Hola mis queridxs! He aquí el anteúltimo capítulo.
Es la primera vez que narro una escena de pelea, así que desde ya me disculpo si alguna parte no se entiende, o si parece ridícula. No duden en decírmelo, escucho correcciones y sugerencias porque realmente no sé como escribir estas escenas.
Muchas gracias por todos sus mensajes y comentarios, como siempre.
Gracias por acompañarme en este hermoso viaje a través de esta historia.
Solo nos resta un capitulo más y tal vez el epilogo.
Espero que les guste el capitulo, voy a estar aguardando ansiosa sus comentarios.
Les mando un gran abrazo!
ERES MÍA
Cap 27: La celebración
Parte 5 "Aka".
-Acepto el duelo _ resolvió con seriedad_ Pero debes cumplir tu palabra, tú y todo tu séquito _advirtió severo.
Mousse asintió con satisfacción. Al fin su oportunidad había llegado.
-¡Ranma! ¡No lo hagas! _ suplicó Ukyo.
-¡Detén este circo, Mousse! ¡Jamás seré tuya!_ desafió Shampoo.
-La ley es la ley, Mi Princesa. Y cuando yo derrote a su esposo usted deberá convertirse en mi mujer, lo sabe.
-¡Abuela, haz algo! _pidió con absoluto nerviosismo.
-Puedes casarte con cualquiera de mis otras nietas _ habló por primera vez la soberana, haciéndose paso entre los guardias.
Mousse rio con sarcasmo. El descaro de la Reina Madre no tenía límites.
-¡Claro, para usted todas las mujeres son iguales! ¿verdad? Instrumentos, objetos, cuerpos que se reemplazan rápidamente unos por otros.
"¡Como mi hermana Tomoyo!", gritó uno.
"Mi hija, mi pobre Arumi", agregó otra voz en la cercanía.
"¡Obligó a mi madre a casarse con un noble que luego la asesinó!", reclamó furioso un muchacho.
"Nunca reconoció que vencí al esposo de Sakura", exclamó colérico otro amazona.
Decenas de voces comenzaron a oírse. Se alzaron furiosas contra las máximas autoridades que solo atinaron a escuchar con marcada indiferencia en sus rostros.
Claro que no era la primera vez que escuchaban los reclamos y amenazas.
Claro que no tenían la menor importancia para ellas.
-¿Los escucha, Mi Señora? Son los pedidos de su pueblo. Porque nosotros también pertenecemos a la nación amazónica. Y sin embargo tenemos menos derechos que un perro… hasta hoy.
El clamor ante las palabras enunciadas por el joven General estalló con fuerza descomunal.
Mousse volteó ahora en dirección a las ancianas pertenecientes al concejo y se acercó a ellas.
-Mis respetadas Señoras. ¿Autorizan el duelo por la amazona Shampoo? _preguntó con fingido respeto.
Cada una de ellas, amedrentadas con filosas dagas, fueron inmovilizadas por los potentes cuerpos de sus propios soldados sin posibilidad alguna de atacar. Ellos conocían sus trucos, y sabían exactamente como neutralizarlos.
Sin embargo, no respondieron la pregunta del guerrero. Ni una sola de ellas asintió siquiera.
Ninguna, de igual forma, se opuso. Eso fue suficiente para el General.
-Perfecto _atinó a contestar ante la desafiante actitud de las ancianas.
Con un simple gesto ordenó a sus guardias que hicieran retroceder a los invitados a empujones, dejando un perímetro en medio del enorme jardín para que la pelea se disputase.
El concejo amazónico observaría en primera fila junto a la Cuarta Consorte capturada por el militar Touma, quien a su vez era custodiado por seis de los que consideraba "sus hombres", quienes tenían la orden de prevenir cualquier intento de fuga de su parte con la mujer.
Ranma se deshizo de las manos que intentaban detenerlo y, con una orden firme y una mirada abrasadora, se hizo paso entre los soldados que cuidaban de él acercándose a su retador.
-Da la orden_ advirtió.
-¿Crees que estás en condiciones de-
-¡Da la orden! _interrumpió impaciente_ Si te mato, todos deben irse de mi palacio y liberarán a Akane, ilesa _enunció remarcando la última palabra.
-Lo harán. Tengo palabra, Saotome.
