~Adrien~
—Prrrincesa, he llegado — mi saludo fue contestado con un simple gruñido de parte de Marinette, me preocupaba un poco, pues era algo extraño verla recostada en su cama en posición fetal abrazando una de las almohadas y suspirando repetidamente. Se veía muy mal.
Salté de la trampilla cayendo con cuidado a la cama y colocándome a su lado, ni siquiera había reaccionado a mi llegada.
—¿Princesa, estas bien?
Supuse que estaba haciendo un esfuerzo sobre humano para poder dirigirme la mirada ya que apenas y entreabrió los ojos. Estaba pálida, y temblaba violentamente apretando entre ambos puños a la almohada que tenía debajo de su cabeza.
—Chat... — su voz era débil a comparación de otra veces, que era enérgica y llena de vida. Esta escena me estaba asustando, tenía miedo de que algo malo estuviera pasándole a mi princesa. A mon amour.
Desesperado, me acerqué más a su rostro para topar con mis garras su frente, sabia que no podría sentir con exactitud el calor corporal de su piel a través del traje, pero en caso de que tuviera fiebre lo hubiera notado de inmediato debido a su respectiva temperatura.
—No tienes fiebre — musité extrañado sin entender aún porque estaba retorciéndose en su cama sosteniendo su cabeza como si su vida dependiera de ello.
—Princesa, ¿Que ocurre? ¿Que tienes? — pregunté angustiado al verla sufriendo, no sabía que hacer para ayudarla, estaba perdiendo la tranquilidad por completo.
Ella se soltó la cabeza y se sentó algo debilitada, desarmo las coletas que adornaban su cabello y me miró fijamente tratando de recomponerse, quizás para no preocuparme. Si eso era lo que quería lograr, no funcionó, sigo igual o más preocupado que antes. Y ella aún no me daba ninguna razón por la cual se encontraba así.
Me miró con una sonrisa forzosa mientras agitaba su mano despreocupadamente.
—Estoy bien Chat, en serio — articuló con la voz algo debilitada, y algo chillona al principio, iba a decir algo con respecto a eso, cuando esta me cortó de golpe bramando lo siguiente.
—Ni se te ocurra decir una de tus bromas, gato callejero, sino te arrancaré las bolas y te las colgaré en el cogote junto con tu cascabel, no estoy de humor — reprendió Marinette con el ceño fruncido al ver que iba a decir algo.
Tragué fuertemente al escucharla decir tales palabras, pues si veía a Marinette muy capaz de hacer eso, así que mis "gatitos" estaban en riesgo.
—T-Tranquila Princesa, no planeaba decir nada — contesté nervioso sudando frío viéndola sostener su sien y jadear con dolor acurrucándose más a su almohada.
«Pobre de mi princesa»
—¿Puedo hacer algo para ayudarte? — pregunté mordiendo mi labio inferior, no quería molestarla más ahora que sabia el motivo de su desgana. Pero tampoco quería ser espectador de como la chica que amaba estaba sufriendo. Debía ayudarla.
—No quiero molestarte Chat, quédate tranquilo — al terminar de decir esto, soltó un gemido de dolor cerrando con fuerza los ojos y luego una especie de sollozo salió de su boca. Ya no podía soportarlo más.
Me arrodillé a un lado de su pequeño cuerpo estrechando su fina cintura en un abrazo reconfortante, tratando de no llorar. Era tan desesperante verla en este estado tan deplorable.
—Princesa, por favor, deja a este caballero ayudar a una hermosa princesa en apuros — le rogué soltando una ligera risa para evitar estallar en llanto, se volvió aún más inquietante cuando ella acarició mi cabeza tratando de aliviarme a mi, cuando debería ser al revés.
Restregué mi rostro contra su hombro, escuchando con más claridad los sollozos que emitían su boca, mientras seguía implorando entre susurros que me permitiera de alguna forma curar aquel malestar.
—¿Nunca dejarás de ser tan insistente verdad? — rió débilmente al ver que no me rendía.
—No, si eso puede lograr que me dejes ayudarte — respondí con una sonrisa sincera notando como se removía en su sitio hasta quedar cara a cara conmigo.
De inmediato mi corazón corrió una desenfrenada carrera al tener su tierno rostro frente al mío, tan cerca que su aliento caliente golpeo contra mi rostro, mi fantasía se desvaneció cuando ella presionó su palma contra mi mejilla en un gesto dulce.
—Gracias por preocuparte por mi gatito, y por quedarte a cuidarme, debe ser una verdadera molestia quedarte aquí solo por mi ¿Cierto? — liberó su mano de mi mejilla y cerró los ojos sintiéndose culpable.
