Niña Buena
Parte III : Aviones de papel
Las transitadas calles de Londres estaban mojadas por la llovizna primaveral. Personas atareadas iban y venían apresuradamente, portando maletines y carteras, mocasines y zapatos de tacón.
Un pasaje en particular se hallaba menos concurrido, pues se trataba en su mayoría de negocios de comida rápida y restaurantes sencillos. Los primeros clientes llegarían en unas horas más.
En los pisos superiores de los comercios se alzaban numerosos departamentos, ocupados principalmente por solteros o parejas jóvenes.
Hermione vivía en uno de éstos, en el último piso, por lo que tenía una buena panorámica de la ciudad, aunque, durante el verano, el techo de madera no era de mucha ayuda para capear el calor.
Normalmente, ya estaría en pie, de camino a su tedioso trabajo en Gringotts, con una carpeta llena de formularios por llenar.
Se preparó un té, caminó hasta una ventana y la abrió de par en par. Un viento frío azotó su rostro. Respiró profundamente, con los ojos cerrados, y asió la taza entre sus manos para calentarse.
Era libre por fin.
Un mes atrás, había tenido lugar su encuentro con Snape, y al día siguiente, ella había presentado su renuncia, dejando pasmados a todos. Sin embargo, comprendieron las razones que la habían movido para tomar esa decisión.
"Ampliar mis horizontes... Tener otras metas...". Eso les había dicho, en resumen. No entró en mayores detalles, y sus formas fueron menos enardecidas que cuando había renunciado a trabajar con Snape. Ahora, conocedora de sus propósitos y prioridades, estaba en calma.
Lo de Ron ya era un asunto zanjado. Tuvieron una larga conversación en la que expusieron sus verdaderos sentimientos por el otro. Se sinceraron y descubrieron que ninguno estaba conforme con su relación, pero el cariño era de años, así que quedaron en seguir siendo amigos. Se despidieron con un abrazo y cada uno partió por su lado.
Ella estaba contenta con el resultado. A pesar de todo, Ron formaba parte de su vida, y perderlo le hubiera dolido.
De modo que ahí estaba, en su apartamento pequeño y acogedor, disfrutando de su libertad.
Tenía ahorros suficientes para solventar sus gastos por unos meses. Mientras tanto, se dedicaría a hacer lo que más le apasionaba: escribir. Se había comprado una nueva máquina de escribir, un par de libretas y lápices y un montón de libros.
Ahora le sonaba una locura, pero en los últimos años, había dejado de leer. Sus obligaciones no le permitían tomar un libro y entregarse a él como correspondía y como le gustaba.
En su adolescencia, solía llevar un diario de vida, en el que, más que desahogarse, vertía su imaginación en historias ficticias, poemas o frases copiadas que leía por ahí.
Gozaba jugando con las palabras, formando y desordenando oraciones, dándole significado a cada letra. Creando sus mundos soñados, era feliz.
Qué tonta de ella al haber dejado de lado su felicidad.
Sonrió, llevándose la taza a los labios, con las mejillas frías.
Y, sin querer, pensó en él.
No se habían comunicado después de esa noche. Ella había esperado que fuese él quien se acercara primero, pero ahora estaba segura que debía hacerlo ella. Eso la contrarió un poco. No obstante, si se detenía a pensarlo, era lo que correspondía, ya que si no fuera por el avance de él, nada habría pasado.
Era tan simple como escribir una carta, y tan complicado como decidir qué palabras poner en ella.
Pero ¿no era precisamente eso lo que le apasionaba? ¿Escribir?
Mirando el horizonte de edificios en ladrillo y con una incipiente sonrisa en los labios, cerró la ventana y se puso manos a la obra.
En los pasillos del Ministerio de Magia, atiborrados de magos y brujas, se vivía una jornada común y corriente.
Las portadas de todos los periódicos mencionaban un nombre que les había dado mucho qué vender en tiempos pasados y que ahora volvía a ser la comidilla de la prensa.
"Harry Potter, el niño que venció, ¿próximo jefe del Departamento de Aurores?".
Aviones de papel violeta volaban a toda velocidad entre las cabezas de los funcionarios, quienes, inmersos en sus propios asuntos, no les prestaban la menor atención. Por ese motivo, no notaron un avión de papel blanco que se metía, raudo, en uno de los ascensores.
Cuando un grupo de variados magos descendió del ascensor, el avión blanco lo hizo también, camuflándose entre los violetas. Siguió un recorrido recto y seguro, pasando inadvertido, hasta toparse con una puerta al final del corredor. Se escurrió entre la diminuta abertura destinada a los memos que se ubicaba bajo la inscripción del jefe de ese departamento. Dio unas vueltas por sobre las cabezas de los que allí trabajaban, cruzó el umbral de un despacho privado y aterrizó limpiamente en el escritorio.
El aire al interior de la estancia estaba viciado de vapores densos, provenientes de diversos calderos burbujeantes. Media docena de personas cortaban, pesaban y revolvían los ingredientes.
Severus se ocupaba en supervisarlos. Con las manos sujetadas tras la espalda, caminaba entre sus empleados, algunas veces, corrigiendo; otras, únicamente asintiendo y continuando su camino.
Era un día especialmente atareado en su oficina, puesto que tenían que entregar un pedido descomunal al hospital San Mungo. Fue algo imprevisto para todos, pero no era excusa para retrasar la entrega, y eso lo tenía de muy mal humor.
Cuando se aseguró de que cada poción en los calderos estuviese elaborándose correctamente, fue a su escritorio y se sentó. Lejos de las miradas de los demás, se frotó los ojos, cansado. Todavía le faltaba redactar un informe complicadísimo y revisar los pedidos que tenía en lista de espera.
Su escritorio, que acostumbraba mantener inmaculado, se encontraba en caos. Pergaminos, carpetas y aviones de papel invadían cada rincón posible.
Esos malditos aviones de papel. Los detestaba y nunca los leía. Decidió deshacerse de ellos para quitarse un peso de encima. Los juntó todos, los arrugó en una bola y los tiró a la basura. El avión blanco iba entre ellos.
La primavera era, con diferencia, su estación favorita. Era el despertar de la naturaleza. El calor renovado.
Casi había olvidado lo mucho que le gustaba pasear entre la nieve derretida y contemplar los botones de las flores, que pronto abrirían sus pétalos para llenar de colores los parques.
Era la magia entre lo mundano.
Se compraba un café para llevar, se sentaba en una banca del primer parque al que la llevaran sus pies y se ponía a escribir. No tenía ideas claras, pero era una forma de retomar el ritmo.
Escribía acerca de lo que veía y lo que sentía al respecto. De las personas que pasaban frente a ella, inventaba una historia. Trataba de imaginar a dónde irían, qué estarían haciendo, pensando, cómo serían sus vidas.
Escribía de los autos que cruzaban, indiferentes. De las aves surcando el cielo con sus cómplices, las nubes. De cómo la lluvia se anunciaba, y cómo el sol entibiaba los adoquines.
