A forged wedding / Una boda fingida

Autor: mystyhollowdrummer
Traducción: Maru de Kusanagi
Capítulo 29 de 31


NdT: Llegamos al final!


29: EPÍLOGO – Cinco años después

De ser por mí, diría que despertarme cada mañana con un cálido peso sobre el pecho, cabellos castaños cosquilleándome la nariz y unos dedos escurriéndose por mis lados era lo mejor. Si a eso le sumamos la calidez hogareña y la delicia de las pesadas mantas y el colchón suave debajo de nosotros, me encontraba en el séptimo cielo. Podía dormir una eternidad de esa manera, deseaba dormir una eternidad así, pero la realidad era que tenía un cruel destino, y debía despertarme.

Me froté los ojos, quitándome los restos de lagañas de la noche. El sol se escurría por entre las cortinas, y uno en particular me daba directo sobre los ojos. resoplé e intenté darme la vuelta, pero el peso sobre el pecho era incólume, y de verdad un fastidio. Sin embargo, era una realidad con la que estaba conforme, con o sin el maldito sol quemándome los ojos.

Le miré, sólo distinguiendo la mitad del cuerpo y la cabeza, pero no había problema. Prefería esto a nada cada mañana.

–Eren…– susurré suavemente, con el brazo todavía atrapado bajo sus hombros, sacudiéndolo para despertarlo. Ese montón de cabellos hizo un ruido, su cuerpo se movió, pero luego se quedó quieto, sin la mínima intención de levantarse pronto–. Anda, Eren, levántate. Tengo el puto brazo congelado– mascullé, intentando sonar más molesto de lo que me sentía. Era algo difícil, muchísimo, en especial cuando era tan lindo dormido.

–Mmmm… mmm cinco minutos más…– dijo, arrastrando las palabras contra mi pecho y sus uñas rasgando levemente mi piel. Resoplé: tenía veintiséis y seguía siendo un mocoso, y yo, cinco años después, seguía sin molestarme.

–Haré los omelettes rellenos de la abuela si te levantas– dije con voz sensual, o al menos tan sensual como podía a las ocho de la mañana. Sin embargo, los grandes ojos verdes de Eren se abrieron de par en par ante la mención de comida, y un bostezo arrugó su rostro mientras se giraba para liberarme. Apoyé la cara en una mano, observando cómo estiraba sus músculos cual gato. La imagen era reconfortante, incluso relajante, y sonreí cuando la nariz se le arrugó bonitamente como de costumbre–. Así que, ¿la comida te despierta, pero no el sexo? – dije, sonriendo maliciosamente.

Conseguí ahogar una risita cuando me miró, cansado y enojado a causa de mis palabras. A mí no me molestaba para nada, pero continué observándolo, mientras sus cansados ojos se tomaban su tiempo en enfocarme.

–Fue una sola vez, y estaba borracho– masculló él. Se refería a la vez en que nos embriagamos (más bien lo más cercano que puede alguien como yo), una semana después del fallecimiento de mi abuela. Eren me sorprendió con dos botellas de vino y comida casera, pero los dos (yo no tanto) bebimos tanto, que una cosa llevó a la esperada otra. No me esperé que se durmiera a la mitad de la actividad, pero no era totalmente su culpa.

No pensé que sería capaz de seguir haciéndole el amor otra hora más después de que se quedara dormido. Quizás fue que estaba mas borracho de lo que pensé.

–Los dos estábamos borrachos– asentí. Eren giró sobre su lado, apoyando la cara entre mi cuello y hombro. Suspiró, y su aliento fue como una cálida lluvia sobre mi piel. Apoyé la cara sobre su cabeza, apenas percibiendo el temblor que sacudió su cuerpo. Se sentó derecho y estiró las manos para tocarme las mejillas, esbozando una sonrisa traviesa. Sus dedos recorrieron mis mejillas, y sentí como mis vellos se doblaban bajo su piel suave.

–Disculpa, todavía no me afeité– repuse, consciente de la sombra de barba en mis mejillas y barbilla–. Después lo hago.

–Mm…– resopló Eren, acercándose entre las sábanas. Su pecho hizo contacto con el mío, y no me costó nada entender lo que me estaba insinuando–. No… creo que me gusta verte con un poco de barba. Es sexy– dijo, entusiasmado.

