En los últimos meses había fantaseando muchísimo con el momento en el que se volvieran a encontrar. Había imaginado llegar a su casa, tocar a su puerta y ella abriéndole con sorpresa, solo para lanzarse a sus brazos en cuanto se vieran. La había imaginado llorando, reclamándole su ausencia y su tardío regreso. Se había imaginado oliendo su cabello y enredando sus dedos en las finas hebras. Había fantaseando tanto con ese instante que cuando llegó, y de la peor manera y tan alejado de su imaginación, no pudo pensar en otra cosa más que en la imagen que tenía de ella frente a él.
Era algo que le ocurría siempre que dejaba de verla por un largo tiempo. Cuando la volvía a ver todo desaparecía. Era transportado a una dimensión en dónde no existía nada más que ella.
Sin embargo la situación en ese momento no era lo propicia. Habían sido reencontrados a base de engaños y ella no se veía feliz de verlo. Ella no se veía feliz para nada, de hecho. ¿Era acaso que Jenrya no la hacía feliz? Siempre pensó que ambos hacían una buena dupla. Ruki la irritable y Jenrya el tranquilo. Y aún así sabía que ambos eran tan taciturnos; Ruki podía ser toda calma y Jenrya podía estallar en cualquier momento. Eran perfectos solos y aún más juntos. Y si no estuviera tan perdidamente enamorado de ella, podría apoyar su relación. Pero era un hombre egoísta. Aún si sabía que Ruki y él probablemente no debían estar juntos más, esperaba que ella estuviera enamorada de él por un largo tiempo; justo como él lo iba a estar… no, él iba a estar enamorado de ella siempre.
Ruki estaba mucho, mucho, mucho más delgada de lo que había estado nunca. En su pecho se marcaban sus huesos y su rostro era todo pómulos pronunciados. Sus preciosos ojos están enmarcados por oscuros círculos que gritaban que no había estado durmiendo bien en las últimas semanas. Tenía tanta urgencia por tocar su piel y comprobar si seguía siendo igual de suave. Y fue ese el momento en el que supo que tenía que salir de ahí. La vería al otro día, ningúno tenía de otra. Luego hablaría con Rumiko. Ellos podían seguir siendo amigos, pero ahora había líneas que ella no podía cruzar.
Dándoles un último vistazo salió del restaurante dejándolas solas.
Y corrió. Corrió por todo el centro, corrió por entre la multitud de gente que había. Corrió aún cuando pasó su hotel y solo cuando ya no pudo correr. Cuando sus piernas se entumecieron tanto que no pudo dar un paso más, se percató de que estaba cerca del castillo Aoba. Bastante lejos de su hotel. Ya estaba oscureciendo, pero no tenía fuerzas físicas o mentales para ponerse de pie. Se acomodó cerca de una de las placas del castillo, debajo de un cerezo bastante florido, y se soltó a llorar. Habían personas cerca, sabía que probablemente estaba haciendo el ridículo, pero necesitaba sacar de su pecho el hecho de que la amaba y de que odiaba no poder ser el hombre que ella necesita. Odiaba no poder permanecer quieto en algún lugar, no poder establecerse con ella. A veces creía que su madre tenía razón cuando antes de irse le dijo que él había nacido para estar solo…
Después de un rato y de rechazar la ayuda de un par de turistas extranjeros que se acercaron a preguntarle si estaba bien, le mandó un mensaje a Hirukazu con su ubicación. Él y Kenta llegaron poco después. No preguntaron nada, solo lo ayudaron a ponerse de pie, y casi cargándolo lo llevaron de regreso al hotel.
Aún no sentía las piernas.
Se botó a la cama, aún cuando estaba sudado, y trató de no pensar en ella otra vez. Aún que se pasó toda la noche soñando con sus ojos.
La mañana siguiente muy fiel a su costumbre, se levantó a fotografiar el amanecer entre las flores, solo que esta vez lo hizo con su celular. La mayoría de sus amigos y conocidos fotógrafos odiaban a los influencers que se dedicaban a tomar fotos con sus celulares, decían que eran un insulto para los fotógrafos de verdad. Él amaba subir sus fotos a Instagram. Tenía cerca de medio millón de seguidores, y eso le estaba produciendo ganancias también. En su cuenta solo habían fotos de paisajes y la descripción siempre era alguna frase de un poeta o escritor nacido en el lugar en donde estaba; nunca ponía la ubicación de la foto, pero sus seguidores habían convertido en juego el googlear la frase, descubrir el autor y su lugar de nacimiento, para después comentarle la ubicación. Desde hacía un par de años había empezado a premiar al primer comentario, mandando una foto de algún otro paisaje de la zona, con el usuario del ganador como marca de agua. Se divertía muchísimo, y amaba cuando sus seguidores subían a sus propias cuentas su imagen y lo etiquetaban.
