CAPITULO 7: El cinturón


NdT:Aquí comienzan a desvelarse unos secretos muy duros sobre el pasado de Eren


–¡Oh, vaaamos! –chillé, mientras empujaba la puerta del ático.

–¿Seguro de que no necesitas ayuda? –, preguntó Levi a mis espaldas, y pude oír la sonrisa en sus labios.

–No, só-sólo está un poco…–. Me detuve y empujé la puerta con el hombro. Los goznes se soltaron, junto con la puerta, que voló dentro del ático y me hizo caer dentro, sobre el polvoriento suelo. La falta de aire me dejó resoplando y me ahogué con el polvo que llenó mis pulmones. Escuché a Levi entrar, y al volverme a verlo, noté que se había cubierto la boca con un pañuelo. –trabada…–, terminé de decir, entre resuellos.

–Jaeger, por Dios, esto ruega por un servicio de limpieza–, gruñó, mientras miraba en derredor.

Aquello, en realidad, no era un verdadero ático. El motivo por el cual con Mikasa conseguimos este lugar tan barato, era porque no lo habían terminado. Una de la habitaciones era apenas maderas en el piso, con clavos sobresalientes de los muros, le faltaban las ventanas, y la tubería estaba a la vista. Lo usábamos más que nada de depósito, pero, desde la muerte de nuestros padres, no lo habíamos vuelto a abrir.

–Rivaille, no podemos pagarnos una empleada de limpieza–, dije, mientras me levantaba y me sacudía el polvo y la mugre–. Aparte, es un ático, se supone que esté polvoriento.

–Un ático de mierda–, tosió, pateando una pequeña caja del suelo.

–¡Oiga, cuidado! ¡Hay cosas frágiles en estas cajas! –, le informé. Levi giró los ojos, recorriendo el cuarto y husmeando el contenido de las que estaban abiertas. Podía oírlo mascullar para sí mismo, señalando que no estaría en esa ratonera de no ser porque su abuela había querido ver fotos de mi familia. Yo solo lo ignoré, y me puse a revisar una caja.

No había muchas fotos, y las que teníamos las habíamos enterrado. Era duro para Mikasa y para mi mirarlas tras sus muertes, así que las escondimos hasta que pudiéramos pasar la página. Nunca volvimos a sacarlas. Las únicas que quedaban fueran eran las de mi mamá, y las conservaba en mi habitación. Y, aunque hubiera querido llevarme esas, no servirían, ya que en todas tenía algún tipo de herida.

No estaba orgulloso, pero, evidentemente, era lo único que tenía.

Escuché a Levi revisar una caja a mis espaldas, sin dudas esperando hallar las fotos y largarse de la mugre. Normalmente, le habría reprochado, pero, como el polvo me comenzaba a marear, me hizo concordar con él. Quedarme más tiempo implicaría desmayarme, así que proseguí la búsqueda.

La primera foto que hallé fue de Mikasa, Armin y yo, en el parque. Era una que tomó mi papá, y detrás nuestro estaba mamá. Nos había abrazado a los tres, con una enorme sonrisa en los labios. Quise llevarle esa a los abuelos, pero, entonces, me percaté de que no serviría: en la foto, tenía un ojo morado.

–Qué mal…–, dije, y me fijé en las otras. Encontré dos más: una conmigo y mi madre en la tina a los cinco años (en la que me lavaban la cabeza), y la otra era de mi padre al volante del coche, conmigo en su regazo. Quitando la otra, la de mi padre serviría.

–¿Todavía no encontraste nada? –, ladró Levi.

–Sólo ésta–, la alcé para mostrársela– ¿A la abuela le importará cuántas fotos llevemos?

–No, pero supongo que esperará un poco de cada mierda–, masculló mientras miraba la foto–. Así que, ¿ésa es tu mamá?

–No, es mi padre–. Reí cuando sus ojos mostraron cierta sorpresa–. Sólo que le gustaba tener el pelo largo.

