A forged wedding / Una boda fingida

Autor: mystyhollowdrummer

Traducción: Maru de Kusanagi


Ndt: ufffff… ¡AL FIN REGRESÉ! La universidad me absorbió estos meses, por lo cual me hizo imposible siquiera leer fanfics, con eso les digo todo…


Capítulo 19 de 31

19: Sólo quiero protegerte


En ese tiempo, no podía pensar con claridad. Todo lo que podía era balancearme adelante y hacia atrás, con las manos a los costados, o en la cara o tirándome de los cabellos. No me importaba de qué tiraba, porque estaba demasiado ensimismado en mis pensamientos, pero un tirón particularmente fuerte me hizo parar.

–Rivaille–. Quizás había sido Petra–, vas a hacer un hoyo en el suelo–. Agregó, bastante fuera de carácter. Suspiré, mirando el lugar donde me había puesto a dar vueltas. No lo había conseguido, pero las botas habían dejado una marca en la madera.

–Perdona…–, susurré. Con un estúpido antojo de sarcasmo, me moví a un lado, de manera de que no volviera a pisar el mismo sitio. Petra resopló.

–Rivaille, siéntate–, ordenó ella.

–No quiero.

–No me importa. Siéntate.

Cuando hablaba así, parecía que podía asesinarte con solo la mirada, ¿Cómo iba a desobedecerle? Me senté a su lado, obediente, escondiendo la cara entre las manos.

–Perdona–, volví a disculparme.

–Sé cómo te sientes. También estoy ansiosa, pero no podemos hacer otra cosa que esperar.

–Odio esperar.

No era yo el que chillaba, ¿verdad?

–Lo sé. Es horrible estar en esta situación, y más tener que esperar, pero no podemos apurar las cosas–. Su mano tocó mi espalda, un gesto suave y amable que trataba de aliviarme, pero no lo hacía. Yo seguía histérico respecto a todo lo sucedido y, hasta que no se terminara, la ansiedad no se me iba a pasar. Solté un pesado suspiro, queriendo, intentando relajarme, pero no podía.

–Lo siento–, volví a disculparme.

–No pasa nada–, dijo ella, soltando una risita. Levanté un poco la cabeza, observando en silencio la puerta que tenía cerrada delante. La odiaba.

–¿Crees que esté bien? –, pregunté, y miré a Petra. Su pequeña sonrisa se borró, y sentí el estómago darme una vuelta cuando el brillo de su mirada se desvaneció.

–…No estoy completamente segura… No sé nada de estos casos, o cómo se llevan a cabo… Puede que esté bien, o muy enferma.

Le había contado a Petra cómo encontré a la niña. Bueno, la mayor parte de la historia. Dejé muchas cosas fuera, en especial aquellas que podrían costarle la vida si alguien la descubría. Le conté que la había encontrado, que era víctima de trata, de cómo la saqué de eso y corrí. No le conté nada más.

Sin embargo, ella sabía lo que le había pasado. Que a esa pobre niña debieron haberla violado, torturado, enfermado, y todo eso me daba nauseas.

Por eso ella estaba allí, sentada en el consultorio médico y esperando a que terminaran de examinarla. Debíamos saber si estaba enferma, heridas internas o, Dios no lo permita, estuviera embarazada. A esa edad, y a los pedófilos enfermos no les importa nada. No me sentía capaz de contenerme de matar a cada uno de esos hijos de puta si alguna de esos diagnósticos salía de la boca del doctor. Iban a tener que atarme, porque seguro terminaba matando a alguien.

-Rivaille–. Petra debió darse cuenta de mi ansia de sangre. Me trajo cerca, obligándome a apoyar la cabeza en su hombro. No era alguien cariñoso, pero sabía que debía quedarme quieto–. Todo va a estar bien–, me dijo al oído.

–No prometas cosas que no puedes cumplir–, le imploré. Ella me apartó, mirándome directo a los ojos. Por un instante, brevísimo, en verdad creí que todo iba a estar bien.

–Ella va a estar bien. Vamos a cuidarla–, dijo, enfatizándolo con su mirada.

No me mires así. No merezco tanta amabilidad, o afecto. No merezco nada de eso, no después de todo lo que hice.

Suspiré.

–Mucho mejor–, repuso Petra, sonriendo. Me resultó irónico que, como en la tele o las películas, fue cuando la puerta del consultorio se abrió. Era como si Petra lo hubiera invocado con su promesa, tal como en la ficción. Era irónico y muy estúpido.

Entonces, no le importó demasiado. Cuando el medicó salió, me puse de pie en un segundo, otra vez ansioso y con el corazón palpitando a mil.

Por favor, que la nena esté bien.

–¿Cómo está ella? –, pregunto Petra por mí, ya que, por algún motivo, había perdido la voz.

–Está bien. Un poco alterada por todo, pero bien–, respondió el galeno, acomodándose los lentes.

–¿Está enferma?

–No, y antes que lo pregunte, tampoco está embarazada–repuso. Sentí que una tonelada se levantaba de mis hombros y, por primera vez en horas, sentí que recuperaba el aliento. Petra también soltó un suspiro. Me sentía tan aliviado, que seguro el mío fue más ruidoso–. Le hice un chequeo completo. La hallaron a tiempo, porque ni la tocaron.

–¿Cómo lo sabe? –, dijo Petra.

–En un niño de su tamaño, es algo evidente. Habría desgarro, inflamación, enrojecimiento. Sería muy evidente. En los adultos es distinto ya que son sexualmente activos, pero con los chicos es otro tema–, explicó el médico–. Dado que nadie "la tocó", puedo certificar que nadie hizo nada más.

Eso solo significaba una cosa, y es que esperaban el momento correcto. Como fuera que su cuerpo se desarrollara más, o que pudiera tener hijos. No importaba.

Lo que ahora importaba, era que estaba bien. No la habían abusado o herido, por lo cual podía tranquilizarme. Por ahora, no debía matar a nadie. Bueno… ya no sentía la "urgencia" de hacerlo.

–Dijiste que la habían raptado, ¿verdad? Debiste estar a la pesca para hallarla–, el doctor hizo una mueca.

Sí, le había mentido. Le dimos un nombre falso a la niña, así como la edad, y le puse mi apellido, ya que todavía desconocíamos esos datos. No podíamos decirle al médico la verdad, porque, de hacerlo, acabaría en la cárcel. Había hecho muchas cosas, y era lo suficientemente mayor como para entenderlas. Me acusarían como a un adulto, y terminaría preso de por vida.

¿Cómo iba a cuidarla si acaba preso? No la iba abandonar, tampoco a Petra.

–Bueno, más Rivaille que yo–, dijo Petra.

–Bien, no hace falta una prueba de violación. Está bien, solo un poco alterada por todo esto. Estuvo bien que la trajeran. De haber sido el caso, habríamos atrapado al bastardo.

¿Atrapar "qué"? Yo lo mataba.

–Bueno, la policía dice que tal vez sepa quién es. Tienen un pedido de captura–, explicó Petra. No era mala actriz, lo admito, pero la historia era un poco difícil de creer.

–Eso es muy bueno, y significa que esta noche podrá dormir tranquila. En fin, pregunta por su hermano, así que mejor entren–, repuso el galeno, y señaló el cuarto con el pulgar.

–¿Hermano? –, replicó Petra.

–Sí–, dijo el médico, mirándome–, ¿Qué esperas?

–Oh… claro–, susurré, entrando al consultorio.

No tenía sentido. No nos había dicho ni una palabra, ¿pero le habló al médico? Eso significaba que podía hablar. E incluso que había mentido, porque desde el principio siguió el juego. Hablaba, mentía ¿e incluso dijo que yo era su hermano?

Eso de seguro iba a alertar a la gente. No se parecía en nada a mí, ni siquiera en la estatura. No importaba. Aunque la hicimos pasar con mi apellido, eso fue solo para que la atendieran, cosa que pareció servir, pero todo era algo nuevo.

La niña estaba sentada en la silla del doctor, pataleando mientras daba vueltas. Me dio pena por cómo aquellas ropas enormes colgaban de sus manos y pies. No había conseguido nada de su talla, y tampoco podíamos perder el tiempo y arriesgar que cualquier evidencia se perdiera. A ella no parecía molestarle, mientras seguía jugando con la silla.

Era bueno ver que su mente no había sido arruinada por la situación que había vivido.

–Oye–, dije, captando su atención. Me miró con sus grandes ojos verdes, y rápidamente me alargó los brazos. Me agaché y la alcé, y la sostuve como si en ello se me fuera la vida.

Se había asustado. Trataba de esconderlo, pero no podía deshacerse del ligero temblor de su cuerpo. Eso, y mientras más la abrazaba, más parecía ceder. Sentí las lagrimas empaparme la camiseta, y oí los ligeros sollozos contra el oído.

