CAPITULO 6: La visita a la oficina
Mis dedos recorrieron el teclado, mis labios hicieron una mueca a la propuesta que veía. Tras unos segundos, pensé y reescribí la oración. Cuando lo hice, sonreí, orgulloso, antes de enviársela a Levi por mail.
–¡Listo! –, festejé, mientras me tendía en la silla.
–Hoy estás muy alegre, Eren–, rio Petra desde su oficina.
–¡Al fin terminé ese puto documento, y se lo mandé a Rivaille! ¡Puedo respirar en paz! –, proclamé, soltando un profundo suspiro y luego descansé mi cansada cabeza en mis manos.
–Es muy bueno escuchar eso, nos hace más fácil nuestro trabajo–, gruñó Aurou desde su oficina. Resoplé, cerrando los ojos mientras me daba un descanso.
Honestamente, me sentía bastante bien conmigo mismo. A pesar de que había vivido los últimos dos días en lo de Levi con sus abuelos, había resultado un agradable descanso, por lo cual estaba fresco como lechuga para el trabajo. Había sido eficaz en la oficina, y por ello, ahora tenía tiempo para relajarme. Si pudiera, me habría ido a casa para descansar, quizás tomar una siestita, pero entonces recordé que, temporalmente, mi "casa" era lo de Levi. Aunque me dejara irme, los abuelos estaban esperando en casa.
–¿Qué vas a hacer ahora? –, preguntó Petra, asomándose por el divisor.
–¿Piensas que me descubrirán si me hecho una siesta aquí? Podría intentar hacerlo con los ojos abiertos…–, sugerí por lo bajo.
–Puedes intentarlo, pero deberías esperar a ver qué tiene Levi para decir. Puede que pida hacer revisiones a ese reporte–, me explicó con cuidado.
–Qué mala onda...–, gruñí, pero ella estaba en lo cierto: Levi puede que quisiera alguna revisión, como siempre, así que tenía que tratar de permanecer despierto… por ahora.
–Eren, disculpa, pero es sólo precaución. Si fuera yo, te dejaría que duermas todo el día–, dijo, sonriendo ampliamente, mientras trataba de asomarse totalmente.
–Es algo bueno de saber, pero, desafortunadamente, no eres la jefa.
–Por suerte–, oímos que dijo Aurou.
–Arráncate la lengua–, ladró Petra, mientras se hundía en su silla.
–Oh, vaya, ¿qué puso de malas a Petra? –, miré por encima del hombro y hallé a Hanji, inclinada sobre mi divisor, afortunadamente, sin la aterradora máscara.
–Aurou–, dije secamente.
–Ah, bien–, se encogió de hombros, como si nada, porque, en verdad, lo era. Los dos peleaban lo suficiente como para saber y aprender que solo había que ignorarlos.
–Y, ¿qué la trae por aquí? –, di la vuelta con la silla para enfrentarla.
–Levi quiere verte–, respondió ella, y sus cejas se alzaron y bajaron.
–Ay, dios, hijo de fruta, la…–. Sabía que, si maldecía, Petra me escucharía, y no era alguien a quien le gustara mucho eso. Me pareció algo tanto gracioso como irónico, teniendo en cuenta con quien estuvo casada por una década.
–Eren, ¡qué boca sucia! –, dijo Hanji, sarcástica.
–Ya lo sé, soy peor que Rivaille–, repuse con una sonrisa triunfal. La oí reír junto con Petra, mientras me levantaba para ver qué era lo que Levi quería. En verdad esperaba que no tuviera que ver con el trabajo… o casa… o lo que fuera.
Estaba muy tranquilo, y no tenía ánimos de que me gritara. Había conseguido recuperar, en unas pocas horas, bastante autoestima, y no deseaba que Levi lo arruinara, pero, de ser así, no había vuelta. Todo lo que podía hacer era sentarme ahí, y recibir el castigo que me infligiera.
