.
Claro que todavía podía desafiar a duelo al futuro esposo de Shampoo, claro que sí. Y si lo vencía podía reclamarla como esposa. Pero todos sabían que eso era una misión prácticamente imposible, ya que aquellos poderosos políticos y Lores de alta cuna jamás accederían a enfrentarse a duelo siguiendo las leyes amazonas. ¿Cómo reclamar el derecho sobre la amazona si el esposo de la misma no accedía a enfrentarlo ante el consejo mayor de su reino? En adición a ello, Mousse era un simple soldado que jamás sería beneficiado por el consejo superior. Lo sabía, lo había atestiguado decenas de veces. Ellas harían lo imposible, excusa tras excusa, para lograr jamás reunirse y presenciar semejante pérdida para su pueblo, incluso si por alguna extraña razón el esposo en cuestión aceptaba el desafío. Porque para ellas no era un acto de amor, era una estupidez. Porque para ellas esos soldados eran en el mejor de los casos un buen código genético, y fuera de ello unos simples campesinos que no servían más que para dar sus vidas por ellas en el campo de batalla. No había comparación, porque el amor no cotizaba en el mercado, no compraba alianzas ni legislaba leyes a su favor.
Solo restaba hablar con ella, declarar su amor y rogar a los cielos que lo aceptase. Porque ella era lo suficientemente poderosa como para declinar un compromiso indeseado.
Así que esa noche se infiltró en sus aposentos, tomándola desprevenida mientras cepillaba su precioso cabello.
-¿Qué haces aquí? _ preguntó con cierto hastío cuando lo vio ingresar por la ventana.
-Mi Princesa, ¿me recuerda?
-Eres el hijo de Arumi-san, ¿no?
-Lo soy, Su Alteza _admitió sintiendo una abrumadora esperanza en su pecho.
Lo reconocía , sabía quién era.
No quiso darle más importancia de la que tenía a ese simple hecho, pero tampoco podía evitarlo.
-¿Cómo te atreves a invadir mis aposentos? ¿Acaso estás buscando a tu madre? _inquirió seria.
-No, Mi Señora. He venido… a declarar mis más profundos sentimientos hacia usted _dijo hincándose sobre su rodilla izquierda.
-¿Tus sentimientos? _preguntó confusa.
-La amo, Mi Señora. ¡La admiro, la idolatro, la deseo con toda mi alma desde que tengo conciencia! _ exclamó con pasión.
La amazona suspiró fastidiada poniendo sus ojos en blanco. No era la primera vez que recibía aquellas ridículas declaraciones.
-¿Y? ¿Qué tiene que ver eso conmigo?
Mousse fue tomado por sorpresa por las frías palabras.
-Yo… yo quiero casarme con us-
-Eso no será posible _interrumpió de inmediato_ Yo estoy comprometida.
-Lo sé, pero usted puede rom-
-¿Por qué lo haría? _cuestionó incrédula.
-Porque usted… porque… usted no lo quie-
-¡Ja! Mira muchacho. No tengo porque darte explicaciones_ declaró acercándose hacia el soldado_ pero haré una excepción porque te has tomado el trabajo de llegar hasta aquí. No tengo la menor intención de oponerme a ese matrimonio, por el contrario, no puedo esperar a estar en los fuertes brazos de ese hombre, brazos que ninguno por aquí posee. Si no tienes nada más que decir, vete_respondió.
Dándole la espalda, volvió a peinar su larga cabellera, dejando destruido el corazón del soldado.
No tuvo que esperar mucho tiempo para confirmar sus sospechas. Pues había un solo hombre en quien podía pensar. Seis días después de esa noche llegó la carta de quien era "su amigo" relatando cómo su padre y abuela habían acordado su matrimonio con la princesa amazónica Shampoo.
Sabía que Ranma no tenía la culpa. Le había contado que no estaba interesado en lo más mínimo en la muchacha de sus sueños. Por el contrario, fue la forma en como describió la futura unión con la espléndida mujer lo que provocó un cambio en su corazón. Maldijo su suerte, describiéndola de una forma tan despectiva que revolvió sus tripas. Juraba que haría su vida imposible y que jamás tendría más relevancia dentro de su reino y en su corazón que el de una simple consorte. No terminó aquella carta sin antes pedir la preparación de la dote para su futura consorte, porque "tener hijos con esa mujer sería una maldición". Él obedeció con suma urgencia, pues no quería que ella llevara en su vientre un hijo de un hombre de semejante calaña.