Me sentí como un monstruo por hacerla pasar por esto.

–Shhh, no pasa nada–, susurré, meciéndola ligeramente–. Lo siento, de verdad. Sé que debió ser aterrador, y realmente me apena que lo hayas tenido que experimentar, pero no volverá a pasar–. La aparte, haciéndola alzar la cara para verla. La imagen de las lágrimas y los mocos en su rostro me produjo una mueca–. Oye, mírame–, dije.

Obedeció, levantando la cara lo suficiente como para mirarme a los ojos. Se frotó las mejillas con las largas mangas de mi camisa, pero la detuve para hacerlo yo.

–Te prometo que no volverá a pasar. No dejaré que nadie te vuelva a poner un dedo encima, ¿me entiendes? –, aseguré. La niña asintió con la cabeza y la volvió a dejar caer sobre mi hombro, y yo la sostuve cerca, todavía meciéndola para calmarla. Le susurré promesas al oído, suaves consuelos para calmarla. Eventualmente, Petra entró a los diez minutos para encontrarnos así, con la niña al fin tranquila entre mis brazos. Para ese momento, no era la tranquilidad sino el cansancio lo que la había calmado.

No importaba. No sabia hacia cuanto que no dormía bien, y no la iba a despertar. Todo lo que hice fue indicarle a Petra que bajara la voz mientras seguía susurrándole promesas.

–No dejaré que nada te lastime.


Ya había pasado una semana desde que la encontramos. Una semana, y todavía sin que pronunciara palabra. No sabia si era porque todavía no confiaba en nosotros o porque de verdad no podía. No, eso no era. Con el medico había hablado sin problemas.

Entonces, era que todavía no confiaba en nosotros.

–Bueno nena, después de siete malditos baños en los últimos seis días, creo que al fin te saqueé toda esa mierda de encima–, dije, mientras le frotaba detrás de la oreja con una toalla. Prácticamente ronroneó de gusto, seguro por lo limpia que estaba. Eso, o que le gustaba que le frotaran la oreja con una toalla. Suspiré mientras la alzaba rodeándole el cuerpecito con una toalla y otra en la cabeza. La hice mirarse en el espejo del baño de Petra, y pareció sorprenderse por lo que veía en el reflejo.

–Sí, mira nada más. A eso llamo limpio. Apréndelo bien, porque nunca mas quiero volver a verte sucia–, dije. Ella parecía sorprendida, incluso por lo mas superfluo. Se toco la piel, el cabello, y volvió a mirarse las uñas. Ni una mota de suciedad.

Admito que me sentía orgulloso de mi mismo.

–Bien, vistamos así comemos algo–, repuse. La niña asintió ausentemente mientras la bajaba y recogía la camisa junto a la tina. Alzó los brazos, y yo me abogué en hacer pasar sus brazos por las largas mangas, mientras ella luchaba para encontrar lo hoyos. Tiré de una y miré dentro.

Sus brillantes ojos verdes me miraron desde los confines de la camisa, y yo le sonreí mientras ella soltaba una risita. Pasó el brazo por el hueco y buscó el otro mientras la ayudaba a pasar la cabeza. Suspiré cuando al fin se la puso, porque la camisa le quedaba como un vestido. Era de Petra, pero seguía quedándole gigante.

–Vamos a comprarte unas ropas adecuadas pronto, ¿bien? –. Ella asintió, antes de tomarme la mano y caminar. Prácticamente me arrastró, pero tuve que contenerla cuando el largo de la camisa la hacia tropezar a cada paso–. ¿Qué te gustaría comer?

No sé por qué seguía insistiendo. No importaba quien le hiciera la pregunta, o lo que le dijeran, nunca respondía. ¿Quizás el medico nos había mentido? Porque, de ser así, ella no mostraba evidencias de poder hablar. Nos comprendía y podía asentí o sacudir la cabeza, pero ni una palabra.

–Eres una niña muy extraña–, me dije. Ella me pateó a los costados mientras nos dirigíamos al cuarto de estar.

–No, eso ya lo sé–, miré a Petra, quien estaba al teléfono con su padre. Hacia una hora que estaban conversando, igual que los últimos tres días.

Su padre era detective, parte de la unidad de personas desaparecidas, designado en el área de búsqueda. Petra le había pasado la noticia y una foto de la niña para que viera su aspecto. Él nos dijo que haría todo lo posible por encontrarla, y ya habían pasado tres días.

–No, no, ¡ya lo sé! Lo sé bien, pero ella-–. También habían discutido. Sé que Petra nunca se había llevado bien con él. El motivo no lo conocía, solo me dijo que no congeniaban. No me sentí en posición para inmiscuirme en su vida privada–. Pero ella no-

Petra nos miró mientras bajaba a la niña. Me hizo un gesto indicándome que hiciera silencio, y obedecí. Fui a la cocina y busqué algo para que la niña comiera. No pretendía arruinarle el apetito para la cena con un bocadillo abundante.

–No papá, no es así. Entonces, es la persona equivocada–, dijo al comunicador. Admitiré que tenía curiosidad, prestando atención con cautela, atento a la conversación, pero simulando ignorancia–. ¿Qué hay de los padres…? ¿… hace cuánto fue eso?

Fue a la cocina y sentó en una de las sillas de la barra. Se pasó los dedos por los cabellos, apartando un mechón del rostro.

–No, entonces no es… ya sé, pero… Entonces, ¿qué haremos si es ella? –. no pude esconder mi curiosidad por más tiempo. Cerré la alacena y fui a la barra–. Pero…–. Parecía agotada.

–Entonces, ¿estás seguro? Digo, ¿cien por ciento? –, preguntó. Pude oír la voz de su padre al otro lado de la línea, pero no pude entender las palabras–. Sí, si puedes mandar eso, ayudaría… Sí, gracias pá… Adiós–. Con eso, cortó la llamada.

–¿Y bien…? –, pregunté, posando una mano sobre su hombro. Ella dejó caer la cara entre sus manos, y, por un minuto, creí que lloraría.

–… Se llama Isabel Magnolia. Desapareció hace cinco años, cuando sus padres la vendieron para pagarse las drogas. Los arrestaron, pero nunca la encontraron–, me explicó, con voz quebrada–. Después de un tiempo, la dieron por muerta…

–Hace cinco años…–, susurré, volviendo a mirar hacia el cuarto de estar, donde estaba ella. Le había dejado prendida la tele, y ahora estaba viendo una sitcom. Se reía, pero estaba seguro de que no entendía todos los chistes–. Para tener cinco es bastante pequeña, pero podría ser peor…

–Rivaille–, me dijo Petra, mirándome–… esa niña tiene diez años-

–…Petra–, gemí.

–Hace cinco años desapareció, tras cumplir los cinco, justo antes de empezar el jardín.

–Petra, no puede ser. No puede ser la misma persona.

–Eso dije.

–Debe estar equivocado… ¡esa nena es como de jardín de infantes! ¡No puede tener diez!

–Mi padre dijo que es ella. Que no había error. Los rostros coinciden, así como el tiempo y-

–¡Entonces se equivoca! –, espeté. Al instante me arrepentí, porque Petra se encogió ante mi exabrupto. Suspiré–. Perdona…

–Está bien…–, dijo ella.

–No, no lo está. No debería estar desquitándome contigo. No te lo mereces–, dije. Cuando ella no respondió, volví al cuarto de estar. Me detuve en el umbral, apoyando la cabeza contra el marco, mientras observaba a la niña reír y sacudir los brazos.

No podía ser.

Era demasiado pequeña.

No podía hablar.

No era posible.

–Isabel–, la llamé. La niña alzó la cabeza al instante, mirándome.

Era verdad.


–¿Quieres tomarme la mano? –. Apenas si era capaz de oír a Petra por encima de mi propio sufrimiento. Sin embargo, sentí su mano y la sostuve como si fuera mi salvavidas. Posiblemente, lo era.

Sabia que me afectaría. Pero no cuándo. Deseé nunca sentir esto, esta abstinencia de las malditas drogas, pero al fin me dio, y sufría las consecuencias.

–Aguanta, Rivaille–. Su voz era reconfortante, como una pieza de música clásica que a cualquiera adormecería, pero no era suficiente. Me dolía el cuerpo, los músculos estaban tensos como si padeciera una apoplejía. Dolía. Dolía como la mierda.

No las precisaba. No las precisaba. No quería las drogas, a pesar del reclamo de mi cuerpo.

–Puedes hacerlo, sólo aguanta. No las precisas, yo lo sé. Es el cuerpo el que te las pide, no tú.

