A forged wedding / Una boda fingida
Autor: mystyhollowdrummer
Traducción: Maru de Kusanagi
Ndt: Aviso de contenido muy trágico
Capítulo 18 de 31
18- Mi pasado es terrible
Sentí las piernas ceder, entumecidas, dejándome caer de cara en el suelo, yacer allí y morir, pero debía seguir.
Ya no tenía aliento, se me había ido, los pulmones me ardían con cada inspiración. Resollaba, incapaz de recuperar el aire a pesar de mis intentos. Los ojos se me nublaron por la frustración, y las lágrimas indeseadas comenzaron a amenazar con caer.
No iba a llorar, no todavía, al menos. Casi llegaba. Este era su camino polvoriento, y allí arriba estaba su casita pintoresca. Allí estaban las flores, alienadas junto al camino. Las luces estaban apagadas, dejando la casa a oscuras. Las luces de los coches estaban encendidas, mientras el auto avanzaba.
No…
–¡Abuelo, abuela! –, llamé, agitando mi mano. No sabía por qué, pero fue entonces que las piernas decidieron rendirse. Caí pesadamente sobre la tierra y las piedras, raspándome el rostro contra los bordes filosos, mientras luchaba por respirar. Los pulmones se encogieron, el dolor me recorrió, principalmente en las costillas, mientras tosía y luchaba por aire. El polvo se me metió en la nariz, y las lágrimas crearon barro. Ya no pude contenerme.
No quería ser abandonado.
Sentí unos brazos rodearme los hombros, y grité por el miedo que me causaba ser tocado. Lancé patadas y rasguños, temeroso de abrir los ojos, pero fue entonces que oí las voces de mis abuelos. no me había dado cuenta de que se habían detenido para ayudarme.
–¡Rivaille, somos nosotros! ¡Solo nosotros! –, la voz del abuelo fue como una señal divina, si es que existe un dios, y lo rodee con los brazos al darme cuenta de que estaba a salvo.
–Abuelo…–. La voz me tembló, así como el resto del cuerpo, mientras al fin me permitía romper a llorar.
Estaba a salvo.
–Rivaille, ¿Qué haces aquí tan tarde? –, pregunto la abuela, y me retó: –¡Deberías estar en casa!
Cerré las manos en puños detrás de la nuca del abuelo. La mención de ese sitio me daba escalofríos, que se me retorciera el estómago y arcadas.
–¡No puedo volver ahí! –, chille contra el abrigo del abuelo.
–Rivaille, comprendo que te sea difícil de sobrellevar, pero-
No lo dejé terminar la frase.
–¡Me violaron! –, grité. El silencio que cayó sobre ellos fue incómodo., y pude sentir como intercambiaban miradas entre ellos–. Él y todos los desgraciados de sus amigos–, gruñí.
–Mi bebé…–, dijo la abuela, tocándome la espalda. Me encogí al sentirla, no estaba acostumbrado a caricias semejantes.
–Entremos. Voy a buscarte algo limpio para vestir–, dijo el abuelo, alzándome. No me importó que me cargara como a un bebé: estaba agotado, helado y asustado, pero él estaba cálido, acogedor y seguro. Eso era todo lo que importaba.
–Te preparare algo. ¿Qué quieres comer, querido? –, preguntó la abuela. Estaba demasiado cansado como para responder, y me dormí en segundos.
Las sábanas estaban tibias y, junto a los blandos almohadones del sofá de mis abuelos bajo la nuca, podría haber seguido descansando, pero no podía. Escuché gritos. Lejanos, pero furiosos y molestos.
¿Serían mis padres? ¿Estarían ebrios? ¿Drogados? ¿Discutían sobre mí? ¿Volverían a violarme?
No me sentía capaz de volver a soportarlo. Prefería morir. Esa era la verdad.
No. Las voces eran demasiados sanas, ligeras. No eran las de mis padres.
Abrí mis pesados parpados y miré en derredor. No debió haber pasado mucho, porque seguía estando oscuro. Estaba en lo de mis abuelos, como esperaba, y oía la ansiosa voz de mi abuela venir desde la cocina. Me senté, y aparté los cuatro cobertores que me cubrían. Mis piernas protestaron, la parte baja de la espalda me mordió con agonía.
Dolía, pero debía seguir.
Cojeé hasta la cocina, frotándome los ojos con la manga de la camiseta. Allí, la vi discutir por teléfono, bastante ofuscada.
–Tenemos evidencia, ¡y ahora no te saldrás con la tuya! –, gruñó. Hizo una pausa, dejándome oír una voz distante, al fondo, antes de que prosiguiera– ¡No puedes tenerlo! No lo tratas como a un hijo, ¡ni tienes derecho a decir que lo es!
Hablaba sobre mí. ¿Con quién, acaso mi madre? ¿Mi padre…?
–No, si vienes, ¡llamaré a la policía! Haré que te arresten y-
Otra pausa.
–¡No! ¡No dejaré que lo toques! Mientras tenga vida, ¡no volverás a verlo!
Tras decir eso, colgó dando un golpetazo al teléfono.
Apenas si reaccioné al ruido del golpe. Nunca había visto a la abuela tan enojada. Mínimamente, daba terror.
–¿Abuela…? –, la llame con precaución. Se volvió, y note la presencia de lágrimas en sus ojos. Se las secó y vino a mi lado, sus manos eran suaves y amables, y su voz era igual de melosa.
–Ay nene, ¿qué haces despierto? Deberías descansar–, dijo, llevándome otra vez al sofá.
–Te escuché gritar…–, susurré.
–Ah, alguien intentaba venderme algo. Hace rato que molesta–, dijo, sonriendo de manera curiosa. Era buena mintiendo, se lo concedo. Le habría creído de no ser por la conversación–. Nene, no te preocupes.
–Bueno…
Me ayudó a sentarme en el sofá y me envolvió otra vez con las sabanas que había pateado. Era cálido, algo incomodo, pero lo prefería a la fría habitación en la solía dormir.
–¿Sigues hambriento, bebé? –, preguntó–. Puedo cocinarte lo que quieras.
–Tengo un poco de hambre–. Mentía, estaba famélico. Hacia dos días que no comía y, lo que había conseguido antes apenas si me satisfizo. Para ser sinceros, ni había sido comida–. Comeré lo que sea que hagas.
–Bien. Puedes leer un libro de la mesita, y yo te prepararé algo–. Me palmeó la cabeza con cuidado, me besó la frente y se fue. Me quede a solas con mis pensamientos, pero no duró mucho.
Me quedé dormido tan pronto que pareció que me dieron un golpe.
Al volver a despertar, ya era de mañana. El sol brillaba, escurriéndose por entre las ventanas, despertándome. Suspiré, molesto por haber despertado, pero no me desanimó. No había dormido tan bien en mucho tiempo, lo que me hizo sentir bien. Sentía que podía parpadear sin somnolencia, caminar sin bostezar cuando alguien me hablara. Era una sensación curiosa, y no me sentía seguro para agradecer aquella sensación de buena salud o seguridad.
Que había descansado toda la noche implicaba que mis padres nunca vinieron a buscarme. ¿Por qué, después de aquella discusión telefónica? ¿Habrían venido, y la abuela llamó a la policía? ¿Acaso no les importaba? ¿Vendrían alguna vez por mí?
¿Al fin estaba a salvo?
El no saberlo me superaba. Aparté las sabanas y me bajé del sofá. Cojeé hasta la cocina, donde la noche anterior había estado la abuela, y ahora la acompañaba el abuelo.
Pasaba algo. Algo malo. La abuela estaba en su silla, tumbada sobre la mesa y el rostro entre sus manos, llorando. El abuelo le palmeaba la espalda, apaciguándola, pero en un tono tan bajo que no podía oírlo. ¿Por qué estaba así? ¿Por qué lloraba?
–¿Abuelo, abuela…? –, les llameé en voz baja. Los dos me miraron, y la abuela se secó las lágrimas que caían de sus ojos y mojaban sus mejillas. Estaba hecha un desastre.
–Ah, buen día, nene–, dijo el abuelo, pero su voz se quebró y acentuó las silabas incorrectas. Pasaba algo malo.
–Buen día, bebé. ¿Dormiste bien?
