CAPITULO 8: Quemando recuerdos

NdT: La cosa comienza ponerse más triste… a todo esto, a quienes leen, no es que vaya a dejar este fandom, pero tengo también uno IronStrange que me interesaría traducir… ojalá comenten si les atrae la idea o no…

-*--*-*-*

Revisé a conciencia el documento en el que trabajaba, manteniendo los dedos a una pulgada del teclado de la laptop. Gracias al caos de los últimos dos días, había descuidado mi tarea, faltado a dos clases, y mañana debía que entregar un trabajo sobre un caso. El profesor me había advertido que me retrasaría si no lo entregaba.

Cosa que no quería que pasara.

Ya me habían chillado por faltar a las clases, así no precisaba atrasarme, pero este trabajo era más complicado que los demás. Algunas preguntas eran simples, pero explicar en las respuestas cómo los abogados se equivocaban y acertaban era la cuestión. Uno sólo sabe hablar, no siempre explicar las cosas en tu propia lengua, el problema era algo así. Sabía que el abogado había cometido un error, pero no sabía cómo redactarlo.

Tal vez no debí haber faltado a esas clases…

–¿Qué haces? –. Alcé la cabeza, y vi que Levi estaba parado contra el marco de la habitación. Miraba con una expresión de fastidio y los brazos cruzados sobre el pecho, pero era su aspecto normal. No me afectaba en nada.

–Ah, so-sólo algo de tarea. Tengo que entregar esto mañana, o estaré en problemas–, respondí, frotándome el cuello.

–Apesta ser tú–, masculló, entrando al dormitorio. Giré los ojos y sonreí, pero tenía razón: me habían pedido esto hace meses y yo, siendo el vago que era, lo dejé estar. Ahora, como siempre, entraba en pánico e intentaba hacerlo a los trompicones, cuando debí poner todos mis ánimos meses antes.

Lo sabía. Lo hacía siempre. Entraba en pánico, enloquecía, lo hacía, y luego, me relajaba. Para esta altura, se supone que debería haber aprendido.

–Sí, pero es mi culpa. Lo tendré listo–, dije, algo molesto.

–¿Y sobre qué es? –, preguntó Levi, sentándose en el borde de la cama.

–Es un caso ficticio, pero se supone que debemos identificar qué es lo que hizo mal el abogado, explicarlo, y plantear una solución–, expliqué.

–Asco… – Levi hizo una mueca de rechazo al tema, y concordé en que no era el mejor de los temas– ¿Ya sabes las respuestas?

–Sí, las sé, pero no puedo armar el texto–. Dije, frunciendo el ceño–. ¿Quiere ayudarme? –. No sabía por qué se lo pedía, pero, ya que sus abuelos habían sacado el tema a colación, pensé: ¿por qué no? Valía la pena pedir su ayuda.

Pareció que, en cierto grado, mi pedido funcionó. Levi se inclinó ligeramente sobre la pantalla, para leer las consignas que había enviado mi profesor. Mientras, Le escuché hablar para sí mismo. Sólo pude captar frases sueltas, como "pedidos de dinero" y "cláusulas agregadas". Lo demás, era un borrón.

La consigna en sí era de tres páginas, por lo que no me sorprendió que Levi se tomara su tiempo para leerla, el suficiente para leerla completa y asegurarse de haberla comprendido. Y, entonces, le oí decir…

–¿Qué clase de situación de mierda es esa?

Tuve que contener la risa, porque lo dijo de tal manera que sonó molesto, asqueado, perturbado y desilusionado a la vez. No debió haberme parecido tan cómico.

–El abogado tomó dinero, ilegalmente, de su cliente, mintiendo como la mierda sobre pagos y reclamos de cláusulas. Él mismo debería ser encerrado. ¿Qué mierda es esta cosa? ¿Un chiste? –. Aquí ya no pude contener la risa. Caí contra las almohadas, riendo vivamente, haciendo que me doliera la panza.

–¿Esta mierda te da problemas, Jaeger? Me preocupa tu futuro–, dijo sin rodeos. Tenía que calmarme dejar de reír por cinco minutos, y explicarle que comprendía toda la situación y que entendía sus palabras, pero no podía. No había oído a Levi estallar así desde…

Nunca antes lo había escuchado estallar así.

–L-lo sé, sólo que no sé cómo escribirlo–, tartamudeé entre la risa.

–Justo como lo dije–, señaló.

