La celebración se extendió hasta muy tarde en la madrugada, después de la petición de matrimonio, Regina aligeró su humor, además, que cierto principito no se le desprendía de su lado y como a ella no le molestaba, todo fluyó mucho mejor, compartieron en compañía de todo el pueblo, se respiraba aire de felicidad, Blanca y Robin se retiraron temprano, los niños estaban cansados, Emma y Killian se llevaron a Henry al barco, Ruby quiso dormir temprano, las hadas se marcharon al convento y los demás se fueron retirando poco a poco, ahora, solo quedaban Regina y David, bailando en el salón de la cafetería al compás de una canción que él mismo eligió en la caja de música, lo que no sabían era, que los ojos de la vieja lobo, no dejaron de observar lo hermosos que lucían juntos.

"mi olfato de vieja jamás me engañó", comentó desde la barra ganándose las risas de la pareja frente a ella, "esas miraditas que se daban, sus asiduas visitas, las saliditas en las tardes con el pretexto de que Henry no estuviera triste por la ausencia de su madre y su abuela y qué hablar de cuando Cora apareció", ahí fue cuando lo supo de verdad, esos días, el príncipe estuvo como loco buscando una sola pista que demostrara la inocencia de la reina, a quien todos culpaban por la supuesta muerte de Archie.

"porque eres una viejita con muchos truquitos escondidos bajo la manga", David deliraba por ella, pero ese amor creció después de la muerte de Daniel.

"y tú eres un principito demasiado atrevido, mira que conquistar a la reina", cuando la comenzó a llamar 'viejita chula', se molestó, pero, con el tiempo, cedió ante sus demostraciones de cariño.

"quien no sea capaz de ver los encantos de mi reina amada, se pierde la mitad de su vida", la miró tan enternecido, que hasta ella se sonrojó.

"yo sí lo supe desde el primer día que la vi", la conversación los trajo a la barra donde le sirvió a David un trago de wiski con hielo, "y la amé como a mi propia hija", le tomó las manos para acariciárselas, ella respondió con una ligera sonrisa, estaba acompañada por las únicas dos personas que conocían todos los secretos de su corazón.

"gracias", el ambiente se puso un poco sentimental, "por cuidarla", la anciana soltó una protesta.

"las cosas no fueron tan fáciles", explicó su reacción, "la niña de mi corazón, es cabeza dura desde jovencita", David asintió.

"pero te tuvo ahí", le pasó una mano por encima del hombro para atraerla a su cuerpo, "¡cuánto hubiera dado para llegar a su vida antes!", besó su frente.

"mucha falta le hubieras hecho", si eso hubiera ocurrido, muchos de esos días grises que pasó en el castillo no existirían.

"por algo ocurren las cosas", al fin se decidió a intervenir en la conversación, "quizás en aquella época no te hubie…", él leyó sus pensamientos y la interrumpió.

"te amaba igual", se miraron ignorando la presencia de Granny, "de ti me enamoraría siempre", sus ojos se cristalizaron, dudaba que, si la hubiese conocido en su época como reina, dijera lo mismo, el matrimonio con el rey la destruyó completamente al punto de convertirse en una mujer rota por dentro e incapaz de amar sinceramente.

"trataba de recoger los pedazos de mi vida", la confesión hizo a la anciana apretar sus manos con mayor empatía.

"te ayudaba sin que me lo pidieras", ese era David, tenía respuesta para todo lo que a ella se refería.

"Leopoldo", mencionó su más terrible experiencia del pasado.

"te juro que lo mataba", era por él que lamentaba no haber cruzado sus caminos antes.

"no te lo hubiera permitido", intervino Granny, "¿tienes idea de las veces que le propuse escaparse de las garras de esa farsa de rey?", no le afectaba hablar de su pasado en presencia de ambos.

"estaba muerta de miedo, por eso nunca acepté", la aterraba la sola idea que el viejo decrépito de su marido pudiera hacerle algo a su viejita consentidora, no lo dijo para no parecer más vulnerable de lo que ya se sentía por desempolvar esos recuerdos tan dolorosos.