La abuela no podía mirarme sin volver a apartar la mirada. Era muy evidente en su rostro, y lo sabía. Yo no era cualquier niño de ocho años, era capaz de darme cuenta del sufrimiento ajeno. Cuando no le respondí, el abuelo volvió a hablar.
–Ya debes estar hambriento. ¿Qué te gustaría? –, preguntó, yendo al pequeño refrigerador–. Nos queda bastantes sobras, si se te antoja hacer los honores–, intentó bromear.
–¿Qué pasa? –, demandé, pero soné débil y enfermizo. ¿Era de verdad mi voz lo que pronuncié?
Los abuelos se miraron un momento, mientras que la tristeza volvía a cubrir sus rostros demacrados. La abuela se paró, con algo de dificultad por su edad, y se acercó hacia mí. Se arrodilló, puso las manos en mis hombros y, más allá de sus gafas, vi unas nuevas lágrimas en sus enrojecidos ojos.
–Rivaille, nene… Nos llamaron tarde por la noche…–, dijo, con voz temblorosa–. Y… era sobre tus padres…
No, no quería oírlo. No quería oír lo que pasaba. No quería regresar allí. Quería quedarme con mis bisabuelos, donde estaba seguro. ¿Era mucho pedir?
¿Por qué nadie me creía? ¿Por qué nadie les creía a los abuelos? No estaban chocheando, y yo ya no era un bebé. Era alguien a quien lo abusaban sus padres, y víctima de cada tortura posible. ¿Por qué nadie era capaz de verlo?
–¡No quiero volver! –, grité, aterrado. Intenté apartar los brazos de mi abuela, pero ella me contuvo en mi sitio.
–No, no, Rivaille, nunca más deberás volver–. Me detuve en mi lucha para oírla, pero era incapaz de comprenderla. ¿Qué estaba diciendo?
–… ¿Qué quieres decir? –, pregunté, mirando al abuelo. No podía enfrentar mi mirada. Pasaba algo malo.
–Nene…
La abuela me puso una mano sobre el hombro, dándome consuelo.
–¿Qué pasó? –, insistí.
–Tus padres… Los encontramos en tu casa, hoy por la mañana…
Sus palabras eran temblorosas, y no podía respirar con normalidad. Tragó con fuerza, intentando prepararse para las siguientes palabras, pero, cuando abrió la boca, no dijo nada.
–¿Encontramos…?
Había una parte de mí que sabía exactamente lo que quiso decir. Lo sabía, pero una parte de mi fingía ignorancia. No deseaba creerlo, pero también deseaba hacerlo.
–… Rivaille, están muertos–, dijo el abuelo al fin, librando a la abuela el dolor de pronunciar esas palabras. Sentí un nudo en la garganta, bloqueándome el aire. Sentí un sudor frio por la espalda, y ya no percibía mis latidos. ¿Se me habría parado el corazón?
–¿Po… por qué? ¿Co-cómo? N-no lo entiendo…
Comencé a tener un ataque de pánico, y la abuela me rodeo con los brazos, reconfortante.
–Estoy segura de que lo sabes, pero no sufrieron–. Estaba seguro de que eso era mentira. No hay manera de que no hayan sufrido por eso.
–Pero…
Mi voz sonó ahogada por su blusa.
–Está bien, hijo–, dijo el abuelo, tocándome el hombro. Me encogí y me aparté de los brazos de la abuela. Me ahogaba, de verdad, y ella insistía en abrazarme. No podía respirar, y no precisaba que me tocaran.
–Rivaille–, empezó a decir la abuela.
–¡No está bien! –, grité y escapé de la habitación. A pesar del dolor de mis piernas y espalda baja, corrí y corrí fuera de la casa, tan rápido como me fue posible. Oí a los abuelos, llamarme, pero no me detuve a volver a verlos. No necesitaba que me mimaran.
Corrí camino abajo, por donde vine. No iba a regresar a ese lugar, maldita sea, pero no podía quedarme con ellos. En ese momento, necesitaba estar solo. No podía respirar con ellos abrazándome y diciéndome que ahora todo iba a estar bien, cuando era consciente de que así no era. Era extraño que entonces no pudiera respirar, y ahora corría en este camino polvoriento
El aire me quemaba los ojos, o quizás era por las lágrimas, apenas las recuerdo rodar por mis mejillas. Aun así, seguí corriendo, y no me detuve hasta que las piernas cedieron. Di conta el suelo con dureza, embardunándome las manos, codos, rodillas y barbilla. Dolía, pero los pulmones me dolían más que aquellos pequeños raspones que acaba de recibir. Tosi y escupí el polvo que me juntó en la nariz y ojos, pero no podía librarme de ese ardor.
–Mierda…–, resoplé y me incorporé sobre los brazos sangrantes. Los pulmones seguían ardiéndome, pero la razón me regresó pronto.
Estaban muertos. Mis padres habían muerto. Se habían dado una sobredosis de lo que fuera que habían elegido, seguro algún acido, y se mataron. ¿Habría sido su intención, o un accidente? ¿Habría estado alterados por la idea de perderme?
No, claro que no.
No me importaba. Una sonrisa se me dibujó en el rostro y, por la primera vez en Dios sabe cuánto, era feliz. Estaba a salvo.
–Clase, estoy seguro de que hoy llegaba el estudiante de intercambio–. Alcé las orejas al oír la voz de la maestra. Aparte la mirada de la ventana, y fijé los ojos en el nuevo paisaje en que me habían obligado.
Todos miraban. No era que me importara a mi o lo que pensaran sobre mí. No había ido allí por su atención, solo para liberarme.
Ya no podía quedarme en Francia. Puede que haya sido mi hogar, pero no era lo mismo. Había demasiados recordatorios a mi alrededor, de ellos, y era incapaz de soportarlo. Me ahogaba y no importaba cuánto me alejara, me quedaba sin respiración, ya fuera mental o físicamente.
Al final, no me quedó otra que irme. Los abuelos no se alegraron, en especial después de irme dejando solo una nota avisándoles que me largaba. Cuando llegué a Estados Unidos y los llamé… estoy seguro de que el abuelo rompió el receptor con sus gritos. La abuela amenazó con venir ella misma, lo que era más aterrador que los gritos del abuelo.
Me costó mucho convencerlos. Mi argumento era ya estaba aquí, así que, ¿Por qué no quedarme? No soné convincente mientras lloraba, pero eso sirvió.
Así que aquí estaba ahora. A cuatro mil millas de distancia y en un colegio donde solo me daban más que miradas hoscas y mudas de los otros estudiantes.
–Espero que sean amables con el nuevo estudiante–. El maestro, un tipo pelado con ojos vacíos, sacó un portapapeles y lo miró. Lo miró con fijeza y, por un momento, tuve la sensación de que intentaba adivinar mi nombre. Sabía que los estadounidenses eran malos con otros idiomas, pero no podía ser cierto, ¿no?
–Ah, te llamas Rivalli–. Tristemente, me equivocaba.
Solo sacudí la cabeza, y sus ojos parecieron más intrigados que antes. No me molestaba sus miradas, por supuesto que no. Era que me fastidiaba que tantas personas parecieran interesadas en alguien que solo era de otro país.
–¿Cómo se pronuncia? –, preguntó. Suspiré ligeramente.
–Mi nombre se pronuncia Rivaille–, dije, lentamente.
–Rivill… Ravaille–, volvió a probar. Giré los ojos y volví a mirar al otro lado de la ventana. No me importaba en verdad. En cambio, el maestro se aclaró la garganta y bajó el portapapeles–. Bueno, soy tu nuevo maestro. Me llamo Keith Shadis, pero puedes decirme señor Shadis.
–Señor Shardis…–, susurré, mirándolo por el rabillo del ojo. Le vi hacer una mueca de fastidio, y una ligera sonrisa asomó mis labios. Apenas. Era mi forma de llevarle la contra.
–Es señor Shadis–, prácticamente gruñó–. De todas formas, bienvenido a nuestra clase. Sé que es la mitad del año escolar, pero estoy seguro de que aquí están todos deseosos de ayudarte en ponerte al corriente de lo que hayamos visto–, insistió.
Miré a la clase. No estoy seguro de lo que sentí cuando casi todos los ojos apartaron la mirada. ¿Me molestaba o alegraba que nadie quisiera ayudarme?