A pesar de que tenía razón, no pude evitar desaprobarla. Seguía diciéndome "Un poco más. Sólo una vez más, y entonces estarás limpio por el resto de tu vida". Seguía diciéndome eso. También que, si no lo hacía, volvería a caer en los viejos hábitos y nunca me libraría de ellas.

No quería ser como ellos. Como mis "padres".

Esa imagen me hizo llorar, o quizá fue a causa del dolor. No estaba seguro. Sólo sabía que lloraba.

Había algo por lo que debía luchar. Por una vez en la vida, y no era porque yo lo creyera cuando se trataba de algo malo. Era algo realmente bueno, algo por lo cual tirar para adelante, algo que me hiciera salir de la cama cada mañana.

Tenia gente que proteger. Las tenía a mi lado. Por cuanto tiempo, lo ignoraba, porque al fin se acabaría, pero era un buen comienzo. Debía luchar contra esto. Debía cuidar de Petra y de Isabel, y para ello debía estar sano. Si me la pasaba pasado de falopa, sería igual que mis padres.

No, sería peor. Peor, porque sabia que tenia algo digno de amar, y lo habría desperdiciado.

No iba a hacer eso.

–Estás bien, Rivaille. Vas a superarlo–, me susurró Petra al oído. Apenas me rozó la mejilla, y fue como si me quemara con una barra de hierro a fuego vivo. No pude evitar el grito que desgarró mis pulmones, que apenas silencié mordiendo la almohada. No podía despertar a Isabel.

¿Por qué dolía tanto?

–Shh, no pasa nada–. Quería pedirle que dejara de tocarme, pero era incapaz de hacerlo. Sabia que, de abrir la boca, volvería a gritar, y no era justo. No me lastimaba, pero sufría tanto, y no sabía por qué.

Concéntrate en otra cosa. En sus ojos, sus labios, o su voz. En lo que fuera, menos en esta necesidad.

–Puedes hacerlo…–. Puedo hacerlo. Sé que puedo, pero el dolor era insoportable. Prefería haber muerto a sentirlo, y sentí pena por cualquier otra persona que lo experimentara. Me trago todo lo que haya dicho sobre abstinencia de drogas–. Está bien. Todo estará bien.

Abrí los ojos, intentando mirarla a través del borroneado que era mi vista. Me sonrió débilmente, reconfortante y relajante, antes de apartar la mirada y dejar de sonreír.

–Isabel–, apenas oí el nombre que pronunció Petra–. Vuelve a la cama, querida.

Hubo un repentino hundimiento en la cama, más presión a mi dolor. Apreté los ojos mientras gruñía y trataba de evitar asustarla, pero era demasiado. No pude callarme, por lo menos no esto.

–Está bien, Isabel. Sólo que no se siente bien–. Abrí los ojos para encontrármela a unos centímetros de la cara. Se veía muy preocupada. ¿Por mí? Eso no podía ser, debía ser al revés.

–¿Isabel…?

Sentí una pequeña y fría mano tocarme la frente. Me ardió, pero la acompañaba la misma intención que tuvo la de Petra. ¿Acaso veía mal? ¿Era Isabel la que lo hacía? Y, ¿por qué?

–Isabel, ¿quieres que te arrope en la cama? –, preguntó Petra, tocándole el hombro. Isabel ignoró sus palabras, sin moverse de mi lado. Alcé la mano de entre las sabanas, tomando y sujetando su mano. No me había dado cuenta hasta ese momento de que estaba cubierto de un sudor helado, las manos pegajosas y asquerosas. No pareció importarle, pero a mi me daba asco. Después me tendría que bañar.

Pero no me importó demasiado ya que, en cambio, tiré de su mano y la hice recostarse a mi lado. Ella no se quejó, reposando la cabeza en el hueco entre el hombro y el cuello. Una voz en el fondo me decía que estaba actuando mal, porque solo le causaba más dolor, aunque no era capaz de soltarla.

No, eso era mentira.

No quería soltarla.

–Ay ay–, suspiró Peta a nuestro lado, aunque parecía contenta. Sonreía, sugiriendo que eso la divertía, sacudiendo la cabeza como diciendo "no creo que sea posible". A pesar de cómo se veía o pensaba (aun con mi visión nublada), Petra tomó la manta del borde de la cama y nos cubrió con ella. Me daba mas calor, pero no quería que Isabel se resfriara y también quería evitar que se apoyara en mi cuerpo sudoroso.

Esto estaba bien. Me dije eso, porque lo prefería a no tener nada.


–¡Rivaille, para! –. Petra me tomó del brazo y me hizo volver. La chaqueta se me salió, y cayo al suelo cual pluma–. Por favor, ¡no hagas esto!

–Petra, no lo entiendes–, dije, intentando sonar más determinado de lo que me sentía. Cuan mal me sentía era otro tema, que me tomaría siglos decir, algo que ella querría, pero yo no podía esperar por siempre.

Ya no podía quedarme aquí.

–Entonces, ¡háblame! Rivaille, por favor, sólo… ¿Por qué te vas?

Su amarre en mi muñeca se hizo mas doloroso, y el dolor de su voz era ensordecedor. Seguramente no era consciente de cuanto esto me lastimaba, cuanta culpa sentía por hacerlo, pero tenía mis motivos.

–Te lo dije, ellos-

Me callé. No podía contarle mucho.

–Si no regreso… alguien vendrá por mí. Si me encuentran aquí, y las descubren… Petra, mierda, no puedo exponerlas a ese peligro.

No podía dejar que Kaney las hallara, debía irme, porque ya había pasado un mes y medio. Kaney debía estar volviéndose loco mientras me rastreaba. Después de todo, yo era el mejor, y sabía que perder a alguien, malo o no, dentro del grupo era algo peligroso. ¿Y que pasaba cuando se trataba de su mejor agente?

No lo conocía bien; más allá de sus habilidades para matar a alguien sin ruido o hacer a alguien sufrir de antemano, era todo un misterio para mí. Desconocía sus preferencias, por lo cual era incapaz de decir si esta situación era de su agrado. ¿Cómo saber si lastimaría a Petra y a Isabel?

No me iba a arriesgar. No dejaría que las lastimaran por mi culpa. Debía protegerlas.

Si tan solo eso no implara dejar atrás a mis seres queridos.

–No me importa–, replicó ella con furia contenida, como si intentara mantener su posición–. Vamos a superarlo, solo-

–No puedo correr el riesgo de que las encuentren. Petra, son peligrosos. Si para ello llegan a mí, las matarían sin dudarlo–, gruñí. Liberé mi mano. Me estaba cortando la circulación.

–¡No nos encontrarán!

–¡Un carajo! –, ladré–. Petra, ¡no quiero hacerlo! No quiero abandonar esto, pero tengo que mantenerlas a salvo, y si eso implica dejarlas atrás para que vivan sus vidas, entonces…

Retrocedí, para recoger la chaqueta.

–Por favor, por favor, ¡no nos dejes!

Me sentí como un monstruo. Como si mereciera ir al peor circulo del infierno. No, más que eso.

Abandonaba a una chica de dieciséis años y a una niña de diez sin medios para subsistir. Sabía que Petra tenía empleo, pero también tenía que ir a la escuela. Dejarla significaba que debería ocuparse ella sola de Isabel. Mientras estuve con ellas, yo me había ocupado de la niña, la había alimentado, limpiado, llevado a la cama, pero no tenia empleo o estudios que atender. Éramos solo ella y yo.

Dejarlas también implicaba quitarles eso.

De verdad era un monstruo.

–¡Rivaille! –. Petra me tomo otra vez del brazo, pero me aparté.

–Petra, por favor, para. Debo hacer esto…

El dolor en el pecho me daba náuseas. Me enfermaba a mi mismo. ¿Era peor que mis padres? A pesar de todo lo que me habían hecho, ellos nunca me abandonaron, ni una vez.

Que alguien, por favor, me diga que hago lo correcto.

–No te vayas, por favor–. Petra entró en una crisis de llanto, con los ojos rojos e hinchados mientras lloraba entre sus manos. Debía aguantar. No podía consolarla. Debía hacer esto, y ahora. Más tardara, más difícil sería.

Anda. Muévete. Mueve las putas piernas y lárgate.

Debía protegerlas. Debía enfrentar a Kaney o uno de sus secuaces me encontraría. Si no lo hacía, y me encontraban… si no lo hacía, y las encontraban…

No podía dejar que eso sucediera.

–Lo siento–, dije, apenas callando mi dolor.

Vete antes de que sea tarde.

–Por favor, no te vayas…

Los sollozos de Petra cubrieron todo menos esa frase. No podía oírla llorar. Me volví, tomé el picaporte de la puerta, pero me paralicé. Un motivo era mi miedo. Otro, la cosa que se aferraba a mi pierna.

