Niña Buena
Parte II
Nunca admitiría lo ansioso que estaba, ni que sus ansias aumentaron cuando vio a la mujer cruzar el umbral.
Para mantener su fachada de permanente confianza en sí mismo, sonrió de lado y, con presunta malicia, dijo:
—Buenas noches, niña buena.
Ella se estremeció notablemente, y una ola de excitación fluyó por él.
Se observaban a los ojos, mientras Hermione cerraba la puerta y daba pasos seguros y lentos hacia Snape. Él permanecía quieto, apoyado en una mesa, esperando que ella se arrepintiera de un momento a otro.
Pero ella no parecía arrepentida. Comenzó a pasearse por entre los mesones, tocando de vez en cuando los instrumentos de pociones, viendo lo que alguna vez fue su lugar de trabajo. No pudo evitar recordar aquella vez en la que Snape botó al piso todo el contenido de un caldero, y sólo porque el joven mago que trabajaba en ese tiempo le caía mal. Se sonrió y continuó caminando.
Hermione no sabía cuál era la forma correcta de empezar, ¿tenía que hacerlo ella? ¿Debía decir algo? ¿Aclarar que aquello sería algo de una noche simplemente? Bueno, evidentemente sería algo de una noche, no lograba imaginar a Snape como pareja romántica.
Él no había perdido detalle de ella. Podía imaginar lo que Hermione estaría pensando, o más bien recordando. Permitió que sus labios se curvaran en una sonrisa un tanto melancólica.
—Aquí fue donde me dijiste que soy un murciélago sarnoso y que debería hacerle un favor a la humanidad y morirme— soltó Severus de repente.
—Sí, me acuerdo— replicó Hermione, sin voltear a mirarlo—. Y no me retracto.
—Lo sé— afirmó Severus, aguantando una risa—. Eso me agrada. — Hermione todavía le daba la espalda, él supuso que lo estaba ignorando deliberadamente y no pudo resistirse a avanzar hacia ella de forma sigilosa por detrás.
—¿Te agrada? — preguntó la mujer, mientras examinaba unos cuchillos de plata—. ¿Por qué?
No recibió respuesta inmediatamente, pero a Hermione no le extrañó: era común en Snape no contestar a sus preguntas. Sin embargo, no estaba preparada para escuchar su voz grave tan cerca, a su espalda, ni su aliento tibio provocándole cosquillas en el cuello.
—Porque te mostraste tal cual eres— murmuró el mago.
Hermione contuvo el aliento y tuvo un escalofrío. Sentía el cuerpo de él atrás, sus manos grandes y blancas estaban apoyadas en la mesa que había frente a ella, aprisionándola.
—Tal cual soy…— repitió con la poca voz que le quedaba.
—Sí— gruñó él, dio un paso hacia adelante y su cuerpo chocó suavemente con el de ella—. Me gusta cuando muestras tu carácter.
Hermione soltó una pequeña risa ahogada. Estaba nerviosa.
—Creí que te irritaba mi forma de ser— dijo ella con cierta picardía.
Él ahogó una risa. El nerviosismo de Hermione lo seducía, era tan notorio que no podía resistirse a impulsaro. Aunque, ciertamente, no iba a forzarla a hacer nada si llegase a arrepentirse.
—Me desesperas…— susurró con voz grave contra su nuca. Inspiró hondo el perfume de su cabello—. Me desesperas cuando te reprimes…— Severus tentó a su suerte y con movimientos cautos y lentos, ascendió con la yema de sus dedos por la extensión de los brazos de ella.
Todos los vellos del cuerpo de Hermione se erizaron ante la caricia. Cerró los ojos y trató de no suspirar, pero fue imposible. Su corazón bombeaba a toda velocidad, en tanto las manos de él volvían a bajar por sus brazos desnudos.
—Hace tiempo que quería hacer eso…— confesó Severus, apoyando otra vez las manos en la mesa. La verdad era que se estaba autocontrolando, pues quería saborear cada segundo.
—¿Ah, sí? — inquirió Hermione. Por alguna razón, la acción de él le había infundido valor—. ¿Se puede saber por qué? — Antes de que Snape respondiera, ella se giró y lo enfrentó. Los ojos negros se encontraron con los suyos y, pese a la semioscuridad, Hermione pudo advertir sus pupilas dilatadas. Él seguía acorralándola contra la mesa.
—Quería saber… si tu piel era tan suave como se ve— respondió Severus, mirándola fijamente.
—¿Y lo es? — Él sonrió apenas y asintió ligeramente con la cabeza. Hermione tragó saliva y bajó la mirada hacia su levita—. Pues… también hay algo que yo siempre he querido hacer. — Veía cómo el pecho del mago subía y bajaba, no de un modo agitado, pero sí más rápido de lo habitual.
