A forged wedding / Una boda fingida

Autor: mystyhollowdrummer

Traducción: Maru de Kusanagi

Capítulo 5 de 31

CAPITULO 5: LA PASIÓN DE LA ACTUACIÓN

Me asomé al pasillo, prestando atención a las diferentes puertas de las habitaciones y buscando con la mirada a los abuelos de Levi. La abuela ya me había visto esa mañana, pero no usando lo mismo que ayer. No había considerado el traerme una muda de ropa, por lo que seguía vistiendo la misma ropa de la noche pasada. Y como seguro me preguntaría al respecto, deseé que su vista fuera muy mala para que se diera cuenta. Eso, si llegaban a verme escapando.

Con la excusa de que ese día estaría ayudando a un amigo (una mentira que jamás desmentiré), me consideraba cubierto, pero no en el tema de la vestimenta. Aunque hubiera querido usar las suyas, Levi es cinco pulgadas más bajo que yo. Nunca me habrían quedado o entrado bien, y me hubiera visto demasiado extraño vistiéndolas frente a los abuelos, o de Mikasa.

Pasé de puntillas delante de las habitaciones, hasta el living, donde no hallé a nadie. Suspiré, aliviado, mientras recogía mi mochila de camino a la puerta, feliz de que nadie la hubiese movido de su sitio de la noche anterior. La abrí para asegurarme de que estaba todo, ya que no quería olvidarme de nada. Aunque quizás podría dejar algunas de mis cosas, pero cabía la posibilidad de echar por el suelo el plan.

Estaba todo, así que me la colgué al hombro, y volví a suspirar.

Me volví, ya listo para largarme e ir a contarle a Mikasa lo que pasaba, pero, justo cuando salía, el abuelo de Levi apareció de la cocina, llevando un plato de huevos. Pegué un salto, con el corazón a mil y quedándome sin respiración. No era que me hubiera asustado, sino sorprendido tras creerme a salvo. Él tuvo la misma reacción, y se llevó una huesuda mano al pecho. Por un segundo, temí haberle provocado un sincope, pero el caballero se puso a reír por las (que creo) palabrotas en francés que había proferido.

—Santo Dios, Eren, ¡no me asustes así! Estoy muy viejo para estas cosas–, dijo, y sonreí al instante. ¿Acaso Levi no había dicho algo sobre ser muy viejo? No había pasado nada, no por ahora.

–Perdone. No lo vi–, le dije, palmeándole el hombro. La abuela de Levi salió caminando (otra vez, caminando) de la cocina, con una taza en la mano, mientras se acomodaba las gafas. Ah, genial: ahora puede ver.

–Ah, ¿ya te vas, Eren? –, me preguntó, mientras achicaba los ojos para verme mejor. Asentí, sonriéndole un poco, mientras me frotaba la nuca. Podía sentir el sudor frío correrme por la espalda, temeroso de que reconociera mis ropas –. Esperaba que te quedaras, al menos, para desayunar. Hice huevos para todos–, repuso, haciendo un mohín.

–Lo siento mucho–, dije, mirando la comida que había preparado. Sabía que debía irme, y pronto, sino, Mikasa vendría en persona a buscarme (y me patearía el culo en frente de los abuelos), pero la comida se veía apetitosa, y me moría de hambre, a pesar de la suculenta cena. Sin mencionar que habría sido de muy mala educación rechazarla. ¿Qué clase de "esposo" sería, si le hiciera eso a mis tatarabuelos?

–Supongo… que mi amigo me puede esperar unos minutos.

Ahora tenía tremenda deuda con Mikasa. Semanas y semanas de vacaciones, que empezaría a pagarle ni bien esta situación terminara.

–¡Oh, maravilloso! Ahí tienes tu plato–, dijo la abuela, señalando la mesa. Le sonreí, dejé la mochila y me senté en la mesa. Los huevos estaban delante de mí, esperando a que los comiera, y no pude negarme. Eran prácticamente una espuma, hacían que se me hiciera agua la boca, y tuve que mantenerla cerrada para evitar que la saliva cayera al plato. –¿Qué tal están?