Durante la noche, encendía su equipo de música y escuchaba diferentes melodías, dependiendo de su estado de ánimo y de lo que tenía pensado escribir.
Era un estilo de vida bastante solitario, pero ella no necesitaba estar rodeada de gente todo el tiempo. Es más, había aprendido a disfrutar la compañía de sí misma.
Con el correr de los días, sus escritos comenzaron a tomar forma y sus ideas parecían estar por fin encarriladas a un propósito sólido. Tenía decenas de borradores y anotaciones, los cuales organizaba en carpetas bien etiquetadas.
Sin embargo, pese a sentirse profundamente satisfecha con su trabajo, no dejaba de tener en cuenta que él no había contestado. Decidió probar suerte una vez más. Reescribió las palabras de la ocasión anterior y envió el avión de papel.
Si esta vez no recibía una respuesta, dejaría de insistir.
Era casi medianoche. Snape se hallaba en su oficina, terminando, con la ayuda de sus dos mejores empleados, de embotellar y almacenar las últimas pociones.
Con eso, acababa con los encargos de esa semana... pero la siguiente no se avecinaba menos atareada.
Pusieron los frascos cuidadosamente en cajas de madera, las sellaron con magia y les colocaron la estampilla de su departamento.
Severus, demasiado fatigado como para interpretar su papel de "jefe cretino", les agradeció la ayuda y los despachó. Los dos magos se despidieron, le desearon un buen fin de semana y se retiraron.
Aún quedaban algunos papeles sin revisar en el escritorio de Snape, pero no iba a hacerlo esa noche. Lo único que se le antojaba era llegar a su casa, servirse una copa de vino y relajarse en su sillón favorito.
Antes de irse, reunió todo lo que había sobre el escritorio y lo guardó ordenadamente en su maletín. Por desgracia, tendría que llevarse esos papeles para echarles un ojo durante el fin de semana.
Miró una vez más, para cerciorarse que no se le quedara nada. Entonces clavó sus ojos en los aviones de papel apilados en una esquina de la mesa. Nunca dejaban de llegar. Pensó que, tal vez, no haría daño leerlos.
Resopló ante la molestia que le causaba. Aun así, y con desgano, los guardó también.
Apagó las luces y salió de la oficina.
A la mañana siguiente, se levantó un poco más tarde de lo usual, pero no se lo reprochó, pues había sido una semana agotadora.
Se dio una ducha reponedora y fue a prepararse un buen desayuno.
Mientras mordía una tostada, leía El Profeta, más por costumbre que por interés. Y es que, pese a intentar distraerse del trabajo, no lograba despejar su mente de éste. Tenía tantos asuntos pendientes que le era imposible relajarse.
Arrojó el periódico sobre la mesa con un bufido y se dispuso, resignado, a trabajar.
Fue a su estudio, se sentó tras su escritorio y comenzó a sacar todo el interior del maletín. Optó por iniciar con lo más fácil y aburrido: leer esos estúpidos memos.
"Reunión interdepartamental el lunes a las 10:00 a.m."
"Entrevistas de trabajo el martes de 09:00 a 12:00 h".
"Organizar la conferencia de pocionistas y magizoólogos para la feria de primavera"
Y así seguía.
Fue desechándolos uno por uno, con tedio. Estaba a punto de darse por vencido y eliminar el resto de aviones de papel, cuando uno llamó su atención. ¿Por qué era blanco? Nunca había visto uno así en el ministerio.
Lo desdobló. Conforme leía, una ceja se alzaba.
"¿Cuándo y dónde?
Espero tu respuesta.
HG".
Leyó la carta varias veces más. Lo había tomado por sorpresa.
Se apoyó en el respaldo de la butaca, sosteniendo el papel en una mano y mirando el espacio vacío frente a él.
Para ser sincero, no había creído que Granger hubiese hablado en serio cuando le sugirió lo de "repetir". Supuso que fue tan sólo un arrebato del momento.
Esa carta lo sacudió.
Frunció el ceño, mientras reflexionaba.
Había transcurrido más de un mes desde lo de esa noche tan... peculiar. Le hubiera gustado decir que se había visto con otras mujeres durante ese tiempo, pero no era así. Solamente había estado hasta el cuello de trabajo.
¿Y ella? ¿Habría estado con alguien? ¿Seguiría con Weasley el idiota?
En fin, qué más daba eso. Lo importante era que le había escrito y exigía una respuesta.
Buscó una hoja de pergamino en los cajones del escritorio, mojó su pluma y escribió una frase corta. Hechizó la carta para convertirla en un avión idéntico al que ella había enviado y, agitando su varita, lo hizo salir volando por la ventana.
Ese modo era más práctico y rápido que una lechuza. Qué buena idea la de Granger.
Si bien era sábado, Hermione no consideraba que su nueva rutina se guiara según las normas comunes. Lo que significaba que los fines de semana los dedicaba también a trabajar (aunque para ella resultaba gratificante).
Los días ya eran algo más cálidos, pero como parecía que en cualquier momento se largaría a llover, decidió quedarse en su apartamento.
Se encontraba sentada junto a la ventana abierta (la brisa fresca le despejaba la mente), apretando sin parar las teclas de su máquina de escribir. Estaba teniendo uno de esos eufóricos y, por ahora, escasos momentos de inspiración.
Era como si sus dedos se desplazaran por voluntad propia sobre las teclas. Las ideas brotaban sin parar y no necesitaba reflexionar ni siquiera un segundo para hallar las palabras correctas.
Escribía una recopilación de cuentos cortos, que tenía pensado enviar a varias editoriales cuando los tuviera listos.
Y, de repente, un suave golpe en su cabeza la hizo dar un brinco en la silla. Alarmada, buscó aquello que la había golpeado. Su corazón palpitó con fuerza al ver un avión de papel. Tragó saliva, sin atinar a nada.
Como él no había respondido en días, Hermione ya había dado por hecho que no volverían a verse. Ver ese avión la alteró.
A pesar de todo, sus manos se movieron con firmeza cuando lo desdobló para leerlo.
Sus niveles de ansiedad se elevaron hasta el límite: Snape la estaba citando para esa misma noche. Dejó el papel en la mesa, se puso de pie y empezó a dar vueltas por la sala, pensando qué hacer. Es decir, sabía qué hacer, pero no esperaba tener que hacerlo esa noche en específico.
Cerró los ojos y suspiró. Tenía poco tiempo para contestarle. Se detuvo en seco, con una expresión reflexiva en la cara. ¿Por qué tenía que responder inmediatamente, cuando él se había tardado tanto?
Fijó la mirada en el avión de papel. No quería darle esa satisfacción... pero, al mismo tiempo, sus deseos pedían otra cosa...
Se mordió el labio. El simple hecho de rememorar su encuentro la hacía entrar en calor.
Enfadada consigo misma, se sentó a escribir su respuesta.
Nuevamente, llovía.
