18

Tener mucho tiempo libre es peligroso, porque uno tiene que buscar algo con lo que entretenerse, y para una mente como la mía, siempre inmersa en derivaciones que no comprendo, tener los días ocupados es fundamental. Así que una vez entregué las correcciones del libro a la editorial, me encontré con que tenía por delante unas semanas de vacaciones que no sabía en qué emplear.

Desde que mis dos ángeles habían desaparecido de mi vida y habían dejado de controlar esa impulsividad que me caracteriza, me costaba controlarla, y en aquel preciso momento tomó el mando de mi cuerpo y me llevó hasta un lugar que nunca debí visitar: el Matrioska. No entendía por qué mi ruso, siempre tan frío y calculador en los negocios, no ponía freno a lo que allí pasaba, porque allí pasaba algo, y estaba segura de que Sasuke estaba al tanto, sólo que no compartía conmigo ninguna información que tuviese como protagonista a Hotaru; sabía que me desestabilizaba. Así que decidí investigar por mi cuenta, sin saber que las sorpresas eran mayores de las que imaginaba, porque el Matrioska, al igual que una muñeca rusa, tenía reservadas en su interior muchas sorpresas, sorpresas que por mí aguardaban.

Aprovechando que Sasuke estaba en el Nasdrovia, dándose una buena dosis de entrenamiento corporal en el gimnasio, que yo disfrutaría más tarde entre las sábanas de nuestra cama, siempre y cuando la guerra de guerrillas me fuese favorable, hacia allí me encaminé, bien peripuesta. Con unos leggings de leopardo último modelo, una camisa blanca muy sugerente, mi cinturón de estrellas colgantes en las caderas, y unas deliciosas sandalias de tacón que brillaban bajo la luz del atardecer como si los brillantes que las adornaban fuesen buenos. Al hombro, colgado, un bolso de Desigual , última incorporación a mi fondo de armario, en tonos marrones y tierra, con sus siempre deliciosas trabillas y cremalleras. Y el pelo cayendo en cascada sobre mis hombros, dándome ese halo etéreo que a mi querido zar tanto le gusta.

La recepcionista me recibió con un lento barrido, y, a pesar de que me había arreglado para la ocasión, no le gustó mi aspecto. Me pregunté en dónde mi querido ruso contrataría a aquellas mujeres tremendamente guapas, porque yo nunca las había visto en la cola del INEM. Era preciosa, pero la frialdad de su mirada consiguió intimidarme, algo por otro lado nada difícil, teniendo en cuenta mis antecedentes de inseguridades y miedos, y que, por más que intento desterrar de mi personalidad, no consigo hacerlo. Me indicó, muy amablemente, eso sí, dónde estaba la cafetería del hotel, no sin antes advertirme de que a las doce cerraba sus puertas. Miré mi reloj, las nueve, y tomé aquello como lo que era, una invitación a abandonar sus instalaciones con rapidez, pues mi presencia allí no era bien recibida, lo cual me hizo preguntarme... ¿Por qué?

Pero tan pronto crucé las puertas acristaladas de la cafetería, comprendí el porqué. Sólo había cinco clientes, y todas eran mujeres, pero no unas mujeres cualesquiera, no, eran mujeres de bandera. Aunque estaban sentadas, por ese extraño radar que tenemos las de nuestro género para radiografiar a la competencia, calibré que ninguna bajaba del metro ochenta. Constituían un amplio abanico: una rubia, otra morena, una pelirroja, una asiática, y una de color. Cada una de ellas ocupaba una mesa, a excepción de la asiática, que estaba sentada en un taburete en la barra, charlando tranquilamente con el camarero, quien tenía los ojos fijos en su provocativo escote. Lo del escote era algo inherente a todas ellas, aquellas mujeres habían visitado la consulta de algún ilustre cirujano plástico que había hecho un buen trabajo con su delantera, pues en ninguna de ellas se apreciaba el efecto de la gravedad, ese que las mujeres normales, entre las que me encuentro, comenzamos a percibir cuando la treintena llega a su fin y la cuarentena nos saluda alegremente.

