Capítulo 78.
Nankatsu.
Como todas las mañanas, Shuzou Wakabayashi se sentó a la cabecera de la mesa para desayunar; bien acomodado a su lado derecho estaba el periódico del día, el cual desplegó para darle un vistazo a las noticias, mientras le daba un par de sorbos a su café. Unos minutos después apareció Kana, quien se sentó en el extremo opuesto de la mesa con la parsimonia habitual de quien ya está más que acostumbrado a un ritual; ella, seguramente, había estado aguardando a que su esposo ocupara su asiento en la mesa para aparecer después, bajo ninguna circunstancia habría llegado primero que Shuzou al área de comedor. La relación entre ellos siempre fue directa y sin malentendidos que dieran pie a confusiones: se habían casado por compromiso y por lo mismo cada uno esperaba del otro que cumpliera con el deber que ya tenía previamente establecido. Ambos estaban conscientes de que no se amaban pero que aceptaban estar juntos por una meta común, por lo que su matrimonio había sido bastante más estable de lo que podría esperarse. Incluso en algún punto llegaron a tenerse cariño, del tipo que hay entre dos personas que han engendrado y criado a tres hijos, pero jamás estaría cerca de considerarse como un amor de verdad; sin embargo, tanto Shuzou como Kana estaban conformes con la idea, conscientes de que otras parejas casadas por conveniencia no habían tenido tanta suerte.
– Buenos días, querida –saludó Shuzou de manera automática, sin despegar la vista del periódico.
– Buenos días, querido –respondió Kana de la misma manera.
Hacía ya varios años que sus hijos no desayunaban con ellos, así que la rutina de la pareja había pasado a ser algo simple; compartían el desayuno, intercambiaban un par de palabras y después Shuzou se retiraba a su trabajo mientras Kana se dedicaba a sus labores de sociedad. Rara vez se reunían para comer, como no fuera para un evento muy especial, así que si ella deseaba hacerle alguna petición, debía hacerla en ese momento del día, en el cual, además, Shuzou estaba de mejor humor. En los días anteriores, Kana había hecho el mismo comentario, relacionado a si debía o no acudir al hospital a ver a Genzo, de manera tan insistente que Shuzou presentía que ella se traía algo entre manos. Sin embargo, él no lo tomó como un pedido, si no como una duda expresada al aire; Kana, aunque parecía estar preocupada por su hijo menor, también mostraba cierta indiferencia, la indiferencia de alguien que está acostumbrado a que alguien caiga en el hospital tantas veces que ya no le preocupa tanto como debería. Aún así, por si acaso a ella se le estaba ocurriendo la idea de visitar a Genzo, Shuzou decidió dejarle el asunto en claro en un par de ocasiones: Genzo estaba actuando de manera rebelde y por tanto ellos debían hacerle entender que él no decidía en su destino. Y la mejor manera de hacerlo, por supuesto, era no yendo al hospital a verlo, era su castigo por atreverse a ir en contra de las reglas. Y en los días anteriores, esto parecía ser más que suficiente para que Kana se detuviera, pero de cualquier modo no dejaba de insistir con el tema en el desayuno siguiente.
– Querido, estaba pensando en ir hoy a Tokio –comenzó ella, con aire de fingida despreocupación.
– ¿Y a qué, exactamente? –Shuzou frunció el ceño–. Si necesitas algo de allá, puedo ordenarle a Jin que lo consiga.
– Pero Jin ya trabaja como tu chófer, es demasiado pedirle que también funcione como mi mensajero –replicó Kana, tras tomar un trago de té verde–. Además, sólo quiero dar un paseo corto, querido, es todo.
– Ir hasta Tokio no es precisamente dar un paseo corto, querida –señaló Shuzou y dejó momentáneamente el periódico a un lado–. Espero que no estés pensando en ir a ver a Genzo, te he dejado muy en claro qué es lo que pienso al respecto.
– Sé bien qué es lo que has dicho y no he ido en contra de tus deseos –habló Kana con mucha cautela–. Gracias a lo que Shuichi nos contó, sabemos que esa doctora extranjera está con nuestro hijo y bajo ninguna circunstancia se me habría ocurrido ir a verlo mientras ella estuviera con él, eso no ha estado nunca bajo consideración. Sin embargo, supe a través de Eriko que esa mujer ha dejado el país y me pareció que sería prudente visitar a Genzo para que nuestros conocidos no empiecen a murmurar que no nos preocupamos por nuestros hijos.
– Hmm –gruñó Shuzou–. Quisiera que alguien se atreviera a decir algo en mi presencia. De cualquier manera, por eso he ordenado que Genzo venga a pasar su convalecencia aquí, con eso acallaré cualquier rumor que pueda haber con respecto a lo que acabas de mencionar.
– ¿Y crees que Genzo aceptará esa orden? –cuestionó Kana, con una sonrisa–. Me resulta increíble que, a estas alturas, no sepas todavía cómo se comporta tu hijo menor.
– No le estoy preguntando –replicó Shuzou–. Para eso le he hecho saber a Mikami qué es lo que se espera de él y lo que sucederá si no lo cumple, estoy seguro de que él le pasará la información a Genzo.
Kana hizo una casi imperceptible mueca ante la mención de Mikami; una persona que estuviese más atenta a sus emociones habría encontrado tristeza en ese gesto, pero para Shuzou pasó completamente desapercibida. En ese momento, ella perdió el deseo de seguir insistiendo y prefirió comenzar a comer, lo que le permitió a Shuzou volver a su lectura. Sin embargo, algo quedó flotando en el ambiente, algo desagradable y denso, que Shuzou interpretó como fastidio ante el hecho de que Kana había dicho algo muy cierto: era altamente probable que Genzo no quisiera volver a casa para su recuperación, por la simple razón de que era demasiado rebelde y Shuzou había rozado los límites de su relación padre/hijo al avisarle que contrataría una casamentera para él.
"Ojalá no fuera tan rebelde", pensó, sin siquiera considerar el culparse a sí mismo por esto.
La pareja estaba por acabar de desayunar cuando el mayordomo interrumpió tan discretamente como pudo para informarle a Shuzou que el joven Genzo estaba en la entrada principal y solicitaba hablar con él. Este dato fue tan sorprendente que Kana dejó caer su tenedor al suelo y Shuzou derramó el café que aun tenía en su taza. Éste experimentó una sensación de triunfo como pocas veces. ¡El hijo rebelde y pródigo había regresado al redil! Sin importar lo mucho que Genzo hubiese querido negarlo, era obvio que al final el poder que Shuzou ejercía sobre él era superior a cualquier capricho pasajero.
– ¿Estás seguro de que él está aquí, Takahiro? –preguntó Kana.
– Llegó hace unos minutos en compañía del señor Mikami, señora –contestó el hombre–. Aunque se han negado a entrar hasta que los señores no acudan a recibirlos.
– Pues vamos entonces, ¿a qué esperamos? –determinó Shuzou, mientras se ponía en pie–. Takahiro, espero que hayan cumplido con la orden que les di hace algunos días de que tuvieran todo listo para recibir a mi hijo.
– Se hizo como usted ordenó, señor –aseguró Takahiro–. Su habitación está preparada y se ha contactado al médico de la familia para que acuda a valorar al joven Genzo.
– Bien –aprobó Shuzou, caminando con pasos rápidos por el corredor que lo llevaría al vestíbulo.
La sensación de victoria que invadió a Shuzou fue tal que cometió la imprudencia de enviarle un mensaje contundente a Shuichi para avisarle que Genzo había regresado a casa. No había hablado con éste, pero no había otra razón para que el rebelde hijo pródigo estuviera ahí, así que Shuzou podía concluir que había ganado la partida. Kana, atenta a su instinto de mujer, optó por ser más cautelosa y se preparó para cualquier sorpresa que Genzo estuviese reservándoles, conocía a su hijo lo suficiente como para saber que siempre quería tener la última palabra y no había motivos para pensar que esta vez sería diferente.
"Sí, me parece increíble que, a estas alturas, todavía no sepas cómo se comporta tu hijo menor", pensó la mujer, al tiempo en que le lanzaba una mirada fugaz a Shuzou.
Mientras tanto, la servidumbre ya se había formado en dos hileras para darle la bienvenida a Genzo, como se acostumbraba a hacer con todos los miembros de la familia que llegaban a la mansión. Él, que había pasado mucho tiempo ajeno a esta costumbre, se sintió repentinamente incómodo ante esta visión, pero rápidamente se sintió más en confianza cuando vio a Fumi, la mucama que llevaba años al servicio de los Wakabayashi y que prácticamente había ayudado a criarlo, quien le sonrió con calidez.
