A forged wedding / Una boda fingida
Autor: mystyhollowdrummer (Link: : / / w w w . fanfiction u / 2552343/
Traducción: Maru de Kusanagi

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NdT: ¡Hola de nuevo! Muchas gracias a los que me conocen y todavía me siguen, y gracias a los que recién me descubren. Espero que la traducción sea de su agrado, y, para que sepan que sí escucho y presto atención a lo que dicen, corregí las marcas de diálogo de "" a —. Hacía rato que no tenía lectores que se preocuparan por seguir la correcta gramática del español.


Tema del día: Venus, by Shinwa

2-Hora de pensar en casamiento

—Hum—, mascullé, con los ojos como platos y clavados en los de Levi, atónito—. Me… me parece que no lo escuché bien. Juraría que me pidió casarme con usted—. Me puse a reír nerviosamente, frotándome la nuca y apartando la mirada, a la lluvia que caía tras la ventana.

—Lo hice—, respondió Levi. Volví a reír, mirándole a la cara, pero su expresión no había cambiado desde que había entrado. La mano que tenia en la nuca cayó a mi costado, y allí se quedó mientras Levi volvía a mirarme.

—Creo… creo que no escuché bien—, repetí, mucho más despacio—. ¿Qué acabas de preguntarme, Rivaille?

—Te pido que te cases conmigo por un mes. ¿Cómo que no me entendiste? —, preguntó, inclinando la cabeza. Traté nuevamente de reír, pero esa cara…

Estaba hablando en serio.

—Me-me pide que… me-

—Necesito que te cases conmigo mientras mis abuelos estén en América—, indicó. Tragué el nudo que se había formado en mi garganta y me hacía difícil el respirar—. Es sólo por unas semanas.

—¡N-no puedo! Levi, esto… ¡es una locura! —espeté.

—Si dejaras de aterrarte por un minuto, y lo pensaras, te darías cuenta de que no es tan absurdo como lo pintas—, dijo tranquilamente él, como si no hubiera dicho la más grande tontería que alguien haya oído.

—¿Por qué no le pide esto a alguien como Petra? —, pregunté, dando un paso atrás en este pulcro suelo alfombrado.

—¿No sería eso algo irónico? Mi nueva esposa es aquella de la que me divorcié—, masculló Levi.

—¿Hanji? ¿Qué hay de ella? —, repuse.

—¿Y provocarle a mis abuelos un infarto? Preferiría que no—, dijo, rechazando mi idea de plano.

—¿Q-qué hay de Erwin? ¡Es un buen hombre! —, señalé.

—Es mi jefe—, dijo Levi con aspereza. Eso me hizo quedar sin más ideas. Le miré, impávido, con la boca abierta.

¡U-usted es mi jefe! —, le ladré.

—Sí, ¿y? —, repuso. Agaché la cabeza, y me lamenté.

Era demasiado, y demasiado pronto. Quiere casarse conmigo… ¿Conmigo? No, eso no está bien. Es mi jefe, y yo, su asistente, ésa es la clase de relación que debemos tener, nada más.

—Eren, necesito de tu ayuda—, dijo, intentando mirarme a los ojos. Le di la espalda, sacudiendo la cabeza. Alcé las manos y las sacudí, intentando apartarme, y él seguía acercándose.

—No, no, no, no puedo ¡Ni modo! —. Retrocedí hasta el sofá de su oficina, y salté sobre su borde para guardar distancia de él.

—¿A dónde vas? —, me preguntó.

—No puedo quedarme aquí. De- debo volver a casa—, crucé la oficina hasta la puerta, y salí disparado por el pasillo hasta mi cubículo. No le oí llamarme o perseguirme, y eso me alivió un poco. Ni siquiera me molesté en volver para fijarme si me observaba. Seguí corriendo y corriendo, casi pasando de largo mi lugar de trabajo.

Los ojos me ardían, y yo no sabía por qué. Simplemente me dolía mantenerlos abiertos. El pecho me dolía por la presión que mis pulmones no podían aflojar. El corazón palpitaba tan fuerte dentro del pecho que sentía que se me iban a partir las costillas a la mitad. No podía con esto, no, no podía.

—Eren, ¿qué paso? —. Alcé la cabeza cuando oí la voz de Petra. Me miraba por encima de su teléfono, con sincera preocupación en el rostro. Aparté la mirada, repentinamente sintiendo una arrolladora culpa, que me golpeaba como las olas del mar.

Era Petra, la ex mujer de Levi. De Levi, quien acababa de pedirme matrimonio, y ella aquí estaba, la dulce y tierna Petra, preocupada por mí. No, no, no. No puedo con eso. Por favor, no me mires así.