"lo que tú querías era protegerme, por eso preferiste quedarte ahí", eran a las conclusiones que había arribado años después que todo ocurriera.

"te amaba viejita", esas palabras provocaron las lágrimas de los tres.

"por eso me marché", ahí tenía un indicio de la respuesta que estuvo buscando por tantos años, sintió su ausencia más de lo que se daba el lujo de admitir.

"estuve noches enteras suplicando porque vinieras", las lágrimas no se detenían, se quedaron en silencio por un momento, hasta que Granny los distrajo para que se terminaran las tristezas y porque prometió no hablar sobre su partida del palacio, se la reservaría esa parte, aunque dudaba que la reina no quisiera saciar su curiosidad.

"fue suficiente de recordar el pasado", se atrevió a secar las mejillas de su reina.

"un día me lo contarás, de mí no te escapas", le advirtió para que estuviera esperando porque el momento llegaría, tarde o temprano, se bajó de la alta silla de la barra, David la siguió, esa era su despedida, la anciana lo entendió y se adelantó para darle un abrazo de buenas noches.

"me gusta mucho verte feliz", le susurró al oído, ella le respondió con un beso en la mejilla.

"viejita chula, mañana vendremos a desayunar", David, como todo un caballero, le besó la mano, para él también la anciana era como una madre.

"prepararé algo especial para los cuatro", les guiñó un ojo, su broma los hizo reír.

"tus nietos deben aprender a conocer la sazón de su abuela", David le siguió la broma.

"y que no sea así para que vean", los tres se quedaron conformes con esa conversación, pero ya era la hora de retirarse a descansar, la pareja salió del lugar abrazados como pulpos, la anciana sonrió al verlos así de acaramelados, pero no pudo detener la tormenta de recuerdos que se formó en su mente.

En el Bosque Encantado, para la época que tuvo que esconderse porque todos los pobladores del bosque la perseguían para matarla por ser una vieja loba, buscó trabajo en el lugar donde su vida no correría peligro.

"te presento a la Reina del Castillo Blanco, Regina Mills", la joven leía un libro en la biblioteca del palacio cuando Leopoldo irrumpió en el lugar para acabar con su tranquilidad, hacía solo una semana que la niña de diecisiete años fuera obligada a casarse con un hombre que le triplicaba la edad.

"mucho gusto, su majestad", le hizo una reverencia, que ella siguió, tomando su largo y apretado vestido por las orillas para inclinar la cabeza.

"ella será tu sirvienta personal", al fin logró lo que tanto quería, su mujer no podía reunirse con jovencitas de su misma edad para que le envenenaran la cabeza en su contra.

"me llamo Eugenia", se presentó mirando a los ojos de la muchacha frente a ella, donde se escondía una profunda tristeza.

"ahí te dejo con la reina, cumple bien con tu trabajo, si no, te echo a la calle", la amenazó, algo que le sonó extraño, el rey era conocido por su bondad y su amabilidad, "¡Regina, esta noche te espero en mi habitación!", dio su orden y se marchó, estaba anocheciendo.

"doña Eugenia, ¿me ayuda a cambiar mi atuendo para la cena?", preguntó con la voz completamente entristecida.

"no me llames doña, solo Eugenia", podía imaginarse el motivo de su resignación, la voz autoritaria del rey y la amenaza que le lanzó antes de marcharse se lo dejó muy claro, "y no me tienes que preguntar, estoy aquí para servirte", le habló con plena confianza para que la muchacha se sintiera más cómoda en su presencia, abrió la puerta para que saliera delante y ella seguirla como su más fiel sierva, porque efectivamente en eso se convirtió a partir de esa noche.

Cuando la cena terminó, la reina fue a su habitación, para cambiarse de ropa, le tenía lista una bata transparente de dormir, con un camisón de la más fina seda que hubiera visto en su vida, mientras la ayudaba a quitarse el apretado corset, la joven reina lloraba incontrolablemente, ella casi no podía contener su propio llanto, no necesitaba ser adivina para saber a qué se debían sus lágrimas, acomodó su hermosa cabellera negra, la perfumó, le abrió la puerta para que caminara sola rumbo al infierno que le esperaba detrás de las paredes de la habitación del rey.