–¡Exquisitos! –, exclamé. La abuela sonrió, evidentemente feliz por la noticia, y pregunté: – ¿Cómo los hace tan ricos?

–He vivido mucho, Eren. Me aprendí todas las idas y vueltas de la cocina–, repuso, casi poéticamente diría, de no saber la verdad. Le regalé una amplia sonrisa antes de proseguir. Aunque no era mi intención comer rápido como un cerdo, no quería que Mikasa esperara demasiado. Ya me iba a matar por menos. E incluso era capaz de estar en camino para ello.

–No te atragantes, hijo–, dijo el abuelo, con tono risueño.

–No lo hago–, juré. Los dos me sonrieron, antes de mirarse uno al otro, con otra sonrisa más amplia. Eso me hizo sonreír también. Todavía no sé bien qué esperaba cuando supe de ellos, pero seguro no era esto. Ellos, en verdad, alegraban cualquier sitio.

Sentí vibrar mi teléfono en el bolsillo, recordándome mi apretada agenda. Debía tratarse de Mikasa, y por ello me apresuré a terminar el desayuno sin ahogarme, tal como me pidió el abuelo. Mi sonrisa y el hecho de que disfruté del exquisito desayuno casero de la abuela la debió alegrar, porque comenzó a tatarear una melodía que me sonaba. No tuve tiempo para preguntarle, ya que dejé el plato en el fregadero y me dispuse a salir de la cocina, dándoles un breve saludo de despedida.

–¡Muchas gracias por la comida! –, dije, mientras salía. Apenas oí a los abuelos agradecerme por haber comido, y llegué a la puerta. Mientras la abría, revisé mentalmente todo: calzado, mochila, teléfono. ¿Me olvidaba de alguna cosa?

–Eren–, oí a Levi llamarme desde el pasillo, haciéndome volver antes de salir. Levi, con el torso aun desnudo y unos jeans que le calzaban holgadamente de las caderas, hizo una breve carrerilla hasta mi lugar, su rostro un poco tenso.

–¿Sí…? –, pregunté, intentando no mirarle el pecho y ponerme verde envidia (o colorado). Mientras Levi se me acercaba, vagamente noté a los abuelos parados en el marco de la cocina. No les miré, para no levantar sospechas, así que me obligué a mantener los ojos sobre Levi.

–Otra vez, olvidaste tu llave–, me dijo Levi, mientras me tomaba la mano. Apenas si sentí el tibio metal de la llave tocar mi mano. Las manos de Levi eran suaves y pequeñas, algo que nunca había notado antes. Tenía muchas ganas de tomarlas entre las mías y comparar sus tamaños, pero no lo hice. Mientras los abuelos nos miraran, tenía que actuar como si supiera y adorara todo sobre Levi. No debía arruinarlo, ni hacer que me patearan el culo por ello.

Creía que, tras dos años de trabajar con él, lo conocía bien. Supongo que me equivoque.

Mientras las manos de Levi dejaban las mías, le miré a la cara. Apenas si noté el guiño que me dio, antes de que diera un paso y me diera un suave y largo beso en los labios. Mi cerebro estaba funcionando realmente lento, por lo cual el beso ni fue lo primero de lo que me percaté. Lo primero que noté, fue el guiño. ¿Acaso intentaba decirme que de que no descubriera el tema de la llave con los abuelos?

Yo no era un idiota, sabía que debía actuar como si viviera allí, y que tenía la llave para "nuestra" casa. La idea de que me la había olvidado "otra vez", como dijo, no era mala, lo admito.