En cuanto vieron abrirse la puerta, todas levantaron la cabeza, y volvieron a bajarla en cuanto mi imagen fue procesada en sus cerebros. Me senté en la barra, cerca de la asiática, quien tenía una cara de lo más curiosa. Era preciosa, pero no sabría decir si estaba triste o alegre. ¡Es extraño cómo me cuesta identificar los sentimientos en las caras de las personas de otras razas, es algo en lo que he pensado muchas veces! Me miró con sus ojos rasgados, y quise percibir una pequeña sonrisa, se la devolví, pero giró la cabeza. Entre nosotras había sólo un taburete, pero el espacio que nos separaba era tan grande como la distancia entre nuestros continentes.

–¿Qué desea tomar?

–Un café americano, por favor.

Tenía que aprovechar que Sasuke no estaba cerca, últimamente controlaba todo lo que comía y bebía, hasta el café me tenía racionado, y eso por no hablar del tabaco, que intentaba dejar con todas mis fuerzas, pero que en momentos de angustia me llamaba desesperado y hacia él me iba, como una yonqui en busca de su dosis... ¿Qué le meterán al tabaco? Aquello de que Tabacalera no le diese explicaciones a Mercedes Milá y le cerrase la puerta en las narices me hizo pensar... "¡Malo, malo, malo!"... Me olvidé de los que nos venden algo que es malo para nuestra salud, pero bueno para sus bolsillos, y me concentré en la misión que hasta allí me había llevado.

¡Qué mujeres tan diferentes entre sí! De repente, me fijé en sus teléfonos, que descansaban sobre las mesas, no podía haber más brillos en ellos, creo que ni Paris Hilton tenía uno tan brillante. Y pensando en los móviles, el mío comenzó a sonar.

–¡Hola, cielo! –dije, buscando ya mentalmente una excusa.

–¿Dónde estás?

–He salido a dar un paseo. Has terminado pronto. No me digas que estás cansado.

–Ya casi está anocheciendo. ¿Dónde estás?

–Pues ahora mismo me he parado a tomar un café.

–¿Otro? ¿Dónde estás?

–Parece que me estés interrogando.

–Y tú pareces no querer decirme dónde estás ¡¿Dónde estás, Sakura?! –Cuando Sasuke se olvida del diminutivo hay que tomárselo en serio.

–En el Matrioska.

–¡Mierda!

–Sólo me estoy tomando un café.

–¡No te muevas de ahí, voy a buscarte!

–No soy una niña, puedo volver a casa sola.

—¡He dicho que no te muevas!

Dejé mi móvil sobre la barra en el mismo instante en que las puertas se abrieron y por ellas entró un elenco de hombres muy trajeados. Aquellas mujeres cruzaron sus piernas, movieron con gracia sus cabelleras, dibujaron en sus labios su mejor sonrisa, y clavaron sus miradas insinuantes en los hombres elegantes, quienes las recibieron con una gran sonrisa de satisfacción y el cuerpo expectante. Los acercamientos de los machos ibéricos hacia ellas no constituyeron para mí ninguna sorpresa, pero el que se produjo hacia mí... ¡Con ese no contaba!... Se aceró al taburete que me separaba del otro continente y, subiéndose los pantalones al estilo sobaquero, me dirigió una gran sonrisa mientras hinchaba el pecho.

–Bueno, bueno, bueno... –Su voz no podía ser más pastosa de lo que era–. ¡Pero qué tenemos aquí!

—¿Qué le pongo, señor? –le preguntó el camarero.

—Un coñac, por favor... doble. Y a la señorita póngale lo que quiera. ¿Y tú de dónde eres, guapa?... No, no me lo digas, déjame adivinar, seguramente por tus rasgos yo diría que eres latina... sí, creo que quizás colombiana, las colombianas tenéis unos pechos preciosos... preciosos de verdad, y los tuyos lo son... ¡No sabes cuánto me gustaría disfrutarlos!