—¿Qué? — pudo preguntar él en un tono ronco.
Hermione elevó una mirada decidida hacia él, luego la bajó nuevamente y colocó sus manos en el pecho del hombre. Un leve sentimiento de culpa se arrastraba por el fondo de su mente, pero ella lo apartó con rapidez. No tenía sentido sentirse culpable ahora, no quería. Si bien Ron y ella no habían cortado oficialmente, ambos sabían que su relación estaba acabada. Hacía mucho tiempo que ni siquiera tenían relaciones; sólo se veían ocasionalmente como parte de una rutina enfermiza y autómata. Se mordió el labio y se dijo que ya bastaba de pensar en Ron.
—Esto— habló, al tiempo que llevaba sus dedos al primer botón del cuello de la levita y lo desabrochaba.
Los labios de Severus se entreabrieron ante la expectación, mientras la veía desabotonar con paciencia su ropa. Las manos pequeñas de ella se movían grácilmente, sin ninguna prisa, y él estaba absorto mirándola.
Hermione estaba muy concentrada en lo que hacía, así que no se dio cuenta de la mirada ardiente del hombre. A medida que los botones iban abriendo paso a la camisa bajo la levita, la confianza de ella se afirmaba… y el control de él se perdía.
Cuando terminó, Hermione no supo muy bien qué hacer a continuación. Agradeció mentalmente que sus manos no hubieran temblado en el proceso, sin embargo, no estaba segura de que se mantuvieran así.
—¿Y ahora? — la instó Severus. Deseaba ver hasta dónde podía llegar la valentía de la bruja.
Hermione lo miró y arqueó una ceja. ¿Acaso Snape quería que ella siguiera? Es decir, era evidente, pero… ¿realmente quería que ella tomara la iniciativa? Eso era sorpresivo: se imaginaba que sería él quien querría llevar el control de la situación.
Le gustó que le diera esa libertad de elegir su próximo paso. Le dio una extraña y reconfortante sensación de poder.
—Ahora… esto— dijo Hermione, deslizando la levita por los largos brazos del mago, que sacó las manos de la mesa para que ella pudiera terminar de quitársela.
La prenda cayó al piso sin que a Severus le importara. Volvió a arrinconar a Hermione contra la mesa, no con la intención de que no pudiera escapar (la dejaría ir en cualquier momento si ella lo deseaba), sino porque, aunque ella diera la impresión de estar muy confiada, él era consciente de que estaba cada vez más nerviosa, y empezaba a disfrutar tremendamente con ello.
—Eres más atrevida de lo que imaginaba— manifestó Severus. Ella le sonrió, se puso de puntillas agarrándose de los costados de Snape y acercó sus labios a la oreja de él.
—No tienes idea— masculló.
Notaba la firme contextura de su torso varonil bajo sus palmas. Por un instante, se quedó estupefacta, pues creyó sentir la marcada línea de sus músculos oblicuos. Hermione había fantaseado alguna vez con ese escenario, había visto a Snape de reojo, tratando de figurar cómo sería el cuerpo que escondía tras las capas de ropa, y tan sólo había llegado a la obvia conclusión de que era delgado. Su intuición jamás la llevó a imaginar aquella contextura fuerte y fibrosa.
Se mordió el labio, mientras movía sus pulgares, delineando el contorno del músculo que se perdía bajo el inicio del cinturón. Un golpe de placer palpitó por todo su cuerpo, especialmente una parte.
El descarado toque de ella sobre su cuerpo lo estaba haciendo perder la razón. Apretó los dientes para contenerse.
—Granger— la llamó con suavidad. Hermione alzó sus ojos, fingiendo una mirada inocente—. ¿Crees que nunca me di cuenta de cómo me mirabas? — La expresión de ella se transformó por la sorpresa, abrió la boca, pero no dijo nada. Él sonrió mordazmente.
—Tú también me mirabas, no te hagas el tonto— repuso Hermione, que en esos momentos se sentía incapaz de apartar las manos del cuerpo de él.
—Nunca lo he negado— expresó Severus, y dio un paso hacia ella, de modo que las manos de la bruja quedaron atrapadas entre sus cuerpos.
Severus no pretendía que aquél fuese un episodio romántico. Ellos no se querían, apenas se conocían, simplemente querían saldar sus asuntos pendientes, dar rienda suelta al deseo mutuo que por tanto tiempo disimularon. Tenía la certeza de que Granger tampoco esperaba ni quería romanticismo. Eso era bueno, ya que él no era esa clase de hombre. Tomó un mechón de pelo castaño y lo colocó detrás de la oreja de Hermione, después puso la mano en su nuca y tiró de ella, al mismo tiempo que se inclinaba y le rozaba la mejilla con sus labios.