–Supongo que no heredaste eso–, dijo en tono jocoso.

–Al principio, sí, pero me fastidiaba que siempre se me cayera sobre la cara. Estoy muy conforme con cómo lo llevo ahora–, señalé, bastante orgulloso de mi mismo. No me importaba que lo tuviera reseco y crespo. Ya no lo tenía encima de la cara, y eso era lo único que me importaba.

–¿Tienes más de ésas? –, preguntó Levi, mientras revolvía la caja. Obviando mi foto en la tina, revisó otras, hasta encontrar una de mi padre, Mikasa y yo, sentados en el sofá, mirando repeticiones navideñas.

–¿Qué tal ésta? – dijo.

–Ah…–. Me acerqué a mirarla: en esa foto, también tenía un ojo morado, junto con el labio partido.

–Espera…–. Evidentemente, Levi vio las heridas, por lo cual se la arrebaté.

–No está buena. Déjame buscar una de mi mamá–. Insistí, devolviendo la foto a la caja. Sentí la mirada de Levi sobre mis hombros, antes de notar que los encogía y se dirigía a otra caja. Solté un suspiro contenido, sintiendo la tensión aflojarse de mis hombros.

Proseguí con la búsqueda, callado. Encontré tres más que me parecieron buenas: una con sólo mis padres, en su boda. Entonces yo ya tenía cuatro meses, pero parece que fui bastante tranquilo (cosa rara, ya que soy bastante parlanchín). La segunda, era de cuando pintamos con Mikasa, por primera vez, nuestra habitación. Ella y yo nos peleamos por los colores, por lo cual, intentando interceder (y hacernos cerrar el pico), mi madre metió sus manos en los dos botes de pintura y garabateó en las paredes. En la foto, los dos estábamos cubiertos de azul y violeta, y las paredes eran un desastre de huellas de manos.

La tercera, y última, era de nuestro primer día de clases. Con Mikasa caminábamos de la mano de papá, mientras nos llevaba al edificio. Tenía el pulgar en la boca, un tic nervioso de cuando era niño, y Mikasa era su acostumbrado rostro tranquilo y sombrío. También recordé que mamá lloraba tras la cámara, así que sabía que esta foto mostraba más de lo que decía. Estaba un poco arrugada en los bordes, pero seguro que a los abuelos de Levi no les importaría.

Lo oí mover algunas cajas y mirar su contenido, pero no le presté atención. Sonreía: los recuerdos, aunque un poco tristes, eran nostálgicos.

–Oye, ¿y esto qué es? –. La voz de Levi dijo de repente a mis espaldas. Aparté las fotos que sostenía para ver a qué era lo que se refería Levi, y me quedé tieso. De una caja, había sacado un cinturón, que era su único contenido. Sentí que se me helaba la sangre, al punto de que di un paso hacia atrás y choqué con unas cajas apiladas.

–¿D-de dónde sacó eso? –. Era evidente de dónde, pero la pregunta igual la tartamudeé, mientras intentaba recuperarme.

–Estaba en esta caja–. Señaló, y dijo: –Era la única cosa que tenía dentro.

–Bien, ¿po- podría dejarlo? –, pedí, volviendo a tartamudear. Estaba perdiendo la compostura.

–¿Por qué era la única cosa aquí dentro? ¿Es algo importante, como de un cuero en particular? –, inquirió, mientras comenzaba a inspeccionar el cinturón.

–No, n-no, pero, por favor-

–¿Qué es esto al final? –. Levi se puso a rascar una costra rojiza que estaba pegada en el broche del cinto: verlo toquetearlo me hizo perder los estribos.

¡Levi, déjalo! –, ladré de repente. De inmediato, Levi lo dejó y me miró, más sorprendido que molesto por mi estallido. En cualquier otra situación que le halla gritado, me podría haber golpeado hasta dejarme sin sentido. Sin embargo, ahora podía ver que en realidad obedecía. Hizo lo que le pedí, dejó caer el cinturón en la caja sin miramientos, y sentí la culpa embargarme.