El día de la boda llegó y por supuesto Mousse no asistió. Es que el muchacho fuerte y aguerrido, noble, de corazón bondadoso y solidario, trabajador como ningún otro, amable y empático, ya no tenía fuerzas, ya nada no tenía sentido.
Ya no restaban más lágrimas por derramar ante su cruel destino. La había perdido, sin poder siquiera tener la mínima oportunidad de luchar por ella.
Todo, todo, todo lo que había conseguido en los últimos diez años de existencia tenían el objetivo de estar con ella, de ser por fin amado por una mujer, de tener la familia que él nunca tuvo, de ser un simple hombre amazona orgulloso de su estirpe.
Este fue el punto de inflexión para el muchacho de buen corazón. Pues de nada había servido ser tan soñador.
Esta es la historia de cómo aquel muchacho inocente y luchador se transformó en lo que es hoy.
Las cartas seguían llegando. Ranma insistía en relatar como lo único que admiraba de su nueva esposa eran sus cualidades en la cama y le preguntaba, casi con burla, si todas ellas eran como su consorte. Era denigrante para él, pues Mousse amaba cada hebra de sus cabellos y podría nombrar cientos de atributos a ser admirados en ella por sobre su cuerpo.
Shampoo era inteligente, sagaz, valiente, experta en las artes marciales. Solía ser divertida y algunas veces juraba que en la intimidad era una dulce muchacha. Claro que era seductora, y era la mujer más hermosa de toda la extensión. Pero las mujeres de su nación eran tesoros en toda su dimensión.
No, Ranma, ella no es un agujero diseñado para dar placer. Ella es una diosa.
Allí nació ese sentimiento. Fue creciendo cada vez más y más, como un parásito que se alojó en su corazón y desde allí se fue expandiendo por su sistema con cada carta, con cada oración, con cada palabra.
Ranma no hacía más que quejarse de su suerte. ¡Si tan solo supiera lo que daría él por estar en sus zapatos! Mousse se dio cuenta que el muchacho que alguna vez le pareció agradable era un idiota arrogante, un ignorante, un estúpido.
Pero no solo su rencor se acrecentó, también lo hizo su fuerza, su técnica, su experticia. Pronto se convirtió en el general más joven del ejército amazónico en los últimos cincuenta años.
El muchacho fuerte y aguerrido, noble, trabajador como ningún otro, no podía dejar de pensar en cómo se estaría sintiendo su amada Princesa. Era la Segunda Consorte, la segunda esposa, la segunda opción. Shampoo en aquel palacio no era más que otra esposa olvidada y despreciada por el insolente Príncipe. Ella, que estaba destinada a ser una reina, era el plato de segunda mesa.
Mousse soñaba con la llegada de una señal, de una carta, de un rumor por parte de la amazona suplicando ser rescatada de aquel matrimonio que solo podía generarle tristeza.
¿Cómo se atrevía? ¡Era un desgraciado, un poco hombre!
No amaba a ninguna de sus esposas, las aborrecía.
¿Cómo se atrevía?
No se había enamorado de su hermosa princesa de cabellos violetas.
Era una burla para ella, para su pueblo, para él.
Sin embargo no dijo nada. Seguía recibiendo sus cartas, preparando sus dotes, aconsejándolo seriamente. Porque a pesar de todo nunca su amazona le hizo saber que esperaba por él. Por el contrario, todos comentaban lo feliz que la misma se encontraba en aquel reino.
A pesar de todo, esas cartas eran su conexión más cercana con ella. Esas cartas eran dosis de veneno que se inyectaban directamente en su torrente sanguíneo, matándolo lentamente.
Podría haberle confesado a Ranma su amor por la que ahora era su Segunda Consorte. Pero ¿de qué serviría?, ¿la dejaría ir? ¿acaso aceptaría tener un duelo con él por ella?
Sería inútil. Incluso si él quisiera acceder a su pedido, Cologne jamás lo permitiría. Shampoo jamás lo permitiría.
Era mejor mantener la farsa, porque así indirectamente podía controlarlo.
Esta es la historia de cómo Mousse siguió anhelándola, siguió perdiéndola.
Siguió mejorando sus capacidades militares, siguió incrementando su fortuna.
