Capitulo 3 : Vacía
Para cuando habían retornado a la mansión, era ya de madrugada. Que día tan distinto prometía ser, a diferencia a los anteriores que habían tenido en su misión. El Sol parecía burlarse de ellos, emergía con todo su esplendor y sin una sola nube. Allí, en Vaseria, siempre estaba nevando o con el cielo nublado en invierno. Anna hizo amague de abrir la pesada puerta principal de hierro, pero el cerrojo giro desde adentro y un rostro cuajado en arrugas se deslizo, tímido, desde la puerta entreabierta. Era Greta, la criada de la ó sus ojos, los reconoció y los empujó con la gran fuerza que la caracterizaba adentro de la casa.
— Gracias a Dios, gracias a Dios...—chilló la anciana.
Ya en el gigantesco recibidor, le hecho una hojeada a las ropas de Anna y a sus heridas. Y, como sucedía con Velkan y Anna desde hacía tantos años, puso el grito en el cielo.
— ¡Dios, señorita! —
— Greta, Drácula ha muerto. — La interrumpió Anna. — Van Helsing le ha matado
La fortachona anciana paseó su mirada de Anna a Van y de Van a Carl varias veces.
— Necesito que esta noticia le sea comunicada al pueblo, pero ¿podrías antes prepararme un baño?
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX Anna había ido directo a sus habitaciones. Ninguno la detuvo con preguntas. Demasiado cansados estaban todos de lo que había acontecido en una sola noche. Cerró la puerta y se fue quitando toda su elegante ropa medieval, ahora hecha trizas y las dejo tiradas en el piso de roble. Como Greta le había prometido , la tina de su cuarto de baño estaba llena e hirviendo. Ya desnuda, se metió en ella y el agua caliente relajó sus tensos músculos. Cogió el jabón y comenzó a frotárselo la piel con él, suavemente. Iba a quitarse ese hedor a sangre; lo odiaba...
Y cómo lo odiaba a él, al Conde Drácula. Gracias a él se había quedado sola. Gracias a él, Velkan estaba...
"Muerto" y se acurrucó en la enorme tina. ¿Qué iba a hacer allí, sin él? Desde bebé él estaba en todos sus recuerdos: como niñero, como amigo, como instructor, como él que la dejaba dormir en su cama cuando tenía pesadillas. Velkan. Al único al quien le dedicaba una sonrisa sincera de tanto en tanto, el único con quien fue cariñosa, aunque ella no sabía cómo hacerlo bien. ¡Es que era tan fría con el contacto humano! ¿Cuántas veces en esos casi dos años le negó un abrazo? ¿Un "te quiero, hermano"? No llevaba las cuentas, pero debían de ser muchas. Y, cuanto le hubiese gustado decirle un "Te amo, hermano", en vez de ese deprimente "Nos volveremos a ver".
Se hecho agua en el rostro para no llorar, pero solo consiguió que sus rizos oscuros se le pegaran todavía más a su faz levemente bronceada. Incorporándose, salió de la bañera y se hecho, de nuevo, la bata encima. La presionó contra su cuerpo, moldeando su figura delgada y fuerte, pero curvilínea y femenina. La chimenea estaba encendida desde hacía rato por Greta; pero les había dado la noche libre a los demás criados. Quería estar sola un momento. Con esos pensamientos, fue hasta su enorme cama y, aunque su mente y su corazón rogaban seguir con pensando, su cuerpo imploraba el merecido descanso que llegó a los pocos minutos.
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¿Qué era aquello que fastidiaba su descanso y que la había hecho despertar? "Ah, el Sol "pensó, al descorrer las blancas cortinas. Ahora, se encontraba bonitamente despejado, armonizando con la niebla eterna de esa tierra. A Velkan le hubiese encantado; siempre que había un día así, salían a nadar al Danubio, en verano y primavera. Esos recuerdos que, hace solamente un mes, le alegraban, ahora eran agridulces.
Dirigiéndose a su armario, eligió su nuevo conjunto para el día y buscó un par de botas (las otras habían sido destrozadas en la batalla de anoche). Las encontró al fondo de su armario y entonces halló aquel cofre.
Era sólido y fuerte, de hierro, con una buena capa de polvo y telarañas. Anna nunca había sido una dejada, pero lo que allí contenía era demasiado. Dudando, dejó de lado las botas y tomó el cofre, le quito el polvo y lo abrió.
Papeles y papelitos y dos cuadernos amarillentos repletos de poemas y cuentos. Sus escritos de la infancia. Sentándose en la cama con ellos de nuevo con ella, sostuvo uno y se sintió de nuevo de cinco años; con otro menos pequeño, de diez. Y así fue con la mayoría, hasta que dio con uno y regresó a tener quince años. La jovencita que tenía sueños estúpidos. La estúpida y débil que no debes ser, Anna Valerius. Tenías razón, padre. Escribir cosas bonitas no te salvará la vida "Cerró las cortinas, era como si el día se burlase de ella.
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Greta la saludó y le informó que el desayuno ya estaba listo.
