A forged wedding / Una boda fingida
Autor: mystyhollowdrummer
Traducción: Maru de Kusanagi


Capítulo 20 de 31

20: Eren Jaeger… será mi fin


El cuarto estaba imposiblemente silencioso. Solamente se oía cómo los cubiertos raspaban los platos, junto con el sonido de nuestra masticación. Normalmente, me fastidiaban aquellos que mascaban como vacas, pero ahora no era momento de quejarse.

–Está muy bueno–, dije, después de tragar.

–No es difícil de preparar–. Petra miró su plato, mientras luchaba para pinchar una habichuela. Intenté sonreírle, pero no había mucho por lo cual hacerlo.

–Bueno, sí… pero… igual está bueno–, susurré.

–Levi…–, suspiró ella. Su tono denotaba preocupación, y era evidente. Tenía la sensación de saber lo que se venía, mientras apartaba a un lado el tenedor, y me limpiaba los labios con la servilleta.

–¿Mn…?

–Levi… creo que se ha terminado.

Y sabía lo que vendría a continuación.

–… Sí, creo que tienes razón– respondí. Ella apartó su tenedor también, para esconder las manos en el regazo, agachando la cabeza. Los nudillos se le pusieron blancos por cómo se aferraba a su camiseta, y noté cómo temblaba.

–Levi, te amo, de verdad, pero… Pero no puedo seguir así. No puedo seguir con esto–. La voz se le quebró en llanto, mientras las lágrimas caían por sus pálidas mejillas. Aparté la silla, y la rodeé con los brazos, atrayéndola para un abrazo.

Hacía mucho que no la sostenía así.

–Lo sé–, murmuré, apartando unos mechones para verla llorar.

–Tampoco quiero perder a mi mejor amigo por esto. Me has acompañado tanto tiempo, y si te perdiera… no podría superarlo–. Se cubrió el rostro con las manos, escondiéndose lo mejor que podía.

–Nunca te abandonaré–, le aseguré al oído–. También eres mi mejor amiga, y tampoco quiero perderte.

–Lo siento–, gimió. La atraje más cerca, permitiéndole posar la cabeza sobre mi hombro, para que pudiera llorar. No me molestó.

–No te disculpes. He pensado lo mismo–, admití.

–Levi, de verdad te quiero–, gimió–. Siempre te querré.

–Lo sé, y lo entiendo–. Deposité un beso donde fuera que podía alcanzar (que era el lado de su cabeza)–. También te amo. Siempre lo haré.


–¡Carajo, Hanji! –, ladré. Ella rió de placer, antes de huir pasillo abajo, con los documentos que estaba mirando–. ¿Qué eres, una maldita cría acaso?

–¡No, claro que no! –. Rió como de costumbre.

–¡Te comportas como una! –. Me estiré para tomar los documentos, pero ella los sostuvo por encima de su cabeza, lejos de mi alcance.

–¡Y tú tan bajo como uno!

Mierda, no.

Le pisé el pie, logrando que profiriera un grito de dolor. Ella dejó caer los papeles y los recogí, mientras Hanji se sostenía el pie con las manos.

–¡Mira, están todos arrugados! –, gruñí, regresando a la oficina.

–¡Levi, creo que me rompiste algo! –, gimió ella, pero la ignoré lo mejor que pude. Entré en la oficina y cerré la puerta - bueno, técnicamente di un portazo.

–Ah, Levi –. rió Petra desde su sitio junto a mi escritorio–. Déjala ser. Ha estado muy lento últimamente.

–No lo haré solo porque todo esté tranquilo. Debe ser profesional, sin importar la puta hora, minuto, día, semana o mes que sea–, mascullé, mientras me sentaba a su lado–. ¿Y qué haces tú? Saca tu minúsculo culo de mi escritorio.

La empujé de los hombros.

–Ay, por favor. Subí diez libras en dos meses–, gimió ella, mirándose–. Y me parece que se nota.

En respuesta, le di un sopetón en la cabeza.

–No subiste nada desde las vacaciones en Hawái. Deja de preocuparte por eso–, dije, y me senté en mi silla–. Además, creo que sólo subiste dos libras, si no me equivoco. Estoy seguro de que no eres capaz de ganar peso.

–¡Fueron dos y un cuarto, así que sí he subido! –, espetó, frunciendo el ceño.

–Si sigues frunciendo el ceño así, se te va a quedar la cara marcada–, señalé.

–¿Eso te pasó? –, replicó, con una sonrisa maliciosa.

–Ah, me ganaste. ¿Cómo podré superarte? –, repuse con todo el sarcasmo que me fue posible. Ella giró los ojos, sonriendo otra vez. Aparté la mirada para evitarla, fijando la atención en la documentación: Hanji la había arruinado. Eran los currículos de gente que esperaba convertirse en mi asistente, y ahora estaban desordenados. Ya había entrevistado a veinte, y no me acordaba ni de los nombres.

–Maldición…–, maldije por lo bajo–, ¿por qué hace estas mierdas?

–Para atormentarte–, respondió Petra, rodeando el escritorio y poniéndose a mi lado–. Es que está aburrida, Levi. No lo hace a propósito.

La miré, indicando mi incredulidad sobre su cordura, como preguntando "¿Estás de broma?".

–No todo el tiempo…–, corrigió.

–Bien…–. Suspiré, frotándome la nariz. Se oyó un golpe a la puerta, y descubrí a una rozagante Hanji (que parecía recuperada de sus heridas) asomada.

–Ah, Levi-

–No.

–Basta, Levi–, dijo Petra, dándome un golpecito en el hombro.

–Levi, no es nada importante. Quería decirte que hay otra persona para entrevistar–, dijo. Gruñí para mis adentros cuando se marchó, dejándonos solos.