– Bienvenido a casa, joven Genzo –lo saludó ella, con una reverencia apropiada para la situación–. Es un placer tenerlo de vuelta, deseamos que su estancia sea placentera.
– Gracias, Fumi –sonrió el portero–. Aunque no voy a quedarme por mucho tiempo.
Fumi puso cara de sorpresa y estuvo a punto de preguntar a qué se refería; por fortuna para ella, logró contenerse a tiempo, habría estado muy fuera de lugar que la mucama se atreviera a cuestionar a su joven amo. Así pues, ella se limitó a asentir con la cabeza y permitió que el resto de la servidumbre presentara sus respetos, cosa que volvió a incomodar a Wakabayashi. A poca distancia, Mikami observaba lo que sucedía con expresión indiferente, como si estuviese viendo una película cualquiera; era evidente que él había ensayado ese gesto para que pareciera casual, aunque se podía intuir que ambos estaban interpretando un papel en esa puesta en escena. Ninguno de los dos cambió su expresión cuando Shuzou apareció, seguido de Kana, aunque Mikami pudo notar que su pupilo se ponía ligeramente tenso.
– Por fin has llegado, Genzo, aunque te tomaste tu tiempo para hacerlo –dijo Shuzou, a manera de saludo–. Te esperaba hace tres días, cuando menos.
– La verdad es que no pensaba venir, ya tengo planeado que acabaré mi recuperación en Múnich –replicó Genzo–. Si al final me decidí a volver a la mansión fue porque hay un par de cosas que debo hablar contigo antes de irme, padre.
Shuzou, que no esperaba esta respuesta, momentáneamente no supo qué decir. Sin embargo, estaba acostumbrado a los golpes bajos, así que pudo conservar una expresión incólume y mantener firme su tono de voz cuando al fin pudo dialogar.
– Es obvio que no estás hablando en serio –comentó, sin alterarse–. Ya estás aquí, déjate de tonterías e indícale a la servidumbre en dónde está tu equipaje para que lo transporten a tu habitación.
– No traigo equipaje conmigo, padre, pues, como te he dicho ya, no voy a quedarme, así que lo he dejado en el aeropuerto –insistió Genzo–. Sin embargo, no creo que ni tú ni yo tengamos deseos de discutir frente a la servidumbre, ¿te parece adecuado que platiquemos en un sitio más privado?
Kana, parada a poca distancia de ellos, no pudo evitar notar que la voz de Genzo carecía de la altanería que tanto lo había acompañado durante gran parte de su vida. Él no titubeaba a la hora de hablar y no parecía estar dispuesto a dejarse intimidar por Shuzou, pero su voz sonaba más madura y reposada, como si hubiese entendido al fin que no era necesario que consiguiera todo lo que deseaba a base de caprichos. Y Kana, como madre y mujer que era, supo de inmediato que ese cambio en su hijo lo había hecho una mujer, una que tenía el carácter tan fuerte como él.
"¿Qué vas a hacer, Shuzou?", se preguntó.
Éste había aceptado que estaba en una posición poco favorable. Los criados, aunque trataban de permanecer indiferentes y actuar como si no hubieran escuchado el intercambio de palabras entre sus patrones, dejaban traslucir su inquietud por lo que fuese a suceder. Shuzou estuvo tentado a despedirlos a todos, pero como hacer eso habría significado que era tan berrinchudo como su hijo, se tragó su rabia y se comportó a la altura de las circunstancias.
– Vayamos a mi despacho –ordenó secamente, mientras hacía un movimiento con el brazo.
– De acuerdo –aceptó Genzo, tras lo cual le lanzó una mirada a Mikami.
– Esperaré aquí –comentó el entrenador, lo que empeoró el humor de Shuzou; era su responsabilidad cuidar de Genzo, pero eso no le daba derecho a tratarlo como si fuera su hijo.
– Que nadie nos moleste –ordenó Shuzou, con acidez, al mayordomo–. Querida, quédate aquí.
Era una indicación innecesaria, porque evidentemente Kana no pensaba meterse en esa conversación; Genzo, al pasar junto a ella, le sonrió con calidez, aunque Kana sintió que en esa sonrisa se escondía un muy justificado reproche.
– Buen día, mamá –saludó él–. Te veré en un rato.
– Buenos días, Genzo –contestó Kana–. Nos da gusto que estés aquí.
Algo en la expresión del portero le hizo creer a Kana que él sentía que eso no era totalmente cierto. Mientras Shuzou y Genzo desaparecían en el interior de la mansión, Kana se giró para ver a Mikami, quizás en busca de las respuestas a las dudas que acababan de generarse en su mente.
– ¿Por qué tengo la impresión de que mi hijo ha cambiado y que no me había dado cuenta de eso? –preguntó la mujer–. Es decir, sé que a Genzo lo cambió el vivir en Europa, pero esta metamorfosis parece más radical y diferente, como si hubiese adquirido una madurez inesperada que nunca pensé que le vería.
– El amor transforma a las personas –sonrió Mikami–. Aunque sólo aquellos que tienen el valor de luchar por quienes aman son las que maduran.
Fue una sutil indirecta, pero Kana la captó al instante, a juzgar por el rubor que cubrió sus mejillas. Mikami no planeó ser rudo, pero ella se lo tomó personal y respondió con un contraataque más directo.
– Genzo debería de saber que hay responsabilidades que no podrá eludir, por más que quiera –señaló Kana, enojada–. Y que no puede ir por la vida escogiendo sólo lo que le gusta para tirar lo que no. Si yo tuve que dejar mis deseos de lado, él también podrá abandonar los suyos. Madurar es aceptar que hay cosas que no puedes cambiar.
– Supongo que tienes razón –admitió Mikami, pensativo–. Aunque eso aplica para alguien que no sea un rebelde, como Genzo. Me parece increíble que, a estas alturas, todavía no sepas cómo se comporta tu hijo menor, Kana.
La mujer respingó al notar que las palabras del entrenador fueron las mismas que ella pensó con respecto a Shuzou y se quedó callada. Mikami, que no tenía deseos de seguir acercándose a terrenos peligrosos, también mantuvo la boca cerrada. De cualquier forma, nada de lo que dijera podría cambiar las cosas que no ocurrieron entre ellos.
Genzo permaneció callado durante todo el trayecto hasta el despacho de Shuzou. Éste, que ya no estaba tan seguro de tener ganada una batalla que ya sentía ganada, buscaba la manera de conseguir que el hijo rebelde se quedara en casa. Había creído que se había salido con la suya, pero que Genzo avisara que pensaba irse a Múnich era una muestra clara de que no era así, era evidente que él iba a los brazos de esa doctora, que tan embrujado lo tenía. Además, tampoco sabía qué era lo que Genzo deseaba hablar con él. ¿Sería sobre el asunto de la casamentera? Era una probabilidad, ciertamente. Cuando por fin llegaron al despacho, Genzo echó seguro a la puerta y Shuzou se tomó su tiempo para sentarse frente a su elegante escritorio tallado a mano, barajando en su mente la lista de posibles temas que su hijo quisiera tratar con él y sus probables respuestas. Decidido a no permitir que fuese Genzo quien llevara la voz cantante, Shuzou habló primero, aprovechando que él estaba tomando asiento.
– ¿Qué es toda esa tontería de que no piensas quedarte? –cuestionó–. Tenemos lista tu habitación desde hace tiempo y el médico de la familia ha sido avisado para que venga a revisarte a diario.
– No es necesaria tanta molestia, padre –respondió Genzo, con calma–. Ya estoy mucho mejor y el médico familiar no puede hacer mucho por mí de cualquier manera. Y no es una tontería, sólo he venido a hacer una visita corta, aunque te agradezco que hayas hecho tantos preparativos para recibirme.
– ¿Y cuál es el motivo de tu "visita corta" entonces? –inquirió Shuzou; él había analizado las palabras del portero para determinar si había sido sarcástico, pero no consiguió definirlo con exactitud–. Tu madre ha estado preocupada por ti y esperaba que con esto se tranquilizara un poco.
– Mamá sabe que soy fuerte, no creo que haya estado tan angustiada –replicó Genzo, con una expresión triste–. Al menos, no fue tanta su angustia como para preguntar por mí mientras estuve en el hospital, pero no quiero hablar de ella ni tampoco discutir sobre por qué no voy a quedarme. No voy a quitarte mucho tiempo, sólo pienso decirte que, sin importar lo que digas, no voy a reunirme con la casamentera que has contratado para mí ni aceptaré ninguna de sus llamadas. Eso ha sido un convenio inútil, esas personas ayudan a los solteros que buscan con quien casarse y yo no necesito encontrar a alguien porque ya sé con quién voy a hacerlo.