En los veinte minutos que Sasuke tardó en llegar, no pronuncié palabra. Aquel hombre quería hablar, y yo le escuché, no tenía nada mejor que hacer en aquel momento, claro que las cosas que me dijo me alteraron profundamente, tan profundamente que, cuando Sasuke entró por la puerta, clavé en su cara mi mirada más intensa, mientras el trajeado que tenía a mi lado le observaba sorprendido, o más bien, anonadado.

–¡Vamos! –dijo mi querido zar, plantándose ante nosotros en toda su envergadura, y poniendo las manos en las caderas.

–¿Has reservado ya habitación? –le pregunté divertida, viendo su cara tan seria.

–¡Oh, vaya! –exclamó mi compañero de barra–. Tienes una cita, creí que estabas libre.

–¡Vaaamooos! –Sasuke empezaba a impacientarse.

–¿Es tu chulo? –me preguntó mi compañero de barra, bajando la voz.

–No –dije, también en susurros, guardando el móvil en el bolso–. Soy yo la que le azota, hoy tenemos doble sesión de sado.

–¿Sado? ¿Eres dominatriz?

–Soy dominadora, que es mejor.

–¡Vaaaamoooos...!

–¿Y te pones trajes de cuero? –Me susurró con los ojos a punto de escapar de sus cuencas.

–Y látigo... y botas de tacón de aguja... y antifaz... y uso cuerdas...

–¡Ay, Dios!

Mi compañero de barra cogió un menú que descansaba sobre ella y comenzó a abanicarse con fuerza.

—Y consoladores... y velas...

–¡Joooodeeeer! –exclamó Sasuke, agarrándome por un brazo y sacándome de allí en volandas.

Abrió la puerta del coche y me metió dentro, aquello no era una invitación a sentarme. Así que cuando se puso tras el volante y cerró la puerta como si en el exterior se hubiese desatado un auténtico apocalipsis, clavando en mi cara su mirada más furiosa, tuve que decidir en cuestión de milésimas de segundo que la mejor defensa en aquel momento era un buen ataque... ¡Y ataqué!

–¡Ves las cosas que me obligas a hacer por negarme el sexo! –dije con furia–. ¡Tengo que ir buscando hombres por los bares!

Su carcajada debió de oírse dentro de la cafetería, quizá en todo el edificio, y tal vez en toda la calle.

Tuvo la cualidad de hacerle olvidar lo que hasta allí le había llevado, pero no me ocurrió lo mismo a mí, pues, una vez apagado el conato de furia que ardía en él, el que se había prendido en mi cuerpo en aquella barra, escuchando las cosas que me decía aquel hombre, comenzó a arder con rabia. Llegamos a casa sin que su risa se hubiese acabado, pero cuando nos fuimos a la cama y mi cara aún no se había relajado, comenzó a preocuparse.

–¿Por qué estás tan enfadada? El que debería estar enfadado soy yo, no tú.

–Me has ocultado lo que pasaba allí, me lo has ocultado.

–No estaba seguro –dijo, desnudándose.

–¿Pero por qué me mientes? Estoy convencida de que lo sabes desde el primer momento, Sasuke.

—Está bien... lo sé desde el primer momento.

–¿Y por qué no le has puesto freno?

–Porque no puedo despedir a Hotaru basándome en comentarios, suposiciones y sospechas, necesito pruebas. Además, no quiero un escándalo, no quiero que el hotel adquiera mala fama, porque una vez que eso ocurra ya no habrá forma de remontarlo.

–¿Y tanto te costaba decírmelo, eh, tanto te costaba?

–No quiero preocuparte con pequeñeces, cariño –dijo, metiéndose en la cama.