Creció a su vez su séquito de seguidores, de aquellos que lo admiraban por sus cualidades en la batalla y de otros, hombres comunes y corrientes, que se identificaban con su dolor. Porque todos sabían que el general amaba a la consorte de Saotome y todos confiaban en que el destino había sido injusto con él.
No. Eso no era del todo cierto, porque no podía culpar a los cielos de haberse enamorado de una mujer a la que jamás podría acceder. Porque esa restricción no la había impuesto el destino, sino ellas.
Respetaban al consejo de ancianas, eran su familia.
Mujeres poderosas, ricas, inteligentes y fuertes. Ellas eran la ley y su palabra era un designio.
Pero también las despreciaban con la misma fuerza con las que ellas los despreciaban a ellos: hombres.
Ellos intentaban dominarlas, sintiéndose superiores y con derechos sobre sus cuerpos. Ellos, que las usaban como carne para saciar su hambre y luego no tardaban en reemplazarlas. Ellos, que no dudaban al momento de maltratarlas y oprimirlas cuando ellas intentaban contradecirlos. A ellos le debían el reino, porque ellas, sus fundadoras, habían vivido en carne propia su poder y tiranía. Pero en ese rincón del mundo ellos jamás las dominarían de vuelta.
Todas esas leyes servían para mantener su estatus, para proteger a las nuevas generaciones de amazonas de aquellas bestias.
Por eso cada casamiento, cada nacimiento, cada hombre y mujer de ese reino debían ser controlados. Cada matrimonio debía traer beneficios para las de su género, no amor. Cada niña y niño debían ser ubicados y educados según las conveniencias del reino, no según sus deseos individuales. Todo era para cuidarlas, para asegurar que el poder siguiera en sus manos. Nada debía cambiar, porque así como estaban las cosas funcionaban.
Ella era su principal promulgadora. Ella, quien le había robado su oportunidad. Porque a pesar de ser la Reina de otro reino, conservaba sobre las amazonas una gran influencia.
Muchos de los que estaban reunidos esa noche la odiaban. Todos los presentes es esa enorme casa de piedra lejana a la aldea amazónica principal detestaban aquel sistema feminista. No es que quisieran destituirlo, no. Eran sus madres, hermanas, abuelas y tías. Pero también sus amantes e hijas, a quienes no podían acceder. Si las cosas fueran un poco más flexibles, si ellas no existieran…
Aún así, muy pocas amazonas compartían su mirada. La mayoría avalaba la palabra del viejo concejo y jamás se atreverían a traicionarlas.
Esos eran los debates que se formaban cada noche en la morada perteneciente a la familia paterna de Mousse. La casa mas grande, digna del jefe de la aldea masculina, "El castillo", como ellos solían llamar al lugar pretendiendo, jugando, soñando con tener su propia fortaleza, su propia nación y justos gobernantes.
En el interior de aquella construcción él se había convertido, sin habérselo propuesto, en un poderoso y admirado general. Era un líder, un señor feudal, un amo, un gran general... un amante desdichado, como tantos otros que se identificaban con su dolor.
Entonces llegó esa noticia. Una Tercera Consorte había sido elegida. De inmediato pidió ser parte de la escolta de la Princesa Heredera que asistiría a la ceremonia en representación del Reino Amazónico.
Tenía que saber cómo estaba.
Vio su rostro pálido, su semblante frío. No había rastro alguno de su orgullosa sonrisa o su feroz mirada. Parecía apagada, ida. Solo de a ratos cambiaba su estado de ánimo, mostrándose colérica e indignada, bebiendo más de la cuenta cada vez que sus manos no estaban cerradas sobre sí mismas en un intento desesperado de contener su espíritu guerrero.
Todo aquello aconteció bajo su presencia, mientras contemplaba disimuladamente, como la sombra que era, a quien se supone sería su esposa en sus sueños, en sus fantasías.
Quién sí tenía el derecho de reclamarla como tal, sumaba ahora una tercera mujer a su harem. Como si no le bastara con dos. Como si ella, su Shampoo, no fuese más que suficiente.
Ese día el general se decidió. Pues a pesar de mostrarse amable con el Príncipe, que embriagado se acercó a saludarlo con suma alegría, sintió un profundo rechazo por él, confirmando así que ya no tenía una pizca de simpatía por quien había sido alguna vez su amigo.
Ese día decidió recuperar lo que consideraba suyo.
Esta es la historia de cómo un muchacho fuerte y aguerrido, trabajador como ningún otro, planeó por semanas cómo llevar adelante sus deseos más profundos.