– ¿Ah, sí? –Shuzou frunció el entrecejo; aunque conocía de antemano la respuesta, no pudo evitar formular otra pregunta–: ¿Y con quién piensas casarte?
– Creo que tú sabes con quién –contestó Genzo y sonrió involuntariamente, con la expresión de alguien que está enamorado–. Y debo darte las gracias, porque no estuve seguro de que quería casarme con ella hasta que Mikami me habló de la casamentera. Supongo que en algún momento yo mismo habría llegado a la conclusión de que deseo que la doctora Del Valle sea mi esposa algún día, pero tus acciones me ahorraron varios meses de estarme haciendo el tonto. Viéndolo de esta manera, creo que la casamentera sí cumplió con su cometido, aunque no de la forma en la que esperabas.
Shuzou puso una mueca agria, preocupado por el giro que estaban tomando los acontecimientos, y vio a Genzo a los ojos durante varios segundos; éste, que nunca se había sentido intimidado por su padre, le devolvió la mirada sin pestañear. Al señor Wakabayashi no le angustiaba que su hijo expresara que deseaba casarse con una extranjera, le preocupó el amor que tenía por ella y que le notó en los ojos. Si ya era difícil convencer a Genzo de que hiciera algo que no quería, mucho más difícil sería convencerlo de no hacer algo que sí quería.
– Si me estás diciendo esto es porque esa mujer te ha dicho que sí –habló Shuzou al fin–. ¿De verdad piensas casarte sin mi consentimiento?
– No se lo he pedido formalmente, así que no estamos comprometidos, sigue siendo sólo mi novia –puntualizó Genzo–. Pero hablé con la doctora acerca de lo que deseamos hacer y decidimos que sí queremos dar ese paso, cuando nuestras respectivas metas se cumplan. Pueden pasar años hasta que eso ocurra, así que no tengo prisa y por tanto aguardaré a que aceptes nuestro compromiso, padre, porque sí me gustaría que estuvieras presente en mi boda pues, aunque no lo creas, sí sería importante para mí que estuvieras ahí.
El señor Wakabayashi no quería admitirlo, pero lo sorprendieron y conmovieron las últimas palabras de Genzo. Éste nunca había sido precisamente cariñoso con él (ni con nadie de la familia, había que decirlo), por lo que el joven expresara abiertamente sus deseos de que su padre aceptara sus decisiones desconcertó a Shuzou más de lo que esperaba.
– ¿Qué te hace pensar que voy a acabar aceptando que te cases con una extranjera? –preguntó Shuzou, con calma–. No importa cuánto tiempo pase, no voy a cambiar de parecer.
– Sé que no lo crees así, pero puedo asegurarte que Lily nunca te daría un motivo para que sintieras vergüenza de reconocerla como parte de la familia –replicó Genzo–. Todo lo contrario, ella aportaría humanidad a nuestra fría manera de tratarnos y encajaría mejor en nuestro mundo de lo que tú crees, es una mujer excepcional. Estoy consciente de que esperabas que me casara con alguien de nuestro estatus y admito que probablemente así habría sido de no haberla conocido, pero la cuestión está en que alguien la puso en mi camino y no pienso dejarla ir porque la amo. Y no quiero hacerlo, pero si para que Lily sea mi esposa tengo que enfrentarme a ti, lo haré sin titubear, como he hecho todas las cosas que me han llevado a obtener lo que deseo en la vida.
"¿Qué rayos le pasa a este crío?", se preguntó Shuzou, mientras se retrepaba en su asiento. "¿Desde cuándo es tan expresivo? Pareciera que alguien le ha trastocado los sentidos y muy probablemente así ha sido". Genzo, a su vez, pudo ver que en la mente de su padre debían estar pasando miles de pensamientos, que una batalla se libraba entre su autoridad y su deseo de querer complacer cualquier capricho de su hijo menor, pero no sabía qué sentimiento acabaría predominando.
– Has dejado el punto muy en claro, ¿no es así? –soltó Shuzou–. Básicamente la estás poniendo a ella por encima de tu familia.
– Básicamente estoy pidiéndote que hagas un esfuerzo por conocerla –rectificó Genzo–, porque realmente quiero que la aceptes y que puedas apreciar su valor. Al fin y al cabo, eres mi padre y es obvio que voy a querer que reconozcas que Lily es importante para mí.
– Quieres que la acepte como parte de la familia cuando es ella la causa por la cual no vas a quedarte –replicó Shuzou–. Te ha convencido de que te vayas a Múnich, en donde puede tenerte bajo su influjo, en vez de quedarte aquí, que es a donde perteneces.
– Culparla por todas las decisiones que tomo parece la salida más fácil a seguir, ¿no es así? –suspiró Genzo, desanimado–. Parece que no sabes a qué clase de hombre has criado, de mí no se podría esperar que otra persona me manipulara a ese extremo, por mucho que la ame. Bien, en cualquier caso he dicho ya lo que tenía que decir, no hay razón para seguir discutiendo el punto. ¡Ah! Aunque sí me gustaría añadir algo: ya que seguramente ya le pagaste, a la casamentera bien puedes mandarla a buscarle esposa al diablo, le va a resultar más sencillo.
El portero se puso en pie y sin perder el tiempo salió del despacho de su padre para dirigirse después hacia la salida de la mansión Wakabayashi. Shuzou permaneció unos minutos sentado, vagando entre la ira, el fastidio y ese innegable amor de padre que lo había conducido a malcriar a Genzo. Él sabía muy bien que, si dejaba que Genzo se marchara, sería poco probable que consiguiera que se volviera a reunir con él, pero aun así tardó todavía otros cinco minutos más en decidirse a levantarse para ir tras su hijo.
Genzo acababa de dar vuelta en el pasillo que lo conduciría al vestíbulo de la enorme casa cuando vio que Shuichi se dirigía hacia él. Por la expresión que tenía éste en su rostro, Genzo concluyó que su hermano mayor ya estaba enterado de que no planeaba quedarse y supuso que intentaría convencerlo de que no se fuera. El joven se preguntó si alguien lo habría mandado traer como refuerzo o si fue una mera casualidad que Shuichi decidiera presentarse ahí en ese momento preciso.
– Mamá me ha informado que no vas a pasar tu recuperación aquí y que piensas volver a Alemania –comenzó a decir Shuichi–. Y dudo que papá te haya hecho cambiar de parecer.
– No lo hizo –aceptó Genzo–. ¿Piensas intentarlo tú?
– No –negó Shuichi, enfático–. Si él no lo logró, evidentemente yo sólo voy a perder el tiempo.
– ¿Entonces a qué has venido? –interrogó Genzo, con curiosidad.
– A decirte que espero que pienses bien en lo que estás haciendo –aclaró Shuichi–. Sigo creyendo que tu doctora y tú se van a estrellar contra la realidad algún día, algo que ya le hice saber a ella, pero ése será problema de ustedes, no mío.
– Sí, ella me contó que intentaste aplicarle una de tus clásicas trampas. –Genzo sonrió con sarcasmo–. Para mi suerte, mi doctora es una mujer inteligente y prefirió hablar conmigo para esclarecer sus dudas en vez de creer ciegamente en tus palabras.
– Oh, ¿así que eso fue lo que ocurrió? –Shuichi no se inmutó ante la acusación ni tampoco se veía sorprendido por saber que Lily no cayó en su engaño–. Ya veo, no es tan tonta como pensé. En fin, como te decía, no voy a apoyarte en tus decisiones, Genzo, pero tampoco voy a seguirlas boicoteando. Si algo tengo que reconocer, es que esa doctora es tan obstinada como tú y se ha ganado a pulso su derecho a defender su sueño imposible. Como bien me dijo Eiji cuando la conocimos, algo debiste haber hecho bien para conseguir que una persona te proteja de la manera en la que ella lo hace y, más aún, que haya viajado desde el otro lado del mundo para venir a verte, hasta yo admito que eso es de admirar. Al menos por eso merecen que no siga poniéndoles trabas, pero ten por seguro que les diré a los dos un "se los dije" cuando las cosas no les funcionen.
– Es más de lo que esperaba de ti, Shuichi. –En esta ocasión, la sonrisa del portero fue sincera–. Y créeme que yo tampoco sé qué hice para que Yuri me ame, creo que simplemente tuve suerte.