–Bueno, ¿no hay ningún voluntario para ayudarlo en su primera semana en la escuela? –, inquirió Keith. Le clavé la mirada a los demás. Estaba tan silencioso, que algunos alumnos se miraron unos a otros, como si esperaran que alguien lo hiciera.
En serio no esperaba ver una mano alzarse.
–Ah, señorita Ral. Qué gusto ver que alguien muestre entusiasmo–, dijo Shadis. Miré a la chica que había alzado su mano. Era muy pequeñita, como yo. Quizá más. Tenía grandes ojos castaños, y cabello naranja, atado en una coleta.
Podía apreciar que tenía el cabello muy largo.
–Muy bien. Bueno, eso pueden hacerlo después de la clase. Ahora quiero que todos abran sus libros de texto en el capítulo ocho. Nos quedamos en lo del fundador de Constantinopla. ¿Alguien recuerda su nombre? – prosiguió el maestro, más ofuscado. No lo culpaba.
Constantinopla fue bautizada así por su fundador, y eran nombres demasiado similares como para olvidarse.
Iba a levantar la mano y responder para que los demás quedasen libres, pero de repente sonó el teléfono del aula. Keith dejó el pizarrón para atenderlo, y algunos de los estudiantes se miraron, como aprovechando a buscar la respuesta. El maestro colgó al cabo de unos instantes y gruñó con fastidio.
–Ya regreso–, dijo y salió. Uno, dos, tres segundos pasaron para que los demás se relajaran. Algunos abandonaron sus asientos para ir a charlar con compañero al otro lado del aula. Después de todas esas miradas oscas, no me extrañó que nadie se me acercara. Antes había sido bastante extrovertido, pero ya no. Era un franchute al que nadie le interesaba.
Bien por mí. No precisaba su atención, porque no era lo que buscaba: vine para educarme, solo eso.
–Em, ¿disculpa? –. Alcé la cabeza al oír una voz tímida a mis espaldas. A mi lado se encontraba la chica que se había ofrecido para ayudarme, con las manos en su espalda y los pies muy juntos. A pesar de su nerviosismo, no parecía tener problema para mirarme a los ojos.
–¿Qué…? –, pregunté. Era valiente, bien, se lo admito. No parecía atribulada por mi ladrido.
–Me llamo Petra Ral. Supongo que te voy a ayudar con la escuela–, repuso, sonriendo. Solo giré los ojos y mira a la ventana, al exterior. Había una práctica de futbol y, aunque me importaba tres quinotos, era preferible a esa situación–. Esto… ¿me entiendes, ¿verdad? –, agregó.
–Te entiendo a la perfección. Solo que no tengo ganas de hablarte–, repliqué. Se hizo un momento de silencio, y luego unos pasos alejarse. Bien, me la saqué de encima.
–De acuerdo, quiere decir que no es que no escuches–. De repente, Petra acercó una silla y se sentó. ¿No se acababa de ir? A lo mejor me confundí. Intenté apartar la mirada, pero ella tenía una amplia sonrisa en los labios. Creí que la había molestado, pero no, ¿Qué la ponía tan contenta?
–Así que te llamas… ¿R-Rivialle? –, preguntó, alzando la cabeza.
–¡Nah, Petra! ¡Se llama Raviolli! –, dijo un chico del otro lado del aula. Los dos le miramos con enojo, pero ella habló primero.
–Ay, ¡cállate, Auruo! –, le gritó. El señalado como Auruo solo le hizo un gesto con la mano y resopló. Se hacia ver como la gran cosa, pero no tenía un mejor nombre que el mío, ¿Cómo era que le dijo?
–Ignóralo. Es sólo un tarado–, agregó.
–Casi aciertas–, intercedí.
–¿Ah?
–Casi aciertas. Se pronuncia Rivaille–, expliqué, pronunciando mi nombre con lentitud. Sus ojos se iluminaron de manera extraña, una que me hizo doler el corazón. No de manera física, pero me incomodó.
–Rivaille–, repitió ella–¿Así está bien?
–Sí, pero el acento se te nota–, dije, sonriendo con malicia. Ella no se molestó.
–Bueno, es que este año comencé francés–, se ruborizó–. ¿Quizás podrías tutorarme? –, agregó, frotándose las manos por debajo del escritorio. Sonreí otra vez, porque era linda.
No me interesaba, pero no podía ignorar a cada chica bonita que me cruzara. Suspiré.
–Supongo que debo compensarte por ser mi guía en la escuela.
–¿En serio? ¿D-de verdad me vas a ayudar? –parecía demasiado sorprendida.
Me encogí de hombros.
–Sí, ¿por qué no?
–¡Gra-gracias! ¡Sería muy bueno! –. Me tomó de la mano y la sacudió animadamente. No me gustaban que me tocaran porque si, en especial alguien por fuera de mi familia. aunque sabía que en estados unidos era distinto, eso no cambiaba las cosas para mí.
Sigo lastimado.
–B-bien, ¿puedes soltarme? –, dije, tirando de mi mano. Rápidamente me soltó, sus mejillas ruborizadas de vergüenza. Intentó reír, pero ¿a quién engañaba?
–Sí, p-perdona. Me dejé llevar.
–Eso es claro–, susurré.
–Así que…–, comenzó a preguntar–, ¿C-cuál es tu agenda? ¿Te parece si la miro? –. Sacudí la cabeza y luego busqué mi mochila, y saqué mi programa escolar. Se lo entregué y ella se puso a verlo.
–Vaya, vas a varias clases avanzadas…–, susurró.
–¿Hay un problema con eso?
–Ah, no, es que comparto cinco clases contigo. Solo que no sabía cuánto sabias y cuanto no cuando llegaste a nuestro país. En eso soy un poco ignorante–, rió.
–Ah…
–Espera, ¿vas a estudiar francés? –, inquirió–. Eres de Francia, ¿no? Digo… ¿Para qué te anotas en francés si ya lo hablas?
–No tuve ganas de anotarme en español, y no hay ningún otro idioma que me interesara aprender en tu escuela–, expliqué, encogiéndome de hombros–¿Está mal?
–No, no. Estamos en la misma clase también–. Alzó el papel con una sonrisa y lo señaló–. Nos sirve, podemos ir juntos.
–Supongo que te vino bien ofrecerte para el puesto–, susurré. Ella asintió antes de devolvérmelo.
–Y, ¿dónde aprendiste inglés? ¿En la escuela?
–No, mi bisabuelo es hijo de militares. Creció en Estados Unidos, y él me enseñó.
–Que genial. También hablas bastante bien. Tienes algo de acento, pero no mucho.
–Me halagas–, concedí.
–Oigan, ¡ahí viene Shadis! – anunció uno de los chicos que hacía de campana en la puerta. Y era evidente que cumplió con su trabajo: ante el aviso, todos corrieron a sus sitios, esperando que no los viera. Petra devolvió la silla a su sitio, y me saludó con la mano.
–Charlamos después de clase–, me susurró y corrió a su sitio. Llegó a tiempo para cuando Shadis entró, molesto y enojado. Tuve la sensación de que era su estado natural.
–Que bien que todos se comportaron–, dijo–. Ahora, volvamos a la clase, ¿quieren? –, insistió. Aparté la mirada, pero, en vez de fijarme en la práctica, me fijé en Petra.
Me miraba, sonriendo mientras me saludaba. Me reí para mis adentros y giré los ojos, pero ella no pareció desanimarse. Ni por nada de lo que hiciera, lo que era extraño, aunque encantador a la vez.
Acababa de hacer un amigo, ¿no?
El frío del cemento no se sintió bien contra mi espalda, como tampoco la lluvia que me empapaba la ropa. Me incorporé sobre los codos, el pecho agitado por la falta de aire, pero me lo volvió a quitar la brutal patada del neandertal que tenía encima. Tosí, saboreando un ligero gusto a sangre.
¿Así era como iban a terminar las cosas para mí?
–El mierdita no es la gran cosa ahora, ¿no? –, dijo el que lo acompañaba. Otro se puso a mis espaldas, apretando el pie contra mi columna.
–Mucha boca para tan poca cosa–, comentó. Lo miré con odio, y le habría taladrado la cabeza con los ojos de haber podido.