—Cuando quieras empezar a portarte mal— susurró, a lo que Hermione tembló y dejó escapar una exhalación—…, avísame.
"Dios… no puedo creerlo…", pensó Hermione. De verdad era Severus Snape el que le acababa de decir eso, el hombre al que le pertenecía el cuerpo pegado al suyo, el que ahora le recorría los hombros con sus expertas manos de pocionista.
Hermione perdió toda capacidad de habla después de eso. Entendía que podía echarse atrás si quería… el problema era que no quería.
O tal vez no era un problema.
Ahora las manos de Snape rozaban su cintura, pero no llegaban a tocarla del todo, y el aire caliente que salía de su boca entibiaba su cuello. Ella apretó el agarre que mantenía en el torso de él. Sabía que el mago entendería su mensaje, de modo que tomó la camisa y tiró hacia arriba, sacándola de adentro de los pantalones de una sola vez.
Severus interpretó aquello como un permiso concedido: la sujetó por la cintura, avanzó y la hizo chocar contra la mesa que había tras ella, al mismo tiempo que dejaba besos húmedos en su cuello. Hermione soltó un grito ahogado por la impresión, sin embargo, se repuso rápidamente y movió su cabeza hacia un lado para facilitarle a él el paso. Sentía que se quemaba por dentro.
Si le hubieran dicho que Snape se convertiría algún día en su amante, Hermione se habría desternillado de risa.
Ahora, no obstante, reírse hubiera sido lo último en lo que habría podido pensar. Se tuvo que morder el labio inferior para no gemir, cuando él la tomó por las piernas y la sentó en el mesón. Ella sólo se dejaba hacer, pues no se sentía con la suficiente capacidad para nada más, mientras los besos del hombre se volvían más fervorosos en su cuello y hombro.
Hermione tomó consciencia de pronto de cómo las manos de Snape apretaban su cintura. Entonces reaccionó; no se quedaría como una mera espectadora, iba a tomar todo lo que pudiera.
Así que, a sabiendas de que aquel momento no se repetiría, aprovechó de tocarlo, de quitarse todas las ganas y las dudas. Sin pudor, esculcó con las palmas de sus manos el pecho y el abdomen del mago por debajo de la camisa, y no dejó de sorprenderse al percibir cada músculo marcado.
La excitación vibró por el cuerpo de Snape, que gruñó con satisfacción. Estaba decidido a obtener el mayor placer posible... y darlo también. No dejaría que ella se fuera con una mala impresión.
Se separó un poco para mirarla y la tomó del cuello. Ambos jadeaban y sus mejillas estaban sonrojadas.
Severus deslizó su mano hacia abajo, por la garganta de ella, tocando la suave piel de la mujer, luego la fina tela de su vestido, se detuvo en uno de sus senos y comenzó a amasarlo con suavidad. Sonrió de lado cuando Hermione cerró los ojos y exhaló. Él movió su cadera hacia adelante, presionando su dura erección en la entrepierna de ella.
Acercó de nuevo la boca a su cuello, para poder degustar mejor cada exhalación agitada que escapaba de los labios de Granger, al mismo tiempo que incrementaba la firmeza de su toque sobre ella.
Mientras tanto, Hermione ya había encontrado respuesta a una de sus preguntas más pecaminosas: Snape no lo tenía pequeño. Podía sentirlo contra ella, moviéndose placenteramente. No fue consciente de la sonrisa que cruzó sus labios al caer en cuenta de que era por ella que él estaba así.
En determinado momento, Severus le bajó los tirantes del vestido y del sujetador, dejando sus pechos expuestos. El hombre no tardó en estimular sus pezones con sus dos manos, y ella esta vez emitió un gemido agudo e incontenible. Después de unos segundos, y sin ser capaz de contenerse, llevó su boca a uno de sus pezones y comenzó a lamerlo y darle suaves mordidas.
—Santo Merlín...— masculló Hermione, aún con los ojos cerrados y con la espalda arqueada por el placer.
Sujetaba a Snape con sus piernas enroscadas en su cintura. Lo atraía todo lo posible hacia su propio cuerpo. Sentía el calor de él, la humedad que dejaba sobre sus senos, el fuego ardiente que la abrasaba.
Lo escuchó emitir una pequeña risa, pero no se detuvo en ningún momento. Hermione notaba cómo su ropa interior se mojaba cada vez más, y su intimidad casi dolía por la espera.
Queriendo devolver algo de todo el placer que estaba sintiendo, la mujer logró llevar su mano derecha al miembro de él. Lo envolvió con su palma y apretó suavemente por encima del pantalón. Severus se quedó quieto un instante, pero regresó a lo que estaba haciendo casi enseguida.