Shuichi reprimió una mueca de fastidio; Genzo hablaba como enamorado y esa faceta suya, además de desconocida, lo desconcertaba mucho. Sin embargo, se guardó sus palabras y le dio una palmada en el hombro a manera de despedida.
– Te desearía suerte, pero no creo que la necesites –suspiró Shuichi–. Desde hace mucho aprendí que tú te forjas tu propio destino, con suerte o sin ella.
Genzo reanudó su camino y llegó a las afueras de la mansión tan sólo treinta segundos antes que Shuzou. Cuando éste le dio alcance, ambos se dieron cuenta de que Mikami y Kana discutían; Kana tenía cara de estar ofendida, aunque la expresión del entrenador era de una fría indiferencia que convenció a Shuzou de que, en esos momentos, la relación entre esos dos era casi inexistente. Todavía así, el hombre decidió ignorar momentáneamente a su hijo menor para intervenir en la disputa que estaba gestándose frente a él. Acostumbrado como estaba a ser el que llevaba la voz cantante, Shuzou no tuvo inconvenientes en increpar directamente al entrenador por la actitud que estaba presentando Genzo, lo cual interrumpió la disertación que tenían Kana y Mikami. Ella contempló a Shuzou con sorpresa, pero el entrenador se tomó ese reclamo injustificado con mucha filosofía y se acomodó las gafas mientras escuchaba a su nuevo interlocutor con parsimonia.
– Mikami, se suponía que ibas a hablarle a Genzo de los planes que tengo para él de buscarle una esposa de su condición social –señaló Shuzou, agrio–. ¿Por qué mi hijo ha venido a declarar que va a casarse con quien él decida, sin importar lo que yo piense? ¿Qué te dedicaste a hacer durante el tiempo en el que Genzo estuvo en el hospital?
Kana respingó sin poder evitarlo; por mucho que Shuzou se apoyara en Mikami para cualquier asunto relacionado a Genzo, no era obligación del entrenador el encargarse de cosas como el matrimonio. Sin embargo, Mikami permaneció imperturbable, seguramente porque ya había previsto que Shuzou le haría un reclamo así. El hombre se tomó su tiempo para responder: sacó un pañuelo del bolsillo interior de su saco y se puso a limpiar sus gafas, que realmente no necesitaban ser limpiadas, procurando no parecer tan ansioso como se sentía. El señor Wakabayashi cada vez se veía más molesto e impaciente, lo cual sólo hacía que el señor Mikami se tardara más en hablar. Kana miró a uno y después a otro y se preguntó cuánto aguantaría Shuzou antes de estallar.
– La verdad es que me has dado a mí una tarea que no me corresponde, Shuzou –respondió Mikami, al fin–. Me he tomado atribuciones que van más allá de lo que soy, de lo que siempre he sido de Genzo, es decir, su entrenador y tutor deportivo, porque así lo he querido y así lo requirió la situación cuando ambos vivíamos solos en Alemania, pero seguro que entiendes que una vez que Genzo se independizó, esas atribuciones quedaron en el pasado. Si querías decirle a tu hijo que planeas buscarle una esposa, debiste habérselo comentado tú en vez de esperar a que lo hiciera yo.
– ¿Estás culpándome acaso? –Shuzou frunció el entrecejo–. Sabes que no tengo tiempo para encargarme de todo y por eso he pedido tu ayuda.
– Pues entonces tendrás que conformarte con lo que yo puedo hacer –replicó Mikami–. Le hablé a Genzo de la casamentera y desestimó el asunto, yo no puedo obligarlo a que se lo tome en serio.
– Hmm –gruñó Shuzou, sin aceptar que Mikami tenía razón; tuvo ganas de increparlo con furia, pero no se habría visto bien que lo hiciera delante de Kana, así que cambió de estrategia–: Bien, siempre he dicho que cuando quieres algo bien hecho, lo tienes que hacer tú mismo. Aunque Genzo no esté de acuerdo, le diré a la casamentera que siga adelante con los planes, no le estoy pidiendo su permiso.
– Si consideras que es lo mejor, adelante –aceptó el entrenador–. Sin embargo, creo que también deberías de considerar que tus métodos podrían ocasionar que Genzo acabe alejándose de ti.
– ¿Qué quieres decir? –cuestionó Shuzou.
– Que si te ha expresado que ya tomó una decisión con respecto a con quién se quiere casar, pretender obligarlo a ir en contra de eso lo forzará a alejarse de la persona que no sea capaz de comprender y aceptar sus deseos –explicó Mikami, con infinita paciencia–. No sé por qué te niegas tanto a ver que nunca has podido forzar a tu hijo a hacer lo que no quiere y que eso no va a cambiar con el paso de los años, por el contrario esa voluntad de hacer lo que desea se va haciendo más fuerte. No soy quién para decirte qué decisiones tomar con respecto a Genzo, pero sería beneficioso para los dos que comenzaras a analizar qué es más importante para ti, si tus reglas sociales o tu amor de padre por él.
– ¿Ahora sí te tomas atribuciones que no te corresponden, Mikami? –balbuceó el señor Wakabayashi, alterado–. No estás en posición de hacerme una sugerencia de ese nivel.
– No, es cierto, pero simplemente trato de dar el consejo de alguien que ve las cosas de una manera más objetiva –aclaró el entrenador, con diplomacia–. Además, estoy seguro de que en el fondo sabes que ése es el cauce que seguirán los hechos de seguir adelante con tu idea.
En ese momento, Genzo consideró que ya habían tenido suficiente de esa comedia y le hizo una señal a Mikami. Kana, que entendió que era una indicación para retirarse, se apresuró a llegar junto a su hijo para darle aunque fuese un abrazo. No estaba segura de cómo acabaría la conversación entre Tatsuo y Shuzou, pero ya le daba lo mismo, Kana debía reconocer que Mikami tenía razón: Genzo terminaría por alejarse de los Wakabayashi si Shuzou persistía en su terco plan, así que quería abrazarlo por si acaso ésa fuera la última vez que lo viera en mucho tiempo. A su vez, al notar a su madre, el portero se acercó a ella con una sonrisa sincera y la estrechó entre sus brazos, a lo que Kana respondió dándole un beso en la mejilla no lastimada.
– Siento no haber ido al hospital a verte –susurró ella, tan arrepentida que no agregó una excusa con la cual pudiera justificarse.
– No te preocupes, no pasa nada –aseveró Genzo, con una sonrisa–. Estuve muy bien cuidado, te lo aseguro.
Kana quiso pedirle que reconsiderara su relación con Lily Del Valle, pero al ver la mirada de Genzo se retractó. ¿Cómo se atrevía a cuestionar la presencia de esa mujer en la vida de su hijo, quien además lo había cuidado en su momento de debilidad, cuando ella no estuvo a su lado para protegerlo?
– Espero que eso no te deje cicatriz –comentó Kana, mientras acariciaba con suavidad la herida quirúrgica de su hijo.
– Si me la deja, no importa –aseguró el portero–. No será la primera ni tampoco creo que sea la última.
– Supongo que no –sonrió ella, débilmente–. Que tengas un buen viaje, hijo mío, recuerda que ésta siempre será tu casa.
– Lo sé –asintió Genzo–. Gracias, mamá.
Él la soltó y le lanzó una mirada inexpresiva a Shuzou, antes de dirigirse a un coche de alquiler con chófer que estaba estacionado a distancia prudente y que Mikami había rentado para la ocasión. El entrenador, antes de seguir a su antiguo discípulo, no contuvo sus ganas de hacer una última advertencia.
– Piénsalo bien, Shuzou –señaló–. No vayas a perder tu hijo en tu necedad de no querer cederle el control de su vida.
Mikami echó a andar hacia el automóvil y se subió a él. El chófer, que se había mantenido apartado con expresión aburrida mientras sus clientes concluían sus pendientes, se subió al asiento del piloto y puso el vehículo en marcha para retirarse después por el camino que conducía a la calle principal. Genzo le dio un último vistazo a la mansión en la que creció y pasó sus años de infancia y suspiró pesadamente.
– Sinceramente no esperaba convencer a mi padre de que cambiara de opinión –comentó el joven–. Aunque me hubiese gustado hacerlo.
– Quizás en algún momento lo haga –dijo Mikami.
– O quizás no. –Genzo se encogió de hombros–. De cualquier manera ya tengo definido lo que voy a hacer a partir de este momento.
