"Pero no me faltes nunca, que aprendí a vivir así: a ya no ser tan idealista y pensar tan solo en ti".
Niña Buena
Parte II
Capítulo 1
La alarma del reloj resonó estruendosamente en la silenciosa habitación. Severus estiró un brazo perezosamente, tanteó en la mesita de noche, tomó el reloj y lo arrojó contra una pared.
—Intenta no romper mis cosas, por favor— refunfuñó Hermione, adormilada, moviéndose bajo las sábanas.
—Lo repondré.— Severus se acomodó nuevamente al cuerpo de la mujer, abrazándola por la espalda.
Ella sonrió y frotó la mejilla en su fuerte antebrazo, que ya debería encontrarse entumecido por las prolongadas horas de estar en la misma posición. Sin embargo, él no se quejó, sino que estrechó el abrazo y respiró con fuerza en su nuca.
Luego, lo sintió deslizar su mano libre por su abdomen y continuar bajando. Hermione apretó los muslos, deteniendo el avance y provocando que el hombre gruñera suavemente.
—Vas a llegar tarde si te dejo seguir— dijo Hermione, luchando contra todos sus deseos. Se giró un poco para mirarlo a la cara—, y después me vas a echar la culpa.
Severus sólo le dio una sonrisa maliciosa y la besó en los labios, al tiempo que se incorporaba lo suficiente para colocarse encima de ella.
—Severus...— Si él continuaba besándola de esa forma, ya no podría seguir pensando como debía ser.
Hermione puso las manos en el pecho desnudo del mago, en un intento que contradecía al resto de su cuerpo de detenerlo. Le rodeó el cuello con los brazos y abrió las piernas para recibirlo.
¿Cómo iba a negarse a esto?
Hacer el amor con él era siempre una delicia, pero hacerlo por las mañanas estaba unos peldaños por encima de todas las otras circunstancias. Había algo estimulante en su piel caliente al despertar, en los movimientes suaves y los besos lentos de un cuerpo que retoma el control luego de una noche de sueño.
—No... Severus, detente— dijo de modo poco convincente, cuando él comenzó a besar y succionar su cuello.
—¿Hablas en serio?— preguntó Snape con tono divertido. Ella se mordió el labio para no gemir en voz alta.
—Vas a llegar tarde...
—Me importa una mierda, cariño— repuso él, hablando despacio.
¡Carajo! Cuando le hablaba así, no había forma de que pudiese controlarse.
Severus se mecía sobre ella, rozando su miembro muy despierto en su entrepierna muy húmeda; le devoraba la boca de forma posesiva y acariciaba sus pechos con delicadeza.
Definitivamente, Hermione no podía negarse a eso.
De acuerdo, si llegaba tarde a su reunión, no sería culpa de ella. Lo empujó por la cadera con sus piernas, conduciéndolo en su interior, tal y como a él le gustaba. Sonrió contra sus labios al escuchar su gemido grave.
—Jodido Merlín— susurró Severus, con los ojos fuertemente cerrados.
Volvió a besarla mientras empujaba su cadera en ella lentamente. Se apoyó en sus antebrazos, para poder besarla y sentir sus pechos contra su cuerpo.
Hermione enredó las piernas alrededor de su cintura, atrapándolo, logrando que sus suaves movimientos acariciaran su clítoris.
—Severus... me encanta cuando te mueves así.— Hermione le acariciaba el rostro dulcemente, sin dejar de mirar sus hermosos ojos oscuros, tan llenos de amor y pasión.
—Lo sé, mi bruja hermosa— respondió él, justo antes de besarla profundamente.
Cuando se separaron, Severus lanzó una larga exhalación, extasiado de placer, y rozó la mejilla de ella con sus pulgares—. Te amo tanto...
Hermione sonrió abiertamente, sonrojada. Sin embargo, tuvo que cerrar los ojos cuando él embistió con más fuerza. Agudos y pequeños gemidos escapaban de su boca a medida que el hombre incrementaba la velocidad. Estaban cerca.
—Hermione... no voy a aguantar mucho más— avisó Severus, ahora recargándose con las palmas en el colchón y los brazos extendidos, marcándole las venas hinchadas.
