Niña Buena
Parte IV: La Razón
La primera nevada del año llegó el mismo día que Hermione firmó el contrato para publicar su libro de cuentos.
Caminaba por un parque, exultante de felicidad. Aunque el frío calaba hasta los huesos, ella danzaba bajo la nieve, entre rosales dormidos.
Acababa de dar el primer paso, pero sentía que podía comerse el mundo.
Dio un giro en su lugar y alzó la mirada al cielo, para que los copos de nieve cayeran sobre su cara.
¡Qué increíble sensación la recorría cuando pensaba en que cada copo viajaba cientos de metros para coincidir con ella!
Debía parecer una loca ahí, sola, mojándose y enfriándose. Le importaba una mierda.
De pronto y sin proponérselo, pensó en él, en que quería contarle las buenas noticias, en que quería que estuviera allí con ella y la abrazara bajo la nevada.
Se quedó inmóvil, abandonando su estado eufórico.
Él nunca la abrazaría bajo la nieve, ni se emocionaría por sus logros, ni caminaría con ella de la mano para perderse por la ciudad.
Se lo había dicho: "es sólo sexo".
Entonces, ¿qué hacía ella bailando sola mientras pensaba en él?
Era oficial: había perdido la razón.
Al final, sí terminó haciéndose ilusiones y tramando fantasías descabelladas. Por qué negarlo. Se había imaginado con él en muchas situaciones, de muchas formas distintas, cuál más cursi que la otra. Anhelaba tener aunque fuera una pizca de su afecto... pero eso no iba a suceder. Ella sabía en lo que se estaba metiendo y Snape se lo advirtió: "te puedes arrepentir". Eso le dijo la noche que se toparon por casualidad en la cantina.
La puta casualidad.
Ciertamente, él era muy apasionado a la hora de la intimidad, la hacía sentir la mujer más hermosa del mundo, la más deseada, y la satisfacía hasta decir basta.
Las confusiones de Hermione se suscitaron luego de ese último encuentro en el hotel, y se agravaron con el paso del tiempo, cuando empezaron a verse en sus respectivas casas.
Poco a poco, hicieron una costumbre el dormir juntos y (aunque inconscientemente) abrazados.
Inclusive, Hermione había percibido un ligero pero notorio cambio al acostarse con él. Tal vez sonara ridículo, pero sentía que ya no era "sólo sexo", sino... más. La forma en la que se acariciaban no era la misma, se habían apaciguado las ansias iniciales, para convertirse en una entrega absoluta, en una pasión intensa y, al mismo tiempo, apacible.
Hermione se pasó la mano por el rostro, suspirando.
Caer en eso, solamente la llevaría a desilusionarse...
y un corazón roto era ideal para escribir..., pero no para sufrirlo.
En el Departamento de Pociones, los funcionarios se encontraban formados en una hilera, con los hombros tensos, las espaldas rectas y mirando hacia adelante, cual escuadrón militar.
Frente a ellos, se paseaba Snape, con las manos tras a espalda, mirando fijamente a cada uno.
Aunque no lo pareciese, se estaba controlando al máximo. La furia que sentía comenzaba a consumirlo.
—¿Es tan difícil hacer lo que se les pide?— inquirió, peligrosamente tranquilo. Los trabajadores presintieron el peligro y prefirieron quedarse callados. Snape bufó, con los dientes apretados—. ¿Es que no pueden trabajar correctamente?— continuó, elevando la voz—. Se los he dicho un millón de veces y todavía no les entra en la cabeza.
Caminó lentamente hasta un mesón en el que había una gran caja de madera y la tocó con la punta del dedo índice para que pusieran atención.
—Esto que hicieron... es inexcusable. ¡Inexcusable!— exclamó finalmente y, con rabia, lanzó la caja al piso. Las frascos con pociones que contenía se estrellaron contra el suelo, rompiéndose en pedazos y salpicando a los trabajadores, que se encogieron en su sitio—. ¡Toda una semana de trabajo desperdiciada por su incompetencia! ¡¿Son idiotas acaso?! ¡¿No tienen cerebro?! ¡Debería depedirlos a todos, tropa de inútiles!
El silencio que reinaba en la oficina era aplastante. Snape se masajeó el puente de la nariz y cerró los ojos para serenarse. Suspiró con hastío.
¿Cómo podían hacerse llamar pocionistas esos imbéciles? Haber arruinado una entrega completa no tenía nombre. Y era él quien tendría que plantar cara por sus estúpidos errores.
Los miró, y la exasperación que le causaron sus expresiones temerosas hirvió por sus venas.
—Van a hacerlo todo de nuevo— ordenó Snape, tajante—. Me importa una mierda si tienen que trabajar día y noche sin parar. Ustedes querían estar aquí, ahora asuman las consecuencias.— Notó que dos brujas cruzaban una mirada de fastidio y, de una zancada, se aproximó a ellas—. ¿No les agrada esa idea?— Las brujas lo miraron, temblando de pies a cabeza—. Cuánto lo siento. Si quieren irse, la puerta es amplia, tengo a un centenar de aspirantes esperando que se libere un puesto.— Hizo una pausa, mientras pasaba sus ojos negros de una a otra—. Pero no irán a ninguna parte sin antes terminar su trabajo,¿entendido?
Dio unos pasos hacia atrás para mirarlos a todos. ¿Por qué mierda no le respondían?
—¡¿Entendido?!
—¡Sí, señor!— vociferaron todos a la vez.
—Limpien este desastre y pónganse a trabajar— sentenció Snape, a lo que sus empleados obedecieron enseguida—. Malditos sean...— musitó, lo suficientemente alto como para que pudieran oírlo, mientras se encaminaba a su oficina privada.
Su Departamento era uno (sino el único) de los más eficientes y mejor organizados del ministerio. Él no admitía ni la más mínima equivocación y éstas rara vez ocurrían, por eso era reconocido. Pero cuando pasaba, perdía los nervios.
No imaginó que el día tomaría ese giro inesperado. Se suponía que sería una jornada ligera, en la que incluso, por tratarse de un día viernes, había pensado enviar a todos más temprano a sus casas.
Ahora tenía que quedarse con esos tarados hasta terminar el trabajo, porque ni muerto los dejaría sin supervisión.
Elaboraron de nuevo las pociones sin descanso durante lo que restaba de día y toda esa noche, pero, aun así, faltaba bastante por hacer.
Los que tenían hijos, pudieron regresar a sus casas por unas horas; los otros, en cambio, tuvieron que quedarse. Snape entre ellos.
En eso no podían criticarlo: él, al contrario de otros jefes, trabajaba tanto como sus subalternos... o más.
Era pasado el mediodía del sábado y los empleados se habían turnado para almorzar. Los calderos bullían a toda su potencia y era difícil respirar entre el agobiante calor y los espesos vapores.
Snape iba de acá para allá, dando instrucciones, analizando muestras y gritando para atizar los ánimos. Estaba decidido a terminar el pedido lo antes posible.
Cualquiera habría creído que era para castigar a sus trabajadores... pero la verdad era que existía otra razón detrás de sus acciones: el avión de papel que había recibido durante la mañana.
Bien podría enviar una respuesta explicando la situación a Hermione, ella comprendería...
... el único problema era que deseaba verla con una desesperación que nadie, ni él mismo, podría entender.
Le frustraba en demasía estar ahí encerrado por un error que pudo haberse evitado si hubiesen puesto más atención.
A altas horas de la madrugada del domingo, y luego de un esfuerzo casi sobrehumano, el equipo dio por concluido el trabajo. Empaquetaron las pociones y las enviaron sin más dilación.
Antes de dejarlos partir, Snape los sermoneó largamente y se aseguró de que no les cupiera duda de que serían despedidos si un hecho de esa naturaleza se repetía.
Todos aceptaron las advertencias con sumisión, se disculparon y se retiraron.
Pese al agotamiento, Snape estaba hecho una furia. Por culpa de esos mantecatos había tenido que posponer el encuentro con su bruja.
Harto de todo y de todos, se fue a su casa.
La nieve no había dejado de caer durante todo el fin de semana y se amontonaba en las calles.
Hermione se apareció en un barrio emplazado en los suburbios de Londres. Las casas eran preciosas, de ladrillo pintado en tonalidades claras, unidas unas a las otras en un pasaje largo que ascendía por una pendiente.
La primera vez que estuvo ahí, Hermione se quedó pasmada. No podía creer que Severus viviera en un sitio así, tan cálido y luminoso. Sin embargo, a medida que fue familiarizándose con el entorno, admitió que era el lugar perfecto para él, pues se respiraba una tranquilidad absoluta, estaba alejado de los grandes centros atestados de gente y los vecinos no se entrometían en los asuntos de los demás.
Respiró profundo y cruzó la verja exterior de la casa del mago. Ese día, una sensación especial de nerviosismo le oprimía la boca del estómago. Pero no eran los nervios típicos que experimentaba cada vez que se aproximaba el momento de verlo, sino lo que había estado reflexionando y lo que tenía pensado hacer.
En cuanto descubrió la forma en la que anhelaba estar con él, tuvo deseos de golpearse la cabeza contra la pared.
¿Era tonta? ¿Por qué había permitido que aquello pasara? ¿Y cómo no se había dado cuenta antes, cuando tuvo tiempo de detenerlo?
¿Realmente habría podido detenerlo? ¿Habría querido?
Alejó esos cuestionamientos de su mente, sacudió la cabeza y avanzó decididamente hacia el portal.
Ahora se permitiría disfrutar del momento con él.
Golpeó la puerta con los nudillos y, con el corazón latiendo de un modo desaforado, esperó. A los pocos segundos, la puerta se abrió y Snape apareció. Su expresión no le dio buena espina a Hermione. Parecía enfadado. La mujer se imaginó que sería por algo de su trabajo y no quiso darle mayor importancia.
—Hola— saludó ella, con una sonrisa cohibida. Él mantuvo el gesto de ligero disgusto.
—Llegas temprano— observó Snape.
Hermione no supo qué mirar por un instante. Estaba confundida.
—Tú me dijiste que viniera a esta hora— replicó Hermione.
¿A qué venía eso? Además, no era temprano, eran casi las dos de la tarde.
Severus revisó la hora en su reloj de pulsera y asintió con un gruñido. Hermione se extrañó; no era común en él ese comportamiento.
—Adelante— manifestó entonces el mago, con una caballerosidad cínica.
Hermione puso los ojos en blanco y entró.
La casa de Snape tenía una iluminación natural tan perfecta que ella sentía una envidia sana cada vez que ponía un pie allí. Los grandes ventanales dejaban entrar la luz del exterior por el vestíbulo, el salón y la cocina. Era todo lo contrario a su diminuto departamento.
Bueno, el hombre se lo había ganado a base de trabajo duro. Nadie le había regalado nada.
—¿Qué te pasó ayer?— quiso saber Hermione, mientras de desprendía de su abrigo y procedía a colgarlo en un perchero. Snape resopló, molesto.
