A forged wedding / Una boda fingida
Autor: mystyhollowdrummer
Traducción: Maru de Kusanagi
Capítulo 22 de 31
22: Mis pesadillas
Los escuché a mi pesar, a causa de los ruidos que hacían mis padres abajo. O, tal vez, otra vez estaban en su habitación. A veces eran tan ruidosos, que era difícil saber si estaban en el sótano o en el maldito cuarto de al lado.
–¡Estoy harta de las llamadas! ¡Harta de oír toda la mierda que dicen sobre ti, Grisha!
Me tapé la cabeza con la manta, pero no sirvió para nada.
–¿Por qué le crees a cualquier desconocido, en vez de lo que dice tu propio marido? Es que no confías en mí, ¿verdad?
–¡Claro que no! ¡Ya no!
–Armin…–, susurré por lo bajo.
–¿Sí…?
Me alivió escuchar su voz, una voz suave, tímida que, a pesar de ya haber cumplido los diecisiete hace unos días, no había alcanzado la pubertad. Era relajante, como el ruido de la lluvia o unas delicadas notas de piano. Era, por lejos, lo más relajante que había oído, teniendo las peleas como algo cotidiano.
–Si lo preguntabas, sí, estoy despierto–, dijo, soltando una risita.
–¿Gritan tanto como me parece? – pregunté, tendiéndome de lado para enfrentar a Armin. Él ya estaba mirándome, y sus ojos azules brillaban sorprendentemente con las luces que de la calle se escurrían por las cortinas.
–Sí. No deberías prestarles atención, Eren– me aconsejó.
–Es fácil decirlo. Los tuyos no se pelean así– mascullé, apartando la mirada.
–Ya lo sé, pero son sus vidas, no la mía o la tuya. Tus padres deben arreglar sus cosas, y son adultos. Déjalos.
–Me estoy cansando. Se me cae el pelo por esto–. Sentí las lagrimas acumularse y quemarme los ojos, por los cual me alegró que fuera de noche. No necesitaba que Armin me viera llorar. Él exhaló un suspiro y se me acercó, alzando los brazos para hacerme lugar. Le mire con escepticismo antes de morder el anzuelo y ceder.
Necesitaba una distracción, y sus latidos eran perfectos. Desconozco el motivo, pero ese sonido era lo más relajante para mí. Armin sugirió que debía recordarme al corazón de mi madre, y que por eso los bebés están tan tranquilos en el vientre materno. Al principio me pareció una tontería, pero tenía sentido. Sin embargo, una vez cuestionó el motivo por el cual un adolescente necesitara de ese sonido, y no pude replicarle.
–Armin, gracias…–, susurré contra su camiseta. Las suaves vibraciones de la risa en su pecho me relajaron.
–Claro. Sé que es difícil, Eren, pero aquí estoy, y siempre lo estaré– aseguró con tranquilidad. Las voces de mis padres parecieron apagarse, y me descubrí relajándome por completo. De no ser por mi amigo, no sé qué habría hecho. En ocasiones, pensaba que solo él me mantenía con vida, no mis padres.
–Lo sé…– suspiré. Oi el clic de la puerta de mi habitación, y volvieron a oírse las voces de mis padres, aunque solo un instante. Me volví para mirar a Mikasa entrar y cerrar la puerta detrás, con el ceño fruncido. Tal vez fue la poca luz, pero me pareció que sus ojos estaban rojos y algo hinchados. Quizás era por haberse despertado o falta de descanso, pero más les valía que no haya estado llorando. De ser así, yo mismo terminaría con el asunto.
Era difícil hacerla llorar, cosa que todos sabían. Una sola vez en los nueve años de la adopción la vi llorar, y fue por romperse el brazo al caerse de un árbol, de una altura de trece pies. Pero, aun así, ella solo gimió y se secó las lágrimas. No fue un verdadero llanto.
Claro es que ella nunca me ha dejado verla llorar.
–Esperaba que estuvieran dormidos– susurró, quedándose en la puerta.
–No, súmate a la fiesta– ofrecí. Accedió, no sin antes poner el pestillo a la puerta. Se unió a nosotros en la cama, esperando a que nos separáramos y le hiciéramos espacio para poder taparse con las mantas. La cama de plaza y media no era para dos, menos para tres, pero nos acomodamos cuando volví a los brazos de Armin.