- ¡Ja! ¿Me has traicionado y pides confianza? ¡Ordénalo ahora!
Mousse se quedó en silencio contemplando a quien era su amigo. Tenía que admitir que el hombre era intimidante. A pesar de la desastrosa situación en la que estaba su reino y la amenaza sobre su familia, se mantenía cuerdo y desafiante.
-¿Me han escuchado? Si muero, deben retirarse de inmediato.
-Sí Señor _ afirmaron al unísono.
-Y si tú mueres... entonces me llevaré a Shampoo sin ningún tipo de impedimento.
-Puedes llevártela ahora mismo, no moveré un solo dedo para evitarlo, nadie lo hará. Por eso mismo, como tu objetivo es Shampoo, si me vences debes dejar a mi gente en paz. Con la tuya... puedes hacer lo que quieras.
Las amazonas presentes en el lugar escucharon alertadas. Todo parecía prever que no saldrían vivas de este enfrentamiento si el príncipe era derrotado.
A pesar de sus firmes palabras, Ranma estaba por primera vez en su vida aterrorizado.
Todo se había derrumbado. Su amigo, cómplice y mentor, lo había engañado. Introdujo en su palacio gente peligrosa, enemigos al reino, soldados desertores que juraban cobrar venganza por las injusticias particulares que habían sufrido en sus vidas.
Se alió, además, con el ex prometido de su mujer, a quien seguramente había usado para obtener su propio beneficio, pues la expresión de odio en su rostro cada vez que miraba al amazona, delataba la torpeza que había cometido al confiar en él.
A ese punto Ranma reía internamente ante las similitudes que tenía con aquel hombre.
Ambos amaban a Akane.
Ambos habían confiado en Mousse. Y éste se atrevió a usar su amor por ella en su contra.
Tal vez en otra dimensión hubiesen sido amigos, aquellos dos.
Pero no en esta vida.
Porque solo existía una Akane Tendo, y ella era suya y de nadie más.
Por eso estaba aterrado, porque la vida de su mujer dependía de su fuerza y experticia.
Estaba confiado en sus aptitudes en el combate. No tenía miedo en absoluto en cuanto a ello, podía vencerlo, lo sabía.
Lo que estaba haciéndolo enloquecer era verla en peligro. Porque nada le garantizaba que derrotarlo iba a ponerla a salvo. Podrían hacerle daño en cualquier momento.
Su Akane estaba aterrorizada. Sus ojos cristalizados así como el casi imperceptible temblor en sus manos la delataban. Su muchacha estaba al borde del llanto pero sabía que su terquedad no iba a permitirle derramar ni una lágrima.
El Príncipe quería correr hacia ella, matar a esos malditos que la amenazaban y tomarla entre sus brazos para protegerla a toda costa.
Pero otras vidas estaban en riesgo también y cualquier movimiento abrupto o impulsivo de su parte desataría una masacre.
Por sobre todos estaba ella, su esposa.
Si algo le sucedía a Akane, perdería la cordura por completo.
¿Cómo pudo ser tan idiota, tan confiado? ¿Cómo pudo engañarlo por tanto tiempo?
Si se lo hubiera pedido él no se hubiera casado con Shampoo. Hubiese hecho todo lo posible pasa zafar de ese matrimonio que nunca quiso.
¿Acaso Mousse no lo sabía?
Por supuesto que lo hacía. Pero Ranma jamás lograría entender las tramas que se habían tejido en la cabeza del joven amante llevándolo a convertirse en este hombre traicionero y sanguinario.
O quizás sí, porque su mente funcionaba de la misma forma retorcida en cuanto Akane se tratase.
Akane.
Si moría ¿Qué sería de su Akane?
Una parte de él insistía en pensar que por fin ella sería libre. Que ello era en realidad lo que Akane estaba deseando. Librarse de él.
Pero todo lo que habían vivido en estas últimas semanas no podía ser un engaño. Su amor no lo era. Era lo más leal, profundo y sagrado que había sentido en su existencia.
No podía morir, no.
Porque su historia con ella todavía no había comenzado.
-¿Cómo lo haremos?
-Espadas, Su Alteza.
Ranma asintió. Extendió su brazo hacia su costado derecho y fue allí cuando cayó en cuenta que no estaba.
Su escudero no estaba allí, a su lado.
De hecho no lo había visto en todo el día.