—Mis estupendos empleados decidieron que era buen momento para cagarla y hacerme enfadar.— Hermione compuso un gesto de dolor. Se podía imaginar perfectamente la hecatombe que se habría formado, y sintió lástima por quienes tuvieron que vivirla.
—Cielos... Cuánto me alegro de haber renunciado.
El comentario logró robarle una escueta sonrisa a Severus.
—Al menos, tú no me hacías pasar tantas rabias.— Hermione lo miró con los ojos muy abiertos, en una mezcla de incredulidad e indignación.
—¿Qué? Estás bromeando, ¿cierto?— Él sonrió más ampliamente—. No puedo creer que me digas esto ahora.— Hermione se sentía tan insultada que comenzó a andar hacia el comedor sin pensarlo, y Severus, aguantándose la risa, fue tras ella—. Tú lo único que hacías era gritarme y recalcar frente a todos lo inútil que era y que nunca, en todos tus años...— Se calló abruptamente. Había alguien más ahí, una mujer, sentada a la mesa, dándoles la espalda.
Hermione se quedó sin respiración. ¿Por eso Snape le había reprochado el llegar "temprano", porque estaba ocupado con otra mujer y no quería que coincidieran?
Por muy ridículo e infantil que pareciera, Hermione sintió ganas de llorar.
Lo peor era que esa... otra ni siquiera se dignaba a darle cara. Simplemente se quedaba sentada ahí, como si fuese la reina del lugar. Hermione quiso agarrarla de su asquerosa cabellera negra y tirarla al piso.
Pero se controló.
"Dignidad ante todo", se repitió mentalmente. Tragó saliva con dureza para deshacer ese molesto nudo en su garganta.
—No sabía que estabas ocupado— masculló, esforzándose por no sonar tan dolida como se sentía.
Y él... ¿por qué demonios actuaba como si aquello fuese lo más normal del mundo? Claro, quizá ya estaba acostumbrado a que cosas así le pasaran. El famoso Severus Snape, uno de los magos más codiciados por las brujas.
¿Quién se creía que era?
—Mejor me voy— expresó Hermione. Quería salir corriendo, ya que sentía que, de un momento a otro, perdería el control y armaría una patética e injustificada escena de celos.
Snape arqueó una ceja, mirándola a ella y luego a la otra mujer.
—No es necesario, ella ya se iba— explicó, con toda calma.
Por la forma en la que Snape la miraba, Hermione sospechó que la situación no lo perturbaba lo más mínimo. Hasta se le había quitado la cara de amargado que llevaba cuando la recibió. Por lo menos, tuvo el consuelo de haberle levantado el ánimo.
"Punto para mí", se dijo la Gryffindor con amargura.
En ese momento, la mujer se levantó pausadamente y se giró. A Hermione, que clavaba los ojos en ella como si quisiera asesinarla, casi se le cayó la mandíbula al piso cuando le vio la cara.
Qué suerte tuvo de no haber interpretado el papel de lunática celosa: tenía frente a sus narices a la madre de Severus. Era imposible no reconocerla, puesto que los parecidos saltaban a la vista desde un inicio (además de que Hermione ya la había visto en una fotografía muchos años atrás).
—Así que por eso te urgía tanto que me fuera— le dijo la mujer con tono pícaro a Snape, que miró a otra parte... como si estuviera avergonzado. Si Hermione no hubiese estado tan impresionada, la reacción de él le habría resultado hilarante—. Me disculpo por los pocos modales de mi hijo, dado que son, en parte, culpa mía— expresó amablemente—. Eileen Prince— se presentó, sonriendo, al tiempo que le extendía la mano a Hermione.
Ella se apresuró a recomponerse de su estado de shock y estrechó la mano de Eileen
—Hermione Granger.— El hombre chasqueó la lengua.
—Granger, mi madre. Madre, Granger. Y ya que finalizamos esta inútil presentación, puedes irte— le dijo Snape de mal modo a su madre.
—¿No eres demasiado mayor para ella, hijo?— preguntó Eileen, y él se quedó boquiabierto por un segundo.
—Mamá... ya vete de aquí— insistió Snape, poniéndole una mano en la espalda y guiándola hacia la salida.
—Fue un placer conocerte, Hermione— dijo Eileen sobre su hombro, mientras el hombre la arrastraba del brazo—. ¡Eres la primera novia que Severus me presenta!— acabó exclamando, ya fuera del campo visual de Hermione.
—¡Mamá, cállate!— escuchó decir a Severus entre dientes.
¿Eso de verdad estaba ocurriendo... o era una alucinación? ¿Severus le acababa de presentar a su madre?
Bueno, sonaba mejor de lo que había sido. Obviamente, Severus no había querido que eso sucediera... pero sucedió.
Hermione seguía parada en el salón, impactada, cuando él regresó.
—Perdón por eso— se disculpó él, hablando rápidamente—. Me vino a visitar de sorpresa...
—Descuida— manifestó ella. Tenía unas ganas tremendas de reír, pero los músculos de su cara estaban rígidos. Jamás había visto a Severus tan incómodo—. Es simpática— se atrevió a decir Hermione, aun a riesgo de hacerlo enfadar... en realidad, con la intención de hacerlo enfadar.
—Sí, muy simpática— dijo Snape sarcásticamente.
Entonces, Hermione pudo relajarse. Se largó a reír a carcajadas, y la mirada de desagrado de él sólo causaba que su risa fuese incrementando. Era tal el alivio y lo surrealista de todo que empezó a quedarse sin aire. Se dobló por la cintura y se agarró el estómago, sin dejar de reírse.
—¿Quieres parar?— cuestionó él, impaciente—. No le veo el chiste...— añadió luego y se cruzó de brazos.
—Es que... hubieras visto...— intentaba hablar Hermione, pero cada vez que recordaba la escena, se desternillaba—. Hubieras visto tu cara...— Snape la miró con una seriedad mortal.
Pasados unos minutos, Hermione logró controlarse. Todavía con una enorme sonrisa en el rostro, se limpió un par de lágrimas que se habían escapado y respiró hondamente.
—¿Ya? ¿Terminaste de reírte de mí?— inquirió Snape.
—Sí— contestó Hermione, aunque estaba a un centímetro de hacerlo de nuevo.
—Bien— dijo él. Se acercó a ella, la tomó de la cintura y la volteó rápidamente, mientras la presionaba contra una pared. Se inclinó sobre su oído y susurró—: Ahora veremos quién ríe al último.
Hermione tomó nota mental de hacer enfadar a Severus más seguido... porque esa había sido la mejor tarde de toda su vida. Habían empezado en la mesa del comedor y continuaron sin detenerse por las escaleras hasta su dormitorio.
Ahora ambos estaban echados en la cama y tapados hasta la cintura con los cobertores, respirando agitadamente. Ella descansaba en el pecho del mago, y él le rozaba el hombro con la yema de los dedos.
No cruzaron palabra alguna durante un largo rato. Sus labios palpitaban y estaban enrojecidos por los besos salvajes que habían compartido.
Severus olvidó todo lo malo de los últimos días, se sentía calmado y satisfecho. Algo tenía esa mujer que le entregaba paz a su vida. Cuando estaba con ella, era como un oasis de tranquilidad.
Acercó la cara a su pelo y respiró profundamente el olor de su perfume.
Hermione dejaba suaves caricias en el abdomen del hombre, escuchando cómo latía su corazón y viendo su pecho subir y bajar al ritmo de su respiración, que ya se estaba apaciguando.
—Voy a tener que reconsiderar estos castigos— dijo Severus de pronto. Ella levantó un poco la cabeza para mirarlo.
—Ah... ¿era un castigo?— Él arqueó una ceja.
—Por eso lo digo... A este paso, vas a perderme todo el respeto.— Hermione rió de forma traviesa.
—Hace tiempo te lo perdí— repuso la bruja.
Se miraron a los ojos. Hermione se recargó en él y Severus posó la mano en su mejilla, al mismo tiempo que se inclinaba levemente hacia ella. Sus bocas se encontraron en un beso tierno que duró tan sólo un segundo.
Con los ojos cerrados, Hermione tomó algo de distancia. Se contuvo de suspirar. Después se separó del cuerpo de él y se sentó en el borde de la cama.
—Tengo que irme— declaró, infundiéndose seguridad, porque lo que quería en realidad era quedarse.
Severus frunció el ceño y se movió hasta quedar sentado.
—¿Qué? ¿Por qué?— preguntó impulsivamente, y se maldijo por ello.
—Es que...— titubeó Hermione, mientras se vestía—. Voy a ir a una especie de... retiro para escritores. Necesito alejarme de la ciudad y... reflexionar algunas cosas.— No quiso mirarlo, estaba segura de que si lo hacía, perdería la batalla que se libraba en su interior y se lanzaría a sus brazos.
—Pensé que estabas intentando ahorrar— comentó Severus. Todavía no asimilaba que ella de verdad tenía la intención de irse.
—Así es— corroboró la mujer, abotonando su blusa para tener los ojos ocupados en eso—, pero es una inversión... no un gasto.
Snape resopló y se apoyó en la cabecera de la cama... que de repente le pareció endemoniadamente grande, vacía y fría.
—Si tú lo dices— dijo él con desgana.
No se le ocurría ninguna excusa lo suficientemente aceptable para hacer que Hermione no se fuera... y ni siquiera entendía por qué buscaba una. Tal vez porque ya se había hecho a la idea de quedarse con ella lo que restaba del día y la noche, y porque odiaba que las cosas no salieran como él las planeaba.
Sí, eso debía ser.
—Puedes ducharte aquí si quieres— ofreció el mago, sintiendo patético que aquel fuese su último recurso.
Hermione, ya completamente vestida, volteó y le sonrió. Severus hizo grandes esfuerzos para no levantarse y llevarla de regreso a la cama con él.
—Gracias, pero prefiero ducharme en mi casa.— Él asintió sin más, desviando la mirada—. Tengo que terminar de empacar y todo eso...
Por más que Severus se mordió la lengua para no preguntar, lo hizo igualmente unos momentos después:
—¿A dónde irás?
—A unas cabañas en las montañas, no muy lejos de aquí– explicó Hermione.
Estaba plantada en medio de la habitación, sabía que tenía que irse, pero era como si sus pies hubiesen echado raíces. Y para hacerlo todo más difícil, una vocecita en su cabeza no dejaba de molestarla, repitiéndole una y otra vez que ojalá Severus dijera algo para retenerla ahí... porque si llegaba a hacerlo, ella no dudaría ni un segundo en cambiar de opinión y quedarse.
Pero tenía que ser fuerte y reprimir sus sentimientos. Él sólo buscaba su compañía por el sexo, sería humillante que se enterara de su secreto... quedaría como una niña estúpida.
—¿Cuándo regresarás?— La voz de Severus logró sacarla de sus pensamientos y sorprenderla.
—Eh... en unas dos o tres semanas. Antes de Navidad, eso seguro.
Como él no decía nada, Hermione no encontró razones para seguir retrasando la partida.
No obstante, ni bien empezó a caminar, él habló nuevamente:
—Entonces...— Se había sentado en la orilla de la cama, y las mantas cubrían parcialmente su desnudez.