Esa mañana tomó la foto del sol asomándose de entre los rosados árboles, y en vez de alguna frase solo puso "Dragón de un solo ojo". Era un poco complicado, porque la persona a quien se le atribuía esa frase no había nacido en Sendai; y aún así no había pasado ni un minuto cuando la notificación de alguien comentando su foto sonó. Casi deja caer su celular cuando se percató de quién había comentado:
JenryaLeeJianliang: Date Masamune, llamado el dragón de un solo ojo. Fue un conocido samurái que fundó la ciudad de Sendai.
Sonrió.
Su taxi se tardó exactamente veinte minutos en llegar a la locación en dónde se iba a llevar a cabo la sesión. Veinte minutos exactos.
El paisaje era simple, pero hermoso. El lago del parque Kasemuna, coronado de varios árboles de cerezo cuyas flores caían al suelo como lluvia rosa.
Sonrió a su agente y al director de fotografía. Ambos la guiaron a la carpa de vestuario y maquillaje, donde se encontraban las demás modelos. Algunas eran viejas conocidas de profesión. Saludo y se acomodó frente a un espejo desocupado. Pronto se dejó llevar por los cotilleos y el aroma a maquillaje y fijador. Una maquillista de aspecto cansado se acomodó frente a ella y empezó su labor, a la par de un peluquero que empezó a cepillar su melena.
—Creí que habían dicho que solo buscaban a chicas japonesas. —Escuchó a una de las modelos a su lado, mientras le dedicaba una mirada molesta.
Ruki decidió ignorarla.
—Ruki Makino es japonesa. —Dijo el peluquero en tono molesto.
—¿Con ese pelo y esos ojos? No lo creo… —replicó la modelo de nuevo.
Ruki rodó los ojos y le hizo una gesto al peluquero para que la ignorara también.
—Eso de ser nepobaby te abre muchas puertas —dijo otra modelo, Megumi, a quien Ruki desafortunadamente conocía. —¿No, Ruki?
Ruki siguió ignorandolas. Desde que empezó su carrera había recibido cientos de ofertas de trabajo en todo el mundo y muchas revistas la habían catalogado como una fiel heredera del legado mundial de su madre. Pero siempre se había negado a hacer algo fuera de Asia. Lo de ser modelo le había servido para conectar con su madre y también Ryo había tenido mucho que ver, pero no era algo que realmente le apasionara. Tampoco las leyes, si había de ser totalmente honesta. En ambas carreras existían personas horribles dispuestas a todo para derribar a la competencia. Pero la paga como modelo era buena. Ruki calculaba a qué en pocos años podía retirarse de trabajar en general y vivir de socialité como su abuela. Aunque la idea tampoco le atraía.
—Yo solo sé que nunca había visto a una japonesa nativa tener el pelo rojo y los ojos de color…
—Entonces deberías salir un poco más de Tokio e ir a las fronteras. Ahí encontrarás muchos pelirrojos que son japoneses nativos. —Dijo Ryo, iba entrando a la carpa en compañía del director de fotografía.
Ruki apenas escuchaba como presentaban a Ryo y daban las indicaciones de lo que iban a hacer y lo que el cliente quería plasmar en la sesión. Solo lo veía a él y él a ella. Le había pedido a su agente que le dijera que tenía que hablar con él en privado cuando la sesión finalizara, pero no sabía si podría trabajar sintiéndose así, tan afectada por su presencia.
Cuando el director terminó de hablar, Ryo salió de la carpa para que todas se vistieran. Ella sería la última en ser fotografiada.
—Supongo que puedes usar un yukata siendo pelirroja —empezó Megumi con una sonrisa que era todo menos amistosa. —Si tú novio es el fotógrafo a cargo.
Ruki se puso de pie. Se ató la bata bien y se disculpó con el peluquero y la maquillista. Necesitaba aire. Necesitaba hablar con él.