—Na-nada, eh… sólo que me llamó mi hermana. Tuvo un accidente con el coche, por eso debo ir al hospital—. Improvisé.

Mikasa, perdóname por usarte.

—Ay, no, eso es terrible—, murmuró ella, llevándose una mano a los labios.

—Se encuentra bien, pe-pero me voy a verla—, dije en voz baja, mientras recogía mi bolso.

—¿Levi está de acuerdo? —, me preguntó ella. No lo sabía, y no me importaba. Todo lo que quería era largarme de allí, y volver a casa. Necesitaba pensar y relajarme, y eso era lo que pretendía hacer.

La dejé atrás, sin más respuestas. Me llamó, pero no le respondí. Ignoré su amabilidad y me marché, corriendo hasta el estacionamiento y metiéndome en el coche antes de que siquiera la seguridad pudiera detenerme. Cerré las puertas y las ventanillas para evitar que la luvia entrara en el habitáculo. Luego, me puse el cinturón de seguridad y salí del estacionamiento, a la casi enceguecedora lluvia.

—Mierda—, maldije, golpeando el volante— ¿Qué carajos…?—, me pregunté mí mismo.

Nada tenía sentido para mí. Una repentina propuesta de matrimonio de mi jefe… ¡es como algo sacado de una peli! ¿Así se supone que será mi vida en adelante? ¿Es alguna clase de broma divina? ¡No es nada graciosa!

Traté de calmarme, lo hice, pero, simplemente, no podía. Sabía lo que debía hacer, pero era muy difícil.

Casi choqué el auto delante mío en el semáforo. Paré con un chirrido, junto con mis pensamientos. Los ojos se me abrieron por la sorpresa, pero no a causa del casi accidente que provoqué. Bueno, también por eso. Estaba sorprendido de mí mismo por haber dejado que esto me alterara, y casi me matara a mí o a una familia inocente. Así no era yo. Nunca dejaba que una situación ridícula me ganara, sin importar qué fuera.

Genial, ahora me estaba mintiendo a mí mismo. Definitivamente dejaba que algo así me afectara, pero no dejaba que otros se involucraran. No quería que nadie más estuviera envuelto en este… esto… lo que fuera que es.

Abrí la ventanilla para que entrara un poco de aire fresco, y lo respiré con ansia. Claro que no estaba limpio, está es la ciudad de New York, pero es lo más limpio que conseguiré. Dejo que el rumor de la lluvia me relaje y se lleve mis preocupaciones. Sí, lo que acababa de suceder era una locura, pero no es algo con lo que no pudiera lidiar. Si Levi no me despedía por haberme ido temprano o por haber arruinado su piso con mi ir y venir, mañana iría a trabajar como siempre. Es mi jefe, y yo, su asistente, y eso es todo.

El semáforo cambió a verde, y yo seguí conduciendo. Me enfoqué en ello, sin deseos de convertirme en el accidentado tras usar a mi hermana en una excusa para escaparme del curro. Eso era lo que me faltaba: explicarme a mi jefe, y hacer que Mikasa se pusiera más sobreprotectora y pesada.

El viaje terminó siendo mas corto de lo usual. Había menos tránsito y semáforos en rojo, lo que resultó en mi llegada más pronto a casa. Ni bien di un paso dentro del departamento, me derrumbé en el suelo, deshecho. Los huesos me temblaban por otro motivo, que no era el frío. Me había calmado bastante, pero seguía hecho un lío. Esto era una absoluta locura.

No podía evitar preguntarme, ¿sería una broma pesada? ¿Acaso era el día de los inocentes? ¿Algún tipo de broma sádica, que a Levi le gustaba gastar a los demás? Si era así, entonces ja-ja, me la creí, pero… parecía muy serio. Levi no es un actor, ni siquiera puede sonreír.

¿Habrá estado borracho? No, lo he visto en anteriores fiestas de la compañía, e incluso en esos momentos permanece algo sobrio. Cuesta muchísimo emborrachar a ese hombre, y, cuando lo está, tiende a darle a la gente apodos que prácticamente son ilegales, y eso es todo.

Esto debía ser una broma. ¿A lo mejor, Mikasa me la está jugando? Le he hecho bromas a ella, y quizá se está cobrando aquellas cosas que le hice en el pasado, pero entonces me acordé de que Mikasa y Levi no se llevan muy bien. Corrijo, ella lo detesta. No creo que Levi tenga algo en su contra, así que no sé si le importa lo que ella sienta, pero Mikasa en verdad lo odia. Desprecia cómo Levi me trata, así que no veo posibilidad de que ellos intenten aliarse para simplemente gastarme una broma.