Hermione luchó contra sí misma para no bajar la vista por su cuerpo. Esperó que continuara hablando, pero sólo se quedó callado y sus ojos se volcaron al suelo, fingiendo que se había distraído por buscar sus pantalones.
—¿Entonces?— lo animó a proseguir.
Severus enderezó la espalda, se puso de pie y, aún sin atreverse a mirarla a los ojos, carraspeó.
—Cuando vuelvas... Si quieres, puedes escribirme— soltó con premura, mientras terminaba de colocarse los pantalones. Su lado racional se había negado a que terminara la frase, pero otro, uno que él desconocía, lo impulsó a hacerlo con una urgencia desesperada.
Ella no pudo evitar que una sonrisa brotara de sus labios.
—Lo tendré en mente.— Se veían a los ojos, en silencio. Hermione se obligó a aterrizar y dijo:—. Bueno, me voy.
—Voy a dejarte a la puerta— anunció Severus, cogió su camisa y se la puso, dejándola sin abotonar.
Hermione tragó saliva ante la llamativa imagen de él vestido así.
—No te preocupes.— Severus, que ya había empezado a avanzar hacia la puerta del cuarto, se quedó quieto y giró la cabeza—. Sé llegar sola.
Pese a la contrariedad que sentía, el mago procuró mantenerse inexpresivo y se limitó a alzar apenas los brazos.
—Como gustes...— Apoyó el codo en el marco de la puerta y puso la mano detrás de su cabeza, viendo cómo ella caminaba.
—Adiós— dijo Hermione cuando estuvo frente a él. Le sonrió y continuó su camino.
Pero en el instante en que Severus la vio cruzar el umbral de la puerta, no encontró la fuerza de voluntad necesaria para contenerse...
—Ven— musitó con voz grave. La tomó del brazo, la tiró con suavidad hacia él y la pegó a su cuerpo.
Sin mediar en explicaciones, la besó en los labios, al tiempo que la abrazaba por la cintura con fuerza. Era consciente de que nada de lo que dijera o hiciera evitaría que ella se marchara, pero quería, por lo menos, probar sus besos una vez más.
Hermione se quedó paralizada un segundo, pero se unió al beso inmediatamente después. No lo había esperado, así que sólo pudo dejar las manos apoyadas en el pecho del hombre, sintiendo cómo él la sujetaba con esa firmeza que la enloquecía. Estaba a punto de rendirse..., sin embargo, Severus se separó antes de que eso pasara.
—Para alimentar tu inspiración— susurró a centímetros de su boca. Ella se alejó un poco más, viéndolo, con los ojos entornados.
¿Estaba jugando con ella acaso? Sonrió de lado para disfrazar sus dudas.
—Idiota— murmuró y se soltó del agarre. Él la miró, ofendido... o eso le quería hacer creer, pensó la bruja.
Hermione ya no sabía qué era real, pero si aquello era una trampa, no iba a caer. No podía. Giró sobre sus talones y se perdió escaleras abajo.
—Yo también te quiero— espetó él, desde el segundo piso, con tono irónico por el reciente insulto de ella.
"No me hagas esto", le rogó Hermione mentalmente, deteniéndose un segundo de más, con la mano en el picaporte de la puerta de entrada. ¿Por qué tenía que decirle eso justo ahora?
Ella no era tonta, sabía que ese "te quiero" iba cargado de sarcasmo... pero lo había sentido tan real por un momento.
Apretando los dientes, respiró una vez y salió al paisaje nevado.
Severus se apresuró a la ventana que daba al jardín delantero y, sin siquiera tratar de pasar inadvertido, se asomó. La vio subirse las solapas del abrigo hasta las orejas y esconder rápidamente las manos en los bolsillos.
Quiso ser él quien la protegiera del frío invierno, envolverla entre sus brazos.
Apartó de su mente las imaginaciones en las que ella daba media vuelta y regresaba a refugiarse con él...
... porque en ningún momento volvió la vista atrás, sólo caminó resueltamente hasta perderse de vista en una esquina.
El horizonte se extendía infinitamente frente a sus ojos. Amplios bosques de pinos bajaban por la ladera nevada, bifurcándose de vez en cuando por algúna colina de menor tamaño.
Numerosos grupos de turistas esquiaban y jugaban en la nieve, mientras que otros preferían la calidez que les brindaban las cabañas para disfrutar el paisaje guarecidos del frío.
Hermione se encontraba en la suya, mirando por la ventana, con su máquina de escribir frente a ella, calientita y cómoda junto a la chimenea y disfrutando de la tercera taza de chocolate caliente del día.
Desde hace dos semanas estaba en ese lugar. Todas las noches se reunía con otros escritores, entre los que se contaban tanto amateurs como profesionales, y platicaban durante horas. Ella solía llevar su libreta y anotar cada consejo e idea nueva. Le resultaba fascinante la cantidad de conocimiento y experiencia de aquellos que llevaban años dedicados a escribir. Por momentos, se sentía insulsa al lado de ellos, pero sabía que era normal, ya que ella recién estaba empezando.
Leían en voz alta sus proyectos frente al grupo y luego lo comentaban entre todos. Hermione estaba muerta de vergüenza la primera vez que tuvo que hacerlo. Sin embargo, las críticas eran constructivas y siempre respetuosas. Aprendió a pulir sus escritos y a mejorar su redacción y narrativa de una manera que, por su cuenta, no habría podido jamás.
Los días los pasaba sola, generalmente. Paseando por los bosques, observando la naturaleza... y pensando. Más que nada, pensando.
Sería una mentirosa si dijera que no pensaba en él. Es más, él era casi lo único que habitaba en sus pensamientos.
Incluso, una noche, se presentó frente al grupo con un relato corto inspirado en él. No tuvo las agallas para poner en papel su nombre, ni para catalogar el relato como uno romántico. Simplemente, había relatado alguna noche apasionada y había dado su descripción física y psicológica... con un nivel de detalle casi obsesivo.
Lo curioso fue que, hasta el momento, ese era el escrito que más había gustado a los demás.
¿Cómo le habían dicho que era? Honesto, realista, un poco crudo, pero que desbordaba un sentimiento real y profundo.
... y que también habían notado un sutil gusto de dolor. Ella se había hecho la desentendida frente a lo último, pretextando haberse dejado llevar por la inspiración.
Qué ironía.
La última inspiración que le dio él antes de separarse.
No sabía qué hacer.
Si seguía juntándose con él, lo único que lograría sería agravar aún más sus absurdos sentimientos. Sentimientos que jamás serían correspondidos, porque, siendo realista, él no sentía nada por ella... más que deseo, claramente.
En algún punto, se aburriría. ¿Cómo podría fijarse en ella sentimentalmente? Luego de más de un año acostándose, Hermione creía que, de existir alguna especie de cariño, él lo habría demostrado. Pero nada. Lo que sí mostraba era una mayor confianza, lo cual era lógico.
Suspiró y escondió el rostro tras sus manos.
Era una verdadera estúpida.
En un inicio, como no había cultivado ningún afecto por él, era fácil remitirse únicamente al sexo.
"Y siempre debió ser así, maldita sea...".
¿Qué tenía que hacer para sacárselo de la cabeza, para dejar de evocarlo en cada instante y no ver más sus ojos cuando se iba a dormir?
A la tercera semana, se supo vencida. Esa era una guerra que no podía ganar... y que, de hecho, había perdido hacía mucho tiempo.
Sólo le quedaba alzar la bandera blanca y suplicar compasión.
Alguien debía haber echado mano al tiempo, porque los días transcurrían infernalmente lento.
O eso sentía Severus.
Desde que ella se había ido, su vida se había tornado extremadamente aburrida. Su rutina diaria consistía en ir del trabajo a la casa y de la casa al trabajo.
Para colmo, cada vez que veía a su madre, ésta no paraba de preguntar qué había sido de esa "linda jovencita". Él se hacía el tonto y no respondía, pero eso no evitaba que su madre insistiera con el tema. Severus no entendía qué obsesión le había dado con ella, ya que él le había dejado muy claro en variadas ocasiones que no era su "maldita novia".
Estaba harto de no tener nada qué esperar cada semana. ¡Se había acostumbrado demasiado a que ella estuviera siempre ahí Y aunque Hermione le había dicho que no volvería sino hasta unas semanas después, él, como un idiota consagrado, seguía aguardando con ansias la llegada de los aviones de papel todos los días. Su nueva manía de leer cada uno de ellos sin excepción no había pasado inadvertida por sus empleados, pero no se atrevían a comentarlo cerca de él.
¿Por qué le molestaba tanto su ausencia?
Sólo era una amante más, podría reemplazarla fácilmente con cualquiera de las otras con las que había estado antes o con nuevas...
Pero existía una diminuta falla en su razonamiento: la pérdida de contacto con esas mujeres. Había estado tan ensimismado en sus encuentros con Hermione que sus "amantes de reserva*" se cansaron de insistirle y simplemente lo olvidaron.
Porque así funcionaba el asunto: conseguir a una mujer con quien follar y desecharla (a no ser que quisiera repetir).
Sin embargo, eso no explicaba el porqué se concentró únicamente en Hermione, habiendo tenido la posibilidad de estar con sus otras "conquistas".
La respuesta que él se repetía constantemente era que el sexo con ella era el más placentero, y no le encontraba el sentido a perder tiempo y energías en encuentros que lo dejarían insatisfecho.
Entonces, si solamente la extrañaba por el sexo, ¿cómo se excusaba de pensarla todo el tiempo, de inclusive soñarla y extrañar sus besos?
Algo andaba mal en él. Eso no podía estar bien.
—¿Snape?.— Él no necesitaba a nadie para sentirse completo—. Snape.— La frustración y las dudas lo estaban mortificando—. ¡Snape!
Severus subió la cabeza con tanta rapidez que se lastimó el cuello. Un reducido grupo de magos lo miraba con perplejidad.
¿Qué hacía, en nombre de Merlín, pensando absorto en ella en mitad de una reunión ministerial?
Se aclaró la garganta, al tiempo que corregía la postura y fruncía el ceño, simulando concentración absoluta.
—Disculpa, ¿qué decías?— preguntó como si no hubiese pasado nada, y la reunión prosiguió.
Su raciocinio se estaba cayendo a pedazos, de eso no le cabían dudas.
Y lo confirmó la tercera semana lejos de ella.
Estaba en la cocina, con una copa de vino en una mano y un cigarrillo en la otra. Exhalaba el humo por una ventana abierta, con la mirada extraviada en las montañas lejanas del horizonte. No creía que ella se hallara precisamente en el lugar que estaba mirando, pero hacerlo le entregaba cierto consuelo. Por más asquerosamente dulce que pareciera, vislumbrarlas lo hacía sentir un poco más cerca de ella.
Bebió un sorbo de vino. Las montañas llamaban poderosa e incomprensiblemente su atención.
Pese a luchar contra el pensamiento, éste logró escurrirse de todos modos en su mente: deseó que Hermione pensara en él.