Hermione apenas podía concentrarse. Por más que intentaba aguantar los gemidos, éstos salían igualmente. No recordaba la última vez que había estado tan excitada. De pronto, descubrió que le importaba un comino que aquel hombre fuese su ex profesor, ex jefe y que le doblara la edad; tampoco le importó lo más mínimo estar siéndole infiel a Ron... lo de ellos había muerto hacía tiempo.
La sala estaba fría y silenciosa, excepto por los ruidos que hacían ellos al tocarse, los gemidos poco controlados y los instrumentos de pociones que, poco a poco, iban cayendo al piso.
Snape ya no podía aguantar más, el cuerpo de ella, sus suspiros, su calor, lo estaban volviendo loco. No fue sino hasta ese momento en que se dio cuenta realmente de lo mucho que la había deseado. Había reprimido muy bien ese sentimiento. Pero ya no más... La tenía ahí, para él.
Siguió acariciando sus curvas, en tanto ella había soltado su virilidad para esculcar en su espalda y abdomen.
Jadeando acalorados, se miraron a los ojos un segundo. Hermione se humedeció los labios, esbozó sonrisa coqueta y ansiosa y asintió con la cabeza.
Ninguno de los quería aguantarse más, habían esperado demasiado tiempo.
El mago, aspirando el aroma del cuello de ella, metió una bajo el vestido y encontró los tirantes de las bragas. Pensó en retirarlas por las piernas de la mujer, pero le pareció que se tardaría una eternidad, así que simplemente tiró con fuerza de cada lado y rompió la tela.
Hermione ahogó un grito. Sin embargo, no tuvo tiempo de criticarle nada a Snape, pues lo siguiente que sintió la hizo gemir tan fuerte que se avergonzó: los dedos de él acariciaron, hábiles, su punto más sensible, para luego introducirse en su humedad.
"Diablos... de verdad sabe lo que hace...", pensó Hermione, con la cabeza inclinada hacia atrás y los labios apretados.
Mientras tanto, Snape jadeaba por la expectación. Sus deseos clamaban por tomarla y saciarse de una vez... pero también necesitaba saber si Hermione lo deseaba como él a ella. Y se sintió profundamente complacido cuando notó lo lista que estaba para recibirlo.
Se deleitó un poco más ante la manera en la que ella se retorcía y se esforzaba por no emitir sonido alguno. Siguió moviendo sus dedos, mirándola. De pronto, los sacó, la tomó con firmeza de la cintura e hizo su propia cadera hacia adelante.
Hermione necesitó unos segundos para recomponerse. Respiró agitada, mientras él le mordía y besaba el cuello, y sintió su erección presionando. ¿Para qué seguir perdiendo el tiempo? Deslizó las manos entre sus cuerpos hasta encontrar el cinturón de él. Después de unos inútiles intentos de desabrocharlo, Snape terminó por hacerlo él mismo, desabotonando de paso su pantalón y bajándoselo apenas junto con su ropa interior.
El miembro masculino estaba hinchado y húmedo en la punta. Ella se mordió el labio. Era bastante grande... deliciosamente grande. No se pudo aguantar más y lo tomó con su mano derecha. Él gimió por lo bajo y volvió a mover su cadera hacia adelante.
Hermione continuó la caricia. Su piel se erizaba con cada jadeo grave del mago, con sus manos grandes sujetándola fuerte y su aliento calentando su mejilla.
De pronto, sintió deseos de besarlo en la boca... pero algo la detenía. Sentía que aquel no era el momento, que la situación no lo ameritaba. Que si lo hacía, echaría todo a perder.
Se contuvo.
Él la notó algo distraída (había dejado de mover su mano). Se alejó un poco. ¿Y si solo había estado jugando? ¿O ya no quería?
Demonios. Si no quería, tendría que terminar el trabajo en solitario...
... y estaba seguro que no sería ni la mitad de placentero que con ella.
Para cerciorarse, la besó en el cuello y llevó las yemas de los dedos a la intimidad de la mujer. Estaba incluso más mojada que antes. Hermione gimió suavemente, y él compuso una pequeña sonrisa.
Se acariciaban cada vez con más apremio. Ella había abierto la camisa de Snape, loca por ver su cuerpo tonificado. Lo tocó de arriba abajo, por los costados, por la espalda y hombros. No dejó ni un tramo sin recorrer... y él hacía exactamente lo mismo con ella.
Hasta que de repente, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se miraron de frente, jadeando, acalorados y sonrojados.
Él tomó su erección y dio un paso hacia adelante, mientras que ella abría un poco más las piernas, permitiéndole acomodarse mejor.
No obstante, en un repentino instante de lucidez, Hermione lo tomó por los hombros para detenerlo.
Severus la miró, frunciendo el ceño.
—Espera— murmuró Hermione, juntando la poca compostura que le quedaba—... ¿tienes protección?