–Estás muy caliente– señalé.

–Tienes mucha razón– admitió, con una sonrisa lasciva, mientras trabajosamente su pierna se enredaba con la mía. Se inclinó, buscando mis labios con los suyo, y yo cedí, aunque brevemente. Sabía lo que pretendía, pero no podía dejarlo, al menos no por ahora.

–Eren– susurré contra sus labios, y me senté, intentando poner distancia entre los dos, pero él la seguía. Parecía que, por más que me apartara, más se acercaba, y llegamos a un punto en que terminó sentado sobre mis caderas–. Para, Eren.

–¿Qué…? – cada vez que le negaba un beso, chillaba. Eventualmente, agachó la cabeza sobre mi hombro, gimiendo y moviendo las caderas–. Vamos, Levi….

–Eren, tengo planes para nosotros para el día de hoy, por lo cual prefiero seguir más tarde– expliqué, acariciándole la coronilla.

–Pero hoy, Levi– siguió gimiendo, deteniendo sus caderas.

–Ya sé, ya sé, pero puede esperar. Ahora, quítate, así puedo hacer el desayuno– dije, y lo aparté. Eren gruñó mientras se me quitaba de encima y rodaba sobre la cama, permitiéndome pararme y estirar los músculos. Era consciente de que siempre me observaba, ya fuera que solo estirase los brazos o la espalda. No importaba que fuera, siempre podía ver como mi cuerpo le afectaba a pesar de no intentar nada, y por ello no dejaba de hacerlo.

Me encantaba molestarlo.

–¿Algún pedido para tu omelettes? – dije, mientras estiraba las sábanas.

–La vez anterior te quedaron geniales– dijo contra la almohada. Lo miré, admirando como refunfuñaba y pataleaba como un niño. Solté un suspiro, inclinándome para besarle la cabeza, esperando que con eso curara un poco de su orgullo herido.

–Feliz aniversario– susurré contra su cabello. Eren gruñó entre las almohadas, diciendo algo, y me di cuenta de que me decía lo mismo. Para que dejara de rezongar, le di un golpe en la cola, lo que lo hizo lanzar un chillido, y agregué–, mocoso.

Con eso, Eren salió disparado de la cama, detrás de mí. Alcancé la puerta del dormitorio antes de que me diera caza, me rodera con los brazos y me atrapara. Intensas risas resonaron contra mi oído, y yo reía de la misma manera, quizás un poco embobado por su reacción, pero no me importó.

–Te agarré– dijo, besándome a un lado del cuello. Usualmente, sus avances no me causaban efecto, pero mierda, cuando sus labios se posaron bajo de mi oreja, estaba desarmado. Ese lugar era, posiblemente, mi mayo debilidad, y las rodillas se me doblaron cuando me dio un chupón que me dejó tremenda marca. Contuve cuando pude el gemido que intentaba escapárseme, y algo similar se me escapó de los labios.

–Ma-maldito mocoso…– tartamudeé, antes de suspirar. Sentí sus labios formar una sonrisa contra mi piel, y una risita se le escapó mientras su mano me recorría el pecho.

Condenado mocoso.


–¿Levi…?

Levanté la mirada del bol que tenía entre manos, en dirección a donde provenía la voz.

–¿Petra…? – pregunté, observándola acercárseme con una sonrisa en los labios.

–Veo que al fin saliste de la casa– bromeó, poniéndose un mechón de cabellos tras la oreja.

–Ne hemos pasado mucho tiempo aquí– le hice una mueca con los ojos, pero tenía un poco de razón. Desde que compramos la nueva casa, casi no salíamos. Los tomamos una semana de vacaciones por el aniversario, y entonces… bueno, no es difícil adivinar lo que hicimos la mayor parte del tiempo, y todo era en la casa.

Hacía una semana que no la veía, pero parecían años. Quizá era porque mucho había cambiado en estos cinco años: le había crecido el cabello, aunque seguía conservándolo a la altura de los hombros, y la edad se le notaba en el pelo. No era demasiado, porque seguía igual de hermosa, pero el rostro se le había puesto más maduro en estos años.