– Shuzou terminará aceptando cualquier cosa que decidas hacer –insistió el entrenador–. Siempre lo hace.
– ¿Qué te hace estar tan seguro de eso? –preguntó Wakabayashi, con una expresión incrédula.
– Que, si no fuera así, yo no te habría entrenado –señaló Mikami–. Básicamente acabé convertido en tu tutor por tu capricho de querer convertirte en el mejor portero del mundo.
Genzo se quedó callado unos momentos, analizando lo que Mikami acababa de decir, tras lo cual soltó una risita burlona.
– Era un niño malcriado cuando eso ocurrió y han pasado muchos años desde entonces –opinó–. No creo que mi padre vaya a continuar permitiendo que me salga con la mía todo el tiempo, siempre estuve consciente de que en algún momento iba a querer ponerme un alto y ese momento ha llegado ya, me parece.
– Tal vez no –replicó Mikami–. Todo depende de qué sentimiento sea más fuerte en él, si su renuencia a cambiar las reglas del juego o su deseo de verte feliz.
El chófer los llevó a la estación del tren bala, el cual a su vez los conduciría de regreso a Tokio para que Genzo pudiera abordar el avión que lo trasladaría a Múnich. Mikami había querido acompañarlo de regreso a Europa, pero Wakabayashi se negó pues el entrenador todavía podría ser de utilidad para la Selección Japonesa, que no se había rendido en su idea de conseguir el pase a los Olímpicos. Mikami no estaba seguro de que su presencia en Japón sirviera de algo, pero reconoció que tampoco iba a ser necesario en Alemania.
– Haré lo que pueda, pero sabes que todo dependerá de Kira en estos momentos –señaló Mikami–. Debes confiar en él y en tus compañeros.
– Lo hago –aseguró el portero–. Si no fuera así, no estaría esforzándome tanto en estar completamente recuperado para los Juegos.
– Hazle caso a tu doctora. –Mikami le dio una última advertencia–. Ella sabe mejor que tú qué es lo que te conviene, al menos en el ámbito médico.
Por respuesta, Wakabayashi rio otra vez, más feliz de lo que esperaba sentirse.
El tren bala había enfilado ya con rumbo a Tokio cuando Genzo recibió un mensaje de Eiji, quien al parecer se acababa de enterar de la visita que hizo su hermano menor a la mansión familiar. El mensaje de Eiji era escueto pero muy sincero, al grado de que hizo sonreír al portero porque sabía que era auténtico.
"Espero que nos invites a tu boda", pedía Eiji. "No importa que vayas a casarte en Alemania, Kyoko y yo estaremos encantados de ir. Esfuérzate, hermano menor, esfuércense mucho los dos".
Gracias a lo que Lily le contó, Genzo ya suponía que Eiji estaba de su lado o, al menos, no le importaba lo que su hermano hiciera de su vida. Una vez más, el portero confirmó que Eiji era un hombre decente que se esforzaba en comprenderlo más de lo que lo hacían Shuichi o su padre. Genzo le respondió a Eiji lo mismo que le había dicho a Shuzou, es decir, que todavía le faltaban unos cuantos años para casarse pero que, en cuanto fuese oficial que Lily Del Valle era su prometida, sin duda que le haría saber la fecha y el lugar de la boda pues esperaba verlo ahí.
"Tal vez sea mucho soñar, pero ojalá que, para cuando eso ocurra, mis padres y Shuichi también quieran asistir".
Rato después, cuando frente a sus ojos apareció el monte Fuji, Wakabayashi decidió que también llevaría a Lily a verlo; de hecho, pensó que sería muy bueno que ambos dieran un tour por todo el país, para que ella conociera Japón en forma. El japonés ardía en deseos de que Lily conociera su cultura y, quién sabe, quizás en un futuro también se darían tiempo para visitar México y que Genzo conociera la de ella. En esos momentos en los que su futuro era todavía incierto, al igual que la relación con su familia, pensar en que Lily era lo único estable de su vida le permitió a Genzo el seguir conservando la esperanza.
Múnich.
Varias horas después, cuando aterrizó en Múnich, Wakabayashi se sorprendió de la calidez que lo inundó al ver a Lily esperándolo, era como si hubiese llegado a casa tras un largo viaje y probablemente así era. La doctora caminó hacia él con paso elegante y decidido y Genzo les lanzó una mirada de presunción a los dos o tres hombres que la vieron con admiración, con un mensaje que claramente decía que esa mujer le pertenecía. Al llegar a él, Lily le echó los brazos al cuello y lo besó con suavidad en los labios.
– Bienvenido –dijo ella, risueña–. ¿Qué tal estuvo tu viaje?
– Muy bien, sin problemas –contestó Genzo y la tomó por la cintura–. Me siento feliz de estar en casa.
Por respuesta, Lily sonrió de nuevo, aunque con más emoción, y Genzo supo que no necesitaba explicarle el por qué había dicho que estaba en casa cuando todavía no se había mudado a esa ciudad de manera oficial. Ésa su manera de decirle a Lily que, en donde quiera que estuviera ella, ahí estaría su hogar.
Wakabayashi se había pasado gran parte del vuelo a Múnich pensando en si debía contarle a Lily que había ido a ver a sus padres a Nankatsu. Por un lado, él no deseaba lastimarla al repetirle que Shuzou seguía sin aceptarla, pero por otro, quería tranquilizarla con respecto a que había dejado en claro que no iba a comunicarse con la casamentera. Al final, Genzo apeló a la decisión que ambos tomaron de siempre contarse cualquier detalle que pudiera afectarlos, por muy repetitivo o insignificante que fuera, por lo que esperó a que llegaran a su nuevo departamento para comentarle el asunto, de la manera más neutral posible. Lily obviamente estaba sorprendida de que su novio no le hubiese comentado que planeaba ir a su casa, pero Wakabayashi le respondió que fue algo que resolvió de último momento.
– Mikami me dijo que no era buena idea, que a su parecer sería mejor esperar a que estuviera más recuperado para hacerlo, pero de cualquier manera aceptó acompañarme –comentó Genzo–. Sin embargo, quería detener el cuento de la casamentera antes de que se hiciera más grande, así que por eso decidí ir de una vez.
– Entiendo –fue todo lo que dijo Lily, con la mirada perdida en el horizonte.
Wakabayashi entendió que debía darle unos minutos para que analizara lo que le contó, por lo que se quedó callado; le habría gustado que Lily no tuviese esa expresión de tristeza en los ojos, pero sabía que no era algo que pudiera evitar. Él desvió la mirada para que ella no se sintiera presionada y aprovechó para darle un vistazo a su departamento. El portero estaba muy sorprendido con la habilidad de la médica para convertir ese espacio en un hogar, decorado con tanta discreción y buen gusto que a Genzo no le costó trabajo sentirse como si estuviera en su casa.
"Y tal vez, dentro de poco, éste se convertirá en nuestro hogar", pensó él.
– Bien, concuerdo con Mikami en que habría sido mejor que no te exaltaras, la cirugía todavía está reciente –soltó Lily, al fin–. Pero también tienes razón al decir que lo de la casamentera podría crecer y crecer hasta hacerse enorme, cual bola de nieve en descenso de colina, y eso podría haber acarreado muchos problemas. Para ejemplo tenemos a Karl y el asunto de esa famosa cena con Hedy Lims, que tantos líos causó.
– Exactamente –asintió el portero–. Entiendes entonces por qué lo hice.
– Sí. Y más ahora que la prensa anda tras de ti gracias a tus diferencias con el Hamburgo –suspiró Lily–. Con respecto a tu padre, pues ya lo hemos hablado muchas veces, ya sabemos cuál es su opinión y no tiene caso repetirla.
– Lo lamento –se disculpó Genzo, con sinceridad–. No me gusta verte triste a causa de esto.
– ¿Por qué? No es culpa tuya –afirmó Lily–. Hiciste lo que pudiste, pero estoy consciente de que hay cosas que no se pueden cambiar por más que uno se esfuerce, como la opinión de las demás personas.
– Es cierto –asintió Wakabayashi; tras pensarlo un momento, se levantó de la poltrona en la que estaba sentado y atravesó los escasos metros que lo separaban de Lily para llegar junto a ella e hincarse en el suelo, de manera que su rostro quedó a pocos centímetros por debajo del de la joven. Genzo la tomó de las manos y la miró directamente a los ojos antes de continuar hablando–: Sé que charlamos en Japón para llegar a un acuerdo, pero hay una cosa que me falta pedirte.
– ¿Qué es? –Lily se hizo hacia adelante para quedar todavía más cerca de él.