Le dio la última calada al cigarrillo y lo aplastó en el cenicero que estaba apoyado en el alféizar de la ventana. Suspiró pesadamente, dejándose caer en una silla. Dejó la taza de café a medio acabar sobre la mesa y se quedó ahí, pensativo.
Los recuerdos de ella comenzaron a golpearlo sin piedad, y él ya no tenía fuerzas para impedirlo. Así que se concedió el permiso de perderse en ellos.
Volvió a ver, con asombrosa claridad, su sonrisa cándida, sus ojos melados que reflejaban bondad, su expresión de contenida emoción.
Pudo sentir, como si ella estuviera ahí, su caricia suave, su aroma dulce, su piel cálida.
Escuchó en ecos su voz fina y su risa honesta.
Y lo quiso todo de vuelta.
Más temprano que tarde, se descubrió sonriéndole al vacío. El hueco en su pecho se desbordó de los recuerdos de ella.
Hasta que la realidad se le plantó de frente.
Hermione ya estaba encarrilando su vida, esta vez con un determinado objetivo. Lo que los había llevado a encontrarse se debía únicamente a su crisis existencial. Pronto, esa etapa acabaría y ella querría superarla... y era lo normal... lo esperable... Él no era más que un capítulo que había que cerrar.
Su sonrisa fue desapareciendo. Se tapó los ojos con una mano y exhaló largamente, mientras negaba con la cabeza.
—Me cago en Merlín y en toda su jodida descendencia— murmuró con la voz en un hilo.
Se encontró sin armas para defenderse, y no le quedó más remedio que rendirse ante la abrumadora verdad.
El retiro llegó a su fin, y Hermione, con una cantidad considerable de nuevos conocimientos, regresó a su departamento.
Su inspiración estaba a tope, por lo que no perdió ni un segundo en ponerse en marcha. Abrió su maleta y empezó a arrojar descuidadamente la ropa hasta encontrar su preciada máquina de escribir. La dejó en una mesa y fue a prepararse un café.
Las ideas que tenía la obligarían a reescribir prácticamente todo su trabajo, pero era algo que le complacía hacer.
No obstante, en cuanto se sentó, dispuesta a dejarse llevar por la iluminación, se bloqueó. Sus dedos quedaron suspendidos sobre las teclas y su cerebro se pausó.
Sintió como si estuviese siendo afectada por un hechizo "Confundus". Frunció el ceño, mientras apoyaba la espalda en el respaldo de la silla.
Le hubiera gustado decir que no entendía el motivo de ese atasco tan abrupto, pero no era así. Suspiró y echó la cabeza hacia atrás, entendiendo que no lograría concentrarse a menos que hiciera lo que tenía que hacer.
Sin vacilar más, tomó papel y lápiz, escribió unas precipitadas líneas y, con un movimiento de varita, transformó un avión de papel, el cual despegó inmediatamente y se perdió de vista por la ventana.
Mientras antes resolviera ese inconveniente, mejor.
Severus estaba en su oficina, terminando de redactar un artículo para una prestigiosa revista, cuando el avión de papel que tanto había esperado aterrizó limpiamente en su escritorio. Estaba tan concentrado escribiendo que dio un respingo brusco, y maldijo, irritado, por haberse sobresaltado de esa forma.
En un comienzo, su cerebro no procesaba las imágenes que le enviaban sus ojos. El avión de papel permanecía inerte sobre el escritorio, esperando ser abierto.
Fue entonces cuando su corazón comenzó a latir con violencia contra sus costillas. La ansiedad causaba que sus dedos temblaran, pero, aun así, fue capaz de desdoblar el papel y leerlo.
Casi se le escapó un gemido aliviado: Hermione quería reunirse con él esa tarde... pero le pareció extraño que lo estuviese citando en una cafetería muggle y no en su departamento o en la casa de él.
Comprobó la hora en el reloj de pared, caviló unos instantes y luego decidió enviar a todos a sus casas temprano.
Al diablo el trabajo.
Ya era la hora convenida, y Hermione aguardaba al interior del café (que había escogido por ubicarse convenientemente cerca de su departamento). Había llegado un poco antes para tener sus pensamientos ordenados y no titubear frente a Severus.
Se mordía compulsivamente la uña del dedo meñique y su pierna se movía como si tuviera un tic. Necesitaba controlar su nerviosismo antes de que él llegara. Cerró los ojos, inhalando y exhalando hondo varias veces.
Una punzada de dolor le comprimía el pecho, pero tenía que ser fuerte y aferrarse a su decisión.
—Buenas tardes.
La voz profunda y formal de Snape la espantó por un segundo. Hermione levantó la vista, sintiéndose empequeñecida bajo la sombra de él.
—Hola— lo saludó, forzando una sonrisa corta—. Siéntate— añadió, al ver que él se quedaba parado observándola—. Te pedí un café, espero que no te moleste.— El hombre negó con la cabeza y murmuró un agradecimiento por cortesía.
Severus se incomodó ante la tensión de ella. Aun así, se quitó el abrigo, lo colgó en el respaldar de la silla al otro lado de la mesa y tomó asiento. Después, sólo por hacer algo, tomó su taza y le dio un pequeño sorbo.
No había muchos comensales en la cafetería, pues se encontraba algo escondida entre las decenas de pasajes londinenses, de modo que les brindaba mayor privacidad.
Hermione ocultó sus manos bajo la mesa, sin saber cómo iniciar la conversación. Lo único que se sentía capaz de hacer era contemplar a Severus.
¡Dios, quería besarlo!
Se aclaró la garganta para enfocarse.
—¿Cómo has estado?— preguntó ella de forma casual.
Snape, que había estado mirando por una ventana, giró el rostro hacia ella.
—Bien— respondió con parquedad. Hermione asintió con la cabeza, algo decepcionada—. ¿Y tú?— Ella se quedó con la boca abierta unos segundos antes de contestar.
—Bien también.
Los dos apartaron la vista a la vez.
Severus se sentía raro, no estaba seguro de qué paso debía dar a continuación. ¿Y por qué estaban en ese sitio, para empezar? ¿Qué tramaba Granger?
Con la mirada perdida en algún punto de la pared, apoyó el codo sobre la mesa y recargó el mentón en su mano, en un gesto de profundo ensimismamiento.
Hermione le lanzó una mirada disimulada, hasta que se dio cuenta que él no la estaba viendo. Se notaba perdido en sus pensamientos, un tanto aburrido. ¿Quizá no quería estar ahí?
Se armó de valor.
—¿En qué piensas?— quiso saber, aun sin estar segura de querer escuchar la respuesta.
—Me preguntaba...— murmuró él, todavía en la misma posición y sin dirigirle la mirada—. Por qué estamos aquí.
Hermione se detestó por el calor que trepó por su cuello hasta sus mejillas en el momento en que los ojos del mago golpearon intempestivamente los suyos.
—Pues... Bien, seré directa— dictaminó ella, al tiempo que enderezaba la espalda y juntaba aire.
Al escucharla, Severus frunció el ceño y se puso tenso. Tuvo un mal presentimiento. Apretó los dientes, sintiendo cómo se aceleraban sus latidos.
—No podemos seguir viéndonos— soltó Hermione, obligándose a mirarlo a los ojos mientras hablaba.
Las palabras surtieron en Severus el mismo efecto que si le hubieran pegado con un mazo en el pecho, le quitaron el aire de los pulmones y lo dejaron sumamente aturdido.
Pese a todo, mantuvo la entereza.
—Y... nada más por saber... ¿por qué?— Deslizó la pregunta como si no estuviera afectado, pero lo cierto era que sí lo estaba... y mucho.
Hermione bajó los ojos un momento, mordiéndose el labio. No podía decirle la verdad, sería demasiado humillante.
—Es que... Ya no me siento cómoda con esto— mintió, pero trató de simular mirándolo directamente—. Lo disfruté, no creas que no.— Snape sonrió de lado de un modo perverso—, pero... creo que ya fue suficiente. Tengo que voltear la página.
Maldición, él suponía que algún día eso iba a pasar... pero había mantenido la ridícula esperanza de que no fuese tan pronto.
Se inclinó hacia atrás, manteniendo el contacto visual.
— De acuerdo— manifestó, aparentando indiferencia—, es tu decisión.
Una nueva y dolorosa punzada contrajo el corazón de Hermione. A él no le importaba absolutamente nada cortar relación con ella. Tragó saliva y apartó la amargura para después.
Hizo un gran esfuerzo para sonreírle.
—También quería agradecerte por... bueno, por todo lo que hiciste por mí.— Snape separó los labios, y ella se apresuró a continuar, antes de que él le dijera que no había hecho nada y que no tenía que agradecerle... porque estaba segura que eso le diría—. Si no fuera por ti, seguramente seguiría trabajando en ese jodido banco y nunca me hubiera decidido a cambiar.
Severus no quería escuchar ni una palabra más. Quería irse y dejar de sentir lo que fuera que estuviera desgarrándole el pecho.
Pero se quedó... porque ahí estaba con ella.
—Lo único que hice fue abrirte los ojos— sentenció, serio.
"... y las piernas...", pensó luego.
Tuvo la impresión de que Hermione había pensado exactamente lo mismo, ya que bajó la mirada y se ruborizó a más no poder.
Fue entonces, al ver su reacción, que supo que estaba mintiendo.
—Como sea...— farfulló la bruja, cambiando de posición en la silla—. Me fuiste de mucha ayuda, y por eso... gracias.— Al terminar lo que tenía que decir, se bebió todo el café de un trago.
—De nada— dijo él con calma.
Se produjo un largo silencio, en el que Hermione jugó con las puntas de su cabello y Severus se distrajo haciendo girar su taza de café.
—Ya me tengo que ir– manifestó Hermione de repente, no pudiendo aguantar más aquella situación.
—También yo— dijo Severus, poniéndose de pie antes que ella.
Salieron de la cafetería y Hermione, para no caer en ninguna clase de traicionera tentación, empezó a caminar enseguida, alejándose de él. Era consciente de que podía aparecerse, pero prefería el camino a pie, pese al frío.
—Adiós— pronunció, con la cabeza apenas ladeada.
Sin embargo, no contaba con que Severus la siguiera.
—Te acompaño– habló él.
Si bien Hermione se encontraba absolutamente anonadada, no dejó de avanzar.
—No, no te preocupes...
—No me preocupo— la cortó el mago, caminando a su lado con la vista al frente—. Tengo que juntarme con alguien y tu casa me queda de paso.
—Ah...— Hermione quiso decir algo más, pero una angustia repentina se apoderó de sus cuerdas vocales.
Caminaron por unas cuantas calles, callados, sumidos en sí mismos. Hermione no tuvo el coraje de preguntarle con quién se reuniría ni por qué no se aparecía. No quería saber.
Unos minutos después, llegaron a un pasaje bien iluminado y con una buena cantidad de personas que asistían a los restaurantes. Anduvieron un poco más y pararon frente a una puerta de madera enmohecida.
—Aquí subo yo— anunció Hermione, sabiendo que estaba señalando algo evidente.