–¿Pequeñeces? No son pequeñeces, Sasuke, es nuestra vida, lo malo y lo bueno que nos pasa, si no la compartimos ¿Qué tenemos? ¡Nada!

–¿Por qué estás tan enfadada?

–¡Porque una relación se basa en la confianza, si no somos sinceros, no hay confianza, y sin confianza...!

—No hay nada –terminó mi frase, mirándome divertido desde la cama–. ¿A qué viene tanto enfado?

–¿Te parece poco que no confíes en mí? –pregunté con el ceño fruncido, cerrando la puerta del armario y sentándome en la cama–. ¡Pues a mí me parece más que suficiente, Sasuke! ¿Y a Kiba, eh, qué pasa con Kiba, tampoco a él se lo has contado?

—Saku...

–¡Cómo no lo va a saber, seré tonta! ¡O sea que lo sabe todo el mundo, menos yo! –Me quité los pendientes y me metí en la cama, con rabia–. ¡Pues muy bien, yo voy a hacer lo mismo, cuando salga publicado mi libro te enterarás al verlo en los escaparates!

–Saku, cariño –susurró, tendiéndose sobre mi cuerpo y mirándose en mis ojos enfadados–. ¿Qué te pasa? Te conozco y sé que hay algo más. ¿Qué es? Dímelo.

–¡Puffff!... Sólo si me das sexo.

Su risa inundó el cuarto. Su cuerpo se metió entre mis piernas, separándolas, y sus labios me devoraron.

–¿Vas a sacar el látigo? –susurró en mi oído, mientras su miembro buscaba la entrada de mi cuerpo–. ¿O vas a contármelo?

–Sasuke... Sasuke... –Saboreé sus labios despacio.

–Cuéntamelo.

–¡Tómame... y te lo cuento...

–Me estás chantajeando.

–Sí. –Su miembro se acercó a mi sexo y lo acarició lentamente, encendiéndome–. ¡Oh, Sasuke!

Sus manos se enredaron en mi pelo, y sus labios dejaron sobre los míos los más tiernos besos, hasta que mi ceño se relajó levemente.

–¿No me lo vas a contar?

–Ahora no puedo...

–Sí puedes. –Su miembro acarició suavemente mi entrada, ya húmeda–. Cuéntamelo, cielo... cuéntamelo.

Mis piernas se apretaron contra sus caderas, pidiéndole, y mis manos acariciaron su cintura, atrayéndole, y Sasuke respondió a mi llamada como hace siempre, entrando en mi cuerpo, llenándolo con su miembro. Lo tomó con todo el deseo y me transportó hasta el país del placer, ese lugar que sólo él y yo compartimos, y en el que nos perdemos cuando nos entregamos nuestros cuerpos.

–Cuéntamelo, mi amor, cuéntamelo...

–¡Oh, Sasuke... es maravilloso hacer el amor contigo! –Mi cuerpo se perdió bajo su cuerpo, abriéndose para él, entregándosele por completo. Me corrí en un orgasmo profundo que me pareció eterno, mientras sus labios dejaban sobre mi cara todos los besos, y sus gemidos en mi oído me llevaban hasta el cielo, ese lugar que ha creado especialmente para mí, y que tiene su nombre, su olor, su cuerpo–. ¡Te quiero, Sasuke, te quiero!

Y cuando las caricias del comienzo se terminan, llegan las caricias del medio, que no son más que un interludio de las que llegarán después del sexo, esas que Sasuke tiene reservadas para llevarme una vez más al cielo, porque todas son diferentes, y en todas me pierdo. Me quedé rendida bajo sus besos, me quedé entregada a su sexo, me quedé extasiada mirando el brillo de sus ojos negros.

–¿Se te ha pasado ya el enfado, mi vida? –preguntó, recreándose en los colores que adornaban mis mejillas, al sentir la intensa humedad de mi sexo–. Me encanta sentirte así, cariño, no te avergüences por ello.