Me tomó unos segundos darme cuenta de que, en verdad, me estaba besando. Mis labios estaban contra los de mi jefe, en una manera tan íntima que seguro debía revelar pasión, cariño, ternura y amor, pero, ¿cómo, en nombre de Jesús, se suponía que correspondería el gesto? Levi había estado enamorado. Sabía cómo debía sentirse, y como actuar en consecuencia. ¿Yo? Bueno…

Admito que la mamá de mi mejor amiga nos hizo besar en primer grado. Esa es toda la experiencia que tengo. No es que nunca haya querido tener pareja o algo, es sólo que nunca fui bueno tratando con la gente en un principio. Yo era de los que les gustaba arreglar las cosas con los puños, más que con la cabeza. "Las acciones hablan más fuerte que las palabras". Yo soy el niño de los posters con esa frase.

Acciones… supongo que ese sería un buen comienzo, ¿no?

Sabía que todo era una simulación, que debía actuar en consecuencia. He visto suficiente tele y pelis como para darme una idea. Mentalmente, sabía cómo: sin embargo, fue como si mi cuerpo supiera que hacer antes de que mi mente reaccionara. Mis brazos se habían cerrado alrededor de su cuerpo, las manos se posaron en su (muy pequeña) espalda, y lo atraje contra mí.

Su pecho se apretó contra el mío, y, en medio del calor de la confusión, incliné la cabeza a un lado, para evitar que nuestras narices chocaran. Levi hizo lo mismo, pero en sentido contrario, dejando muy poco espacio entre los dos. El beso se hizo un poco más ardiente, nuestros labios se movían, tentando la boca del otro a que se abriera, y, de no haber sido porque el abuelo se aclaró la garganta, sólo Dios sabe qué tan lejos habríamos llegado con ese beso.

Levi se apartó, apoyando su cabeza contra mi hombro, mientras miraba de soslayo a los abuelos. Ellos sonreían y cuchicheaban, y todo lo que pudimos hacer fue gruñir con molestia (¿o habrá sido desilusión?).

–¿No estabas cocinando? –, preguntó, casi con un siseo Levi, sus ojos prácticamente lanzando cuchillos a sus abuelos. Ellos dieron un respingo, como si creyeran que no los había visto. Rápidamente, se escondieron tras la pared. Levi se quedó mirando el marco, y, tras unos minutos, la canosa cabeza y los ojos ancianos de la abuela se asomaron. Levi soltó un suspiro, irritado, antes de volver a verme y darme un beso al lado de los labios.

–Te extrañaré–, susurró.

–Yo también–, respondí, acariciándole la mejilla y apartando unos mechones de sus ojos.

Definitivamente, mi cuerpo sabía que hacer antes que yo mismo.

–Ahora–, dijo Levi, en tono serio–, ¿no puede uno tener un poco de jodida privacidad por aquí?

Repentinamente, se volvió a su familia, su cuerpo apartándose para ir tras sus abuelos. Reí cuando vi a la abuela esconderse en la cocina y, tras esperar unos minutos, oí trozos de la conversación.

–No tengo idea de lo que dices.

–Tú eres la que está ciega, yo no. Podía verte desde un puto kilómetro de distancia.

–No hables así en presencia de tu abuela, Rivaille. Te criamos mejor.

Volví a reírme antes de dejar el departamento, cerrando con cuidado la puerta. Fue en ese momento que, sin saber el motivo, mis piernas decidieron al fin ceder. Caí con un sonoro golpe, soltando una exclamación que me dejó sin el poco aire que me quedaba (ya que Levi me lo había chupado). Sentí como el rubor cubría mis mejillas, y un ardiente dolor esparcirse por mi pecho y estómago.

Maldición. Cuando Levi me explicó esta locura de plan, nunca se molestó en decirme que nos besuquearíamos. ¿Qué sigue, que tengamos sexo, y los dejemos ver? No puedo decir que eso me gustaría.

Entiendo que uno que otro beso debe incluirse, o algo parecido a lo que hicimos recién, cuando me besó al lado de la boca, pero lo otro… sentí mi rostro arder con sólo recordarlo, y que un sitio que no debería también se calentaba.

