Capitulo 5 Perfectos extraños.

— ¿Señor Wagner, que le parece su camarote?

Es más que confortable, muchas gracias— respondió, entregándole una propina al mozo. "Es más que confortable" era un comentario traducible a: "Es lo suficientemente cómodo para almorzar y tomar el té, ya que generalmente yo no cenó, y tengo mucho trabajo que hacer".

El camarote, que él había reservado con anterioridad, era mediano y había sido pintado de verde agua. Cerró la puerta con dos vueltas de llave, corrió las cortinas almidonadas. Ya con su privacidad, desempacó las prendas, que utilizaría en el trascurso de los días que duraría el viaje; las dobló, de nuevo, para guardarlas en el armario. Al espejo del lavado lo cubrió con un paño: odiaba esas cosas.

A pesar de sus tres inconvenientes a bordo (Gabriel, el cura y esa chica), aquella experiencia le agradaba. Poseía el olfato, tacto, su propia voz, todos sus sentidos y las acciones de su cuerpo eran suyas, otra vez, por completo. Había tanta gente en la embarcación; si cerraba los ojos y se concentraba los podía oír riendo, charlando, quejándose. ¡Qué nuevo y qué conocido a la vez!

Se concentró, sin embargo, con conectarse con Liliht, en buscarla. La voz de la primera hechicera era un zumbido: todavía estaba dentro de la tumba egipcia, en el Vaticano. ¿Cómo los hombres habían encarcelado a la hija de Dios? ¿Por qué le temían a la Oscuridad, que era tan cálida y hermosa?

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La elección de los camarotes había sido un tema. Van había deseado que durmiesen juntos, pero Anna se negó. Alegó que Carl estaba más acostumbrado al mar, que este era su primer viaje, y que ella se marearía tanto que estaría de un humor intratable. El trasfondo era otro. Anna no quería dormir con él. Sí, había atracción entre ellos. Sí, hubo y había besos. Pero ella no iba a dormir con él tan pronto como el cazador deseaba. Aunque fuese solo dormir con aquel hombre, ese hombre que la había visto en su estado más débil. Aparte, Van estaba tan feliz, como si se hubiera olvidado de que había matado a Velkan hacía solo días. Ella lo había perdonado, luego de la furia que tuvo para con el cazador. Lo había perdonado, o eso le había dicho. Pero su corazón dolía al pensar en ello. Dolía mucho.

Por otra parte, solo lo había acompañado para su regreso a Roma; debido a que Carl le había confesado que el cardenal Jinette siempre regañaba a Van. Anna ya le había avisado al cazador que no se quedaría con él, sino que regresaría a su hogar luego de dar cuenta del informe para la Santa Orden. Si él estaba de acuerdo o no con su decisión, no se lo dejó ver. Pero lo que sí pasó fue él aumentó sus besos y sus toques hacía ella, que Anna detenía lo mejor que podía. No le gustaban nada, pero sentía que le debía algo al hombre que la había salvado de convertirse en una prostituta de Drácula.

Borró el pensamiento de su mente y comenzó a hacer una lista de lo que había visto esa madrugada. Primero, la bodega, en la cual ella y Van Helsing habían guardado sus armas. Después, había corrido como una niña para ver la proa y la popa. Extrañaba tanto correr, y esa actividad le valió un regaño por parte de los guardas

Por otra parte, su camarote era simple y funcional. La manta de la cama era de paño bien grueso, simple, y de color azul. Al lado izquierdo, casi pegada a esta, había una pequeña mesita de luz, que sostenía una pequeñísima lámpara de gas; que sería perfecta para escribir incluso de noche. Comenzó a desempacar y, presa de un pensamiento súbito, guardo el cofre con sus cuentos debajo de la cama. La sala comedor estaba arriba de ella, pensaba. Pese a todo, no podía oír las pisadas de las casi cuarenta personas que serían sus compañeros de travesía por seis días.

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Vlad dejó de lado el viejo y amarillento mapa del Vaticano que él mismo lo había trazado. Ese mapa lo había hecho antes, mucho antes de morir, en la época que había entrado en la Santa Orden .Se le había mostrado diversos sitios del Vaticano. Algunos de estos no tenían conexión alguna: los sacerdotes se habían saltado salas y pasillos enteros. Había trazado un círculo alrededor de las habitaciones que habían cambiado con el tiempo y de las secciones que nunca le habían sido permitidas visitar. En una de ellas debía de estar Liliht.

Si se quedaba todo el viaje dentro del camarote, despertaría las sospechas de Gabriel, quien estaba entrenado para detectar el vampirismo a kilómetros. Decidido a continuar con su plan original, se preparó para ir a desayunar.

Había desayunado por treinta minutos y luego salió a tomar aire. Había traído consigo un lápiz y un pequeño cuaderno. Fue solo cuestión de contemplar el mar para que comenzará con un boceto de este. Agregó un barco en rápidas trazadas de grafito. Quizás en el dibujo el clima no fuese tan calmo, quizás sería la hora del crepúsculo ¡Ya se decidiría luego! Pero fueron dos horas, dos hermosas horas de ser solo él, el barco, el mar, el lápiz y el papel.

La voz de un hombre, quien a los gritos, anunciaba su paso con mercancía, le hizo desviar un trazo: logró arruinar los detalles de los reflejos del Sol sobre el agua. El enojo le duro breves segundos, sin embargo cayó en la cuenta de qué era lo que vendía ese tipo en la vieja carretilla: libros. Él no había elegido nada en cuatrocientos cincuenta años, ni siquiera qué leer. Liliht le había enseñado todo lo que ella creía necesario y le contaba las verdades del mundo, las más hermosas y las más horribles de todas, más ahora ella solo era un susurró y no un toque que le volvía loco y adicto.