¡Sasuke lee el pensamiento! ¡No sé si es algo inherente a los rusos, pero que lo lee, es un hecho!

—¡Anda, cuéntamelo!

–¡Oh, Sasuke!... ¿Sabes cuánto me ha ofrecido el muy rácano?... ¡Cien euros, Sasuke, cien euros!... ¡Cien euros por echar un polvo placentero, como le llamó!... ¡No te rías, Sasuke!... ¡Qué humillación! ¡Cien euros!

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Sasuke

"Mi mujer es la mujer más inteligente que conozco".

"A su inteligencia natural, esa que uno no pide, pero sí recibe, se unen esas inteligencias que lleva pareja el hecho de ser mujer, y que los hombres ni conocemos, ni siquiera sospechamos que puedan existir. Ella las tiene todas, las ha absorbido en el camino de la vida, de la misma forma que los niños adquieren los conocimientos cuando son pequeños, sin darse cuenta. Pero ahí están, esperando el momento adecuado para mostrarse ante mí y sorprenderme".

"Cada vez que se queda concentrada pensando en algo que le preocupa, no puedo evitar mirarla, seguro de que en cuanto sus neuronas le den un par de vueltas al asunto en cuestión, me lo mostrará con ese brillo tan especial que aparece en sus ojos y la hace única, porque mi mujer es única".

Su manera de desentrañar las cosas hasta los más ínfimos detalles es algo que nunca deja de sorprenderme, y el modo en que llega a las conclusiones que llega, no deja de maravillarme. Sus investigaciones para saber lo que ocurría en el Matrioska me preocuparon, su temeridad a veces me da miedo, no es capaz de quedarse en la superficie de un problema, ella siempre busca el meollo, la esencia... como aquella noche en que, al llegar a casa, la encontré concentrada ante la pantalla del televisor escuchando atentamente una tertulia literaria, con los ojos brillantes de expectación, mientras se llevaba a los labios un helado de cucurucho... Naturalmente, aquella visión despertó toda mi libido, esa que se altera en cuanto pongo los ojos sobre ella. Pero aquella noche, la chispa que tenían sus ojos, me hizo frenar mis ansias y me senté a su lado.

–¿Qué estás viendo, cariño? –pregunté, acariciando su mejilla y observando la pantalla, en la que un elenco de hombres muy trajeados, como yo, hablaban en torno a una gran mesa.

–Un debate.

–¿Y sobre qué debaten?

–Pues... debatir, debatir, no debaten mucho –dijo con una sonrisa–. Más bien están despotricando.

–¿Despotricando?

–Están dejando salir toda su rabia contenida, Sasuke –dijo riendo, al tiempo que se sentaba en mi regazo–. Mira qué cara de amargados tienen.

–¿Y sobre qué están debatiendo? –pregunté, dándole un suave beso en los labios mientras sus ojos seguían clavados en la pantalla para no perderse detalle de lo que salía por aquellas bocas.

–Pues oficialmente... sobre Cincuenta sombras de Grey.

–Oficialmente...

–Sí, el tema oficial del debate es ese.

–Pero no es el oficioso... –La miré ya a punto de estallar en carcajadas, su cara era todo un espectáculo.

–¡Oh, no, por supuesto que no! –exclamó, acariciando mi pelo, con lo cual tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder seguir sus argumentos–. En realidad, lo que están haciendo es despellejarnos al género femenino.

Arrugué el ceño y miré el televisor. Aquello no parecía ninguna lapidación, todos guardaban muy correctamente las formas, hasta el presentador, que repartía los turnos muy equitativamente.

–Sasuke, están utilizando la novela como el instrumento perfecto para dejarnos a la altura del betún. Nos están calificando como simples ninfómanas que, ante un musculitos como Grey, literalmente babeamos y perdemos todo atisbo de cordura. Naturalmente, no lo están diciendo con esas palabras, utilizan otras, otras que creen que no entendemos, pero en esencia, eso es lo que dicen.