Él se quedó atónito. Tragó saliva, su mandíbula estaba apretada y apenas era capaz de hilar pensamientos sensatos. Aun así, pudo concentrarse para articular algunas palabras.
—Claro... Cómo no.— Pensó que se había escuchado como idiota, pero le importó una mierda.
Se había dejado llevar tan fácilmente que olvidó ese pequeñito detalle. No tuvo mayores problemas para encontrar un preservativo en la billetera que guardaba en su bolsillo. Solía llevarlos cada vez que salía a beber unas copas, pues, pese a que una poción o bien un hechizo anticonceptivo era fiable para prevenir "accidentes", no le gustaba correr el riesgo de contraer alguna clase de enfermedad de porquería.
Los preservativos muggle cumplían su función, y con eso tenía suficiente.
Sentía los dedos torpes cuando desgarraba el envoltorio, sacaba el preservativo y lo desplegaba por su miembro rígido.
Hermione lo miraba, un poco nerviosa, pero más excitada y expectante que ninguna otra cosa. Jamás, ni en sus más atrevidas fantasías, imaginó que lo vería hacer eso.
Aprovechó ese pequeño interludio para observarlo más detenidamente: cómo se movían los músculos de su pecho y abdomen con cada respiración. No tenía vellos allí, pero sí en el bajo vientre y más abajo.
Sintió que el calor la sofocaba.
En cuanto terminó lo que hacía, Severus volvió a colocarse como antes. Ella lo recibió rodeándolo con las piernas, tomó su erección y la acomodó en su entrada. Lo miró, pidiéndole en silencio que continuara.
Él no dudó. La agarró con una mano por la espalda baja, la otra mano la apoyó en la mesa y empujó su cadera. Tuvo que cerrar los ojos ante la deliciosa sensación que recorrió su cuerpo.
Los dos gimieron largamente.
Hermione se aferró a la espalda de él, como si temiera caer por un precipicio. Lo sentía llenarla con su calor. Lo sentía acoplarse perfecto.
Severus se mordió el labio inferior, todavía con los ojos cerrados, enterrando los dedos en la espalda de ella. Estaba tan lubricada que entró con facilidad. También estaba estrecha, y lo apretaba en los lugares precisos.
Permanecieron quietos sólo unos segundos. Después él se movió de nuevo. Salió completamente, escondiendo su rostro en el cabello de la bruja, y entró otra vez, lento.
Los movimientos de cadera de él lograban estimular su clítoris, al mismo tiempo que le brindaba placer en lo más profundo.
Hermione tenía la boca abierta, pero de ella sólo salían exhalaciones cortas. Con sus piernas, lo traía hacia su cuerpo, lo atrapaba.
"Está pasando... está pasando de verdad...", era lo único en lo que Hermione podía pensar. Era mejor de lo que había soñado.
Él seguía entrando y saliendo de forma tranquila, respiraba con fuerza en el hueco del cuello de Hermione. Se sentía tan bien que no era normal.
—Por el amor de Merlín, Granger— masculló a centímetros de su oreja— ¿Por qué nunca me dijiste que estabas así de apretada?— Se hundió fuerte una vez más. Ya casi no podía controlarse.
Hermione rió con incredulidad. ¿Qué clase de pregunta era esa?
—Bueno...— cortó la frase cuando él embistió nuevamente—, ¿y cómo querías que lo supiera?— Apretó los labios para no gemir. El hombre había empezado a aumentar la velocidad a medida que ella hablaba—. Además... no es una conversación para tener en la... oh...— Su cuerpo se estremeció por completo de pronto—... en la oficina.
Severus gruñó por toda respuesta. La verdad era que la voz de Granger era un poderoso estimulante para él. Cada vez que entraba, el placer se extendía por todas las células de su cuerpo. Él había tenido algunas amantes a lo largo de su vida, más específicamente después de la guerra..., pero con ninguna se había sentido así.
—No es normal— susurró, medio perdido en sus pensamientos.
—¿Qué?— quiso saber ella, un poco asustada.
Snape paró un momento para tomar aire. La miró de reojo, evaluativamente. Suspiró una vez y continuó.
—Me está gustando mucho...— respondió con la voz ronca—. No creo que sea normal...
Hermione sonrió.
—Ni se te ocurra acabar muy pronto, ¿me escuchaste?
Severus volvió a detenerse y la miró a los ojos con expresión ofendida, como si lo hubiera herido en su orgullo masculino.
—No me subestimes, mujer— dijo, grave.
Ella le sostuvo la mirada, y él, para demostrar su punto, la tomó con las dos manos por las caderas y empezó a embestirla rápido y firme.