–Es el último por hoy, Levi–, me recordó Petra, frotándome la espalda.

–Está atrasado como la mierda–, ladré–. ¿Cómo le voy a recibir, sabiendo que llegó tarde?

–Quizás tuvo algún percance en su casa. Nunca sabes–, dijo ella, encogiéndose de hombros.

–¿Y cómo se llama? –, inquirí, mirando los currículos sobre la mesa.

–Sólo quedaba un currículo, y me parece que es éste–, me dijo ella, señalando al último de la pila.

–Lo hubiera sabido, si Hanji no me hubiera desordenado las cosas–, gruñí.

–Levi, calma. Ya casi se termina–, me aseguró. Intenté tomar su consejo, respirando hondo antes de leer el currículo.

Eren Jaeger–, leí–. Jaeger. ¿Es alemán?

–Posiblemente–, dijo ella.

–Tiene dieciocho, y nada de experiencia en esto. Ajá, un ganador.

–Dale una oportunidad. Nunca se sabe–, canturreó Petra, saliendo de la oficina, no sin antes avisarme: – Le diré que pase.

Ya no quería seguir con eso por ese día. Ya tenía bastante gente que soportar, con la acreditación necesaria. ¿Qué pretendía ese mocoso aquí?

Suspiré.

Le daría el beneficio de la duda, pero sabía que lo rechazaría al final. Posiblemente, era un adolescente drogadicto y borracho al que todo le importaba tres vergas, aunque consiguiera el empleo.

Y por eso lo rechazaría, sin importar lo que pasara.

–¿Disculpe? –. Una tímida voz llamó. Miré a la puerta, mientras apartaba su currículo para ver a un alto y bronceado joven en la puerta.

Bueno, esperaba algo peor. No parecía el tipo de chico que se la pasara todos los días de fiesta, ¿pero cómo saberlo por la apariencia? Aunque vestía bien, una simple remera verde, jeans negros y unas viejas zapatillas. Tenía el brillante y castaño cabello corto, ojos verdes, y sentí el corazón encogérseme de manera extraña.

Eran los ojos de Isabel.

–Ho-hola. Me llamo Eren Jaeger–, se presentó–. Vine para la entrevista.

–Bien, siéntate–, dije, señalando el sofá.

–Disculpe la demora. Se me rompió el coche, y mi hermana tuvo que salir de la escuela para traerme–, dijo, sentándose en el sofá mientras se quitaba la mochila.

–Es entendible–, tomé su currículo, sentándome delante de él. No me gustaban las excusas, pero debía tener en cuenta que apenas tenía dieciocho. Todavía le faltaba madurar–. Así que, Jaeger, me llamo Rivaille.

Que todos me llamaran Levi no quería decir que me gustara. Mi intención era mantener la relación lo más profesional posible, y usar un apodo no era la manera.

–Un gusto conocerle, Rivaille–, dijo Eren, alzando la mano para estrechármela. Solo le miré, un poco sorprendido y desorientado por cómo dijo mi nombre.

Nadie había sido capaz de pronunciarlo de manera correcta a la primera. Aun hoy, después de entrevistar a veinte y tantas personas, nadie lo había logrado. Algunos ni eran capaces de pronunciarlo, y no me quedaba otra que me dijeran Levi.

–Nada mal–, dije, apenas silenciándome, estrechando su mano–. Tienes las manos sudadas. ¿Estas nervioso?

–Ah, esto, un poco–, dijo, secándose la mano contra el pantalón.

–No irás a desmayarte aquí, ¿verdad?

–No, no, claro que no. Le juro que estoy bien–, me aseguró. Asentí y alcé su currículo.

–Bueno, Jaeger, debo decirte que he entrevistado a mucha gente hoy. Gente con títulos universitarios, años de experiencia y un coche que no se les rompe de camino a una entrevista–. Noté el terror que cruzó por sus ojos: seguro pensaba que ya había perdido. Así lo era, pero quería disfrutarlo un poco–. Así que, en vez de ametrallarte con las tonterías que todos los empleadores hacen, te preguntare lo siguiente: ¿Por qué siquiera lo intentaste con un currículo casi en blanco?

Levanté la solitaria hoja, y se la mostré.

Miró al suelo, con los ojos un poco ensombrecidos. Tenía las manos juntas y apretaba los dedos mientras se removía en el sofá.

–Bien, eh…–, comenzó–… no puedo decir que seré bueno en el puesto. Nunca he trabajado, y eso hará que entrenarme sea un fastidio. Mi amigo dice que le serviré mejor, ya que tengo una mente que puede moldearse a su antojo. No sé a qué se refiere, ya que tengo la mente muerta por la escuela.

–¿Y por qué lo entregaste? –, pregunté, atónito.

–Si no lo hacía, nunca lo sabría, ¿verdad? –. Sus ojos verdes me levantaron para mirarme, y me descubrí atraído hacía ellos –. Sé que es un desperdicio, pero necesito empleo y pensé "¿Por qué no?". Al menos, tendría una oportunidad si lo intentara… o no.

Se encogió de hombros, frotándose la nuca, con los ojos mirando a un lado. Seguí su mirada, y descubrí lo que veía.

El trio de idiotas: Hanji, Petra y Erwin, nos observaba. Tanto Petra como Hanji se aguantaban la risa, mientras que Erwin miraba a Eren como si aprobase algo que yo no entendía.

–Oigan, ¿por qué no trabajan? –, pregunté o, más bien, les ladré. Los tres desaparecieron en segundos, y volví a mi atención a Eren, quien tenía el ceño fruncido, lo cual lo hacía ver como un cachorrito pateado. De verdad me dio cosa.

–… Perdone por haberle hecho perder su tiempo, señor–, susurró, tomando su mochila. Le observé salir del cuarto, y me quedé mirando la puerta, hasta que Petra se asomó.