Su resistencia se venía abajo cada vez que le hacía el amor por las mañanas. No entendía la razón. Por más que se concentraba, no conseguía durar más de un par de minutos. Al menos, Hermione parecía disfrutarlo tanto como él, y no tardaba demasiado en venirse también.
—Sigue, mi amor... no pares— le pidió ella. Su cabeza estaba apoyada en las almohadas y mantenía los ojos cerrados.
Severus sólo pudo gruñir a las peticiones de su bruja. Se inclinó y atrapó su pezón en su boca, al mismo tiempo que aventuraba una mano a su clítoris y le brindaba la atención necesaria para que llegara a su máximo placer.
Unos segundos después, Hermione le enterró las uñas en la espalda, lo apretó entre sus piernas y gimió a todo volumen. Él acompañó su orgasmo con uno propio, derramándose adentro de ella y hundiéndose lo más profundamente que podía, gimiendo con la voz ahogada.
Se miraron a los ojos nuevamente, se sonrieron y se fundieron en un tierno beso.
Los brazos de Severus apenas podían sostener su peso y sentía que sus piernas no le respondían. Aun así, pudo rodar a un lado de la cama y envolver a Hermione en un abrazo protector.
—¿Ahora es buen momento para volver a pedirte que te vayas a vivir conmigo?— preguntó Snape, deslizando las yemas de los dedos por sus omóplatos.
Hermione rió ligeramente.
—Estamos bien así—repuso amablemente, con su mano descansando en el pecho del hombre.
—Estaríamos mejor en mi casa.
Severus llevaba algunas semanas pidiéndole que se mudara con él, en vista de que prácticamente vivían juntos, aunque alternaban los días entre el apartamento de ella y su casa. Él creía que era absurdo tener que cambiar constantemente de un sitio a otro, pero Hermione no pensaba lo mismo; ella clamaba que les hacía bien tener sus propios espacios, en especial, cuando necesitaba privacidad para escribir, a lo que Snape respondía con su habitual: "en mi casa hay espacio de sobra, podemos instalar un estudio para ti". Sin embargo, y pese a sus incansables esfuerzos, Hermione no aceptaba la propuesta.
Por su lado, Hermione no veía la razón de apresurar tanto las cosas. Está bien, hace un año y medio que tenían sexo regularmente; y hace medio año que habían decidido "ser exclusivos". Si bien su relación era armoniosa y apasionada, solamente su suegra lo sabía (y quizá lo supo antes incluso que ellos mismos).
Quería tomarse las cosas con calma. Salían a cenar, a pasear, hasta Severus le había cogido el gusto a ir al cine, y dormían juntos todas las noches. Pero Hermione también amaba su independencia, tener su lugar propio para sentarse tranquilamente y escribir o leer, un lugar en donde ella decidía todo: si quería dejar los trastes sucios, los dejaba; si se atrasaba con el recibo de la luz, problema suyo. Le gustaba vivir sola... y que él la acompañara.
—Ya sabes mi respuesta.
—Eres tan insoportablemente terca— recriminó Snape.
—Tú también me agradas— dijo ella sarcásticamente—. Aunque lo de irnos de vacaciones sigue pareciéndome una buena idea— agregó, con una cansada sonrisa en los labios.
Severus le devolvió la sonrisa y besó su frente. Entonces, recordó que no podía quedarse acostado con ella todo el día, como deseaba. Tenía que ir a esa estúpida reunión gerencial de emergencia... un maldito domingo por la mañana.
—Creo que tienes que irte ya— dijo Hermione, divertida ante el gesto de fastidio de él.
—Por la puta madre de Merlín.—Severus hizo a un lado las sábanas con brusquedad y se sentó en la orilla del colchón.
Hermione fue hacia él y lo abrazó por la espalda, dejando besos en sus hombros tensos.
—Tienes ropa limpia en el segundo cajón de allá.— Señaló un pequeño ropero en el otro extremo de la habitación—. Puedo lavar el resto aquí.
—No te molestes— refutó Severus, frotándose los ojos—. Me la llevaré después.
—No me molesta.— Hermione apoyó el mentón en uno de sus hombros y ladeó la cabeza—. Déjame hacerlo... ¿sí?
Severus giró apenas el rostro y sonrió de lado. Ella siempre ponía esa cara de cachorro cuando quería convencerlo.