Y mientras cavilaba al respecto, mientras los días y las semanas transcurrían, más y más hombres llegaban por las noches ante su presencia, llegó a sus oídos el caso de uno de un joven militar que rogaba por ayuda para recuperar a su amada que había sido forzada a casarse con un terrateniente en la nación de los Kuno.
Esa noche tuvo la idea, pues la ley amazónica decía que una viuda casada con un extranjero podría regresar al reino si no tenía descendencia. Podría incluso ser disputada por algún soldado y contraer matrimonio nuevamente, siempre y cuando el consejo lo permitiera, más no podría casarse con un foráneo de vuelta.
Lo planificaron con cuidado. La suerte estaba de su lado: aquel hombre era aficionado al alcohol y las apuestas. Atacarlos en las calles de la perdición sería mucho más fácil y conveniente, y así lo fue.
La viuda regresó y al poco tiempo contrajo matrimonio con el joven militar.
Fue la primera vez que lo hicieron, la primera de decenas. Reunieron a parejas de amantes que aunque no pudieran estar juntos bajo el mismo techo serían abrigados por las estrellas, encontrando en la noche una fiel aliada.
Su caso era distinto. Para enfrentar a una nación no bastaba con un par de soldados y unas cuantas monedas de oro.
Podría matarlo personalmente, usando su amistad como carnada. Podría también envenenarlo indirectamente, mezclando veneno en la tinta de sus cartas.
Podría rogarle que la dejara ir, revelando que era ella la mujer por la que respiraba.
Podría también escabullirse en aquel palacio y raptarla. Podría irrumpir en aquel castillo y reclamarla.
Todos los escenarios eran igual de devastadores.
Porque ella no lo aceptaría. Porque ella no lo amaba.
Si Ranma seguía o no existiendo, si ella fuera tomada por la fuerza, Shampoo no aceptaría ser su esposa.
Tenía que encontrar la manera de concretar el duelo por ella de forma legal, solo así lo reconocería como su esposo.
De todas formas no se rendiría. Porque prefería convertirla en una viuda y contemplarla desde lejos en sus tierras, que saber que envejecería al lado de un hombre que solo la despreciaba.
Esa tarde se sorprendió de sobremanera al leer las líneas: "Amigo, estoy perdidamente enamorado". Temió que la dueña de dichos sentimientos hubiese sido Shampoo. Lo comprendería ya que siempre pensó que tarde o temprano Ranma caería en los innegables encantos de la amazona.
Pero ella no fue quien provocó semejante conmoción en el Príncipe heredero. En sus cartas comenzó a pedirle diversidad de consejos amorosos, le preguntaba sobre la mejor manera de ganarse el corazón de una mujer, se cuestionaba constantemente por usar o no su poder sobre ella. Líneas y más líneas detallando con empeño su enojo, su desesperación, su eterno amor. Describía con pasión las dotes y cualidades de la mujer que lo hechizó. Nunca recibió tantas cartas de su parte como en aquellas semanas. Por un momento se sintió reflejado en sus relatos y por ello sus respuestas en el asunto siempre fueron sinceras. Pero por otra parte, no podía evitar pensar en que de nuevo su hermosa Shampoo era despreciada y desplazada ahora por una simple campesina… con tan solo imaginar su rostro sufriendo otra vez se convencía cada vez más que solo le quedaba la opción de rescatarla a como diera de ese maldito lugar.
Para ello necesitaba un gran ejército, hombres expertos, lo suficientemente locos como para ingresar a la fortaleza y matar si era necesario.
Matarlo, sí, esa era la única opción. Pronto Shampoo sería viuda. Si no aprobaban su casamiento con ella, por lo menos la Princesa estaría de nuevo en su reino, en su casa, con los suyos… cerca suyo.
Entre sus filas se encontraban varios soldados fieles a su causa. Habían también otros hombres, civiles, sin entrenamiento pero con suficiente valentía y rencor hacia la Reina Cologne como para tomar revancha contra ella.
Pero no era suficiente.
Llegó inesperadamente la respuesta a sus plegarias colgando sobre el hombro de uno de sus soldados. Estaba inconsciente y mal herido. Lo había encontrado a orillas del río, exhausto. Lo único que llegó a enunciar fue una palabra: Akane.