Dejé caer la cabeza, el mentón dio contra el pecho con tristeza, mientras llamaba a la puerta de mi jefe. Me respondieron pronto y entré, sin más miramientos.
Levi estaba sentado en su escritorio, los pies balanceándose sin nada más que hacer (como si tuviera la estatura como para que sus pies tocaran el suelo) y en sus manos un documento. Sin dudas, el que le había enviado recién.
–Hola, ¿deseaba verme? –, pregunté, mientras entraba.
–Sí–, respondió, más bien susurró, y bajó la hoja–. Nunca tuve la oportunidad de decirlo, con mis abuelos pegados a nosotros sin parar–, agregó, mientras se tendía hacia atrás–. Gracias por todo esto–, dijo al fin.
–Momento–, alcé la cabeza, clavándole la mirada–¿Me da las gracias a mí?
–Cuando alguien te agradece, así es como se hace–, replicó.
–¿Me agradece? –, con un ataque de sarcasmo, me dejé caer en un sofá y me llevé la mano al corazón, y exclamé– ¡Me está dando un paro cardiaco!
–¿Por qué les caes bien? –, gruñó, frotándose la nariz.
–Así que les gusto, ¿ah? –, dije, tras mi pequeña escena.
–Si, en especial a mi abuela: ella te adora–, señaló, algo aburrido.
–Entonces, es bueno saber que lo estoy haciendo bien–, dije–. Pero, ¿quién iba a sospechar algo, después del beso del otro día-?
–Como estaba diciendo–, me interrumpió–, gracias. En verdad me ayudas, y te ganas tu dinero.
–Bien… de nada–, repuse, aún un poco sorprendido–. Y yo que me preparaba para que me grite por el informe ese–, me froté los hombros, aliviado.
–Aparte de tu horrorosa gramática y redacción, está bien.
Y ahí fue mi autoestima.
–Gracias–, dije por lo bajo. Suspiré, antes de acomodarme en el borde del sofá–. Así que, ¿está todo bien con los abuelos y yo?
–Sorprendentemente, sí. Deberías oírla a mi abuela hablar sobre ti: "Il est très mignon, il est très adorable, Je pensé que c'est un très bon acteur…–, siguió hablando, y todo lo que podía era quedarme mirándolo, confundido.
–¡Guau, me ama! –, dije, con más sarcasmo.
–En verdad lo hace. Eso fueron cumplidos. Cree que eres lindo y encantador.
–¿Encantador? Lindo, lo entiendo, pero, ¿encantador?
–Es francesa, ¿qué vas a hacer? –, preguntó, y me reí–. Evidentemente, yo no lo entiendo.
–Oh, amada esposa, gracias–, rezongué.
–Tú eres la esposa–, dijo, saltando del escritorio.
–¿Hay algo en mí que me convierta en la esposa? –, repuse-–. Hasta Mikasa dijo lo mismo.
Levi miró un momento por sobre mi hombro, dejando que el silencio se instalara entre nosotros, antes de volver a mirar los papeles. Lo oír mascullar algo, pero no le entendí.
–¿Qué?
–Nada–, dijo, sacudiendo la cabeza.
–No, en serio, ¿qué?
–Nada–, volvió a decir.
–¿Qué es? –, chillé, esperando molestarlo lo suficiente como para que me lo diga. Si había algo de lo que estaba seguro, era de que no tenía demasiada paciencia, y no le gustaba que lo molestaran. Eso lo sabía muy bien–. Vaaaaamoooos, ¡dígame! ¡Dígame!
–Dije que no ni a palos eres el activo–, admitió al fin, pero, no sin algo de molestia.
–¿Por qué? –, repliqué.
–No lo sé. Es algo en ti–, indicó.
–¿Algo en mí? –, inquirí, antes de que una llamada a la puerta nos liberó de esa situación.
–Ah, Levi–, Hanji sonrió su acostumbrada sonrisa boba.