–Fils de pute. Va te faire enculer–, le insulté, aunque sabía que el microscópico cerebro yanqui no me entendía, y eso me daba más gusto.
–¿Qué onda, mierdita? –, preguntó, y me tomó del cuello de la camilla–. ¿Tenes algo que decirme?
–¡Dije que eres un hijo de puta, y que te den por el culo! –, ladré.
–El mierdita tiene una bocota–, rió uno de sus amigos. Aparentemente, no le gustaba que sus amigos se le rieran. Tampoco que lo tiraran al suelo como a mí. Bien.
–Mierdita–, volvió a arrojarme contra el suelo, golpeando mi cabeza contra el concreto. Me quejé de dolor, pero él todavía no terminaba. Sentí el dolor de su taco de metal en la espalda, una y otra vez. Unas dos costillas debieron habérseme roto para cuando paró de patearme, pero todavía no estaba satisfecho. Me dio la vuelta, con la dolorida espalda contra el suelo, y me piso en el vientre. Le clave las uñas en la pierna, pero me fue imposible atravesarle el jean–. ¡Te desafío a volver a insultarme!
–Bastardo…–, silbé, y él pisó con más fuerza. Sentí que mis órganos eran aplastados, y algo sonó horriblemente roto en mi interior. Seguro otras costillas, pero sentía demasiado dolor como para distinguir el sonido.
–Vete a la mierda, chinito.
–E-eres tan imbécil que no diferencias un chino de un francés–, gemí. Me escupió por responderle, y no pude sentir más asco. Sólo Dios sabía cuántas pestes tenía ese encima.
–Ya está bien–, gruñó, y me cogió de los brazos. Me hizo poner de pie y mis huesos maltrechos respondieron con un dolo inimaginable. Me aplastó contra la pared, colocando mis manos sobre mi cabeza y sujetándome con una mano. La posición me hizo que me estirace, sin poder liberarme por el dolor que sentía–. Estoy seguro de que esto te callará–. Ni bien dijo eso, sentí su otra mano en mi cinturón.
El corazón comenzó a darme saltos, la sangre correr y el aliento se me heló. Le oí soltar la hebilla, y chillé. Todo mi cuerpo rechazaba la idea de moverse, pero no podía dejar que eso pasara.
No, no de nuevo. No quería que volviera a sucederme. No podría soportarlo si así era.
–¡Miren al bocón! –, celebró uno de los hombres. Los otros le animaron a seguir, y todo lo que podía hacer era retorcerme y gritar.
–Ruega, perra. Ruega para que pare–, ordenó con ese asqueroso aliento en mi oreja. ¿Rogarle y humillarme por completo? Prefería la muerte.
–Vete al infierno–, respondí. No me rendiría. Me mordió el hombro y sentí la carne abrirse. Grité, tirando las muñecas para zafarme, pero solo logré que tirara del borde de mis pantalones.
–¡Dije que ruegues! –, demandó. Sentí la presión en mis muñecas ceder, apenas y por un segundo.
Fue una oportunidad que no podía perder.
Tiré con fuerza, liberando una. Lancé un codazo hacia atrás, y puede que sonriera al oír la nariz romperse. Para mi desgracia, no lo maté, pero logré liberarme. Le caí a puñetazos, una y otra vez, dándole donde acertara. Sentí como si los nudillos se me destrozaran con cada golpe, pero era cuestión de vida o muerte. Si de verdad iba a morir, me aseguraría de pelearla.
Cuando su espalda dio contra la pared, vi el brillo de su arma colgando de su cinturón. La saqué y levanté, apuntándolo mientras lo miraba. No oía más que la lluvia y a los hombres que miraban quedarse helados en su sitio.
–N-no lo harías… no tienes los huevos…–, tartamudeó el tipo contra la pared, a través de sus dientes rotos. Apreté los dientes con furia.
–Apostemos tu vida en ello–, dije y apreté el gatillo. Un disparo al hombro. Volví a apretarlo. En la pierna. Gritó de dolor cuando apreté la tercera vez.
La bala de mi arma no salió, pero si otra. Sentí un terrible dolor atravesarme el muslo y caí al suelo, soltando la pista mientras me cubría la herida nueva. Ardía como la mierda, y el dolor del cuerpo pareció sumarse, haciéndome recordar, de repente, cuanto dolor estaba experimentando.
Iba a morir, ¿no es así?
–Qué maravillosa demostración–. Un repentino aplauso, y el grupo de matones se abrió. Un segundo y aterrador hombre, con una barba grotesca y cabello corto con un sombrero se erguía allí. Tenía facciones terriblemente filosas, con la barbilla y mejillas sobresaliendo como nunca había visto. Era alto, parecía un esqueleto andante por lo flaco que era. Contra la cadera llevaba unas pistoleras, pero una sola en su sitio, la otra en sus manos que aplaudían–. Me hizo llorar. ¿O será la lluvia?
Apreté los dientes por miedo. Me tragué el dolor mientras buscaba el arma, a centímetros de mi mano. Me estiré a tomarla, pero su pie me cayó encima y chillé, intentando liberarme. ¿Cómo era que se movía tan rápido?
–Chicos, tomen nota. A pesar de estar con un cuerpo desecho, sigue peleando para vivir–, dijo y se volvió a los otros. Luego miró al que había hecho un amasijo de sangre, y frunció el ceño–. Eres un ejemplo patético–, dijo.
–P-perdone, jefe–, dijo el otro. ¿Así que este era el jefe verdadero?
De verdad iba a morir.
–¿Cómo te llamas, chico? –, me preguntó el jefe, mientras se agachaba a mi lado. El peso de su pie se duplicó, pero si lo hizo a propósito no pude saberlo. Todo lo que percibía era que sufría y no iba a responderle–. Sé que hablas inglés, lo suficiente como para fastidiar a mis subordinados.
Alcé la cabeza lo suficiente como para mirarlo y mostrarle los dientes, pero no se inmutó. Mas bien pareció complacido ante mi reacción.
–Capaz que tendrías menos ansiedad si te digo el mío. Hola, me llamo Kaney–, dijo, alargando la mano. ¿Me estaba cargando? –. Ya conociste a mis hombres, y causaste un poco de lío, por lo que veo.
–Vete a la mierda–, le escupí.
–¿"Vete a la mierda"? ¿Quién le pone ese nombre a su hijo? –, repuso, volviéndose a los idiotas que seguían a sus espaldas. Parecían tan sorprendidos como yo–. No es un buen nombre para un muchacho como tú. ¿Qué edad tienes?
–¿Señor…? –, dijo uno de los hombres–¿Q-qué hace?
–Conversar un poco–, respondió Kaney–. Así que, ¿nombre, edad? –, insistió. Miré al piso, pero la presión sobre mi mano se incrementó. Contuve un gemido, porque sabía que algo se rompería si seguía con eso.
Lo hacía a propósito.
–¿Tu nombre…? –, dijo, alzando un poco la voz–. Se, por lo menos, educado.
–R-Rivaille–, mascullé.
–Rivi… Rivall…– aquí vamos de nuevo–. Rivi rival pequeño rival levy levi. ¿Qué te parece Levi? Es más sencillo para pronunciar–, sugirió.
–Es Rivaille–, repliqué, diciéndolo más despacio. De verdad odiaba que la gente no lo dijera bien.
–Así que, Levi– ¿Me ignoraba? –, ¿Qué edad tienes?
Un poco más de presión se sumó. No preguntaba, exigía.
–Di- dieciséis–, resoplé, tirando de la mano. Para mi alivio, me soltó, y me llevé la mano herida al pecho maltrecho. Le había dado lo que pedía.
–Dieciséis. Un poco joven para meterse en estos líos, ¿no te parece?
–Vete al cuerno–, volví a rugir.
–No, es "Levi"–. Su brazo me tocó el hombro. Si no fuera por el dolor, habría salido corriendo; sin embargo, la pérdida de sangre comenzaba a marearme y dejarme sin aire–. Así que, pequeño Levi, voy a adivinar–, dijo Kaney, llevando el arma adelante y hacia atrás–. No tienes familia, ¿verdad?
Le miré con todo el odio que podía acumular-
–Mhm, ya me parecía. Y seguro que tampoco vas a la escuela. Eres demasiado listo para estos, y te metiste en problemas, cuando en realidad es la escuela la que te falló, ¿verdad? –, agregó, colocando el arma en su funda. Arrugué el ceño meditabundo mientras lo miraba, ya no tan enojado, sino más bien confundido.