Y nunca fallaba.
—Como quieras.— Le dio un corto beso en la mejilla y fue a darse una ducha.
Hermione sonrió con satisfacción. Desperezándose, se levantó, se puso pijama y una bata por encima. La sesión mañanera con su mago la había cargado de energía y buen humor.
Cuando Severus volvió a la habitación, impecablemente aseado y ataviado con una elegante túnica negra que utilizaba exclusivamente para ocasiones importantes, sintió una innegable envidia al ver a Hermione vestida tan cómodamente, con su bata de levantarse y sus infantiles pero adorables pantuflas de gato.
—Te acompaño abajo— anunció Hermione, precediendo el camino.
Llegaron a la puerta que daba a la calle y se despidieron con un largo beso en los labios.
—Que te vaya bien— dijo la mujer. Sostenía la mano de Severus mientras él se alejaba.
—Nos vemos luego— contestó, sonriéndole ligeramente. Dio media vuelta y se encaminó a la caseta telefónica más cercana que lo llevaría al ministerio.
Hermione se cruzó la bata sobre el pecho, viendo al hombre desaparecer tras una esquina.
—Vaya, vaya— habló una voz masculina a su espalda.
Hermione se giró y vio a uno de sus vecinos junto al buzón de correo comunitario. El mismo vecino que había visto a Severus y a ella besuqueándose en la puerta tanto tiempo atrás.
—Entonces, vas en serio con él— comentó el hombre despreocupadamente. Era un poco gordito, joven pero con marcadas entradas en la frente, barba bien cortada y lentes cuadrados y gruesos.
—Hola, Leo— saludó Hermione con una sonrisa cordial, al tiempo que avanzaba a su propio buzón y sacaba su correspondencia. Revisó las cartas superficialmente y levantó la mirada a su vecino—. Sí, eso creo.
—Cuánto me alegro, Hermy— manifestó Leo con sinceridad, apretando cariñosamente el brazo de Hermione—. Ya empezaba a preocuparme tu soltería.— Ella sólo rió y negó con la cabeza—. Si no jugara en tu mismo equipo, te habría invitado a salir.
—Que tu novio no te oiga decir eso.— Él soltó una risotada.
—Bueno, mi novio ya le echó el ojo al tuyo— declaró Leo, todavía riéndose.
—¿Qué?— Hermione quedó pasmada—. ¿Es broma?
—Ya quisiera yo— bufó, rodando los ojos—. Cada vez que lo ve, se pone baboso.— La boca de Hermione se abrió por la sorpresa—. Aunque, francamente, está bien bueno.
—¡Leo!— Hermione le golpeó el hombro con su montón de cartas—. Ni se te ocurra acercarte a él.
—¡Hey! ¿Por quién me tomas?
—Sólo te lo advierto... Él es bastante...— pensó un momento en la palabra adecuada— temperamental.
—Sí, ya me he dado cuenta.— Hermione lo miró sin entender—. Tu habitación queda justo arriba de la mía, cariño.— Leo le guiñó un ojo y subió por las escaleras, dejándola sola y avergonzada.
Tres suaves golpes en la puerta detuvieron el concentrado e incesante garabateo de Hermione en su libreta de notas. Levantó la mirada un segundo, terminó de plasmar la línea de ideas que había estado escribiendo, cerró la libreta y fue a abrir.
Harry y Ginny le sonrieron desde el otro lado del umbral.
—¡Hola!— saludó la pareja al mismo tiempo, como si estuviesen conectados telepáticamente.
—¡Hola!— Se saludaron con besos en las mejillas—. Pasen, denme unos minutos para arreglarme y salimos.
Entraron a la sala principal, que hacía las veces de comedor y sala de estar. Hubiese estado muy ordenado, de no ser por el tendedero de ropa que ocupaba la mitad del espacio y los percheros colgando del tubo de la cortina. El clima estival era propicio para secar la ropa al natural, ayudado por el viento cálido que ingresaba por las ventanas abiertas.
Harry y Ginny, siendo amigos íntimos de Hermione, pasaron por alto las prendas y se sentaron a la mesa de comedor.