–Ajá…– observó ella con escepticismo. Iba a responderle, pero por el rabillo del ojo vi a esa cosita prendida de la falda de Petra. Ni bien la vi, la niña de tres años se escondió, tirando de la falda para taparse la cara mientras se chupaba el dedo.

–Oye, nena, ¿qué haces ahí? – le pregunté. La niña se asomó de detrás de la ropa, y sus mechones naranjas me miraron. Cuando se percató de que la miraba, volvió a esconderse.

–Vamos, linda. Sólo es el tío Levi– dijo Petra, retrocediendo. La niña se quedó paralizada en su sitio cuando perdió la cobertura y yo me inclinaba para estar a su nivel. Me miró con sus grandes ojos castaños.

–¿Qué pasa? ¿No me recuerdas? No me ausenté tanto…– dije, suspirando. La niña alzó la mano que no tenía metida a la boca y me tocó la mejilla. Eso la hizo sonreír, y pude ver sus pequeños dientes brillar contra su pulgar mientras se reía.

–¡Hola Leví! – saludó de repente, estirándome los brazos. Sonreí y la alcé.

–Hola nena. Tiempo sin verte– dije, mientras se reía. Le hice cosquillas, provocando que lanzara un chillido de alegría, y vagamente oí a Petra reírse de nosotros–. Y es "Livai", no "Leví"– la corregí.

–Leví…– se empecinó, y giré los ojos para mirar a la madre.

–Es igualita a ti.

–Pero se parece al padre– explicó Petra, acariciando la mejilla de su hija.

–Hablando de eso, ¿dónde está Auruo? – inquirí, mirando en derredor.

–Trabajando, pero por aquí anda Erwin–. Petra miró en derredor, en busca del aludido, pero no estaba a la vista–. Otra vez debe haberse ido. Le estaba ayudando con sus compras, pero es bastante obstinado con el tema.

–¿Cómo está lidiándolo? –. Bajé la voz, atento a si lo veía mientras hablaba. No quería que nos oyera–. Digo… ¿se encuentra bien?

–Bueno… desde el accidente, físicamente se encuentra bien, aunque sigue con algunos dolores y tiene cierta fobia a los autos–. Petra se frotó la nuca nerviosamente, manteniendo un tono bajo para que su hija no la oyera. No sé por qué lo hacía: la niña seguía entre mis brazos, con la cabeza sobre mi hombro y el dedo en la boca.

–Ese hombre ha experimentados demasiados accidentes de tráfico en la vida.

–Pero este es el que le produjo daños– repuso Petra.

–Levi, ¿eres tú? –. La voz a mis espalda nos hizo dar un respingo, y me volví a mirar por sobre el hombro, para encontrar a Erwin parado con una bolsa de la compra en la mano. Esto… en su mano sana. La otra, junto con el resto del brazo, había desaparecido.

Cuatro semanas atrás, Erwin había tenido un accidente de auto. Hasta hace unos días estuvo internado, padeciendo fiebres y dolores fantasmales, pero le habían dado el alta. Y esta vez no había sido culpa suya. Un imbécil al volante nunca le hizo señas cuando intentaba adelantarse en un semáforo en rojo, y los dos colisionaron con un camión de quince pies de largo. El que lo adelanto falleció al llegar al hospital, y el chofer del camión tuvo la suerte de sobrevivir con solo tres costillas rotas. Erwin perdió el brazo, ya que no quedó otra que amputárselo. Las últimas semanas le habían sido terribles, y tanto Eren como yo quisimos visitarle, pero no dejó que nadie fuera.

Asumí que no deseaba que nadie lo viera en aquellas condiciones. Pero nunca se enteró de que lo visité una vez, pero estaba dopadísimo con los calmantes.

Se veía para el carajo entonces, y se veía para el carajo ahora.

El pobre tipo había perdido algo de peso, más que nada masa muscular. Estar en la cama te hacia eso, pero en alguien como él, que siempre había tenido un cuerpo fornido y marcado, se notaba mucho. Había semanas que no se afeitaba, y su cabello estaba revuelto, desordenado y para cualquier lado. Estaba tan acostumbrado a verlo cuidadosamente acicalado, limpio y fuerte, que el hombre que tenía delante me resultaba totalmente extraño. Sin embargo, el alivio de verlo levantado y caminando, vivo, era más de lo que podía describir.