Severus puso las manos en los bolsillos de su pantalón y se quedó de pie, observándola.
—¿Sigues escribiendo?— inquirió él, sabiendo que no había sido una de sus preguntas más brillantes.
Hermione lo miró con extrañeza durante un momento, pero le alegró que él se interesara por sus asuntos.
Aunque no debería.
—Todos los días— contestó ella, ahora sonriendo de forma relajada y sincera.
Severus, de igual modo, se permitió devolverle una pequeña sonrisa.
—¿Y te sientes bien con eso?— La sonrisa de ella se ensanchó.
—Nunca había sido tan feliz— declaró, sin cuestionarse por qué él le hacía esas preguntas.
El sentimiento de orgullo crecía exponencialmente en el corazón de Severus. Orgullo por todo lo que ella estaba logrando y por verla realizar sus sueños.
La miraba con una calidez tan intensa que Hermione estuvo a punto de lanzarse hacia sus brazos, secuestrarlo en su departamento y no dejarlo ir nunca más. Vio cariño en esos ojos oscuros. Cariño real.
Estaban a dos pasos de distancia. La gente pasaba alrededor de ellos sin prestarles atención.
—¿Y tú?— preguntó Hermione esta vez—. ¿Sigues maltratando a tus pobres trabajadores?
—Todos los días— dijo Severus, imitando la anterior respuesta de ella. Dio un paso hacia adelante—. Y eso me hace muy feliz.
Hermione rió, al mismo tiempo que negaba con la cabeza.
—Eres un bastardo— le reprochó, aunque, por su tono, no sonaba como una acusación.
—Sí— corroboró el hombre.
Y como él no parecía tener deseos de marcharse, Hermione entrevió que le había mentido.
—Deberías irte, te están esperando.
Severus no se alarmó al caer en cuenta que ella lo había descubierto. De hecho, quería que lo hiciera.
Eran un fracaso para mentirse mutuamente. Podían engañar a los demás, incluso a sí mismos, pero no al otro.
—Nadie me espera— confesó como si nada. Dio el paso que le faltaba para quedar a un palmo de ella y, cuidadosamente, tomó un mechón castaño entre sus dedos—. Era una excusa para pasar más tiempo contigo.
Aprovechó que Hermione se había quedado paralizada para acariciar el inicio de su mandíbula, bajo la oreja, con su dedo índice y continuar hasta llegar a su barbilla. Miró con deseo sus labios rosados, dominando el apremiante impulso de besarlos.
"¿Qué hago?... ¿qué hago?...". Hermione se debatía entre apartarse de él y mantenerse firme... o colgarse de su cuello y besarlo hasta que se le acabara la vida.
Severus seguía con la caricia delicada en su mentón, mirando intercaladamente sus labios y sus ojos.
Hermione no podría soportar que aquello fuese sólo un juego. No con sus sentimientos brotando como flores en primavera.
Volcó los ojos a sus pies y después los cerró.
—¿Por qué juegas conmigo?– cuestionó, al borde de la rendición, debilitada por su toque.
Él frunció levemente el entrecejo y, con el dedo índice, alzó su barbilla, para que lo mirara a los ojos.
—No estoy jugando— susurró.
Y la resistencia de Hermione se derrumbó cuando el pulgar del mago delineó su labio inferior.
Al cuerno todo; se abandonaría a la dicha de entregarle su cuerpo... aunque fuera la última vez.
Con una sincronía perfecta, agolparon sus pechos en un movimiento, él se inclinó, ella se puso en puntas de pie y se besaron como si no hubiera un mañana.
Severus le sujetaba el rostro con las dos manos, acariciándole las mejillas con los pulgares y presionando su boca contra la de ella con una necesidad que rayaba en la desesperación.
Hermione lo abrazó por el cuello y enredó los dedos en su cabello, acercándolo lo más posible a ella.
La impetuosidad del beso les impedía respirar bien. Sin embargo, lo continuaron ininterrumpidamente.
—¡Váyanse a un motel!— les gritó un joven, y los amigos que lo acompañaban rieron a carcajadas, pero ellos no lo escucharon, olvidados del pudor y las discreciones sociales.
No se detuvieron cuando la espalda de Hermione chocó contra la puerta, ni cuando Severus metió las manos bajo su suéter para sentir la piel ardiente de su cintura. Tampoco ante el gemido indecoroso de ella.
Ahora las personas sí les prestaban atención al cruzar frente a ellos. Recibían miradas de reprobación y otras tantas divertidas. Una pareja de ancianos comentó en voz muy alta la poca decencia que tenían algunas personas.
Y, pese a todo, no pararon.
Alguien tosió tímidamente tras la espalda de Snape, pero al reparar en que no eso no era suficiente, se arriesgó a pincharlo con el dedo en el hombro.
—Eh... ¿Hola? ¡Disculpen! ¡Quiero entrar!— terminó por gritar.
Snape volteó la cabeza y lo miró con cara de pocos amigos. Hermione, en cambio, se sonrojó violentamente al reconocer a su vecino.
—Sí, sí, perdón— se disculpó ella, al tiempo que empujaba a Severus para dejar libre la puerta.
—Gracias, vecina— dijo el hombre, con tono divertido, y entró.
Hermione apretó los labios y se alisó la ropa, evitando mirar a los curiosos, a quienes que Snape les dirigió su peor mirada. Sí, había perdido el control, pero ¿qué mierda les importaba a los demás?
—Mejor subimos— sugirió Hermione, aún ruborizada hasta la raíz del pelo.
Severus asintió en silencio y, antes de atravesar la puerta, vio que, a unos metros de distancia, unos jóvenes le hacían un gesto con los pulgares hacia arriba y reían.
Molesto, bufó y siguió a Hermione.
Subieron hasta el último piso sin hablarse ni mirarse. Ella se sentía tan consternada y abochornada que no era capaz de hilar pensamientos coherentes. No terminaba de comprender cabalmente lo que estaba sucediendo con él. ¿De verdad quería... pasar tiempo con ella? ¿O era una justificación para tener sexo?
¡Maldita sea! ¡¿Por qué tenía que ser tan jodidamente difícil saber lo que pasaba por la mente de ese hombre?!
Intentó meter la llave en la cerradura, pero sus manos temblaban tanto que falló unas veces antes de conseguirlo.
Dio un paso dentro de su departamento y la invadió el pánico: con todo lo que había pasado, olvidó el tremendo desorden que dejó al llegar de su viaje. La ropa estaba tirada por cualquier parte, al igual que sus libretas de anotaciones y borradores. Ella siempre se jactó de ser una persona muy ordenada... pero no había contado con que Severus iría esa noche a su casa.
—Eh... di-disculpa el desorden...— le dijo, odiándose por tartamudear—. Es que cuando llegué... yo...
—No importa— la tranquilizó Severus, aunque sus labios tiraban para sonreír. Alzó una ceja cuando vio unos calzones colgando en una lámpara de mesa.
Hermione siguió la trayectoria de su mirada y quiso que se la tragara la tierra. Corrió a coger su ropa interior, como si él no la hubiese alcanzado a ver ya. Siguió recogiendo las prendas a toda prisa, olvidándose por completo que podía usar magia.
Y Severus no quiso recordárselo. Le causaba mucha gracia verla correr por la habitación, roja de vergüenza. ¿Acaso no se enteraba de que él conocía la mayor parte de su ropa íntima? Dio unos pasos tentativos hasta llegar junto a su escritorio, en donde descansaba su máquina de escribir y algunos cuadernos. Tomó uno al azar, preso de la curiosidad, mientras ella continuaba en su desesperado intento de ordenar.
—¿Puedo?— preguntó Severus, mostrándole el cuaderno.
—Sí, claro, claro— respondió Hermione distraídamente, sin mirarlo, con una gran cantidad de ropa mal doblada entre los brazos.
Severus, intrigado, abrió el cuaderno. Nunca había leído algo escrito por ella. Con el ceño fruncido por la concentración, empezó a leer... y sus ojos se fueron abriendo más y más a medida que avanzaba. ¿Eso era... lo que él creía que era?
Hermione metió la ropa apresuradamente en la maleta y la cerró. Suspiró, creyendo que ya había cubierto su cuota de bochornos por esa noche... hasta que se giró para ver a Severus y se dio cuenta de lo que tenía en sus manos...
Un escalofrío recorrió su espalda. Tragó saliva, aún sin poder asimilarlo.
—¿Qué estás...?— Vio la sonrisa divertida en el rostro del hombre y prácticamente saltó hacia él para arrebatarle el cuaderno—. ¡Dámelo!
Snape dio un paso hacia atrás y alejó el cuaderno de ella, levantando el brazo.
—Dijiste que podía— replicó.
Hermione, consciente de que sus esfuerzos eran inútiles, se estiró lo que más pudo, pero él le ganaba por mucho en estatura.
—¡No me importa! ¡Pásamelo!— exclamó, fuera de sí. Sin embargo, el mago rió y, con el brazo en alto, continuó leyendo—. ¡Severus, te lo advierto!
—¿Es mi idea...?— preguntó, haciendo caso omiso de ella—. ¿O el hombre que describes aquí se parece mucho a mí?
Hermione se quedó inmovilizada, con los brazos extendidos hacia arriba y la boca abierta, dándole, con su silencio, la razón. Y para su absoluto horror, Snape se aclaró la garganta y empezó a leer en voz alta:
—"Hacía el amor como un dios griego..."— Hermione cerró los ojos con fuerza y se tapó la cara con ambas manos—. "Ella sabía que jamás volvería a encontrar un amante como él... y que sería imposible olvidar esa noche en su laboratorio..."— Se detuvo cuando ella se apartó, ocultando su cara, y se fue a sentar a la butaca más alejada de él.
Severus pensó que sería gracioso torturarla un poco más, pero se contuvo al verla tan avergonzada. Sin dejar de sonreír, le lanzó con suavidad el cuaderno, que cayó en su regazo. La verdad era que se sentía enormemente halagado.
—Te concedo algo, Granger— habló él, en un intento de sacarla de su turbación—: tienes talento.
Hermione bajó apenas las manos para destapar sus ojos. Lo miró, asombrada. Pero, pese a su cumplido, seguía muy abochornada.
—Y, francamente, no creí que fueras lo suficientemente atrevida para cumplir tus palabras.
"Eso no ayuda", se dijo ella. ¿Por qué, por los mil demonios, tuvo que leer precisamente eso? ¿Podía tener más mala suerte? Tomó el dichoso cuaderno y lo quedó observando largamente.
—No seas dramática— reprochó Snape, avanzando con lentitud hacia ella—. Tienes que acostumbrarte a que lean lo que escribes. ¿No se supone que a eso te dedicas ahora?
—Así es— respondió Hermione, con los ojos clavados en el cuaderno—, pero esto era privado... No pretendía que alguien lo leyera...
Él sonrió de lado, al tiempo que deshacía la distancia y apoyaba las manos en los reposa brazos de la butaca, invadiendo el espacio personal de la mujer.