El lugar del encuentro concertado fue un discreto hotel emplazado en medio del Londres muggle.
Severus esperaba, de pie junto a la barra del bar del hotel, tal y como habían convenido.
Se le ocurrió levantar la vista en el preciso momento en el que ella entraba al lugar. Se permitió dedicarle una mirada lasciva de arriba abajo. Se veía deliciosa en ese vestido rojo.
Hermione se le acercaba con determinación. Sus nervios anteriores se habían esfumado como por arte de magia. Ahora sólo se sentía expectante y emocionada.
Llegó junto a él y apoyó un codo en la barra. Se miraban, serios y, de alguna manera, también sonrientes.
Snape le acercó un vaso que contenía hielo flotando en un líquido de tonos dorados.
—Gracias— dijo ella, cogió el vaso y dio un sorbo cauteloso. El sabor dulce y ligeramente alcoholizado la sorprendió, de modo que bebió un poco más. Él sonrió—. Está muy bueno.
—Eres demasiado confiada, Granger, podría haberte drogado— habló Snape con gravedad, pero ella rió—. No deberías beber del primer vaso que te ofrecen, mucho menos si no has visto qué le pusieron dentro.
—Ja, ja, qué gracioso— repuso Hermione, antes acabarse el licor de una sola vez—. ¿Qué es?
—Ron cubano— explicó el mago, tomando un sorbo de su propio vaso.
—Vaya... Es cierto que todos los días se aprende algo nuevo.— Hermione se sentía afianzada—. ¿Cuánto te costó?
—Va por mi cuenta hoy— expresó Severus, quitándole importancia.
—¿Y la habitación? Supongo que nos iremos a medias.
—Ya pagué por todo.— Ella frunció el entrecejo—. Tú pagas la próxima vez— aclaró.
—¿Qué te hace pensar que habrá una próxima vez?— cuestionó Hermione, coqueta.
Snape le mantuvo la mirada y movió la esquina de su labio ligeramente hacia arriba. Ella copió su expresión.
Diablos, ya estaba acalorándose.
El sitio era convenientemente poco iluminado y no había mucha gente, lo que le otorgaba un ambiente de íntimo secretismo.
Debido a la naturalidad con la que Snape se desenvolvía, Hermione se imaginó que no era la primera vez que iba a ese lugar. Odió que el pensamiento pasara por su mente, pero, por razones en las que no quería indagar, le disgustaba ser "una más". Una más en su lista de amantes. Estaba demasiado acostumbrada a la monogamia.
—¿Vamos?— sugirió la bruja, para dejar de pensar tonterías.
Snape se acabó su trago, lo dejó en la barra y giró sobre sus talones. Hermione lo siguió en silencio.
Atravesaron un pasillo estrecho, subieron dos tramos de escaleras y llegaron a otro corredor, con puertas a cada lado. El papel tapiz de las paredes era rojo oscuro y el piso, de madera negra. La decoración era tan sobria que rayaba en el descuido. Hermione sentía como si formara parte de un burdel, y la sensación tomó más fuerza cuando recordó que él había pagado todo.
"Bueno, da igual... mejor para mí", pensó con optimismo.
Anduvieron hasta la última puerta del pasillo. Severus usó una llave y abrió.
Entraron a una habitación sencilla pero sumamente amplia. Había una cama grande, con cobertores en rojo y negro, dos butacas, un sillón con extrañas formas curvas, una televisión empotrada en la pared frente a la cama, un gran espejo que abarcaba todo el techo y una puerta a la izquierda que, Hermione supuso, llevaba al cuarto de baño.
Una lámpara en una esquina y otra junto a la cama eran la única iluminación, además de la poca luz nocturna que entraba tras las pesadas cortinas del fondo.
—Para ser honesta— comenzó a decir Hermione, mientras miraba el dormitorio—... me había imaginado otra cosa.
Escuchó a Snape resoplar tras ella.
—Si quieres un hotel de cinco estrellas... págalo tú.— Hermione giró la cabeza lentamente para mirarlo.
—Maldito tacaño— murmuró, y él esbozó esa sonrisa que, en opinión de Hermione, embellecía sus ojos negros. Esa sonrisa real.
No tuvo más tiempo para seguir disfrutando sus ojos, porque él avanzó y la sujetó de la cintura, a su espalda, al tiempo que comenzaba a besarle el cuello. Hermione jadeó y cerró los ojos, inclinando su cabeza hacia atrás.
Severus no quería perder el tiempo en juegos absurdos. Estaban ahí por una sola razón.
Llevó sus manos a los pechos de ella, orpimiéndolos con una firmeza controlada. Le sacaba quejidos placenteros cada vez que lamía el lóbulo de su oreja.
No podía entender por qué la deseaba tanto. Era como beber agua con sed eterna.
Hermione se asombró ante la forma en la que su cuerpo respondía a las caricias del hombre. La excitaba de tal modo que ya estaba lista para él.
¿Y si de verdad la había drogado?
No, Snape no necesitaba caer en esas bajezas para ponerla así.
Suspiró entrecortadamente. Él había movido sus manos hacia abajo, y ahora las frotaba en su entrepierna húmeda, a través del vestido, el cual remangó con las puntas de los dedos. Movió su ropa interior hacia un lado y se dio a la tarea de estimularla.
Sin darse cuenta, llegaron a los pies de la cama. Él se detuvo cuando lo notó, sonrió en el cuello de la mujer y empujó su cuerpo contra la espalda de ella hasta quedar tumbados sobre el colchón.
Hermione gimió débilmente cuando recibió el peso de él y sintió su abultada virilidad presionando en sus glúteos, mientras seguía tocándola.
—Dios mío— musitó, extasiada. El pocionista había introducido un dedo en ella y, con el pulgar, masajeaba hábilmente su clítoris.
—Te gusta, ¿verdad?— afirmó Severus en voz baja y grave.
Así, atrapada entre el colchón y el cuerpo de él, escuchando su voz; así, a su merced, Hermione llegó a su primer orgasmo, gimiendo y retorciéndose sin control.
"Tienes que estar bromeando...", pensó, aturdida de placer.
Si así empezaba la noche, no sabía qué le esperaba después.
—Eso fue rápido— dijo Snape en su oído. Se había detenido por completo, pero sus dedos seguían adentro de ella.
Hermione captó el desafío. Le demostraría que también tenía algunas habilidades escondidas.
Se giró como pudo y se incorporó, sujetándolo del torso para que se pusiera de pie. Sin dar explicaciones y sin pedir permiso (tampoco era como que tuviera que pedirlo), le desabrochó el pantalón y bajó la cremallera. Liberó su palpitante erección con urgencia, mientras él la miraba, callado. Lo envolvió con las dos manos y empezó a moverlas de arriba abajo, abarcando toda su longitud.
Severus apretó los dientes, sin perder detalle de lo que la bruja le hacía. Colocó una mano encima de las de ella y apretó, indicándole que lo hiciera más fuerte. Y Granger, como la buena alumna que siempre fue, acató y aumentó la fuerza precisamente como él deseaba.