Entonces, ¿qué rayos es esto? ¿Qué está pasando? No lo entiendo. Necesito pensar, y, para ello, necesito calmarme.

Me levanté del suelo y recogí las cosas que había tirado. Pateé mis zapatos mojados y los puse junto mis cosas. Luego me quité la parte superior del traje y la acomodé en la mesa de la cocina mientras ingresaba. Mis primeros pasos fueron a la cafetera. Necesitaba algo que me despabilara, y el café seria perfecto para ello. Quedaba un resto en la jarra desde la mañana, un regalo de dios. Me serví una taza y la metí al microondas para que se calentara.

Una vez hecho eso, la terminé de llenar con algo de leche y azúcar, y lo probé. El café en realidad no me gusta, pero pude apreciar cómo me calentaba los huesos, y hacía que mi cuerpo se pusiera en marcha. Descendió por mi garganta y me entibió, haciendo que mis fríos, adoloridos y tensos músculos se relajaran. Dios, se sentía bien. Era claro, esto era lo que precisaba.

Suspiré y fui hasta la puerta con el café. El correo estaba en la canastilla, esperando ser abierto. Lo recogí y lo revisé. Cuentas, cuentas y más cuentas, una carta de mi amigo Marco, que estaba en la universidad ahora con un viejo… esto, amigo, Jean. La última vez que había hablado con Marco, dijo que se estaban llevando bastante bien los dos. Desde entonces, habían mencionado el matrimonio una o dos veces.

Genial, más casamientos, lo que precisaba oír. Suspire mientras regresaba el correo a la canasta. Me fui al living, esperando distraerme con caricaturas. A pesar de que ese era mi plan, algo atrajo mi atención: miré al hueco junto a la mesa del comedor, y mis ojos cayeron sobre las fotos familiares. Sonreí, mientras tomaba una, la que consideraba mi favorita.

Era una foto de Mikasa y yo, con mamá. Nos había regalado unas bicicletas por navidad, y estábamos chillando de alegría. Había sido mi primera bici, y eso reflejaba la foto, a mí, emocionado por mi regalo.

Pasé los dedos por encima de la imagen de mi mamá, que estaba al fondo. Sonreía feliz, a pesar de que todavía se la notaba adormilada. Tenía los cabellos sobre un hombro, en una coleta floja, porque Mikasa y yo sacamos a tirones a ella y a papá para poder abrir los regalos que Papá Noel nos había traído. Creo que eran como las cuatro de la mañana cuando hicimos eso, y, a pesar de sus quejas, ya no pude aguantarme. Después de todo, nos habíamos pasado la noche en vela.

Sabía que la bici me la había traído mamá. Mientras crecía, reconstruí lo que había pasado. Sumado a que no existía Papa Noel (aunque creía en su espíritu), descubrí que, cuando la foto fue sacada, justo antes, mamá había vendido su vestido de bodas para pagarnos los regalos. Las dos maneras en que lo descubrí fueron sencillas, uno: nunca volví a ver aquello en la casa, y dos: porque la escuché hablando de ello por teléfono.

Había hecho tanto por mí, incluso vender su vestido de bodas por nosotros. Mikasa era adoptada, ni siquiera pariente, y, sin embargo, lo hizo por nosotros. Los tiempos eran difíciles, pero ella mantenía esa sonrisa suya, y actuaba como si todo estuviera bien, cuando, en realidad, las cosas no podrían haber estado peor. Al crecer me percaté de ello, pero mamá me protegió de todos los verdaderos problemas mientras fui niño, asegurándose de que mi infancia fuera lo más normal posible. Trabaja hasta el agotamiento para ello, y nunca tuve la oportunidad para agradecérselo…

Y la extrañaba muchísimo.

—Má, ¿qué voy a hacer? —, le pregunté a la foto. Sabía que no me respondería, pero eso me ayudaba. A veces, cuando necesitaba de ayuda, le hacía preguntas. En ocasiones, conseguía las respuestas por mi mismo y en otras no, pero me hacía sentir mejor. Me hacía sentir como si ella siguiera a mi lado. Sé que es una cosa rara, pero me sirve.

—Hoy me propusieron matrimonio… fue mi jefe. Es algo asombroso, ¿verdad? Salvo porque él sólo quiere que el matrimonio dure un mes, y es para alegrar a sus abuelos… quisiera ayudarlo, pero no creo que sea lo correcto—. Sonreí mientras devolvía la foto a su lugar. Me senté en la mesa, para poder beber mi café.