–¿Ya le dijiste que no? –, dijo, frunciendo el ceño.

–No, sólo se fue–, repuse, y bajé el currículo.

–¡Ay, Levi, es como un cachorrito! –, rió ella, dándome un empujoncito–. No le rompas el corazón de esa forma.

–Te digo que sólo se fue. No lo eché–, respondí.

–¿Y…? –, agregó ella.

–¿Y qué?

–¿Cómo era?

–Está bien.

Ella suspiró.

–¿Sólo "bien"? ¿Es agradable?

–Por supuesto–, susurré.

–Levi, hablo en serio–. Ella se sentó a mi lado y me miró en los ojos–. Acaso… ¿no te diste cuenta?

–¿Hablas de sus ojos? Sí, lo hice.

–Y por eso lo vas a rechazar, ¿verdad?

–Claro que no. Te dije que se marchó por decisión propia. Nunca le dije nada de que no le iba a contratar.

–Entonces qué, ¿pasó? – preguntó Petra, sonriendo.

–Claro que no–, respondí. Su sonrisa se apagó al instante–. No hagas eso, Petra. Es un chico sin experiencia y sin coche que funcione. No es lo que busco.

–Dijiste lo mismo de los demás– señaló, vehemente–. Todos los que entrevistaste tienen algo malo. Levi, no sé qué es lo que buscas, pero debes escoger. De ser yo, lo escogería a él.

–No eres yo. ¿Y por qué a él?

–Porque puede aprender–, fueron sus últimas palabras antes de salir. Me dejó allí con una tensión extraña pesando en el aire. Giré los ojos al ponerme de pie, para salir de la oficina en busca de aire fresco.

–¡Mírate la cara! Ay, ¡qué adorable! –. El chillido de Hanji se podía oír desde mi puerta. Miré al corredor, y la encontré encima de Eren.

–Hanji, deja a ese pobre crio. Lo asustas–. Gunther le tocó el hombro, esperando poder apartarla, pero ella lo rechazó. Volvió su atención a Eren, quien intentaba duramente no ser maleducado, con la cola entre las piernas. No lo culpaba. Hanji era un verdadero fastidio.

–¿Acaso usas contactos? – preguntó ella, acercando sus rostros para mirando más de cerca.

–N-no, es mi color natural–, tartamudeó, ruborizándose.

–¡Que lindos! Tus genes son muy buenos, Eren.

–¿Gracias? – sonaba muy confundido, como si intentara esquivar un ataque.

–Hanji, abajo nena–. Intervinó Petra, quitando sus manos del chico. Eren la miró un segundo, agradeciéndole, y ella le sonrió con su usual sonrisa tranquilizadora–. Eren, ¿estás bien?

–Sí, algo bajoneado, pero bien–. Era malísimo mintiendo. Tenía las orejas coloradas, y los ojos lo ponían en evidencia.

–¡Oye, Jaeger! – lo llamé, antes de entrar al lugar.

Momento, ¿qué estaba haciendo?

–Ah, ¿s-sí, señor? – preguntó. Me le acerqué y le miré, y Eren apartó la mirada, con las mejillas un poco ruborizadas.

–Estás contratado.

¿Qué carajo estaba diciendo?

–¿De verdad…? –. Sonrió feliz, con los ojos brillando de felicidad.

Al carajo él y sus ojos. Era igualito a ella.

–Sí, lo lograste–. Tanto como Petra y Hanji celebraron a mi lado, pero, por la atmosfera profesional, mantuvieron un perfil bajo.

Apenas.

–¡Gracias! Rivaille, ¡muchas gracias! ¡No tiene idea de cuánto significa para mí!

Tal como dije muchas veces, seguía siendo un chico. Sin embargo, esperaba un poco de decencia y también (apenas), algo de profesionalismo. No sé qué esperaba. Era un muchacho, así que no debió haberme sorprendido que me rodeara con los brazos y me abrazara.

–De verdad, no puedo agradecerle lo suficiente-

Le silencié con un puñetazo al estómago. Cayó como un saco, sosteniéndose la panza mientras tosía y luchaba por respirar.

–Levi–, dijo Erwin en tono desaprobador.

–Primera regla: no me toques–. Señalé, flexionando los dedos.

–Entendido– resolló Eren, incorporándose sobre los codos.

–¿Cuándo puedes empezar? – continué.

–Cu-cuando diga, señor–, repuso, mientras se encogía al mirarme.

–¿Puedes mañana, o te complica con la escuela?

–No, curso virtual. Perfecto–. Me dio una tonta sonrisa amplia de adolescente, y yo le giré los ojos.

–¿Vas a poder venir en tu coche?

–Encontraré la manera–. La determinación de sus ojos que le hizo brillar con una extraña esperanza realmente me descolocaba. No había visto algo así desde…

–Perfecto.


–No, no, he estado comiendo–. Giré los ojos mientras daba vuelta una hoja.

–Ay, Rivaille, querido, sólo nos preocupamos por ti. Últimamente suenas tan casando y- baja eso y escúchame, jovencito.

Maldición. Cuatro mil kilómetros de distancia, por teléfono, y mi abuela seguía sabiendo que no la escuchaba.

–Perdona, abue–, dije con un suspiro y apartando la hoja.

–Buen chico–, celebró–. Como te decía, suenas muy cansado últimamente.

–Es por el nuevo caso. Es un poco estresante, y estoy un poco más cansado. Haces que parezca que me estoy muriendo–, dije.

–La fatiga mata gente, Rivaille. La vuelve loca–. Podía imaginarla sacudiéndome su dedo. Posiblemente, lo estaba haciendo, haciéndola ver senil.

–¿Eso te pasó a ti? – repliqué.