–Vamos, sólo me ausenté una semana– resoplé. No iba a insistir con el tema, no en una tienda y menos con él cerca. A pesar de todo, Erwin me sonrió con amabilidad mientras se nos acercaba, con la bolsa de compras colgando de su brazo.

–Sí, pero yo me pasé tres semanas internado. Ha sido más para mí que para ti– explicó, pellizcando la mejillas de la nena. Ella se retorció y rió, pateándome los costados mientras miraba a Erwin con sus enormes ojos y las mejillas sonrosadas.

Petra tenía razón: se parecía a Auruo. Sólo se diferenciaban en que tenía el cabello y los ojos de la madre.

–No– la retó, con tono de reprobación.

–Ah, lo siento mucho, su majestad– se disculpó Erwin, arrodillándose sobre una rodilla. Las risillas contra mi oído demostraron cuanto se parecía a Petra. Quitando la apariencia, era tan mala como ella.

–¡De rodillas! – rió, dando otras patadas entre mis brazos. Ah, definitivamente era igualita a la madre.

–¿Qué te parece si te inclinas ante él? Te lleva treinta años, nena– comenté, y ese comentario pareció subírsele a la cabeza.

–¡Yo tengo tres años! – celebró como si fuera algo digno de hacerlo. Giré los ojos antes de bajarla junto a Erwin, quien se puso de pie. Se hizo una pausa cuando perdió el equilibrio y se tambaleó hacia un lado. Como la niña buena que era, la hija de Petra lo tomó del brazo y lo sostuvo, ayudándolo a equilibrarse. Su madre y yo los asistimos en seguida y, con un poco de fuerza, lo pusimos de pie.

Noté la expresión de desaliento en su rostro. Que le ayudaran a pararse era una cosa, pero yo sabía el motivo que lo afectaba: el que lo tuvieran que ayudar diariamente y hacer todo mediante asistencia debía deprimirlo.

–El tío Erwin está viejo…

–Nah, sólo se ha quedado sin aliento. Hace mucho que no camino sin la muleta– intentó bromear, pero no engañaba a nadie. Me daba cuenta de que escondía su dolor, aunque no sabía si era de Petra o yo.

–Erwin, no. En serio estás viejo– suspiró Petra, sonriendo amargamente.

–Entonces, ¿qué hay de Levi? – replicó él.

–Oye, no digas eso– le gruñí. El me palmeó la cabeza como si fuera un niño, antes de recoger su bolsa de compra. Suspiré mientras le observaba avanzar, con la hija de Petra siguiéndolo, aferrada de su sobre todo. Se volvió a meter el dedo en la boca, y Petra me miró con simpatía mientras los seguía. También los seguí, con mi propia bolsa de compras en la mano.

Mientras hablaban, permanecí en silencio, aunque no fue a propósito. Pensaba, quizás un poco demasiado, pero me era inevitable. Últimamente, mi mente tenía la mala costumbre de divagar, recordando el pasado y pensando en donde estarían todos. Pensaba que era el único que lo hacía, pero Eren me dijo que un par de veces también lo hizo. Y, al pensar en ello, solo pude concentrarme en Eren.

Hoy era nuestro quinto aniversario, y todo seguía viento en popa. Su hermana y mejor amigo se casaron al cabo de tres años, y nunca entenderé porqué tardaron tanto. Petra y Auruo se juntaron poco después de que nosotros anunciáramos el compromiso. Año y medio después, se casaron. La nena no tardó en llegar, y me admiraba como si fuera un Dios. No niego que sus comentarios de que yo sea más alto que ella me alegraban: era algo que oiga raramente.

Después, estaban Hanji y Moblit. Después de diez años de estar juntos, los dos idiotas al fin pusieron fecha de casamiento. No miento al decir que me reí al ver lo nerviosos que Moblit estaba cuando le propuso casamiento. La reacción de Hanji fue casi… ¿normal? ¿Era posible poner esa palabra en la misma oración que la incluyera? La tonta, por una vez, actuó como un humano corriente, y de verdad pareció interesada en otra cosa que no fuera la ciencia.