–¿Maldiciendo y eso? –, repuse.

–Sí, mierda.

–Seguro al profesor le encantaran esas palabras extras–. Salté de la cama y me volví al documento que escribía. Sep, seguro me echaban si lo explicaba con todas las maldiciones que dijo Levi.

–Deberían darles puntos extras por añadirlas–. Me había acostumbrado al sentido del humor de Levi… si así podía decírsele. No era que no lo tuviese, el tema es que no era "amable", teniendo en cuenta que raramente intentaba hacer alguna broma. En apenas unos días, había llegado a entender su peculiar sentido del humor.

–Después de todo, soy adulto, y concuerdo. Así hablo todos los días–, dije, mientras escribía. – ¿Qué hacen los abuelos?

–Miran la tele–. Asentí, y se hizo el silencio. Escribí unas oraciones más, antes de percatarme de que no se había marchado. Seguía sentado a mi lado, en la cama, sin decir palabra. Creí que leía lo que ponía, y tal vez me ayudaría, pero, aunque hice una pausa, no dijo nada. Sus ojos permanecieron fijos en la pantalla, y cuando me volví a verlo, me miró.

–¿Qué pasa? –, pregunté. Levi miró por un momento a los grandes ventanales, y luego me miró de reojo. Era una mirada amenazante, que me produjo escalofríos, y no pude evitar tragar saliva por el miedo– … ¿Rivaille?

–¿Quieres ir a dar un paseo? –, preguntó, de repente.

–¿Ah?

–Un paseo en coche. ¿Te gustaría ir de paseo en mi auto? –, preguntó de manera directa. Me le quedé mirando un momento, luego a la laptop, y otra vez lo miré, insinuando que estaba demasiado ocupado como para ira "dar un paseo"–. Preciso una respuesta con palabras, Eren.

–Tra-trabajo en mi informe–, balbuceé.

–¿Es un sí o un no? –. Tuve la sensación de que, a pesar de que me negara, no tenía opción a ello.

–Su-supongo que podría tomar un descanso, pero, ¿cuánto tardaremos? –, repliqué.

–Depende. No debería ser largo–, murmuró, mientras se incorporaba.

–¿Preciso algo para este paseo? –, repuse, sarcástico.

–En realidad, no. Trae tu celular, si quieres–, dijo, mientras salía de la habitación, le seguí con la mirada antes de cerrar la laptop y apartarme de la cama. Me estiré antes de salir y hallar a Levi en el living, con sus abuelos. Ellos efectivamente miraban la tele, los ojos de la abuela miraban con voracidad al hombre que cocinaba en la pantalla.

Ahora sabía en dónde había aprendido a cocinar tan bien.

–Abuelo, abuela: Eren y yo saldremos–, les anunció, mientras tomaba sus llaves.

–Ten cuidado, Levi–, repuso la abuela, totalmente absorbida por el programa como para interesarse a donde o porqué salíamos.

–¿A dónde van los dos? –, replicó el abuelo.

–A una cita–, murmuró Levi, saliendo.

–Me aseguraré de que volvamos a una hora decente–, dije antes de salir. Escuché al abuelo reír desde el living, pero no me pude despedir: Levi me sacaba a trompicones, y apenas si pude calzarme.

–Eh, eh, Levi, ¡momento! –, dije, mientras me arrastraba por el pasillo.

Levi se detuvo, mirándome con otra de esas miradas ilegibles. Me soltó la muñeca, y pude ver las marcas que había dejado en mi piel. Él también las vio, y la culpa fue evidente en su rostro.

–Perdona… –, musitó, y volvió a caminar. Le seguí cerca, algo inquieto. Emanaba un aura terrible, y no pude evitar sentir que algo estaba muy, muy mal.

–Rivaille, ¿pasa algo? –, pregunté, intentando mirar su rostro, pero la mantuvo gacha, ocultando los ojos tras su flequillo.

–No, es sólo que tengo mucho en la cabeza-, repuso, suspirando.

–No debería. Va a provocarle calvicie–, señalé. Noté el mínimo esbozo de sonrisa en sus labios, antes de que volviera a levantar la cabeza.

–Cállate–, dijo. Le obedecí, permanecí en silencio como me dijo. No había que fastidiar a Levi cuando estaba de malas. Para el desconocedor, su malhumor era perenne, ya que así actuaba, pero, tras ser su asistente durante años, conocía cómo se veían sus diferentes facetas.