Hermione se apresuró a su dormitorio, se cambió la camiseta desgastada que usaba en su casa por una más decente y fresca, se arregló un poco el cabello frente al espejo y ya estaba lista. Después de todo, solamente iban a hacer un picnic al parque.
—Ya estoy lista— anunció, de regreso a la sala. Harry y Ginny, que habían estado hablando en susurros y con las cabezas casi tocándose, se voltearon a mirarla con una extraña expresión. Lo que más preocupó a Hermione fue la cara de Ginny: parecía estar acusándola de algo—. ¿Qué pasa?
La pareja se miró de soslayo un instante.
—Nada— dijo Harry, esbozando una sonrisa amistosa.
—Sólo que...— intervino Ginny, sin embargo, más suspicaz— notamos algo extraño. Hermione se limitó a fruncir el ceño—. O cambiaste radicalmente tu estilo de vestir... o estás saliendo con alguien.
El repentino rubor de Hermione la delató enseguida, causando que Ginny sonriera de forma traviesa.
—Ah... Bueno...— La castaña se rascó la cabeza y apartó la mirada a la capa negra que colgaba descaradamente junto a la ventana, luego a los pantalones y camisas ondeando al viento.
Ya no había forma de mentir, ¿verdad? ¿Qué podía decir?
—Tomaré eso como un sí— dijo Ginny. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la mesa—. ¿Quién es?
Hermione no estaba preparada para aquella confesión, así que decidió quedarse callada y dejar que las pruebas hablaran por ella. Bastaba con echarle una mirada a las prendas para adivinar quién era su dueño.
—¿Es alguien de la escuela?— aventuró Ginny.
Tibio.
—¿Es mi idea...?— habló Harry esta vez, envalentonado por el silencio de su amiga—¿... o tu novio tiene unos gustos en ropa muy parecidos a los de Snape?
Caliente, alerta roja.
Los ojos de Hermione se desviaron nuevamente a la capa. ¡Al diablo, estaba atrapada!
—Sí— dijo Hermione de forma escueta y lenta.
—¿Sí qué?— quiso saber Ginny, con la mitad del cuerpo encaramado sobre la mesa—. ¿Tiene gustos como los de Snape o...?
—¿O es Snape?— acabó Harry por ella.
Ginny miró a su novio con los ojos como platos y ambos estallaron en carcajadas. La idea de que su amiga estuviese saliendo con su antiguo jefe y profesor era descabellada.
Hermione rió nerviosamente. Afrontaría la situación con toda dignidad. Ella amaba a Severus con todo su corazón, igual que él a ella, y eran muy felices juntos. No había nada de malo en eso.
Una vez que sus amigos dejaron de reír, Hermione tomó asiento frente a ellos.
—¿Y bien? ¿Quién es el hombre misterioso con gustos de Snape?— preguntó Ginny, limpiándose algunas lágrimas de los ojos.
Hermione inspiró hondo y dijo:
—Snape.
Los tres se quedaron en silencio. Harry y Ginny la observaban como si fuese un animal exótico de zoológico.
—Ya, en serio— habló Harry, con el comienzo de una sonrisa en sus labios. Sin embargo, Hermione permaneció con el gesto serio.
—No nos quieras ver la cara, Hermione.— Ginny se negaba a creer aquella rotunda afirmación.
—No lo hago. Es la verdad— aseveró ella, tranquilamente—. Esa ropa es de Severus. Estamos saliendo.
Hermione pensó que las caras de Harry y Ginny valían, por lo bajo, unos cientos de miles de galeones.
—Pero...— titubeó Ginny, mientras que Harry parecía haber perdido la capacidad del habla—. ¿Cómo? ¿Cuándo...? ¡¿Qué!?
Ahora era Hermione la que reía. La boca de Ginny estaba completamente abierta, y Harry ni siquiera respiraba.
—Eso, estoy saliendo con Snape.
—¿Con...?— pudo articular Harry trabajosamente.
—Sí, Harry, con Severus Snape— completó Hermione, algo exasperada ahora, y para ser lo más clara posible, añadió: —. El que nos enseñó Pociones en Hogwarts y quien, después, fue mi jefe. Él.
—Pero, Hermione...— Ginny no salía de su asombro. Cerró los ojos, sacudiendo la cabeza y enderezando su espalda—. ¿Hace cuánto?