—¿Sabés, má? Todavía sigo los consejos que me diste. Se supone que debes casarte con alguien que en verdad amas y respetas. La felicidad debe ser duradera. Eso demuestra que te presté atención—. Cuando era más joven, mamá siempre se preocupaba de la importancia del matrimonio con la persona correcta. Debía ser con alguien que de verdad amaras desde lo más profundo del corazón, y no pudieras vivir sin ella. Crecí creyendo eso, a pesar de que siempre fingía desinterés e ignorancia cuando ella tocaba el tema.

—No siento eso por Levi. Quiero ayudarlo, pero ¿casamiento? —suspiré, mientras tendía la cabeza hacia atrás. El café ya se había asentado, relajándome profundamente. Hacía que fuera capaz de pensar con claridad, pero ahora podía evaluar los pros y los contras del tema. Ayudarlo a hacer felices a sus abuelos, y, posiblemente, ganarme el favor de mi jefe, pero ¿mentirles para ello? Apenas era capaz de mentir, si no, pregúntenle a Mikasa.

—Má, mírame. De verdad considero casarme con mi jefe, así lo puedo ayudar. Parece que tus clases de solidaridad se me grabaron—, señalé, sonriendo. El silencio de la habitación permanecía, pero no duró—. Ya no soy tan cabezota, ¿verdad?

Sonó el timbre de la puerta, interrumpiendo mis meditaciones y arruinando la paz que estaba llevándose mi ansiedad. Gruñí pesadamente, levantándome de mi sitio y yendo a la puerta.

—Oye má, quizás sea mi jefe el que vino, para hablarme—. Miré otra vez la foto, y me reí por mi tonto chiste.

Creí que era un chiste, en verdad no me esperaba a que mi jefe estuviera en mi puerta al abrirla. Sólo estaba allí, parado, mirándome mientras sostenía el paraguas para mantenerse seco. Mi boca chocó contra el piso mientras lo miraba. No podía hacerme decir palabra alguna, ni siquiera invitarlo a entrar para que se librara de la lluvia.

—Jaeger—, dijo secamente. Volví a mirar hacia el living, fijando los ojos en la foto de mi madre. Estaba listo para gritarle a ese objeto inanimado de que había estado bromeando, y que tenía un pésimo sentido del humor, pero Rivaille habló antes de que pudiera hacerlo, lo cual consideré como positivo. Se habría visto raro verme gritarle a una foto—. ¿Puedo entrar? —, preguntó, con su usual tono monocorde.

Lo único que fui capaz de hacer en mi estupor fue asentir, abriéndole la puerta para que pasara. Me quité del camino mientras entraba, cerrando el paraguas y dejándolo fuera, en un gesto de cortesía para evitar que el agua ensuciara mi casa. Se quitó los zapatos y los dejó donde yo dejé los míos (más bien, arrojado), y entró al living. Le seguí muy de cerca, preguntándome si pronto hablaría, o si yo sería quien debería hacerlo. Parecía que Levi observaba mi casa de arriba abajo, pero, como nunca había estado aquí antes, supuse que debía hablar yo primero.

—¿Me siguió hasta mi casa? —, era una pregunta que era más una declaración que una interrogación. No estaba seguro de si se lo preguntaba o lo decía.

—Salí poco después que tú—, masculló Levi, sus ojos todavía observando el lugar.

—¿Cómo supo donde vivía? — era una pregunta esta vez, aunque no estaba seguro de querer respuesta.

—La saqué de tu expediente—, repuso, al fin mirándome por un instante.

—¿Acaso eso es legal? —, estaba seguro de que lo era, pero lo pregunté, por si acaso.

—Eso no importa—. Uf, buena respuesta—. Eren, sigo precisando de tu ayuda—, dijo. Bueno, estaba realmente necesitado de mi respuesta. Aparté la mirada, bajando los ojos al suelo, en una triste demostración de mi vergüenza.

—Al fin de cuentas, ¿por qué quiere mi ayuda? ¿No hay nadie más que pueda ayudarlo? —, inquirí. Levi se acercó un poco más para escucharme, considerando que apenas si había susurrado.

—Porque necesito de tu ayuda. Eres la única persona que puede, Eren, y de verdad la preciso—, lo dijo sin rodeos. Tragué saliva, más avergonzado, los ojos volvían a mirar la foto de mi madre.

Má, de verdad me vendría bien tu ayuda.

—Pero… ¿casamiento? ¡Es una locura! —alcé las manos, demostrando mi exasperación mientras elevaba la voz. Levi inclinó la cabeza y, por un instante, brevemente, vi una emoción en su rostro. Era confusión, ligero anonadamiento, e incluso amonestamiento.