—¿Por qué no?— cuestionó, bajando la voz—. ¿Son mentiras, acaso?— Hermione reunió valor y alzó sus ojos a él.
—Sí— declaró con seguridad. Severus arrugó ligeramente el entrecejo—. Tú no me haces el amor...
—¿Cómo que no?— cuestionó él duramente. Hermione creyó ver en sus ojos una expresión ofendida y se dio prisa en responderle:
—Es sólo sexo.
Ella se vio completamente confundida cuando él agachó la cabeza, exhaló una breve carcajada y luego, sonriéndole, volvió a mirarla.
—Hermione, ¿podríamos dejar de fingir de una maldita vez?— La mujer sólo pudo parpadear, nerviosa—. Tú y yo sabemos que hace tiempo dejó de ser sólo sexo.— El corazón de Hermione se inflamó de los sentimientos que, en vano, trataba de ocultar. ¿Podía ser cierto que lo que él insinuaba...? ¿Podría ser que él...?— Permíteme demostrártelo...— Esta vez, su voz fue apenas un susurro, mientras acercaba su cara a la de ella, que estaba atrapada entre el sillón y su cuerpo.
Los labios del hombre atraparon los suyos en un beso demandante. Hermione se estremeció notablemente cuando la mano de Severus se ubicó detrás de su cuello y empujó para acercarla. Gimió entre el beso, provocando que él se inclinara aún más, colocara una rodilla entre sus piernas y las separara suavemente.
Sus mejillas se habían puesto todavía más rojas, pero ya no era de vergüenza.
Hermione tiró del cuello del abrigo de él, incrementando la profundidad del beso. Severus bajó un poco más, pero el sillón era demasiado pequeño, y esa posición no los favorecía.
Así que, sujetándola de la cintura, hizo que se pusiera de pie e intercambió los lugares. Ahora él estaba en la butaca y ella estaba encima, sentada a horcajadas, presionándolo deliciosamente.
El beso se reanudó con el mismo ímpetu del que se habían dado en la calle, y se apoderó de ellos una urgencia indescriptible por sentirse.
Hermione comenzó a moverse, en tanto las manos del mago iban marcando el ritmo en sus caderas.
Y pensar que tan sólo unas horas atrás había pensado que podía vivir sin él.
La emoción que sentía Severus por saber que era, en gran medida, correspondido, llenaba todo su cuerpo. Creyó que había perdido la cordura cuando notó cómo esa mujer consiguió afectarlo... cómo se le había metido hasta el alma. Pero ahora entendía que sus razones estaban justificadas.
Lentamente, se separaron, suspirando su dicha. Ella permaneció con los ojos cerrados y lo abrazó por el cuello, mientras dejaba delicadas caricias en su pelo. Él la envolvió en sus brazos, respirando con fuerza. Pero no pudo contener su deseo por ella, de modo que retomó sus besos, esta vez en su cuello.
El gemido de la bruja fue música para sus oídos. ¿Siempre se había escuchado así o sólo ahora se percataba de lo hermosa que era su voz?
Como fuera, no importaba. Lo único importante era que quería que ese bello sonido fuera única y eternamente para él.
Hermione quiso hacer algo respecto a lo molesta que le resultó su ropa de pronto, así que guió las manos de Severus hacia el borde de su propio suéter, indicándole sin palabras que la desvistiera.
Él la miró con fuego en los ojos, respirando entrecortadamente, y luego hizo lo que le pedía. Aprovechó de quitarle también, en el mismo movimiento, la camiseta que llevaba debajo. Entonces, tuvo una privilegiada vista de sus pechos... aunque le molestó que estuviesen cubiertos por el sostén. No era problema. Llevó su mano diestra tras la espalda de ella y lo desabrochó al primer intento.
Se miraron y sonrieron, antes de volver a besarse en los labios.
Severus fue consciente de repente del frío que atravesaba las delgadas ventanas, pues la piel de Hermione, cálida en un principio, empezó a enfriarse. La abrazó y la pegó más a su cuerpo para entregarle su calor.
Un sencillo hechizo hubiesd bastado para solucionarlo, pero ninguno estaba pensando con mucha claridad.
Los vellos de Hermione se erizaron por el frío, a pesar de que Severus le frotaba la espalda, intentando entibiarla. La idea de meterse a la cama y taparse con él bajo los cobertores fue inmensamente atrayente.
—Vamos a la cama— dijo Hermione, tiritando levemente.
Severus, cuya expresión sumisa hubiese impactado a cualquiera que lo conociera, aceptó sin más, se levantó con ella en brazos y, besándola otra vez, caminó hasta el dormitorio. Cuando llegaron, la tumbó con cuidado en el colchón, ubicándose sobre el cuerpo de ella y se quitaron los zapatos con los pies. Seguían besándose y tocándose de una manera insaciable.
—¿Por qué estás tan vestido aún?— inquirió la mujer, abrazándolo con más fuerza por el cuello.
Él se separó apenas unos centímetros para responder.
—Esperaba que me desvistieras tú.— Ella le regaló una sonrisa coqueta.
—Tus botones acaban con mi paciencia.
—Te doy permiso para romperlos.
Hermione dudó un momento. Abrirle la camisa de un tirón, desgarrando la costura de sus infinitos y exasperantes botones era una de las tantas fantasías que ansiaba cumplir.
—De acuerdo— aceptó, gustosa, pero primero lo despojó de su abrigo y su suéter y los arrojó al suelo.
Se lamentó que no llevara puesta su consabida levita (supuso que evitó usarla para no llamar la atención entre los muggles de la cafetería), porque hubiera sido un sueño realizado poder arrancarle los botones. Sin embargo, se contentaba con la camisa.
Severus se apoyó con las manos en el colchón para facilitarle la tarea, y Hermione, mordiéndose el labio inferior, lo miró, sujetó la prenda a la altura de su pecho y usó toda su fuerza para desgarrar el bordado. Los botones saltaron en todas direcciones, pero, aun así, no bastó para abrir la camisa por completo.
El mago chasqueó la lengua.
—Te falta práctica— dijo, en tono burlón
—Entonces... tendremos que seguir practicando— contestó Hermione, y terminó de abrirle la camisa con otro tirón.
—Por mí, encantado— murmuró Severus, antes de volver a unir su cuerpo al de ella y devorarle la boca.
¡Por Merlín! ¡¿Es que nunca tendría suficiente de ella?! Tenía la terrible sospecha de que jamás se cansaría de besarla, de acariciar su suave piel y de imbuirse en su aroma.
La deseaba con locura, como un crío hormonado. Por más que trataba de tomar todo lo que podía de ella, no alcanzaba la saciedad. Estaba irremediablemente hechizado por esa mujer. Y, para agravar su excitación, Hermione le desabrochó el cinturón, metió una mano debajo del pantalón y apretó con suavidad su miembro... Él jadeó y apretó los párpados.
—Vas a acabar conmigo, mujer— le susurró temblorosamente, mientras ella le sonreía con descaro y continuaba la caricia.
¡Esa mujer sería su perdición! Ya no había remedio...
Para devolver el placer que le porporcionaban las manos de ella (y también para tener un poco de control sobre la situación) bajó con sus labios hasta el espacio entre sus senos y besó ese sitio, utilizando su lengua y recargando parte de su peso en el cuerpo de la bruja. Se movió hacia un lado y lamió concienzudamente su pezón, logrando que se pusiera duro casi enseguida. Cambió al otro y repitió la acción.
Mientras tanto, ella gemía y se retorcía debajo de él. Había soltado su intimidad y ahora le enterraba las uñas en la espalda, bajo la camisa que había olvidado sacarle.
—Me vuelves loco...— masculló Severus, complacido por la reacción de Hermione, y comenzó a descender por su estómago, en el que dejó otros cuantos besos húmedos. Se entretuvo un momento en su ombligo y siguió bajando.
Cuando llegó al borde de su pantalón, no se sintió lo bastante paciente como para esperar más y lo desabotonó. Se disponía a bajarlo por sus piernas... cuando ella lo detuvo, sujetándole las manos fuertemente.
—Espera— lo atajó Hermione. Él alzó la cabeza y lo miró con confusión—Eh... ¿me das unos minutos?— preguntó con cierta timidez.
—¿Para qué?— gruñó Severus, que permanecía quieto, sosteniendo el pantalón de ella.
Hermione desvió la vista. No sabía como decirle que... ¡Mierda! ¿Cómo había sido tan tonta?
—Es que... hace tres semanas que no me depilo.— soltó con rapidez. El hombre la miró con estupefacción y Hermione quiso desaparecer de la faz de la Tierra.
Cada vez que se avecinaba un encuentro con él, estaba preparada para darle una buena impresión. Limpiaba minuciosamente cada parte de su cuerpo, trataba de peinarse como mejor podía, se perfumaba y jamás olvidaba estar bien depilada. ¡Hasta tomaba la precaución de beber una poción especial que pausaba su período cuando se iban a juntar! Le gustaba que él la viera perfectamente aseada... pero ahora, como no había contemplado llegar a esas instancias, ciertamente no lo estaba.
—¿Es en serio?— preguntó Severus, apoyando los codos en la cama y mirándola a los ojos.
Su expresión no le decía nada a Hermione. Sólo se quedó serio, con el ceño algo fruncido. ¿Estaba molesto?
"¡Bueno, pues perdón por tener pelos como todo ser humano!", quiso gritarle Hermione, pero se lo tragó.
—Sí...— dijo ella, alargando el sonido de la ese.
Severus botó aire por la boca, exasperado, y se colocó de nuevo encima de ella. Le acarició la mejilla suavemente, clavando sus ojos negros en los castaños.
—Hermione..., a mí nunca me ha importado eso— declaró, mientras su pulgar se deslizaba por la mejilla de la mujer. Sus labios se rozaron y cerraron los ojos—. Me gustas...— continuó diciendo, y le dio un pequeño beso— tal como eres.
¿De verdad la acomplejaba esa tontería? ¡¿A ella?! No podía estar hablando en serio.
Sí, era cierto que nunca había visto el más mínimo rastro de vellos en su cuerpo, salvo una delgada línea en su entrepierna, pero ¡qué mierda importaba si iba al natural! ¿Creía que eso lo detendría o que la haría desearla menos? Al contrario... Sólo tenía que echarle un vistazo a su miembro, que se encontraba dolorosamente duro.
Hermione se estremeció ante la ternura con la que él hablaba y la acariciaba. Jamás se había sentido de esa forma...
Lo abrazó con todas sus fuerzas y le dio un beso en el que le agradecía todo lo que él significaba en su vida. Porque desde que se encontraron en la cantina, su mundo había cambiado drásticamente. Y para mejor.
—¡Ay, me encantas, Severus!— expresó, emocionada casi hasta las lágrimas—. Me encantas...— Hizo una pausa para besarlo y volvió a decir:—... me encantas.
Él sólo sonreía, recibiendo los hermosos besos de ella. Fue en ese preciso instante en que supo que su vida ya no tendría sentido sin esa mujer. No la dejaría ir nunca.