–¿Qué pasa, anteojuda de mierda? –, le preguntó él, evidentemente molesto. Ni lo ocultaba.
–Ay, qué feo humor–, repuso ella, y gimoteó–. Y yo que venía para darte una buena noticia, y sólo me ladras.
–Si Erwin necesita que firme algo, dile que lo hago en un condenado minuto–, gruñó Levi.
–No, no es eso. ¿Eso es lo que consideras una buena noticia? –, meditó Hanji, llevándose un dedo a la mejilla–. Qué curioso…
–Que te largues de mi vida es la mejor noticia que me darían–, dijo.
–Bueno, me voy, pero, primero, quería contarte de que tus abuelos están aquí–, dijo sin más, y se marchó tan rápido como vino.
–¿Qué? –, respingué, saltando del sofá totalmente azorado. Levi tuvo la decencia de, por un momento, mostrarse tan sorprendido como yo, y luego corrió a su puerta. La abrió y se asomó, y, por un silencioso segundo, maldijo y le dio un puñetazo a la pared.
–Están aquí…–, masculló, cerrando la puerta.
–¿Qué hacen aquí? –, dije, con el terror embargándome.
–¡Y yo que carajo sé! –, ladró Levi.
–Mierda, si comienzan a hablar con los otros, con Petra - ¡oh Dios! –. No podía imaginarme sus reacciones, en especial la de Petra, pero estaba seguro de que todas serían malas. No podría soportar que ella me odiara. Después de todo, Petra era quien me ayudó cuando comencé a trabajar allí. Rápidamente se hizo una amiga cercana, y no podría soportar perder esa amistad.
Escondí la cabeza entre las manos, tratando de ocultarme, pero no servía de mucha cosa.
–Eren, para––. Me ordenó–. Sólo quédate aquí un momento, ¿bien? –. Se marchó, dejando la puerta entreabierta, y rápidamente me puse a mirar por el hueco. Lo vi parado un momento, mirando a nuestros amigos darles una cálida bienvenida. Cuando apareció Petra, los abuelos estaban chochos. La abrazaron, besaron y ella les devolvió el gesto con el mismo entusiasmo.
No sabía que ellos seguían en buenos términos. Era algo lindo de saber, y que era algo de lo que no debía preocuparme.
–¡Grand-mère, grand-père! –, les saludó ella, mientras los abrazaba–¡Tu me manques!
Eso era nuevo para mí: no sabía que Petra hablaba francés.
–Petra, tu es belle, comme d'habitude–, dijo la abuela.
–Merci–, el rubor de Petra era muy intenso, tanto que lo noté desde mi sitio.
–Abuelo, abuela–, al fin, Levi les interrumpió. Los dos le ofrecieron un abrazo, que el nieto aceptó a regañadientes: era evidente que no estaba de ánimos para grandes reuniones– ¿Qué están haciendo aquí? Saben que no me gusta que vengan a la oficina.
–Bueno, queríamos traerle el almuerzo a nuestro chiquito–, dijo la abuela, señalando una canasta de picnic en su regazo–. Eso era todo, y ver cómo les iba a nuestros chicos en el tra-
–¡Bueno! ¡Almorcemos entonces! – exclamó Levi, de mala manera, pero fue para tapar sus palabras, y a la evidencia. Tomó la silla de ruedas de la abuela y la guio a su oficina, el abuelo detrás en paso muy lento–. Deberían avisarme cuando vengan aquí–, le oí mascullar mientras entraban a la oficina.
–¡Se suponía que sería una sorpresa! –, lloró la abuela.
–Y estamos sorprendidos. Mucho–, dije yo, completa y absolutamente fastidiado.
–Ah, Eren, ahí estas–, se alegró ella. Fui a su lado y la abracé, teniendo cuidado con la canasta en su regazo. A la vez, Levi ayudó a su abuelo a entrar a la oficina, y cerró la puerta detrás. Vagamente, oí la traba, manteniéndonos a salvo.