–¿Tampoco puedes dormir? – preguntó el, acunando mi cabeza.
–No, mi cuarto queda mas cerca de sus berrinches–, respondió ella. Su definición nos hizo reír, pero, ante el temor de que nos pescaran despiertos (motivo por el cual mis padres siempre se peleaban de noche, creyéndonos dormidos), nos tapamos las bocas y reímos en las palmas de las manos. Cuando al fin pude recuperar el aliento, alcé la cabeza para mirar a Armin.
–Armin, oye, si Mikasa se suma, ¿podemos pasar la noche de mañana en tu casa?
–Por supuesto, y si Mikasa quiere, también– dijo, sonriéndole a Mikasa. A esa distancia, pude notar el rubor de sus mejillas, y sonreí al dejar caer la cabeza.
–De ahora en más, me gustaría responder por mi misma, Eren– me retó ella–. Pero si, me encantaría.
Armin asintió, y su rubor se intensificó mientras me miraba. Le sonreí con complicidad, y él giró los ojos en respuesta.
–¿Podrías cortarla? Maldita sea, ¡los niños duermen! – la voz de mama, cargada de ira, vino desde el pasillo.
–Sus cuartos son a prueba de sonido–, ladró papá.
–¿A quién cree que engaña? – resopló Mikasa, provocándonos otro ataque de risa. La miré de soslayo, y Mikasa tenia una sonrisa en los labios. Me alegraba verla así, pero sabía que era porque era consciente de que nos había animado. Pensándolo, cada uno hacia algo por el otro para que estuviera contento, y era un triángulo tanto retorico como irónico, del cual no queríamos salir. Nos hacia mas simple la vida, yo con mi padre abusivo y madre furibunda, Armin y sus eternamente ausentes padres (porque estaban demasiado ocupados para atenderlo) y Mikasa y sus padres muertos.
Eran un montón de desclasados con vidas de mierda, pero, juntos, hacíamos que funcionara.
La luz del sol, escurriéndose brillantemente por las cortinas me lastimaba los ojos, y me despertó. Gruñí y me di la vuelta, pero el cuerpo de alguien, Mikasa o Armin, interrumpía el paso. Me tapé la cara con las manos antes de abrir los ojos y mirar en derredor. Yo había estado en el medio de los dos, pero, en algún momento de la noche, rodé por encima hasta el borde de la cama, prácticamente colgando de lado. Intente volver con Armin, cuya cabeza estaba hundida en el cuello de Mikasa, mientras que ella lo rodeaba fuertemente con los brazos.
Vaya, qué vergüenza iba a pasar al despertar.
Suspiré y salí de la cama, literalmente rodando, y caí al suelo sin problemas y en silencio.
Silencio. Estaba demasiado tranquilo. Era algo inquietante, porque mis padres todavía estarían discutiendo. De hecho, casi siempre Mikasa no dormía porque se la pasaban toda la noche discutiendo. Entonces, ¿se habrían ido a dormir? ¿Cómo fue posible que durmiéramos, y por qué estaba todo tan callado?
Al ponerme de pie, sentí un retortijo en el estómago, y salí. Todo seguía demasiado silencioso, y primero me fijé en su cuarto, para ver si se habían amigado y dormían. No estaban allí, parecía vacante.
No era eso. Estaba vacío. El placard estaba abierto de par en par, la ropa de mamá ya no estaba, y el cambiador también estaba vacío. Algunas fotos nuestras de la mesita no estaban, así como el joyero había sido limpiado. El cuarto estaba vacío, porque las cosas de mama ya no estaban.
¿Por fin se había largado?
El estómago me dio un vuelco. No parecía correcto. ¿Por qué se habría ido tan de repente, y no me llevó con ella? Siempre me decía que, si dejara a papá, nos llevaría los dos con ella. No quería que, en especial yo, quedáramos con papá, así que, ¿Por qué se marchó?
Tragué, mientras una náusea me revolvía la panza, y bajé para mirar en los alrededores. Los paneles de madera del suelo crujieron bajo mis pies, haciendo que el corazón me diera un salto cuando entre a la cocina.
Mi padre estaba sentado en la mesa del comedor, con la cabeza oculta en las manos, meciéndose adelante y hacia atrás. Trague saliva: algo me decía que no debía moverme. No vayas a su lado, no lo llames, y regresa a tu habitación. Algo me decía que eso, pero era mi padre, sufriendo. Debía preguntarle, al menos, si estaba bien.