¿Acaso sobreviviré estas dos semanas?


Suspiré, mientras estiraba la mano para abrir la puerta. Que Mikasa no me saltara encima tras abrirla debería haberme animado, pero, por algún motivo, me preocupó. Que no lo hiciera era que, o había salido a buscarme, o que ya estaba en la comisaria… intentando encontrarme. Eso, o que estaba dopada. Mientras entraba al apartamento, recé porque fuera la segunda opción.

Esta silencioso, pero podía oír la tele en la habitación. Yo siempre la dejaba prendida, y era claro que Mikasa nunca la apagaba, sin importar cuánto le fastidiara. Debió dejarla para tranquilizarse, pero la tele no sirve de mucho. Me quité en silencio el calzado, antes de entrar en el pequeño espacio que llamamos living, cocina y comedor, el cual se veía horrible. Ella no estaba allí.

No se habría ido, sin importar lo que le hiciera o el pánico que experimentara, y menos después del mensaje que le mandé, diciéndole que estaba en camino. Seguro que no había salido, así que ¿dónde estaba?

–… ¿Mikasa? –, la llamé, con cuidado. Como respuesta, oí nuestra tele apagarse y el ruido de movimiento. Repentinamente, ella apareció desde nuestra habitación, y la culpa me embargó más rápido de lo que esperaba. Su pobre cabello negro estaba revuelto y enredado, como si se lo hubiera estado tironeando la noche entera. Bajo los ojos, tenía unas horrendas bolsas, cosa extraordinaria, ya que Mikasa tenía un régimen de sueño excelente y sabía cómo corregir "esas zonas problemáticas", como les decía (aunque nunca le hacía falta). Vestía lo mismo que el día anterior, eso lo sabía, ya que Mikasa siempre se ponía ropa buena antes de ir a la uni.

–Eren…–, musitó, con evidente alivio. La vi correr hacia mí y me sentí a punto de dar la vuelta hacia la puerta, temeroso de que fuera a matarme, pero, para mi sorpresa, unos fríos brazos me rodearon, atrapándose en un fuerte abrazo.

–¡Eh-! –, espeté, casi cayendo por su repentino abrazo. Estaba a punto de corresponderlo, cuando ella de golpe se apartó, y me dio tremenda cachetada– Ay, Mikasa, ¿qué-?

–¡Me diste un susto de mierda, Eren! –gritó Mikasa. No era de las que maldecía (descontando cuando se trataba de Levi), así que era evidente que la había alterado terriblemente. –¿Por qué no respondiste el teléfono antes? ¿Por qué no te molestaste en decirme dónde estabas? –. Y, así, comenzó la metralla de preguntas.

–Me quedé dormido, no fue mi intención asustarte, ¡lo juro! –, expliqué, mientras alzaba las manos. No me di cuenta de ello, pero fue demasiado tarde para cuando lo hice. Mikasa me las miraba, y, en la izquierda, en el anular, estaba el anillo falso que Levi me había dado. Ella se estiró para tomarme la mano, y, mientras la inspeccionaba, sentí que el corazón se me subía a la garganta. Mikasa tenía el rostro totalmente anodino, ilegible, y eso me aterraba más que la culpa que sentía.

–Mikasa… lo puedo explicar.

–Jesucristo…–, susurró ella, que tampoco era persona religiosa: pero ahí la tenía, diciendo Su nombre.

–No es lo que parece–, agregué, mientras ella comenzaba a dar vueltas en la habitación.

–A no, ay no, no, no–, comenzó a repetir, una y otra vez, frenética.

–¡En serio, no es lo que parece! –, traté de decirle, por encima de su retahíla.

–Eren, por favor, sólo… dime que no está embarazada, sólo di eso.