¿Dónde estaba Hibiki?
Ryoga, su fiel sirviente… el mismo que dejó huir a quien quería arrebatarle lo suyo. Ahora ese hombre, a quien Hibiki había asegurado asesinar, estaba allí, a metros de él, aprisionando a su esposa entre sus brazos.
¿Acaso él también?
-Aquí tiene, Su Alteza_ se acercó uno de sus soldados, entregándole su espada.
-Que gane el mejor, Saotome _enunció Mousse con innegable determinación_ Por favor honorable concejo, inicien el combate oficialmente _indicó observando a las ancianas.
Ninguna de ellas, sin embargo, hizo el ademán de corresponder a sus palabras.
Orgullosas, no darían el brazo a torcer. Habían coronado a una de las suyas como la futura reina de la nación más poderosa ¿quién daría la orden de arriesgar semejante adquisición en manos de un simple soldado?
Mousse las observó con impotencia mientras los minutos transcurrían en un sepulcral silencio.
-Daiki_ llamó a uno de sus soldados que estaba custodiando a una anciana del concejo.
Intercambiaron miradas y, luego de que Mousse asintiera, el soldado tomó el brazo de la veterana amazona y pasó el acero de la filosa daga por su muñeca izquierda desgarrando su arrugada piel.
-La próxima será su yugular_ amenazó fríamente.
A pesar del torrente de sangre goteando por la temblorosa mano, entre gritos de dolor, expresiones de miedo y blasfemias exclamadas, el concejo amazónico permaneció imperturbable.
Cuando los minutos pasaban y la tensión crecía, Mousse decidió que era hora de pronunciar otro nombre.
-¡Misao!
De inmediato, el nombrado tomó del cuello de la anciana Izumi y degolló la garganta de la mujer, quien cayó al piso de rodillas ante los ojos espantados de las demás.
Viéndola agonizar, Mousse elevó su voz una vez más.
-¡Eiji!
La anciana Sora dio un paso hacia el frente al vislumbrar como el soldado tomaba el cuerpo de su hermana menor, llevando la daga hacia su cuello.
-Por… por el poder que me confiere el concejo amazónico yo, la gran amazona Sora, acepto el desafío a duelo realizado por... el General Mousse contra el Príncipe Ranma, para reclamar el derecho a desposar a la amazona Shampoo. Quien ganase el duelo podrá tomarla como esposa o reafirmar su derecho conyugal por la Princesa, según lo establece nuestra ley. ¡Grande sea el imperio amazona!
"Grande sea el imperio amazona", recitaron los presentes, algunos con euforia, otras con voz quebrada por la impotencia que inundaba sus espíritus guerreros siendo doblegados.
Incluso ella, que con sus ojos repletos de lágrimas sabía que debía obedecer.
-Que gane el mejor _terminó de enunciar la mujer.
Ni bien se pronunciaron las palabras finales, el guerrero amazona se lanzó sobre el príncipe.
Este último apenas pudo girar, evitando que el corte sobre su brazo fuese más profundo.
-¡Ranma! _gritó asustada al ver el color carmesí comenzando a teñir las delicadas prendas ceremoniales de su esposo.
Él la miró con el mismo estupor, contemplando cómo la pequeña figura forcejeaba contra el agarre de quien una vez fue su amor.
-¡Cálmate Akane, por favor! _pedía Touma intentando contenerla, confundido por su extraña actitud.
Mousse lo atacó nuevamente, forzando al príncipe a redirigir su atención para bloquear la veloz arremetida.
Las espadas comenzaron a crujir. Mousse atacaba sin piedad y Ranma se defendía como si fuera un soldado inexperto. Es que inevitablemente su atención estaba en la mujer que clamaba por él, mientras otros hombres amenazan su existencia.
-¡Quédate quieta! _gritó un sujeto abofeteando su cara.
Ranma bloqueó el ataque de Mouse una vez más y dirigió su completa atención hacia Akane que cubría su mejilla con la mano.
Al observar cómo sus labios estaban manchados con sangre, abatió a Mousse con una certera estocada y corrió hacia ella olvidando por completo el combate.
-¡Hijo de puta! _exclamó colérico, avanzando dispuesto a matar.
Los soldados que la estaban custodiando se pusieron en guardia al verlo avanzar, hasta que una daga clavada en el hombro derecho de uno de ellos lo hizo detenerse de inmediato.