–¿…Papá? – lo llamé con cuidado, dando un paso hacia él. Dejó de sacudir la cabeza y la movió a un lado, como percatándose de que le hablaba. Me acerqué más–. Papá, ¿estás bien?
Tan pronto me le acerque, acabe en el suelo. El lado de la cara donde había recibido el cachetazo inesperado dolía, por lo cual gruñí de dolor. Pronto fui acallado por un pie y una pierna que me dieron en el vientre. El aire se me fue, y me patearon otras tres veces.
No esperé que me atacara de esa manera. Cada vez que, en el pasado, le había preguntado si estaba bien, solo preocupándome por mi padre, él siempre respondía con una sonrisa, diciendo que lo estaba. ¿Qué había cambiado? ¿Por qué me golpeaba por solo mostrar atención?
–¡Eren!
Oi los desesperados gritos de Mikasa y Armin, aterrorizados, pero mi padre no se detenía. Armin intervino, pero se ganó una patada a las costillas. Su gemido por quedarse sin aire y dolor bastó para que reaccionara, el viejo reflejo de protegerlo de los abusadores se había activado. Lo aparté antes de que otra patada le impactara, pero esta me dio de lleno en la pantorrilla. Debido al intenso dolor, creí que se me había roto el hueso, pero cedió, dejando claro que, a pesar de lo terrible que se sentía, no había quebradura.
La pelea había terminado. Fui a auxiliar a Armin, porque le costaba respirar. Seguía tosiendo, quedándose sin aliento. Que le pateara un niño de doce sin músculos era totalmente diferente a que lo hiciera un cuarentón musculoso. Alce la mirada, para descubrir a Mikasa defendiéndonos, parada en frente de nosotros y los brazos extendidos en pose defensiva. Papa se había detenido por completo, porque nunca le pegaba a ella. El motivo todavía me confundía, jamás le había puesto mano encima a ella, ni entonces ni ahora.
Aunque parecía a punto de hacerlo, con el puño en el aire y esforzándose por avanzar. No lo hizo, solo gruñó y retrocedió dentro de la cocina.
Las toses y resuellos de Armin nos hicieron volver a la situación en manos. Aunque me retorcía de dolor, me incliné y le puse una mano en la espalda, frotándosela arriba y abajo en círculos, tratando de ayudarle.
–Toma grandes bocanadas, Armin–, le dije con suavidad. Lo intentó, pero el daño era enorme. Mikasa se sentó a nuestro lado, poniéndole una mano en el pecho y la otra en la espalda, junto a la mía, obligándolo a ponerse derecho.
–No tienes nada roto, ¿verdad? –, preguntó. Armin todavía era incapaz de emitir palabra, pero sacudió la cabeza. Ella me miró, e hice lo mismo. Estaba acostumbrado al abuso, así que la mayor parte del tiempo estaba bien. Pero no Armin, por lo cual nos preocupaba. No había tenido crisis similar desde que conocimos a los abusones que siempre lo molestaban. Ni yo había estado tan furioso desde esa ocasión.
No había problema si me pegaba. Pero había puesto el límite en Armin y Mikasa.
–Has lo que dice Eren. Solo toma aire despacio y profundo, y mantén la calma–, dijo ella, evitando que se doblara por el dolor. No le gustaba ponerse derecho, pero era necesario, por lo cual quiso expresar su dolor, el cual solo fue unos gemidos.
–Eren… ¿estás bien? –. la atención había vuelto a mí, pero solo unos instantes.
–Estoy bien–, dije, asintiendo–. Ya estoy acostumbrado–. Intenté aliviar la situación, pero el chiste no ayudaba. Solo hizo que todo se pusiera mas tenso, de ser posible.
–Pe-perdona…– dijo Armin al fin–. I-intenté... ayudar…
Tuvo que dejar de hablar, ya unos lagrimas se acumulaban en sus ojos, y llorar no le ayudaría.
–Armin, no deberías haberlo hecho. Realmente aprecio que lo hayas intentado, pero podría haberte matado–, dije, poniéndole una mano en el hombro. Las lagrimas rodaron por sus mejillas, cuando al fin la situación se puso en evidencia.
Podría haberlo matado, y también haberme matado.