La vida pasaba rápido. Sentía como si fuera ayer que contraté a un chico de dieciocho para que me asistiera. Lo siguiente que supe, en un parpadeo, era que estábamos casados, viviendo en una linda casa en las afueras de la ciudad. De vez en cuando, conversábamos sobre tener un hijo, o dos. El tema se hacía cada vez más recurrente, y me sorprendía lo interesado que estaba con la idea. Honestamente, no me molestaba tener a un mocoso propio del que cuidar, y Eren parecía igualmente entusiasmado.

Si alguien me hubiera dicho cinco años atrás que las cosas serian así, les habría tratado de loco, incluso tan seniles como eran mis abuelos.

Nunca esperé estas aquí hoy, y por ello debía agradecerle a Eren.


–Bueno, sé que no duele tanto.

–¡Duele un montón! – gimió la hija de Petra, con los ojos llorosos y enrojecidos por su crisis de llanto.

–Bueno, veamos, ¿cuál rodilla era? – pregunté. Ella señaló la derecha, la que no estaba ni roja ni marcada. Oi a Petra reírse a mis espaldas, y sonreí cunado miré a los ojos de la niña.

–Pensé que el "bubú" era en la otra– señalé.

–A los bubú les gusta cambiarse de lugar– me explicó. Erwin comenzó a reírse también, y resoplé antes de estirar la mano para hacerle cosquillas en la nuca regordeta. Ella chilló de gusto, antes de que la bajara para poder pagarle a la cajera mi compra. Ella se lamentó, pidiendo que la volviera a alzar, pero le dije que debía pagar.

–¿Por qué…?

–Porque esta noche debo hacer la cena.

–¿Por qué…?

–Porque esta noche, el tío Eren y yo queremos comer algo especial.

–¿Por qué…?

–Porque es nuestro aniversario.

–¿Por qué…?

–Pregúntale a tu mamá– dije al fin, soltando un resoplido. Petra se nos rió, llamando a su nena para que fuera a su lado y así yo recogiera mi compra.

–Recuerdo que una vez Auruo hizo lo mismo para mí. Creo que estuvo una semana preparándolo.

–Sip, me acuerdo– intervino Erwin.

–Entonces, Levi, ¿qué planes tienes para esta noche? – preguntó Petra, mientras ayudaba a Erwin a colocar sus cosas sobre la cinta. La miré con fastidio, preguntándole si en serio me hacía semejante pregunta. Sin responderme, ella se encogió de hombros.

–No es tu maldito asunto– ladré. La nena hizo un gesto de sorpresa y me señaló, e inmediatamente me encogí–. Digo, condenado– me corregí en seguida.

–¡Dijiste una mala palabra! – exclamó, enojada.

–Tu mamá me deja.

–¡Claro que no! – exclamó Petra, igualmente enojada.

Vaya, no me imaginaba de donde había sacado eso la hija. Una mejor pregunta seria preguntarse de donde lo sacaron los padres.

–Perdona, nena. No es asunto de tu tonta mami. ¿así está mejor? – dije, mirándola. Con el pulgar en la boca y sus grandes ojos mirándome inocentemente, como un cachorrito, asintió, instantáneamente cambiando su atención a la góndola de caramelos. Le habría dicho algo a Petra, pero entonces mi atención se fijó en mi teléfono, sonándome en el bolsillo.

Reacomodé mi agarre de las bolsas antes de buscar en el bolsillo de mi abrigo. El identificador de llamadas me indicó que era Eren, aunque lo había adivinado por el tono de llamada, y atendí antes de que parara de sonar.

–¿Hola…?

–¿Levi…? – preguntó Eren al otro lado-

–Eh, ¿qué pasa?

–¿Cuándo vas a volver a casa? – podría ser imaginaciones mías, pero sonaba un poco… aterrado. ¿Tal vez era el ruido de la estática en la línea? Se acercaba una tormenta, demostrado por la gran nube negra en el cielo, por lo cual quizás había interferencias.

–Ya estoy saliendo de la tienda, pero me falta hacer una mandado rápido de la vinoteca– expliqué, sosteniendo el celular con el hombro y la cabeza.

–No, necesito que vengas a casa.

