Capítulo 2 Lluvia

Nota: Los dwergies son duendecillos malvados según un , yo no he encontrado ninguna información más acerca de ellos, por lo que su canibalismo podría ser mi invento.

En el castillo, los dwergies sobrevivientes se reunían. Los cadáveres y los heridos estaban repartidos para un festín caníbal más tarde. Los dwergies carecían de todo sentido de honor o lealtad, y no se iban a morir de hambre por no querer comer a sus propios muertos. Después de todo, sus difuntos vivirían en ellos.

Entretanto, los truenos cesaron y la lluvia y el viento iniciaron su danza. Tal vez fue el viento que se amoldó a su compañera purificadora, a la vida que esta daría. Tal vez la lluvia que se dejó llevar por la libertad y la pasión que ejercía el viento sobre ella. Sea cual fuera la respuesta, juntas reunieron las cenizas de Drácula con su baile .Solo ellos, junto con la luna casi escondida detrás de las nubes, fueron los testigos de cómo las cenizas se levantaron del suelo, se solidificaron y tomaron la forma de una piedra, de dos metros de alto.

Esta no tardó en quebrarse por dentro. Una mano de adentro de ella, una mano muy blanca, con las uñas largas, parecidas a garras. Luego otra mano, un pie desnudo y una cabeza humana que respiraba. Era un hombre, o al menos poseía el aspecto de uno.

Ese hombre era Vlad Drácula. Libre por fin.

Vlad respiró por primera vez en más de cuatrocientos años después de su muerte física. Probó cada dedo, cada articulación. Había funcionado. Su cuerpo era suyo de vuelta.

Rompió la piedra que lo había contenido. A pesar de estar desnudo bajo la lluvia, a pesar de que los dwergies que, hostiles, lo observaban, era libre. Libre como el viento, que danzaba con lujuriosa libertad.

Los duendes oscuros lo observaban, armas en mano.

"Serán un buen ejercicio físico", pensó con una sonrisa sardónica.

Sin problema, capturó a uno de ellos y lo alzó, de tal forma que quedaron cara a cara. El ser se retorcía entre su brazo, tratando de morderle y sus compañeros huyeron. Vlad ladeó la cabeza, entre fascinado por el extraño ser y el deseo de sangre.

—No te voy a matar. ¿Dónde se fue Caín? — le preguntó el vampiro.

— No conozco a ningún Caín— respondió el dwergie, mientras daba patadas.

—El ladrón de cuerpos. Se hace llamar Conde Drácula

—Él lo mató... Van Helsing, el cazador... por favor, solo déjeme —

Vlad parpadeó.

— ¿Él sobrevivió? Van Helsing, quiero decir —

No hubo respuesta. Tal vez, la criatura se quedaba sin aire, pero poco importaba.

— ¡Respóndeme! —rugió, sacudiéndolo.

—Sí, él y la moza Valerius y el fraile. La criatura también, amo, perdóneme la vida—

— No soy tú amo. No soy, Caín, no me compares con un vulgar ladrón— le gritó, zamarreándolo.

¡Ah! La ironía de que su asesino matara al ladrón de su cuerpo.

"No pierdas tu compostura, Vlad" se recriminó. Si continuaba así, iba a terminar con la vida de quien podría servir para obtener más información.

—Quiero que me digas que propiedades poseía tu amo. Son mías ahora después de todo— ordenó.

— ¡Sí, señor, tiene un palacio en Budapest y... por favor no me maté! — suplicaba entre llantos.

—Con eso está bien — lo soltó y le dio la espalda.

No hay dio ni cinco pasos cuando la criatura intento golpearlo con una especie de lanza. Vlad detuvo su ataque con un movimiento vago del brazo.

—Ya que no supiste apreciar mi misericordia — dijo y abrió la boca, dejando ver los afilados colmillos, pero uso de las manos para romperle el cuello.

Vlad se había encontrado con Caín una vez. Una única vez su vida, antes de morir pero jamás lo olvidaría. Había olfateado olfateó el hedor de la muerte que venía a por él, tendido entre la tumba de Mirena, su esposa .

La herida que Gabriel le había infringido, un verdadero agujero sangrante en el pecho, se estaba cerrando. La carne unía a los huesos y le producía dolor que estaba feliz de sentir de nuevo, porque significaba que podría vivir. Al recobrar los sentidos descubrió que el hedor a muerte no se desprendía de su persona.

Había una figura, capucha larga y raída y que venía hacía él, corriendo con desesperación. Solo cuando se halló encima de él, Vlad atinó a gritar. Un largo y desgarrador grito de terror. No había sentido tal miedo desde su primera vez con los jenízaros

Era la figura la que apestaba a muerte y podrido. Las manos descarnadas le rompían la camisa y Vlad tembló y trató de incorporarse, pero el ser lo inmovilizo contra el pasto con la palma de la mano.

Forcejeó y le arañó el brazo y la tonta pelea que le dio a la provocó que la capucha que portaba se le cayera a un lado y se revelara un rostro. Nada lo habría preparado para el impacto de de aquella cara. No había marcas de humanidad en ella, ni siquiera en los ojos negros penetrantes y sin iris. Esos ojos que lo observaban con diversión y con una lujuria apenas contenida. Las manos, frías y rasposas contra el pecho de Vlad, lo sujetaron por los hombros y lo hicieron mirarlo a la cara.

— ¡Qué hermoso cuerpo poseéis, Empalador!

Posó una mano sobre el pecho, justo donde se podía escuchar el sonido del corazón de Vlad, que se apagaba poco a corazón se le detuvo por fin, pero ese era el menor de sus problemas.

— ¡Qué poder y qué fuerza! ¡Ah, usare muy bien este cuerpo, Vlad Drácula!— dijo antes de unir sus labios contra los suyos. La boca asaltó la suya lo mordió con los dientes y algo salió de ella. Algo que no era su lengua y que se sabía rancio.

Vlad oyó algo así como Caín y luego todo fue Oscuridad.

La Oscuridad lo atrapó y jugó con él. Y entonces, murió por fin. Se sentía tan frio y más solitario que nunca en esa oscuridad. Y cada vez más enojado, más frustrado, más dolido, más humillado. Las voces le susurraban cosas: las cosas más hermosas y horribles de los dos mundos. Las voces no le dejaban descansar, ni dormir. Y se sentía más libre, pero más furioso que nunca, pues las voces le repetían, con las voces de sus traidores, los sucesos. Le susurró sus verdades. Que su tío planeaba matarle desde siempre. Desde que nació y su madre murió. Que su amigo, Gabriel, lo había matado por sus órdenes.

Cada vez que trataba de escaparse de ella, parecía que se ahogaba más y más, y más honda y más turbia se volvía la Oscuridad. Más tarde que temprano, él se rindió y entonces, ella volvió o siempre había estado allí y él nunca la había visto. Cubierta por un velo, de rodillas, mientras que el alma de Vlad temblaba, el fuego lo devoraba vivo y clamaba que lo matase.

Ella se arrodilló junto a él una roca y solo dijo

— No seas tonto, cariño. Es solo la muerte. La primera vez siempre duele. ¿Lo sabes? Y yo estaré aquí. A tu lado. El tiempo que sea necesario. Soy Liliht. ¿Tienes un nombre? Hasta los esclavos lo tienen.

Él era débil y ella lo hizo fuerte. Él iba a por ella, a su madre, la madre de todos, él iría a Roma por Liliht, la Reina.