Si ese soldado no hubiese estado en esa posición, allí frente al cuerpo de Akane, seguramente sería ella quien caería desplomada ante sus ojos.
Ranma se dio la vuelta buscando la trayectoria del cuchillo, justo a tiempo para bloquear con su espalda el siguiente proyectil que fue lanzado en su dirección.
-¡Ranma! _volvió a exclamar una horrorizada Akane.
-¡Tu pelea es aquí! _gritó Mouse_ ¡La próxima vez que me des la espalda, la mataré! ¿Escuchaste?
Ranma desprendió la shuriken de su espalda y volteó hacia la mujer que lloraba por él, capturada a tan solo unos metros de distancia.
-¡Yo te protegeré, mi princesa! _ le prometió mirándola a los ojos con devoción.
Y con renovada fuerza volvió al combate.
¡Debía protegerla, nadie le haría daño!
Con un grito combativo lanzó su cuerpo sobre él. Estocó su espada contra el hombre que lo había traicionado con tanta fuerza que de un solo movimiento lo hizo caer al piso.
Mousse entonces lo supo, cuando vio sus ojos flamear, había logrado su cometido.
Porque si Ranma no luchaba con todas sus fuerzas él no podría probarle a su gente que era merecedor de Shampoo. Porque si no vencía al gran guerrero que era Ranma, todo perdería sentido.
Rodó por el piso cuando el guerrero intentó hundir su espada en él, poniéndose de pie con un ágil salto, tan rápido como llegó el puñetazo que Ranma plasmó en su cara, tumbándolo otra vez contra el suelo.
La espada de Mousse cayó lejos de él, dejándolo por completo desarmado.
-Nunca perdono a quien me traiciona _bramó, posicionándose sobre el cuerpo postrado.
Mousse rio previendo su victoria.
Ranma se agachó sobre él, colocando sus rodillas a los costados de su oponente. No había nada mejor que asesinar a tu enemigo mirándolo a los ojos de cerca. Con la espada lista para desgarrar su garganta, tomó al General por sus cabellos exponiendo su garganta para que su filosa cuchilla pusiera fin a su desgraciada vida.
Todo el mundo estaba en revuelo. Los soldados de Mousse lo incitaban a pelear, así como el resto de los presentes impulsaban a Ranma dar por finalizado el combate de una vez por todas. Entre ellos, la voz eufórica de Shampoo era la que más se oía.
Pero el amazona hundió sobre los tobillos de su contrincante, expuestos al alcance de sus manos, las kunai que estaban esperando, dentro de sus mangas, su turno de brillar.
Ranma gritó por el repentino dolor y, aprovechando su descuido, Mousse le propinó un cabezazo logrando liberar su cuerpo del príncipe guerrero, que cayó de espaldas profundamente adolorido.
Nunca lo habían lastimado tanto. Nunca, sin embargo, había tenido un motivo tan importante por el cual luchar.
Agitado, el General buscó su espada que estaba tirada en algún lugar del improvisado escenario, mientras Ranma se reincorporaba haciendo un enorme esfuerzo por retirar las armas que permanecían profundamente incrustadas centímetros por sobre sus tobillos.
Miró a Akane llorando desconsoladamente.
Trató de sonreírle para calmar su corazón, confirmando de alguna manera que estaba bien. Pero pronto lo vio avanzar hacia él.
Tomó las Kunai justo a tiempo para defenderse.
Ataque tras ataque, Ranma bloqueó con experticia la espada del General que sin respiro arremetía una y otra vez contra él.
No tenía respiro. Necesitaba atacarlo, desestabilizarlo, lograr un impase para obtener su espada de vuelta. Pero Mousse era implacable. Un rival digno, a fin de cuentas.
-¡Ranma, mátalo de una vez! _gritó la Princesa Heredera.
Solo un segundo Mousse se distrajo por el efecto que tuvo inevitablemente sobre él que la mujer que amaba le deseara la muerte.
Un segundo suficiente que Ranma aprovechó para clavar las kunai sobre sus antebrazos y patear poderosamente su pecho logrando la distancia necesaria para voltear de inmediato en búsqueda de su katana.
Mousse se reprendió a sí mismo por el estúpido descuido, retirando sus propias armas de sus brazos.