Le había gritado por nada. No había hecho nada malo y no sabía nada, y yo le había gritado.

Era como él.

Salí disparado del supuesto ático, sin mediar más palabras. Me llevé una mano a la boca para evitar decir algo mientras iba al balcón, en busca de aire fresco. Ni bien salí, colapsé contra la baranda, apoyando la frente en el frio metal, resollando. La ansiedad hizo que el cuerpo me temblara, y el frescor ayudó un poco a relajarme, pero no lo suficiente. Acabé de rodillas, las manos aferradas a los hierros, como si se trataran de un salvavidas, mientras que las piernas colgaban del borde, inútiles.

La culpa era suficiente, pero el miedo seguía presente, como si estuviera detrás de mí. No podía liberarme del deseo de huir. La ansiedad me aplastaba, y no tenía idea de cómo disiparla. Sabía que se suponía que debía inhalar y exhalar para liberar la tensión, pero, en ese momento, era demasiado para mí.

Unos minutos después, oí a Levi salir. Se sentó a mi lado, imitándome al dejar colgar las piernas tras la baranda, y en vez de apoyar la cabeza en el metal, lo hizo sobre sus manos. Unos minutos silenciosos pasaron entre nosotros. El único sonido eran mis resollados intentos de recuperar la calma.

–Mira, no es asunto mío saber lo que pasó, pero quizás, si lo comentas, te aliviará–, dijo con voz plana y aburrida. Tragué con dificultad, la garganta se me había cerrado.

–N-no–. Sonaba como la mierda, y lo era–. No quiero molestarle…

–No lo haría. Me importaría un carajo–. Otra vez el tono aburrido, pero el ligero fastidio en su voz me alivió un poco. Era el toque de normalidad que precisaba.

–Siento mucho haberle gritado…–, murmuré, derrotado.

–Está bien. Tienes tus motivos...–. Después de eso, se hizo más silencio. Esta vez, fue más largo y aburrido, pero estaba bien. Fui capaz de ordenar mis pensamientos y recordar unos trucos para mi ansiedad. Logré respirar, aunque el corazón seguía palpitando duramente en mi pecho, haciéndome difícil tragar.

Era como si el corazón se me hubiera subido a la garganta, y no quería regresar a su sitio. Mierda, eso apestaba.

–¿Te sientes mejor? –. Levi interrumpió el silencio con su pregunta.

–Sí… sí, estoy bien–, aseveré, asintiendo.

–Pareciera que quieres vomitar por encima de este borde–. Señaló. Si, supongo que estaba bastante pálido, pero algo de mi color natural debería haber regresado ya.

–Perdón…–, murmuré.

–Si lo vas a hacer, avísame, así me alejo–, me comunicó. Me reí un poco, pero no tenía náuseas, sólo estaba agotado. Los acontecimientos del día eran demasiado para que los manejara alguien como yo, pero, incluso cuando los sentido adormecidos y cansados, a pesar de los nervios fritos que dejó mis piernas fláccidas, era consciente de que había hecho algo malo. Todavía debía compensárselo a Levi, a quien le había gritado tan feo.

–Pe-perdone, me refiero al haberle gritado.

–Ya dije que estaba bien. Después de todo, tienes tus motivos–susurró, mirando por encima del borde al oír la bocina de un auto. Miré para ver dos autos en "T", uno intentando retroceder y el otro siendo un grosero mientras trataba de robarle el sitio–. Hay gente muy bastarda–, evaluó Levi.

Asentí con un susurro, cerrando los ojos para oír los bocinazos. Aquella gente no era tan bastarda como lo era yo.

–Si, eso va a ser de mucha ayuda–, masculló Levi, cuando uno de los autos intentó meterse donde había estado el otro.