—Sí... Justo así...— dijo Severus en un murmullo ronco.
Hermione siguió un poco más, mirándolo desde abajo. Ahora el mago tenía los ojos cerrados y el rostro volteado hacia el techo. Ella se humedeció los labios, tentada.
Entonces paró y lo soltó.
Snape abrió los ojos, respirando agitadamente. Vio que Granger se agachaba y buscaba algo en su cartera. Después de unos segundos infernalmente largos para él, la mujer sacó un preservativo y se lo enseñó.
—Alerta permanente— manifestó Hermione, sonriéndole. Severus no pudo sino reír ante la tontería que ella acababa de decir.
Hermione abrió el envoltorio y, ni tonta ni perezosa, obligó a Snape a sentarse en la cama, se ubicó de rodillas frente a él y deslizó el preservativo por su miembro duro.
Un momento después, se inclinó hacia adelante, cada mano apoyada en los muslos del hombre, y dio una lamida lenta y larga.
Él expulsó todo el aire de sus pulmones. Arrugó el entrecejo y se recargó en sus codos. Tuvo que apartar la vista para aguantar. No era lo mismo que hacerlo sin protección, pero la sensación de su lengua caliente seguía siendo exquisita.
Como no la estaba mirando, lo tomó por sorpresa cuando la sintió rodear su erección con la boca. Emitió un gemido irreprimible.
Ella succionaba lo más profundo que podía, cuidando de no usar los dientes. Colocó una mano en la base del miembro y apretó.
—Maldición, Granger...— siseó él. La abstinencia de esas semanas le estaba pasando factura y veía que pronto iba a correrse.
Si Hermione hubiese podido, le habría preguntado si le estaba gustando, como modo de venganza. Pero no podía, así que se limitó a observar su expresión de concentrado placer, bombeando y lamiendo.
Hasta que de pronto, él la agarró de la nuca y embistió con fuerza. Hermione se atragantó. Haciendo arcadas, trató de separarse, pero el mago estaba absorto y no la soltaba. Seguía hundiéndose en ella, gimiendo. Su miembro se contrajo varias veces, y entonces, aflojó el agarre.
Ella se separó, tenía los ojos llorosos y tosía.
—En el futuro...— habló Hermione con dificulfad—, te pediría que evitaras ahogarme.— Se limpió la saliva del mentón y los labios con una mano.
Snape, jadeando, se había recostado en la cama y no la miraba.
—No puedo prometerlo— masculló.
—Entonces, no lo volveré a hacer– replicó ella, al tiempo que se levantaba.
Él alzó un poco la cabeza. A pesar de que acababa de tener un orgasmo espectacular, su erección no se bajaba. Quería estar dentro de ella, sentir su estrechez y su calor.
—Sí, cómo no— expresó, sarcástico. Volvió a sentarse, la tomó de los brazos y la acostó a su lado, poniéndose sobre su cuerpo—. Esto recién comienza, señorita.
Horas después, los dos estaban acostados en una cama deshecha, desnudos cansados y sudorosos. Cada uno en un lado, observando sus reflejos en el espejo del techo.
Hermione había perdido la cuenta de los orgasmos que tuvo. A Severus ya no le quedaban fuerzas.
—Creo que me vas a servir de inspiración— dijo ella, mirándolo desde el espejo. Él la miró también.
—¿Qué?— preguntó el mago. Se sentía algo atontado. Hermione se giró y se vieron a los ojos.
—Para mis novelas eróticas.— Snape rió débilmente.
—Estás demente, Granger.— Hermione sonrió.
—Lo sé.
Se quedaron en silencio unos minutos. Ambos sabían que, habiendo terminado sus asuntos, debía partir cada uno por su lado. Sin embargo, el cansancio y el sueño resultaban sumamente tentadores para quedarse ahí y dormir.
Fue Severus el primero en moverse. Haciendo un esfuerzo, se incorporó y se perdió tras la puerta del baño.
Hermione, en cambio, se quedó acostada, pensando. Se sintió raro no abrazarse al cuerpo de alguien después del sexo, esa distancia indiferente. Tenía arraigada la costumbre de los cariños... Se rió de sí misma. Como si Snape fuese a acurrucarse con ella en la cama.
Sacudió la cabeza, se sentó en la orilla del colchón y se levantó, desperezándose. ¿Qué importaban los arrumacos cuando había tendio una fabulosa sesión de sexo?
Mientras esperaba que Snape saliera del baño, pensaba en lo que le había dicho. Al principio, fue una broma, pero ahora no creía que fuera tan mala idea usarlo de inspiración para sus futuros escritos. Él era un buen prototipo de personaje: tenía un aura enigmática, un carácter impredecible y era excelente en la intimidad.
Sí, podría intentarlo.
Los aviones de papel se convirtieron en su medio de comunicación oficial. Se los enviaban una vez por semana (a veces, dos), preferentemente los sábados. Se reunían en el hotel de siempre, en la misma habitación y se turnaban para pagar. No era caro, pero Hermione empezó a preocuparse por sus ahorros los últimos días de verano.
Iba progresando muy bien en sus novelas, incluso una editorial la había contactado para publicar uno de sus libros de cuentos. También había escrito un par de historias secretas y subidas de tono en las que Severus (al que había dado otro nombre por si alguna vez alguien las descubría) era protagonista.
Tomaría tiempo, eso sí, comenzar a ganarse la vida con ese trabajo. Por esa razón, su situación económica la inquietaba. Sacó cuentas y llegó a la conclusión de que, como máximo, podría costear dos o tres "citas" más con Snape.
Ella sabía que el mago no tenía problemas de dinero, siendo jefe de departamento en el ministerio, además de los honorarios que cobraba dando charlas y clases particulares de pociones en escuelas especializadas. Aun así, no se atrevería a pedirle que financiara sus... actividades.
Pero tampoco quería dejar de verlo.
Últimamente, sus encuentros eran más dinámicos. Habían comenzado a entablar conversaciones distendidas, y un par de veces se tomaron unas copas en el bar del hotel después de hacer los "deberes".
Su compañía le era grata, pese a sus comentarios antipáticos y su humor cruel... porque también le daba consejos y, con menos frecuencia, preguntaba cómo iba con sus escritos.
Lo que había entre ellos era algo puramente físico, Hermione era consciente de ello. No se hacía ilusiones, ni se imaginaba cómo sería despertar a su lado o compartir un beso con él.
No, tendría que estar loca.
Hojas rojizas caían al otro lado de la ventana, declarando el apogeo del otoño. Su subconsciente relacionaba inmediatamente esa estación con el inicio del año escolar en Hogwarts, aunque había dejado ese empleo años atrás.
Le resultaba inevitable acordarse del castillo y de todas las cosas que vivió allí.
No eran buenos recuerdos.
Quitó esos pensamientos de su mente y se acomodó mejor en la butaca. Ahora llevaba una nueva vida, lejos de esos niños odiosos.