–Lo siento, Eren…
Alcé la cabeza y le miré a los ojos. Estaban rojos, pero hacía horas que así estaban.
–Ya te dije que-
–No por eso–. Armin nunca interrumpía a la gente cuando hablaba, a menos que fuera importante, por lo cual mi reacción fue la sorpresa.
–Entonces, ¿por qué te disculpas? –, replique, inclinándome para verlo mejor.
–Yo…–. Tragó, mientras una lagrima rodaba por su mejilla–. Nu-nunca supe cuán terrible era… de haberlo sabido… pe-perdóname…
Sus intentos de mantener la calma fallaron, y las lágrimas manaron por sus mejillas en segundos. Lo atraje otra vez cerca, rodeándole el cuerpo con los brazos mientras escondía la cabeza en el hueco de mi cuello.
–Basta, Armin. No te disculpes por eso. Hiciste más por mi de lo que crees–, dije, mientras comenzaba a mecernos.
–Soy un amigo horrible. He estado aconsejándote mal todo este tiempo, y ni me imagino cuanto debes odiarme por eso. Debí haber sabido cuan malo era. Yo…
Le hice callar, obligándolo a mirarme a los ojos de repente.
–Armin, te digo ahora que eres mi mejor amigo, y que me has mantenido con vida todos estos años. Has hecho más de lo que te imaginas por nosotros, así que no te desvalorices de esa manera–. Sus ojos azules se abrieron de par en par, todavía derramando lágrimas, aunque parecía sorprendido–. Armin, por favor, no lo hagas. Eres mi mejor amigo, y no soporto cuando lo haces.
Él apartó la mirada, con los ojos fijos en el suelo. Había dejado de llorar, pero todavía podía ver sus ojos enrojecidos en la oscuridad.
–… Lo siento–, murmuró. Sonreí y le revolví los cabellos.
–Te dije que dejaras de disculparte, bebé llorón–, repuse.
–Lo siento–, dijo, pero se ruborizó y me miró–. Ah, qui-quiero decir ¡perdón! ¡Digo-!
Le tapé la boca, y sentí bajo la mano que sonreía, mientras que el alivio suavizaba sus facciones.
–Creo que lo entiendo, Armin–, repliqué. Lo solté y el dejó soltar una risa ahogada. La tensión se había aliviado, y volví a dejar caer la cabeza en su la suya. Tanteé en la oscuridad y encontré su mano, tomándola con la mía. Me alegró saber que era la suya. Antes lo había intentado, pero no le había tomado la mano.
Hasta el día de hoy, no era capaz de disculparme por hacerlo chillar como hizo aquella vez. Armin rio a mi lado, también recordando ese momento.
–Perdóname–, le dije, sonriendo.
–Te disculpas demasiado–, me replicó. Lo empuje ligeramente, pero no mucho con la pared a sus espaldas. Armin reía, pero no lo suficiente como para tapar el sonido de mi celular, vibrando en mi bolsillo. Lo saqué, entre fastidiado y temeroso de no atender, hasta que vi quien era. Leer el nombre de mi madre que iluminó la cara.
–Es mamá– gesticulé sorprendido, mientras le daba al botón de atender. Armin se inclinó mientras comenzaba a responder–. ¿Hola, mamá?
–Eren, ¿estás bien? –. Su voz estaba cargada de miedo y arrepentimiento, cosa que me disgustó, ya que acostumbraba a ser tranquila y amorosa.
–Sí, sí, estoy bien. ¿Má, dónde estás? ¿Por qué no estoy contigo? – inquirí. "¿Por qué nos abandonaste?" era lo que en verdad quería decirle.
–No te abandoné, querido, lo juro. Eren, mientras tu padre esté allí, no me dejará ir por ti o por Mikasa. Por eso te llamé: ni bien se marche, avísame. Iré a buscarlos–. Sus palabras hicieron que escalofríos me recorrieran la espalda, por lo cual suspiré, aliviado.
Ya casi se terminaba.
–Bueno, má… –, dije–. Te lo haré saber…
–En unas horas, debe irse al trabajo. Cuando se marche, deja que pasen unos diez minutos, o asegúrate de que se haya marchado. Te prometo sacarte de allí, Eren.
–Ya lo sé, mamá–. Sentí las lagrimas acumularse en mis ojos, y me alegró que estuviera tan oscuro. Eso cubriría mi llanto–. No veo las horas de verte.