–Mi padre acostumbraba a golpearme…–, dije, rompiendo el silencio que se hizo luego de que Levi se había callado. Pude sentir su mirada sobre mí. La tensión en el aire era tan densa, que podía cortarse con un cochillo, y odiaba que las cosas fueran tan incomodas, pero no quería que pensara que me había alterado por una tontería. Para mí, ese cinturón no era una tontería –. Co-con el cinto, digo… y, en ocasiones, con sus puños…

–¿Eso era lo que había en la punta del cinturón? –, preguntó, sin vacilación alguna. Tragué con dificultad el nudo que me ahogaba, pero no bastó. Solo pareció empeorarlo–¿Tu sangre…?

–No lo usaba muy seguido…–, dije con timidez.

–No importa–, me interrumpió–. A pesar de todo, te golpeó con eso–. Fui capaz de oír un gruñido en su voz, y me pregunté si le molestaba. ¿Qué motivo había para que se enojara?

–Era solamente cuando hacía algo malo.

–¡No importa! –. La repentina agresividad hizo que al fin lo mirara. Parecía tan sorprendido por ello como yo, y se apresuró para apartar la mirada, suspirando pesadamente, frotándose el puente de la nariz.

–No quería que pensaras que era un rarito por reaccionar así a algo tan común–, susurré, agachando la cabeza con culpa. No pretendí que las cosas terminaran así.

–¿A eso consideras normal? –, me preguntó, apretando los dientes –¿Qué te golpeen cuando haces algo mal? ¿Qué, volcaste leche sobre la alfombra? –. Pretendió hacer una broma, pero mi silencio le respondió.

Claro que lo hice. Dibujé en las paredes, y me quedé despierto pasada mi hora: cosas de niños. Sólo que asumí que, además, había hecho algo para hacer enojar tanto a mi padre para que me golpeara.

–Eren–, suspiró nuevamente–. No… creas eso. Sé lo que piensas, así que no lo hagas.

–No sabe lo que pienso–, repliqué.

–¿Ah, no? ¿No me estarás desafiando, Jaeger? –, repuso. Aparté la mirada, clavando los ojos en el suelo. La pelea que hubo abajo ya se había resuelto hacía rato, dejando las cosas en paz–. Piensas que hiciste algo que otros chicos de tu edad no hacían, y eso hizo que te pegara. Piensas que, tal vez, eras tú el problema.

–Tal vez, eras la causa. Tal vez, no le gustaba cómo resolvías las cosas, e incluso, cuando hacías algo bien, solo para tener su atención, nunca se daba cuanta, y creías que habías hecho otra vez algo malo–. Apreté dolorosamente los dientes, mordiéndome el labio inferior para evitar proferir un grito–. Sigues olvidando qué tan viejo soy, Eren. He visto tanta mierda, como para pedirle a Dios que destruya el mundo. Sé exactamente lo que piensas, así que no me contradigas.

–Después, se disculpaba. No quería-

–No importa. Si en verdad se odiaba por hacerlo, nunca te habría vuelto a pegar, pero lo hizo, y también se disculpó por ello–. Cerré los ojos hasta que me ardió. No me gustaba recordar esas cosas, y que me arrojaran todo a la cara me lastimaba. Bueno, era algo obvio: sentía como si estuviera a punto de lanzarme a la calle–. Déjame adivinar: a veces, hacías cosas malas para que te pegara y se disculpara, y eso hacía que sintieras que tenías un verdadero padre.

–Lo intentaba…

–Necesitaba ayuda. Si de verdad lo deseaba, la habría buscado, por ti.

–¡Le importábamos!

–Entonces, ¿por qué no buscó ayuda?

–¿Sabe qué? ¡Me disculpé por haberle gritado, porque no quería que pensara que lo hice por una tontería! ¡No preciso que me diga todo esto! ¡No de parte de alguien como usted! –. Me levante de repente, intentando apartarme de Levi, pero el también se paró y me tomó de un brazo. Me volví a gritarle, pero él alzó mi brazo y mi puño estuvo frente a su rostro.