–Mikasa, por favor, ¡nunca haría eso! ¡Sólo deja que te explique! –, ladré. La acusación de que había dejado a alguna pobre chica embarazada, que me había casado por la culpa era dura, incluso para que alguien como Mikasa lo sugiriera.

–So-sólo cálmate, y respira. Una vez que lo hagas, te explicaré todo–, dije, en un tono más conciliador, esperando de que me prestara más atención.

Pareció funcionar, porque dejó de dar vueltas, y se detuvo para respirar. Observé sus hombros caer tras un profundo suspiro y, al fin, ver que sus nervios se habían aplacado.

–Okey, tal vez prefieras sentarte, es una historia larga–, dije. Mikasa se lamentó, antes de arrastrar los pies hasta el sofá y sentarse. Me senté a su lado, poniendo una mano sobre la que tenía sobre el regazo, intentando relajarla–. Bueno, unos días atrás, Rivaille me dijo que sus tátara-

–Sabía que ese zoretito tenía algo que ver en todo esto–, masculló ella.

–Mikasa, para. Sólo escúchame. Puede que, al final, sea tu personaje favorito de la historia–, le dije. Mikasa soltó un gruñido, antes de hacer un nuevo mohín–. Me dijo que sus abuelos venían de visita, y necesitaba que alguien simulara… ser "su esposa" mientras ellos estuvieran de visita, que iban a ser unas semanas.

No hizo falta que dijera mucho más. En su cabeza, las conexiones fueron veloces (es muy lista, ¿qué esperaba?), y rápidamente estalló.

–¡Carajo, no! –, gritó, parándose, casi haciéndome caer del sofá.

–¡Sólo escúchame! –, tuve que volver a gritarle. Mi muy amorosa hermana se mordió el labio inferior, antes de volver dejarse caer al sofá–. Lo sé, es raro, pero él nos pagará la uni a cambio. Todo lo que debo hacer es simular ser su pareja por dos semanas, y ya.

–¿A qué te refieres con que nos pagara la uni? –, preguntó, entrecerrando los ojos.

–Es parte del trato. Dijo que, como tiene tanto dinero, no sabe en qué gastarlo. Mikasa, pagará la uni de los dos, y eso nos hará la vida más fácil. Y sólo hay que hacer esto. Puedes renunciar a tu trabajo para centrarte en tus estudios, y podremos mudarnos de este basurero para ir a un lugar mejor, lejos de toda esta mugre–, seguí explicando. Pude notar los engranajes girar en su cabeza, analizando la situación y calculando cada palabra que decía.

Bien, la primera batalla había terminado, y llevaba la delantera.

–Hará nuestras vidas más sencillas, y todo lo que debo-

–Sí, ya sé, ser su mujer–, escupió, interrumpiéndome (¿Por qué todos asumen que seré la chica de la pareja?).

Me quedé callado, sabiendo de que había entendido todo, y que no quería saber más del tema. Era consciente de que, si insistía, podría obligarme a no hacerlo, sin importar cuán beneficioso fuera todo. Sólo esperaba que no se pusiera en orgullosa y dijera que no le quería deber dinero a Levi, a pesar de que medio me lo estaría ganando–. Y… ¿anoche estuviste con él? –, me preguntó.

–Sí, en su casa–, expliqué.

No digas más de lo que te pregunte. No expliques de más. Dale sólo lo que te pida.

–¿Sólo harás a sus abuelos felices?

–Sí, a sus tatarabuelos–, corregí.

–¿Ya los has… conocido?

Ay no. Ya estaba pensando más de la cuenta.

–Sí, vinieron desde Francia.

Simula la culpa. Hazla que se percate de que no puedo recular. Vinieron desde Francia, para conocerme, y era algo importante.

–¿Cómo son?

Bien, ahora los evaluaba. Lo sabe, y si se parecen a Levi, va a obligarme a volverme.