Ella le traía libros de índole matemática, física, de economía política, botánica derechos, periódicos y algún que otro diario. A veces, unas sombras lo venían para enseñarle. Las sombras se llamaban Freya, Rávena, Beth y Marco y eran a la vez muertos y vivos, olvidados y aún presentes. Les estaba enormemente agradecido: no hubiese sabido cómo manejarse en caso de haber estado sin conocimiento alguno de ese mundo moderno que pedía una explicación científica a todo.

Guardó sus elementos de dibujo en el bolsillo de su chaqueta y fue hacía el vendedor. Pidió el debido permiso y revisó cada uno de los volúmenes .Diez ediciones de una revista y diez libros más se fueron con él. Pronto, se encontró de regreso, ahora con un libro en la mano. A su lado, perfectamente apilados, los otros.

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Anna había acabado de desayunar y estaba paseando en compañía de Van por cubierta. Velkan se hubiera gastado de la risa al verla en ese estado; corriendo para ver y hacer preguntas sobre cada parte del barco. Entonces, el ligero entusiasmo se le borró y la sensación de vació la llenó. Se balanceaba, ahora, por la proa, aferrándose con ambas manos a la baranda .En su mente componía ideas, de sus labios cerrados salían las palabras indicadas, sus palabras. Van le dedicó a la hermosa mujer una profunda mirada.

— ¿Y Carl?- le preguntó ella.

—Está...descompuesto—

Ni bien se ha subido al barco, no ha dejado de vomitar. Debe de estar en el camarote. ¿Qué te ha parecido el mar hasta ahora, Anna?—

—Es bellísimo— sonrió Anna, sin mirarlo a él.

—Me sorprende que está sea tu primera vez en un barco y que no te hayas mareado… — le replicó el cazador.

—Tengo un estomago fuerte— le respondió y se dio la vuelta para apreciar las formas del vapor que emergían de las turbinas. Un vendedor pasó al lado de ellos. Anna ya había dos o más comerciantes en el barco; pero este no vendía ni medicinas tontas ni juguetes. Vendía libros.

Anna podía haberse retirado del mundo de la escritura, pero era una lectora ávida. Aunque, en esos años, solo había leído y estudiado libros de medicina, de economía, de historia y de idiomas tales como el italiano y el francés. En resumen, libros útiles y que le serían de provecho. El hombre se iba alejando y Anna se excusó con el cazador.

Deseo ver algo, discúlpame — y lo dejó.

Dio un rápido trote hacía el carro de libros. El vendedor, sabedor de esto, se detuvo y se hizo a un lado para que examinase su mercancía. Todos eran textos académicos y diez pares de Biblias nuevas...

Su gesto ceñudo dio aviso al vendedor.

— ¿Algo mal, señorita?

—No, nada, señor. Pero, ¿no tiene novelas, poesías, relatos?

—Oh, no, lo siento. Un hombre se le ha adelantado. Prácticamente compró todo lo que había de aquello.

— ¿No tiene más mercancía? — se desilusionó.

—De momento, no. Pero al desembarcar, usted podría ir a una librería o a un puesto de diarios…

—Gracias.

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La joven de pelo rizado suspiró .Hondo. Como una niña a la que le habían quitado su juguete favorito del escaparate por no llegar temprano a la tienda. Esa comparación, la culpa, o quien sabría qué, animaron a Vlad .Se levantó del del lugar donde se había sentado, a fin de tener mejor luz para leer y se encaminó hacia ella. La joven lo miró, extrañada.

—Es usted...— soltó. Sí, era el hombre moreno y pálido, pero ahora con una pila enorme de libros entre los brazos, logrando un perfecto equilibrio.

Vlad, entretanto, pensaba en las palabras adecuadas. Ahora estaba poco menos de un metro de ella; quien aún lucía en sus bonitos ojos marrones una desilusión tierna y pueril, casi infantil y tan tierna.

—Reitero mis disculpas por lo de ayer, señorita. Y también por lo de hoy. No debí acapararme todos los libros. Me he entusiasmado un poco— comenzó.

—Un mucho, diría yo…Lo siento, no he querido…— se disculpó Anna, mientras contaba los volúmenes.

—Si así lo desea, tomé dos o tres. Se los prestaré con gusto — le propuso Vlad.

— ¿Por qué ha comprado tantos libros? — le volvió a preguntar.

—Soy un verdadero adicto y, por lo pronto, no busco la abstinencia en ninguna forma. Aun no me ha respondido, señorita... — dijo y cayó en la cuenta de que no sabía su nombre, aparte de que la joven acompañaba a Gabriel.

—Anna Valerius — se presentó, dudosa y tomó los tres primeros libros del "montículo de letras". Ya en sus manos los volúmenes, le preguntó al hombre.

— ¿Por qué me los está prestando?

—Usted tiene cara de adicta también, señorita Valerius. Por cierto, me llamó Maximiliano Wagner —

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Anna sostuvo los libros contra su pecho. Gabriel no estaba a la vista. Se sentó en uno de esos bancos largos que cubrían casi dos metros de la proa y abrió el primer libro, encuadernado en rojo. Acarició el lomo y olió el aroma a libro nuevo. Se dispuso a disfrutarlo, antes de devolvérselo a su dueño. El hombre vestido de negro que llevaba guantes. El que tenía esos ojos azules oscuros y el cabello tan negro como…

Negó con la cabeza .No .Drácula jamás podría tener esos ojos brillantes.