Poison
[Dégel, Kardia, Radamanthys]
Fue raro encontrárselo ahí, recostado como si nada estuviese pasando a su alrededor, como si la nieve no le molestase en absoluto, ni el aparente cambio de temperatura en su propia piel, incluso creyó que estaba muerto, pero al sentir su pulso descartó inmediatamente la idea. ¿Entonces qué?
Recién empezaba a caer la nieve cuando le halló, y por obvias razones creyó que se trataba de un hombre ebrio, satisfecho de licor y desafortunado en encontrar su descanso sobre la tierra. Lo pasó por alto y siguió sobre su caballo hasta llegar a su morada.
Comió, durmió y una vez tomado su pequeño receso realizó sus tareas cotidianas; al amanecer del otro día se dispuso a regresar por el mismo camino que el día anterior. Traería leña, o ese había sido su objetivo principal, hasta que le encontró de nuevo, y en la misma posición.
No había mantas que cubriesen su cuerpo, y tenía un extraño atuendo. Demasiado elegante para ser un ebrio, pero muy desgastadas prendas para ser un noble. Lo inspeccionó de nuevo y sólo para estar completamente seguro pasó un dedo bajo su nariz.
Aire frío respiraba aquel.
Pobre hombre. —Pensó. Conforme iba analizando la situación y aclarándose él mismo algunos detalles, fue que su curiosidad creció, así que regresó a su establo y preparó una carreta con tres caballos.
Cuando llegó donde se encontraba el hombre lo levantó en brazos y lo recostó en la carreta. Sus pies entonces chocaron con algo, una manzana completamente roja, aunque mordida. Aquello lo decepcionó, pues se veía realmente jugosa.
Subió junto con el extraño y continuó observándolo un buen rato. En un tiempo determinado su mente empezó a tener teorías, teorías absurdas pero que a la vez tenían mucho sentido.
¿Y si el fruto que recogió hace unos instantes estaba envenenado de alguna manera?, ¿y si el pobre se lo comió? Había una mordida en la fruta, no era tan absurda esa conclusión después de todo.
Dégel no quiso pensarlo más. Y aunque esa fuera la conclusión o el principio del problema no sabría cómo solucionarlo.
Sintió paz en el ambiente, y se quedó recostado junto al otro observando a las estrellas; su ética le impedía por todos los medios separarse de él y dejarlo sólo a la intemperie.
—Kardia. —Escuchó.
Se levantó y lo vió: un hombre rubio, alto y fornido, con armadura, y montado en un fino caballo; elegante como se veía bajó del corcel y se acercó a ambos.
— ¿Conoce a este hombre? —Preguntó siendo ignorado. Aquel sólo levantó en brazos al inconsciente chico; y ante la expectación de Dégel le besó; su rostro era un poema al ver semejante escena entre dos hombres en pleno siglo XV. Enmudeció cuando segundos después su inconsciente acompañante despertó.
—Gracias. —Supo que eso iba para él. —Radamanthys, te lo dije, esa mujer es malvada. —El susodicho simplemente asintió, aunque Dégel seguía sin comprender. Sólo le pidieron un caballo y se los otorgó sin rechistar, y aunque la curiosidad le carcomía por dentro se quedó ahí viéndolos cabalgar.