—No digas eso — le reprendí dulcemente enmarcando su rostro para presionar mis manos sobre su frente — jamás podría abandonarte, menos en este estado — puntualicé.
Ella sonrió débilmente volviendo a cerrar sus bellos ojos y articulando un par de instrucciones.
—¿Podrías pasarme, el frasco marrón que esta encima de mi escritorio?... Junto al portátil...
Bajé con una velocidad sobre humana de la cama hasta llegar a su escritorio y rápidamente visualicé el frasco que yacía justo a un lado de un bonito portalápices decorativo y el portátil. Tomé el frasco, parecía... ¿Un remedio? ¿Con esto se sentiría mejor? Tantas preguntas y ninguna respuesta. Traté de abrirlo pero, no lo conseguía. Rasqué mi cabeza con confusión sin saber como destapar el pequeño frasco de vidrio, así que sin demorarme más de lo acordado, se lo pasé y ella lo abrió sin dificultad presionando la tapa y girándola.
—¿Qué es eso princesa? — no quería parecer un entrometido, pero tenía que saber el nombre de esa medicina.
—No te espantes gatito, es solo una mezcla de agua ardiente alcanforado y ruda, una planta medicinal — aclaró ella acercando el frasco a su rostro y olfateó el contenido, para luego soltar el aire en forma de suspiro.
—¿Y ya? ¿Eso te hará sentir mejor? — pregunté algo desconfiado.
Ella asintió con la cabeza y contestó.
—Esto me pasa casi siempre Chat, es muy normal, por eso olfatear esta mezcla de plantas medicinales hace que me sienta mejor. Tu no te preocupes, solo me bastará descansar un poco y estaré como nueva — explicó haciendo un amague de sonrisa.
Asentí un poco inconforme con la explicación, pero igual estaba angustiado por su estado, era algo desconocido para mi. Además, aún se veía incómoda.
—Marinette, ¿Estas segura de que no es nada grave?
—Para nada Chaton crees que le ocultaría algo tan importante a mi mejor amigo? — alegó con un brillo en su mirada sonriendo divertida, a pesar de su malestar.
«Auch»
¿Acaso era el Karma? ¿Tantas veces de repetir a su Kwami y así mismo sobre que Marinette era solo una amiga, me estaban cobrando factura? Simulé perfectamente una sonrisa y la tome de la mano como si no me afectara lo que había dicho, aún sintiendo en mi cuerpo esa horrible sensación de malestar e incomodidad.
—¿Y tus padres, Ma bella Princess?
Ella suspiro dejando el frasco completamente cerrado a un lado suyo y bajando la mirada algo decaída, más de lo que ya estaba por la enfermedad.
—Están en una entrega muy importante para una boda, regresarán a mas tardar de las nueve y cuarenta y cinco. — observé el reloj en su mesita y comprobé que eran a penas las cinco y media. — además, estoy castigada — admitió sentándose en pose india y abrazando la almohada, apoyando delicadamente su cabeza en ella.
—¿Castigada? ¿Pero, por qué?
—Al parecer a mis padres no les gustó nada que me demorara en llegar a casa — resopló melancólica restregando su frente con su palma. — fue el día de ayer, salí con un amigo y sus compañeros a celebrar su victoria en el Campeonato de Esgrima.
Sudé frío al escuchar esa confesión.
«Así que fui yo...»
Me removí incómodo tratando de hacerle ver que no escondía nada, y volví a mirar su pálido rostro, recargando su barbilla en la almohada.
—¿Así que... fue por eso? Pero... si no podías llegar tarde a tu casa, ¿porque aceptaste ir con él de todos modos? — la curiosidad estaba matándome, si yo era el culpable de que la hubieran castigado al insistirle tanto que nos acompañara, por lo menos quería saber porque cuando tuvo la oportunidad de negarse, ella no la tomó.
Ella aún en su estado convaleciente se levantó de la posición en la que estaba y acomodó su cabello de tal manera que quedara a un lado de su cuello, dejando visible ese hermoso rostro sonrojado, y no precisamente por la fiebre, lo presentía.
—E-El es mi amigo, no quería desilusionarlo al no aceptar su invitación — me explicó. — además...
—¿Si?
—A-Además él y yo... — hizo una pausa antes de continuar relatando con su agitada respiración de por medio — e-él no tiene mucho tiempo libre, siempre pasa ocupado Chat, que era una semana de castigo si podía pasar la tarde con él...
«Oh, Marinette...»