–Isabel–. Miré a la niña que colgaba de mi pierna. Se sentaba sobre mi pie, con sus piernitas rodeando la mía como si de ello dependiera su vida.

–Suéltame, Isabel–, le ordené, sacudiendo la pierna. Su agarre se hizo más fuerte.

Miré a Petra, esperando que me ayudara a liberarme, pero estaba demasiado acongojada para ello. Ver a Isabel en aquella posición solo empeoraba su crisis, por lo cual se dio la vuelta.

No podía pedirle esto, no después de todo lo que les estaba haciendo.

–Suéltame, Isabel–. La cogí de las axilas y la alcé. Creí que con eso bastaría, pero ella me rodeó el cuello con los brazos y me abrazó con fuerza–. ¡Isabel-!

–No te vayas, Levi…

La pequeña vocecita en mi oído hizo como que todo el tiempo se hubiera detenido. Creí que había sido yo, oyendo cosas, pero al ver a Petra reaccionar me demostró que no era así. Aparté a Isabel para verla llorar, las lágrimas cayendo por sus redondas mejillas y empapándole la camiseta que recién le había regalado. Estaba tanto o peor que Petra, pero aquella estaba demasiado sorprendida como para reaccionar. No la culpaba.

–… ¿Qué dijiste? –, pregunté, vacilante.

–¡No te vayas, no te vayas Levi! ¡No te vayas!

Isabel lloró apoyando su cabeza en mi pecho. No solo repetía lo que había dicho Petra, ¿verdad? No, no era eso. Petra jamás había mencionado ese nombre, pero sí Isabel. El día que la encontré, aunque no creí que lo recordara.

Por lo visto, me equivocaba.

–¡No quiero que te vayas! –, chilló. Posé una temblorosa mana en su nuca, con los ojos conteniendo las lágrimas que sentía que me quemaban, me dolía más que antes.

Sabía que dejaba algo grande detrás. Lo que siempre había deseado en la vida, pero precisaba protegerlo.

¿Cómo iba a marcharme, ahora que ella al fin podía hablar?

Volví a mirar a Petra, y las palabras que pronunciaba Isabel la hizo volver a llorar. Esta vez, no se contuvo: nos atrajo hacia ella y nos encerró en un abrazo intenso. Tan fuerte, que pensé que le iba a romper la columna a Isabel, pero la niña parecía contenta con ello, a pesar de llorarse la vida.

–Por favor no te vayas…–, lloró Petra en mi otra oreja. La rodeé con mi brazo libre, atrayéndola más cerca.

–Sólo quiero protegerlas…–, admití con vergüenza.

–Lo sé, lo sé, pero… podemos solucionarlo. Lidiaremos con lo que se nos venga encima, así que… no te vayas…–, susurró ella. Su voz me resultó tranquilizadora, a pesar de su tono ronco. No seria la misma dentro de unos días, después de todo ese llanto.

–Levi, no te vayas, no te vayas…–, gimió Isabel.

–De acuerdo, bien… –. Le besé la cabeza–. No me iré… Aquí me quedaré.

Petra suspiró, aliviada, mientras era sacudida por un temblor. Isabel hizo un ruido similar a un festejo en mi oído, pero le acompañó un horrible quejido. Sin dudas me había manchado de mocos y lágrimas el hombro, cosa que en ese momento no me importaba.

–No me iré a ningún lado.


Él arruinaría todo.

–Tienes que cerrar el pico por cinco malditos minutos–, le silbé por encima del hombro. El adolescente peliblanco, a mis espaldas, cerró la boca, observándome mientras acomodaba las sabanas encima del cuerpo de Isabel –. ¿Estás cómoda? – pregunté.

–Sí–, respondió ella, bostezando. Esbocé una sonrisa cuando arrugó la nariz–. ¿Me vas a leer un cuento antes de dormir, hermano? –, preguntó, adormilada.

–Esta noche no puedo, pero mañana sí –, dije. La niña gimió, pero una mirada bastó para que se callara–. Me puedo quedar aquí hasta que te duermas. ¿Te parece bien?

–Supongo…– gimoteó. No tardaría mucho. Ya tenia los ojos entrecerrados, el cuerpo relajado bajo mis dedos. Le pasé los dedos por los cabellos, y se quedó dormida en lo que menos tarda apagarse una vela.

–Buenas noches, Isabel…–, susurré, besándole la frente. Ni siquiera se inmutó, estaba profundamente dormida.

–Hum…–, susurró Farlan.

Isabel dormía. Bien. No quería que me oyera cuando estallara.

–Silencio–, ordené, asegurando los cobertores alrededor de la niña- cuando estuve satisfecho, apagué la luz junto a la cama y me puse de pie. Me volví a verlo, le clavé la mirada, indicándole que le esperaba un infierno.

Y tenía razón.

Lo agarré de la oreja, y, por temor a despertar a Isabel, mantuvo la boca cerrada. En silencio, lo arrastré fuera del cuarto, tirando de la oreja y algunos de sus cabellos para mantenerlo cerca. Con cuidado, cerré la puerta y seguí arrastrándolo conmigo, hasta que estuvimos lo suficientemente lejos.

–¿Rivaille…?

La voz de Petra provenía del baño, de donde salió con un brazo recién vendado. Habría deseado que no atestiguara esto, pero no podía esperar más. Debía asegurarme de que ponía los puntos en claro.

–Bien–, gruñí. Agarré a Farlan del cuello de su camiseta y lo estampé contra una pared. Desafortunadamente, su cabeza dejó una marca en ella, aunque no tenía tiempo para molestarme por ello.

–¡Rivaille! –, gritó Petra, tomándome de los brazos.

–¿Crees que es broma, hijo de puta? –, ladré, mientras Petra intentaba apartarme.

–¡Rivaille, para!

–¡No estoy jodiendo! Si no te tomas el palo en cinco minutos, ¡te mato! ¡Y me aseguraré de que tu cadáver nunca sea encontrado!

–¡Basta! ¡Ya basta! –. Petra me apartó y se paró delante de mí, manteniendo la distancia entre los dos. Supongo que era lo correcto.

–¡Lárgate! – ordené.

–Pe-perdón…–, tartamudeó Farlan, sosteniéndose la cabeza, aterrado.

–¡Entonces, vete!

–¡Pero-!

–¿No entiendes, imbécil? –inquirí, intentando acercármele, pero Petra no me dejó mover un centímetro–. ¡Esta es mi familia! Mi casa, y si me lo cagas, ¡me aseguraré de que sufras! ¡No volveré, y terminé con Kaney! ¡Puedes ir con el chisme y decirle que me deje en paz!

–¡No vine por Kaney! –, se atrevió a responderme Farlan. Que bastardo–¡Te dije que vine por mi cuenta!

–¿Por cuánto tiempo? ¡Así le puedes ir con el cuento!

–Nunca lo haría, ¡menos a una nena!

–¡No voy a arriesgarlas!

–¡Suficiente! –, los gritó Petra–¡Ya es suficiente!

–¡Petra-!

–¡No Rivaille! –. Retrocedí cuando me respondió así–. Te dije que era suficiente. Si los dos siguen gritándose, van a asustar a Isabel, así que deben callarse–. Miró primero a Farlan, y luego a mí.

–Petra, no entiendes–, dije, esperando convencerla–. Farlan es-

–Entiendo lo suficiente, Levi–. Petra había comenzado a acostumbrarse a llamarme así. Aunque no fuera mi nombre real, lo había oído tanto de Isabel que se le había pegado. Era tierno cuando lo decía la nena, pero molesto cuando lo decía Petra.

–No lo entiendes, de verdad–, insistí.

–Mi padre es un detective. Ha pasado estas situaciones muchas veces–, repuso.

–¡No la conoces para nada!

–Sé lo suficiente–. Ella se volvió a enfrentar a Farlan, con los ojos prácticamente clavándole dagas–. Escucha, Rivaille no confía en ti, pero te daré una oportunidad–. Sus palabras me agarraron desprevenido.

–Petra-

–Momento–. Farlan pareció aliviado por un segundo, pero fue hasta que ella le señaló con un dedo–. No me importa quien sea este Kaney. No me importa lo que hayas echo, lo que viviste o lo que harás, pero, si le haces algo a esa niña, si algo le llega a pasar, no deberás preocuparte por Rivaille. Yo misma te mataré.

Wow, ¡viva Petra!


–¡Levi, Levi, despierta!

Me arrancaron de mi sueño sacudiéndome de los hombros. Abrí mis pesados parpados para ver a Farlan a unos centímetros de mi cara.

–Carajo, ¿qué mierda quieres? –, repliqué, volviendo a cubrirme la cabeza con la sábana.