Ahora si era claro. Eren sonaba presa del pánico, aterrado quizás. Algo malo pasaba.

–Eren, ¿por qué, qué pasa? – pregunté con cautela.

–Levi, por favor, necesito que vengas a casa– me dijo.

–Eren, ¿por qué-? – comencé a decir, pero la llamada de repente se cortó– ¿Eren…? – pregunté, mirando el teléfono. La llamada había terminado, dejándome totalmente atónico por la situación.

–Levi, ¿qué pasa? – inquirió Petra a mis espaldas, mientras guardaba el celular en el bolsillo.

–Era Eren. Dijo que me necesitaba en casa– respondí–. También sonaba muy alterado.

–Espero que se encuentre bien– se preocupó ella.

–Puede que esté intentando de hacerte llegar pronto a casa. Quizás, te tenga una sorpresa especial– sugirió Erwin con una sonrisa pícara.

No, no era eso. Sin importar cuanto quisiera creerlo, que Eren de verdad me tenia alguna sorpresa de aniversario en casa, no era eso. Eren era incapaz de fingir pánico de esa manera. No era un actor, y era demasiado evidente cuando mentía. No podía fingir estar asustado, en especial cuando sonaba aterrorizado de aquella manera.

Pasaba algo malo.


La lluvia me dio cuando llegue a la casa. Ni me preocupé por poner el auto en el garaje, estacioné en la calle y corrí a la puerta de entrada, apenas empapándome. Alcanzó para desordenar el cuidado peinado que me hice y ni me acordé de las compras. Me lancé a la casa, y lo primero que noté fue que la puerta estaba sin llave.

Maldición.

–¡Eren…! – llamé. No hubo respuesta, pero escuché voces desde la sala de estar. Reconocí al instante a una como la de Eren, y que no me respondiera no tenia sentido. La otra era mas profunda y mayor, que no reconocí. ¿Quién diablos seria? – Eren– repetí, un poco mas agitado, mientras caminaba hacia la sala.

Lo primero que vi fue a las personas en la sala. Eren estaba en el sofá, agachado y desaliñado, con las manos tan apretadas en puños que tenia los nudillos blancos. Parecía asustado, agitado y, cuando sus grandes ojos se fijaron en mí, noté la desesperación en ellos.

Ayúdame– me imploraba con los ojos.

Miré a la otra persona, que estaba sentada en el otro sofá. era un hombre mayor, quizás pisando los cincuenta o ya cumplidos. Tenia un largo cabello castaño, atado en una extraña colita en la nuca, con lentes redondos enmarcándole los ojos. Detrás de esos lentes, había un par de ojos verdes, tan familiares que me produjeron escalofríos.

Tenía un increíble parecido con Eren.

–¿Quién es este? – pregunté, sin molestarme en dejar a un lado las compras que todavía cargaba en las manos.

–Ah, Le-Levi–. Eren se puso de pie y fue a mi lado, con pasos veloces y amplios. Era como si intentara poner distancia de aquel hombre–. Qué bueno que hayas vuelto. Esto…– sus ojos recorrieron velozmente el cuarto hasta el hombre en el sofá, quien se puso de pie rápidamente con una sonrisa en los labios.

–Ah, ¿así que tú eres Levi? Es un gusto al fin conocerte– dijo, estirando la mano para que la estrechara. Le clavé la mirada antes volver a mirarlo, rechazando a oferta.

–¿Quién es usted? – dije.

–Levi, este es... ah…– comenzó a decir Eren, pero se interrumpió. Intenté mirarlo a los ojos, pero había agachado la mirada, con la cabeza inclinada y era incapaz de verlo. Era algo difícil lograr eso para alguien como yo, considerando que él era tan alto y yo… bajo–. Es… éste es mi padre…

Momento… ¿Qué? No, eso no podía ser, ¿verdad? No podía ser.

Ese hombre no era él. No era el hombre que lo había golpeado, abandonado y, por su propia seguridad, más le valía que no lo fuera. Si lo era, volvería a mis viejos hábitos de matar gente en un acceso de ira.

El hombre que tenía delante mío se acomodó los lentes antes de aclararse la garganta.

–Me llamo Grisha Jaeger. Es un gusto conocerte.