Aún así me sentía mal. De no haberla convencido de quedarse a celebrar con nosotros, quizás ella no estuviese castigada... aunque, pensándolo bien ¿Que exactamente habría cambiado de la situación a la que estamos ahora? Mi princesa estaba aún enferma y debilitada, aún no conocía la causa y me daba mucha pena preguntarle, a pesar de que se veía un poco más relajada.
En un movimiento abrupto, ella se puso aún más pálida de lo que ya estaba y bajó de su cama destapándose de las sabanas que cubrían sus piernas, corriendo en dirección al lavabo de manos que estaba a un lado de su cama.
Comenzó a tener arcadas y de un momento a otro vomitó.
Bajé a ayudarle a sostener su cabello con una mano mientras acariciaba su espalda con la otra diciéndole que todo estaba bien y que no se preocupara.
Cuando dejo de agitar sus hombros debido a que estaba vomitando, abrió la llave y se lavó la boca lentamente ocultando su cara con su cabello. Sabía que estaba avergonzada por lo que acababa de ocurrir.
—Esta bien, ¿Ya pasó?
Ella asintió despacio volviendo a introducir un poco de agua en su boca y expulsarla escupiendo dentro del lavabo.
—Siento que hayas tenido que ver eso — comento apenada apretando los labios — seguro te doy asco ahora mismo — se lamentó.
Negué con la cabeza absorto y coloqué mi mano tras su espalda para llevarla nuevamente a su cama.
—No te preocupes, no fue nada princesa, tranquila. Recuéstate de nuevo, necesitas descansar.
Ella acató en silencio la orden y se metió nuevamente debajo de las sábanas descansando su cabeza sobre la almohada.
El silencio nos envolvió y Marinette respiró nuevamente con normalidad al sentir su cuerpo descansar cómodamente en el colchón.
Ni aún estando enferma perdía su encanto. Su piel blanquecina estaba parcialmente de un hermoso color rosado a causa del sonrojo, sus pestañas se batían con lentitud, parecían detener el tiempo cada vez que las veía moviéndose y tapando por unos segundos el hermoso color azul de sus ojos. Era magnífica.
«No puedo creer que haya estado tan ciego durante tanto tiempo...»
—¿Chat?
—¿Mmm?
—¿Continúas en Gatolandia? — su voz era mucho más animada y su sonrisa volvió a hacerse presente en su rostro.
Reí un poco más aliviado al escucharla hacer ese tipo de bromas, eso significaba que se encontraba mucho mejor. Volvía a ser la de antes. Mi dulce y adora princesa.
—Ya quisieras princesa, ¿Te encuentras mucho mejor? — la preocupación había disminuido a un increíble tres por ciento, se veía mucho mejor... pero ¿realmente lo estaba?
—Deja de preocuparte tanto por mi gatito, solo es cosa de un rato, nada malo me pasará. Te lo aseguró — recalcó para tratar de tranquilizarme.
Una sensación de calma y serenidad se apoderaron de mi. Bien, nada malo le estaba pasando a mi princesa, tal vez solo estaba exagerando mucho, pero solo pensar en el posible hecho de perderla, me hacía escandalizar y mis fuerzas se quebrantaban por completo. No soportaría que algo malo le pasara.
—Bien, quizás tengas razón, y soy yo el que lo esta exagerando — comenté aliviado.
Ella soltó una dulce risita y extendió su mano para acariciar mis falsas orejas con suavidad, despejando mi mente y sumiéndome en aquellas caricias propinadas por la chica que amo. Los ronroneos comenzaron a emitirse desde mi pecho y a ella le causo gracia saber que me tenía a su merced con sus dulces atenciones. Y no me importaba en lo absoluto, que lo hiciera.
Mis instintos de gato salieron nuevamente a flote dejándome recostado en su regazo, con ella respaldada en la cabecera de la cama. Parecía como si yo fuera su mascota, y ella mi hermosa dueña dándome mimos.
—¿Gatito?
Emití un sonido ligero pero entendible para que supiera que la estaba escuchando, incluso mis orejas se movieron cuando su voz me llamo con aquel apodo cariñoso con el que solía llamarme.
—Te quedarás conmigo hasta que me duerma, ¿cierto? — preguntó algo afligida, tal vez pensando que luego de un rato me iría dejándola sola. ¡Eso ni muerto!
—Por supuesto, princesa. No tienes ni que preguntarlo — me aferré a su cintura aprovechando que estaba recostado en su regazo, y ella continuó con su labor de acariciar mis cabellos. — me quedaré aquí cuanto tiempo sea necesario — declaré tratando de sonar firme, mas mi vano intento de sonar serio, salió en forma de un maullido a la vez que inconscientemente estiraba los brazos.