La esperó sentada en la esquinita de la cama para ayudarla a su regreso, solo que, ninguno de sus pensamientos se asemejó a la realidad, la puerta se abrió tan lentamente que, hasta para ella fue una tortura, la figura de la reina apareció ante sus ojos, la miró de arriba hasta abajo, su atuendo estaba rasgado, se cubría como podía, sus delicadas manos estaban enrojecidas, al igual que su rostro y de sus muslos corría sangre que goteaba entre sus pies, la joven reina, al percibir su presencia, se desplomó en el suelo a llorar sin consuelo, no pudo más que brindarle su apoyo incondicional, desde ese día juró que sería su protección, su confianza, a quien podía acudir en momentos de extrema tristeza, por eso, llegó a quererla tanto como a una hija.

"abuela, ¿todavía no te acuestas a descansar?", la voz de Ruby impidió que siguiera revolviendo el pasado, "¿estás llorando?", se levantó a tomar un poco de agua y al ver a su abuela todavía levantada se acercó a ella y pudo darse cuenta de su llanto.

"no, mi niña, estoy lavando mis viejos ojos", la hizo reír con su ocurrencia, la atrajo a un abrazo lleno de cariño, agradecía que ni su hija ni su nieta tuvieron que pasar por esa experiencia tan tormentosa que acababa de recordar, de lo contrario, su viejo corazón no hubiese soportado tanta tristeza.

"mejor vayamos a descansar", aconsejó la joven entre sus brazos.

"ayúdame a cerrar la cafetería", entre las dos aseguraron el lugar y se retiraron a sus cuartos para dormir.

En la mansión, había una escena hermosa entre los recién prometidos, al llegar se sentaron frente al calor de la chimenea, entre los dos crearon un amiente acogedor, unos cuantos cojines esparcidos por la alfombra, hicieron la magia.

"¿por qué tan pensativa?", David tenía sus espaldas recostadas al sofá, entre sus pies, reposaba Regina, quien desde la conversación en la cafetería no mencionaba más que algunos monosílabos.

"disfruto el estar en tus brazos", sostenía sus manos y entrelazaba sus dedos.

"hay algo más", la conocía, a él no podía mentirle, "¿el pasado?", le contestó con un pequeño murmuro de asentimiento, "¿es cierto que no me hubieras permitido matar al infeliz de tu esposo?", inclinó la cabeza hacia abajo para mirarla, ya ella lo esperaba para conectar sus ojos y ahí decirse todo lo que guardaba su corazón.

"si me hubiera enamorado de ti en aquella época, por supuesto que no", sacrificarlo no era una opción, menos, que manchara sus manos de sangre con esa basura de hombre.

"¿hiciste lo mismo con Granny?", asintió otra vez, "¿por eso se marchó?", esa respuesta no la tenía.

"tú mejor que nadie sabe que nunca supe porqué se marchó", conocía su historia de principio a fin.

"mejor hablemos de otro tema", ahora sus manos entrelazadas reposaban en su vientre, provocando que esa corriente mágica los llenara de paz.

"es precioso", lo complació cambiando el tema, ella también lo necesitaba.

"¿estar así contigo?, por supuesto", si fuera por él, los encerraba en esa inmensa mansión para tenerla para él solito.

"no, el anillo, es precioso", en medio de la celebración no tuvo tiempo para decirle lo mucho que le gustó la bella joya, "¿te la dio Gold?", cuestionó ingenuamente, que se hubiera iluminado de inmediato hizo contacto con su piel, se lo demostró, "sé que tiene magia", argumentó.

"sí", imposible mentirle ante sus tan consistentes argumentos.

"mañana iré a verlo", presentía que algo había detrás de todas esas deferencias, tan sospechosas que tuvo con ellos, no confiaba en el hechicero, a pesar de haber sido su amigo por tantos años.

"¿quieres que vaya contigo?", se inclinó un poco hacia arriba para alcanzar sus labios en un beso ingenuo que no fue más que un sencillo roce de sus labios, "ten cuidado", entendió las señales.

