Capitulo 6 Memorias
Ya caía la noche, Anna tamborileaba los dedos sobre el papel. Había conseguido tinta y papel. La piel se le erizo, los dedos le fallaron, pero la pluma se volvió a convertir en su espada por un tiempo. En la mesita de luz ahora había un poema en la mesita de luz hablaba de la belleza del mar, desde la perspectiva de una gaviota. Bostezó y se cubrió mejor entre las mantas.
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Los rizos le revoloteaban y ella saltaba .Su decimoquinto cumpleaños se acercaba y Anna había ahorrado para un obsequio .Había sido difícil pasar a limpio todos sus cuentos y corregir los fallos en ellos por las madrugadas; pero había valido la pena. Diez relatos iban a ir directo a la imprenta en Budapest. Tendría su libro y hasta podría mostrárselo a Velkan y a su padre.
Sostenía un sobre con dinero para las impresiones y las veinte páginas pasadas a limpio. Dobló un pasillo, luego otro y…
Chocó contra una armadura. El peto cayó de esta y provocó un rápido y fuerte estruendo. Apurada, dejo el sobre en el suelo y procedió a recolocarle la parte faltante a la armadura del medioevo.
— ¿Qué ha sido ese ruido? — bramó la voz de Boris, su padre, desde el otro pasillo.
Los pelos de la nuca se le erizaron y corrió las correas para ajustarle el peto. El sonido de las botas del padre se acercaba más y más. ¡Listo! Ella se dio la vuelta para recoger el sobre, pero una bota le pisó la mano.
— ¿Qué ha pasado, Anna? — le preguntó él, haciendo más presión con la bota.
— Nada, padre, un descuido mío — decía ella y apretó los dientes para no chillar del dolor.
— Ya veo— Él se agachó, recogió el sobre, con la bota todavía apisonando la mano de su propia hija, y lo abrió para leerlo.
— ¿Qué? ¿La has mandado dinero al cura para que te imprima un libro?
— Solo le he pedido uno. He estado ahorrando — le intentó explicar ella.
— ¿Y si me lo figuro, quieres que imprima estos?— y alzó los cuentos bien en alto.
— ¡Sí! —
— "Flor de niebla— Su padre leía el título en voz alta.
— ¿Esto es lo que haces? ¿Por esto reemplazaras tus lecciones y tu entrenamiento? Escucha mocosa, bastante tengo con que a tu hermano le guste cantar, y ahora tú escribes cuentos de hadas con finales felices. ¡No te van a servir para nada! — y rompió uno por uno los papeles, la carta y el dinero.
Anna vio la cara del padre roja y la vena en la sien que la palpitaba.
—No volveré a escribir— le juró.
Él se sacó el cinturón. La azotó contra la pared. La piel le ardía y conto diez, veinte azotes. Peo el padre tenía otros planes. Cogió la masa que portaba la armadura y tomo la mano de su hija. La colocó sobre la mesa y Anna luchó en vano, pero el padre siempre sería más fuerte que ella. Los gritos de dolor fueron horribles, pero no había quien la escuchara, quien la ayudara.
—Óyeme, vuelvo a verte escribiendo y te cortó la mano. Y si escribes, encontraré el modo de enterarme y te cortaré la otra mano. Quizás no nos sirvas para pelear, pero eres tan bonita… ¿sabes que conozco a viejos horribles que te tomarían por esposa?
La liberó y le dijo:
—Las palabras bonitas no te ayudan a pelear. ¡Deja de ser una niña, Anna Valerius!
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Una parte racional de su mente la sacó de la pesadilla (¿o aquello fue un recuerdo?) y la hizo despertar. Aún sudaba frio y los fuertes temblores le hicieron abrazarse a sí misma en busca de consuelo. Su padre ya no estaba más en el Purgatorio. Él estaba en el Cielo. Y desde el Cielo podía verlo todo…
¿Y si ahora la estaba mirando? No se vistió, solo se cubrió la bata y agarró su cofre. Se escabulló por los pasillos rumbo a la proa y los arrojó desde allí. A los papelitos se los llevó el viento. Y el viento se los entregó, en forma de lluvia a un par de manos frías.
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Vlad ingresó en el comedor, con los eventos de ayer frescos en la mente.
Había estado disfrutando de la noche, pero un papel le cayó directo en la cara, Y luego otros. Curioso, los reunió a todos y leyó uno.