Leía, relajado, aprovechando la calma que se respiraba en el ambiente. Era sábado y, finalmente, había acabado todo el trabajo que tenía por hacer. Trataba de negarlo, pero lo cierto era que estaba entusiasmado por su siguiente reunión con Hermione.
La última vez, había sido fantástica.
Sin embargo, la carta de ella todavía no llegaba, como era habitual a esas horas (y porque le tocaba a ella enviarla). Supuso que se le había presentado algo más importante... Desechó la sensación remotamente conocida que le punzó en la boca del estómago y continuó la lectura hasta que se hizo de noche. Se frotó los ojos y fue a dejar el libro a su estantería.
Ya había dado por hecho que Hermione no le escribiría, y se disponía a ir a dormir, cuando un avión de papel cruzó la habitación.
Severus se sonrió.
Los cuerpos entrelazados se reflejaban en el espejo sobre el sillón. Se tocaban insaciablemente, jadeaban por el esfuerzo y gemían de placer.
Ella estaba arriba, con la espalda arqueada, mientras él, sentado, lamía sus pezones y la embestía con rudeza.
La sesión de esa noche estaba siendo bastante más apasionada que de costumbre.
Hermione miraba todo a través del espejo: los brazos marcados del mago sujetándola de la cadera, su pelo negro escondiéndole las expresiones, y a ella misma, a punto de llegar al orgasmo. Las formas curvadas del sillón facilitaban esa posición... y muchas otras que ya habían probado.
Se estremeció violentamente en el momento que él tocó su clítoris. Bajó la cabeza y lo vio mirándola. Esos ojos oscuros enmarcados por sus mejillas sonrojadas eran una imagen enloquecedora.
—Severus... No pares, por favor– suplicó ella, y se abrazó al cuello del hombre.
—¿Por qué no?— jadeó él, provocándole cosquillas en el cuello—. Pensé que tú sola podías satisfacerte... y que yo solamente ayudaba...
—Ay, cállate y no te detengas.— Severus sonrió y continuó. Él también estaba cerca.
Los gemidos de la bruja iban aumentando su volumen, llevándolo también a él. Pero le faltaba un poco más y quería acabar junto con ella. Apartó la mano de su intimidad, la tomó de las piernas y se puso de pie. Deseaba tenerla debajo suyo. Tropezó al pasar la pierna por encima del sillón, pero pudo conservar el equilibrio y caminó hacia la cama, manteniéndose dentro de ella.
—Espérame...— le pidió en un susurro al oído.
Hermione creyó que Severus no sabía lo que su voz causaba en ella. Quería que la esperara, pero no podría hacerlo si seguía hablándole de esa manera.
La tumbó en la orilla del colchón y comenzó a embestir con fuerza. Notó cómo ella se apretaba cada vez más, le arañaba la espalda y los hombros. Fueron moviéndose hacia el centro de la cama. Severus permanecía con la cara en el hueco del cuello de Hermione, pidiéndole que aguantara un poco más...
—No puedo... Severus, maldita sea, deja de hablar.— Hermione intentaba con todas sus fuerzas contener su orgasmo.
Él paró un instante para tomar una almohada y ponerla bajo la cintura de ella. Luego siguió, más enérgicamente que antes. Apoyaba las manos a cada lado de la cabeza de Hermione, y ahora se miraban directamente.
Conectar sus ojos era lo que necesitaban para sincronizar sus orgasmos. Se fueron al mismo tiempo, gimiendo con una sola voz, con los cuerpos juntos. Se miraron los labios y, sin detenerse a pensar, se aproximaron a la vez, cerraron los ojos y se besaron profundamente.
Él seguía moviéndose, aunque los brazos le temblaban. Ella le tomaba el rostro con ambas manos.
El beso se prolongó por varios segundos, mientras se apaciguaban sus latidos. Sus lenguas se encontraron casi con timidez, rozándose apenas dentro de sus bocas. Sus labios, en cambio, se devoraban.
Las respiraciones fueron calmándose y los pensamientos volvían a tomar el control.
Entonces se separaron, pero se quedaron en esa postura, con los labios entreabiertos, los ojos cerrados y las frentes juntas.
Severus había perdido la noción del tiempo, del espacio y de sí mismo. No sabía dónde terminaba él y empezaba ella. Fue dejándose caer involuntariamente. De pronto, tuvo muchísimo sueño.
Se quedó así, reposando encima del cuerpo de Hermione, respirando en su cuello el aroma de su piel.
Hermione lo abrazaba con todo su cuerpo. Ese beso había sido... especial. Habían tenido sexo un sinnúmero de veces, de muchas formas... pero era la primera vez que se besaban. Sentía que le faltaba el aire...
... hasta que notó que no era por el beso.
—Oye... no quisiera molestar, pero... me estás aplastando— musitó Hermione con la voz ahogada, mientras lo empujaba suavemente.
Severus despertó de su letargo y se recargó en los codos.
—Perdón...— Rodó a un lado, se acostó de espaldas y respiró hondamente.
Hermione se movió para apoyar la cabeza en la almohada. Luego de un momento, Severus se ubicó al lado de ella y se pasó una mano por el pelo, mientras suspiraba.
—Eso fue...— habló la mujer, ladeando un poco la cabeza. Él asintió.
—Sí...
Se quedaron mirando en silencio. Ella cerró los ojos para descansar un rato.
Severus tenía presente que debía darse una ducha e irse, pero sus músculos cansados se opusieron a esa idea. De modo que optó por quedarse acostado sólo unos minutos más.
El sonido de un teléfono despertó bruscamente a Hermione. Desorientada, miró alrededor: estaba en el hotel... y, por lo visto, era entrada la mañana. No le prestó mucha atención al brazo que rodeaba su cintura cuando se incorporó y cogió el auricular.
Severus abrió los ojos pesadamente. Al notar que estaba abrazando a Hermione por la espalda, se apresuró a retirar su brazo y sentarse. Se frotó los ojos, bostezando.
Se habían quedado dormidos sin querer.
Hermione colgó el teléfono y se paró rápidamente.
—Mierda— dijo entre dientes. Después se volteó a él—. Tenemos que dejar la habitación en media hora... si no, me cobrarán un recargo.— Severus la miró, alzando una ceja—. ¡Apresúrate!— espetó y le tiró un cojín a la cara.
Hermione corrió a ducharse. Era una nimiedad, pero ella necesitaba ahorrar, y no pensaba pagar ese estúpido recargo.
Abrió el grifo y se puso debajo del chorro de agua antes incluso de que ésta se calentara.
Estaba restregándose el cabello, cuando escuchó que la puerta de la ducha se abría. De forma instintiva, se cubrió el pecho con los brazos y dio media vuelta: Severus estaba ahí, observándola con una sonrisa divertida en los labios.
—¿Qué haces?— preguntó ella, pasmada.