Sin perder el tiempo, tomó su espada nuevamente en posición defensiva.
Ranma ya estaba allí, frente a él.
Ambos alertas, con sus espadas sedientas de sangre, esperando el mejor momento para acabar con la batalla.
Como si se hubiesen puesto de acuerdo, ambos arremetieron en sincronía. Espadas chocando contra sí, como el sonido de descargas eléctricas en una noche de tormenta. Golpes feroces que buscaban atrapar y desestabilizar el cuerpo del oponente, más nunca lograban su acometido con total éxito. Pieles trozadas en movimientos defensivos. Telas empapadas de sudor y sangre.
Ranma había perdido tanta sangre que su visión se volvía de a ratos borrosa.
Solo gracias a su voz, que sonaba en su cabeza sin poder diferenciar si era un recuerdo o la realidad del momento, lo hacía volver en sí. Lo impulsaba a seguir peleando, a seguir respirando.
La batalla se había prolongado quien sabe por cuánto tiempo. Ambos estaban notablemente exhaustos.
Inspiró profundamente llenando sus pulmones de aire y blandió su espada contra el General Mousse en una renovada ofensiva. Este respondió el asalto, pero la velocidad de Ranma fue demasiado para él. Un deficiente movimiento defensivo lo dejó expuesto, haciendo que la espada del príncipe encontrara su costilla izquierda.
Sin embargo, la fuerza que empleó el futuro monarca también fue demasiada para su propia suerte. Se tambaleó torpemente, cayendo de rodillas al piso, mientras su rival se recuperaba de su profunda lesión.
Al verlo tendido sobre el suelo no desperdició la oportunidad y se dirigió a él propinándole una patada en el estómago que lo tumbó de espaldas, y una vez en el piso impulsó su pie una vez más contra su cara.
El sonido de la anciana Misao cayendo como plomo contra la dura superficie se llevó consigo las exclamaciones de las demás mujeres del concejo distrayendo al General que le dio la espalda al hombre que, pensaba, había derrotado.
Con sus últimas fuerzas, Ranma tomó su espada con ambas manos y pasó su hoja filosa por las pantorrillas del hombre a su lado.
Mousse cayó de rodillas junto a él.
En ese momento desde el fondo del jardín comenzaron a escucharse gritos desesperados, acompañados por el estruendo de espadas chocando contra sí. Todos comenzaron a voltear en dirección al espeluznante sonido, mientras comenzaron a verse corridas hacia los laterales del jardín.
Los hombres de Mousse comenzaban a caer como moscas en manos de personas completamente desconocidas que clavaban sin piedad sus puñales y espadas en sus gargantas, torsos y piernas.
Desde el suelo, desesperado, comenzó a buscar a Akane. Aprovecharía la confusión para rescatarla y ponerla a salvo de lo que fuera que estuviese pasando en ese momento.
La vio siendo tomada del brazo por su ex soldado, quien comenzó a tirar de ella aprovechando que los hombres que los amenazaban acudieron a ayudar a sus camaradas.
-¡Akane! _gritó incorporándose débilmente sobre sus rodillas.
Ella lo escuchó llamarla e intentó desprender su brazo del poderoso agarre que no le permitía ir a su encuentro.
-¡Suéltala!_ amenazó, poniéndose de pie con sus últimas fuerzas.
-¡Ranma! _gritó una de sus consortes_ ¡Cuidado!
Y fue allí cuando sintió unos brazos aferrándolo firmemente contra un poderoso cuerpo tras sí.
-¡No! ¡Su Majestad! _exclamó una voz entre la multitud.
Ranma podía jurar que era la voz de su escudero.
Sintió el pesado bulto desplomarse sobre su espalda.
Sus lastimadas piernas no pudieron sostenerlo y cayó al suelo sin poder evitarlo, golpeando su el costado derecho de su cabeza sobre el concreto.
Estaba aturdido. Sus oídos pitaban, su visión estaba borrosa.
A penas si logró diferenciarlo, acercándose.
Ranma intentó liberarse del peso sobre su espalda. Tenía que proteger a su Akane. Sin embargo todo esfuerzo parecía ser en vano.
Se detuvo cuando reparó en los conocidos zapatos deteniéndose ante él, mientras otros tantos anónimos corrían alrededor del empobrecido perímetro que todavía se sostenía sobre ellos.