Hermione no supo qué respuesta dar. ¿Contaba el tiempo que tuvieron "sólo sexo"? Suponía que no.
—Eh... será medio año el mes entrante— dijo con firmeza.
—¡¿MEDIO AÑO?!— exclamó Harry. Hermione le sonrió.
—Sí.
—A ver, a ver— habló Ginny, mostrando las palmas de las manos, como para contener el torrente de preguntas que había en su cabeza—. Desde el principio, Hermione, por favor.
—¿No podemos ir y les cuento en el camino?
—¡NO!— gritó la pareja a la vez, y Hermione dio un saltito en su silla.
—De acuerdo, está bien— concedió de mala gana—. Aunque no es la gran cosa...
—¿Que no es la gran cosa?— Ginny sonreía, incrédula—. ¡Estás saliendo con Snape! Lo dejaría pasar si fuera cualquier otra persona, pero ¡es Snape!
—Ni que fuera tan terrible— pronució Hermione entre dientes.
—Hermione, es que... ustedes... se detestaban— terció Harry—. No puedo ver cómo es que llegaron a... esto.— Movía las manos en el aire, tratando en vano de encontrar respuestas.
La castaña se pasó las manos por la cara, mientras ordenaba sus ideas. Carraspeó y comenzó su relato:
—Todo empezó hace un... año y medio...
—¿Año y medio?— saltó Ginny—. Pensé que habías dicho...
—¿Me vas a dejar terminar?— la atajó Hermione. Empezaba a impacientarse. En realidad, no entendía por qué tenía que dar tantas explicaciones, pero sabía que sus amigos no dejarían en paz el asunto tan fácilmente.
Harry y Ginny asintieron para que continuara.
—Hace un año y medio, más o menos, me lo encontré en una... en un bar.— Quiso obviar el detalle de la mugrosa cantina, ese era un secreto entre Severus y ella—. Bebimos un poco, conversamos. Fue él, de hecho, quien me motivó a seguir mi sueño de ser escritora.— Sus amigos seguían la historia con una atención suprema—. Y esa noche... bueno... pasaron cosas... ya saben.
—¿Te obligó?— preguntó Ginny, preocupada.
—¿Qué? ¡No, en absoluto!— Hermione sacudió sus manos—. Fue totalmente consensuado. Miren, esa noche nos dimos cuenta de que nos gustábamos... que nos gustábamos hacía tiempo. Después, seguimos viéndonos, pero era algo... netamente físico.— Suspiró, recordando cómo su relación fue cambiando con el paso del tiempo, y no pudo evitar sonreír. Harry y Ginny, atónitos, no le quitaban la vista de encima—. Hasta que algo cambió y empezamos a... tener sentimientos el uno por el otro... y ahora estamos juntos. Eso es todo.
Hermione casi podía ver los cerebros de sus amigos en pausa. No decían nada, simplemente se quedaban viéndola.
Entonces, Harry reaccionó y una sonrisa cruzó su rostro, seguida de una breve carcajada nerviosa.
—Diablos...— murmuró el joven—. De verdad estás saliendo con Snape.
—Eso es lo que acabo de decir.
Ginny se puso de pie y dio una palmada de forma tan abrupta que asustó a los otros.
—¡Dios, Merlín y Morgana!— espetó la pelirroja—. ¡Esto hay que celebrarlo! Harry, abre el vino.
Harry y Hermione la miraron boquiabiertos.
Fue la propia Ginny quien abrió la bolsa que habían llevado y sacó una botella de vidrio oscura.
—Ginny... ¿qué haces?— quiso saber Hermione, perpleja.
—Vamos a brindar— explicó llanamente la pelirroja, mientras sacaba el corcho de la botella con un movimiento de varita. La agitó otra vez y tres copas volaron desde la cocina hasta la mesa. A continuación, vertió algo de vino en las copas y le pasó una a cada uno. Alzó la suya—. ¡Por el nuevo novio!— No esperó a sus amigos y bebió todo el contenido de su copa de un trago.
Hermione miró a Harry, que lucía igual de confundido y asombrado que ella. Aun así, el joven se encogió de hombros, levantó su copa y brindó a la salud de Snape.
—Estás loca— susurró la castaña, antes de beber un poco de vino.