¿En verdad adivinaba? Estaba demasiado acertado como para eso. ¿Cómo es que sabía de mi situación?
–Adivinaré que tampoco tienes familia en este país. Todos los que te importan quedaron allá de donde viniste, lo cual te hace un total desamparado aquí, ¿no es cierto?
–¿Cómo lo sabe? –. Quise sonar bravo, pero no lo logré. Lo acuso a la falta de sangre y el dolor, pero ya no podía sonar enojado.
–Porque estoy viejo. Sé cosas del mundo–, se explicó, pero no me la creí–. Porque eres joven y no sabes una mierda–, agregó. Esa no pude refutarla, pero seguro fue por el dolor.
Quise sentarme, ganar algo de distancia, al menos un centímetro, pero dolía. Estaba demasiado cerca para mi gusto.
–¿Jefe…? –. Uno de los tipos detrás de Kaney habló. El aludido masculló por lo bajo antes de tomarme del brazo y levantarme. Apreté los dientes para aguantarme, pero fue demasiado. Solté el inevitable grito de dolor mientras me obligaba a ponerme de pie. El dolor de mi muslo me recorrió el cuerpo y las rodillas cedieron bajo mi peso. Pero los brazos de Kaney estuvieron allí al instante, alzándome en como una novia, algo que para nada me agradó.
–¡Suéltame! –, exclamé, golpeándole le pecho con la mano sana. No cedió.
–Bueno chicos, levanten a su amigo y vamos–, dijo, y se puso a andar.
–E-espere, jefe, ¿Qué hará con él? –, repuso uno de los matones.
–Lo traeré con nosotros–, respondió, como si fuera nada. Sentí el pánico embargarme ante su respuesta, pero el dolor me impidió retorcerme, además de la forma que en me sostenía y los huesos rotos.
–¿Por qué…?
El tipo que había atacado intentó levantarse, pero no pudo sin ayuda de sus aliados. Kaney se detuvo y lo miré hacer la expresión más extraña posible. Parecía enojado y, a la vez, triste. También decidido en algo que no sabía.
–Te digo una cosa–, dijo, con un tono bajo y amenazador–. Cuando Levi disparó, vacilaste, ¿verdad? –, le preguntó. Los matones se quedaron en silencio, y yo dejé de retorcerme–. Levi no lo hizo. Frente a un grupo de matones, y sacó el arma, listo para matar.
–No me mató–, gruñó el otro.
–Lo habría hecho de no haberlo detenido yo–. Kaney miró por sobre su hombro a los demás–. Solo quería verte sufrir. Aun ahora sigue luchando, a pesar de sus heridas, así que ponte derecho y deja de ser una marica–, ordenó, con un tono sibilante.
–¿Qué… está haciendo? –, inquirí, pero noté que la voz me fallaba. Las cosas comenzaron a girar y ponerse oscuras, y me sentí muy cansado.
–No le guardes rencor. La mayoría de mis chicos en mi banda son niños sin casa. Sin familia o techo sobre sus cabezas, ¿A dónde irían en un mundo tan cruel? –, me preguntó. Le parpadeé, atónito. No pude armar siquiera una respuesta decente.
Estaba demasiado agotado.
–¿Qué dices, Levi? –, continuó–. Posiblemente, sea mejor que lo que ahora tienes.
–Mmf…–. Intenté responderle, pero apenas podía sostenerme.
–Lo tomaré como un sí.
–Oye, Levi.
Levanté la cabeza cuando me llamaron. Había un chico parado, uno que no reconocí: debía ser nuevo. Era alto, más que yo (la mayoría era así), con el cabello blanco peinado hacia atrás. Tenía un brazo vendado, así como en las muñecas.
Sip, un novato. Todavía lastimado.
–¿Qué mierda quieres? –, repuse, soltando humo. Pareció intimidado por mí, sin duda todavía me desconocía.
–Ah… esto…
–¿Qué…? Escúpelo ya.
–Ah, el jefe quiere verte–, dijo, mirando al suelo.
–¿Kaney…? ¿Qué carajo quiere? –. Volví a dar una calada al cigarrillo antes de dejarlo caer y pisarlo en el suelo–. ¿Y bien…?
–N-no lo dijo…
–Mira a la persona que le hablas. No seas un pendejo maleducado–, señalé, antes de pasar por su lado y chocarle el hombro. Ni me disculpe, ¿para qué?
–Pe-perdona, Levi…–, susurró a mis espaldas. Le miré por sobre el hombro por última vez.
Sip, de seguro desconocía quien era yo, y ni me importaba.
Para nada. Kaney me quería ver, y eso era lo que debía tener en cuenta por ahora.
Crucé el edificio, disfrutando brevemente el calor. Se estaba poniendo fresco para ser agosto, pero Kaney se aseguraba de que su propiedad estuviera en condiciones para sus chicos. Lo agradecía, así que, ¿Quién cuestionaría tener un edificio exclusivo? ¿Por qué nadie se preguntaba cómo era que él lo poseía y a tantos menores en ese sitio?
No lo sabía, pero no lo cuestionaba. Me dirigí a su oficina sin vacilar.
Llamé cuando llegué, y pronto me permitieron pasar.
–¿Kaney…? –, llamé.
–¡Eh, Levi! –balbuceó desde su bar. Un bar en una oficina me encantaría tener uno así.
–No estarás borracho devuelta, ¿no? –, repuso, mientras cerraba detrás de mí.
–No, no todavía, al menos. Tomé dos o tres shots de vodka antes de caerme–, bromeó.
–No bebas en mi presencia. Ya tuve bastantes borrachos con los cuales lidiar–, dije, antes de me indicara que me acercara.
–Siéntate conmigo, Levi.
–¿Para qué me querías ver? –, pregunté mientras me sentaba en la barra, a su lado–. ¿Y quién era el chico que me habló?
–Uno nuevo: Farlan Church. Parece que sus padres se suicidaron, y quisieron llevárselo con ellos, pero logró sobrevivir–, me explicó, mientras bebía.
–Eso explica las vendas–susurré. Kaney levantó la botella, haciéndome un gesto para que la tomara. Obedecí y me serví un trago.
–Sep. Una tía lo recibió, pero no pudo soportarla. No sé cómo llegó aquí, pero lo hizo.
–Eres demasiado amable como para ignorar a un niño perdido–, repuse.
–Cierto, cierto. En fin, es parte de lo que te quería hablar–. Tomó la botella de vodka de mi mano y volvió a servirse. ¿Qué onda esto, era el segundo o tercero que tomaba? ¿Y cuantos tragos tuvo antes de que llegara?
–¿Qué pasa? –. Lo miré por el rabillo del ojo, agresivo.
–¿Cuánto hace que estas con nosotros, Levi? –, me preguntó, haciendo girar su trago–. Casi un año, ¿verdad? Debe ser. Tu cumpleaños es en diciembre, por lo que ya tendrás diecisiete…
Comenzó a divagar. Le chasqueé los dedos en la cara, irritado, haciéndole saltar en su sitio por la sorpresa.
–Dije que nada de fiestas–, gruñí.
–No, no, no es eso… pero es que no lo había considerado–, rió–. Solo recordaba cuanto había pasado desde que te rescaté. Unos buenos meses ya. En fin, solo has hecho diez o trece misiones para mí, y aun así sobrepasaste mis expectativas.
–Me halagas, Kaney–, suspiré, sirviéndome otro trago. ¿Cuándo me lo había bajado?
–Oh, calla. Bueno, sé que tu brazo todavía está recuperándose y algo duro por la última misión, pero tengo un último paquete que debes recoger para mí.
–Y estoy bien, gracias–, dije–. Kaney, estoy cansado. No quiero hacerlo–, chillé, agachando la cabeza sobre el brazo sano.
–Ya lo sé, pero es importante. Hay un tipo que me debe plata, y no me paga.
–Has que lo haga el nuevo pibe–, volví a dejar mí, otra vez, vaso vacío sobre la barra. Carajo, era fuerte ese vodka. Ya me temblaban las piernas.