"nuestras niñas me protegerán", esa confesión lo dejó boquiabierto, anonadado, paralizado, debía tener, si acaso, dos meses de embarazo, ¿cómo era posible que supiera el sexo de los bebés?

"¿niñas?", asombrado era poco para como se sentía.

"magia, mi amor", lo supo desde que comprobó que estaba embarazada, con aquella prueba mágica que iluminó toda la bóveda, "puedes elegir sus nombres si quieres", los ojos de David se iluminaron de la emoción.

"¿puedo pensarlo?", le concedía esa y todas las cosas que le pidiera, de la alegría, unió sus labios con pasión y fervor, con rapidez, los niveles escalaron, "déjame darte una noche inolvidable", pidió en su susurro entre sus labios, los que tuvo que soltar porque el aire le faltaba.

"esta noche ya es inolvidable", la petición de matrimonio fue muy especial.

"pero quiero amarte", su voz salió en un volumen reducido, pero en un tono seductor, además, se encargó de estar pegadito a su oído, Regina vibró entre sus brazos.

"¡ámame!", demandó imitando su tono, añadiéndole un toque de seducción a su voz.

Al escuchar esa hermosa autorización, se dedicó a quitarle la ropa, escurrió sus manos por debajo de la blusa para sacarla por encima de sus brazos, Regina accedió a levantarlos sin despegarse mucho de la comodidad de su pecho, acarició la piel descubierta brindándole un poco de calor, el frío de la madrugada le provocó escalofríos, descendió para zafar el botón de su pantalón, ahí sí, ella colaboró con la causa, levantando sus caderas para descender la pieza hasta sacarla por completo, mientras él aprovechaba para deshacerse de su camisa y de sus pantalones.

Ya que lo tenía casi desnudo frente a ella, se le lanzó encima para besarlo, cayendo encima de los acogedores cojines y riendo entre besos, se prendió de su cuello para tenerlo aún más cerca, sus espaldas fueron cubiertas por las amplias manos del príncipe que trazaban un largo camino de caricias que erizaban su piel, de pronto, en un sencillo movimiento, se vio de espaldas al suelo y David la miraba intensamente, con sus brazos cerca de su cabeza para sostener su peso.

Sus mejillas algo enrojecidas y sus ojos inundados de ese profundo amor que siempre veía, multiplicaron sus deseos de regalarle la noche más maravillosa de todas las que ya habían pasado juntos, se levantó de su posición para repartir besos hasta en el más recóndito lugar de su cuerpo, el que ya conocía hasta con los ojos cerrados, ella lo ayudó, volteándose de medio lado.

Los labios de David le provocaban cosquillas, al besar sus piernas y acariciar sus espaldas, se deleitó con la exquisita mezcla de sensaciones, con lentitud, llegó a sus espaldas bajas para también besar sus caderas y sus muslos haciéndole un suave masaje con los dedos que se fundían en su piel como calcomanías, tenía sus ojos cerrados, deleitándose en el pensamiento de estar así, entregándose a su príncipe en cuerpo y alma.

Era una belleza la ropa interior la que traía puesta, de color rojo, toda de encaje, con sus labios, comenzó a quitar los pantis, tomando las orillitas con sus dientes para descenderlos por toda la extensión de sus tan hermosas piernas, al llegar al final y tomarlos en sus manos, los llevó a su nariz, aspiró profundo inundando todos sus sentidos de su aroma tan único, entonces, las dejó olvidadas en el suelo para ahora sí, acariciar toda su piel sin ningún impedimento, su cuerpo temblaba con el solo contacto aumentando su excitación, continuó repartiendo besos por sus espaldas, hasta llegar al cierre de su sostén, con el que batalló un poco, era demasiado caprichoso y eso que él no tenía ningún apuro, igual, pudo zafar broche por broche para aumentar la tortura para ambos.

Fue gracioso saber que luchaba sin rendirse contra los broches de su sostén, ni se inmutó para ayudarlo, lo dejaría hacer y deshacer con su cuerpo lo que quisiera, esperó paciente hasta que escuchó el inconfundible sonido de los broches abriéndose, entonces lo ayudó sacándolos por sus brazos, luego tomó su cabello y lo apartó de su cuello para dejarle el camino libre, le encantaba sentir sus labios.