– A pesar de todo, conservo la esperanza –respondió Genzo, serio–. Tienes razón al decir que mucha gente se mantiene aferrada a sus ideas, sin importar lo mucho que trates de convencerla, pero yo tengo fe en que mi padre algún día entienda por qué te amo o que al menos su mente se abra lo suficiente para tener la curiosidad de conocerte. Y me gustaría que, cuando ese día llegue, tú estés dispuesta a permitir que te conozca. No dejes, por favor, que este rechazo te haga después repudiar cualquier intento que haga alguien de mi familia para acercarse a ti.
– Lo intentaré –se sinceró Lily–. No te voy a decir que no sucederá, porque soy humana y no sé cómo voy a reaccionar, pero por ti me esforzaré por evitarlo.
– Ésa es mi chica. –Genzo le acarició una mejilla con ternura–. Si te estoy pidiendo esto es porque tengo la seguridad de que vamos a estar juntos por el resto de nuestras vidas y quiero preparar el terreno para lo que pueda ocurrir después. No voy a decirte que considero que estamos destinados a amarnos porque no creo en el destino, pienso que es uno mismo quien labra su camino, pero por este motivo es que puedo pedirte que estés conmigo, porque quiero labrar mi destino a tu lado.
– Tú ya sabes cuál es mi respuesta a eso, Gen –sonrió Lily, emocionada.
Genzo se hizo hacia adelante y besó a Lily con suavidad para evitar que su herida se resintiera. Aunque no era una solución que los dejara satisfechos, ambos sabían que tendrían que conformarse con seguir adelante con sus planes de estar juntos sin saber si algún día la familia Wakabayashi aceptaría su relación. Por más que los dos quisieran solucionar las cosas por su cuenta, había algunas cuestiones que simplemente tendrían que dejar que el tiempo las resolviera.
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Tokio.
La Selección Japonesa de Fútbol emprendió el difícil y tortuoso viaje que habría de ser la última ronda clasificatoria para los Olímpicos de Madrid. Tras el drama ocurrido con Igawa, que no dejaba de culparse por lo ocurrido contra Australia, los japoneses se enfrentaron a Arabia Saudita en el Nuevo Estadio Nacional. Mark Owairan, quien por primera vez no llevaba puesto su turbante, intentó desesperadamente buscar el empate, después de que Japón abrió el marcador con un tiro directo de Shun Nitta. El príncipe saudí sabía que, si ganaban el partido, ellos todavía tendrían una oportunidad de clasificarse a los Olímpicos, pero los japoneses cortaron de cuajo sus aspiraciones. En una jugada en la que Owairan buscaba perforar la portería japonesa con su potente disparo, Ryo Ishizaki detuvo la pelota con su famoso y peculiar Ganmen Block; el esférico cayó entonces a pies de Mamoru Izawa, quien le mandó un pase directo a Taro Misaki y éste no dudó en dirigirse a la meta rival para anotar el segundo gol de Japón. El partido concluyó con dos tantos para los nipones y un saldo en ceros para Yuzo Morisaki, quien pudo resarcirse de su mala actuación del partido anterior.
– ¡Bien hecho, Yuzo! –le gritó Kumi Sugimoto, su novia, desde las gradas–. ¡No olvides que eres el número uno!
Morisaki se puso colorado hasta las orejas, invadido como estaba por una curiosa combinación de orgullo, vergüenza y emoción. No sólo había conseguido reparar sus desastrosas acciones contra Australia sino que, además, a partir de ese momento Kumi estaría a su lado para apoyarlo de manera incondicional.
– Ya hemos ganado un partido, nos faltan dos –señaló Misaki al finalizar el encuentro–. ¡No hay que perder el impulso!
En ese momento, Taro se dio cuenta de que el príncipe Owairan se dirigía hacia él y decidió esperarlo. De manera inexplicable, porque uno no habla japonés y el otro no entiende el árabe, Owairan le hizo saber a Taro que, aunque su sueño de clasificar a los Olímpicos se había perdido con esa derrota, de todos modos lucharía contra Australia con todo su poder para recuperar el honor de Arabia Saudita. El príncipe no lo expresó abiertamente, pero Misaki entendió que él intentaría evitar que Australia no se alzara con la victoria en su próximo juego para que Japón tuviera una oportunidad de conseguir el boleto a Madrid.
– Gracias, Mark –rompiendo todas las reglas del protocolo real, Taro se dirigió a él por su nombre de pila, ¡qué insolencia! –. Tengo fe en tus palabras.
El aludido le estrechó la mano y se retiró (sin que ordenara a sus guardias que detuvieran al japonés por irrespetuoso), dejando sembrada la semilla de la esperanza en el corazón de Misaki.
Antes de dirigirse a los vestidores, Taro echó un vistazo hacia la zona en donde sabía que estaría Eriko; ella, que esperaba que él volteara a verla, lo saludó con la mano, aunque su mirada distraída le hizo saber al muchacho que continuaba perdida en sus emociones. Misaki suspiró por lo bajo, sin saber muy bien qué hacer. Si bien era cierto que él había conseguido que Eriko lo perdonara por haberla mandado al carajo la vez en la que ella hizo un berrinche a causa de Lily Del Valle, Taro estaba consciente de que Eriko seguía envuelta en el drama familiar de los Wakabayashi, un problema del que no quería zafarse por la simple razón de que la rebeldía de Genzo chocaba con los preceptos que le inculcaron a Eriko.
"Es decir, le enseñaron que debe despreciar a los que son demasiado diferentes a ella", puntualizó Misaki.
Sin embargo, por el momento él no podía detenerse a pensar mucho en ese pequeño problema. Al llegar a los vestidores, Tamotsu Ide les hizo saber que Australia había apaleado a Vietnam con cinco goles a cero, lo que los ponía cada vez más cerca de la clasificación. Con ese resultado tan abultado, a los australianos les bastaría ganarles a los saudíes para obtener el último boleto a Madrid aun desde antes de que se enfrentaran a Japón. A pesar de esto, los japoneses se negaron a darse por vencidos y decidieron que, mientras no fuera oficial a quién pertenecía ese último pase, ellos no dejarían de perseguir su meta.
Hanói.
El siguiente encuentro contra Vietnam, que tuvo lugar en Hanói, la capital, fue una agonía lenta para los que no estaban dentro del campo. Al medio tiempo, Japón iba a la delantera con dos goles, uno anotado por Jun Misugi y el otro por Hikaru Matsuyama; sin embargo, a su vez Australia estaba ganándole por un gol a Arabia Saudita, lo que en ese momento los metía de lleno a los Olímpicos. Kira, Hanna e Ide optaron por no revelar esta información a los titulares para no estresarlos, pero estaba de más decir que cada uno en su interior oraba para que ocurriera un milagro durante los últimos cuarenta y cinco minutos de juego. Por supuesto, como era de esperarse ya que el protagonista de este manga es japonés, en la segunda mitad Misaki consiguió anotar el tercer gol, mientras que, a su vez, en el minuto ochenta y nueve Mark Owairan cumplió su promesa y obtuvo el empate para Arabia Saudita. ¡Esto cortaba momentáneamente las aspiraciones de Australia de hacerse con la tan anhelada clasificación! ¡Todo habría de decidirse en el tercer y último juego!
Tokio.
Por supuesto, las expectativas de los japoneses llegaron al punto máximo. Tras haber dado por descalificado al equipo, ahora los fans y la prensa tenían sus esperanzas puestas en el partido contra Australia. Aunque todavía pesaba el fantasma de lo ocurrido en el juego anterior, se contaba con una última oportunidad que podría resarcir a Kira y a sus muchachos de los fracasos anteriores. Una vez más, la eterna pregunta de si el entrenador, ahora sí, mandaría a llamar a Tsubasa Ozhora y a los otros que jugaban en el extranjero volvió a surgir con mucha fuerza entre los periodistas japoneses. Si bien varios expertos ya habían aprendido que Kira no cambiaría de parecer, había otros que decían que no había manera en la que Japón pudiera clasificarse sin Tsubasa y compañía, pues había una diferencia de tres goles entre Australia y el combinado nipón, es decir, que Japón debía anotar cuatro veces más que su rival para poder superar su casi perfecto récord, una situación que se antojaba imposible sin Tsubasa y sin Hyuga.