Así que en su maletín, llevaba los poemas de Anna Valerius. Quien lo hubiese creído: ella escribía relatos y poesías; poseía ese lado sensible y romántico. Muy bellos en verdad. Hablaban de la luna, del sol, de las estrellas Vlad había leído los poemas y relatos de Anna durante el resto de la noche. Ella hablaba de viajes en el tiempo, romances, conversaciones extrañas entre animales y poemas oscuros; como el que hablaba de la luna, de las estrellas de la niebla de su amada Transilvania. Eran papeles y papelitos, de diversos colores y tamaños. La letra infantil de Anna eran patas y círculos, pero eso fue, según la fecha del papelito, cuando ella tenía apenas nueve años.
. Ahogo un bostezo mientras tomaba asiento en el lugar de siempre.
— ¿Café, señor Wagner? — le preguntó el mozo.
—Sí, por favor. Uno bien cargado
— ¿Desea ordenar algo más con el café? Tenemos unas tortillas, medialunas…
—Dos medialunas, por favor
El joven de pelo rojo anotó su pedido y lo puso sobre un millón de papelitos. Vlad regresó a los papelitos que si le habían llamado la atención. "Y tu Sol será la Luna. Y tú serás su hija, Flor de la Niebla": releyó.
En cada papelito, Anna había datado la fecha .Ese fue escrito hacía casi cinco años. La opresión en su pecho creció.
—Su orden, señor Wagner. Hace un tiempo frio— el mozo sacudió la cabeza, sacándolo de su estupor.
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
Anna llego al comedor. Traía consigo los libros que le había prestado el señor Wagner. Wagner era extraño. No lo había visto ni en la cena ni en el almuerzo de ayer, por lo cual no había podido devolverle los libros de Jane Eyre y Walter Scott. Sin embargo, dar con él fue fácil. Pregunto por un hombre moreno de ojos azules y él fue único que encajaba con esa descripción
La joven se movía con agilidad entre el mar de personas que se encontraban en el comedor. Dos o tres niños pasaron a su lado, casi derribándola. Separó los pies para darse estabilidad. Solo quería devolver los libros y tomar el desayuno. Libros muy buenos, por cierto, Al llegar a Roma se conseguiría un par de obras de esos autores. Una de las dificultades de vivir en un pueblo tan aislado y pequeño era que las noticias y los avances casi nunca llegaban.
¿Pero a quién trataba de engañar? Se reprochó. Ella solo anhelaba distraer su mente y su alma atormentadas por botar al mar sus poemas. Había estado llorando, arrepentida, pero el daño estaba hecho. Nunca volvería a ver a sus amados papelitos. No era como el dolor por la muerte de Velkan, porque está vez ella destruyo algo que amaba. Momento. ¿Qué hacían sus papelitos en las manos del señor Wagner?
Ella corrió y casi olvidó sus modales, porque lo que salió de su boca fueron casi gritos
—Disculpe, pero esos…eso es mío .Devuélvamelo, señor Wagner.
— ¿Usted el arrojo al mar anoche?— preguntó él, mientras paseaba la mirada entre ella y los papeles.
—Fue un accidente
—Me alegro de escucharla decir eso. Ciertamente, son muy buenos para ser botados al mar por su propia autora—comentó, haciendo una pequeña y ordenada pila con los papelitos.
Vlad esperaba cualquier cosa de ella. Que le gritase, que lo acusase de ladrón, pero en su lugar…
— ¿Realmente le parecen buenos?
¿Qué acaba de oír? ¿Ella le estaba pidiendo su opinión?
—Sí. Me ha gustado cómo describe los sentimientos, los olores, los colores, el tacto de las rosa sobre el rocío de una tumba vieja, adornando el horrible entorno. —Vlad sacudió un papelito con el título de "Roció y muerte".
Anna lo identifico: lo había hecho para su madre.
—Lo he leído. Estaba dando un paseo por la cubierta y una lluvia de papelitos cayó sobre mí. —le confesó.
Era verdad, en parte. Solo que había omitido un pequeño detalle. Él había atrapado la lluvia de papelitos.
— ¿No son tontos?
—No
— ¿No son solo palabras bonitas que riman?
—No, son más que ello. Todos los escritos, por más pequeños que sean, lo son. Hoy en día, los libros….
—Siéntase, si así lo desea, se va a quedar encorvada. ¿Solo lee poesía? — le dijo.
—No, pero su café se le enfría— le respondía y pese a todo, ella acepto su invitación y tomo asiento.
Ciertamente, estaba mucho más cómoda, pero también mucho más cerca de él. Por otro lado, las sillas de madera eran cómodas y casi acogedoras.
Vlad se cercioró la taza de que el café se había enfriado del todo. No le importó, ni siquiera era café de verdad. Nada se compararía con el café turco. Sin embargo, le hecho a la taza azul otras cuatro cucharadas de azúcar.