–Levi, solo escúchame–, dijo, volviéndose a verme. Suspiré y me enderecé, pero mentiría si no dijera que el chupi me había dado mareos y no tenía ganas de escucharlo–. Gracias. Mira, no es solo una misión de "ir por plata y volver". ¿Ese pibe, Farlan? Bueno, ya se ha probado a sí mismo.
–¿Cómo así?
–Descubrió que este pedazo de mierda humana trafica personas, ¿y donde tiene la plata? No sé, pero tampoco lo quiero. No es que tenta tanto asco para rechazar la plata, pero vende chicos. Niños, Levi. Nenitos que ni llegan a los diez. Solo Dios sabe que les pasará…–, balbuceó, y supe el porqué.
Debía pensar. Necesitaba que la información se asentara, y así fue.
Carajo, ¿tráfico de personas? ¿Por qué niños? Qué pregunta. Sabia el porqué, porque me pasó, pero todavía me parecía algo irreal.
Pero no lo era.
–Levi–. Levanté los ojos para encontrarlo mirándome de frente. Ladeó la cabeza, con los labios entreabiertos dejando salir el aliento de alcohol sobre mi cara. Arrugué la nariz por el asco–. Sé lo que significa para ti, especialmente para ti. Podemos ayudarlos, Levi, solo nosotros, pero preciso tu ayu-
Ni lo dejé terminar la frase.
–Lo haré. Sólo dime cuándo y dónde, y lo haré.
La sonrisa de Kaney fue intimidante.
–Ese es mi muchacho.
Sentí como si las orejas me quemaran. Las voces del nuevo, Farlan, y su líder de grupo, Fragon, me ponían humor de perros. No paraban de quejarse, lo que los llevó a discutir, lo que llevó a que se gritaran. ¿Acaso planeaban echar todo al diablo antes de empezar?
–¡¿Podrían callarse?!–, silbé por lo bajo. Farlan y Fragon me miraron con una mezcla de sorpresa e impresión, pero Fragon era el más enojado de los dos.
–¿Quién eres para darme ordenes? –, dijo, dando un paso hacia mí.
–¿Quieres recibir el primer balazo? –. No pensaba achicarme; de hecho, di un paso adelante, enfrentando su mirada. No me importaba que fuera más alto, eso era mejor–. Adelante, pero, los demás, cierren el pico y no se metan en el medio.
Sep, así pasó. Si no me había tenido miedo, ahora sí. Retrocedió, un poco por el miedo, mientras yo me ponía manos a la obra. Hice un lado mi enojo para mantenerme en calma en tal situación, invistiendo un aspecto relajado. Proseguí con lo que, hacia antes de la discusión, abrir la cerradura de la puerta que tenía delante, y con un movimiento de la muñeca y la navaja, hizo clic.
–Bien–, susurré, sacando mi pistola. La mantuve cerca mientras me asomaba a la puerta: no había nadie en el camino. Miré atrás: –. Recuerden lo que dijo Kaney: dejen a los inocentes. Una vez que tengamos la plata, Farlan llama a la policía y les cuenta lo que pasa acá. Eso es todo.
–No se salgan del plan–, enfaticé–, ¿estamos claros?
Los otros cuatro, quitando a Farlan y Fragon, asintieron. Me llevé un dedo a los labios, indicando que hicieran silencio y abrí un poco más la puerta.
El pasillo estaba desierto, sin gento o muebles. Las únicas decoraciones eran números de metal en las puertas, colgando de ganchos simples. Entré, con los oídos atentos a cualquier sonido, ya fuera un grillo o alguien siendo golpeado. Por suerte, no hubo nada de eso.
–¿A dónde vamos ahora? –, me preguntó Fragon.
–Adelante, pero primero revisen los cuartos–, dije.
–¿Y si adentro hay alguien? –, repuso Farlan. Apenas di un respingo, lo tenía justo detrás. ¿Cuándo se acercó tanto?
–Si son inocentes, déjenlos. De lo contrario, siléncienlos. No me importa lo que hagan, solo hagan que cierren la boca–. Fui directo hacia la primera puerta. Apenas giré el picaporte y se abrió. Era un puerta tan débil y patética que me sorprendió que no se cayera sola. Ignorando eso, miré dentro.
Alguien dormía sobre el suelo, en un colchón, con una delgada y maltrecha sabana como cobertor. Entrecerré los ojos en la oscuridad, y me percaté que la persona estaba completamente desnuda. Debía conservar la cabeza calma, porque sabía que pronto todo acabaría. Conseguir la plata, ir, y la gente estaría a salvo.
Sentí lastima y culpa por dejarle atrás, pero no me quedaba otra. Temblando y gimiendo por lo horrible del ese cuarto, lo cerré para que descansara. Solo Dios sabía cuánto faltaba para que todo se fuera al infierno, y cuando fue su ultimo descanso.
Miré a los demás, intentando entender lo que hacían. Ahora, tres esperaban junto a una puerta, esperando dejar ese pasillo y seguir con la misión. Farlan estaba en otro, peleándose con el picaporte y retorciéndolo como un perro con su juguete.
–¿Qué demonios haces? –, interrogué, yéndole encima. Una mejor pregunta habría sido "¿qué carajo te pasa?".
–La maldita puerta está trabada–, gruñó, volviendo a tirar.
–Deja–, ordené, apartándolo antes de darle una patada a la puerta. Una nube de polvo nos dio, ahogándonos con toses, mientras los otros se cubrían el rostro con sus camperas.
–Es una manera de hacerlo– dijo Sayram, el nuevo lacayo de Fragon. Tosí un poco más para limpiarme los pulmones y me cubrí con mi pañuelo, obligándome a abrir los ojos.
Y los abrí de sorpresa.
Dentro, en una esquina, había una niña pequeña. Tenía la cabeza oculta entre las rodillas, las cuales estaban desnudas. En realidad, casi lo estaba por completo, a no ser por la camiseta enorme que vestía. La falta de ropa exponía su cuerpo demacrado, causando escalofríos. Se le saltaban horriblemente los huesos, como a esos chicos que ves en la tele, y solo allí.
Todo sobre ella, incluso el cabello, daba asco. Lo tenía corto, como si alguien había tomado una navaja y solo cortado todo. Estaba pegoteado y sucio, tanto que no estaba seguro de si era pelirroja o era sangre seca. El resto estaba en la misma condición, pero pude notar moretones por debajo de las capas de mugre y, rogué, agua.
Era tan pequeñita y frágil, no debía tener más de cinco años, sino menos. Kaney dijo que habría niños, y por eso esperaba lo peor, pero verlo y esperarlo eran dos cosas distintas.
Y era evidente que me sorprendió para mal.
Uno pensaría que patear la puerta de alguien lo haría reaccionar, pero no fue así. Cuando el polvo se asentó y nos dejó verla, ella apenas levantó la mirada. Entrecerró los ojos por la luz, pero pude percatarme de sus ojos verdes, brillando en la oscuridad.
–Es un niño–, se admiró Sayram.
-Gran observación, imbécil–, mascullé en el pañuelo. La niña siguió mirándonos, o, más bien, a mí. ¿Algo le llamó la atención? Eso creí, pero sus ojos se fijaron en los míos, no en mi cuerpo.
–Mierda, n-no creo…–, empezó a decir Farlan, pero se calló. Exacto, no pensó.
Tampoco yo.
–¿Qué hacemos? –, preguntó Sayram.
–La dejamos–, indicó Fragon.
–¡Pero es sólo una nena! –, exclamó Farlan.
–No importa. No nos metemos con los inocentes. El trabajo es conseguir la plata y largarnos. La única manera que tenemos de ayudarles es llamar a la poli para que los saque de aquí–, explicó Fragon, dándose la vuelta–, ¿No es cierto, Levi?
–Es cierto…–, susurré. Los ojos de la niña fueron a los otros mientras se apartaban. Me miré a mí mismo, y les observé mientras iban a la puerta, antes de que Fragon se volviera a mirarme.
–¿Qué esperas? –, dijo, posiblemente molesto.
–Ve adelante–, dije.
–¿Qué? ¿Por qué? –, inquirió Farlan.
–Debo hacer una inspección. Después de todo, Kaney me pedirá un reporte sobre esto…–, mascullé, esforzándome en no mirar a la niña, en mirar a otro lado. Tantas puertas, y todas seguro guardaban más niños y adultos que podría contar.