—¿Qué parece que hago?— replicó él, mientras señalaba la regadera con un movimiento de cabeza—. Ahorro tiempo.— Bajó sus ojos a la zona que Hermione escondía—. ¿Y por qué te tapas? No tienes nada que no haya visto.
Hermione sabía que era ridículo, pero no pudo evitar ruborizarse.
—Muévete— manifestó Snape, empujándola a un lado.
—¡Imbécil!— Hermione se afirmó de la pared —. Me vas a botar.
Severus se puso de espaldas al chorro de agua, de frente a ella, y se pasó las manos por el pelo, después por el pecho y continuó bajando por sus músculos abdominales. Todo lo hacía con deliberada lentitud, pues, aunque mantenía los ojos cerrados, era plenamente consciente de que Hermione no perdía detalle de sus movimientos.
Y, en efecto, ella estaba embobada mirándolo. Tenía la boca abierta y ni siquiera atinaba a parpadear. Se fijó en la entrepierna de él. Su miembro se encontraba semierecto y mojado por el agua. Hermione volvió a mirarlo a los ojos, se mordió el labio y Severus sonrió de lado.
—Ven— susurró el mago, la tomó de la cintura y la acercó a él—. Y despabila.— Hermione salió del embrujo. ¿Por qué tenía que ser tan desagradable?
No obstante, un segundo después, se le olvidó el enojo, ya que Severus se había echado champú en las manos y ahora le masajeaba la cabeza, sacando espuma.
Era inconcebible. El mismísimo Severus Snape, el tirano profesor y luego jefe... estaba lavándole el pelo.
Hermione apretó los labios para no sonreír. Las manos de él rascaban su cuero cabelludo con una delicadeza imposible.
Luego la agarró con más suavidad que antes y la ubicó bajo el agua para que se enjuagara.
Sin dudar, Hermione hizo lo mismo por él. Sus dedos pasaban fácilmente entre los cabellos negros, que se sentían increíblemente sedosos bajo su toque. Continuó unos segundos más de lo necesario, hasta que se percató de que era absurdo y sospechoso alargar más el momento. Intercambió el lugar con él para que pudiera quitarse el champú.
Pero ahora venía lo realmente interesante.
Severus tomó la barra de jabón, hizo algo de espuma entre sus manos y empezó a deslizarla por el cuello de ella, que cerró los ojos y exhaló. Rodeó sus senos, bajó por su estómago y se agachó para frotar sus piernas. Obvió intencionadamente su intimidad.
Regresó a su posición inicial y puso ambas manos en los brazos de Hermione.
—Voltéate.— Ella, como si no tuviera voluntad, obedeció sin chistar.
Severus soltó un suspiro profundo. Dio un paso hacia adelante y sus cuerpos chocaron. Para ese entonces, la erección de él estaba firme y presionaba entre los glúteos de la mujer.
Le frotó la espalda, paseó sus manos con lentitud por todas sus curvas y se entretuvo un momento en sus pechos, pellizcando delicadamente sus pezones. Descendió y rozó su entrepierna. Apretándola firmemente contra su cuerpo, lamió desde su hombro hasta el cuello, donde mordió y succionó. Ella se movía también y lo afirmaba de la cadera para sentirlo mejor.
Manteniendo la cordura, Severus se alejó un poco y prosiguió con el baño.
Hermione estaba delirando de excitación cuando él terminó. Se giró y le quitó el jabón de las manos, todo ante su atenta y oscura mirada.
Empezó por sus brazos, apaciblemente. Luego los hombros, los pectorales y el abdomen. En cuanto llegó a su bajo vientre (sin el autocontrol que tuvo él), se dejó llevar por el impulso de tocarlo.
Su mano enjabonada y resbaladiza se deslizó por toda su extensión una y otra vez, mientras el hombre gemía y cerraba los ojos fuertemente.
Él sintió que su equilibrio se desestabilizaba y tuvo que apoyarse de la pared. Se golpeó la espalda con el grifo.
—Carajo...— murmuró.
—¿Qué?– dijo ella, en un tono de voz perversamente travieso—. Tengo que limpiar aquí también.
—No... es que... ¡Mierda!— exclamó después, la empujó y se movió para escapar del chorro de agua—. Está caliente.— Con las ansias, había movido la llave sin notarlo y se estaba quemando. Ajustó la temperatura.
Hermione disimuló muy mal su risa, tapándose la boca.
—Olvidaba que estás hecho de hielo.
—Muy graciosa, Granger— dijo él, ofuscado, pero la mujer no le hizo caso y volvió a su tarea. Por más que Severus luchó contra un suspiro, no pudo contenerlo.
—¿En qué estábamos?— inquirió ella.
El descaro de Hermione corrompió su sensatez. Se abalanzó sobre ella y la besó en los labios, mientras sus brazos la rodeaban por la cintura, atrayéndola lo más posible a él.
Hermione dejó escapar un quejido complacido y respondió al beso con fervor.
El agua, ahora tibia, bajaba por sus cuerpos y el vapor empañaba los cristales de la ducha.
Severus la levantó y la arrimó a la pared. Se apartó de sus labios para besarle el cuello. Estaba volviéndose loco por hundirse en ella, su delicioso cuerpo lo hacía perder la cordura.
No entendía qué le pasaba.
Hermione se abrazaba al cuerpo del hombre, empujando con sus piernas para instarlo a avanzar. Sin embargo, justo cuando Severus se estaba acomodando para la acción, se frenó.
—Los preservativos están allá...— recordó de repente él en voz alta.
Hermione lo reflexionó un instante, respirando con dificultad. La urgencia de sentirlo no la dejaba pensar como correspondía.
Habían dejado de moverse y se veían a los ojos, con la misma pregunta reflejada en sus rostros.
—No sé tú... pero, por mi parte, sí has tenido exclusividad— confesó Hermione. No tenía idea si él había estado con otras mujeres durante ese tiempo... La verdad, esperaba que no... pero no se hacía falsas ilusiones.
Severus la observó con las cejas alzadas.
—¿Y qué te hace pensar que por mi parte no?— cuestionó, un poco a la defensiva. Hermione simplemente se encogió de hombros, a falta de una respuesta mejor. Él suavizó su expresión—. No he estado con nadie más... Sólo tú...— Pero ella seguía sin decir nada—. ¿No me crees?
Hermione no tenía una numerosa lista de amantes en su haber, ni mucho menos, pero tampoco era una niña inocente, y sabía que los hombres eran capaces de decir cualquier cosa con tal de follar. Aunque no se imaginaba que él fuera ese tipo de hombre.
Eligió creerle.
Sonrió y recargó su cabeza en el hombro del mago.
—Como me contagies algo... te mato— masculló, al tiempo que le enterraba las uñas en la espalda.
—Por favor, Granger... Soy un chico limpio.— Rieron suavemente.
Hermione movió su cadera hacia adelante. Él la miró a los ojos, temblando de expectación. Su miembro se hallaba a centímetros de su entrada y sólo bastó empujar un poco para introducirse en ella.