Levantó su cabeza hacia él. Estaba agitado, incluso tambaleaba levemente. Cortes presentes en todo su cuerpo, sangre brotando por su piel a borbotones, golpes magullando su rostro.
Pero ahí estaba, dispuesto a todo.
Ranma supo que era su final. Lo había vencido.
Mousse, con su pie empujó el cuerpo que estaba aprisionando al Príncipe.
El hombre cayó a su lado y entonces Ranma comprendió lo que había pasado.
-¡Pa… pá! _exclamó horrorizado.
Se arrastró hasta él, acariciando el rostro del inconsciente monarca. Sus lágrimas cayeron sobre los ojos cerrados de su progenitor al observar la sangre escurriendo por sus costados.
-Hasta tu padre te ama, se sacrificó por ti sin dudarlo.
-¡Llévenselo de aquí! _exclamó pidiendo por su Rey a los escasos guardias que no lograron escucharlo, pues aún estaban intentando proteger a los miembros de la familia real que restaban todavía en el lugar.
Todo a su alrededor era un caos. La mitad de los invitados y sirvientes huían despavoridos. La otra mitad permanecía en el lugar observando en parte la batalla, en parte el descontrol.
Hombres luchando contra otros. Gente cayendo como moscas.
Rojo, todo se volvió rojo. Su color favorito, el color de su nombre.
-Es hora… de terminar con esto _anunció sin aliento.
-Déjame despedirme de e-ella, por favor _pidió agonizando.
-No.
-Por favor, tú… tú sa-sabes lo que es amar a alguien. Dé…jame despedirme de ella y... después, des-después mátame, has conmigo lo… que quieras. Ya no me importa _enunció hablando con notable dificultad.
Mousse lo miró fijamente, contemplando la imagen del derrotado hombre con empatía.
-Acércala _ordenó en dirección a Touma.
-¿Qué? ¿Quieres que todavía te obedezca después de cómo me has usado?
-¡Ranma! _exclamó la muchacha con su rostro bañado en lágrimas.
-Él morirá. Cumplí con mi promesa. Esto ya está por acabar, así que tráela aquí.
Vacilando pero obedeciendo al fin, acercó a Akane unos pasos hasta el muchacho postrado, sin dejar, empero, que se apartara de él, a pesar de que ella luchaba con empeño por correr a su esposo.
-A-Akane... _dijo arrastrándose hasta ella.
La espada de Mousse apuntando a él lo hizo detenerse en una clara advertencia.
-Te amo… Akane.
-¡Ranma, no!
-Mi gran amor… te doy tu li-libertad. Vete… vete de aquí, de es-este palacio en donde encontraste tanta maldad… sé feliz, mi vida. Gra-gracias por los días que pasamos juntos. Per…dón por todo lo que he hecho. Vete mi Akane, eres libre.
-¡Ranma! _ gritó desesperada al ver como Mousse se interponía entre los dos.
-¡Largo! ¡Toma a tu mujer y desaparece de aquí! _ordenó sin siquiera voltear a verlo.
Touma asintió, y forcejeando con Akane la cargó sobre su hombro y dejó el lugar.
Lo último que vio Akane antes de abandonar el jardín fue cómo Mousse elevaba su espada para dar el golpe final al hombre que le había otorgado su libertad.
Touma avanzó con apremio con el cuerpo de la consorte colgando sobre su hombro.
Gritaba, pataleaba, le exigía que la suelte.
Pero él no la dejaría por nada del mundo.
Llegó a la habitación donde se encontraba la salida que finalmente los sacaría de aquel infierno. Caminó en dirección a la pequeña puerta del pasadizo escondida bajo la pesada cómoda. Era un túnel subterráneo que desembocaba a orillas del río.
Dejó a Akane sobre la cama con el afán de mover el mueble y acceder a la abertura.
Pero la muchacha ni bien fue liberada corrió hacia la puerta de la habitación con el propósito de volver junto a Ranma.
-¡Akane! ¿Qué haces? _preguntó tomándola del brazo.
-¡Suéltame! ¡Tengo que ir a ayudarlo!
-¿A quién?
-¡A mi esposo! ¡Déjame ir!
-¿Estás loca? ¿Qué te han hecho, mi amor? _preguntó tomando su rostro entre sus manos_ ¿Ese tipo lavó tu cabeza?