— ¿Podrías enviar a alguien al pueblo para proclamar la noticia?— pidió ella, mientras se pasaba por el pasillo que la llevaría al comedor, a la par que le robaba a Greta unos panecillos de la bandeja que ella sostenía.
— Sí, lo haré, joven señorita. Pero ahora debería irse a tomar un buen desayuno— señaló la dura anciana.
En el enorme y vació comedor, Van estaba sentado en una silla, pero se levantó en cuanto la vio. La estaba esperando y no estaba tan sola como se lo figuraba; lo tenía a él...hasta que vio las maletas apoyadas a un costado de la silla que el cazador ocupaba
— ¿Ya se marchan?
Él, entre asustado y emocionado, le dijo
— No exactamente...—
Carl entró, apresurado, con un pan de mantequilla en la boca y varias maletas más.
— ¡Vamos, Van Helsing! ¡Perderemos el barco si no llegamos en tres días a puerto!—decía.
— Anna, ven conmigo— pidió el cazador.
Gabriel no deseaba alejarse de la mujer que amaba, dejarla sola en ese pueblo. Durante la noche no había podido dormir, planeando como invitarla a ir al Vaticano, para vivir juntos, para tener una familia, aquella que a ambos les había sido tan injustamente arrebatada. Se casarían, tendrían hijos…
— ¿Para qué?— preguntó Anna, aún sin entender
—Para vivir conmigo en Roma. El Senescal Jinette te aceptará, seguro, como miembro de la Santa Orden. ¿La Santa Orden? Anna había oído hablar de ella a través de su padre. Hombres y mujeres que combatían el mal en todo el mundo.
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Anna se sentía… vacía. Había ganado, pero ni siquiera creía que lo lograría. Ella quería morir esa noche del 21 de Diciembre, bueno, una parte de sí deseaba hacerlo.
Una parte de ella se había cansado de luchar desde la muerte de su hermano. El saber que él estaba en un lugar mejor, que murió por una buena causa, que había cruzado las puertas de San Pedro, no eran un gran consuelo. Era una maldita hipócrita por haberle dicho a Gabriel sobre — el lado bueno de la muerte—. Porque Velkan había muerto con veintiséis años, porque era demasiado joven para morir. Porque ella lo creyó muerto una vez, pero aun así, tenía esperanzas. Se formulaba ideas, entonces, de si se había caído y se había golpeado la cabeza y perdido la memoria. Pero recuperarlo, aunque fuese como un hombre lobo, tener ese sabor dulce de poder salvarlo y luego verlo fallecer ante sus propios ojos ese día 19 de Diciembre.
Los aposentos de Anna eran enormes. Había una cama de dos plazas con un pesado dosel rojo, blancas cortinas en la ventana de la izquierda, dos sillas, y un escritorio y un pequeño tocador, dos armarios, en uno de ellos un cuchillo, una navaja, una daga y una pistola con balas ya cargadas.
Había dos puertas, una de ellas comunicaba al cuarto de baño.
Anna abrió la puerta, la tina estaba en el centro, llena de agua hirviendo, una sillita con una jarra de porcelana y dos jabones y un botiquín.
Los papeles eran de diversos tamaño . Anna incluso había hallado el borrador de su tarea de cálculos entre ellos. Los únicos dos cuadernos eran de duras tapas, bien cosidos y la tinta china mostraba la letra de una chiquilla de catorce años.
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El cementerio de la familia Valerius había sido construido en la zona trasera de la mansión, más allá de la pequeña arboleda. Anna calculo que allí descansaban los restos del padre y del abuelo del mismo Valerius El Más Viejo. Antaño, ella se aventuraría con Velkan en busca de pistas que podría haber dejado su antepasado para matar a Drácula. En su lugar habían sido hipnotizados por las lujosas tumbas con estatuillas de ángeles. De tanto en tanto, limpiaban con paños las lapidas y leían los nombres de sus ancestros. En Año Nuevo, en Navidad y en Pascuas y en su cumpleaños, iban a verla a ella, a su madre.
Sabía poco y nada de su madre. Había un pequeño daguerrotipo que Velkan le mostraba. Era una joven acaso de treinta años, pelo lacio y una sonrisa abierta. Un pequeño Velkan de cuatro la cogía de la mano. Su era una ternurita, el pelo rizado lo llevaba más largo y sonreía de tal manera que las mejillas mofletudas se le formaban hoyuelos. También se le notaban más las pecas que ambos compartían.
El daguerrotipo estaba en blanco y negro, pero Velkan decía que él tenía su nariz y sus ojos verde pálido y Anna, la nariz y los labios. Decía que odiaba los gritos, las armas y las lentejas. Para ser un niño de cinco años cuando su madre murió, Velkan recordaba a Elizabeth muy bien. A Anna le hubiera encantado conocerla… sentir sus brazos envolverla y esos largos dedos al botándole el pelo… Su madre tal vez habría disfrutado haciéndolo peinados.