–¡Es Isabel! ¡Otra vez no la puedo despertar! –, dijo, aterrado.

Mierda. No de nuevo.

Me obligué a salir de la cama lo mas rápido que pude, mientras los miembros se negaban a responder. Por un segundo, la mirada se me ensombreció, pero lo ignoré mientras iba al cuarto de Isabel. Farlan me siguió, sin saber qué hacer.

Entré para encontrarla en el suelo, con las manos cubriéndole la cabeza y lagrimas corriendo por sus mejillas. Estaba hecha un desastre, pero, en su situación, ¿Quién no lo estaría?

–Mierda–, maldije. Lentamente, me le acerqué y, con cuidado, me arrodillé delante de ella.

–Isabel–, dije con suavidad.

Nada. No me podía oír. Le rocé la rodilla y me respondió con un chillido de terror. Le tapé la boca, temeroso de que los vecinos la oyeran y volvieran a llamar a la policía. Eso solo la asustó más, pero la abracé con fuerza.

–Shh, Isabel, soy yo. No pasa nada. Estás bien–, susurré contra su oído. Gritó contra mi mano, clavándome las uñas en los brazos, y me tuve que morder el labio para no gritarle.

No era intencional. ¿Cómo, si ni siquiera estaba despierta?

–Isabel, vamos. Despierta–, repuse, suavemente, contra su oído. Se retorció entre mis brazos, pero, mientras pasaba el tiempo, lentamente cedió. Al cabo de unos minutos, sentí que era seguro quitar mi mano. Lo hice y solo soltó un suspiro.

–¿Está bien? –, me preguntó Farlan.

–Sí–, dije, mirándola. Isabel se había puesto totalmente fláccida entre mis brazos, pero tenia los ojos apenas abiertos, nublados y confusos. Le toqué la mejilla, apenas, y alzó la cabeza para ver quien la sostenía.

–¿Levi…? –, masculló.

–¿Despertaste? –, pregunté, sonriendo al fruncido de ceño que hizo.

–Sí…–. Alzó la cabeza para ver a Farlan, a mi lado, y luego al piso–. ¿Qué hago en el suelo? –, preguntó, desorientada.

–Otra vez tuviste un terror nocturno–, expliqué. Pareció entenderme, con la boca haciendo una "o" antes de intentar sentarse entre mis brazos. La ayudé, manteniendo mi mano en su espalda y ayudándole a acomodarse–. No recuerdas nada, ¿verdad?

No era la mejor pregunta. De hecho, era estúpida. Cualquiera con terrores nocturnos no recuerda nada al despertar, y lo sabía. Isabel no era la excepción, pero siempre tenía la esperanza.

Le había preguntado al medico del tema, ya que hacia un tiempo que los tenía, y acababa de cumplir catorce. El medico dijo que hacía rato que debería haber dejado de tenerlos, pero ella no lo hacía. Me preguntó sobre su vida hogareña: ¿comía bien? ¿Descansaba bien? ¿Había alguna cosa que la estresara o complicara?

Todas las respuestas eran, obviamente, positivas. Comía como cerdo, dormía como tronco y la única vez que se estresó fue cuando le hice un examen de mates, pero era algo poco común. No había nada mas que la pusiera ansiosa.

Por eso, sospechaba que me mentía sobre sus terrores nocturnos. Sabía que la gente no recordaba nada, pero debía haber algo que la estaba asustando. Pensé que, quizás, encima de eso, tenía pesadillas. Eso lo recuerdas, y, además, ella no tuvo una "infancia perfecta". De hecho, no había comenzado hasta que la encontré a los diez. Aunque no parecía recordar nada anterior, no estaba seguro de nada.

Claro que nunca me lo decía. Era malísima mintiendo, así que siempre la pescaba cuando lo hacía; pero, si no me decía nada a propósito, era otro tema. Por eso tenía pesadillas. Sin embargo, después de una crisis, Isabel se haría un bollito en la cama, conmigo sosteniéndola. Nunca la hacia a un lado, pero últimamente era demasiado seguido. Era la tercera vez este mes, y la séptima pesadilla en dos semanas.

Los terrores nocturnos se supone que son cosa rara. Sólo entre el tres y el seis por ciento de los niños los padecen, lo que la hacia especial, y que fueran tan frecuentes que ni el medico había visto antes, lo que la hacia un tema de estudio. Era un dolor de huevos controlarlo, aunque a Isabel no le importaba. Solo quería tener una buena noche de descanso, cosa que hacía rato no disfrutaba.

Era evidente que algo pasaba.

–No… no recuerdo nada–, susurró. Miré a Farlan, quien parecía haber visto un espectro.

–Farlan, puedes volver a la cama. Yo me ocupo–, dije. Él vaciló, pero obedeció–. Y gracias–, añadí, antes de que se marchara. Volvió a verme y sonrió, asintiendo, y luego se fue a acostar. Suspiré y me volví a Isabel, quien solo sen sentaba allí, quieta, clavando las añas en la camisa del pijama. Ya notaba que comenzaba a hacer un agujero.

–Lo vas a romper–, señalé.

–No sería la primera vez…–, masculló. Fruncí el ceño y le palmeé la rodilla–. Bueno–, dije, parándome–, vamos.

Ella asintió y se paró, con las piernas temblorosas, por lo cual no le quedó mas remedio que apoyarse en mí. La rodeé la cintura con un brazo, manteniéndola segura mientras recuperaba la fuerza.

–Lo siento…–, susurró.

–No pasa nada, Isabel.

–No, sí pasa–, rezongó, molesta. Giré los ojos, fastidiado, antes de soltarla. Ya podía caminar sola. Por mi parte, la acompañe a la cama–. Espera, ¿qué haces?

–Esta noche dormiré aquí–, dije.

–Espera-–, comenzó a decir, pero yo ya apartaba las mantas. Gimió, y no me percaté del motivo hasta que apenas lo atisbé antes de acostarme. No lo había notado en la oscuridad que nos rodeaba, pero noté una mancha oscura en la cama. Volví a mirarla, y la hallé cubriéndose la cara con una mano y la otra los shorts, luego otra vez miré la mancha.

Oh…

Suspiré.

–Perdona…–, gimoteó.

–No pasa nada… ve a limpiarte y cambiarte, y yo pondré esto para lavar–, repuse. Ella fue al armario por ropas limpias y luego salió del cuarto. Quité las sabanas de la cama y las hice un ovillo antes de ponerlas en la lavadora. Con suerte, no quedaría mancha, aunque, con el cansancio que tenía, no me importaba.

Para cuando dispuse todo y me había lavado las manos en el fregadero, Isabel estaba con un nuevo pijama puesto.

–¿Pusiste la ropa para lavar? –, pregunté. ella asintió sin decir palabra–. Bueno, vamos a la cama.

–¿Dónde debo dormir? –, dijo ella con voz queda.

–Puedes dormir conmigo–, sugerí. Bueno, no era sugerencia. Mas bien, una cuidadosa orden.

–Creo que mejor duermo en el sofá–, masculló, mientras se miraba los pies. No pude evitar girar los ojos antes de volver a tomarla de la cintura y alzarla. Me la cargué al hombro, causándole un chillido de sorpresa, mientras iba a mi cuarto. Mierda, debía haber subido como diez kilos desde la ultima vez que la cargué así.

A pesar de los chistes que le hacía, no había problema con que subiera de peso. Seguía siendo una niña, por lo cual todavía le quedaba mucho que crecer.

Además, había notado que, a pesar de lo mucho que comiera, se sentía más liviana. Debía ser a causa de la ansiedad provocada por sus terrores nocturnos y pesadillas, o lo que fuera que la acosaba y no me quería contar.

–¡Ba-bájame, Levi! –, exclamó, pero con cuidado de no despertar a Farlan. La bajé, pero recién al llegar a mi cuarto. Se trepó a mi cama revuelta (porque Farlan me había despertado de repente), y sonreí cuando me gimió–. No es justo, Levi–, dijo, metiéndose entre las sabanas.

Mi cama tenia un colchón bastante costoso, porque había sido un loco regalo por parte de Hanji, dos años atrás. No tenía idea de lo que había pensado, pero ¿cómo podía devolver un regalo?

–Sólo acuéstate y duerme, pendeja–, dije, dejándome caer a su lado. Isabel se volvió a un lado, dándome la espalda, con la cara a la pared. No era común que hiciera eso. Después de una pesadilla, aprovecharía para acurrucarse a mi lado. Si no lo hacía, era que pasaba algo.

–Buenas noches– susurré, envolviéndole la cintura con el brazo. De repente, la sentí hacerse un ovillo, como si intentara apartarse–. Isabel–, susurré.

–¿Hm…?