–No me obligues a mandarte al rincón, jovencito.

–Tengo treinta y cuatro, abuela. Demasiado viejo para eso–, dije, inclinándome sobre el escritorio.

–Para mí no–. No quise insistir en el tema: se subiría a un avión si con eso podía cuidarme, eso lo sabía. Oi un largo suspiro de su parte de la línea, antes de que continuara –. Rivaille, es que nos preocupamos.

–Ya lo sé, abuela. Pero estoy bien. Bien. De hecho, nunca mejor–, intenté.

–Pero nunca podré estar segura si no estoy allí para cuidarte.

–Abuela, no–, la corté al paso.

–¡No dije nada!

–No hace falta. Te conozco y lo que infieres, y ya estoy grande. Lo suficiente como para cuidarme–. Giré los ojos otra vez, antes de ponerme de pie y volver a mi tedioso trabajo.

–Rivaille, solamente digo que no debes seguir solo. ¿No hay nadie en tu vida hoy? –. Noté la angustia en su voz, pero no podía volver a hacerle vivir aquello, sin importar cuanto me doliera y mortificara.

–Abuela, no me volveré a casar–, dije.

–Ay, Rivaille–, gimoteó.

–Disculpa, Rivaille–. Llamaron a mi puerta, seguido por la voy de un chico que hacía dos años que conocía. No hacía falta fijarme para reconocerle, pero de todas maneras lo hice. Eren estaba allí, asomando los hombros y la cabeza y el resto del cuerpo oculto tras el marco.

–¿Sí, Jaeger…?

–Le envié esos documentos–, dijo–. Hace una hora.

–Perdona, estaba al teléfono– expliqué, en voz baja–. Los miraré cuando termine.

Eren asintió y sonrió igual que hacía dos años, antes de desaparecer tras la puerta.

–Disculpa, abuela. ¿Qué decías?

–¿Quién fue ese, querido? – inquirió ella, con un tono travieso, curioso y también peligroso, en la voz.

–Sólo era Eren–, respondí.

–¿Quién es Eren?

Una idea me pasó por la mente. Una desquiciada. Me pareció ridícula, pero las palabras abandonaron mi boca con naturalidad, como un suspiro, y no pude callarlas.

–Mi esposo.

Momento, ¿qué?

–¿Tu esposo? – exclamó, sorprendida.

¡No, no, no! ¡Retráctate! ¡Hazlo antes de que ella-!

–¿Lo oíste, querido? ¡Rivaille volvió a casarse!

La puta madre…

–Abuela, e-espera, no era lo que-

–¿Te volviste a casar? –. La voz de mi abuelo sonaba animada como nunca.

–No, abue-

–¿Cuándo? ¿Por qué no nos invitaste? – inquirió ella– ¿Cómo es? ¿A quién se parece? ¿Es bueno contigo, Rivaille?

–¿Es más alto que tú? Petra no lo era, pero es difícil hallar alguien que sea más bajo que tú–, señaló el abuelo, riendo.

–Debe tener algo especial, si atrapó a nuestro chico– ¿Acaso mi abuela guiñó al otro lado de la puta línea?

–Y se cumplió lo que deseaba en mi cumpleaños. ¡Rivaille se casó antes de que cumplir los ciento uno!

Bien, yo mismo me jodí.


La mirada de bobo en la cara de Eren después de contárselo valió la pena. Era raro dejarlo sin palabras, porque el imbécil siempre tenía algo para decir, pero, por una vez, se quedó callado. Yo sólo sonreí y salí del lugar, dejándolo totalmente anonadado.

Debía ver a los abuelos. Habían dicho que no tendrían problema con dar con el cuarto de invitados, pero debía asegurarme. La abuela no tenía buena memoria.

El nombre de Eren, antes lo había dicho unas seis o siete veces. Así que, tras decirlo, debía ayudarles. Podía haberles mentido y decirles que quería conversar con ellos mientras desempacaban, con lo que no me habrían dejado ayudarles.

–Es un joven muy hermoso–. La anciana voz de mi abuela se oía desde la puerta. Me detuve afuera, apoyado contra la pared, atento a lo que comentaban sobre Eren.

–Lo es. Aunque se ve demasiado joven. No sé cómo lo hace–, dijo el abuelo, y oí el cierre de la valija abrirse.

–Sí, sí, y eso me parece bueno para Rivaille. No sé cómo explicarlo, sólo que tengo esta… sensación. Eren es muy bueno para nuestro muchacho, puedo verlo.

¿Cómo…? En la vida real, Eren era mi asistente. Un asistente al cual golpeaba cuando la cagaba con un reporte, y al que debía comprarle el almuerzo alguna que otra vez. ¿Cómo era que podía ser bueno para mí?

–Pero–, dijo de repente ella.

Ay no.

–¿Pero…? –, dijo el abuelo.

–Me parece que hay algo raro en su relación. Como si no estuvieran a gusto uno con el otro…

Carajo, ya empezaba sospechar.

–No hagas eso. Son recién casados, y están un poco ansiosos con nuestra presencia. Eren debe estar pasando una crisis de nervios por ello, así que dales un poco de tiempo. Estoy seguro de que pronto se les pasa–, dijo el abuelo.

Suspiré en silencio, dejándoles que se arreglaran.

–Bueno… está bien–. La abuela todavía no sonaba convencida. Me mordí el labio, maldiciendo nuestra suerte.

Era demasiado lista e insidiosa, y debí haberme dado cuenta. Iba a sospechar, e insistir hasta saber la verdad.

Debíamos hacer algo para que no sospechara. Dormir en la misma cama y algunas caricias no bastarían, no si iba a ser todo lo que haríamos. Debíamos hacer algo para más, que la hiciera dejar de husmear nuestra relación. Lo que quería decir que debíamos expandir los límites y "actuar" un poco más.