Qué asco.
–No es una buena idea…–, dijo Sayram, pero una mirada mira bastó para que bajara la cabeza como perro que ha sido encontrado revolviendo la basura.
–No me importa. Voy en cinco minutos. Que no los descubran–, indiqué. Se miraron unos a los otros, pero Fargon y Sayram se encogieron de hombres y siguieron. Farlan se quedó atrás, confundido por mi decisión. no pensaba dejarle motivos para quedarse.
–¿Qué acabo de decir? Muévete–, ordené. Miró otra vez a la distancia, y se marchó.
Así me quedé solo. Bueno, casi solo.
La niña seguía mirándome. No hubo palabras, movimientos o algo de su pequeña figura. Seguía completamente quieta, solo se oía lo que parecía ser lluvia en el exterior. ¿Cuándo se puso a llover?
No estaba seguro, aunque tampoco me importaba. Volví a mirar en derredor, achicando los ojos para acostumbrarme a la oscuridad. A diferencia del otro cuarto, donde había lo que parecía una cama, aquí no había nada más que la sabana, rota, sucia y más allá de salvataje alguno. Qué condiciones de mierda, en especial para un niño. Volví a mirarla, pero no había dejado de mirarme.
–¿Qué miras? –, repuse. No respondió, y no supe por qué me sorprendía. No debería. Después de todo, era un extraño que había derribado la puerta de un cuarto sin ventanas y solo una sábana. Que desconfiara no era sorpresa.
Antes de entrar, suspiré. La piel se me erizó: al dar dos pasos dentro, pisé algo, sólo Dios sabe qué, que hizo un ruido asqueroso. Me causó asco, pero algo me dijo que mirara, y eso hice. No veía bien, pero podía oler, algo que alguna vez estuvo vivo, pero ya no. El olor a carne podrida.
Solo desee que no fuera humano.
–Jesús…–, susurré, haciéndome a un lado. Volví a mirarla, seguía con su mirada atenta en mí. ¿Alguna vez salió de ese cuarto? – ¿Cómo te llamas?
Sin respuesta otra vez.
–¿Por lo menos me entiendes? –, pregunté. No esperaba mucho, pero me sorprendió que asintiera, apenas–. Y, ¿por qué no hablas? –. Desconozco el motivo por el cual me desilusione que no respondiera.
–Qué cosa…–, gruñí.
Di un paso adelante, con cuidado ahora, antes de agacharme delante de ella. Tan cerca era capaz de oler sus heces, y casi vomito. Era evidente que su olor, ¿de quién más? Yo no.
–¿Hace cuánto estas acá? –. No sé por qué me molestaba. No había respuesta alguna, solo su insistente mirada. ¿Por qué? ¿Por qué tenía sus ojos pegados en mí de esa manera? ¿Por qué no apartaba la mirada? – ¿Me tienes miedo?
La pregunta me salió antes de que la pensara, pero ¿y qué? No me importaba lo que ella pensara, porque pronto estaría a salvo. Que la ayudara o no, no importaba, porque pronto iría a casa.
¿Tendría una?, me pregunté. Seguro una niña debe tener una casita y padres amorosos que la cobijen. No debía ser demasiado grande, quizá cuatro como mucho. Ya pronto debía empezar la escuela.
Recordé como fue para mí. Mi vida era una cagada, y la escuela el único refugio, cosa que entonces no lo sabía. Al crecer, lo supe, y agradecí a la escuela y maestros que me rescataran de mi infierno personal. Aunque solo fuera sentarse para oír clases aburridas, me la aguantaba.
Era mejor que estar allí. Allí, donde me pegaban y violaban por nada más que divertimiento. Donde me vendían para comprar drogas y otras cosas. Donde la gente no venía a la casa para "charlar" con mis padres.
Me hacía acordar de ahora. Iba a lugares, "conversaba" con gente que le debía plata a Kaney: si no pagaban, bueno, acababan peor que mis padres.
Se lo merecían, todos. No hacían lo que debían, y yo solo me ocupaba de ellos. Hacía aquello que ni la poli u otros harían, y era muy bueno en ello. La gente retrocedía en mi presencia, temerosos, como aquellos que conocí de joven.
Resoplé. Me daba gracia, porque, en un punto, me acordé de mi padre diciéndome esas mismas cosas. Que solo ayudaba a la gente con sus acciones. Que pedazo de basura, porque mírenme ahora. A ocho pies bajo tierra y con sólo una caja por compañía.
… Oh por Dios.
Abrí los ojos de par en par, y me descubrí levantándome y alejándome de la niña. Sus ojos persistían en seguirme, pero yo ya no podía prestar atención. Estaba ocupado en mirar en derredor.
¿Dónde carajo estaba? Una casa de crack, ¿verdad?
Mierda, ¿cómo es que terminé allí? ¿Cómo era que estaba en ese lugar? ¿Por qué en este, en uno con peste a mierda y cuerpos pudriendo en el suelo? ¿En dónde el techo no era más que cartón y alambres, con la puerta colgando de sus remaches (cosa que era mi culpa)?
Pero no quería hacerme cargo. No debería haber estado allí. No lo deseaba. Quería ir a casa, a donde fuera que estuviera. desconocía la ubicación, pero deseaba saberla. Necesitaba mi hogar, necesitaba estar allí y no aquí.
¿Cómo es que mi vida terminó en esto? ¿Cuándo fue que terminé tan hundido en la mierda?
¿Cuándo me convertí en ellos?
–Carajo… mi-mierda…
Di vueltas en el cuarto. Estaba demasiado confundido, así que ni me fijaba si pisaba los restos del cadáver. Algo crujió bajo mi pie, y vagamente reconocí el sonido de huesos romperse.
Tenía miedo. Miedo de bajar la mirada, de ver el cuerpo, a la realidad de la situación. No quería mirarme tampoco. No era capaz, y todo era mi culpa. Yo mismo me había metido en ese lio.
Estaba convencido de que iba a salirme.
Con miedo a que los otros regresaran por mí, rápidamente saqué el arma de mi jean y la bajé. Creí que con eso bastaba, pero entonces recordé mi pequeña "reserva" dentro del calcetín. También la saqué y tiré, sin fijarme donde caía.
No la precisaba. No en mi vida, y precisaba salirme antes de que fuera tarde.
Con esa evidencia deshecha, corrí a la puerta. Corre, vuelve a casa y se libre. Eso era lo que me decía la consciencia, pero entonces el cuerpo se me detuvo. Miré por sobre el hombro, a la niña que ni se había movido. Seguía mirándome, como esperando algo.
¿Qué? ¿Qué esperaba de mí? ¿Qué podía hacer yo por alguien como ella?
Me mordí el labio antes de regresar a su lado. Me quité la campera y, con mucho cuidado, le cubrí los hombros. No pareció molestarse por mi contacto, pero no quise arriesgarme.
–Te voy a sacar de acá–, le explique. No estaba a seguro de que me comprendiera, pero no importaba. La iba a proteger y, mientras ella lo supiera, me bastaba. Lo que vendría era lo que realmente me asustaba.
–Necesito cargarte, ¿está bien? –, le pregunté. Me sorprendió que ella alzara los brazos, como si consintiera. El levante de las axilas y la sostuve cerca.
La camiseta la cubría bastante, porque estaba más flaca de lo que había previsto, y era muy liviana. Mierda, muchísimo. He levantado cachorritos bebe con más peso que ella, y no bromeo.
En el proceso, mi mano sin querer le rozó el pubis. Me paralicé.
Los malditos pervertidos ni le dejaban usar ropa interior.
–¿Estás bien? –, dije. La sentí asentir contra mi cabeza, y salimos. Crucé por donde entré al edificio, solo para darme cuenta de que la lluvia había arreciado. Sin duda sería un problema, pero no lo pensé. Solo me importaba la niña que cargaba en brazos. Con esa preocupación extra, me quité el pañuelo y se lo puse en el cuello.
–Consérvalo, ¿okey? –. otro asentimiento. Volví a enfrentar la lluvia antes de avanzar. No podía buscar el auto, porque me encontrarían.
Debía correr. Correr y hallar un lugar donde llevarla y estar a salvo.
Y sólo conocía uno.