Pero nunca podría ser. Ella había muerto cuando Anna salía de ella. —Tú la mataste cuando saliste— solio decir su padre. Ella tenía cinco años y corrió con Velkan. Le preguntó, entre mocos y llanto, si la odiaba por matar a su madre. Velkan la reprendió, le dijo que no era su culpa, que fueron complicaciones en el parto y que él la amaba y que eso jamás cambiaría. Poco tiempo después, la llevó a la tumba de su madre.
Ahora Anna sostenía un ramillete de flores amarillas silvestres para él. La tumba de su padre era idéntica ya que en ambos homicidios jamás se encontraron los cuerpos. Las tumbas eran más bien altares, decoradas con daguerrotipos, cruces fechas de nacimiento y de las muertes.
Como casi siempre, Anna alejó la mirada de la tumba de sus padres y se centró en la de su hermano.
Oró una pequeña oración y luego habló.
—Hola, hermano. Sí, soy yo Anna. Mis últimas palabras para ti fueron una promesa de un reencuentro en el otro mundo. Pero la he roto. Matamos a Drácula, en realidad, fue Van Helsing, que ahora sé que se llama Gabriel y… me estoy desviando de tema. Ahora que estás en el Cielo sé que no me puedes responder, pero creo con fervor que me escucharas. Y si estás enfadado o avergonzado por lo que voy a contarte, házmelo saber, ¿sí? En la batalla peleamos en el castillo del Conde. Llegamos porque en la Mansión había un espejo puerta. Van… bueno cuando tú eras un hombre lobo lo mordiste y él estaba maldito. Me pidió que le buscara una cura y a Carl que lo matara si no lo lográbamos.
No te voy a negar que tenía miedo y cuando Drácula se convirtió en polvo y fui con la cura hacia Van Helsing, yo desea morir. Estaba cansada y todavía lo estoy. Nunca pensé en mí más que como una guerrera y ahora estoy sin ti. Si estuvieras aquí, te diría que te hice un poema cuando tenía catorce años. Pero ya no escribo y tú ya no bailas. ¿De qué nos servía?O eso decía padre. ¿Está padre contigo? No, mejor no, ustedes dos nunca se llevaron bien. Pero sí, pensé que sería mejor que yo muriera. La última de los Valerius muerta por el asesino de Drácula. ¿Poético, no? Pero no sucedió así y Van me ha invitado a Roma para dar su informe. Sé italiano y húngaro, pero el primero no lo he practicado mucho, así que lo más probable es que decline su oferta. No odio a Van por lo de tu muerte. No creas mal, hermano, pero le debemos todo ahora. Van me atrae— y se sonrojó. Sabes que creo en el amor y que podría enamorarme de él. Pero te miento y le tengo un gran resentimiento por lo que te hizo y… —
El ruido y los gritos la hicieron saltar. ¿Qué estaba pasando?
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El ruido atronador de las gaitas se oía desde lejos y como Van Helsing se encontraba allí comenzaron a rodearlo y a felicitarlo. Carl declino la invitación de una joven rubia y Anna y Greta observaron con mala cara el cambio en la villa. Tocaban música, bailaban y se reían mientras tomaban litros y litros de alobo, chocaban las jarras de cerveza.
Anna se paró en medio de la plaza y disparó al aire.
— ¡No tienen decencia! ¡Mi hermano era el terrateniente de este pueblo y! — gritó.
—Señorita, su hermano ha muerto hace más de un mes. Nuestro periodo de luto ha pasado y él hubiera querido esto. —le respondió el carnicero.
—¿Y cuánto va durar esta " fiesta"?
—Unas semanas, cuanto mucho, señorita. Hemos estado aterrorizado por esas criaturas y ahora nuestro héroe ha llegado para salvarnos. ¡Tres hurras por él!—
Apretó los dientes y fue directo a su casa. No tenía derecho a reclamarles. Debido al asunto del hombre lobo se había mantenido en secreto, nadie sabía que Velkan estaba muerto solo hacía pocos días. Se sentó en el comedor y miró su plato vacío. Todavía no le había respondido a Van.
Greta le puso delante una jarra de agua y sopa de cebollas
—Esto es lo más rápido que he podido prepararle, señorita
—No importa, está delicioso, Greta. —le dijo Anna, intentando sonreí lo logró, así que tomó un sorbo de la sopa.
—Está rico… ¿qué le pusiste?
—Ellos están celebrando y si usted desea irse con ese hombre serían como unas vacaciones para usted. Distráigase, aléjese de los recuerdos dolorosos y solo quedará lo bueno. Cuando perdí a mis padres, comenzó a trabajar con todas mis fuerzas para sacar adelante una buena cosecha. Si me hubiera cedido para llorar y sentirme triste, la cosecha habría perdido y mis hermanos se hubieran muerto de hambre.
—Agradezco tu consejo. Me lo pensaré.
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— Van, podría ir contigo a Roma. Iría como turista — le respondió Anna durante un almuerzo tardío que los tres compartieron.
Había tomado su decisión.
—Anna, no te vas a arrepentir. ¿Cuánto tiempo te quedaras?
—Dos semanas. Iría una semana más en Italia, más una de la del viaje. No puedo faltar en el pueblo mucho tiempo.