Que no eran lindas.

Decidí no seguir hablando. A pesar de que nos subimos al coche y se puso a conducir, permanecí callado, aunque el deseo de interrogarlo era enorme. Creí que había dicho que no sería largo, así que supuso que sería un paseo de unos cinco minutos a donde fuera que íbamos. Estaba terriblemente equivocado. Eso, o Levi tenía mal el sentido del tiempo.

Para cuando llegamos al puente Henry Hudson, no me pude mantener ni quieto ni callado.

–Rivaille, ¿a dónde vamos? –, pregunté, más bien, gemí.

–Paciencia, mocoso. Ya casi estamos–, respondió. Tenía la impresión de que no me iba a dar más información, pero eso no evitó que rompiera el silencio con más preguntas. Estaba muy aburrido.

–¿Cuánto más?

–Unos cinco minutos.

–¿Cinco minutos exactos?

–Sí, ya casi estamos.

–¿Ya llegamos?

–Eren–. Me reí ante su tono. Le había hecho esa pregunta para mosquearlo, y funcionó.

–¿Al menos podemos poner algo de música? Es demasiado silencio–, suspiré, mientras me apoyaba contra el cristal.

–No tengo nada–, repuso.

–¿No tiene radio? –, repliqué.

–Sí–, dijo.

–¿Puedo escuchar la música que pongan?

–No.

–¿Por qué?

–Porque estoy manejando–. Rezongué para contra la ventana. En verdad detestaba el silencio. No me molestaba una dosis ocasional, pero, si era algo regular, tendía a divagar y pensar en todo y todos, cosa que estaba siendo demasiado frecuente últimamente. Como no quería despertar a Levi, ya no miraba la tele por las noches, tampoco enchufaba los auriculares para oír la música en el celular y calmarme los nervios. Lo menos que podía hacer era permitirle su descanso, ya que tenía problemas de sueño.

Así que mis divagaciones continuaban. Después de lo que pasó ayer, se había vuelto incontrolable. Seguía teniendo flashes sobre mi pasado, sobre mi familia, sobre mi padre. Cada vez que cerraba los ojos, veía el destello del latigazo en mi dirección. Cada vez que me relajaba, podía oler la comida casera de mamá, y oír a Mikasa llamarme para ir a la escuela. Cuando más me concentraba en esos recuerdos, evocaba los paseos en el parque con Armin, o a leyéndome sus incontables libros (no fui, ni soy, un ávido lector).

Vería a mamá yendo hacia nosotros, para decirnos que estábamos atrasados para la cena, y que a Armin se le hacía tarde para volver a su casa. Entonces, yo haría un puchero y rogaría para que se quedara a pasar la noche, porque íbamos a la misma escuela, y le sería más fácil, ya que nuestra casa estaba más cerca que la suya. Juntos caminaríamos hasta y de regreso de la escuela, y en las tardes nos hundiríamos en la tarea, él la terminaría más rápido, y Mikasa me señalaría que debía poner más atención. Inevitablemente, la situación concluía con Armin ayudándome con la tarea o dejándome que se la copiara. A Mikasa no le gustaba, y Armin me recriminaría que debía tomar más apuntes, pero así era la vida.

Esa era la vida. No era la mejor, ni la peor, pero era mi vida. Una con la que estaba a gusto.

–¡Eren! –. Di un salto en mi asiento cuando oí a Levi gritar mi nombre de forma repentina. No me había percatado de que otra vez lo había hecho, de me había puesto a divagar el resto del viaje, y Levi me había traído de regreso, dándome un tremendo sacudón y gritando mi nombre.

–Mierda, ¿cuántas veces tengo que llamarte? –, maldijo.

–Mmm… pe- perdone, me distraje–, me disculpé, frotándome la nuca.

–Eso es evidente: no lo hagas costumbre, da miedo–, masculló, mientras salía de su sitio al volante. Sacudí la cabeza un poco, fijándome que al fin habíamos llegado a detenernos. Levi caminó a mi lado del coche y abrió la puerta, sus ojos grises clavándose en mí, mientras destrababa mi cinturón.

–¿Te encuentras bien? –, preguntó.

–Sí, sí, estoy bien. Tan sólo me adormilé un poco–, expliqué. Levi no pareció gustar o creerse mi respuesta, sin embargo, se apartó para que saliera. Di un paso fuera del auto, miré en derredor y nos descubrí en un parque. No sabía cuál, porque no iba a uno desde niño, y menos a solas, pero era algo hermoso.