–¿No estás exagerando un poco?

Sí, lo sé, me gusta tirarle de la lengua, pero es que siempre tiene la respuesta adecuada para mí.

–¡Ni mucho menos, Sasuke, y es vergonzoso que estén hablando de una novela que ni siquiera han leído, que sólo conocen de oídas... bueno, menos uno!

–¿Sólo uno? Ya... –Recorrí aquellas caras pero ninguna me dio ni el más leve indicio de que hubiese buceado en las páginas de aquella novela que me llevó hasta ella y que abrió ante mí un universo nuevo, por no hablar de una nueva vida–. Pero sabes que muchas veces hablamos de cosas que no conocemos, eso tampoco quiere decir nada.

–Pero una cosa es hacerlo en el sofá de tu casa, y otra muy distinta en un medio de comunicación –dijo, arrugando el ceño y mirándome muy seria–. Si vas a hablar de fútbol, tendrás que saber de fútbol, y si no sabes, al menos, informarte, pero informarte bien, ver el partido, digo yo.

–Eso no admite réplica, nena –Deposité sobre su cabeza un beso que me supo a Gloria–. ¿Y quién es él?

—Ése... –Su dedo señaló al hombre de pelo blanco.

–¿Y lo sabes porque...?

–¡Porque Tita nunca se equivocaba!

–¿Tita?

–Verás... –Tomó mi mano entre las suyas y comenzó a acariciarla. Tuve que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para seguir escuchándola y no tomarla allí mismo–. Una noche yo llegué a casa muy tarde, más tarde de lo habitual, había salido con Temari y la rubia, por aquella época estaba desatada. —Una gran carcajada se formó en mi pecho viendo el brillo malicioso de sus ojos–. Y allí, en el salón de la casa de mi madre... donde mi madre se supone que vivía, pero donde nunca la veíamos... estaba Tita, sentada en el sofá, calcetando su eterna bufanda, y con la vista clavada en la tele, mirando con ojos brillantes a ese hombre. Estaba tan embelesada escuchándole que me cuidé muy mucho de interrumpir su éxtasis... Cuando el programa se terminó, Tita dejó la labor sobre el sofá y me dijo muy seria: "Sakura, espero no tener que verme nunca ante un tribunal, ese es el último recurso siempre, pero si eso ocurre, Dios no lo quiera, espero que este hombre me defienda".

–¿Y qué ha dicho el hombre de pelo blanco, que tanto te ha gustado?

—Aún no ha dicho nada.

–¿No ha dicho nada? –pregunté confuso.

–No, por eso me gusta, porque sabe escuchar, igual que tú.

Mis ojos se cerraron una vez más recibiendo su halago. ¡Oh, sí, mi preciosa risa bonita cree en el refuerzo positivo más que en el negativo, dice que es una simple deformación profesional, pues a lo largo de los años en el colegio ha comprobado que una caricia es siempre más efectiva que una bofetada!

Con su pelo blanco, su mirada serena, y sus manos entrelazadas, aquel hombre tan serio escuchaba atentamente todas y cada una de las disertaciones que nuestros congéneres hicieron, y que arrancaron algún que otro color a mis mejillas, porque, como bien decía mi mujer, aquello no era un debate sobre una novela, sino una disección en toda regla sobre los gustos sexuales del género opuesto y su poca cabeza, lo cual era, según ellos, una clara muestra de la decadencia que vivía nuestra sociedad, pues el hecho de que una mujer adorase a un hombre que la azotaba, daba muestras de que los valores se habían perdido por completo, de que la vulgaridad imperaba en aquellas mentes, y de que, los derechos de las mujeres, tan duramente conseguidos a lo largo de los años en luchas encarnizadas (ninguno dijo que habían tenido que enfrentarse a nosotros para ello) habían sido poco menos que pisoteados inconscientemente por quienes, según ellos, los ostentaban sin merecerlos, y se dejaban arrastrar por extraños fuegos uterinos que dirigían sus débiles mentes y sus más débiles cuerpos.