El mismo Kira parecía estar muy consciente de esto; entre Hanna y él buscaban la manera de derrotar a Australia sin depender de los ya mencionados, pero cualquier opción resultaba inviable o muy difícil de lograr. Al final, tras pasar una noche en vela analizando el asunto desde todos los puntos de vista posibles, el entrenador decidió llamarles por teléfono a Hyuga y a Tsubasa. ¿Para qué? Para perder el tiempo, pues lo que Kira deseaba era comunicarles que persistiría en su idea de no convocarlos ya que confiaba en el combinado que tenía actualmente. Días después, en la conferencia de prensa que tuvo lugar para dar a conocer la lista de elegidos para el último partido, el entrenador repitió estas palabras ante los periodistas y afirmó sin titubeos que tenía fe en el equipo que había armado y que sabía que el esfuerzo de ellos sería suficiente para lograr la clasificación.
– Si esta Selección no logra el pase a los Olímpicos, el único que tendrá la culpa seré yo –manifestó Kira–. Yo asumo toda la responsabilidad y, en caso de que eso ocurra, ¡la manera en la que lo haré será a través de un seppuku!
Hubo un murmullo generalizado entre los periodistas y Hanna le lanzó una mirada preocupada a Kira. ¿Estaría ebrio o drogado? ¡Si se suponía que había prometido mantenerse sobrio durante el tiempo que fuese técnico! Pero ahí estaba, tranquilamente hablando del suicidio japonés por desentrañamiento, también conocido como hara-kiri, como si fuera lo más natural del mundo a pesar de que evidentemente ya no se practica en la época actual.
– ¿Sigue siendo legal, acaso? –musitó Hanna, por lo bajo.
– Bien, obviamente no lo dije literalmente, se trataría de un seppuku simbólico –se apresuró a añadir Kira al ver la reacción de los presentes–: No sólo abandonaré el mundo del fútbol y mis pretensiones de ser entrenador, sino que no volveré a tomar alcohol, que tanto me gusta, nunca más en la vida.
Kira expresó esto con tanta seguridad que, por primera vez, nadie se atrevió a contradecirlo en voz alta y la mayoría de los reporteros se miraron entre sí con perplejidad. Al no tener algo más que agregar, el técnico se puso en pie y se despidió de la prensa, consciente de que acababa de tomar una responsabilidad muy grande. Hanna lo miró con orgullo, aunque en su interior deseó que la oferta de Kira de no tomar alcohol nunca más se cumpliera aun cuando Japón lograra su objetivo, pues el hígado del entrenador lo agradecería más que ninguno.
Tras conocerse la lista de los convocados oficiales y el anuncio de Kira de hacerse un seppuku simbólico si no clasificaba a Japón a los Olímpicos, Taro decidió que aprovecharía sus días libres para hablar con Eriko. Quizás, el hacerlo antes del partido contra Australia no era precisamente la mejor idea que había tenido últimamente, pero no quería acudir al juego con la mente confusa por problemas personales, necesitaba de toda la claridad de pensamiento que pudiera poseer para saber cómo contrarrestar el ataque de los australianos. Sin pensarlo mucho, él le preguntó a su novia si podía ir a verla al departamento de lujo que la joven tenía en uno de los distritos más exclusivos de Tokio, petición a la que Eriko accedió sin trabas. Misaki, que detestaba ir a ese apartamento por sentir que no encajaba en ese ámbito, al ofrecerse a acudir hasta ahí le estaba dando a entender a la chica que iba en son de paz.
Taro sabía que lo que más le afectaba a Eriko era el problema que tenía Wakabayashi con su familia y por lo mismo no sabía cómo abordarlo, principalmente porque, cosa irónica, al aludido parecía no importarle y Misaki no era tan cercano a él como para atreverse a preguntarle directamente. El muchacho no había querido admitirlo abiertamente, pero él no podía evitar ponerse de parte de la doctora Del Valle, a pesar de que no la conocía, porque sabía que estaban en una situación similar: ambos provenían de familias "normales" y por casualidades del destino acabaron enamorándose de dos integrantes de una familia de la alta sociedad nipona que además era asquerosamente rica. Taro muchas veces se lo preguntó a Eriko y ésta siempre le respondió con evasivas, pero le habría gustado saber si a él lo tratarían igual que a la doctora en el futuro sólo por provenir de una familia que podría considerarse como de bajos recursos. Sin embargo, de manera indirecta Eriko le había hecho saber que él sería bien aceptado en su familia, aunque Misaki no sabía si se debería a que Eriko pertenecía a una rama de los Wakabayashi que era menos importante que la rama de la que provenía Genzo o si simplemente sería porque él era japonés, a diferencia de Lily.
"Y no estoy seguro de querer saber la respuesta", se dijo Taro, mientras se dirigía al departamento de Eriko. "Creo que la primera opción me parece la más decente, aunque también es bastante mala".
En cualquier caso, ¿qué significaba eso para Taro y Eriko, que su relación no tendría futuro? Misaki no había ni siquiera contemplado la posibilidad, era demasiado novato en esas cuestiones y cargaba con traumas infantiles no resueltos relacionados con su madre que le habían torcido la manera de querer a una mujer, pero en algún punto iba a tener qué resolver qué sentía por Eriko y, si llegaba a reconocer que deseaba estar con ella por el resto de su vida, entonces tendría que meterse de lleno en la mierda que era el asunto de los estatus sociales en Japón. Fue en ese momento en el que Taro comprendió cómo debió de haberse sentido Wakabayashi al pensar en este punto y no pudo evitar compadecerlo. Ser hijo de una familia de renombre o aceptar estar con alguien así seguía siendo un problema en pleno siglo XXI, uno muy grande.
"Hemos avanzado en muchas cosas, pero en otras seguimos siendo una porquería", determinó Misaki.
Cuando llegó al apartamento, Eriko ya estaba esperándolo con cierta ansiedad. La joven había intentado vestirse con ropa informal, pero Taro se dio cuenta de que ella debió pasar mucho tiempo eligiendo su atuendo, pues en cuanto la vio sintió que el corazón le empezaba a latir a toda velocidad y no pudo evitar avergonzarse, Eriko lucía preciosa en verdad. Ella le rozó los labios muy apenas y le provocó una descarga eléctrica a Taro, quien se preguntó si se vería muy mal que le sugiriera a Eriko que mejor pasaran al dormitorio en vez de perder el tiempo hablando.
Estaba tan ofuscado con Eriko que no se dio cuenta de que el departamento estaba a media luz, iluminado tan sólo por muchas velas que estaban estratégicamente distribuidas por todo el lugar. Eriko lo invitó a tomar asiento en un sofá elegante y mullido, estratégicamente colocado entre dos ventanales que daban una visión completa de la mancha urbana que era Tokio. Taro notó entonces que en la mesita de cristal fino que tenía delante había una variedad de sabrosos canapés de lujo y una botella de champaña junto con dos copas. Al parecer, Eriko no era la única que buscaba dar una ofrenda de paz.
– Me alegra que hayas venido a verme –comenzó Eriko, una vez que estuvieron sentados–. Sé que no tomas alcohol, pero supongo que podrías beber aunque sea una copa.
– No me hará daño –cedió Misaki, al tiempo en que tomaba un bocadillo–. ¿Estamos celebrando algo?
– Sólo el hecho de estar juntos. – sonrió Eriko.
– Ya veo. –Taro aceptó la copa que ella le ofrecía y le dio un sorbo.
Él se quedó callado para analizar cuál sería su próximo paso. Había pensado que llegaría directamente a discutir con Eriko sobre el asunto que tanto la angustiaba, pero entonces ella bajó sus defensas con ese recibimiento y Misaki se preguntaba qué estaría planeando. De inicio, Eriko estaba tomando una actitud sumisa ante él y eso lo desconcertaba, tan acostumbrado como estaba a sus arrebatos de malcriada.
– ¿De qué quieres hablarme? –preguntó Eriko, después de unos instantes de silencio–. Debe ser algo muy importante si quisiste venir hasta acá para eso.
– Creo que sabes de qué deseo charlar –respondió Taro, con suavidad–. Sé que lo que ha pasado con Wakabayashi te tiene bastante inquieta, por decirlo de alguna manera.
– Es algo más que "inquieta" lo que me tiene, los dos lo sabemos –bufó Eriko–. Pero creo que hemos tocado tanto este asunto que ya te hartaste de mí.
– No estoy harto de ti. –Misaki se rascó la nuca, incómodo–. Simplemente no estamos mirando las cosas desde el mismo punto de vista y no creo que vayamos a ponernos de acuerdo en eso.
– Es precisamente lo que no entiendo, el por qué no ves la situación desde mi ángulo –reclamó Eriko.