–¿También hizo esto? –, preguntó, aludiendo a las marcas de mordeduras de mi pulgar.

–¡Claro que no, yo me las hice! –, liberé mi brazo, pero sentí la necesidad de mantener mi posición, por lo que no me moví.

–¿Por qué? –, inquirió. Aparté la mirada, volviéndome a morder el labio. En verdad odiaba pensar en estas cosas.

–… porque dijo que, si hacía algún ruido, me pegaría más. Por eso me mordía, para silenciarme–, expliqué.

–¿De verdad…? ¿Y por qué Mikasa no las tiene? –, dijo de repente.

–¿Qué…?

–Nunca la tocó, ¿verdad? –. Era la primera vez, en mucho tiempo, que me sentí tan desolado. No quería seguir explicándome, ni continuar con esto– ¿Acaso…?

–No-no, pero-

–¿Por qué crees que era así?

–El gobierno pagaba para que la cuidáramos. Si la lastimaba, seria evidente. Le creerían a una niña si decía que le pegaban, pero no a un niño. Siempre me excusé diciendo que jugaba demasiado rudo con Armin.

–Eren, responde la pregunta. ¿Por qué crees que era así?

–Acabo de decir-

–No digas lo que te enseñaron. ¿Por qué crees que tu padre solo te golpeaba a ti?

–¿Por qué hice algo malo? ¡No lo sé!

–Eren, estoy seguro de que lo sabes, sólo que no lo quieres admitir.

–¡No lo sé! –. Ya no podía contener mis gritos. Traté de huir y encerrarme en mi habitación, pero Levi me tomó de la muñeca y me mantuvo en mi lugar.

–No quieres decirlo, pero lo sabes. Los dos lo sabemos, y es muy obvio. Sabes que sólo te golpeaba a ti, y que no te trataba igual, porque no te quería tanto como a su esposa, o a Mikasa.

–Levi, basta-

–Créeme, Eren, lo que piensas. Sé lo que has pensaste entonces, y lo que pensarás. Lo vi demasiadas veces–. Tiró del brazo y yo, ya sin fueras, dejé caer la cabeza sobre su hombro. Sé que no era lo que había pretendido, pero se la buscó. Sólo rogué para no largarme a llorar.

–Estaba enfermo, Eren. Estoy seguro de que te quería, pero no estaba bien de la cabeza…

Sentí las lagrimas arder en mis ojos, y, vacilante, llevé mis manos a sus costados. Le sentí devolver el gesto, apretando mis hombros. Por un momento, pensé que intentaba apartarme, por lo que intenté hacerlo, pero me rodeó los hombros y me contuvo. Ya no pude mantener la compostura, y las lagrimas manaron de mis ojos, a las cuales no pudo ni quise contener. Solo mantuve la cabeza en su hombro, la nariz un poco hundida en su cuello.

–Cre-creí…–, se me quebró la voz, acallándome, pero Levi sacudió la cabeza.

–Sé lo que piensas–, me susurró contra el oído–, así que no hace falta que hables… no puedes culparte a ti solo.

–Era mi cul-

–No–. No me dejó terminar, en cambio, me hizo enfrentarlo. Las manos me sostuvieron el rostro, su pulgar acaricio ligeramente mis pómulos. No medité sobre lo extraño que era que compartir ese momento con un practico desconocido, o que experimentaba un derrumbe mental sobre mi jefe: nada me importó. Tomé sus manos, mientras me inclinaba para apoyar mi frente con la suya.

–Perdone por haberle gritado…–, dije, apologético.

–Ya te lo dije, está bien. ¿Cuántas veces debo repetirte las cosas para que al fin te entren en esa cabeza dura? –, replicó. Sonreí ante su sarcasmo, feliz de saber de que todavía era capaz de hacerme bromas. Porque eso implicaba que las cosas seguían como siempre, o tan normales como podían ser entre nosotros, y lo serian por un poco más.