Aplazó el trabajo de retirarle los pantalones; esperaría a que se sintiera menos insegura. Qué absurdo, si se los había quitado en incontables oportunidades. Por el momento, se conformó con besar el resto de su cuerpo. Empezó en sus labios, siguió por su rostro, luego su cuello, sus pechos y su abdomen.
Hermione no se quedó quieta observando, y esa era una de las cosas que más le gustaban a Severus de ella: era proactiva, expresaba lo que deseaba y lo tomaba sin preguntar. Ella le terminó de sacar la camisa y, mientras él se entretenía besando cada centímetro de su piel, ella, ayudándose con las rodillas y los dedos de los pies, le retiró los pantalones y la ropa interior.
Él se detuvo un segundo cuando el empeine del pie de ella presionó con cuidado su erección. Como si temiera caer al abismo, se afirmó de sus costados y respiró profundamente. Ya no podía aguantar más, necesitaba sentirla y hundirse en su calor.
Fue otra vez hacia el pantalón de ella y, esta vez, fue bajándolo con calma, junto a sus bragas, sin despegar la vista de la piel que iba quedando descubierta.
Hermione se mordió el labio. Su ridícula inseguridad la golpeaba de nuevo.
—¿Y si apagamos la luz?— propuso, nerviosa.
Severus dejó lo que estaba haciendo para mirarla, sin dar crédito a sus palabras.
—¿Vas a seguir con eso?— cuestionó, un tanto frustrado por no poder hacerle entender que a él le valía una mierda si estaba depilada o no. Acarició gentilmente sus muslos semidesnudos y lanzó un largo suspiro—. ¿Es que no ves lo hermosa que eres?
Hermione dudó unos segundos, pero luego alzó la cadera para que él pudiera terminar de desvestirla. Severus la miró a los ojos, intentando advertir si realmente lo estaba haciendo por propia voluntad. No quería que se sintiera forzada o incómoda. Sólo cuando ella asintió de forma enérgica con la cabeza y le dirigió una sonrisa, pudo estar tranquilo.
En tanto bajaba los pantalones por sus piernas, iba dejando la huella de sus besos en cada tramo de su piel. Viajó desde sus muslos hasta la punta de sus dedos. Sus manos la recorrieron por completo, con una adoración que le era difícil de asimilar.
Cuando acabó, volteó la vista hacia ella. Hermione estaba respirando agitadamente, sus pechos subían y bajaban y sus mejillas se encontraban sonrojadas. Él nunca había visto a una mujer más hermosa en toda su jodida existencia.
—Eres perfecta— manifestó, haciendo el recorrido de regreso por sus preciosas piernas.
Le acarició el interior de los muslos, besándolos, y los separó delicadamente. Un jadeo escapó de su boca cuando vio la parte más íntima de ella. No esperó más y lamió con una lentitud tortuosa su punto de placer. El quejido de Hermione hizo que la sangre de él hirviera por sus venas. Su lengua exploró cada zona, mientras sus manos la sostenían por las piernas para que las mantuviera quietas, ya que ella había empezado a removerse sin control.
Succionó su clítoris hinchado y caliente, lo mordió con extremo cuidado y luego lo atrapó entre sus labios. Cuando los gemidos se convirtieron en gritos ahogados, introdujo dos dedos en ella y masajeó, sabiendo de memoria qué sitios tocar. No necesitó esforzarse mucho más para hacerla acabar. Bebió cada exquisita gota de su placer, retiró sus dedos y, con una expresión engreída, la miró a los ojos.
—No imaginas cuánto adoro hacerte esto— musitó Severus, relamiéndose los labios.
Hermione, temblando de pies a cabeza, le sonrió, y, antes de que él pudiera posarse sobre ella nuevamente, puso una mano en su pecho y empujó con gentileza para obligarlo a acostarse de espaldas. Entonces, fue ella la que se acomodó encima, mientras los cubría a ambos con las mantas.
—Eres el mejor— dijo ella, para luego besarlo con todo el cariño que sentía por él.
—Lo sé— aseveró el mago, sonriendo de forma presuntuosa, mientras la abrazaba por la cintura y alzaba un poco su cadera. La intimidad de la mujer aprisionaba su virilidad y lo estaba desquiciando.
Se besaron con calma, juntando los cuerpos y acariciándose lentamente. Pero, pronto, la fricción en sus caderas encendió sus emociones.
La mano de Severus se escabulló entre sus cuerpos hasta encontrar de nuevo su clítoris, el cual acarició con suavidad.
Hermione, a pesar de que había comenzado a gemir otra vez, lo tenía bien atrapado contra el colchón y, según lo que él podía notar, no estaba dispuesta a ceder el control. Los gemidos de ella llegaban, suaves y excitantes, a su oído. Severus tuvo que morderse el labio para soportar la exquisita tortura que suponía el peso de la bruja sobre su miembro, sus pliegues mojándolo y su ardiente calor llevándolo al mismo infierno.
—Hermione...— Pero un nuevo movimiento de ella cortó su frase y lo hizo gemir largamente—. Merlín bendito, no puedo más...— Retiró su mano y la agarró con fuerza de las caderas, levantando la suya. Sin embargo, ella no se alzó lo suficiente, y él gruñó de contenido placer.
Hermione no quería parecer demasiado necesitada, pero lo cierto era que estaba usando toda su fuerza de voluntad para retrasar el momento. Necesitaba tanto llenarse de él.
—Aguarda...— dijo ella, tratando de respirar con normalidad—. Creo que tengo un preservativo por aquí— añadió, mientras se estiraba hacia su mesita de noche. Pero se detuvo a mitad de camino y miró a Severus a los ojos—. A no ser que...
Él le pasaba las manos por los muslos y la espalda con fascinación, luchando por controlarse. Su cuerpo temblaba bajo el de ella y todos sus músculos estaban tensos.
—No hay nadie más, Hermione— aclaró Severus, sin dejar de acariciarla—. Soy sólo tuyo...
Hermione esbozó una pequeña sonrisa. Escuchar esas palabras salir de sus labios la llenó de una deslumbrante felicidad; y saber que aquel hombre se consideraba "de ella"... ni siquiera podía describir el sentimiento que inundaba su pecho.
No obstante, debía ser precavida y no precipitarse demasiado pronto. Sufrir un desengaño la dejaría más mal de lo que quería imaginar.
—¿Puedo confiar en ti?— le preguntó al mago, que se removió debajo de ella, hundiendo la cabeza en la almohada, con los ojos cerrados.
—Por todos los cielos, Granger, sí— se quejó Severus, sujetándola más fuerte—. ¿Por qué te mentiría?
Hermione dejó escapar una risita ante la desesperación de él.
—Se me ocurren varias razones...— Sabía que estaba jugando con fuego, pues en cualquier momento, Severus perdería la paciencia y querría ser él quien tomara el control.
Y, en el fondo, deseaba que lo hiciera.
—No estoy mintiendo— sentenció Snape, fijando su mirada oscura en ella, harto de su juego, tal y como Hermione había previsto.
Subió hasta quedar sentado y la giró para acostarla de espaldas. No tardó en ponerse encima de ella y comenzar a devorar su cuello con hambre. Succionó un lugar en específico, mientras sus manos oprimían sus pechos.
—Severus...— gimió la mujer, abriendo las piernas para que él se acomodara entre ellas. De pronto, fue consciente de que no pretendía abandonar su cuello—. Me vas a dejar una marca...— protestó, pero él hizo oídos sordos y continuó.
—Esa es la idea— murmuró unos momentos después, viendo, orgulloso, la mancha sonrojada que había dejado en el cuello de ella—, porque eres mía...
Se miraron a los ojos un segundo y volvieron a besarse. El miembro de él empujaba en la carne de ella, abriéndose paso, pero sin llegar a introducirse.
Severus cortó el beso y se recargó en las palmas de las manos. Frunció el ceño, repentinamente indignado.
—¿Y qué hay de ti?— preguntó. Hermione lo miró sin comprender, por lo que aclaró:—. ¿Cómo sé que no has estado con alguien más?
Hermione arqueó una ceja. Esa pregunta no resistía el más mínimo análisis.
—¿Me crees capaz?
Severus ni siquiera tuvo que pensarlo para saber la respuesta. En realidad, sólo lo había dicho para molestarla... y porque, tal vez, le preocupaba un poco y sentía una pizca de celos con tan sólo imaginar tener que compartir a esa maravilla de mujer.
—No— contestó, conteniendo una sonrisa—. Una niña buena como tú no hace esas cosas.— Empezó a inclinarse para besarla, pero ella le puso un dedo en los labios y lo paró.
—Ni tan buena, ¿eh?— Esta vez, Severus sí sonrió y besó su dedo.
—Sí eres buena— masculló, pudiendo acercarse a sus labios—... y eso es lo que más me gusta de ti.
Cuando sus labios volvieron a unirse, Hermione lo rodeó por la cadera con sus piernas y empujó, logrando que él entrara de una sola vez.
A Severus se le escapó un sonoro gemido; la acción de Hermione lo tomó desprevenido. ¡Qué forma tan exquisita de tomarlo! Sus brazos temblaron y los músculos de su bajo vientre se contrajeron. Con ese simple movimiento, estuvo a punto de humillarse... Se quedó quieto y se concentró en su respiración. Las piernas de ella seguían empujándolo para que continuara, pero él necesitaba tomarse unos segundos para recobrar la compostura. Si no lo hacía, sería el encuentro más corto y vergonzoso de su vida.
—Sigue...— suplicó la bruja, abrió los ojos y vio que él los mantenía cerrados—. ¡Muévete, Severus, por el amor de Dios!
—Cállate, Granger— espetó Snape, pero al percatarse de lo brusco que habló, agregó de prisa, suavizando su voz—:. Dame un momento... si no quieres que esto termine demasiado pronto...
Hermione asintió y aflojó un poco las piernas. Un sentimiento ufano hinchó su corazón al saber que ella lo ponía así.
Cuando se recuperó, Severus empezó a moverse nuevamente. Con cuidado, salía y entraba en ella, percibiendo su estrechez apretarlo de un modo embriagador.
Hermione colocó ambas manos en el abdomen de él, observando cómo el aire salía a través de sus labios entreabiertos y las venas se engrosaban a lo largo de sus brazos. Su pelo negro enmarcaba la expresión incandescente de sus ojos.
Era hermoso.
Conforme avanzaban los minutos, las acometidas del hombre se hicieron más rápidas y profundas. El cobertor se había corrido hacia atrás, pero, gracias al calor que generaban sus cuerpos, no lo notaron.
—¿Así?— inquirió Severus, que había tomado a Hermione de las caderas para que pudiera recibir cada embestida sin moverse—. Así querías que lo hiciera, ¿verdad?
Ella no podía responder. Solamente se sentía capaz de agarrarse de las sábanas y balbucear sonidos sin sentido.
—Sé que te encanta— siguió hablando el mago. También sabía que a Hermione la volvía loca su voz. Sin dejar de embestirla, llevó una mano a su clítoris para ayudarla a llegar al orgasmo, que ya sentía próximo, debido a los espasmos de sus paredes—. Sí... déjame sentirte llegar...— Hermione comenzó a lanzar fuertes gemidos y a apretarlo contra ella con sus piernas—. Eso es, mi niña hermosa...