–¿Cuándo fue la ultima vez que te diste un maldito baño? –, pregunté, mientras me sentaba. Vi las arrugas en su rostro, mientras intentaba ocultar una sonrisa–. Lo digo en serio. ¿Qué mierda se te metió en el pelo y murió allí?

–Levi, basta–, resopló, ocultando el rostro entre las sábanas.

–¿Acaso se bañaste con el gel de pelo de Farlan? Eso huele a podrido.

–Levi-

–Huele como uno de esos personajes del juego ese que te gusta, con el pelo embardunado de mugre y podredumbre.

–¡Hermano! –. Gimió por debajo de la manta. Las aparté para encontrarla riendo, pero ya no intentaba ocultarlo. Sonreí y le tocé un hoyuelo con la punta del dedo.

–Mucho mejor–, dije.

–No es justo, Levi–, gimió, apartando mi mano.

–Debo recurrir al abuso mental cuando te portas como una idiotita–. Comencé a pasar los dedos por sus desordenados cabellos, lo que hizo que volviera chillar.

–Cállate…

Hizo un mohín, inflando las mejillas de una manera tan linda que solo ella podía. Apoyé la barbilla en la palma, observándola y esperando a que se durmiera. A pesar del cansancio, de los ojos pesados por el sueño, parecía que no pretendía dejarse llevar por Morfeo.

–Basta…–, masculló.

–¿Por qué…? ¿No estás cansada?

–Sí…

–Entonces, duerme…–, ordené. A pesar de mi tono amenazante, seguía tratando de mantenerse despierta–. Isabel, ¿en qué estás pensando?

–No pienso en nada.

–No es cierto: si así fuera, ya estaría dormida–, señalé. Volvió a hacer un mohín–. Así que hay algo. Vamos. Puedes contarme lo que pasa.

–No puedo…–, susurró.

–Antes podías. ¿Qué pasa ahora?

–… Levi, ¿me porto como una nena? – me preguntó.

–Sí–, ni lo dudé.

–¿En serio?

–Parece que eso te molesta.

–Sí–, volvió a darme la espalda, pero me incliné para verle la cara.

–¿Por qué…? No pasa nada con ser una nena.

–Algunos chicos se burlan de mi–, explicó–. Dicen que me porto como una niña, y que ando pegada a ti, cuando debería actuar como un adulto.

–¿Qué? ¿Cuál imbécil dijo eso?

–No los conozco. Los veo yendo a la escuela, y hace unas semanas se reían de mí, mientras jugaba afuera.

–¿Eso te ha estado molestando este mes? – pregunté, incrédulo. Ella se dio un respingo antes de asentir.

Sentí que debía darme una bofetada. Había olvidado lo sensible que ella era. Claro que era algo así de simple. Era educada en casa, por lo cual no interactuaba mucho aparte de nosotros. No entendía a la gente, por lo cual esos estúpidos la tomarían de punto.

–Isabel, escúchame–, dije, obligándola a darse la vuelta. Me miró, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa, mientras proseguía–. Esos cara de verga están aburridos con sus vidas miserables, por lo cual buscan algo que les haga sentir mejor. Eres joven e inocente, por lo cual te van a molestar. Eres una chica que sabe cuidar de si misma, y sabes cuán lista y fuerte eres. Eres distinta, y a ellos no les gusta eso.

–¿No les voy a gustar? –, dijo.

–No, te tienen miedo–, respondí.

–¿Por qué?

–Porque eres el tipo de persona que puede dar vueltas sus vidas. Eres única, y le tienen miedo a lo que no conocen. Lo ves todos los días en la tele, lo nuevo en el mundo. ¿Viste como la gente le tiene miedo a eso?

–Un poco…–, susurró.

–Están aterrados, y harán lo que sea para mantener las cosas igual.

–Pero yo no les voy a hacer nada.

–No lo sabe. Nosotros, Farlan Petra, sí, pero ellos, como no te conocen, no pueden estar seguros. Por eso te toman el pelo. Intentan rebajarte, romperte, de manera que seas igual a ellos, pero no quiero que lo seas. Quero que seas tú misma. Debes recordar otra cosa, Isabel: no te conocen.

No quise sacar ese tema, porque temía lo que podía llegar a hacerle sacar esos recuerdos a la superficie, recuerdos que podrían serle dolorosos. Debía, de todas maneras, plantear mi punto, y debía hacerlo ya–. No saben que diez de años de tu vida no existen. Que solo tuviste la oportunidad para ser una niña a los diez.

–Cuando me encontraste–. Sí, eso lo recordaba.

–Exacto. Isabel, en cuatro años, deberás crecer un montón, y eso no es justo. Nunca tuviste la oportunidad de tener una infancia, y ahora la tienes. Sin embargo, estas convirtiéndote en adolescente, que es un periodo muy confuso. Tu cuerpo ya no es el de una niña, aunque sí tu mente. Estas a medio camino entre la infancia y la adolescencia, y no es justo para alguien como tú.

"Nunca pude ser una niña…", susurró para sí.

–Sí, y no hay nada malo con que ahora lo seas. Vas a tener que crecer y ser una adulta aburrida, pesada y responsable, pero, hasta entonces, sé una niña. Disfruta lo que tienes mientras dura, porque la vida pasa demasiado rápido.

¿No es así? Ayer nomas tenia once años, y dibujaba en las paredes.

–¿Y seguirás siendo mi hermano mayor? – me preguntó, abriendo los ojos de par en par, como cachorrito. Eso no era nada justo.

–Isabel, ¿Quién te dijo que no? Siempre lo seré, y puedes pegárteme cuando quieras. Si esos chicos te vuelven a molestas, dímelo. Tu hermano mayor se ocupará de ellos, y nunca más volverán a pasar por aquí camino a la escuela.

–¿En serio?

Se irguió al segundo, volviendo a sonreír con los ojos vidriosos de alegría. Al menos, esperaba que fuera por eso.

–Claro–, dije, apartándole unos mechones de la cara–. Ahora, a dormir, pendeja.

Ni había puesto la cabeza en la almohada, cuando ella ya se había pegado a mi y apoyado la cara en mi pecho. Gruñí cuando su dura cabeza me dejó sin aire, pero no me quejé.

Era agradable tenerla otra vez en mis brazos. Quizás nunca lo admita, pero estaba muy feliz de que estuviera bien.

Quizás, las pesadillas y terrores al fin se vayan.

–Oye… ¿Levi? –. La oí susurrar contra mi camiseta.

–¿Sí…?

–Nunca me abandonarás, ¿verdad? –. Alzó la cabeza un poco, posando la barbilla en mi hombro.

–No, claro que no–respondí, rascándole la espalda suavemente. Intentaba hacerla dormir, y quizás ahora lo haría.

–Mmmm…

Emitió un sonido ahogado, llevándose las manos a la boca. Le sonreí, contento de que no me viera, y apoyé la cabeza en la almohada.

–Buenas noches, Isabel…

Solté un suspiro, que resonó en el silencio del cuarto, mientras trataba de dormirme.

–… Te quiero, Levi…

Su voz fue tan pequeña y baja, que no la habría oído de no haberla tenido tan cerca. Me incliné a verla, pero ella ya estaba dormida, como siempre. Qué bueno que volvía a sus hábitos de sueño.

–Sí…–, suspiré, besándole la frente–. También te quiero, Isabel.


–¡Isabel! Mierda, Isabel, ¡no te duermas! –. Acomodé su cuerpo fláccido en mi regazo, con su cabeza colgando de mi brazo y la sangre manando de la herida. No me preocupe por mi ropa, al carajo. Isabel se desangraba y, sin importar cuanto presionara la herida, no paraba de sangrar.

No podía hacer nada. No podía ayudarla. Todo lo que podía hacer, era esperar a que llegara la ayuda.

–Mantén los ojos abiertos, ¿me oyes? – ordené–. Isabel, mantenlos en mí. Mírame, ¿okey?

–Le…

Su voz era ronca y baja, apenas un susurro en sus pálidos labios.

–Shh, no hables. Solo mírame, ¿de acuerdo? –, dije, acomodando su cabeza de manera que estuviera mas erguida–. No, de hecho, háblame. Sigue hablando. Debes mantenerte despierta.

Le toqué el cuello buscando el pulso, esperando poder seguirle el sentido.

Era muy débil.

–Zueño…–, masculló.

-No, no, sé que estas cansada, pero debes permanecer despierta. Sigue hablando, ¿bien? Háblame sobre hoy. ¿No fue divertido?

No era suficiente. Perdía mucha sangre, demasiado rápido, y no podía pararla. Ella no era capaz de mantener los ojos abiertos más de dos segundos.