Cuando el último lapidario habló, y el hombre de pelo blanco tomó la palabra, supe que mi preciosa risa bonita no hablaba por hablar, pues por aquella boca salieron todas las palabras que deberían haber sido dichas y que aún no habían sido pronunciadas, pero que allí estaban, en su boca, esperando ser habladas. Los otros tertulianos replegaron velas y le observaron atentamente, pero sin interrumpirle, y lo que es mejor, sin argumentos con los que rebatirle.

Mi preciosa risa bonita se apartó de mi cuerpo, concentrando toda su atención en la pantalla, no quería perderse ni una sola de sus palabras, palabras que, naturalmente, me llenaron de orgullo masculino, y que me recordaron que algunas mentes privilegiadas van acompañadas además de corazones buenos, y de esos valores que sus compañeros de mesa no demostraron, como el respeto, la empatía, o la tolerancia.

Su disertación no pudo ser más pulcra, más clara, más concisa. Sus últimas palabras arrancaron de la cara de mi mujer una sonrisa de satisfacción, infinita.

–...Una cosa es lo que me gusta leer, y otra, lo que quiero vivir. Que me guste una novela policíaca, repleta de crímenes, no implica que tenga instintos asesinos o que no le tenga respeto a la vida, como tampoco implica que no merezca las libertades de las que disfruto. El simple hecho de que estemos aquí debatiendo que una novela les haya gustado a las mujeres ya es en sí... un acto tremendamente machista.

–¿Lo ves, Sasuke? Les ha cerrado la boca a todos, y sin levantar la voz.

—Tiene una buena oratoria.

—Sí, y sobre todo, carece de algo que a los demás les sobra... envidia.

—¿Envidia? –En eso no había caído.

–Mira... –Su pequeño dedo comenzó a recorrerlos lentamente–. Contertulio número 1, escritor, no le lee nadie... envidia. Contertulio número 2, director de uno de los periódicos menos leídos del país, sólo lo leen los hombres, no puede ser más machista... envidia. Contertulio número 3, periodista de investigación, le echaron, se inventaba las noticias... envidia. Contertulio número 4, este fue político, ya no hay más que decir –La carcajada me salió sola–. Y luego está el presentador, claro, procedente de TeleMadrid y nombrado a dedo por Esperanza Aguirre ¿qué se puede esperar de él, salvo que se compre un ático de lujo?

–Y el hombre de pelo blanco...

–Él no necesita demostrar su valía, lo ha hecho a lo largo de toda su vida, siguiendo su propia bandera, sin militar en ejércitos con banderas baldías... Además, cuenta con el mejor argumento: ha leído la novela, no la conoce de oídas.

–Saku... ¿Cómo puedes estar tan segura de eso?

–Sasuke... ¡Es el único que se ha referido al helicóptero por su nombre!... "¡Charlie Tango"!

La tomé en mis brazos y la llevé a la cama, porque mi cuerpo ya no podía esperar más por ella. Le quité la ropa con prisa, sentir el tacto de su piel, olerla, se han convertido para mí en mi obsesión, no puedo pasar un día sin tenerla. Dejé sobre ella todos los besos que tenía escondidos desde que el Sol por la mañana me despertó a su lado, la recorrí con mis labios, acariciándola, adorándola, hasta que sus ojos se posaron en los míos con una sonrisa divertida.

–¿Qué? –pregunté, recorriendo su mejilla con mis dedos.

–Tú te reías cuando leías "Cincuenta sombras", pero nunca me has dicho qué opinas de la novela.

–Yo adoro esa novela, mi vida, porque me llevó hasta ti –Dejé sobre su pecho una suave caricia, sintiendo cómo el pezón se erguía bajo la palma de mi mano y me arrancaba un suspiro, esos que sólo tengo para ella.

–¿Pero qué te parece la novela?