–En serio, ¿para que vinieron? –, les preguntó repentinamente.
–El almuerzo–, volvió a llorar la abuela, alzando la canasta. La tomé de sus manos, sonriendo, y la puse sobre la mesita de café–. Sólo queríamos mimar a nuestros chicos–, volvió a lamentarse.
–Levi, no seas tan malo. Sólo querían hacer algo lindo–, dije, en pos de consolarla. Ella me sonrió, palmeándome la mano.
–Eren, gracias–, dijo.
–Levi, no seas tan malo con nosotros–, le retó el abuelo.
–Perdonen, es que… sólo estoy sorprendido–, admitió Levi, encogiéndose de hombros–. Pero, hoy no era un buen día para hacer esto.
–¿Por qué? –, replicó el abuelo, mientras se sentaba en el sofá.
–… Estamos trabajando–, admitió Levi, renuente, aunque sonó débil y patético, ¡hasta yo podía dar una mejor excusa!
–Bueno, ahora es la pausa para el almuerzo–, dijo la abuela, abriendo la canasta–. Anda, siéntate, y come–, ordenó. La obedecí, porque tenía la sensación de que no me iba a gustar verla enojada, especialmente a ella. Levi resopló mientras se acercaba al sofá y se sentaba a mi lado. El abuelo se sentó en el puf de enfrente, y cuando todos estuvieron sentados, la abuela alistó la comida.
Parecía que se había traído toda la cocina con ella: había tazas, platos, cuencos, cucharas, tenedores, cuchillos. No sé cómo le hizo para hacer entrar la comida, ya que no era una canasta tan grande. Sacó una hogaza de pan fresca, un cuenco con ensalada, otro con filetes de pollo y, si eso no me había hecho salivar, ella agregó un plato con torta de chocolate con salsa de caramelo. Todo eso, más una jarra de agua fresca, estaba en la canasta. Sabía que era agua fría, porque noté la transpiración gotear del envase.
–Es esto el almuerzo, ¿o mi última cena? –, pregunté, mientras ella comenzaba a repartir los platos. Se rio por mi pregunta.
–Cuando mi abuela cocina, es con todo–, dijo Levi, pero sonó cansado. Debía estarlo por la sorpresa.
–Espero que les guste. Hice mucho, así que no se contengan–, dijo ella.
–¡No lo haré si lo hacen! –dije, alzando una mano.
–Posiblemente se coma casi todo. Eren come como si hubiera estado semanas sin probar bocado–, dijo Levi, mientras comenzaba a picotear la ensalada. No me ofendí: era cierto. De hecho, lo sentí como un cumplido. Todos me habían dicho que comía así, cosa que sé mejor que nadie.
–Eso es bueno saber. Este chico podría subir algo de peso. Estás en los huesos–, dijo el abuelo, pinchándome la mano con el tenedor.
–Cosa rara, considerando lo mucho que como–asentí, y me dispuse a llenarme la boca con el pollo.
–No comas así, querido. Te vas a ahogar–, señaló la abuela. Asentí en vez de hablar, consciente de que les asquearía si comía con la boca abierta. Me armé mi propio plato: ensalada con pollo, una rebanada de pan con mantequilla, y una taza de agua.
Era, prácticamente, el paraíso. Recordé cuando mis padres todavía vivían, y teníamos picnics con Mikasa y Armin en la playa. Eran recuerdos maravillosos. Sólo deseé no largarme a llorar en su presencia.
–Y–, empecé a decir, para cambiar de idea, y pregunté–, Levi, ¿hace cuánto Petra habla francés?
–En la secundaria, cursó cuatro años conmigo–, respondió, con un trozo de pan a los labios.
–Momento, ¿estudiaste francés? ¿Por qué, si eres de Francia?
–Porque tenía dieciséis años, y quería tener una materia fácil–, repuso, sonriendo con malicia.