El contacto piel a piel, íntimo, sin barreras que entorpecieran, fue totalmente distinto a todo lo que habían sentido anteriormente.
Severus siseó, maravillado, imbuido del calor y la humedad de ella. Salió por completo y volvió a hundirse, para sentir de nuevo la experiencia de entrar en ese paraíso de placer.
—Dios santo...— gimió Hermione. Aquello estaba siendo algo fuera de este mundo.
—No puede ser— expresó Severus—. Así es aun mejor...
Lo sentía acoplarse a ella con delicadeza, como si él también estuviese deleitándose con cada sensación.
—Hermione— la llamó, sin dejar de penetrarla parsimoniosamente—, tengo un problema contigo...— Ella, confundida y aturdida, lo miró. Severus inhaló todo el aire que pudo y dijo:—. No me canso de ti...
Lo que estaban experimentando era sobrecogedoramente nuevo, para tratarse de dos personas que se habían explorado hasta el cansancio los últimos meses.
Cada vez que él embestía, la electricidad estallaba en el centro de ella.
—Severus...— farfullaba Hermione, siendo la única palabra que era capaz de pronunciar.
El pocionista estaba de puntillas, haciéndola chocar contra la pared, amasando sus glúteos con ardor. Era imposible lo que ella le hacía sentir.
—Dime que te falta poco...— rogó Snape. Hablaba a centímetros de su boca, con los párpados semicaídos y las gotas de agua resbalando por su frente.
—Háblame— exigió Hermione. Ansiaba escuchar su hermosa voz, ser asaltada por esos tonos bajos.
Y él estaba más que dispuesto a complacerla. Pese a que sentía tensas sus cuerdas vocales, se esforzó por hablar.
—Me vuelves loco...— dijo junto a su oído, y entró con un movimiento lento y profundo—, y eres mía... Mía y de nadie más...
—Sí... sí...— balbuceaba ella, envuelta en el trance de su voz.
—Eso es... acaba para mí...— continuó diciendo en voz baja.
Para Severus, estar con ella era como encontrarse en un estado de permanente embriaguez, era abandonarse a sus deseos más ocultos y prohibidos.
Aumentó la velocidad, ella empezó a gemir más fuerte y él la acompañó, hasta que, juntos, llegaron al orgasmo más intenso que hubieran experimentado.
Hermione, aun en la neblina del placer, percibió la calidez que derramaba el hombre en su interior y cómo sus brazos fuertes la rodeaban en un abrazo posesivo.
Cuando volvieron en sí, sus ojos se encontraron y le siguieron sus labios.
Se besaron lentamente, a un ritmo tranquilo, con una profundidad anhelante. Él presionó su cuerpo en el de ella, como si quisiera fuisionarlos en uno solo. Y ella lo recibió de buen grado.
Entonces, fueron conscientes de su entorno. Fue como haber abierto una brecha en el espacio-tiempo, en la que, por esos escasos minutos de unión, todo dejó de existir... excepto ellos.
Severus fue bajando con cuidado a la mujer. La explosión que había sentido retumbaba en su pecho.
—Será mejor que nos demos prisa— pronunció él, en una seriedad contemplativa.
Hermione asintió con la cabeza. Estaba mareada. Se enjuagó el cuerpo, ensimismadada.
Necesitaba poner los pies sobre la tierra de una buena vez y acallar los sentimientos que gritaban como un monstruo en su interior. Dio media vuelta y abrió la puerta de la ducha.
—Me voy a vestir— le comunicó a Snape—. No te demores, ¿eh?
Él la vio irse. Por alguna razón, se sentía conmocionado.
Reguló la temperatura del grifo y terminó de ducharse con agua fría para aclarar su mente.
Al salir del baño, vio a Granger perfectamente vestida, sentada en uno de los sillones y luchando por peinarse. A Severus se le escapó una sutil sonrisa.
Comenzó a reunir la ropa que estaba desperdigada por la habitación.
—¿Has visto mi varita?— preguntó, mientras se ponía los pantalones.
—¿Cuál de las dos?— dijo ella, sin levantar la mirada, pero con un gesto divertido en la cara.
Snape se quedó inmóvil una fracción de segundo. Sin embargo, su mente siempre predispuesta a los sarcasmos se puso en funcionamiento.
—La que no has tenido dentro tuyo— retrucó. Hermione rió por lo bajo.
—Tal vez la tienes metida en el trasero.— Ahora fue el turno de él de reír—. Y a propósito— añadió la bruja, observándolo con interés—, tienes un trasero muy bonito. ¿Cómo lo consigues?
Él no se dejó embaucar ante esos halagos jactanciosos.
—Te aseguro que no es metiendo una varita ahí.
Hermione soltó una carcajada breve. Lo pasaba tan bien con él.
Siguió peinándose, con la sonrisa pegada en los labios. Mientras tanto, Severus se había terminado de vestir y había encontrado su preciada varita debajo de la cama.
Se giró hacia ella para decirle que estaba listo, pero antes de poder abrir la boca, se descubrió contemplándola, cautivado. La observaba pasar el cepillo por su cabello húmedo, hacer gestos de dolor cuando se le enredaba y respirar aliviada cuando acabó.
Hermione lo miró y él desvió la vista rápidamente.
—¿Vamos?— dijo ella, sin darse por enterada. Snape respondió con un movimiento de cabeza.
Pese a haberse entretenido en la ducha, pudieron entregar las llaves de la habitación a tiempo. Salieron del hotel a una calle fría bajo un cielo nublado.
—Qué frío hace— comentó Hermione, cubriéndose las manos con las mangas de su abrigo.
Severus la miró de reojo.
—¿Qué vas a hacer ahora?— preguntó él, volviendo la vista hacia adelante.
A Hermione le extrañó la pregunta. No supo qué pensar por un momento.
—Eh... Nada... Voy a mi casa— respondió. El frío atravesaba su ropa, y se abrazó a sí misma.
—¿Quieres ir a desayunar algo?
Él seguía sin mirarla, y ella no entendía bien qué era lo que estaba sucediendo.
Para empezar, nunca habían despertado juntos, ni mucho menos desayunado. Solían limitarse a los asuntos que los convocaban. Hacerlo todo en una misma vez podía resultar excesivo... si acaso les importara eso.
—Sí, por qué no— accedió Hermione, componiendo una pequeña sonrisa. Hasta que recordó algo y la sonrisa desapareció—. Ah... No puedo..., estoy en campaña de ahorro ahora mismo.
Severus la miró, con el ceño fruncido. Hermione pensó que había cometido un error y ahora él se retractaría. ¿Por qué mierda tuvo que decir eso?
—Yo invito— dijo él, sin embargo.
Aquello la tomó por sorpresa. Sólo atinó a quedarse como idiota mirándolo. Tenía que reaccionar pronto.
—Bueno... Gracias— balbuceó, sintiéndose más idiota todavía. ¿Es que se le había descompuesto el cerebro?
