Capitulo 4: Ojos brillantes

En la estación de Bistriz, habían tomado el primer tren a Hungría. De allí, habían tomado otro tren hasta el pueblo de Rijeka. Desde allí, se embarcarían hacía Pescara, un puerto italiano.

Anna, quien nunca había viajado, se había desenvuelto muy bien con transacciones, la documentación y la compra de los pasajes. Por lo demás, recordaba muy poco del viaje, salvo los bellos paisajes que admiraba cada vez que abría los ojos. Esos tres días se las había pasado durmiendo, rememorando a Velkan para no perder su imagen, y llorando. Entretanto, Van Helsing y Carl, que no querían verla en ese estado, no hicieron más que comer y charlar entre ellos, en conversaciones que ella no podía seguir. No tenía apetito y les decía que comería después o que ya había comido, cuando en realidad, no lo había hecho. Y le creían. Total, no era una mentira, comía, solo que no en demasía; la comida, la bebida, incluso los dulces, le sabían a ceniza insípida.

El aviso del guarda la hizo despabilarse de su asiento en el tren. Le pidió el boleto, ella se lo entregó, él lo marcó, se lo devolvió y le dijo:

—Bienvenida a Rijeka, señorita ¿Podría preguntarle por sus compañeros de vagón?— Rastrillaba el vagón con los ojos, como si Carl o Van Helsing estuvieran escondidos en el techo.

—Están el en el vagón comedor, señor— le respondió ella.

—Bienvenida a Rijeka, señorita— El guarda termino con su búsqueda de polizones y se fue.

—Gracias— dijo ella, en un murmullo.

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El pueblo de Rijeka era muy interesante y diverso. Antes de embarcarse, habían desayunado en un restaurante cercano; Anna había notado noto que casi todos los que vivían allí pescadores o que trabajaban para en el atractivo turístico.

— ¿Qué camarotes desean? Tenemos para casados, para familiares, para solteros…— les explicaba el encargado en la recepción de la agencia de viajes.

Anna contaba sus billetes, pero Van la detuvo, cogiéndole la muñeca.

—Déjalo, Anna, yo pagare nuestra camarote— le explicó.

Ella no le hizo caso, se escabulló de él, y le alcanzó el dinero al dependiente.

— Un camarote individual, por favor. — le pidió Anna.

—Bien, espere aquí, señorita…—

Acto seguido, se arrodilló debajo del mostrador y desapareció de la vista por breves segundos. Al reaparecer sostenía un papel impreso a ambos lados.

Tomé, aquí está el número de habitación. El barco zarpara a las siete de la mañana, pero le aconsejo que haga la fila para abordar ahora mismo…— decía, señalándole con el dedo índice la información.

— ¿Por qué hiciste eso? — le preguntó el cazador, al salir de allí.

— Van, no estamos casados. Respeta el decoro, por favor. —le suplicó Anna, y sostuvo con fuerza sus valijas.

Ya en la fila, Van resoplaba pesadamente y Carl le había recomendado a la joven que fuera a ver el mar. Anna bajó las escaleras de piedra para admirar el mar, majestuoso, con belleza unida con la fuerza de las olas que golpeaban las rocas. La joven se ella se agachó y juntó un puñado de arena con las manos, maravillándose por esa textura densa y fina, y por fuerte aroma a sal impregnada en el aire; era tan fuerte que le hacía cosquillitas en la nariz. Se planteó ir más allá, hasta tocar el agua salada , después de todo una pareja paseaba tomada de la mano, y dos o tres pescadores preparan los botes y las redes.

Trotó hacía las rocas, que hacían de defensa contra las olas, se inclinó para adelante y, rozó, apenas, el agua helada y fría. Al inclinarse para atrás se lamió los dedos para averiguar a qué sabía esa agua. Una gaviota la observó desde una roca cercana. Anna alzó una mano para tocarle el plumaje, pero el ave le graznó y alzó el vuelo.

No podía con tantas preguntas que le vinieron a la mente. ¿Vivirían las gaviotas siempre allí? ¿Qué comerían? ¿Dónde tendrían a sus pichones? ¿Los pescadores podían nadar en el mar en primavera, como ella en el Danubio?

Tenía que preguntarle a alguien que conociera el mar.

Un hombre, un anciano, mejor dicho, estaba dando instrucciones a los jóvenes pecadores. Llevaba un viejo uniforme de marinero y la pipa en la mano izquierda. Anna se acercó y lo saludó.

—Buenos días…—

—Buenos días, señorita…— le dijo el anciano.

— Discúlpeme, pero... usted parece saber mucho del mar y de las navíos y de los viajes...—

El anciano le dedicó una mirada divertida y abrió la conversación.

— ¿Qué es lo que desea saber del mar, señorita?

Anna agradeció, en silencio, que él hubiera iniciado con la charla; ya que nunca había sido muy buena para platicar. Revisó su listado mental y pregunto por lo que era lo más importante.

— No, no. El mar siempre será hermoso. Tiene sus días – admitió—.Pero sigue siendo hermoso. Quizás divinamente hermoso, en días soleados; quizás en días lluviosos, y con espectaculares tormentas, terriblemente hermoso. No, nada ni nadie le va a quitar eso.

Anna realizó otras preguntas más que fueron respondidas, hasta que se acordó de la fila.

— Gracias, señor—

— De nada, señorita – respondió el anciano.

Al llegar a la fila, que se había acortado, buscó a sus compañeros.

— ¿De qué has estado hablando con ese anciano? –le preguntó Van, al verla a su lado.

— Del mar— respondió dócilmente, tomando sus maletas que contenían en su mayoría mudas de ropa y libros viejos.

"Marimacha. ¡No mires, cariño!" dijo una mujer en la fila. Los hombres, por el contrario, miraron la forma en que los pantalones le marcaban las piernas; y su buen humor se esfumó. Y llegó hasta su límite cuando la fila comenzó a retrasarse debido a "cierto caballero". ¡Qué caballero ni que ocho cuartos! ¡Quienquiera que fuese no tenía el derecho de retrasar el abordaje de los demás pasajeros! Decida, atravesó la fila para quejarse.

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En tres días, Vlad había logrado dominar su cuerpo, y conseguir un pasaporte falso; había sacado dinero de una cuenta bancaria y un pasaje para viajar en el primer barco con destino a Italia. Consiguió libros, mapas, cartas y otros instrumentos que iban a serle de utilidad en su búsqueda. En Budapest, había obtenido una buena dotación de sangre al cazar humanos. Se había decidido a cortarse el pelo cada noche; era horrible mordérselo cuando estaba nervioso o ansioso.

Sí, todo aquello le había tomado tres días, dormir poco y nada, y forzarse hasta sus límites, pero allí estaba; como Maximilian Wagner, un hombre de negocios que viajaba a Roma por trabajo y por placer. Y que ese momento tenía la mente atiborrada de fechas, cálculos, imprevistos, lugares a donde debía ir para...

Una mano le tocó el hombro, se volteó por educación, y casi gritó. ¿Qué demonios hacía Gabriel allí?

— Retrasa la fila, señor...— le indicó una joven ojos fieros y de pelo rizado.

— Lo... lo siento, señorita. Lamento todos los pormenores que le he causado a usted y a los demás. Es que tenía la cabeza en otro lado y...lo siento— tomó sus maletas, entregó su boleto al guardia y subió rápidamente las escaleras para el navío.