"no tengo palabras para describir la belleza de todo tu cuerpo", susurró en su oído, mientras pasaba su mano derecha por debajo de su cuerpo para acariciar sus pechos tan suavemente que ni sintió la más mínima molestia, reposó la cabeza en su hombro también suavemente para agradecerle por su delicadeza.

Saber que le estaban encantando sus atenciones, amenazaba con volverlo loco, además, que al tocar sus pechos, encontró sus pezones tan endurecidos que le daban muchos deseos de acariciarlos con sus labios, otra vez sería, besó su cuello y pasó su mano izquierda por sus caderas, ahí fue cuando dejó todo lo que hacía para sacar la única pieza que les impedía amarse en toda la extensión de la palabra, pero al retomar sus caricias, lo hizo de una forma diferente, la cargó para sentarla en su regazo, estiró sus piernas y ella enredó sus tobillos justo encima de su espalda baja, de manera tal que estaban a la misma altura con sus cuerpos imposiblemente unidos, lo que facilitaba un intercambio de únicas miradas entre sus ojos.

No podía creer que estaban en esa posición, pensaba que sería él quien tomaría las riendas de la situación, pero no, le entregaba el liderazgo y de la forma más natural, por eso, comenzó a balancear sus caderas buscando la fricción perfecta entre sus intimidades, bajó la cabeza para besar su cuello, su hombro, regresar por el mismo camino para tomar su barbilla entre sus dientes y apretar seductoramente, provocando un siseo de sus labios, no era de dolor ni molestia, si no de pasión y deseo, pero, sin esperarlo siquiera, él no fue quien único siseó, ella tuvo que hacerlo también al sentir que lentamente, sus cuerpos se unían, su interior se ensanchaba para darle paso y eso encendió sus mejillas obligándola retomar el contacto visual y soltar algunos gemiditos bajitos que no aumentaron el volumen porque la besó impidiendo que sonido alguno saliera de su boca.

El camino hacia ese tan cálido interior, el que tanto amaba, lo estimulaba al máximo, por eso, cuando estuvieron totalmente unidos, ahí se quedó, si había decidido entregarle el control, le daría la oportunidad de elegir cuándo comenzar a moverse, aprovecharía ese tiempo para pasar sus manos por los bordes de su menudo cuerpo, rozando sus tan suaves pechos con los pulgares.

Sentir sus caricias tan deliciosas, la encendieron aún más, por lo que emprendió sus movimientos circulares desde atrás hacia delante, una y otra vez, sin pasarse de velocidad, quería disfrutarlo al máximo y sí que lo estaba disfrutando porque sus uñas se clavaban en la piel de sus espaldas y apretaba el abrazo a la vez que sus labios se besaban con un desborde intenso de pasión, estar haciéndose el amor, la tenía perdida en un abismo, creía que danzaba en el aire.

"te…amo", dejó sus labios para entrecortadamente, hablarle al oído, le parecía que perdía el aire de tan bien que se sentía, Regina le estaba regalando el placer más inmenso que antes pudo sentir en brazos de una mujer, pero con ella era diferente, la intensidad era infinita y esos movimientos tan lentos lo tenían perdido en un laberinto sin salida.

"David", lo llamó en el mismo momento que su cuerpo se comenzó a contraer por la ola de placer que la azotó sin previo aviso, su respuesta fue encontrar sus labios otra vez, para seguirla en su estado de enajenación, entonces, fue cuando desde su posición, dio par de certeros movimientos para alargar la sensación que los abrumó.

Respirando pesado para recuperarse, después de tan bello intercambio, se quedaron abrazados en la misma posición, Regina intentó levantarse, "no, por favor", la detuvo con toda su fuerza masculina, sus cuerpos permanecieron unidos y él todavía en su interior, donde, si hubiera sido por él, se quedaba para toda la eternidad.