Eren iba a odiarme cuando todo terminara y eso, por algún motivo, me molestaba.


Maldita sea. Al diablo con él. Después de tantos años, creía tener un buen control sobre mis emociones y mi persona, pero era evidente que no.

¿Cómo dejé que pasara? ¿Cómo fue que lo dejé avanzar tanto? ¿Por qué no lo corté a tiempo? De no ser por mis abuelos entrometiéndose (lo que después deberé agradecerles), no sé qué habría pasado, porque estaba tan perdido como Eren.

¿Cómo era que un simple, insignificante y estúpido beso me pusiera así? ¿Cómo dejé que …? Ni tengo palabras para explicar lo que pasó y a lo que llegó. Todo lo que sabía era que yo estaba simulando, obligándonos para que mis abuelos fueran felices. Eso fue al principio. Los siguiente fue yo perdiéndome.

Me olvidé. Me puse en blanco, olvidé que simulaba y me dejé llevar, cosa que no debía pasar.

No se dio cuenta, ¿verdad? No, claro que no: Eren es demasiado ingenuo y simple como para hacerlo. Parecía demasiado perdido y llevado por el beso como para ello, y si lo hizo, debió creer que fue cosa suya.

No era como si la cosa haya sido mala. Sólo que lo volvió más convincente, ¿no es cierto? Así, gracias a nuestra demostración, mi abuela dejaría de andarnos encima, ¿no? Seguro lo hacía, ya que no podría repetirlo. No iba a hacerlo, en especial si volvía a perder el autocontrol cuando Eren me besara.

Bueno, ya se terminó. Ya no debíamos simular, y, de hacerlo, me aseguraría de cuidar de que mis acciones estuvieran bajo control. Ahora, debía mantener la calma. Relajarme antes de que los abuelos se dieran cuenta de que estaba tan sacado.

Entonces, ¿por qué no me podía calmar? ¿Por qué sentía las mejillas arder por el rubor? ¿Por qué sentía que las orejas me ardían?

¿Por qué temblaba y por qué sentía un temblor en el bajo vientre, uno muy familiar?

al diablo con él.


–Shh–, susurré. Eren se movió en mis brazos, cerrando los ojos. Miré su cansado rostro, mientras al fin se relajaba de una manera que jamás había visto. Parecía muy conforme y tranquilo, y debía hacer algo al respecto.

–Levi…–, susurró, adormilado.

–Dije que hicieras silencio–. No tuve el corazón para sacármelo de encima. ¿Quién podría, cuando se veía tan…? Epa, vade retro. No nos dejemos llevar–. Estás cansado, ¿no?

–…Mmmm…

Sus ojos ni intentaban seguir abiertos. Frotó la cabeza contra mi cuello, y volví a mirar las llamar en la pira.

El cinturón ya no estaba. Quedaban solo los restos de la hebilla, que lentamente se desintegraba. Resoplé, era un metal barato, claro que iba a destruirse. Volví a mirar a Eren, quien ya estaba dormido. No lo culpaba, al menos no por el momento. Sin embargo, esto me complicaba las cosas.

–Mierda…

Antes de levantarme, tomé las piernas de Eren con una mano y sus hombros con la otra. El chico era más ligero de lo que creía, aunque como peso muerto seguía siendo un fastidio para cargar. Con cuidado, lo coloqué en el asiento del acompañante y le puse el cinturón, aunque me detuve al ver su rostro.

Se veía tan… pacifico. Parecía como si no hubiera dormido bien en años, y esta era la primera vez que podía hacerlo. Creo que ni aunque nos arrollara un camión se despertaría. Aunque eso me hacía feliz: hice algo por él, algo que de verdad le servía.

El pobre mocoso no merecía la mierda que había pasado, y que yo le agregaba. Claro, nunca había pensado en su pasado. De haberlo sabido, nunca le habría puesto un dedo encima; pero ya era tarde para eso. Ahora, que lo sabía, esperaba haber dicho todas las disculpas necesarias. De verdad lo hacía, porque si no… bueno, ahí no sabría qué hacer.

Eren se removió en su sueño, arrugando un poco el gesto, y el dolor de mi pecho volvió. Tenía las mismos pecas que Isabel, aunque no tan notorias. Pero había que recordar que ella había sido más joven, y Eren ya tenía los veinte, casi veintiuno.

Abrí un poco los ojos.

Era cierto: su cumpleaños era mañana. Lo había estado planeando con los abuelos, su hermana y su amigo, y casi me olvido por todo lo que habíamos pasado. Eso volvió a molestarme.

–Qué idiota soy…

No me había percatado de mi accionar, porque fue algo natural. Alcé la mano y la puse en su mejilla. Su piel era tibia y atractiva, quizá demasiado cálida para mi gusto, aunque debía deberse al calor de las llamas. Avance un poco, y luego otro poco más. Lo habría hecho, de no ser que se movió de repente en su sueño.

Carajo, ¿qué acababa de intentar?


–Mierda… puta mierda…

Dejé caer la cabeza sobre el volante, con fuerza y lo merecía. Lo hacía, junto con el resto de la mierda. No me sorprendería que Eren terminara odiándome.

¿Por qué, por qué, por qué? ¿Por qué lo hice? ¿Por qué le grité así? ¿Por qué le pegué? Le juré que no volvería a hacerlo. Lo dije, y mentí.

¿Por qué no podía cumplir mis promesas?

–¡Maldita sea! – grité, frustrado. Me alegró que las ventanillas estuvieran cerradas y me encontrara en un estacionamiento casi vacío, (pocos coches, pero no era problema). No necesitaba que alguien me mirara como a un fenómeno.