Todos los utensilios, frascos y diversas herramientas que quedaban sobre la mesa, tintineaba al chocar unos con otros y, paulatinamente, fueron cayendo al piso. El mismo mesón fue arrastrado hasta chocar con una pared.
Hermione sólo se afirmaba a la espalda de él, mientras intentaba mantener su ritmo. Ya no tenía caso esforzarse por no gemir. El mago la estaba llevando a un orgasmo fantástico, lo sentía como una burbuja de placer creciendo en su vientre. Inevitable.
Cuando supo que estaba por llegar, se arrimó aún más al cuerpo de Snape, le apretó los costados con sus rodillas y un grito ahogado se perdió en su garganta. Un escalofrío lento bajó por sus terminaciones nerviosas. Tembló un poco. Él seguía moviéndose, pero con menos fuerza.
Hermione se preguntó si habría terminado también. Lo sentía igual de grande y duro, de modo que pensó que todavía no.
Jadeando y con sus palpitaciones aceleradas, Severus amainó el ritmo. Su vientre estaba mojado por el orgasmo de ella. Su aroma íntimo enervaba sus sentidos. Había estado a punto de correrse.
—¿Y bien?— preguntó, arrogante, el pocionista.
Ella resopló y miró hacia otra parte, por si a él se le ocurría leerle la mente. No iba a decirle que ese había sido, seguramente, el mejor orgasmo de su vida.
Severus rió entre dientes. Le enseñaría a esa mujer de lo que estaba hecho. Retomó la velocidad, pero ahora le puso una mano en el pecho e hizo que apoyara la espalda en la mesa.
El cambio de postura fue una revelación para los dos, que descubrían cómo el placer podía seguir elevándose.
Hermione subió los brazos y se agarró del borde de la mesa. Sacudía la cabeza, se removía como si tratara de escapar de la tortura deliciosa a la que él la sometía.
Lo escuchaba gemir con su voz profunda, sentía su mano grande y varonil en uno de sus senos, su hombría llevándola al clímax del placer otra vez. Se mordió el labio y cerró con fuerza los ojos cuando un nuevo orgasmo la golpeó de pronto.
Él tuvo que apartar la mirada para poder seguir. Verla lo estaba trastornando. El vaivén de sus pechos con cada embestida, la expresión de su rostro... Debió admitir que la deseaba más allá de lo que había deseado a cualquier otra mujer antes.
En su fuero interno, ambos quisieron que aquel momento durara para siempre. Sin embargo, eran conscientes de que eso no era posible.
Y Hermione, ante esa realidad, se vio en la urgencia de cumplir un último capricho. No desaprovecharía la oportunidad.
Se incorporó afanosamente, tomó a Severus de la cadera y lo empujó con suavidad para que bajara la intensidad.
Él gruñó, disgustado, pero le hizo caso, aunque no paró completamente.
—Sabes...— jadeó Hermione, recibiendo de Snape una mirada que mezclaba irritación y curiosidad—, hay algo que nunca he podido hacer.
—¿Qué cosa?— cuestionó él. No estaba en posición de negarle nada. Haría lo que ella quisiera con tal de prolongar el encuentro y hacerlo aún más placentero si cabía.
—Eh...— Hermione sintió una vergüenza estúpida e inconveniente; no estaba acostumbrada a pedir lo que quería cuando tenía relaciones. Apoyó el mentón en el hombro del mago para que no viera su gesto abochornado, se armó de valor y dijo:—. Nunca he podido tener un orgasmo estando yo arriba.
Severus alzó un ceja y trató de mirarla a los ojos, pero ella escondía su cara de él.
—No aguantan— añadió la mujer. Habló en plural, como si hubiese tenido más de un amante en su vida, pero sólo había estado con Ron... y él no era lo que se dice un semental.
"Conque eso quiere...", se dijo Severus. Entonces, se lo daría.
Sin mediar palabras y sin salir de ella, la tomó en brazos, buscó rápidamente con la mirada una silla cercana y se sentó. Hermione inspiró con fuerza: en esa postura, lo sentía mucho más grande que antes. Por una vez, se sintió afortunada de ser mujer... Así podía irse más veces sin tener que detenerse.
—Yo te voy a dar uno— masculló Severus en su oído. Ella tomó distancia, puso las manos en los hombros de él y le dio una sonrisa astuta.
—No.— Él frunció levemente el entrecejo—. Yo me voy a dar uno... y tú me vas a ayudar— explicó en un murmullo.
Snape sonrió de lado y bufó.
—Me parece justo.
Llegado ese acuerdo, Hermione se sintió en control absoluto. Él debajo de ella, pasando las manos por sus muslos desnudos; ella con el poder de manejar el ritmo como le placiera.
Comenzó a moverse, primero lentamente, buscando la mejor forma y comodidad. Se frotaba en el vientre del mago. Suspiró cuando halló una posición perfecta. Adelante y atrás, deslizaba su cadera.