—¿Yo?— cuestionó Ginny, señalándose a sí misma—. Disculpa, pero yo no soy la que está saliendo con Snape... Merlín no lo permita.— Hermione alzó una ceja en su dirección.
—Te sorprenderías— dijo Hermione como defensa.
—Y, Hermione... ¿todo bien con eso?— intervino Harry—. ¿Tú estás bien? ¿Estás feliz?
Hermione le sonrió a la consideración de su amigo. La gente pocas veces formulaba esa pregunta tan importante. ¿Qué más daba lo que hiciera o con quién compartiera su vida y su cama? Ella había aprendido que lo único que realmente importaba era ser feliz.
—Sí.— Era imposible borrar la sonrisa de enamorada de sus labios—. Mucho.
Harry estiró su brazo y le dio un suave apretón en la mano. Ginny la miraba con un cariño enorme, fraternal, una mirada muy parecida a la de Molly Weasley.
—¿Están viviendo juntos?— quiso saber la pelirroja—. Digo, porque su ropa está aquí...
—No— dijo Hermione, más relajada ante el hecho de que sus amigos se hubiesen tomado tan bien la noticia (luego de la consternación inicial)—, pero pasamos mucho tiempo juntos.
—Ah...— Ginny entrecerró los ojos en su dirección—. Así que por eso has estado tan desaparecida este último tiempo.
—No he estado desaparecida.— Ginny alzó las cejas; evidentemente, opinaba distinto—. ¿Verdad, Harry?— Hermione miró a su amigo, en busca de apoyo.
—Eh, bueno... Has estado un poco distante— vaciló Harry, sus ojos verdes huyendo de los de ella.
"¿Distante?", se preguntó Hermione. Sí era cierto que había rechazado algunas invitaciones por quedarse con Severus... pero ¡tampoco era para que se lo echaran en cara! Harry y Ginny también habían tenido una época en la que se sumieron en su relación, lo cual era natural en todas las nuevas parejas.
—He estado escribiendo mucho— objetó Hermione, cruzándose de brazos.
—Seguro que sí— dijo Ginny con un tono deliberadamente sarcástico—. No has salido de la cama, querrás decir.
Harry se tapó la boca para atrapar una carcajada, y Hermione enrojeció hasta las orejas. No obstante, juntó su dignidad y se puso de pie lentamente.
—Tienes razón.— Ginny amplió su sonrisa—, pero ya no me apetece seguir hablando de mi vida privada. ¿Nos vamos o no?
Más tarde ese día, después del picnic con sus amigos y tras eludir con éxito los interrogatorios obscenos de Ginny, nuevos golpes resonaron en la puerta de su apartamento.
Hermione saltó del sofá en el que estaba leyendo y fue a abrir.
—Hola, mi amor— saludó a Severus, acunando su cara entre las manos y dándole un beso.
—Hola.— El mago compuso una pequeña sonrisa.
—Pensé que ibas a llegar más temprano— comentó Hermione, mientras él se quitaba la capa y la levita y las dejaba en el respaldo de un sillón—. ¿Te fue bien?
—Sí— respondió Severus vagamente—. La reunión se alargó más de lo que esperábamos.
—Te ves cansado.— Hermione se acercó a él y lo abrazó por detrás.
—Lo estoy.— Severus suspiró, se dio la vuelta y depositó un suave beso en la frente de la bruja. Hermione sonrió al contacto.
—¿Tienes hambre?— preguntó, alzando una mirada risueña—. La cena está lista.
Severus asintió ligeramente con la cabeza y Hermione fue a calentar la comida. Sirvió los platos y dos copas de vino. Pese a que había bebido una buena cantidad en el picnic, nunca desaprovechaba la ocasión de compartir una copa con su mago.
—¿Recuerdas que hoy iba a salir con Harry y con Ginny?— dijo Hermione en tono conversacional. Él sólo respondió con un gruñido mientras comía—. Bueno... ya saben de lo nuestro.
Snape alzó los ojos, con la cabeza todavía inclinada sobre su plato. Se quedó callado un momento, mirándola.
—¿Y qué dijeron?— preguntó luego.
—Pues... que estaban felices por nosotros.— Hermione era consciente de que él sabía que estaba exagerando, pero no dijo nada—. Aunque al principio se sorprendieron.