No estaba loco, ni enojado. Estaba molesto. Y admito que un poquito borracho, ya que antes había ido a un bar.

–Lo siento…– ¿A quién se lo decía? ¿A Eren, a Isabel, a Petra? Había tanto por lo que debía disculparme, y a tanta gente, que había perdido la cuenta. Eren era uno. También Petra. ¿Quién más?

Alguien golpeó mi ventanilla. Levanté los ojos del manubrio y vi a una mujer afuera, que no era policía. Creo que eso hubiera sido mejor.

Era una mujer delicada, con corto y ondeado cabello rubio, sostenido por una vincha. Vestía un top corto cubierto por una chaqueta de cuero, abierta que debajo ver su cintura y muslos. Vestía los shorts más cortos que había visto en la vida: quizás eran unos boxers. Debajo, había unas medias largas rotas en distintos sitios, si habían sido rotas a propósito no pude saberlo. Calzaba unos zapatos que hacían ver sus pies diminutos, pero la levantaban unas cuatro o cinco pulgadas del suelo, haciéndola ver muy alta. Cosa que no era: seguro era apenas un poco más alta que yo, unos dos o tres centímetros.

Ah, perfecto.

Bajé el cristal, arrepintiéndome al instante. Me golpeó el perfume más intenso de la historia, y necesité de toda mi voluntad para no tener arcadas.

–¿Qué? – pregunté con hosquedad.

–¿Todo bien, lindo? –, preguntó, con voz meliflua–. No lo parece.

–Estoy bien–, dije, volviendo la cabeza. Miré de soslayo a la mujer apoyarse en la puerta, y posar la cabeza en los brazos. Sonrió dulcemente, sus ojos castaños brillaban en la oscuridad.

–Me doy cuenta de que sos un chico listo. Mírame: ¿te pensás que no me doy cuenta cuando un hombre me miente? – dijo, señalándose con una mano pequeña. Admito que sus palabras me hicieron sonreír–. Bien, eso es mejor. Tenés una cara sexy, ¿para qué arruinarla?

–¿Así preguntas si te pagaré los servicios? – inquirí, resoplando.

–Creo que vas a ser mejor lo que podré conseguir por acá–. Giró los ojos cuando señalo las calles con la cabeza.

–… Bueno, ¿qué más da? No es que me pueda odiar más de lo que ya hago–, dije, suspirando. Su sonrisa se volvió maliciosa mientras caminaba tranquilamente al otro lado del vehículo y entraba. Ronroneo al sentarse, como si tuviera frio. Quizás era así, vestida de aquella manera.

–Lindo coche–, apreció–. ¿En qué trabajás para tener un coche así? –. Se inclinó hacia mí un poco, tocándome la entrepierna con los dedos.

–Soy abogado–dije, y me dio ganas de reír. Ella también captó la ironía.

–¿Un abogado haciendo ésto? Debés ser jodido–, dijo con esa voz sedosa. Yo sólo me encogí de hombros. No me importaba–. Si me arrestan haciendo esto, ¿me vas a defender?

Su mano recorrió mi entrepierna, cada vez más rápido.

Iba a hacerlo, ¿verdad? De verdad iba a tener sexo con una prostituta desconocida. ¿Cuándo caí tan bajo?

–Bueno, si te quedas conmigo, no hay mucho que hacerle–, susurré. Su mano lentamente fue a mi ingle antes de ir a mi cinturón.

–Hm–, susurró, moviéndose sobre la consola para sentarse sobre mis piernas. Y yo que pensaba que Eren era liviano. Ella no debía pesar más de cuarenta kilos. Con renuencia, la tome de la cintura, percatándome de que verdad estaba helada. ¿Hacia cuanto estaba allí afuera? –. Que calentito–, me susurró al oído.

–Tú estás helada–, respondí. Sentí el cinto aflojarse y a ella riendo. Retrocedió y, mientras esperaba que siguiera, ella se quedó quieta, chocando la espalda sobre el volante, sin hacer sonar la bocina.

–Lindo, te voy a contar un secreto–, dijo, guiñándome el ojo–. Coger es divertido, si los dos están en el tema.

–¿Y…?

–¿Por qué no me contás que tenés en la cabeza? –, sugirió.

–No es asunto tuyo–, gruñí.

–Ah, vamos. Soy una terapeuta licenciada en secreto–. Arqueó la espalda un poco, orgullosa de sí misma.

–¿Ah …?

–De verdad. ¿Por qué creés que hago esto? Es parte del trabajo–, fanfarroneó–. Además, no nos conocemos, así que ¿no es más fácil hablar con un desconocido los secretos? –, agregó, inclinándose hacia delante. Suspiré, frotándome la nariz.

–Si te tranquiliza, pensá, ¿a quién se lo voy a contar? Aunque lo hiciera, a nadie le importa lo que diga, a menos que sean reglas e indicaciones–. Ella sonrió, pero vi un destello de algo en sus grandes ojos. ¿Dolor o tristeza? Pero era una forma de dolor–. Dale nene. Abrí tu corazón.

–… ¿Qué mierda estoy haciendo? –, dije en voz alta, tendiéndome sobre el asiento.

–Hablando con tu terapeuta– replicó, sin emoción. Resoplé antes de seguir.

–Bueno… es largo.

–Tengo tiempo– sonrió y se tendió hacia atrás.

–¿Por dónde empiezo?

–El principio suele ser lo mejor–, sugirió.

–Es muy confuso, aun para mí.

–Bueno, conversarlo puede que ayude.

–… Bien. Mis bisabuelos decidieron venir de visita desde Francia. Les dije que me había casado, cosa que no es cierto, era una mentira blanca. Así que busque a alguien para que simulara ser mi pareja mientas estuviera aquí–. No iba a decirle que había reclutado a Eren antes de que ellos viajasen al nuevo continente.