Severus exhaló, cerró los ojos y echó su cabeza hacia atrás. Granger sabía lo que hacía... ¿dónde había quedado la "niña buena"?
"Pues... sí es buena...". Sonrió ante su propio pensamiento.
Las manos de Hermione estaban apoyadas en los pectorales del hombre, y él la sostenía por los glúteos, oprimiéndolos y respirando agitadamente.
El movimiento fue haciéndose más rápido, conforme a los deseos de ella. Cada uno tenía volteada la cabeza en una dirección diferente. La pasión los había abstraído en sus propias sensaciones.
"Piensa en otra cosa, piensa en otra cosa...", se repetía Severus incansablemente. Sin embargo, mientras más se esforzaba en dirigir su mente a otros asuntos, más intenso sentía el calor y la estrechez de ella.
La agarró de los muslos y la hizo moverse más fuerte, al mismo tiempo que subía su cadera para llegar más hondo.
Hermione puso las manos en sus brazos y chasqueó la lengua.
–No... Déjame a mí— ordenó de manera autoritaria.
Snape soltó un quejido. ¿Desde cuándo era ella la que le daba órdenes a él? Y peor aún: ¿desde cuando él le obedecía? Bueno, esperaba que no se tardara demasiado.
—Ahora entiendo... por qué no aguantan— dijo Severus, inclinándose para poder envolverla en sus brazos y hablarle al oído–. Lo haces muy bien...
Hermione no respondió, ya que estaba acercándose a otro orgasmo. Lo abrazó del cuello con fuerza, siguió moviéndose. Él estaba diciéndole algo, pero ella no lograba entenderlo, lo único que oía era su tono de voz, ese tono bajo que la desquiciaba en más de una forma.
Esa voz que le había dirigido los insultos más hirientes y los sarcasmos más exasperantes, ahora le sugería una nueva emoción. Hermione estuvo segura que podría llegar al clímax sólo oyendo la voz de Severus.
Pero ahora tenía eso y más.
Acabó gritando, con las piernas semirecogidas y los brazos casi estrangulándolo. Abrió los ojos, para darse cuenta que veía borroso. Algo parecido a un escalofrío permanecía cosquilleando por todo su cuerpo. No podía concentrarse en nada más. Sentía frío y calor al mismo tiempo.
Él también se había quedado inmóvil, sosteniéndola. Estaba algo perplejo... aunque no sabía bien por qué. Hubo algo en el modo en el que Granger hizo las cosas. Quizá fue verla siendo ella misma, sin condicionamientos, haber descubierto su verdadera naturaleza, su pasión desbordada. O quizá que no imaginaba que fuese así realmente.
O... ese cambio en la energía de la magia de ella. Algo intangible que había transformado el aire a su alrededor.
Debían ser suposiciones suyas.
—¿Ya terminaste?— preguntó él, removiéndose para verla a los ojos. Lucía más atractiva de lo que recordaba.
—Sí— dijo ella con un hilo de voz. Suspiró hondamente, satisfecha.
Se sentía realizada y, sobre todo, feliz. Casi podía ver frente a ella las puertas del pasado cerrándose, mientras las del futuro se abrían con luz esperanzadora. Por primera vez, fue totalmente consciente del tremendo poder que poseía para hacer los cambios que quería hacer en su vida. Supo que nada la detendría.
Snape carraspeó.
–¿Podrías seguir?— pidió el mago, entre el sarcasmo y la seriedad. Durante unos segundos, Hermione se había olvidado de él—. Ibas muy bien.
Ella lo miró, sin poder creer lo que decía.
Al fin... un cumplido.
Siguió, con aires renovados, pero ahora era él quien tomaba el control.
Severus respiraba el perfume del cabello de ella que le caía en el rostro y mantenía los labios apoyados en uno de sus hombros. Entraba con ardiente deseo, le tocaba la espalda como si se le fuera la vida en ello.
Hasta que sintió que su bajo vientre se contraía. Quiso evitarlo, pero ya no había vuelta atrás. Embistió más fuerte, más adentro, le enterró las uñas en las piernas y un gemido largo y grave escapó de sus labios.
No supo nada del mundo por un instante, era como si todo se hubiese disuelto. Continuaba moviéndose involuntariamente. Tuvo la impresión de que ese orgasmo jamás acabaría.
Pero acabó, y Severus volvió a la realidad.
Y lo primero que sus ojos enfocaron fueron los labios de Hermione, rojos de labial, húmedos. Reprimió el impulso de probarlos.
–Mierda...— musitó Hermione, ahora relajada y descansando encima del cuerpo de él.