–No tomará mucho–, me aseguró ella–. Debo cortar, pero no olvides llamarme.
–No lo haré, lo juro–. Asentí, aunque ella no pudiera verme.
–De acuerdo. Te amo, Eren.
–Yo también, mamá–, dije. La línea hizo clic, la llamada acabó y yo corté, suspirando.
–¿Qué pasó? – preguntó Armin con suavidad, recordándome que seguía allí.
–Mamá me dijo que nos sacará de aquí. Vendrá a buscarnos cuando papá no esté– expliqué, y al fin una lágrima recorrió mi mejilla.
–¡Es genial, Eren! – casi celebró él, pero no queríamos ser descubiertos. Apenas contuvo su alegría.
–Eso significa que no sé cuando volveré a verte–, dije, frunciendo el ceño.
–Eren, tu salud y seguridad son lo más importante. Podemos hablar por la compu o algo por el estilo, no es un problema– dijo él, tocándome el hombro–. Estarás a salvo, y eso es lo que importa. Eso bastará para que esté contento.
Llamaron a la puerta. Los dos nos paralizamos, con los corazones debocados. ¿Sería mi padre? ¿Habría oído lo que conversábamos? ¿Conocería sobre el plan de mamá a causa de nuestra indiscreción?
–Eren–. Los dos suspiramos de alivio. Solo era Mikasa–¿Estás ahí?
Abrí la puerta del placard, encogiéndome ante la luz del cuarto.
–Sí, aquí–, respondí.
–¿Hablabas con tu mamá? – dijo, introduciéndose en el diminuto espacio del placard, sin cerrar la puerta. Eso me alegró, comenzaba a hacer calor allí.
–Sí… vendrá a sacarnos de aquí, Mikasa. Tiene un plan–, le conté todo. Ella sonrió con sinceridad por primera vez en un largo tiempo, y yo le correspondí.
–Qué bueno…– apoyó la cabeza en la puerta, suspirando–. No veo la hora de irme.
–Yo tampoco…
Hice tal como mi madre me pidió. Diez minutos después de que papa se fue al trabajo, la llamé y le dije que se había marchado. Ella me dijo que empacara algunas ropas, el celu y la laptop para distraerme. Lo hice, y esperé después de que cortara la llamada.
Ella nunca vino.
Me dormí contra la pared de mi cuarto, donde había estado sentado, y pronto se hizo de noche. Mikasa fue quien me despertó. Creí que lo hizo porque había llegado mama a buscarnos, pero no era así. Ella me dijo que me fuera a la cama, a dormir. Estaba segura de que mama vendría por nosotros. También me aseguró que seguro estaba lejos, y que por eso tardaba tanto en llegar, así que debía tener paciencia.
Era la única esperanza que tenía.
Me dormí, y ya era la mañana cuando volví a despertarme. Seguía diciéndome que mamá estaba lejos, que por eso tardaba, o que el maldito coche se le había estropeado en algún lugar, pero, entonces, ¿por qué no llamaba? ¿Por qué no lo hacía o nos dijo cuanto iba a tardarse? Para esta hora, papá debía haber regresado y no podría venir por nosotros. A menos que haya cambiado de opinión y planeara pelear por nosotros, no podría venir hasta que papá volviera a marcharse.
¿Dónde estaría? ¿Por qué no había llegado? Nuevamente tenía una extraña náusea en la boca del estómago, sintiendo que iba a vomitar. De no haber sido por Mikasa, acostada en el borde de mi cama, me habría estirado a lado y expulsado todo, pero me contuve. Necesitaba saber qué había sido de mamá, y debía hacerlo antes de volverme loco.
Estiré la mano hacia la mesita, y desconecté el teléfono del cargador. Lo miré, pero no había mensajes o llamadas perdidas de mamá. Eran las diez y media de la mañana, y yo la había llamado a las siete y veintiocho de la noche pasada.
Ya debía haber llegado. Debía haber venido por nosotros. Hacía rato que debíamos habernos marchado.
¿Ella dónde estaba?