–Hoy fue muy divertido, ¿verdad? ¿No te gustó subirte a todas esas montañas rusas? ¿El escucharme gritar como idiota?

No servía. Lo intentaba, pero no podía entender lo que le decía. La recosté en el suelo, pero mantuve su cabeza en alto, esperando que eso redujera la hemorragia. Ni pudo quejarse del dolor que eso debió causarle.

–Por favor, Isabel… podemos volver, y me subiré a todos los estúpidos carritos que quieras contigo, sólo… Mierda, no hagas esto…

Caí a su lado, con la cabeza apoyada en su cuello. A esa distancia, podía oír su respiración dificultosa, y el aire disminuirse.

–Lo siento… lo siento muchísimo…

Rompí mi promesa. Se suponía que la protegería, me aseguraría de que nunca volvería a sufrir, y fallé.

La cagué, y, mientras oía su débil corazón detenerse, supe que nunca me podría disculpar con ella por esto.

–Lo siento…

Sabia que ella ya no podía oírme, pero no pude evitar decirlo. Era como si estuviera en automático. A pesar de que yacía a su lado, demasiado débil por la perdida de sangre y el dolor, las palabras salían. Detrás, podía oír a Farlan.

Debía ayudarlo. Tosía y escupía, sin capacidad de respirar, pero no era capaz de moverme. Estaba demasiado débil.

No pude salvarlo.


Abrí los ojos para encontrar todo en derredor borroso. No estaba oscuro, de hecho, era al revés. Era demasiado brillante y apenas podía abrir los ojos del dolor que me causaba la enceguecedora luz. Me sentía como treinta kilos más pesado. Había un peso sobre mi pecho, algo que me hacía difícil respirar. Quise mover los brazos para apartarlo, pero parecían de plomo.

–¿Rivaille…?

Mi nombre apenas fue susurrado, pero pareció que alguien gritaba en mi oído.

–Vamos, Rivaille, ya, despierta. Puedes hacerlo.

–Mu-ucha luz…–. Carajo, ¿ésa era mi voz? Parecía que me había atropellado un camión.

–Perdona, pero no se pueden apagar.

Ante esa respuesta, me obligue a abrir los ojos. Seguía habiendo mucha luz, pero pude ver a un hombre parado delante de mí, vistiendo un guardapolvo y una tabla de notas en las manos–. Ahí vamos. Los haces bien–, celebró.

–¿Dónde… estoy? – pregunté con esa voz de mierda.

–¿Cuánto recuerdas? – replicó ese hombre. Sacudí la cabeza. La garganta me dolía demasiado para hablar en ese momento–. Ahora, estás en el hospital. Protagonizaste un accidente de coche, y tuviste unas terribles heridas.

Miré en derredor. Era una habitación de hospital, y suponía que el hombre era el medico que me había estado atendiendo. Miré un poco más, y la presión en el pecho dolió. Baja la mirada para ver el origen, y descubrí una mota de cabello naranja, perteneciente a la cabeza de alguien, sobre mi pecho.

–Petra…

Dormía sobre uno de mis brazos, lo que explicaba el motivo de la inmovilidad. Alcé el otro y le acaricié la tibia mejilla con los dedos.

–Te ha acompañado desde que llegaste. No se ha marchado, ni para ir a dormir–. Dijo el médico, sonriendo. No le presté atención. Estaba demasiado ensimismado en el rostro durmiente de Petra. No me había percatado de que le importara tanto.

–Petra…–. Volví a decir, intentando sonar mas que un susurro. Presioné un poco mas mi caricia, pero no fue la gran cosa. Aún en mi patético estado, era capaz de percatarme de mi debilidad. Sin embargo, fue lo suficiente. Petra se estiró contra mi pecho, sus ojos castaños abriéndose levemente. Pareció confundida por unos instantes, pero cuando me vio, todos los recuerdos y situaciones parecieron pasar ante sus ojos.

–¡Levi!

Dio un salto tan repentino, que no pareció que hubiera estado durmiendo dios sabe cuánto, cayéndome encima. Yo no podía respirar con la mitad de su peso encima de mi pecho, y sus brazos apretándome el cuello brutalmente.

-Oh mi Dios, Levi…–, lloraba.

Las lágrimas caían contra mi cuello, e hice lo posible por consolarla. Apenas pude tocarle los labios antes de que las fuerzas parecieron abandonarme, incapaz de seguir sosteniéndola.

El medico salió del cuarto al cabo de unos instantes, dándonos algo de privacidad. Nos ahorró la vergüenza de hablar como adolescentes enamorados en presencia de adultos.

–Ay, Levi…–, lloró ella contra mí.

–Petra–, suspiré, frotando mi cabeza contra la suya. Era todo lo que era capaz de hacer con mis pocas fuerzas.

–¡Estoy tan contenta de que estés despierto! ¡Creí que nunca lo harías!

–¿Cuánto tiempo dormí? –, pregunté cautamente.

–Han pasado dos días. Ibas y venias de la inconsciencia. Maldita sea Levi, me asustaste…

Me obligué a encontrar la fuerza para abrazarla, y lo hice. No fue gran cosa, pero mejor que nada. Al menos, la consoló.

–Dos días…–, repuse.

–Creí que te había perdido también…–, susurró–. No puedo perderte…

–No es tan fácil matarme. Créeme–, intenté bromear, pero no pareció apreciarlo. Mantuvo la cabeza gacha, llorando silenciosamente contra mi blusa. No quería insistirle, por lo cual volví a mirar en derredor, en busca de Isabel y de Farlan.

¿Por qué no estaban aquí? Si yo estuve en un accidente, era claro que Isabel debería estar también, como Petra. Hasta Farlan mostraría alegría por verme despierto. Así que, ¿dónde estaban?

Miré a Petra, listo para preguntárselo. Quería preguntarle por ellos, pero fue como si me dieran con un ladrillo.

Isabel había muerto… ¿Verdad?

–Petra…–, comencé a decir.

–¿Sí…?

–… ¿Dónde está Isabel?

Sabia que era inútil. Ya conocía la respuesta, pero había una parte de mí, un deseo infantil, que esperaba un milagro.

–Oh… Ay, Levi…

Ella se sentó, secándose las lagrimas con la manga de la blusa–. Levi… Isabel, ella-

-No–. La detuve–. N-no… no lo digas.

–Levi, lo siento-

–Basta–. Me tapé los oídos con las manos, otro intento infantil que no sé cómo logré con mis pocas fuerzas.

–Lo siento muchísimo, Levi. Muchísimo–. Me tomó las manos y las sostuvo.

–¿Y Fa-Farlan…? ¿Qué hay de él? – pregunté.

–Está en UCI ahora. Está muy mal–, respondió.

¿Por qué, carajo? ¿Por qué no lo pude ayudar? ¿Por qué solo lo dejé ahí? Pude haberlo matado. Quizás todavía lo pueda hacer.

-Levi…

Petra me tocó con delicadeza la frente, y sentí un dolor que vagamente recordaba del accidente.

–Los médicos dicen que perdiste mucha sangre, pero… Quiero decir que, ahora ya estás bien, y es lo que importa.

–No debería…–, silbé por lo bajo.

–Levi-–, comenzó a decir ella, pero un llamado a la puerta se oyó. Una pequeña enfermera ingresó, aunque no tanto como nosotros. Parecía agotada, y, cuando nos vio, más a Petra que a mí, su agobio pareció intensificarse.

–Oh, perdonen. No sabía que estaba despierto–, dijo.

–Ah, está bien. Entre–, dijo Petra. La enfermera apenas dio otro paso adentro.

–Lo siento, pero… me temo que su amigo, Farlan Church…

Se hizo el silencio.

No oía nada. No me había desmayado, al menos no lo creo. Veía a la enfermera hablar, y a Petra volver a llorar. Se cubrió la cara con las manos, y volvía a caer a mi lado, escondiendo el rostro en mi hombro.

Apenas si lo sentí.


Llamaron a la puerta de la habitación. Alcé la cabeza media pulgada y miré la puerta, para hallar a un alto hombre parado allí. Tenia pelo corto, parecido al mío, con el resto marcándole el rostro. Tenia una sombra de barba, aunque rubia como el resto de su cabello, haciéndola casi invisible.

–Hola…–. Dijo, con una voz entre tímida y calma. Sin embargo, podía oír el tono de barítono. Sin duda, era incapaz de sonar tan fuerte como lo deseaba. No me importaba eso. Me quedé callado y seguí mirándolo mientras se aclaraba la garganta–. Hum…. ¿Có-cómo estás?

–¿Quién eres? – repliqué.

–Ah…. Esto, me llamo Erwin Smith–. Se presentó, ingresando a la habitación un poco más.

–¿Y…?