—Esa fue... la mejor cogida que he tenido en mucho tiempo— declaró Severus. No lo pensó mucho antes de decirlo, pero tampoco se arrepintió... porque era verdad.
—Coincido.
A pesar de que Hermione dudaba que sus piernas le respondieran, creyó que ya debía levantarse. Así que, ayudándose con el respaldo de la silla, soportó su peso en una pierna y la otra la pasó sobre Snape, que no parecía tener ganas de cooperar. Se arregló el vestido y el peinado con toda dignidad, como si no hubiese pasado nada fuera de lo normal.
Miro en derredor: habían dejado un buen desastre en la queridísima oficina de Snape.
Por su parte, Severus también se había acomodado la ropa, no sin antes comprobar que el preservativo no estuviera roto. Sacó su varita y se hizo a sí mismo un hechizo de limpieza.
"¿Y ahora qué?", se preguntó Hermione. ¿Tenía que irse o decir algo? ¿Qué podía decir? ¿Y por qué él no decía nada?
Ciertamente, ambos lo habían disfrutado. Pero ¿eso sería todo? ¿Un buen polvo y ya? ¿Borrón y cuenta nueva?
No era como si se hubiese enamorado de él, ni él de ella. Sólo que... sentía que todavía podían explotar más su nueva situación.
Mientras fingía peinarse con los dedos, lo observó de soslayo: Snape se había levantado y buscaba algo en los bolsillos de la levita que estaba en el piso. Se veía tan distinto sin ella puesta. El blanco le quedaba bien.
—Estaba pensando...— comenzó a decir, titubeante, Hermione.
—No me digas— la interrumpió Snape, al tiempo que sacaba un cigarrillo y lo encendía. Ella pasó por alto el comentario.
—Ya que a los dos... nos gustó— prosiguió, recorriendo la habitación con la mirada—, no estaría mal repetirlo alguna vez...
Severus se sentó en otra silla, con un codo apoyado en su escritorio y el cigarrillo entre los dedos. La miró con atención.
En un primer momento, su intención había sido follar y seguir con su vida... pero verdaderamente lo había disfrutado. Y ya que ella se lo proponía, ¿por qué no? Tener una amante más sólo era ganancia.
Le dio una calada al cigarrillo y miró al techo mientras soltaba el humo.
Hermione esperaba su respuesta, nerviosa. No quería que la malinterpretara, simplemente sería sexo esporádico. Nada de sentimientos de por medio. Intuía que él ya se había relacionado de ese modo con otras mujeres, dado su estupendo desempeño. No tenía por qué ser diferente con ella.
—No veo por qué no— soltó Snape, observando cómo el humo se disipaba. Luego movió los ojos hacia ella—, pero ni se te ocurra exigir exclusividad.
—¿Estás locó?— replicó Hermione—. Ni siquiera lo había pensado.
¿Por qué le decía eso? Ella no le estaba pidiendo formalidad, quería dejarlo bastante claro.
—Siendo así, está bien.
Él seguía sentado, fumando en un silencio tranquilo. Hermione comenzaba a incomodarse. Era uno de los momentos más extraños de su vida. Pero una inusual seguridad se había implantado en ella.
—Creía que estaba terminantemente prohibido fumar en tu oficina— comentó la bruja desenfadadamente.
Severus arqueó una ceja, le dio una nueva calada al cigarrillo, la miró y dijo:
—Lo está.— El humo salió parsimoniosamente por entre sus labios—. Pero es mi oficina... y aquí mando yo.
Si Hermione creía que había puesto a dormir sus instintos por esa noche, estaba equivocada. Porque la voz sugerente del mago, junto con esa elocuente frase, volvieron a encender sus ánimos.
—No siempre— repuso la mujer.
Sonrió y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. El contacto visual no se rompía ahora. Eran como dos depredadores acechando a su presa.
Hermione se aseguró de tener el vestido bien puesto, se enderezó y lo miró una última vez.
—Buenas noches— le dijo a su exprofesor.
No se quedó para averiguar la cara que puso, solamente caminó a la puerta y salió de la oficina, con el corazón sereno y la mente clara.
—Buenas noches— le respondió Severus a nadie, porque ella ya se había marchado. Aplastó el cigarrillo en el suelo con el zapato. Se estiró y suspiró, dejando caer su cabeza hacia atrás—... niña mala.
¡Estamos de vuelta!
Señorita Inspiración tuvo la decencia de venir a visitarme, y he aquí el resultado.
Bueno, no tengo mucho más que añadir. Solo que espero que estén todos ustedes y sus familias bien, y que les guste este capítulo.
Lo hice con mucho amor
Ah, sí. También que va a haber una tercera y última parte de esta historia. Si todo anda bien, la subiré pronto.
Gracias por leer y mis mejores deseos.
¡Hasta la próxima!
Vrunetti
