Beast

[Radamanthys x Kardia]

Fuerte y estruendoso, el alarido provenía desde el otro lado del castillo. La bestia no se atrevería a acercarse a intentar poseerlo de nuevo, no se lo permitió a pesar de haber intercambiado el rol que le correspondía a su amigo por aventurarse en el lúgubre castillo e intentar asesinar a Radamanthys, el rey maldito.

Las piernas le temblaron cuando sus pies tocaron la alfombra de piel, alzando su cuerpo en un vano intento de escapar del destino que él mismo escogió. Su avance hacia la puerta fue frenado de pronto por las mismas cadenas que apresaban sus tobillos, obligándolo a retroceder a la cama de nuevo. Se convertía en un objeto más y tenía miedo, le dolió admitirlo.

Sobó sus piernas y la sección de piel que los grilletes cubría; poco a poco se iban lacerando, dejando marcas rojizas alrededor, y un dolor punzante casi insoportable.

Tragó la saliva agolpada en su garganta cuando los alaridos se detuvieron y creyó estar a salvo por un momento, más las patas de la criatura no se hicieron esperar y llenaron de ecos terroríficos el castillo hasta que se detuvieron frente a la puerta de su actual prisión, irrumpiendo estrepitosamente para sostenerlo por el cuello en el aire. La respiración entrecortada del monstruo confirmó sus sospechas iniciales, haciéndolo temblar involuntariamente mientras no veía salida de su agarre.

La bestia dejó caer su cuerpo con el rostro hundido en las sábanas, obligándole a arquearse cuando con una desconocida suavidad apretó sus glúteos. La confusión y la vergüenza llegaron a límites insospechados, y sus manos en un intento de alejar al monstruo comprobaron la textura escamosa de la piel que le cubría, como la de un dragón si se hablaba solo de las piernas, mas el estómago y los antebrazos eran como la piel de un humano.

La bestia dejó que el manoseo a su hechizado cuerpo siguiera su curso, despertando en él sensaciones olvidadas, que creyó jamás volvería a experimentar tras su infortunio. El contacto pronto cesó y su piel resintió el calor proporcionado, por lo que se tomó el descaro de apretar al joven contra su cuerpo.

Kardia no comprendía la urgencia de la bestia para permitirse ser tocado por un caballero y no una doncella, ¿qué no estaba mal aquello? El remoto pensamiento se desvaneció de su mente tan pronto como volvió a escuchar los roncos gemidos de su captor, y entonces supo lo que significaba su estancia para él, lo supo y no hizo nada para impedir el avance de las caricias sobre su cuerpo que ya respondía a ese familiar contacto.

Las manos que recorrían sus glúteos y los apretaban, esta vez con más fuerza. Gimió alto cuando la mano atrevida de su captor bajó a su entrepierna y le miró con lujuria, provocándole escalofríos. Esos ojos filosos y dorados tenían un poder aterrador sobre cualquiera que los topase, él fue víctima de ellos, y sus garras, de esas no se pudo liberar.

Apretó las sábanas cuando el falo de la bestia chocó contra su ano, intentando penetrarlo de una estocada, mas no pudo por la estrechez. Lo que hizo después consiguió que las facciones de Kardia desfiguraran por unos instantes, para volver a fruncir los labios y soltar jadeos de vez en cuando; los dedos de Radamanthys se movían con parsimonía al principio, después el ritmo aumentó junto con la pasión que ambos sentían. De alguna forma Kardia disfrutaba el contacto, lo anhelaba lo necesitaba y simplemente no encontró razones para ello.

Cuando le pareció que estaba listo, la bestia no dudó un momento y se enterró en él de una sola estocada. Kardia arqueó su espalda, enterrando los tobillos en la cama, apretando la almohada con ambas manos mientras el vaivén lento se convertía en arremetidas; cada vez que sus pieles chocaban se producía un sonido culposo, que le hacía arder de vergüenza, pero a la bestia no le importaba.

¿Qué no era el amor y la lealtad lo que un caballero debía encontrar?

No. La respuesta se la brindó aquel; lo que realmente deseaba su corazón ardiente era la aventura, la libertad y el placer, convertirse en la salvación de la bestia fue su elección, para dejar de ser un objeto más en el mundo, vivir su fantasía hasta que el último pétalo de la rosa cayese.