La puerta se abrió delante de mí, y ver a la joven de la secundaria, su largo cabello naranja con aquella sonrisa fue como un mensaje de Dios, si es que existe. La sonrisa de Petra al instante se volvió una mueca y sus ojos expresaron su temor. Aquellos ojos castaños se fijaron en la niña que cargaba en brazos, y supe que ella se descompondría.
–Petra–, dije, quedándome sin aliento–. Necesito de tu ayuda.
La taza de café que tenía en la mano estalló contra el suelo. Se hizo añicos, y me sentí culpable, me haría cargo de eso después, pero, ahora, la niña era más importante.
–R-Rivaille…–, tartamudeó.
–Petra, por favor. Necesito que me ayudes–, dije. Asintió con vehemencia, antes de abrir la puerta y dejarme entrar. Pasé a su lado y me dirigí derecho la primera cosa cómoda que había, que resultó ser el sofá.
–Buscaré unas mantas–, la oí decir a mis espaldas. Dejé a la niña sobre el sofá, rápidamente quitándole el pañuelo y la campera que le había puesto. Sentí pena por ensuciarle el sofá a Petra, porque el barro y demás mugre no saldrían. También me haría responsable, pero después.
La niña no dejaba de temblar. Su cuerpo estaba empapado y frio, y no sabía que hacer para ayudarla. ¿Habría siquiera algo? Podría haberme deshecho de esa asquerosa camiseta, pero ¿le habría hecho bien?
–Mira–, Petra regresó en segundos, con dos pesadas mantas en las manos. Hizo lo que yo tenía en mente: le quitó la camiseta a la niña y la tiró a un lado. Sus costillas se asomaban en todos los sitios que no debía, y sus caderas se hundían. No podía mirarla, pero Petra pronto la cubrió–. Rivaille, tengo un botiquín en la cocina. Ve por él–, indicó.
No hizo falta que lo repitiera. Pronto estuve en la cocina, buscando en los gabinetes por ese botiquín. No me cotó, lo tomé y, junto con un vaso de agua, por si las dudas. Cuando regresé, Petra se había movido más rápido de lo que esperaba. Ya tenía un paño con agua tibia contra la cabeza de la niña, y en la mano otro sucio. Dejé el botiquín a su lado, sin querer interrumpirla, y me caí sobre las rodillas.
Estaba agotado por, ¿qué, una carrera de cinco o seis millas?
–Gracias–, susurró ella. Sacó un termómetro del botiquín y se lo metió a la boca a la niña. Ella se quejó un poco, pero Petra la consoló rascándole la cabeza con el paño, relajándola.
–…Petra, gracias–, dije. No estaba seguro de si me oyó o me ignoraba, pero no hubo respuesta. En cambio, al cabo de unos momentos sacó el termómetro y lo leyó.
–No tiene fiebre, pero hay que cuidarla…
Lo dejó sobre una mesa, y suspiró.
–Entonces, ¿se pondrá bien? –, pregunté. Ella se quedó callada, solo mirando a la niña, como si no estuviera allí–¿… Petra?
Con un gruñido, ella me tomó de la muñeca y me hizo poner de pie. Me arrastró fuera del cuarto al pasillo, donde prácticamente me tumbó contra la pared. Iba a preguntarle que hacía, cuando un buen cachetazo me dio contra la mejilla.
Que me pegara una chica no era novedad para mí. Que me pegara alguien como Petra, sí lo que lo era.
–¡Hijo de puta! –. También el que me insultara.
–¡Ay, Petra! ¿Qué mierda? ¿Qué haces?
–¿Que qué hago? ¿Qué haces tú? –. Me empujó por los hombros contra la pared– ¿Dónde estabas? ¡De repente dejaste la escuela, desapareciste casi un año y ahora apareces en mi puerta con una niña en brazos! ¿Y quién demonios es?
–No lo sé, pero-
–¿Cómo que no sabes quién es?
Otro empujón. Esa vez estaba más preparado, así que no me tumbó contra la pared, pero, para su estatura, sí que podía causar dolor–¿De dónde salió?
–No lo sé–. Me hubiera gustado tener una mejor respuesta.
–¿Dónde la encontraste? –. Unas lágrimas comenzaron a surgir en sus grandes ojos.
–No te lo puedo decir–. Me hubiera gustado haberle dado una mejor respuesta.
–¿Por qué? Levi, ¿dónde has estado? ¿Qué estuviste haciendo? –. Lágrimas cayeron por sus mejillas, dándome una punzada de vergüenza–. Estuve preocupadísima por ti, ¡y ni tenia idea de donde estabas!
Ella se puso a darme puñetazos en los hombros. No me dolío tanto como ella seguro pretendía, pero igual giré los ojos. La tomé de las muñecas, sosteniéndola firme mientras seguía llorando.
–¡Estaba tan angustiada…! –, lloró.
–Petra…–, dije con suavidad. Cuando no me miró, tomé su rostro con mis manos heladas y la obligué a levantar la cara–. Eh, escúchame.
Eso hizo que me prestara atención, al menos porque me miró. Suspiré, acariciándole las mejillas con los pulgares y secando sus lágrimas. No era mucho, pero era algo.
–Escucha, estoy bien. Prometo que es verdad, y así ha sido.
–Entonces, ¿Por qué no me puedes decir dónde estuviste? –, dijo, temblando.
–Porque intento mantenerte a salvo–. Vi la confusión en sus ojos–. No te puedo decir, quiero, pero no puedo.
–Es… es algo malo, ¿verdad?
–En cierto modo… pero te juro que estoy bien.
–¿Ella viene de donde estuviste?
Petra apoyó la cabeza contra mi hombro. Había pasado tiempo desde que había tenido tal contacto con alguien. Creo que lo mas cercano fue cuando Kaney ponía su mano en mi hombro, pero nada más. Eso era algo nuevo, pero nada incómodo.
–En cierto sentido… no puedo decirte.
–¿Y sus padres?
–No lo sé. Como te dije, la encontré. No me ha dicho palabra alguna–. Ella apartó la cabeza y miró al pasillo. La niña no se movió del sofá, y pude ver que el tembló había cedido un poco. Suspiré, aliviado y contento de saber que estaba mejor.
No era mucho, pero haría lo posible para que mejorase.
–¿Tienes idea de su edad? –, susurró ella.
–No… ni su nombre–, admití, encogiéndome de hombros. Petra volvió a suspirar, su aliento cálido contra mi cuello. No me había dado cuenta del frio que tenia hasta que la sentí contra mí, cálida e incitante.
Quizás al fin había hecho la elección correcta por una vez en mi vida.
–Ah, me pregunto si tendrá hambre–, dijo Petra de golpe, y me dejó para ir a darle algo de comer. En fin. Era un pequeño precio que pagar, si eso quería decir que estaría a salvo. Por ahora la dejaría hacer–. ¿También tienes hambre, Rivaille?
Ese era un nombre que no había oído en mucho tiempo.
–Un poco, pero ocúpate mas de ella–, respondí mientras la seguía a la cocina.
–Muy bien…–, repuso ella, mientras sacaba una caja de fideos instantáneos–. Haré un poco más, por las dudas.
–Gracias–, respondí, sonriendo. Sus ojos volvieron a la niña del sofá. Apenas si se la veía por todas las mantas. Era como un perrito recién rescatado de la basura, y yo era el último que diría que se veía linda, pero era verdad.
–No sé si mis ropas le van a caber, pero creo que es lo mejor por ahora. Pero no tengo nada que te entre a ti–, explicó Petra, como si se disculpara por ello.
–Te dije que estoy bien, Petra. Primero ella. Cuando esté bien, nos ocupamos de mi–, dije, con una risita. Ella se ruborizó y rió, probablemente avergonzada por sus palabras, pero no me importaba.
No había sido cuidado más que por mis abuelos. Sin ellos, mi vida era bastante solitaria, aunque no me importaba. No me aprovecharía de la amabilidad de Petra, pero un poco de mimos no me vendrían mal. Claro que no me iba a propasar, porque me aseguraría de que le compensaría por lo sucedido y por suceder.
Las protegería. Ahora, sin embargo, yo era quien estaba a salvo.
Hasta ahí era lo que sabía.
Ndt: PUFFFFF QUE CAPITULO TAN INTENSO