–Son muy dulces: el abuelo es muy gracioso, y la abuela encantadora. Esta mañana, nos hizo el desayuno a los dos, pero como había prometido venir, sólo comí la mitad–. Tuve que insistir en esos detalles, para probarle que eran muy amables.

–De acuerdo–, masculló, clavando los ojos en el suelo, pensativa–. Así que… si vas a seguir con esto, este "juego", ¿significa que se besaron?

Ay mierda.

–No, to-todavía no. Tratamos de evitar esas cosas, para no levantar sospechas–. No iba a decirle acerca del ardiente besuqueo que tuve con Levi hace media hora. Sabía que, si lo hacía, en serio lo mataba.

–… ¿Estás bien? –, preguntó, y no ignoré el ligero quiebre en su voz, mientras sus ojos negros al fin encontraron los míos. Le ofrecí una débil sonrisa, y le revolví los cabellos.

–Claro que lo estoy. Sus abuelos me tratan como de la familia, y Levi está siendo amable…–. Para ser honestos, en verdad lo era, pero era todo un acto. Noté el brillo en su mirada, ella también se había dado cuenta–. Mikasa, lo hago por nosotros…–, susurré.

–… Lo vas a hacer a pesar de todo, ¿no? –, preguntó, resoplando con resignación. Sonreí ampliamente, antes de estirarme y atraparla en un abrazo.

–¡Mikasa, gracias! –, festejé contra su cuello. Pude oírla refunfuñar, en realidad hacer mohines, porque había ganado. Hombre, me encanta ganar, pero no era una gran victoria, ni siquiera un premio de consuelo. Solo deseaba que estas dos semanas pasaran rápido.

–Eren, por favor, sólo ten cuidado–, me rogó, mientras me devolvía el abrazo.

–Pero claro. En serio, la zona donde vive está llena de seguridad–, le explique, mientras me ponía derecho. Mikasa giró los ojos, y le soplé los cabellos del rostro.

–No me refería a eso, pero es bueno saberlo–, repuso.

–¿A qué te referías, entonces?

–No quiero que te lastimes por él, por su culpa, o la de sus abuelos–. Sus labios se arrugaron, y apartó la mirada–. Ya perdimos mucha familia…–, susurró. Logré sonreír débilmente, pero la situación no era esa. No iba a hacerme cercano. No me iba a encariñar con Levi, o los abuelos.

Esto era solo un contrato, un acuerdo laboral, si prefería verlo así. Eso era todo, y solo duraría dos semanas. Si me lo planteaba como alguien con TOC, serian ahora solo trece días. Era todo lo que faltaba.

–Mikasa, no dejaré que pase. Lo prometo–. Le palmeé otra vez la cabeza, y esa pequeña e inusual sonrisa asomó sus labios.

–Bueno…–, susurró Mikasa, y abrió los brazos en busca de un abrazo. Se lo devolví con gratitud, dándole unas palmaditas en la espalda, antes de separarnos.

–A lo mejor, consigo que Levi ceda y los conozcas, así ves que me tratan bien. En verdad son amorosos, y estoy seguro de que les encantaría conocerte–, dije.

–Supongo que eso no sería malo…–. Se encogió de hombros. Antes de ponerme de pie, solté un suspiro, y me estiré para aliviar la tensión de mis músculos.

–Pero eso deberá ser después. Tengo que recoger mis cosas antes de que regrese con los abuelos–. Me lamenté un poco, y lejanamente oí a Mikasa hacer lo mismo. Sabía que no estaría feliz con esto. Creo que sólo una vez nos separamos, durante tres días, y fue en un campamento en sexto grado. Tres días, y ella me tumbó al piso cuando regresé. Me dijo vivamente que se había aburrido a horrores, de que mi mejor amigo, Armin, y ella, me habían extrañado terriblemente, y que no tenía permitido volver a irme de casa.

Si tres días le habían sido tan difíciles, y no podía dormir en mi ausencia, temía cuán duro le iban a resultar estas dos semanas.