Regina cumplió con sus deseos, volvió a besarlo, sintiendo algo de frío ya que sus niveles de adrenalina descendían y aunque sus cuerpos estaban algo mojados por el sudor que el éxtasis les provocó, el cambio de temperatura la golpeó haciéndola temblar, ni el calorcito de la chimenea colaboró mucho.

"¿tienes frío mi amor?", preguntó con su voz dulce, esa que usaba cuando la protegía.

"un poco", lo sintió acomodarlos, ella, encima de su cuerpo, él, con las espaldas recostadas en los cojines.

"¿busco algo para cubrirnos?", preguntó, al sentir que salía de su interior.

"no, solo abrázame", frotó sus manos por sus espaldas para calentar su piel, repitió el movimiento varias veces hasta que la sintió el doble de pesada que normalmente, señal de que el cansancio la venció y él no pudo evitar sonreír con satisfacción, había cumplido con la promesa que le hizo, de regalarle una noche inolvidable, cerró los ojos siguiéndola, no podía negar que también estaba cansado.

La mansión se comenzó a iluminar con la claridad de un nuevo día, despertándolos a ambos, "buenos días, amor mío", la sintió luchando contra el sueño, sabía que debía levantarse.

"no quiero dejar de estar así contigo", protestó.

"es tu primer día como la nueva alcaldesa de Storybrooke", le recordó, ni así, logró convencerla.

"¿podría tener una mañana tan inolvidable como la noche anterior?", los recuerdos la hicieron cerrar los ojos para regodearse en la bonita sensación de estar junto al hombre que amaba y con quien compartía su corazón.

"las niñas", razonó sin querer admitir que esa propuesta era irrechazable.

"antes de que no pudiera usar magia, hice un hechizo protector", se inclinó hacia arriba para guiñarle un ojo seductoramente.

"en ese cas…", se detuvo al ver que levantaba una de sus piernas a la orilla de su cuerpo, "Regina", la llamó con advertencia cuando lo tomó en sus manos para estimularlo, posicionarlo en su entrada y empujar hacia abajo.

"¿algo que agregar?", esta no era la Regina que amó la noche anterior, por eso, la sostuvo con fuerza para voltearlos y ponerse encima de su cuerpo, por supuesto, cuidando no aplastarla, ganándose un gemido hermoso desde lo más profundo de su alma, la noche anterior entre tanto beso, no pudo endulzar sus oídos con la bella melodía, que lo animó a moverse algo desenfrenado, y aún más porque sus piernas se entrelazaron con fuerza en los bordes de su torso, sentía sus talones encajarse en su piel para dejarlo allí sin posibilidades de ir a ninguna otra parte, es que acababa de tocar su punto sensible, el que pensaba seguir estimulando tan ardorosamente delicioso como mismo ella le pedía con sus griticos quebrados por el placer que le estaba provocando junto a sus tan delicadas manos que vagaban por sus espaldas para acariciarlo lentamente y sus labios dejaban besos en su hombro y su cuello.

"sí", pudo responderle luego de concentrarse en lo que estaba haciéndole, "que te amo y no hay poder humano que me haga olvidarte aún después de que haya dejado el mundo de los mortales", dijo algo rápido porque el mismo ritmo que ambos emprendieron, se lo exigió, Regina mencionó su nombre con tanta pasión, con tanto amor, que ambos cuerpos vibraron del desbordante placer, efectivamente, la mañana estaba resultando ser, tan maravillosa como se lo había pedido, la amaba, la amaba, de eso no tenía ni la más mínima duda, "feliz regreso a la alcaldía", le dijo al verla abrir los ojos, la esperaba para besarla muy amorosamente, pero le dio tiempo a que se recuperara de la intensidad, sentía sus corazones acelerados, latiendo a la misma vez y con el mismo ritmo.

"te amo", esa confesión no podía dejarla de hacer, porque no bastaba con entregarse ciegamente a que la amara con todo su ser, sentía la necesidad de exteriorizar sus sentimientos que eran tan infinitos como los de él, ante sus palabras, comenzó a besarla quitándole el aliento, por poco pierde el conocimiento por la falta de aire, la razón la golpeó al sentir que su cuerpo se incendiada de nuevo, "David", dio el primer paso.