—Profesor Snape...— gimió ella, sin darse cuenta de la forma en la que lo había llamado.
Pero él sí lo notó, y no supo por qué aquello lo enardeció hasta el punto de hacerlo perder la cordura. Se apoyó de rodillas, tomó las piernas de ella y las ubicó en sus hombros.
—Gran Merlín— jadeó Severus, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás. Creía que el placer acabaría por quemar cada fibra de su cuerpo. Sostuvo a Hermione por los glúteos y los amasó con fervor. Ella intentaba seguirle el ritmo, pero sólo conseguía encogerse y gemir en voz alta—. Tus nalgas lo merecen todo— dijo para sí mismo.
Severus giró levemente el ángulo de su cadera y advirtió que llegaba al punto exacto en donde ella solía explotar de placer.
—Oh, Dios... Ahí es... Severus, ahí...— Él iba a decir que sabía perfectamente que era ahí, cuando el grito agudo de ella inundó la habitación.
Por un breve instante, Snape pensó que todos los vecinos de varios metros a la redonda pudieron escucharla... y luego el pensamiento pasó a segundo plano, ya que el gemido grave de él se unió al de la mujer.
Acabó dentro de ella, penetrándola firmemente pero sin lastimarla. Le soltó las piernas y se puso cada mano a un lado de la cabeza de Hermione. Su miembro aún se contraía de manera involuntaria.
Las piernas de Hermione cayeron al colchón. Jadeaba como si hubiera corrido kilómetros, y su mente se encontraba en otro plano de la existencia.
Con sus músculos relajados, Severus se dejó caer encima de ella. Apoyó la mejilla en su pecho y se quedó así, mientras se regulaba su respiración.
Hubiera querido aguantar un poco más, para, por lo menos, probar otra postura. ¡Pero habían sido tres malditas semanas sin ella! Y eso era demasiado tiempo, incluso para alguien como él, que se vanagloriaba de su excepcional resistencia en la cama. Sin mencionar que Hermione lo volvía loco como ninguna otra mujer.
—¿Te había dicho que eres el mejor?— pronunció Hermione quedamente.
Severus alzó la cabeza, aletargado, y la miró, haciendo un esfuerzo por sonreír.
—Sí..., pero no tienes que hacerlo... Ya lo sé.– Hermione rió débilmente.
—Eres el mejor— repitió, atrapó el rostro del hombre entre sus manos y le dio un largo beso en los labios—. Aunque seas arrogante... sarcástico... y enojón— prosiguió, dándole besos cortos entre cada palabra.
—Qué buen concepto tienes de mí— manifestó Severus, divertido.
—Y ahí está el sarcasmo— dijo Hermione. Él resopló y se arrimó al cuerpo de ella.
—Cierra la boca.— Cortó la risa de Hermione con un nuevo y apasionado beso.
Introdujo su lengua en la boca de la mujer, notando sus senos bajo su pecho. Ella, juguetona, le mordió el labio inferior, logrando robarle un gemido.
De pronto, Hermione sintió algo duro presionar en su vientre. Asombrada, lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿De nuevo?— Severus arqueó una ceja y le mostró su sonrisa arrogante.
—De nuevo— confirmó, antes de agarrarla y ponerla de rodillas en el colchón, al tiempo que él se situaba detrás de ella.
Severus se pasó la lengua por los labios ante aquella vista divina y, sintiéndose irrevocablemente pervertido, le dio una suave palmada en el trasero. Luego la tomó de las caderas, listo para la segunda ronda.
Ella lo había descrito como un "Dios griego" en su descabellado relato... y él se encargaría de demostrar lo muy acertado que era.
¿Seguía soñando o en realidad sonaba un piano?
¿De dónde provenía y por qué mierda lo despertaban cuando estaba tan cómodo durmiendo?
Lentamente, abrió los ojos. La tranquila melodía llegaba a él en suaves oleadas de paz. Tuvo que ser honesto y admitir que esa música le agradaba. Cuando fue consciente de dónde se encontraba, giró la cabeza hacia el otro lado de la cama, pero Hermione no estaba ahí. Estiró la mano y sintió las sábanas frías bajo sus dedos. Extrañado, se levantó y se vistió sólo con sus pantalones. Al parecer, Hermione había entrado en razón y había puesto un hechizo para calentar el departamento. Severus se lo agradeció mentalmente.
El piano de repente dejó de sonar, y él lo lamentó, pero se reanudó inmediatamente; se había sumado una voz femenina esta vez. Era un canto dulce y armonioso que parecía surgir de todas partes. Severus tuvo la impresión de haber escuchado esa canción antes, quizá muchos años atrás**.
Con sus sentidos inundados de esa bella melodía, salió de la habitación.
En el pequeño salón, vio a Hermione sentada junto a la ventana, tecleando afanosamente en su máquina de escribir, dándole la espalda. Él la observó por largo tiempo, notando, en el reflejo de la ventana, cómo ella sonreía, perdida en sus pensamientos.
Severus sonrió a su vez.
¡Dios, cómo adoraba verla sonreír! Él podría ser feliz el resto de su vida si tenía la suerte de apreciar esa sonrisa todos los días.
La música marcó cada paso que dio hacia ella. Cuando estuvo cerca, la abrazó por atrás, rodeando sus hombros.
Hermione dio un brinco por la sorpresa, pero se recompuso cuando se sintió entre los brazos firmes del mago.
—Buenos días— dijo ella, y Severus dejó un beso duradero en su mejilla.
—Buenos días— respondió él, apretando el abrazo.
Apoyó los labios en la cabeza de Hermione y cerró los ojos para llenarse de su perfume.
Deseó poder despertar así cada mañana y tenerla para él. Quería verla brillar, quería que alcanzara la cima del mundo, que extendiera sus alas y volara más alto que el cielo. Quería acompañarla en el viaje, darle la mano y asegurarle que él estaría a su lado siempre; que no le faltara nunca el sonido de su voz.
El piano continuaba sonando y la voz cantaba una letra que cobró sentido para Severus... porque ¿qué pudo haber hecho él contra lo inevitable? Podría haber peleado contra los molinos, pero la lucha habría sido inservible, porque ellos se mantendrían estoicos y el único resultado posible era su rendición.
¿Existía la posibilidad de quedarse ahí con ella por lo que le quedara de vida? ¿O, simplemente, hasta que ella se lo permitiera?
Depositó varios besos en su cabeza. Hermione se afirmaba de los brazos que la envolvían y reposaba en el pecho de Severus.
Ella también había caído en el embrujo de la música... Mejor dicho, en el embrujo del mago. No supo (y supuso que nunca sabría) qué trucos usó para hacerla caer, pero no era motivo en absoluto para quejarse. Si la podía llevar al cielo con tan sólo ese precioso abrazo, se daba por satisfecha. Frotó la mejilla como un gato en el brazo del hombre, y escuchó cómo su hermosa risa brotaba de su garganta.
—Granger— la llamó él. Su voz sonó ahogada, pues permanecía con los labios apoyados en su sien.
—Mmm... dime— dijo ella, con los ojos cerrados, sumergiéndose en el calmo cariño que le entregaba él. No pudo negarlo más: ese hombre era el indiscutible dueño de su corazón.
Y si así tenía que ser... entonces, que así fuera.
Severus se tomó un minuto antes de continuar. ¿Qué sacaba haciéndose el duro, si esa mujer lo había derrumbado incluso antes de que él se percatara? ¿Para qué callar el maravilloso sentimiento que ella despertó? Y la verdad era que no podía soportar el callárselo. Quería gritarlo a los cuatro vientos, decírselo una y mil veces. ¡Al carajo el miedo! ¡Al verdadero carajo!
Suspiró profundamente una vez más. No necesitó juntar valor... su única armadura la tenía entre los brazos.
— ... creo que me enamoré de ti— confesó, seguro. El "creo que" estaba demás.
Hermione abrió los ojos bruscamente. Sin embargo, tuvo que apretar los labios para no soltar una carcajada de puros nervios y felicidad. ¡Su niña interior chillaba y saltaba, loca de alegría!
Manteniendo una fachada serena, volteó apenas la cabeza, sintiendo los cálidos labios de él todavía presionados en su sien.
—Qué coincidencia— expresó, tranquilamente.
Severus sintió una explosión dentro suyo, como si miles de fuegos artificiales estallaran en sus oídos.
Ella también lo quería. Se separó y la vio sonreírle. Vio esa sonrisa magnífica dirigida a él... provocada por él. Llevó una mano a la mejilla de su mujer, la acarició como lo más preciado que tenía y se aproximó hasta besar sus perfectos labios.
Hermione también lo sostenía de la mejilla, lo tocaba como nadie nunca había hecho, y la caricia se trasladó a su nuca, donde empujó para profundizar el beso.
A pesar de lo ridículamente cursi, Severus pensó que el piano brindaba la atmósfera perfecta para el romanticismo.
Y pareció que Hermione había pensado algo similar, por lo que dijo a continuación:
—Ahora sí me vas a servir de inspiración para mis novelas románticas.— Él rió suavemente.
—Para eso y para todo lo que quieras.
"¿Puede ser más perfecto este hombre?", se preguntó Hermione y, extasiada, giró el cuerpo, lo abrazó por el cuello y lo besó apretadamente. Severus respondió acariciándole el rostro y atrayéndola todavía más.
Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad, pero felices.
—Había pensado también en una novela de erotismo sadomasoquista.
Ante eso, Severus se quedó anonadado un instante, pero después soltó una carcajada, que era lo que Hermione esperaba. Se le alegraba el día cada vez que veía sonreír esos ojos negros.
Sus ojos tan lindos.
—Ten cuidado, Granger— advirtió él, haciendo que su voz adquiriera un tono peligroso—. Te puedes arrepentir.
Hermione sonrió de lado y le lanzó una mirada desafiante.
—Cuando se trata de ti, nunca me arrepiento.
Severus arqueó una ceja, interpretando sus palabras como un desafío aceptado. La alzó en sus brazos y la llevó a la habitación. Hermione asumió que ese día no podría seguir escribiendo.
Ambos sabían que, teniéndose, todo estaría bien.
Hizo falta más de un año para que hallaran la razón de su encuentro no concertado.
Ya no importaba demasiado si fue la casualidad o el destino.
FIN
*Amantes de reserva, por no decir "ganado".
**La canción es Can't Help Falling In Love With You, pero específicamente el cover de Alyssa Baker. Si quieren, lean la última parte escuchándola (así me inspiré yo para escribirla).
Y aquí llegamos al final de "Niña Buena".
Amé escribirla. Me siento satisfecha con el resultado, y espero de corazón que a ustedes también les guste.
De ahora en adelante, mi meta será continuar "Los Sonidos Del Silencio" (esperemos que no se me meta alguna idea loca que me desenfoque jajja)
¡Gracias por estar!
¡Besos!
Vrunetti.