–Uf, ahora me encantaría ser español–, gruñí–. Eso habría hecho mucho mejor mi promedio.
–Eren, eres listo, sólo que vago–, señaló él.
–No lo soy–, le saqué la lengua.
–Eso indica tu informe–, respondió.
–Ah, patéame–, ladré, y tomé un sorbo de agua.
–Después–, otra sonrisa asomó a sus labios, mientras me ahogaba.
–¡Levi, no delante de ellos! –, exclamé, cuando recobré el aliento. Los abuelos rieron, así que supuse que no les molestó la insinuación que había hecho su nieto.
Después, conversamos sobre todo y de todo. Yo era el que hacía la mayoría de las preguntas, sobre donde habían nacido (el abuelo era militar y la abuela la hija de un ricachón que poseía viñedos), como se conocieron en la escuela, en que trabajaron, y cuando se retiraron. Yo hablé hasta que la comida se acabó, y agoté todas las preguntas que eran apropiadas. Les emocionó que me interesara tanto en ellos, era algo que noté en el brillo de sus miradas, algo que no podían simular, y me alegró saber que hice bien mi papel.
–Oh, vaya, hemos hablado demasiado sobre nosotros. Eren, por favor, cuéntanos sobre ti–, dijo la abuela, con una risa cálida. Me sorprendió el pedido, y mi gesto alentó sus risas. Yo aclaré la garganta y me senté derecho.
–Ah, bien. Bueno… esto…–. Estaba totalmente perdido– ¿Qué quieren saber? –, repuse.
–Bueno, ¿cómo es tu familia? –, dijo el abuelo.
–Ah, eh… bueno, tengo una hermana. Es adoptada, pero, para ser sincero, a veces se me olvida–, dije, intentando esquivar temas sensibles.
–Bien, ¿y de dónde es ella? –, preguntó la abuela.
–De Japón. Después de que su familia se mudó, los padres murieron en un accidente, curiosamente, de camino a visitar a mi papá. Era médico, y su madre habría estado enferma–, explique, mientras me rascaba la nuca, en un tic nervioso.
–¿Era? ¿Pasó algo? –, repuso el abuelo.
–Sí, eh… murieron en un accidente de tránsito, cuando tenía diecisiete. Se desbarrancaron de un puente y se hundieron en un lago congelado, o algo así. Ahora que lo pienso, ha pasado mucho tiempo–. Suspiré, sintiendo la tensión en el aire. No quería arruinar la alegría acumulada, pero, ¿qué iba a hacer? Tenía que mentir, y no era bueno en ello.
Odiaba esto, tanto que me dolía, pero, si les contaba lo que en verdad había pasado, entonces, ¿Qué pensarían de mí? Debía hacerles creer que éramos un buen matrimonio. No iba a arruinarlo con la verdad.
No estaba bien.
–Siento mucho oír eso, Eren–, dijo la abuela con suavidad, y se tendió sobre la mesa, para tocarme la rodilla–. La muerte no es algo fácil, en especial referido a la familia.
–Sí… pero, vean, todavía tengo a Mikasa, y, ahora, a Levi–. Envolví un brazo en torno al aludido, quien respondió cruzando sus dedos con los míos, y dándome un beso en la mandíbula. No me molestó este beso, ya que era algo pequeño, pero había algo raro en el gesto. Era casi como si se estuviera disculpando, de una manera en que no delatara el plan.
–Es verdad, y también nos tienes a nosotros. Eren, también somos tu familia–. Dijo el abuelo. Para ser sinceros, eso casi me hizo llorar, y por varias razones. La primera, fue la declaración en sí. Armin solía decírmelo cuando estaba triste, y lo extrañaba muchísimo, porque era tan dulce, amable y considerado para con los demás.
Ese era el motivo por el cual deseaba llorar.