Con cuidado, salí de la cama, atendiendo de que Mikasa siguiera durmiendo. Ella tenía el sueño ligero, por lo cual debía tener cuidado de no despertarla. Me escurrí del cuarto en silencio, y revisé el cuarto de mis padres otra vez, seguía estando solo y vacío de las cosas de mamá y tampoco había señales de que papá hubiera pasado la noche. Con cuidado descendí las escaleras, con los ojos buscando señales de vida en cualquier rincón. No había nadie en la sala de estar o en el baño, pero oí ruidos en la cocina.
Estaba aterrado. Si era mi padre, no tenia ganas de que volviera a pegarme. Mikasa seguía durmiendo, y tenía la sensación de que no llegaría a tiempo para detenerlo. Aun así, debía fijarme. Asegurarme de que n fuera un ladrón, de si era o no mi madre, y que la casa no estuviera a punto de prenderse fuego.
Me asomé a la entrada. Allí estaba mi padre, junto al fregadero, con la cabeza agachada, escondiendo el rostro. Sentí cierto alivio al saber que no era algún pervertido intentando robarnos. Sabiendo eso, di un paso atrás, listo para irme.
–Eren–. Me detuve cuando oí su voz. Volví a asomarme, no se había movido un centímetro.
–…. ¿S-sí, papá…? – pregunté con suavidad. Volví a sentir eso, eso que me decía que debía correr. Esta vez era peor. Era como si cada fibra de mi cuerpo me dijera que escapara y, después de la ultima vez, nada deseaba más, pero me había paralizado. Me había quedado allí por el miedo, mientras me clavaba las uñas en las palmas.
Huye. Ya. Huye antes de que pierdas algo más que unas costillas rotas.
–¿Mamá…? – pregunté. Maldita sea, muévete. Huye.
–Tu madre…– papá se dio la vuelta, mostrándome el cuerpo. Seguía vistiendo la ropa de trabajo, algo que no me había percatado antes, demasiado distraído en verle la cara. El rostro estaba escondido bajo los mechones de su largo cabello, y en la mano tenia una jeringa. Al fin di un paso atrás, pero solo eso.
–¿Qué pasa con mamá? – inquirí. Papá dio un paso hacia delante, y yo volví a retroceder, saliendo de la cocina con él.
–Tu madre está-
Los ojos se me abrieron como platos. No había entendido, ¿verdad? No había escuchado bien, ¿no es así? No, debía ser incorrecto. Debí haber escuchado mal. No escuche esa palabra saliendo de su boca acompañando a mi madre. Debía estar incorrecto.
–Te equivocas–, intente mantener la compostura, pero las lágrimas ya caían por mis ojos.
Ella nunca vino a buscarnos, porque no podía.
Estaba muerta.
–Está muerta, Eren–, dijo mi padre, alzando las manos. Sentí el reverso de las piernas cochar con el sofá, y no me percaté que podía saltar por sobre el maldito mueble. Estaba paralizado. Aterrado. Inmóvil.
Observé como mi padre alzaba el brazo. Vi cómo formaba un puño, y se me venía encima…
Desperté.
–¡Eren! – La voz de Mikasa estaba ronca por gritar mi nombre, y al fin abrí los ojos.
Estaba oscuro en la habitación, pero la tele en el fondo iluminaba lo suficiente para mí. Vi el rostro aterrado de Mikasa, y su cálida mano tocándome el lado de mi rostro. Sentí humedad, aunque me tomó unos momentos comprender la situación y donde me encontraba.
Había tenido una pesadilla, un recuerdo sobre la muerte de mi madre. Mikasa me había despertado a tiempo. Estaba sentada encima de mí, con la mano sobre mi mejilla y aquella sensación de humedad que sentía era mi propio sudor y lágrimas. Todo el cuerpo estaba en la misma situación, y los pocos espacios que la manta no me cubría no me aliviaban. De hecho, me hacían sentir peor.
–Eren… –, me dijo con suavidad. Inhalé y exhalé un tembloroso suspiro, con el cuerpo agitándose con él– ¿estás bien?
–Sí… –, admití débilmente–… Sí, lo estoy.
–Entonces, ¿Por qué lloras? – preguntó, sentándose. Le tomé la mano cuando sentí que se alejaba, y ella se quedó a mi lado.
–Tuve una pesadilla…
–Eso lo sé–, repuso ella, sonriendo– ¿Sobre qué?
–Mamá…– respondí, apoyándome en los codos. Ella al fin apartó su mano, pero sólo porque la dejé para sentarme y respirar con normalidad.
–… ¿De nuevo? – susurró.