Por alguna razón le pareció conocido ese nombre hasta que dos días después el muchacho despertó justo en el momento en que arribó la noticia: aquel desgraciado había vuelto a contraer matrimonio. La Cuarta Consorte Akane Tendo se había convertido en su nueva adquisición.
Akane, el destino quiso que esa mujer entrara en su vida. Porque aquel chico que había sido encontrado inconsciente en las fronteras de su territorio resultaba ser su prometido. El muchacho le contó su trágica historia de amor. Ello en si no era una novedad pues todos los presentes tenían una para narrar. No, lo particular era que ese muchacho odiaba a Ranma Saotome al igual que él, porque de la misma forma el maldito heredero al trono le había robado a la persona que él amaba. Y ese joven desafortunado, tal como él, quería recuperar a su mujer destinada.
Le contó que perteneció al imponente ejército Saotome. Describió cómo su amada le fue arrebatada de sus propios brazos. También como había planeado rescatarla de aquel infernal palacio y cómo su plan resultó ridículamente fallido porque el futuro monarca conocía todos sus pasos. Confesó que ese día dejó su corazón en aquel castillo y tuvo que huir del reino. Ni siquiera pudo volver con su familia porque su sola permanencia en aquellas tierras los pondría en peligro. Intentó emigrar al reino de los Daimonji, como era su plan original, pero cuando llegó a las fronteras lo capturaron. Nadie creyó su historia, sospechaban que era un espía de los Saotome. Lo torturaron por días hasta que en un descuido del guardia logró escapar junto con otros prisioneros que tenían planeado el movimiento desde hace semanas. Bordeando el río llegó hasta esos confines, trayendo consigo valiosa información.
Porque había muchos como él, soldados desertores que odiaban a los Saotome, por todo el territorio. Había también información precisa y actualizada sobre las formaciones enemigas y una memoria prodigiosa que conocía a la perfección los túneles y pasadizos secretos de aquella vieja construcción.
Comenzaron así con el plan, sumarían a sus filas a aquellos soldados y demás hombres con la causa en común: el odio a los Saotome.
El muchacho fuerte y aguerrido siguió con la farsa, redactando cada carta con cautela y empatía para no generar sospecha alguna sobre su persona.
Irrumpirían en el palacio de noche. Lo matarían. Ella debería volver al reino después, tarde o temprano, pues ningún hijo había sido engendrado, él se había asegurado de eso.
Le daría el tiempo necesario para reponerse de su viudez y luego la convertiría en su esposa, ya que todos creerían que aquello fue una venganza llevada a cabo por los rebeldes ex soldados que habían arremetido contra quien se interpusiera en su camino, secuestrando incluso a algunas mujeres, como la Cuarta Consorte o tomando en sus manos la vida de la vieja Cologne en medio de la confusión. Así, algunos encontrarían la muerte, otros quizás la libertad.
Él solo quería tenerla de regreso. Lo que hicieran los demás no importaba.
Sin embargo el tiempo seguía transcurriendo y por alguna razón ello le generaba un mal presentimiento.
Lo confirmó cuando leyó la carta en la que Ranma se lamentaba de haber tomado a "la maldita amazona" por error. Mousse no pudo contener los insultos y su furia cayó sobre todo objeto que se encontraba a su alrededor.
Es que al sujeto que redactó esas asquerosas líneas solo le preocupaba lo que su querida consorte pensaría de él.
La carta que le siguió volvió a tenerla como protagonista a ella junto a su esa injusta palabra: "error". Porque con angustia el Príncipe aseguró que ella, su dulce guerrera, estaba esperando un hijo suyo.
Esa noche no pudo dormir. A pesar de que sabía que las probabilidades eran pocas, los rumores corrían ya por todo el reino. La princesa Shampoo estaba embarazada y lo que siguió era lo único que podía acontecer: Su coronación.
En oposición a lo que todos podían pensar en cuanto al destino de su romance, la coronación se presentó como la ocasión perfecta que esperaba. Era una señal del universo diciéndole que allí se presentaba la oportunidad indicada.
Era un regalo, era su destino.
Por eso estaban allí.
Por eso el momento había llegado.
Esta es la historia de cómo un guerrero irrumpió en un poderoso reino para recuperar la oportunidad negada.
Mousse sonrió con cierta ironía y dirigió sus ojos a la mujer que hace solo unas pocas horas había sido coronada. Ella tenía su mirada fija en él.
Ella sabía, sabía que él había venido por su persona.