El suelo no era más que césped y unas escasas flores, dispersas aquí y allá, los árboles eran enormes y altos, por lo cual para ver sus copas debía inclinarme hacia atrás. Había un par de asientos y mesas para picnic, así como espacios para encender fogatas. Esos espacios eran más escasos que las flores, pero eran una buena idea: una cálida fogata a media noche, haciendo picnic en familia.

Costumbre mía era el armarme un escenario perfecto en la cabeza.

–Wow… –, susurré, asombrado.

–Agradable, ¿no? –, susurró Levi a mis espaldas. Di unos pasos hacia delante, oyendo el confortable sonido del césped bajo mis pisadas. Vivir en una ciudad no tenía esos lujos.

–¿Cómo conoce este lugar? –, pregunté.

–Solía venir bastante seguido cuando era más joven. Hace unos quince años que no vengo–. Me volví a verlo sacar un atado de cigarrillos del bolsillo del pantalón. Encendió uno y tomó una calada, recorriendo el área con los ojos, antes de volver a hablar–. Ha cambiado un poco.

–¿Cómo?

–Solía haber un parque para que jugaran los niños. Luego, se volvió apenas un sitio de descanso, pero ya nadie viene a este lugar–. Volvió a chupar el cigarrillo y soltó el humo, entonces, el fuerte olor me hizo arrugar la nariz.

–No sabía que fumaba–, señalé, apoyándome contra el coche, tal como él hacía.

–No lo hago. Antes sí, pero ya no.

–¿Y por qué ahora está fumándose uno? –, le miré de soslayo, con una ligera sonrisa en los labios.

–No lo sé, sentí que tenía ganas, supongo… sólo de uno. No me gusta quemar mi vida con un solo atado–. Levi hizo caer la ceniza, antes de volver a llevarlo a sus labios.

–Entonces, eso es bueno. Es algo muy malo para usted–, dije, orgulloso. Me habían criado para pensar que los cigarrillos eran algo malo, y que, si llegaba tocar siquiera uno, mi madre que encerraría en el cuarto hasta que cumpliera los treinta.

Era una mujer muy buena en hacerme tener sentido común.

–Lo es. No sé porque, de repente, quise fumar. Hace años que estoy limpio.

–Eso también es algo bueno de saber–, dije, soltando un suspiro de alivio. Estaba feliz de saber que no fumaba, pero, ya que mencionaba haberlo hecho en el pasado y el tono en que lo dijo, me hizo dudar si tenía algo que ver con otra cosa más que unos simples cigarros.

¿Qué otra cosa hacía de más joven?

Volví a centrar la atención en el parque que nos rodeaba. Los árboles estaban en plena floración, junto con las flores, haciendo el escenario casi de telenovela. Era costumbre ver escenarios perfectos en las pelis, pero nunca viaje lo suficiente como para ver si realmente existían. Estaba seguro de que había unos cuantos, como la playa, o un bosque profundo, pero no los había visto en persona.

Oí a Levi abrir la puerta trasera del coche, mientras yo seguía encandilado por la visión. Solo me quede admirando todo, disfrutándolo cuanto pudiera. Hasta que Levi no me llamó, no me volví a prestarle atención.

–¿Sí…? –, dije. La mitad delantera de Levi seguía oculta tras la puerta del auto, pero me asomé a verlo a través del cristal. En el asiento trasero, había una caja, de la que no me había percatado, pero, extrañamente, se me hacía conocida. No estaba seguro del motivo, así que la ignoré. De tratarse de algo importante, pronto lo descubriría.

Y "pronto", sucedió.

Levi se apartó del coche, evitando golpearse la cabeza contra el techo. Dio un paso atrás y, al hacerlo, lo primero que vieron mis ojos fue el objeto de cuero que tenía entre las manos.

El cinturón de mi padre.

Caí contra el suelo, mientras que la imagen del cinturón me producía gélidos escalofríos a lo largo de la espalda. ¿Por qué estaba aquí? ¿Por qué tenía Levi el cinto de mi padre? ¿Por qué lo trajo consigo?

–Le-Levi, qué-

–Eren, cálmate–, dijo con un tono sereno y contenido. Me alargó la mano libre (el cigarrillo seguía entre sus dedos), haciéndome un gesto para que me calmara, pero eso era imposible, con aquel objeto a la vista.