– Ya te lo dije también, aunque no quieres escucharme –replicó el muchacho–: Temo que algún día alguien de tu familia me haga lo que estás tú haciéndole a esa chica, temo que me digan que no soy digno de estar contigo.
– ¡No sé por qué tienes qué compararte con ella! –exclamó Eriko, enojada–. Ella no es igual a ti, no están en el mismo nivel. Además, tú sí me amas y ella no ama a…
Eriko se detuvo abruptamente, como si le hubiese resultado imposible terminar la frase, lo que asombró a Misaki. Ella se ruborizó, avergonzada de haber mostrado debilidad y después soltó una declaración que desconcertó a su novio todavía más.
– La odio –confesó Eriko, sin mirarlo a los ojos–. La odio porque no es como pensé que era, me había forjado una imagen específica de esa mujer, la doté de defectos y malas mañas y se me hacía de lo más sencillo detestarla y asegurar que no se merece a Genzo pues andaba tras su dinero. Y entonces, sin previo aviso, ella tiene la osadía de llevarme la contraria al aparecerse en donde no debía y, peor aún, no se dejó amedrentar por mis primos. ¡Yo tenía la esperanza de que saliera corriendo en cuanto se enfrentara a Shuichi! Pero no pasó precisamente eso, aunque después dejé de esperarlo; considerando lo mucho que viajó esa mujer para ver a Genzo, era obvio que no iba a largarse de Japón sólo porque nosotros así se lo exigimos.
– ¿Eso quiere decir que ahora piensas que sí merece estar con Wakabayashi? –inquirió Taro, con cautela.
– Lo que dije fue que nadie que atraviese el planeta por una persona está con ella por su dinero o por compromiso. –Eriko, frustrada, dejó la copa en la mesita y se cruzó de brazos–. Por mucho que esa mujer estuviera interesada en la fortuna de Genzo, hasta para mí es difícil creer que no hubo amor en ese acto, lo cual me hace odiarla más, si es posible.
– ¿Por qué? –preguntó Misaki, confundido–. Si temías que la doctora Del Valle estuviese con Wakabayashi por su dinero, lo que hizo de venir a verlo es una prueba de que no es así y que, por el contrario, sí lo ama.
– La odio porque hizo cosas que yo no podría hacer –respondió Eriko, en voz muy baja–. No soy capaz de atreverme a viajar tanto por alguien a quien amo…
Esto último lo pronunció con la cabeza baja y la mirada perdida; ella no quería ver la expresión de recriminación de Taro, por lo que se negó a verlo a la cara. Sin embargo, tras unos densos segundos de silencio, él soltó una carcajada tan auténtica que Eriko se quedó perpleja.
– ¿De qué te estás riendo? –quiso saber ella, ofuscada–. ¡Estoy hablando de algo serio!
– Perdón, perdón –se disculpó Misaki–. Ya sé que estás hablando en serio y sí te creo cuando dices que odias a la novia de Wakabayashi, pero me dio risa que aseguraras que tú no serías capaz de hacer lo mismo que ella hizo por él.
– ¿Por qué te dio risa? –Eriko hizo un puchero.
– ¡Porque sí que lo has hecho! –explicó Taro, con una expresión de triunfo–. ¿No me has acompañado a todos los partidos con la Selección que se han jugado fuera de Asia? Fuiste a Bangkok, a Hanói, a Sídney, a Manama, a Riad, a Kuala Lumpur y a muchos otros lugares más, usaste velos en tu cabeza, consumiste comida que no fue de tu agrado y tuviste que dormir en los aviones para estar conmigo. ¡Hasta aceptaste a Azumi como compañera, lo que ya es mucho decir! Tal vez no recorriste más de nueve mil kilómetros pero, ¿lo que hiciste por mí no es similar a lo que hizo esa doctora por Genzo? Me has ofrecido tu apoyo incondicional, Eri-chan, sin importar lo pesado o costoso que sea, y para mí eso vale tanto como para Wakabayashi vale su doctora.
Ella, que no había analizado la situación desde ese punto de vista, se ruborizó (también influyó el que él la llamara "Eri-chan", un apodo al que Eriko todavía no se acostumbraba), puso una expresión de asombro y se quedó cavilando un rato. Misaki la dejó en paz para que pensara en lo que acababa de decirle, esperando que eso la tranquilizara un poco. Eriko permaneció en silencio hasta que el rubor de sus mejillas casi hubo desaparecido, era evidente que no había considerado lo que Taro había expresado.
– De cualquier manera la odio –bufó Eriko, al fin; estaba tan apenada que, cosa rara, no presumió de algo que pudo haber presumido–. No sé por qué, pero la odio, habría preferido que no viniera a Japón a cuidar de Genzo, habría encajado más con el perfil de oportunista que decidí que merecía.
– Eso no es justo para la doctora, ni tampoco para Wakabayashi –señaló Taro, con tacto–. ¿No deberías de alegrarte por el hecho de que él sea feliz? Encontró a alguien que lo ama y a quien él ama, ¿no es eso lo que deseabas para él?
– Sí, pero con una japonesa, no con una mexicana –gimoteó Eriko–. Habría estado bien que Genzo hallara todo lo que esa mujer le ofrece, pero en alguien de su estatus. De cualquier manera, Shuichi me ha dicho que ha decidido dejar de interponerse entre ellos; supongo que debió de reconocer que, cualquiera que cometa la locura de viajar tantos kilómetros por Genzo, no va a desistir de estar a su lado con unos cuantos ataques.
– Definitivamente no –acordó Misaki.
– Supongo que yo también puedo dejar de molestarlos por un rato, aunque jamás voy a hacerme amiga de esa mujer –determinó Eriko–. La voy a detestar toda mi vida.
Tomando en cuenta las actitudes previas de Eriko, podía considerarse que esto era una victoria.
– Buena chica. –Taro le acarició la coronilla, sin estar consciente de que la trató como si fuese un perro, aunque a Eriko no pareció molestarle.
– No lo soy y lo sabes. –Eriko se mordió el labio–. Y, aun así, hay algo que quiero pedirte, Taro…
– ¿Qué cosa? –cuestionó él, extrañado.
– Acepté que vinieras porque quería aprovechar para decirte algo importante. –Repentinamente, Eriko comenzó a sudar frío–. Nunca me puse a pensar en las cosas que hice por ti porque las hice con gusto. No me importaron los malos ratos ni los largos viajes ni, válgame, tampoco me importó aguantar a Azumi, porque lo único que buscaba era apoyarte, verte feliz cuando ganaras un partido y estar ahí para consolarte en los malos momentos. Pero, sobre todo, quería que cumplieras tus sueños, todavía lo deseo. No sé en qué clase de persona me convierta esto, ni siquiera estaba segura de que tuviera la capacidad para hacer y sentir esto por alguien, pero mírame, aquí estoy. Sé que no te lo he dicho antes, quizás por miedo, por egolatría o porque no estaba segura, tal vez fue un poco de todo, pero ahora deseo decírtelo porque estoy preparada para hacerlo: te amo, Taro Misaki.
Esto fue tan repentino que el joven no supo cómo reaccionar. Nunca esperó que Eriko le confesara sus emociones de una manera tan inesperada y directa ni mucho menos que ella hubiera planeado esto con anticipación, era obvio que no fue algo que soltó como producto del momento. A pesar de esto, Misaki sintió que la felicidad comenzaba a bullirle en el pecho, pero ella todavía no acababa con su sorpresivo modo de actuar.
– Sé que esto puede parecer una locura, pero… –Eriko se giró para verlo y lo tomó de las manos, tras lo cual le preguntó, con anhelo–: ¿Te casarías conmigo?
Pillado completamente con la guardia baja, Taro Misaki se quedó sin saber qué responder.
Notas:
– Los partidos Japón vs Arabia Saudita y Japón vs Australia tuvieron lugar en el manga en el Estadio Nacional Kasumigaoka de Tokio, pero en otro capítulo aclaré que ese estadio ya no existe en la actualidad y por eso lo cambié al Nuevo Estadio Nacional, que es su reemplazo.
– Todavía hasta dos días antes de terminar este capítulo estaba convencida de que sería el último, pero entonces chequé mis notas y me di cuenta de que aún me faltan varias cosas por meter así que, como ya lo sospechaba, voy a alargar este fic un episodio más para no dar un cierre apresurado y que no me queden cabos sueltos. Por la misma razón, es posible que el último capítulo tarde un poco más de lo habitual en ser publicado, para que pueda repasar adecuadamente mis notas y verificar que no se me ha escapado ningún detalle.