"un poquito más", suplicó, "mira que me castigaste", reprochó, "me tuviste demasiado tiempo sin ti", siguió, pero besándola.

"¿cuánto exactamente?", lo retó.

"doce días y dieciséis horas", contó hasta los segundos, pero eso no era relevante.

"vaya, no pensé que fueras tan exquisito así", el sarcasmo se apoderó de ella y sus labios no se despegaban del contacto, aunque el beso se detuvo, debían tomar aire.

"cuando se trata de la mujer que ocupa todos mis pensamientos, soy el más estricto de los hombres", argumentó, besándola otra vez, el sabor de esos labios ya enrojecidos por la reciente actividad, lo tenía fuera de sí, "pero es cierto, debemos comenzar a trabajar", se levantó la alzó en sus brazos, la llevó a la habitación, se perdieron en el baño con una caliente y refrescante ducha, se vistió primero y la esperó a que su sesión matutina de belleza terminara, aunque fue muy mala, porque en varias ocasiones, lo provocó, retándolo hasta ver adónde llegaba su autocontrol cuando de ella se trataba, no cedió, se mantuvo firme, solo admiraba la elegancia de su cuerpo cubierto por ese vestido azul desmangado con una abertura en su muslo derecho, tan ajustado a su piel que hasta la más pequeña curvita se distinguía.

"¿cómo me veo?", observó todas sus reacciones desde el espejo, su ansiedad por írsele encima a devorarla con sus besos la divirtió demasiado.

"hermosa, aunque confieso que te prefiero sin ropa", ahí tenía su confesión, la vio sonreír con picardía, habló antes de perder el control, "Granny debe estarnos esperando", no le dio el gusto, abrió la puerta, bajaron las escaleras con sus manos entrelazadas, salieron de la mansión, se montaron en la camioneta, desayunaron en la cafetería y la llevó para la alcaldía, donde la dejó con la promesa de que la iría a recoger en la tarde, tan puntual como siempre.

La labor era ardua, cuando abrió su oficina y se sentó en su buró de trabajo, tuvo que ponerse al día con todos los cambios que hubo en el pueblo en tan poco tiempo, organizando documentos, se le fue la mañana, pero una fuerte punzada en su vientre la alarmó de la peor manera.

"mis niñas, ¿qué sucede?, ¿están bien?", se puso las manos en su vientre con la idea de aliviar su dolor, nada ocurrió, se preocupó de verdad, salió de ahí para ir al lugar que debió ir hacía mucho tiempo, la tienda de antigüedades.

"te esperaba", fue el recibimiento a su llegada, trató de caminar lo más erguida que pudo, pero no le salió bien el truco, "lo sé", el hechicero hizo un movimiento con su mano y de pronto se vio recostada en la cama que estaba en la parte trasera de la tienda, "esto calmará ese malestar", entró al lugar con una poción lila en un pequeño frasquito transparente con un corchito de madera, dudó en tomarla, "tus niñas te lo agradecerán", lo miró confundida.

"¿cómo?", preguntó como si se le hubiese olvidado con quién estaba tratando.

"¿te digo también los nombres que tu príncipe escogerá?", prefería ahorrarse los conocimientos del futuro.

"no, gracias, ya entendí", tomó de un solo sorbo la poción, que como por arte de magia, desapareció su dolor, irónico.

"tendrás que beberla regularmente", advirtió.

"¿estoy escuchando bien, o mi mentor, el Ser Oscuro en persona me está proponiendo cuidarme durante el embarazo?", debía admitir que Regina tenía una gran inteligencia.

"sería un placer y mi forma de pedirte mis más sinceras disculpas por todo lo que te hice, ¿aceptas?", la reina estaba anonadada, esa reacción no era lo que esperaba encontrar.

"¿qué ganas tú con toda esta bondad, Gold?", desconfiaba, él mismo la enseñó a desconfiar hasta de su propia sombra.

"nada de lo que he hecho por ti ha sido con un interés", David le comentó que nunca le pidió nada a cambio cada vez que brindó su ayuda.

"nos conocemos", insistió, era imposible que no hubiese algo más.