-¡Suéltame, Touma! _exclamó intentando remover las manos de su cara.
-¡No! _profirió enfurecido, reafirmando su agarre_ ¿Sabes todo lo que he hecho para volver por ti?
-Yo no te lo he pedido.
-¡Claro que no! ¡No pudiste, porque fuiste arrebatada de mi lado por él! ¡Ese mismo tipo que ahora quieres auxiliar! ¿No te das cuenta, mi vida? Él te ha confundido. ¿No ves que fue él quien te secuestró? ¡Te forzó a casarte con él!
-¡Tú no lo entiendes! _enunció apartándose finalmente de él_ ¡Vete Touma! _pidió intentando marcharse nuevamente.
-¡Él ordenó matarme! ¡Si no fuese por Hibiki estaría muerto, Akane!
La Consorte se detuvo y volteó a verlo confirmando sus sospechas. Lo habían intentado asesinar, a él, que era el único inocente en toda esta historia.
-Lo sé. Por eso debes irte.
Corrió hacia Touma, tomó su mano y lo dirigió hacia la abertura del pasadizo.
-Debes irte antes de que vengan por ti.
-¡No, no me iré sin ti! _ soltó abruptamente su mano, deteniendo sus pasos.
-¡Yo no iré contigo! ¡Entiéndelo!
-¡Akane!
-Soy la Cuarta Consorte de este reino, no puedo irme.
-¡Ya no lo eres! ¿No ves que todo se ha ido al demonio?
-¡Mi gente me necesita, Touma!
-¡Yo te necesito!
-¡Él! ¡Él me necesita! Yo… soy su esposa.
-¡Ya no lo eres! ¡Él dijo que eres libre, Akane! ¡Vámonos por favor! _suplicó tomando nuevamente sus manos.
-No puedo _se lamentó con sinceridad mientras se soltaba otra vez.
-¿Cómo que no puedes? Ya te dije que no-
-¡No puedo!_ exclamó cubriéndose el vientre con sus brazos cruzados sobre él _ De verdad no puedo marcharme contigo, Touma _susurró.
-Akane… ¿acaso tú?
-Vete, Touma. Mi lugar es aquí. Ya no puedo irme.
-Akane… no… no importa _titubeó comenzando a llorar_ Cuidaré de ti, mi amor. Haremos… haremos nuestros sueños realidad, ¿Recuerdas, todo lo que habíamos planeado juntos?
-Lo siento tanto, Touma _se disculpó sumamente angustiada.
-Akane...
-Realmente te amé. Fuiste mi primer amor... siempre serás mi primer amor.
-Escúchame, tú-
-Pero él será el último _interrumpió_ Él es el único, yo…
-¡No lo digas, por favor! _imploró, cerrando sus ojos con insoportable dolor.
-Lo siento tanto, Touma. Perdóname yo-
-Akane, no, no, por favor _pidió, dándole la espalda.
-Lo amo.
Touma sintió como su garganta se cerraba dejándolo sin oxígeno mientras su corazón se rompía en mil pedazos.
-Me enamoré de él _continuó confesando_ Lo siento, yo… no sé cómo... pero no puedo irme, yo tengo que estar aquí a su lado.
El devoto amante se dio vuelta sumido en una insondable congoja.
-Por favor, mi amor _rogó una vez más, abrazándola repentinamente.
-Ya no puedo ser tu amor, lo siento mucho Touma.
Akane correspondió su abrazo con todas sus fuerzas.
La Consorte se estaba finalmente despidiendo de su primer amor, de su gran amigo.
Segundos después tomó el rostro que una vez adoró entre sus manos y le dijo.
-Vete, sé feliz. Encuentra un nuevo amor, uno que te dé todo lo que mereces. Busca un nuevo destino, no vuelvas con Mousse. Mantente lejos de los Kuno, también de los Daimonji, y sobre todo de estas tierras. Prometo que abogaré por ti y tu familia ante el rey, pero ahora debes irte.
-Akane, piénsalo solo un segundo _le dijo mirándola a los ojos con fervor.
-No tengo nada que pensar, porque no hay duda alguna en mi corazón. Gracias por venir por mí, mi querido Touma. Jamás te olvidaré.
Le dio un beso en la mejilla y él susurró rendido contra su oreja:
-Te amo Akane, siempre lo haré.