–Tiene sentido–, repuso ella.

–¿Sí…? Bueno, descubrí un secreto de Eren, y eso hizo comprensible muchas de las cosas que hace.

–¿Podrías explayarte?

–Es…–. Como dijo ella, nadie lo sabría. No porque no lo contara, o que fuera detrás de Eren–… su padre le pegaba… usaba un cinturón o los puños.

–Bien, prosigue.

–Esta noche… estallé. Tanto él como mi abuela conversaban temas importantes, pero no lo sabía. Sólo estallé, intentando saber de qué habían hablado, pero estaba tan alterado, que, cuando intentó tocarme, le aparté de un golpe.

–Ahh–, suspiró ella. Era evidente que entendía.

–Prometí que nunca lo volvería a hacer. Lo hice, y… terminé pegándole. Aunque no fuera adrede, para él era lo mismo. Por cómo me miró… era evidente que me tenía miedo. Que lo había asustado.

–Suena como si fuera alguien que te importa mucho–. Dijo la mujer, acomodándose un mechón detrás de la oreja.

–¿Qué? ¿Cómo lo sabes? –, dije.

–Lindo, no estarías así si no te importara. Sientes algo por él: estás enojado, porque lo asustaste–, repuso.

–¡No es cierto! – ladré. Me arqueó las rubias cejas, apretando los labios.

–En serio– dijo. Suspiré, apartando la mirada–. Te importa este Eren, y a él le importas vos.

–No, no es así.

–¿Ah no? Hace diez minutos que vibra tu teléfono en el asiento de atrás–. Miré hacia atrás, donde había arrojado el celular. No lo había notado, pero de verdad sonaba. Ella se inclinó sobre mi para tomarlo, y miró la pantalla–. Estoy segura de que es él.

–Dame eso– ordené, quitándoselo. Miré la pantalla y era cierto, llamaba Eren. La llamada se cortó, y la pantalla se encendió, diciéndome que había veintidós llamadas perdidas.

–Parece un chico tierno, y evidentemente le importas. Estoy segura de que le gustas tanto como él a vos. ¿Qué te preocupa tanto?

–… No lo sé en verdad–. El teléfono no volvió a sonar, y lo puse a mi lado, sobre el asiento vacío.

–Si yo fuera vos, me voy a casa y dejo de preocuparlo.

–No eres yo…

–Entonces, ¿prefieres dejarlo solo, en casa, preocupado, toda la noche? – inquirió, en un tono que intentaba ser amenazante. La miré unos segundos antes de apartar los ojos.

No…

–¿Qué te detiene entonces?

–Que estés encima mío–, mascullé. Ella soltó una risotada antes de volver a pasar al asiento del acompañante, pasándome el teléfono.

–Perdoná, es la costumbre– explicó, soltando una risita.

–No pasa nada–, susurré.

–Entonces, ¿vas a irte o qué? – agregó, dándome un empujoncito juguetón al hombro–. ¿Esperás a que salga el sol o qué?

–¿Eh…?

Parpadeé. Ella se inclinó hacia delante y tocó la pantalla LCD, donde se marcaba la hora. Eran las cuatro y cuarto.

–Carajo, ¿cuándo se hizo tan tarde? – La falta de sueño me dio con fuerza, y me froté los ojos para despabilarme.

–La hora vuela para cuando uno se da cuenta– replicó ella. Giré los ojos antes de buscar en mi bolsillo.

–¿Cuánto te debo? – pregunté, sacando la chequera.

–¿Ah…? No hicimos nada. Deja que te masturbe, y estamos a mano–, dijo, riendo con nerviosismo.

–No, tienes razón. Debo ir a casa y hablar con Eren, así que ya no puedo quedarme–. Mis palabras la hicieron sonreír–. ¿Cómo te llamas?

–Garrison–, dijo. Aparté la mirada de la chequera y le clavé la mirada.

–De verdad–, dije.

–No se lo digo a desconocidos–, repuso, sonriendo.

–Bueno, entonces tu completa el resto–, dije, dándole un cheque casi en blanco. Tan sólo había anotado un importe. Ella lo miró, y se sorprendió notoriamente.

–¡Epa, pará un cachito! – gritó– ¡No hice nada! Esto, esto… mierda, ¡es un montón de plata!

–Está bien. Tengo mucho dinero. Quédatelo–, dije, haciéndole un gesto con la mano.

–¡Pe-pero, no puedo! Esto… mierda…– Lágrimas amenazaban con caer de sus ojos, y yo le toqué la mejilla con dulzura–. N-no hice nada por vos.

–Hiciste mucho más de lo que piensas–, expliqué. Me incliné hacia delante y le besé la mejilla, no de manera sexual, sino de agradecimiento–. Salte mientras puedas. Múdate lejos, y busca un verdadero trabajo–, le dije al oído. Su labio inferior tembló, mientras lágrimas de gratitud caían por sus mejillas, corriéndole el maquillaje.

–No sé cómo hacerlo…

–Puedes hacerlo. Eres más lista de lo que piensas–, dije con suavidad. Asintió con vehemencia, sentándose derecha para bajarse del auto. La observe pararse, pero se detuvo en la puerta.

–… Hitch. Me llamo Hitch–, dijo, sonriendo. Asentí.

–Buena suerte, Hitch–, le deseé.

–Gracias, lindo–, replicó, antes de cerrar la puerta.


Mire en derredor del living, fijando los ojos en Eren mientras miraba dibujos en la tele. Era tan espabilado, ingenuo, y eso lo hacía ver muy inocente.

Con eso en mente, ¿de verdad deseaba arruinarlo? Era consciente de que ya la había cagado contándole cosas mías que debía haberme guardado, pero no era tanto. Todavía podría vivir con ello. Sin embargo, sabía un poco sobre mí, y se comportaría tal como hacía Isabel. Iba a insistir hasta saber la verdad. Seguramente, con mayor discreción.