"este hechizo", apareció una tarjetica dorada en sus manos, se la entregó.

"has leído bien lo que dice aquí, ¿verdad?", lo que allí decía, era inaudito y poco probable que se tratara de ella.

"esa profecía tiene más años que la magia misma, es imposible que se equivoque", al sentirse mejor, se sentó en la cama, presentía que la conversación se extendería .

"Gold, yo no puedo…mi magia", leyó bien, ahí decía que la hechicera de magia blanca más poderosa, podría hacer lo que nunca antes pudo hacerse, sin dañar el presente, el pasado ni el futuro, pero también decía su nombre, no podía tratarse de ella.

"cuando supe de esa profecía mi vida estaba llena de oscuridad, mis poderes de premonición me hicieron ver el futuro, te vi claramente aprendiendo magia conmigo, me dispuse a buscar la forma que pudieras lanzar un hechizo que me permitiera viajar a otro mundo para recuperar a mi hijo, solo que antes, debía oscurecer tu magia blanca, no podías ser un ser de luz y lanzar la Maldición Oscura, así que mientras llegaba tu nacimiento, busqué el pergamino que estaba en posesión de las hadas y las amenacé con no tener que ver nada contigo, de lo contrario las mataría una por una", las fichas del rompecabezas de su vida comenzaban a encajar a la perfección, "cuando el momento llegó y nos conocimos, nunca consideré tu magia blanca como la solución de todos mis problemas, esa posibilidad estaba alejada de mis conocimientos como Ser Oscuro, la luz nunca fue mucho de mi agrado", sus verdades más bien guardadas estaban siendo reveladas.

"¿qué te hizo cambiar de idea?", llegó tan lejos por su culpa, que le dolía pensar en todo lo que había hecho en su nombre.

"tu amor por el príncipe", Regina se puso a la defensiva, lo vio en sus ojos, "y tus niñas", no la dejó hablar para terminarle de lanzar todas sus bombas.

"me voy", con ella podía hacer lo que quisiera, pero ni con las niñas ni con David, ahí sí era capaz de matar otra vez.

"calma", le impidió el paso, de nuevo la condujo hasta la cama y prosiguió, "tus niñas son el producto del amor verdadero más fuerte que haya existido en la historia, ellas son seres de luz tan poderosas que han comenzado a transformar tu magia oscura en magia blanca", lo entendió todo, por eso su imposibilidad de hacer cualquier hechizo, "a la hora de su nacimiento, te habrán convertido exactamente en lo que dice esa profecía, en la hechicera de magia blanca más poderosa, incluso, más que ellas mismas", Regina negó con la cabeza, "si no me crees mueve la tarjetica de un lado al otro, allí encontrarás el hechizo que abrirá un portal a cualquier etapa de la historia sin afectar ni el presente, ni el pasado, ni el futuro", le costó demasiado darse cuenta de que entre esas líneas estaba escrita la solución de su vida entera.

"nadie ha podido lanzar un hechizo para viajar en el tiempo sin tener consecuencias", sacó sus más lógicas conclusiones.

"porque nadie eras tú", respondió sin dudar.

"necesito tiempo para procesar toda esta información", de golpe tantas noticias, era algo complicado dar una respuesta.

"tendrás siete meses para pensar", le quería demostrar que confiaba en ella, "considera también mi propuesta, quiero ser yo quien atienda el embarazo de esas dos lucecitas, es mi ofrecimiento como las más sinceras disculpas por todo lo que te hice pasar", Regina se levantó de la cama sin decir nada, debía pensar, sobre todo en el repentino cambio de su mentor, caminó varias calles sin tener consciencia de su rumbo, guiada solo por sus instintos.

"mi amor, ¿qué haces aquí", al parecer, sus instintos la llevaron a su refugio, al lugar donde más segura se sentía.

"tenemos que hablar", aceptó el calor que sus brazos le brindaban y ahí se quedó junto a él, envuelta en un abrazo, el que tanto necesitaba, después de haber recibido esas tan inesperadas sinceras disculpas, de las que todavía desconfiaba y tenía muchas dudas.