–Levi, ¿por qué tiene eso? ¿Cu-cuándo, dónde lo conseguiste? Yo no-

–Dije que te calmes, Eren–, repuso, y enrolló el cinto, para hacerlo más pequeño. Eso no hizo que me calmara, porque papá solía hacer eso mismo antes de castigarme. Le era más fácil manejarlo cuando era más corto, y ver a Levi hacer eso me hizo retroceder. No me importaba si me ensuciaba con pasto o tierra: no quería estar cerca de esa cosa.

Levi pareció comprenderme. Sabía lo que hacía, y que me asustaba y, al darse cuenta de ello, inmediatamente aflojó su agarre, así que el objeto quedó colgando en su mano. Eso me calmaba un poco más, pero la imagen del cinto, recogido o no, seguía aterrándome.

–Po-por favor, guárdelo…–, imploré, entre tartamudeos. En lugar de eso, Levi dio un cuidadoso paso atrás, con el cinturón aún en su mano, y se acercó al sitio más cercano donde se podía hacer fogatas. Mientras me miraba directamente a los ojos, lo arrojó a un montón de ramas, hojas y pasto seco. Cuando ya no tuvo el objeto en su mano, mi cuerpo automáticamente se relajó, y sentí que podía volver a respirar.

–¿Mejor…? –, preguntó. Asentí, pero temblaba tanto que no me sorprendería que Levi no me creyera. Volvió al coche, muy despacio para evitar alterarme, y se puso a revolver el baúl.

–¿Qué-qué está haciendo? –, repliqué. Quería ponerme de pie y verlo yo mismo, pero tenía las rodillas demasiado temblorosas como para permitírmelo, prácticamente chocaban una con la otra. Levi volvió a reaparecer del baúl, cargando un bidón de gasolina (que identifiqué por ese característico olor). Volvió a desear apartarme, pero no pude, simplemente me quedé sentado en el suelo, como un idiota, mientras que Levi iba hasta el espacio de la fogata y derramaba todo el bidón sobre las ramas.

Tiró el bidón vacío a un lado, y luego tomó el cigarrillo que seguía en sus labios, para darle una última calada antes de dar un paso atrás y arrojarlo a las ramas. Como era de esperar, el combustible pronto encendió, creando una llamarada que me asustó y me hizo retroceder aún más, por lo menos un metro. Levi mantuvo el brazo en alto cuando el calor le impactó, y luego fue a donde me encontraba. Estaba demasiado conmocionado como para moverme, y, al notar mi miedo, Levi se sentó en el suelo, a mi lado, enfrentando al fuego y admirando como quemaba el cinturón de mi padre. Aparté los ojos, y, nuevamente, mi mente intentaba comprender lo que Levi había hecho. Todo lo que era una información válida era el hecho de que él había quemado hasta las cenizas una parte de mi pasado.

–¿Por qué…? –, fue todo lo que pude decir. En mi cabeza, no tenía sentido: sin importar cuantas veces lo analizara.

No tenía sentido.

–Porque la cagué–, explicó. Sacudí la cabeza, incapaz de decir que no entendía a qué se refería. Me miró de soslayo, y pareció que me clavaba la mirada, pero el tono de su voz indicaba lo contrario.

–Eren, dime una cosa: ¿cuántas veces te golpeé cuando cometiste un error en el trabajo? –, preguntó repentinamente.

–Ah…–. Mi cerebro era incapaz de analizar la situación. El fuego se hacía menos intenso, pero seguía siendo muy vivo y brillante, demasiado para la mitad del día– ¿Qué, ah, a que se refiere?

–Me refiero a que cada vez que hiciste algo malo, como arruinar un reporte, mandarme los expedientes incorrectos, o decir algo fuera de lugar, ¿cuántas veces te pegué? –, volvió a preguntar. Comprendía la pregunta, pero no sabía a dónde quería llegar.

–Mmm… cada vez que me equivoqué, supongo…–, murmuré.

–¿Y cuántas veces cometiste un error, en especial cuando recién comenzabas a trabajar conmigo? –. No lo entendía.

–Muchas veces, me parece. ¿A dónde quieres llegar, Levi? –, pregunté por fin, los pensamientos al fin recuperando el hilo.

–Lo siento–. Las palabras salieron de la nada, y les siguió el silencio, uno que solo el crujido del fuego interrumpió.

–¿Ah…?