¿Acaso esperaba que celebrara su introducción? Parecía algo cohibido, como si en verdad esperase algo. Qué, lo ignoraba, pero era algo.

–Soy… soy quien los chocó–. Admitió, dando un paso atrás. Ahora entiendo porque estaba tan a la defensiva. Cree que lo voy a matar.

Me sorprendí a mí mismo porque no sentía el deseo de lastimarlo…. Todavía.

–Un gusto–, repuse.

–¿Qué? –, inquirió, con evidente sorpresa en el rostro.

–Dije que era un gusto. Erwin, ¿no? – pregunté.

–Sí, pero… ¿Eso es todo?

–¿Qué quiere decir con "eso es todo"?

–Pensé que… Digo, después de saber sobre tu familia, creí-

–¿Qué? –. Le clavé la mirada. Habían pasado unas catorce horas desde que despertaba, y a nadie parecia darle la gana de dejarme en paz.

–Sólo… vine a disculparme.

–Disculpa aceptada, ahora vete–. Le ladré, volviendo la cabeza a un lado.

–Espera un segundo-

–¿Qué? –, espeté– ¿Por qué putas no me dejas en paz?

–¡Porque vine a disculparme! ¿Crees que estoy contento con lo que pasó? ¡Porque no es así!

–Qué bueno, ¡ahora déjame en solo! – . Intenté salir de la cama, pero los miembros estaban demasiado débiles por haber estado dos días seguidos en cama. Todo lo que podía era pararme y apoyarme en la cama.

–Lo siento, ¿está bien? –. Miré a ese tal Erwin, y descubrí que tenia los ojos rojos, como si fuera a llorar. No creía que alguien de su tamaño pudiera hacerlo–. Te juro que fue un accidente. Cuando me enteré de tu familia, yo…. Lo siento.

–Basta–, silbé, intentando volver a la cama. No me podía sostener por mucho tiempo, y los brazos me estaban matando por solo sostenerme. Viendo mi incomodidad, Erwin se acercó en silencio para ayudarme a sentar–. Suéltame–, le ordené, liberando mi brazo.

–Rivaille, lo siento muchísimo. Sé lo que estás pensando, y no puedo disculparme lo sufi-

–¡No tienes ni idea de lo que pienso! – le grité–. ¡No perdiste a tu hermana ni a tu mejor amigo!

–¡Mi esposa falleció en el accidente! ¡Maté a mi mejor amiga, así que no me digas cómo sentirme! ¡Sé lo exactamente cómo es!

–¡Vete a la mierda! –. Intenté apartarlo, pero era como golpear un muro. No era más que músculo y hueso, y mas grande que yo. Algo me decía que no debía buscarle riña.

–¡Lo siento! ¡Tenía que disculparme!

–Lo hiciste, ¿ya te limpiaste la conciencia?

–No…–. Retrocedió, frunciendo los delgados labios–. No… nunca lo estará.

Con eso, una lagrima se deslizó por sus ojos, arruinando su fachada de tipo duro.

La pelea acabó, así como la tensión. A pesar de ello, sentía sus remanentes en el aire. Aun pesaba en el aire, aplastándome los pulmones. O, quizás había sido hacer esa escenita de demostrar una fuerza que no tenía.

–Mira… lo siento–, dije, intentando tomar aire. Lo solté, pero acaba en un acceso de tos–. Tu disculpa… la acepto. No hace falta. No fue tu culpa.

–Debo hacerlo. No puedo vivir con esto.

–¿Dices que quieres morir? –. Inquirí, mirándolo.

–No, pero… no lo sé…

–No fue tu culpa. Tu esposa no querría verte besándole el trasero de un petiso mal llevado como yo, ¿verdad? –. Sonreí con malicia cuando noté que esbozaba una sonrisa–. No fue tu culpa, así que deja de ser un marica.

–A mi esposa no le habrías caído bien–, dijo, soltando algo parecido a una risa–. Pero no podemos ignorar lo pasado.

–Erwin, fue un accidente. No querías que pasara. Y, además…–. Me callé. Al hacerlo, Erwin me miró, sus azules ojos inquisitivos.

–Además, ¿qué?

Al fin de cuentas, fue mi culpa…

No lo dije en voz alta.


El gobernador dice que la nueva ley está siendo procesada, y debería ser emitida dentro de los dos meses próximos.

–¿Podemos cambiar el canal, Levi? –. Miré a Petra, quien parecía aburridísima. Admito que las noticias eran viejas y aburridas, pero no había nada mejor para ver. Habría cambiado al canal de dibujitos, pero nadie los miraría.

–No–, respondí sacudiendo la cabeza. Ella gruñó y rodó por el medio del sofá.

–¡Levi, estoy aburrida! –, gimió.

–¿Qué edad tienes? –. Repliqué, observándola reacomodarse en el sofá, poniéndose derecha.

–Ah, ten- ¡Ah! Buen intento–. Sonreí apara mis adentros mientras se daba la vuelta, cruzando los brazos sobre el pecho–. Basta, Levi…

–Petra, oye…

–¿Ahora qué? – Sonaba más molesta de lo necesario. Suspiré.

–Casémonos.

Hubo un momento de silencio. la miré por el borde del ojo, miró un instante a la nada, antes de volverse lentamente a mirarme. Tenía una expresión anodina en los ojos y el rostro.

–¿Acaso volviste a pasarte con los calmantes? – preguntó.

–No, claro que no. Hace dos semanas que se me terminaron–, respondí, encogiéndome de hombros.

–Qué gracioso. No digas esas tonterías, Levi–, resopló, apartando la mirada.

–¿Casarte conmigo sería un chiste?

–Bromear al respecto lo es. A las chicas no les gusta que jueguen con sus sentimientos.

–No bromeaba–, repliqué, haciendo que volviera a mirarme.

–Levi– comenzó a decir. Me levanté del sofá antes de ponerme de rodillas. Le tomé la mano, que estaba totalmente entumecida–. ¿Le-Levi…? – susurró, ruborizándose.

–Petra…–, dije con suavidad–. Sabes que no son de los que dicen tonterías románticas, pero debo hacerlo, porque no creo que alguna vez lo haya hecho. No me gusta esa mierda, pero la mereces. Así que, desde que te conocí, todo lo que has hecho ha sido por mí. Me diste un lugar, un hogar, me ayudaste a criar…

Seguía siendo difícil decir su nombre.

–Lo sé… estas ultimas semanas, he sido insufrible. Sé que no soy la mejor persona para estar, y además de lo que pasó, y tú, no puedo creer que te hayas quedado. No sé cómo me aguantas. Honestamente, soy sincero al decir que me sorprende que no me hayas dado una patada en el culo, así que eso te lo agradezco. Eso, y…

Suspiré.

De verdad, esta situación me desagradaba.

–Petra, mira, sabes que no soy bueno en estas cosas. Solo entiende que… te amo–. Era la primera vez que se lo decía–. Te amo, y no quiero perderte en el tiempo inmediato. Espero que podamos estar así…. Sólo si es lo que quieres, claro…

–Como dije, ha sido un verdadero burro últimamente–. Volví a encogerme de hombros y aparté la mirada, antes de seguir–. Siento mucho no tener un anillo. No pude pagarlo, no es que no haya intentado o algo-

–Levi–, me interrumpió ella.

–¿Sí?

–Sí–, respondió.

–Sí, ¿qué?

–Sí–. Me tomó de las manos y asintió–. Sí, me casaré contigo.

–… ¿Lo dices en serio? – replique, confundido por su respuesta. Después de todo lo pasado entre los dos, ¿en verdad quería quedarse? –. ¿No serás tú la pasada de calmantes?

–¡Levi!

No supe si me gritaba a mi o de alegría por el compromiso, pero me puse a pensarlo. Ella me saltó encima, tirándome al suelo. No pasó nada, ya que la sostuve. Se sentó, rodeándome las caderas con las rodillas mientras me cubría el rostro con besos. Me abrazó y, una y otra vez, repitió que me amaba-

–¡Te amo tanto, Levi!

¿Lloraba de alegría o de dolor? Estaba un sesenta por ciento seguro de que era de felicidad, pero siempre esta la posibilidad de que no lo fuera.

–Me ahorcas–, gemí cuando aflojó sus brazos en mi cuello. Me miró con sus enormes ojos castaños, y la sonrisa en sus labios seguro le hacia doler las mejillas. Tenia los cachetes ruborosos, pero no pasaba nada.

–Perdona… Te amo, Levi.

–¿Sí…? – le sonreí, tocándole la mejilla.

–Sí, de verdad lo deseo–. Dejó caer la cabeza sobre mi hombro, y la rodee con los brazos.

–También te amo–, suspiré.

Quizás, esto quería decir que las cosas volverían a componerse para mí.