—No es un verdadero matrimonio, lo sabes, ¿no? —, repuso. Los hombros se me afloraron, y casi me quedé boquiabierto.

—… ¿Q-qué quiso decir? —, pregunté.

—No sería un verdadero matrimonio. Sería algo fingido. No estaremos en verdad casados—, me explicó.

—¿No lo podría haber dicho desde el principio? —, ladré de repente, mientras cerraba las manos en puños.

—Pensé que lo había hecho—, masculló él.

Si no fuera mi jefe, le habría golpeado. Le habría bajado los dientes.

—No, olvidó mencionar ese detalle de su plan—, gruñí.

—Sería un matrimonio fingido. Tendremos anillos falsos, un certificado falso, y esas cosas. No estaremos unidos de verdad—, dijo, y la confusión abandonó su rostro. Sentí como si cientos de piedras cayeran de mis hombros. Esto era un alivio, y no podría haber estado más feliz, pero seguía existiendo el problema de mentirle y engañar a sus abuelos. No estaba seguro de que era algo que tenía ganas de hacer.

—Siento no haberlo dicho con claridad desde el principio—, se disculpó Levi.

—Ah… —, murmuré. Genial, ahora de verdad lo consideraba—. Sólo que… esto no me parece bien—, dije al fin.

—¿No te parece bien? ¿Qué quieres decir con eso? —, repuso él, pateando el piso. Ahora de verdad me estaba molestando, y no era lo que buscaba.

—¿Me pide que mienta a sus bisabuelos, y simular que soy su esposo? ¡No está bien! No puedo hacerles eso. ¿Qué hicieron para merecerse eso? —dije. Levi me volvió a mirar con extrañeza, como si estuviera confundido, pero ahora también parecía que meditaba algo intensamente. Me callé, esperando a que dijera lo que pensaba, pero me estaba cuestionando de si en verdad lo había hecho hasta este punto.

—Bueno… si estuviéramos en una relación, tú serías la esposa, no yo—, dijo. Me palmeé la frente. No puedo creer que lo haya dicho con tal seriedad en la cara, porque apenas si puedo evitar que se me salten los ojos. ¿De verdad hablaba en serio sobre eso? ¡Eso sí: no parecía estar bromeando!

—Le-Levi, no puedo, simplemente no puedo hacerlo. No está bien. Es algo que se opone a todo lo que me han enseñado—, le hice un gesto y suspiré, mientras iba al sofá. Me siguió de cerca, pero, cuando me senté, él permaneció de pie.

—¿En qué sentido? —, me preguntó mientras me observaba, metiéndose las manos en los bolsillos.

—¡Fui criado en la creencia de que, cuando te casas, es porque amas a la otra persona con todo el corazón! ¡Se supone que los dos se conocen del derecho y el revés, y que se quieren tanto que no son capaces de soportar que el otro esté ausente en los momentos importantes, como un cumpleaños! —, prediqué—. Aunque se trate de un matrimonio fingido, y no sea nada, yo… ¡no puedo! —, concluí.

Le oí resoplar por encima mío. Alcé la mirada, viendo como el mayor apartaba la mirada, con una expresión que demostraba no era capaz de creer lo que acababa de salir de mi boca. Sé que posiblemente no sea algo muy mío, pero crecí en esa creencia, y así es como siempre lo sentí. No puedo cambiar de opinión sólo por él, y no planeo hacerlo.

—No puedo creerlo—, masculló, frotándose la nariz con el índice y el pulgar. Fruncí el ceño ante sus palabras, y me puse de pie.

—¿Tiene eso algo de malo? —, le pregunté, pisando un poco fuerte. Me miró, conservando esa expresión en el rostro, chasqueándome la lengua y girando los ojos.

—De verdad me vas a obligar a hacer esto, ¿no, Jaeger? —, me preguntó.

—¿Qué cosa? No le obligo a nada—, me atreví a decirle. Levi giró los ojos otra vez, y sacó la mano del bolsillo.

—Me estoy poniendo viejo para estas pendejadas—, gruñó, mientras se hincaba en una rodilla. Lo observé, con las manos temblando ligeramente, mientras tomaba una en sus más pequeñas pero ásperas manos y me miró, con gesto implorante (tanto como alguien como Levi es capaz de implorar).

—¿Q-qué está-? —. No pude terminar de decirlo. Me había quedado sin palabras.

—Eren, ¿te casarías conmigo? —, preguntó.

Y no bromeo, me desmayé.