—Ven, sé de una buena cafetería— manifestó Severus y se pusieron en marcha.
Caminaban con las manos en los bolsillos de sus chaquetas y la vista en el piso. Aún era temprano y, al ser también un día domingo, había muy poca gente en las calles.
Continuaron avanzando por la acera, sin hablarse. Snape hizo un gesto con la cabeza y torcieron por una esquina. Avanzaron silenciosamente durante unos minutos hasta que él se detuvo frente a un negocio que exhibía sus productos tras unas tímidas vitrinas.
Era una cafetería sencilla y local, atendida por sus dueños.
—Es aquí— anunció él en voz baja.
Hermione no se paró a pensar y entró al lugar. Se estaba muriendo de frío.
Severus, por otra parte, vaciló un instante, antes de seguirla.
Había pocas mesas, pero como eran los únicos comensales, pudieron sentarse junto al agradable fuego de la chimenea.
Una señora regordeta con cara amable los saludó y les extendió el menú.
—Uy, qué buena pinta tiene todo esto— comentó Hermione con ligereza. Acababa de darse cuenta del hambre que tenía, pero no abusaría de la repentina generosidad de él.
—Pide lo que quieras– ofreció el hombre. Supo que ella lo estaba mirando, así que prefirió concentrarse en leer la carta.
Realmente no lograba comprender qué lo había impulsado a invitarla. Sencillamente, no había podido resistirse a la tentación de hacerlo. Se sentía cómodo con ella. Tan sólo quería disfrutar un desayuno en su compañía.
La dueña de la cafetería se les acercó para tomarles el pedido.
—Quiero el tercer menú, por favor— pidió Hermione, alegre.
Severus, sin embargo, había estado tan distraído pensando en otras cosas que no había decidido qué pedir.
La señora lo miró, esperando.
—Deme el primer menú— dijo Snape, sólo por responder. No tenía la menor idea qué contenía el primer menú, ya que nunca había entrado a ese lugar, sólo había pasado por afuera. Suponía que era bueno, porque normalmente estaba lleno de clientes.
Hermione se frotó las manos, algo incómoda por el silencio de él. Se preguntaba si acaso habría ido a ese sitio con otras. Una punzada de celos atravesó su estómago. No, no tenía que importarle.
—¿Así que estás en campaña de ahorro?— quiso saber Severus, y ella alzó una mirada despistada.
¿Por qué estaba tan nerviosa?
—Ah, sí— dijo, acomodándose en el asiento—. Es que, ya sabes, como recién estoy empezando, no tengo un salario fijo y... pues, tengo que cuidar el dinero.
—¿No que ya estabas trabajando con una editorial?— continuó preguntando el hombre, mientras se inclinaba hacia adelante y cruzaba los brazos encima de la mesa.
—Sí.— Hermione se rascó la cabeza y sonrió ligeramente—. Pero todavía falta mucho para empezar a publicar. Hasta que eso pase, no recibiré ni un mísero centavo.
Severus hizo un ruido con la garganta y movió la cabeza afirmativamente.
En ese momento, llegó su comida.
Hermione se relamió, viendo su café con leche y un par de tostadas con huevos revueltos.
Pero Severus se había quedado paralizado ante su desayuno: un jodido cuenco de avena y un diminuta taza de café. Ese era el maldito primer menú. No obstante, se mantuvo digno y cogió una cucharada de avena que prácticamente vació la mitad del cuenco.
Hablaron poco, principalmente de trivialidades y cuestiones de menor importancia. No tardaron mucho en terminar de comer.
Hermione se limpió los labios con una servilleta y, satisfecha, se relajó en su silla. Él había acabado bastante antes.
—Tengo que decirte algo— habló ella, mirándolo a los ojos.
—Dime.— Hermione lo pensó un instante y decidió ir al grano.
—Podríamos dejar de juntarnos en el hotel y... hacerlo en nuestras casas— dijo de una vez. Su corazón latía a gran velocidad, pero debía mostrarse firme—. Así no gastamos de más.
Severus bajó la mirada a sus propias manos. El hotel era, por decirlo de alguna forma, territorio neutral. Allí, ninguno invadía la privacidad del otro ni se involucraban más... íntimamente. Pero también entendía que Hermione quisiera cuidar su dinero.
Seguramente, ella no aceptaría que él pagara siempre; en eso la conocía. Por otro lado, si se negaba a su ofrecimiento, ya no tendrían razones para seguir viéndose.
Y él no quería eso...
Hermione esperaba su respuesta mordiéndose el labio. Imaginaba que a Snape no le agradaría esa idea, pero no se le ocurría una mejor. De verdad no podía seguir dándose el lujo de pagar el hotel, incluso aunque fuese un par de veces al mes. Y no accedería a que él lo hiciera por ella, por mucho que disfrutara sus encuentros.
Snape alzó una mirada inexpresiva que inquietó a Hermione. Luego, sin embargo, se encogió de hombros.
—Está bien— dijo de forma desenfadada.
Algo en el pecho de Hermione se entibió. Fue como si su corazón se hubiese puesto a bailar la conga. Hizo un esfuerzo para controlarse.
—Genial— expresó ella, con fingida indiferencia—. La próxima vez, puede ser en mi departamento...— Se le trabó la lengua al recibir la mirada inescrutable del pocionista—... porque como a mí se me ocurrió... pero si prefieres que... no tengo problema en...— Él levantó una mano y ella detuvo su tartamudeo sin sentido.
—No te agobies tanto, Granger— la cortó Snape, sonriendo de medio lado—. Es sólo sexo.— Hermione parpadeó y desvió la vista.
—Sí... tienes razón.
Concluyeron el tema, él pagó y salieron de nuevo a la calle.
Pareció como que ninguno sabía muy bien qué hacer a continuación. Se quedaron de pie, frente a frente, con las manos en los bolsillos sin animarse a hablar.
Hermione se sintió como una adolescente inexperta. Se rió de sí misma, ante la mirada siempre tan seria de Snape.
—Será en mi casa entonces— dictaminó la mujer. No se despediría de él demostrando inseguridad—. Te escribiré.— Sus miradas tropezaron de pronto, intensas, pero ya habían cometido demasiadas locuras por esa mañana—. Adiós— dijo, le sonrió y dio media vuelta.
Cuando escuchó la voz de Severus a su espalda, cerró los ojos y su sonrisa se amplió.
—Hasta pronto, Granger.
"Ya cálmate, maldita sea...", se ordenó Hermione a sí misma, mientras se alejaba de él.
Tendría que tomar veneno si quería exterminar las mariposas en su estómago.
Sé que dije que la historia tendría 3 partes... pero esta me quedó demasiado larga (otra vez) y decidí dividirla para no agobiar la lectura... me pareció que un capítulo de más de 20 mil palabras era excesivo jiji
Espero que lo disfruten. La próxima parte vendrá el viernes siguiente.
¡Gracias por leer y cuídense mucho!
¡Besos!
Vrunetti.