–Dije que lo sentía–. Se citó–. Me disculpo por cada vez que lo hice.

–Ah… Gra-gracias, pero, eh, nunca me molestó–, le comuniqué con timidez.

–¿En serio? –, me interrogó–. Siempre me pregunté por qué te encogías cuando levantaba una mano, y porqué parecías tan a la defensiva ante la idea de que te pegaran. Siempre me pregunté el motivo por el cual tu hermana me despreciaba tanto. Pensé que sólo estaba siendo sobreprotectora, pero luego me di cuenta de porqué era ella así. Yo seguía golpeándote. Abusé de ti, tal como tu padre lo hizo.

–Wow, momento, ¿qué? –ahora entendía–. Levi, ¡usted no es como él! ¡Puedo diferenciarlos!

–Pero yo reforcé aquello con lo que creciste. Eren, aunque no te des cuenta, eso hice: lo reforcé. Cuando te equivocabas, te golpeaba, y hacías lo mejor que podías para no volver a cometer ese error, y ni era algo por lo que valiera la pena golpearte. Eran naderías, errorcitos que podía cometer cualquiera, esos que se aprenden a no volver a hacer. Te golpeé en la cabeza, y aprendiste a través del abuso físico. Sin importar cuánto lucharas con la situación, fue lo mismo. Hice exactamente lo que te hizo tu padre.

–Tal vez no pienses en ello, pero siempre está ahí, en tu cabeza. Un recuerdo constante de que o te comportas o te pegarán, y me disculpo por ello, en verdad lo hago. Desearía haberlo sabido mucho antes, así no lo hubiera hecho nunca…–. Al fin dejó de hablar, con los ojos fijos un momento en las llamas, antes de volverse a verme. Vi algo similar a la sorpresa brillar en sus ojos–¿Por qué lloras?

Abrió los ojos un poco antes de tocarme las mejillas. Ciertamente las tenía empapadas de lágrimas, y, al darme cuenta de ello, estallé. Intenté mantenerlo tranquilo, de calmarme, pero era demasiado, dejándome hecho un desastre. Lo que más me avergonzaba era que, de repente, choqué contra Levi, escondiendo el rostro en el hueco donde su cuello se unía con el hombro, mientras lloraba a viva voz. Estaba contento de que no me apartara, incluso feliz de que no intentara golpearme, pero lo que me sorprendió fue que, cuando me rodeó con los brazos, me atrajo más cerca.

Me aferré de su camisa mientras me lloraba el alma, dejando todas las emociones de años y años de tormentos aflorar de manera repentina. Nunca antes había hecho esto, ya sea con mi madre, Armin, ni siquiera con Mikasa, quien siempre estuvo allí tras la muerte de ellos. Nunca me quebré, nunca lloré. Hubo alguna que otra lágrima, sí, pero nunca lloré de la manera que ahora lo hacía, y no era solo llanto de dolor. El alivio me embargó, como nunca antes. Todo el peso que sentí por mi existencia, de repente, se había quitado de mis hombros.

Tras minutos de llanto, no podía respirar bien, la nariz se me había tapado y apenas si podía resollar por la boca. Y, sin embargo, no me sentía tan liviano desde que fui un niño. La caricia de Levi sobre mi espalda también ayudaba, su voz era tan ligera que al principio no lo oí. Todo lo que hacía era murmurar palabras de consuelo contra mi oído, a la vez que sus dedos jugueteaban con mis cabellos.

–Oye, está bien–, me susurró contra la oreja. Suspiré, al fin la primera ola de sensaciones se disipaba. Cerré los ojos, sintiendo los párpados pesados y listos para entrar en el sueño. Vagamente, intenté recordar la última vez que lloré hasta quedarme dormido: todo lo que pude rememorar fue que, entonces era un niño. No hubo un momento o fechas, lo cual era bueno: este podía ser uno de esos momentos. No tenía problemas en dormirme de esta manera, mientras Levi me lo permitiera.

Me acomodé en mi sitio, ya que el cuello me dolía por la postura. Los brazos de Levi se reacomodaron alrededor de mi cuerpo, una mano yendo a mi cintura y la otra a la base de mi nuca. Mi mejilla se apoyó contra su hombro y, mientras comenzaba a ser arrastrado por el sueño, oí a Levi volver a hablarme.

–Ese cinturón nunca más volverá a lastimarte.

NdT: AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA LEVI POR QUE SOS TAN LINDO MIERDA