–Sí…– suspiré. Ella me tocó la mejilla, pero esta vez fue apenas un roce de sus dedos.
–Está bien– murmuró, con el tono mas gentil que le haya oído pronunciar. Sonreí y asentí, tomándole la mano para volver a sostenerla.
–Ya lo sé– respondí. Ella asintió suavemente, y su mano volvió a abandonarme. Se levantó de la cama, lista para regresar a la suya, pero tuve un ataque de pánico como hace tres años atrás. La tomé del brazo, evitando de que se marchara, y Mikasa me miró confundida.
–¿Qué pasa? – preguntó.
–¿Podrías…? – Me callé, sintiendo la boca seca. Ella volvió a sentarse en el borde de la cama.
–¿Qué? Puedes decírmelo– insistió.
–… ¿P-podrías dormir conmigo esta noche? – pregunté, tartamudeando. Sentí las mejillas arder por la vergüenza, pero no pude evitarlo. Dormir en una fría y solitaria cama no era bueno para mí, y lo sabía.
–Dormiré aquí nomas, Eren– dijo ella, señalando la cama al otro lado del cuarto con la cabeza.
–Lo sé, pero… ¿por favor?
Sip, le rogaba. Le rogaba, porque no quería estar solo en esa cama, porque no podía dormir allí. Me había acostumbrado tanto a dormir con alguien las ultimas dos semanas, que cualquier cosa diferente se sentía mal. No podía, y Mikasa lo sabía.
Ella suspiró, con una pequeña sonrisa de compasión en los labios, antes de indicarme con la mano de que me moviera. Obedecí, mientras una sonrisa se dibujaba en mis labios. Ya no debería preocuparme por estar solo, y el espacio frio de mi cama podría reemplazarse con el calor del cuerpo de Mikasa, a pesar de que era una cama de plaza y media. Ella dejó caer la cabeza en las almohadas y suspiró, estirando los brazos por encima de su cabeza. Eventualmente yo también me recosté, con la cabeza a unos centímetros de ella.
–¿Mejor? – me preguntó, mientras acomodaba las mantas sobre nosotros.
–Sí, mucho…– respondí. Mikasa cerró los ojos, y yo lentamente me le acerqué, esperando apoyar la cabeza lo suficientemente cerca como para oír sus latidos, pero apartándome cuando ella abrió los ojos. Pareció comprender la situación, y sin decir palabra se tendió de lado para que me acercara–. Gracias, Mikasa– dije, apoyando la cabeza sobre su pecho.
–Sé que no soy tan plana como Armin, pero espero que te sirva– replicó. Al principio me pareció cómico, pero luego fruncí el ceño.
No había estado pensando en Armin. También lo quería, pero no era en quien pensaba mientras buscaba consuelo.
Había estado pensando en Levi. En sus latidos, en su pecho, su aroma, su cama, sus sabanas, él. Pensaba en él y solo en él, cosa que no había dejado de hacer tras una semana de regresar a casa.
Mikasa suspiró encima mío.
–Estás distinto desde que volviste– señaló con voz queda, y sus dedos entre mis cabellos.
–No, yo no…– repuse.
–Sí, lo estás… ¿Pasó algo entre ustedes dos? – preguntó, mirándome a los ojos.
–No, claro que no. ¿Por qué piensas eso?
–Porque dijiste su nombre mientras dormías–. Eso era algo nuevo, incluso para mí. Me senté de prisa, con las mejillas ardiendo en un brillante rojo, estoy seguro. Me alegró que fuera de noche, aunque la tele iluminaba demasiado. Mikasa seguro pudo verme.
–¡N-no lo hice! – chillé–. Espera, ¿en serio? ¡No significa nada!
–Estás muy a la defensiva– suspiró ella, cerrando los ojos–. Duerme un poco, Eren.
–Espera, ¿lo hago? – le sacudí el hombro, pero ella gruñó de fastidio, apartándome de una cachetada.
–¡Intento dormir! – exclamó, exasperada. Hice un mohín y giré los ojos antes de recostarme y hacerme un ovillo a su lado. No se quejó, pero yo mascullé para mis adentros unos momentos. Todo eso me hizo ganarme un codazo a las costillas de su parte–. Duérmete, Eren.
No era sólo una orden, sino una advertencia.
Era algo que había aprendido alguna vez de mi madre.