—Gato mimado — rió ella sin dejar de acariciar mi cabeza.
—Purr...
Recargué mi frente más hacia su estómago, dejando el resto de mi cuerpo tendido en la cama de mi princesa. Era tan relajante como las veces anteriores.
—Aquí me quedaré, princesa — susurré antes de quedarme dormido en su regazo, con ella acariciándome plenamente.
«Te lo prometo mon amour»
Mi cabeza se separó con suavidad del plano y aterciopelado estomago de mi princesa, en el que estaba recostado. Abrí mis ojos completamente para encontrarme en las penumbras de la habitación.
Había dormido como nunca. Junto al cálido cuerpo de mi princesa, con ella abrazándome como si se aferrara a su oso de felpa favorito.
Gracias a mi visión nocturna, logré ver la hora en el reloj de pared que tenía Marinette. Faltaban diez minutos para que llegasen los padres de Marinette, si me recostaba con ella nuevamente, probablemente me quede dormido más tiempo de lo necesario, y sabía, por experiencia propia, que sus padre revisaban constantemente la habitación para velar por la seguridad de su hija, y esta no sería la excepción. Por lo que nos descubrirían y me tacharían de un pervertido que hace cosas indebidas con su hija, lo cual estaba muy lejos de la realidad... bueno, casi.
De cualquier forma, no quería dejarles una mala imagen de mi a mis futuros suegros.
Con pesar me levanté completamente del lecho y contemplé a Marinette dormir. Lucía tan tranquila. Era la imagen más pura y angelical que mis ojos gatunos podían presenciar. Su color de piel había vuelto a la normalidad, dejándome apreciar sus mejillas ruborizadas y sus pobladas pestañas que me prohibían ver sus gemas azuladas. Sus labios entreabiertos dejando escapar los suspiros. Todo en ella me volvía loco.
Alboroté mis cabellos con frustración soltando un gemido de agonía al no poder hacer mío a ese ángel, lamentando no haber aprovechado las oportunidades en las que ella y yo podíamos ser algo más que simples amigos. Y maldiciendo mi suerte el haber tenido que darme cuenta demasiado tarde que ella ya no podía pertenecerme, por más que lo anhelara, ella amaba a alguien más, cosa que yo respetaba, pero no estaba dispuesto a renunciar a esa ardua batalla con aquel desconocido por conseguir su amor. Quería ser yo quien finalmente obtuviera todo su amor.
Lentamente me aproximé hacia ella, tocando con el dorso de mis guantes sus suaves y redondeadas mejillas, tragando fuertemente cuando su aliento chocó contra mi rostro... estábamos demasiado cerca.
Una lucha interna entre mi corazón y mi cerebro se dió a rienda suelta.
«¿Sería correcto robarle un beso en este estado?»
La idea era demasiado tentadora, y para nada desagradable. Sin embargo, una parte de mi no quería hacerlo por el mero capricho de que ella estuviera despierta y completamente consiente de lo que pasaba, no robándole un beso cobardemente cuando ella estaba tan vulnerable.
Apreté los dientes alejándome de su rostro, estando solo a unos milímetros de probar dichoso afrodisiaco. No tenía sentido robarle un beso de esta manera, no sería ningún cobarde.
Planté el beso que iba en dirección a sus labios justo en su frente, y acaricié el contorno de su faz quitando mechones traicioneros que caían por su rostro.
—Eres tan hermosa mon petit douce.
Tomé su barbilla cuidadosamente haciéndole una promesa silenciosa. A cualquier costo, conseguiría que ella correspondiera mis sentimientos, tanto como Adrien y Chat Noir.
Abrí cuidadosamente la trampilla tratando de no despertarla y trepé hasta salir completamente hacia el balcón de mi princesa. La amaba con locura, y quien quiera que fuera ese chico, tendría que luchar contra mi para conseguir su amor. Tenía varios candidatos, pues Marinette tenía pretendientes, como los pichones que merodeaban por París.
La quería para mi, un pensamiento demasiado egoísta, lo sé, pero así era. Marinette me había enamorado por completo en tan solo unos días, y aunque su amistad significaba mucho para mi. Quería tener algo más que sus cálidos abrazos maternales, quería tenerla en mis brazos y no soltarla nunca.
Quería tantas cosas de ella.
Finalmente, cerré con cuidado la trampilla y me alejé dando saltos y acrobacias por el cielo nocturno de París.
—J'aurai ton coeur mon petit ange... promesse de chat.