-No, no lo harás. Pronto me olvidarás y encontrarás un nuevo amor, justo… como lo hice yo.
Con esas palabras se apartó de su lado.
Y porque ahora era finalmente libre, fue a buscarlo.
-¡Alto! _gritó la Reina Madre_ ¡Suficiente!
Ordenó, apartando de su camino a los pocos guardias que quedaban vivos en dirección al individuo que estaba a punto de clavar su espada en el pecho de Ranma.
No podía dejarlo morir. El costo sería demasiado alto. Su nación entraría en guerra, y ellas no tendrían la mínima chance de vencer.
-¿Abuela?
Shampoo observó con horror como su abuela avanzaba resoluta hacia su esposo.
-Has vencido, Mousse. Te proclamo el ganador del duelo.
-¿Qué? ¡No! _estalló la amazona a espaldas de la Reina Madre.
Shampoo corrió desesperada hasta el cuerpo de Ranma, quien estaba prácticamente inconsciente en el piso. El dolor era demasiado intenso, en su cuerpo, en su corazón. Lo había perdido todo, su familia, sus amigos, su amor.
-¡Levántate Ranma, pelea por favor! _urgió tomándolo del brazo en un intento por levantar el peso muerto.
-¡Vamos Ranma! _insistió_ ¡Tú puedes! ¡Esto aún no ha terminado!
-Se terminó, Shampoo. Mousse lo ha vencido-
-¡No, abuela, no digas estupideces!
-Ha vencido a tu esposo, él se hizo merecedor de ti.
-¡No, no y no! _protestó histérica, intentando poner de pie a su ahora ex esposo.
-Puedes hacer uso de tu derecho, toma a tu mujer y vete de aquí.
Mouse no podía creer lo que acababa de escuchar. Miró al hombre disminuido ante él. Lo había vencido, habían peleado con todas sus fuerzas, ambos, por las mujeres que amaban. Pero él lo había derrotado.
Estaba a punto de desfallecer, sin fuerzas, herido gravemente. Pero la mismísima Reina Madre le concedió su derecho.
La observó a ella protestar, arrodillada junto al cuerpo de quien fue su Príncipe, exigiendo que perpetúe la pelea.
Podría matarlo ahí mismo, pero no lo haría. No quería venganza, él solo quería una oportunidad con ella, y la obtuvo.
Así que enfundó su espada y se acercó a Shampoo, agachándose para estar a su nivel.
Ella lo miró con desprecio.
Él acarició su mejilla como si se tratara de la joya más valiosa.
-La haré feliz, Shampoo. Algún día agradecerá que la haya rescatado.
Ella no dijo nada. Solo se puso de pie.
Secó sus lágrimas de impotencia y rabia, y acomodó la corona que aún permanecía sobre su cabeza.
Mousse también se puso de pie y tomó su mano.
-¡Vámonos! _exclamó hacia sus hombres y comenzó a avanzar lentamente hacia el pasadizo que estaba oculto en la habitación del Rey, escoltado celosamente por sus soldados.
Shampoo fue arrastrada por él, obligada a marchar a su lado.
Antes de dejar la escena lo miró por última vez deseando que realmente estuviera muerto. A él, al hombre que había amado con pasión y devoción.
Porque si no era de ella, no sería de nadie.
También le dedicó una última mirada a su abuela, a quien había amado y respetado más que a nadie en este mundo.
Pero ya no había amor en sus ojos por la anciana.
Se sentía traicionada, la había sacrificado para salvar su pellejo. Por eso, cuando vio que el mismo fue degollado por tres soldados amazonas que gritaban los nombres de sus mujeres clamando venganza, no sufrió por su muerte sino que sintió empatía con la causa de sus compatriotas. Porque ella también había sido usada por la anciana a su antojo, primero casándola con Ranma, haciendo uso de sus sentimientos por él, y ahora entregándola a ese hombre que envolvía su cintura con un posesivo agarre, mientras la empujaba lejos del palacio que contempló su breve coronación.
Así se dio por terminada la ceremonia de coronación de la Segunda Consorte de los Saotome, la Princesa amazona Lady Shampoo, futura esposa del General Mousse.
Gracias por su cordial asistencia, esperamos que haya disfrutado de la ceremonia y que conserve aún su vida.
Hasta la próxima.