–No, es que… soné como mi padre… le grité cuando no sabía nada sobre el cinturón…

–Entre tú y yo, hay una gran diferencia–, dijo Levi.

–¿Qué quiere decir?

–Estabas asustado, Eren. Creciste para estar siempre a la defensiva, y eso hiciste. ¿De que debía tu padre "defenderse" cuando eras niño? –. Ya no era capaz de tragar el nudo de mi garganta, sólo asentir para demostrar que lo entendía y volver a apoyarme en su hombro. Le oí suspirar, casi molesto, antes de revolverme los cabellos.

Estaba seguro de que lo fastidiaba, completamente: después de todo, acababa de revelarle algo personal, que tan sólo otras dos personas sabían. Eso debía haberlo molestado, un poco, mierda, a mi me molestaría, pero, bueno, tal vez no. Si Levi tenía algún oscuro secreto de su pasado, lo escucharía, y, sin importar que fuera, probablemente lo aceptaría…

Posiblemente. Dependería de lo que fuera.

–Esto es vergonzoso…–, susurré. Ni podía imaginar lo ridículo que me sentía por haberme descompuesto en su presencia… en la de mi jefe.

–Bueno –. Levi me apartó de su hombro y me dio unas palmadas para consolarme, tal como alguien como él podía hacerlo–. Componte, entonces. No quiero que mi abuela se asuste por verte tan mal.

–¿Me veo lamentable? –, pregunté, riendo un poco, mientras me encogía de hombros.

–Sí–, respondió con sencillez –. Podemos decirle que tuviste una reacción alérgica al polvo. Lo creerá.

–¿Qué hay con las fotos?

–Ya tenemos suficientes. Si pide más, le diremos que están guardadas. ¿Te parece bien?

–Mmmm–. Levi se apartó, desapareciendo en el ático, donde habíamos dejado las fotos. Suspiré, ordenando mis pensamientos e intentando calmar mi respiración. En verdad me veía terriblemente patético, pero algunas de las palabras de Levi me sirvieron. Me sentía mejor, y, después de haber contenido por tres años todo ese dolor, aunque no me había liberado de todo, sentía como que podía respirar un poco mejor.

Levi tenía razón, hablar me había ayudado. Había pensado hacerlo con Mikasa, ya que también tenia un pasado jodido, no tanto como el mío, claro. Quizás, ella también precisaba librar un poco de stress.

–Oye–, dijo Levi, surgiendo del ático, con fotos en las manos –. Estas son las únicas que querías usar, ¿no? –, preguntó. Asentí y tomé las fotos, mirándolas una vez más.

–Perdona, se arrugaron–, me di cuenta de que, cuando me embargó el pánico, acaba arrugándolas con las mano sin querer. Había muchas cosas que no quise hacer.

–No pasa nada. Seguro mi abuela dice algo sobre lo auténticas que son y bla, bla, bla–. Volvió a alejarse, tomando sus llaves de la mesita donde las había dejado –. Qué vocecita de mierda.

–Me parece tierna–, insistió, mientras lo seguía.

–Eren, no creciste con ellos. De haberlo hecho, no te parecería tan tierno –. De nuevo, otra mención a su pasado. Apenas un desliz, pero, esta vez, era distinto a la primera vez que lo mencionó. Esta vez, dijo que creció con ellos, a diferencia de cuando dijo que vivió ocasionalmente con ellos. Sabía que era mejor no hacer preguntas, a pesar de que me quedaba con las dudas.

–Oiga, espere –, dije. Levi se volvió a verme, mientras abría la puerta.

–¿Qué pasa? –, dijo. Repentinamente, lo dejé solo para ir a buscar una de la caja, la de navidad. También tenía moretones en la foto, en los brazos y en la mandíbula, pero ya inventaría alguna historia: una pelea en la escuela, un accidente de bici, lo que fuera común para un chico.

De todas, esa era, por lejos, mi más preciada.

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