A él le hubiese encantado que su rostro expresara alegría, esperanza o alivio. Pero no, solo se veía rencor. Porque las reglas eran claras para todas las amazonas, no importaba si eran unas criadas o una reina. Ellas debían obedecer.
Por eso Mousse volvió su atención al Príncipe heredero y desenvainó su espada apuntando hacia él.
-Ranma Saotome, yo te desafío a duelo.
Y luego volteó hacia ellas, el gran concejo amazónico que estaba reunido allí. Algo improbable, difícil de lograr, pero ahí estaban. Es que el destino quiso que la coronación de una de ellas las juntase, pues jamás perderían la oportunidad de presentarse orgullosas ante aquellos hombres poderosos de cada rincón de la extensión.
-¿Me desafías? ¿A qué? ¿Por qué?
-Porque quiero a tu esposa.
Ranma sentía que explotaría de la rabia. ¡Nunca! ¡Jamás se la daría!
-¡Jamás pondrás un dedo sobre Akane! _ gritó.
-¡Ja! ¿Akane?
Ahí estaba, una vez más ignorando a su adorada Princesa. Pisoteando su orgullo como hombre enamorado, como hombre amazona.
-No estoy hablando de esa mujer, ¿para qué querría yo una campesina? ¡Shampoo! ¡Estoy hablando de mi Princesa Shampoo!
Todos se quedaron en silencio, mientras la aludida comenzaba a derramar lágrimas de impotencia por sus tersas mejillas.
Entonces, como si las piezas del rompecabezas comenzaran a encajar completando la imagen, Ranma lo entendió.
-¿Ella? ¿Ella es la mujer que amas?
-Así es. ¡Y tú me has robado la oportunidad de hacerla mi mujer, de hacerla feliz!
-¿Todo esto es por ella? _preguntó con desdén.
-¡Deja de desmerecerla! ¡Deja de insultarla, de degradarla! ¡Esto es poco! ¡Ella se merece el mundo entero, y yo soy capaz de lo que sea para hacerla feliz!
-¡Entonces vete! _interrumpió con determinación la amazona_ ¡Vete de aquí! ¡Yo no te quiero! ¡Yo soy la futura reina de esta nación, madre del futuro heredero!
-¡Si la quieres, llévala contigo! Me divorciaré de ella, puedes hacer con ella lo que quieras-
-¡Ranma! _exclamó con dolor ante sus desinteresadas palabras.
-¿Ve? ¿A ese hombre quiere usted, Alteza? ¿Este tipo que sólo la rechaza?
-¡Si! ¡Lo quiero a él, siempre lo haré! _aseguró desafiante.
-Podemos resolver esto civilizadamente, tú sabes que no quería nada de esto ¡yo solo quiero a Akane, lo sabes!
-Oh, sí que lo vamos a resolver. Pero según las leyes de mi nación.
-¿Quieres un duelo? Perfecto, sabes que _declaró postrándose desde su lugar ante él_ ¡Me rindo! ¡Golpéame, haz lo que quieras, derrótame, no me importa!
-¿Ahora piensas que quiero vencerte sin pelear?, ¿Crees que no puedo vencerte? ¡Tengo honor, Saotome!
-Lo sé, pero yo solo quiero terminar con todo esto de una vez.
Arrebatado, Mousse se acercó hasta donde la muralla de soldados le permitió.
Ranma elevó su rostro para observar su accionar.
-Pelearás conmigo, con todas tus fuerzas, ¿me escuchaste? Si te venzo me quedaré con Shampoo según las reglas amazónicas. Si te mato, ella será tu viuda y deberá volver al reino. Si me vences… entonces podrás quedarte con ella.
-¡Mouse, no quiero pelear contigo!
-¡Lo harás! ¡Touma, tráela aquí!
El aludido se acercó al general una vez más con su prometida entre sus brazos.
Ranma sintió su piel erizarse al verla. Su Akane estaba asustada. Y Mouse estaba decidido.
-Si no me enfrentas con todas tus fuerzas. Si tú no me vences, la mataré Ranma.
-¿Qué dices? _inquirió poniéndose de pie.
-Si no me matas, entonces ella morirá.
Con esas palabras, tres de sus aliados rodearon a Touma, con sus espadas listas para actuar.
-¿Estas traicionándome? _preguntó el ex soldado de los Saotome, protegiendo a Akane con su cuerpo.
Mousse lo ignoró.
-¿Entonces? ¿Qué vas a hacer Saotome?