Mentía. Era un mentiroso hijo de puta. Le mentí a los abuelos de Levi, le mentí a Levi. No estaba casado con él, no era parte de su familia, y eran tan amables conmigo. No merecía ese cariño o aprecio.
–Me encantaría conocer a tu hermana pronto, Eren–, dijo la abuela, haciéndome salir de mi ensimismamiento– ¿Vive cerca? –, agregó.
–Sí, de hecho, no es lejos. Le acabo de contar sobre ustedes. Tiene los mismos deseos, pero está yendo a la uni y también trabaja, así que habrá que acordar el día–, dije, con una sonrisa.
–Eso sería maravilloso–, gorgojeó la abuela– ¿Podríamos ver fotos de tu familia? Tengo mucha curiosidad de ver cómo era tu mamá.
–Ay abuela…– suspiró Levi contra mi hombro– ¿Por qué no sólo te metes en la casa de su hermana, y husmeas todo?
–Levi, está bien. Sé que soy guapo–, reí, hundiendo la nariz en su cabello.
–Bueno, en realidad, me interesan más tus ojos–, repuso la abuela–. Soy los verdes más brillantes que he visto.
–Sí, mi amigo solía decir que parecen el océano–, señalé.
–¡Ése era el color que pensaba! –, la abuela chasqueó los dedos, pero, como su piel era tan suave, no sonaron–. No podía dar con él.
–Se está volviendo loca…–, suspiró el abuelo. Volví a reír, y esa terrible atmosfera tensa desapareció, quedando como algo que imaginé.
Los abuelos no se quedaron mucho más, considerando que nos devoramos el postre. Después, Levi se aseguró de que dejaron el edificio antes de poder relajarse, como yo. Aparte de intercambiar palabras con Hanji y con Petra, no había nada explícito sobre el encuentro que tuvimos. Se marcharon y, una vez que volvimos a escondernos en la oficina, nos dejamos caer al sofá, soltando suspiros de alivio.
–Qué mierda…–maldijo Levi, frotándose la frente.
–Fue más problemas de lo necesario–, mascullé.
–Me disculpo por ellos. La abuela no conoce el sentido de privacidad. ¿No te conté? –, dijo–. Solía hacernos esto a Petra y a mí. Entonces era muy molesto, y ahora rompe mucho los huevos.
–A pesar de todo, intentaban ser amables. No podemos enojarnos por eso con ellos–, dije, soltando una risita.
–Petra dijo que, durante la luna de miel, mi abuela llamaba cada cinco minutos–, gruñó Levi. Me reí al oírlo, pero, por el tono de su voz, supe que decía la verdad. No me sorprendía, porque parecía el tipo de persona que hacia eso–. Y, de nuevo, lo siento. Gracias por soportarlos.
–Ay, por favor. ¿Qué es la vida sin sorpresas? –, dije con sarcasmo, pero, mentalmente, la sorpresa me había dejado sin energías.
–Bueno, sí… fuiste una gran sorpresa–, susurró Levi.
–Siento no haber dicho algo mejor, sabía que, de haber mentido, se habrían dado cuenta. No tenía sentido hacerlos sospechar de algo.
–Así que, era verdad–, sonó más como una declaración, pero percibí la pregunta en ello.
–Sip, soy una persona muy jodida–, dije con una risa, pero lo hice de nuevo. También le mentí.
–Siento lo de tus padres–dijo él. Me puse de pie, y sacudí mis pantalones, quitándome motas imaginarias.
–No es algo importante. Pasó hace mucho tiempo, ya lo superé–, suspiré.
–Eren–, me interrumpió Levi, y noté la autoridad en su voz. Me volví a mirarlo, para hallar que también se había puesto de pie, pero ya estaba en su escritorio, y el aroma del pollo seguía en el aire–. No tienes veintiocho, en realidad tienes veinte. Lo que pasó, fue hace tres años–, señaló, un poco rudo.
–¿Y…? –, dije.
–No debes simular que no te duele.