Severus continuó con su comida, en el mismo estado abstraído con el que había llegado.
—Bien— dijo unos momentos después, sin dirigirle la mirada.
Hermione estaba algo contrariada por su falta de reacción. Había esperado algún comentario mordaz o un poco más de entusiasmo. Algo le pasaba.
—Quedamos en juntarnos a tomar unas cervezas el próximo viernes— continuó hablando Hermione—. Sólo los cuatro. Insistieron tanto que no pude negarme... ya sabes cómo son. Podría ir a buscarte a tu oficina cuando salgas, para que nos vayamos juntos, si te parece bien.— Pero él no parecía estar prestándole atención: seguía comiendo pausadamente, con la mirada perdida. Hermione se aclaró la garganta—. Severus... ¿me estás escuchando?
Él elevó la mirada, distraído, como si acabaran de interrumpir una profunda reflexión. Volvió a bajarla con la misma rapidez.
—Vamos a salir con Potter y la chica Weasley el viernes— repitió las palabras de Hermione, dejando en claro que sí la había estado escuchando.
—No tienes que ir si no quieres— manifestó ella, sintiéndose cada vez más incómoda y preocupada.
Ya había pasado antes que Severus llegaba ofuscado o furioso del trabajo, pero en esas oportunidades, se dedicaba a despotricar largamente contra el ministerio y sus empleados hasta soltar todo lo que tenía que decir. Ahora, en cambio, estaba inusualmente callado y pensativo.
Si no fuese porque había cruzado la puerta con ese aire distante, Hermione hubiese pensado que su disgusto se debía a tener que reunirse con sus amigos.
—¿Estás bien?— preguntó de forma cautelosa.
—Sí— dijo él, limitándose a mirarla por un escaso segundo—. Sólo un poco cansado.
Ella lo miró analíticamente durante un minuto. Tenía el orgullo de afirmar que lo conocía bien, y sabía perfectamente que no estaba "sólo un poco cansado". Aun así, prefirió no molestarlo más por el momento.
—¿Quieres un té?— preguntó, cuando él dejó el plato vacío.
Severus estiró la espalda, que crujió por la tensión, y sacudió la cabeza en negación.
—No, gracias.— Hermione lo miró con ojos preocupados—. Necesito descansar... mañana tengo que ir al trabajo temprano.
—Está bien— dijo ella, levantándose y tomando los platos para dejarlos en el fregadero.
Limpió todo y fue a su habitación. Severus ya estaba metido bajo las sábanas, en pijama, con los ojos cerrados y las manos detrás de la cabeza.
Hermione se preparó para acostarse y se acurrucó en el pecho del mago, que la recibió rodeándola con un brazo.
Permanecieron abrazados en silencio, con la luz apagada. Hermione dejaba lentas caricias el estómago de su ex profesor, mientras que él simplemente estaba quieto.
—Sabes que te amo, ¿verdad?— dijo Severus de pronto.
Si bien Hermione ya estaba acostumbrada a que él le expresara sus sentimientos... en esta oportunidad, las palabras sonaron diferentes a sus oídos. No estaba segura si estaba preocupándose demás, pero sintió que Severus estaba intentando decir otra cosa detrás de su frase.
—Yo también te amo.— Se inclinó sobre él y lo besó con todo el amor que era capaz. Se separó apenas unos centímetros, acariciándole la mejilla—. Te amo mucho.
Severus la estrechó contra su pecho y apoyó los labios en su pelo. Su vida nunca había sido mejor, pero pronto, tal vez, tendría que tomar una decisión que la cambiaría.
Bien, aquí empieza la segunda parte. Honestamente, no estaba muy segura de hacerla, pero como mi mente pensaba lo contrario, me puse a escribir de todas formas.
Ya saben que me encanta el drama, así que esto tendrá un poquito. Además, tenía ganas de jugar un poco con otros personajes y con distintas situaciones, y siempre he disfrutado la parte en la que Hermione le cuenta a sus amigos que está saliendo con Severus xD No sé por qué.
En fin, espero que les guste y lo disfruten. Ya saben cómo pueden hacérmelo saber: un comentario me alegrará el día.
Besos.
Vrunetti.