Aunque no se lo contara, debía disculparme con él. Ayer le comí la cabeza, lo alteré, y no podía seguir sin castigo. No era justo.

Suspiré en silencio y fui hasta la cocina. Mi bisabuelo estaba sentado en una de las butacas, observando como mi bisabuela cortaba una pieza de pollo que había en la heladera. Ya había organizado la cocina y vestía su estúpido delantal de "Darle un beso al chef" que Erwin me regaló el cumpleaños pasado. Que tontería suya. Erwin, no mi abuela.

–Hola–, dije en voz baja, haciendo que me prestaran atención.

–Es nuestro muchacho, el dormilón–, anunció el abuelo. Me llevé una mano a los cabellos para darme cuenta de lo desordenado que estaba. Intenté alisarlo pero estaba tan ensortijado que precisaría una ducha para ello. Después de la noche pasada, la piel me picada de deseo.

–Mi nene–, saludó la abuela, sonriendo.

–Hola, yo solo… quería disculparme por anoche–, susurré, mirando al suelo–. Les grité cuando no debía, ya que no hicieron nada malo. No debí alterarme tanto contigo, y por eso quería disculparme.

–Ay, mi bebé–. La abuela dejó el cuchillo y se acercó a abrazarme–. No hace falta. Sabemos que estabas alterado, y es comprensible.

–De todas maneras, no está bien–, mascullé. La abuela rió contra mi oreja, mientras que el abuelo se estiró para tocarme el brazo.

–No seas tan duro contigo. No lo hagas, ya que te enfermarás–, me dijo.

–Perdona–, gemí.

–Y basta de disculpas–, dijo la abuela, juguetonamente golpeándome el brazo–. Lo entendemos. ¿Ya te disculpaste con Eren?

–Un poco, pero… creo que debería volver a hacerlo.

–Levi, nene, sé qué es lo que te alteraba–, dijo ella con un suspiro, y volvió a rebanar el pollo–. Sé que nunca le contaste lo que pasó.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque conversamos sobre eso. No sabía nada de lo que viviste, pero no quiso que se lo contara. Quería que tú lo hicieras–. Me miró y sonrió.

Eren me decía la verdad… y yo le grité por ello…

Aparté la mirada, con la culpa carcomiéndome el pecho.

–Mon bébe…–, suspiró ella.

–Levi, creo que es hora de que le cuentes lo que pasó–, dijo el abuelo

–No puedo…

–No te decimos que lo hagas, pero deberías. Eren confía en ti, y no deberías temer a lo que pasará si se lo cuentas–, dijo la abuela.

–Y-ya lo sé–. No, no tartamudeé, sólo me ahogué con saliva.

–Levi…

La abuela me tocó la mano, clavándome sus ojos negros–. De verdad te quiere. También quiere ayudarte, así que, ¿por qué no lo dejas? Has cargado tanto tiempo con esto, y te ayudará dejarlo salir.

Si tan sólo supiera la verdad.

–Yo no…–. Me callé. La abuela me tocó la barbilla, haciéndome alzar los ojos. Me miraba como esos padres cuando sabe que sus hijos les mienten, pero no lo dicen.

–Levi, de verdad te ama–, dijo ella con suavidad–. Y sé que también lo amas.

¿Acaso era su manera de decir que ya lo sabía?


–¡Levi! –. Abrí los ojos, luchando por respirar. Me dolían los pulmones, y el pecho por un peso, y estaba empapado de sudor.

Eren estaba sobre mí, con los ojos preocupados mientras me observaba e la oscuridad. Me tocó la frente, apartando unos mechones pegados a mi rostro. Le tomé la mano, para apartarla, pero era demasiado reconfortante. Terminé sosteniéndola, saboreando la duración del momento.

–Levi…–, susurró él. Me acariciaba la mejilla otra vez, pero no se liberó–. Sólo era una pesadilla.

–Lo sé…

Solamente una pesadilla.

Si tan sólo no hubiera sucedido.

–Perdona por haberte despertado…–, dijo, comprensivo.

–No te disculpes… me alegra que lo hayas hecho–, suspiré. Sentí su mano alejarse, y un ataque de pánico, que no había tenido en años, me obligó a tirar de ella y atraerlo hacia mí. Su cabeza calló contra mi hombro, y gruñó por el dolor del impacto. No intentó incorporarse, y eso para mi significaba mas de lo que quería admitir.

–¿Levi…? –, preguntó con cuidado.

–No te muevas–, imploré, pero sin fuerza como para sonar autoritario. Eren se reacomodó encima de mí, apoyando la cabeza contra mi pecho.

–No era mi idea–, dijo, riendo. Lo rodeé con los brazos, pasándole los dedos por los cabellos, y prácticamente se puso a ronronearme.

–¿No quieres contarme sobre qué era? – dijo, tocándome a los lados.

–No… no ahora. Estoy demasiado cansado–, dije, apenas conteniendo un bostezo. Eren asintió, cerrando los ojos, y yo le seguí, deseando que el sueño llegara rápido.

Sin embargo, a pesar de mi cansancio, tenia la mente a mil. Ya no era a causa de la pesadilla, sino sobre esto, sobre nosotros. Mañana por la tarde, los abuelos partirían de regreso a Francia, y todo terminaría. Volvería a dormir solo, en esta gran y vacía casa. Aunque tan sólo fueron dos semanas, me había acostumbrado a vivir con el caos que era Eren.

Y no estaba listo para dejarlo ir.


Ndt: Le puse acento rioplatense a Hitch para remarcar las diferencias entre clases sociales con Levi. Sólo es un detalle de color.