No, mi preciosa risa bonita no puede dormir con las dudas, no importa que sean dudas existenciales o simples dudas de intendencia, ella necesita saber, sea cual sea la respuesta.

–Saku... –Mi aliento en su boca no consiguió hacerla desistir de su empeño. Tras regalarme un beso que me supo a cielo, me empujó sobre la cama y se colocó sobre mi cuerpo, haciendo que el poco rastro de cordura que aún tenía saliese disparado–. ¡Oh, Saku, Saku...!

–Cuéntame... dime por qué te gustó...

Sus manos recorrieron mi pecho haciéndome estremecer, despertando todos mis deseos.

–Me vas a torturar si no te lo digo... ¿verdad?

–No... pero te haré esperar un poquito –Su boca mordisqueó mi cuello con una sensualidad que me recorrió entero.

Me pregunté si debería irme por los cerros de Úbeda, como dicen en este país, pero mi princesa clavó en mis ojos su mirada y supe que esperaba una respuesta sincera, de esas que tanto me cuesta dar pero que ella me pide sin reservas. Y así, sin reservas, le abrí mi corazón, porque mi corazón es sólo de ella.

–Cuando comencé a leer el libro, me sentí desconcertado, así que... pedí ayuda.

–¿Ayuda? –Sus ojos se clavaron en los míos, mirándome muy seria. No, a mi preciosa risa bonita no se le escapa una–. Ino... ¿Y qué te dijo la rusa?

–Pues... ella no me dijo nada, no lo había leído, así que llamé a Tenten–. Su cara se relajó y sus manos volvieron a acariciar mi pecho, mientras sus caderas se amoldaban a mi cuerpo, buscando mi sexo–. Tenten me explicó que el sado era algo secundario en la historia.

–¿Creíste que a mí me gustaba el sado? –Me preguntó divertida, dejando sobre mis labios un tierno beso.

–Pues me lo cuestioné, sí, al principio sí –Su risa en mi boca me desarmó al momento–. Pero Tenten me hizo verlo de otra manera.

–¿De qué manera, Sasuke? –preguntó, quitándose el camisón.

—Desde la perspectiva del amor... y no del sexo.

–Tenten es una mujer inteligente.

La tomé entre mis brazos sin poder contenerme por más tiempo, y, girándome en la cama, la aprisioné con mi cuerpo. No he conocido lugar más hermoso que sobre el suyo, sintiendo el latido de su corazón bajo mi pecho, oliendo su aroma, sintiendo su pasión, recibiendo su deseo. Separé sus piernas y acaricié su sexo con mi sexo.

–Saku... –Sus gemidos en mi oído me llevaron hasta el cielo–. ¿Por qué a ti te gustó la historia? –pregunté, mirándome en esos ojos que me trasladan a mi tierra, a mi hogar, a mis raíces, a mis recuerdos.

–La historia me demostró una vez más... que Tita siempre tenía razón –me dijo muy seria, acariciando mi cara–. Todos tenemos sombras, Sasuke, pero la mayoría de la gente las esconde, las oculta, le avergüenzan... Christian tuvo la valentía de mostrarle a Anastasia su dolor, su angustia, sus miedos... le mostró su habitación de los juegos... le abrió su corazón... y no hay nada que más nos guste a las mujeres que la sinceridad de un hombre... porque la sinceridad es la base de cualquier relación... sin sinceridad no hay confianza... y sin confianza...

—No hay nada...

Entré en ella con la pasión que siempre le reservo, tomándola con todo mi amor, con todo mi deseo, entregándole lo que soy, lo que tengo. Sólo así me siento completo, dándoselo todo, entregándome a ella en mente y cuerpo. Desplegué las alas y volé con ella por esos cielos que me descubrió, por esos lugares a los que nunca tuve acceso, por esos paraísos que me muestran sus manos, que me enseña su cuerpo, a los que me trasladan la risa de su boca y sus caricias en mi cuerpo.