—Le gusta mucho el azúcar, por lo que veo —advirtió Anna.
—Sí, así es— respondió, él cortante.
En realidad, el vampiro solo la olía. De joven, había desarrollado un gusto por el café. Le relajaba. Recordaba el sabor de un buen café turco por la mañana. Ahora era solo un recuerdo. Solo el olor perduraría.
—Señorita Valerius, al fin la encuentro. Su pedido, disfrútelo. —el mozo pellirrojo puso delante a Anna un plato con dos tortillas y un tazón de leche tibia.
¿Qué había pasado? Sí, ella había pedido que le sirviesen ese desayuno todos los días, para recordarle a Vaseria. ¡Pero definitivamente no estaba acompañando a un desconocido a desayunar!
—Disculpe, pero me he de retirar. —decía ella, y tomó la bandeja con su desayuno, puso los tres libros sobre el corrido mantel rosado y con la otra mano cogió sus papeles, que se le cayeron.
—Señorita Valerius, no quedan más lugares… — le informó el mozo.
Harta, Anna se sentó al final. No tenía otra opción. Desde lo de Velkan no había comido poco y nada; eso ya hacía estragos en ella ¡Hoy se había visto en el espejo, estaba tan pálida como una maldita vampira! No deseaba perder sus poemas y no, no deseaba pedirle ayuda a Carl ni a Van Helsing. Eran algo extremadamente privado para ella. Que ellos los leyeran sería peor que los leyera el señor Wagner, quien sonreía
— ¿Todo bien, señorita Valerius? — le preguntó el hombre.
— ¿Qué es tan gracioso?— le interrogó ella, casi arrastrando la última palabra.
Es usted una cabeza dura
Sí, lo sé. Me he caído de árboles y no me roto la cabeza nunca, muchas gracias— dijo Anna y bebió un sorbo de leche en silencio. Vlad le hecho otra hojeada. Esa joven no estaba comiendo y, quizás menos probable, durmiendo bien.
Anna, por su parte, no le gustaba el silencio y ser vista por esos ojos azules. Esos ojos azules que le recordaban tanto a Drácula, pero no, él Conde jamás podría llegar a tener esa mirada.
—También está muy pálida. ¿Le hace daño al estómago el mar? — le preguntó Wagner.
—No, solo es…—bebió otro sorbo y mojó un trozo de la tarta en la leche.
—Una temporada difícil. ¿Y usted? — intento explicarle.
— ¿Yo qué? —dijo él, sin entender.
—Está muy pálido también, señor. No lo he visto comer, le hará mal. ¿O acaso también usted tiene un estomago delicado?- inquirió con malicia la joven.
—No me ha visto comer aquí. Voy a Italia por trabajo y tengo que adelantar muchas cosas. Cenó en mi camarote. Y, en cuanto a mi piel, nací así. Es la sangre albina de mi padre.
— ¿Así que insinúa que estoy enferma? —
—No, pero insinuó que esas son mis galletas…—habló Wagner, divertido.
Anna detuvo su mano de la galleta del plato de Wagner. Había comido todo lo de su plato y solo quedaban migajas.
—Usted dijo que comiera más—Anna se zampo una galletita sin dudarlo.
Él se rio .Fue una risa muy leve, pero a Anna le trajo un recuerdo doloroso. Un baile, un cierto Conde…No, Drácula jamás reiría así. Su risa era tétrica y rayaba con la locura. La de este hombre era distinta, aunque el acento del este de Europa seguía allí.
Vlad reía. Oh, Dios. ¿Hace cuánto que no lo hacía? Y se sentía tan bien ¿Cómo podía esta mujer, actuar de forma tan ruda y, al otro momento ser la personificación de una niña formando un puchero?
—Bien, ¿Que le han parecido Jane Eyre y Walter Scott? — le preguntó, cambiando el tema.
Y fue emparedada viva por violar sus votos. Una monja, en la abadía de Whitby…me gustaría ir allí— reflexiono la joven en voz alta, luego de haberle dado una opinión breve.
—Pero, aparte de la historia, Scott escribe con brío. ¿No le parece? "Oh, que tela enmarañada tejemos"— continuó Anna.
—"Cuando el engaño practicamos"—terminó Vlad, pero la cara de la joven había cambiado. Todo rastro de diversión se perdió y el vampiro comprendió el motivo al escuchar la voz de Gabriel a sus espaldas.
— ¿Qué sucede aquí, Anna?— preguntó Van Helsing.
—Van, hola. Este es el señor Wagner. He venido aquí para devolverle sus libros… —dijo rápidamente ella.
—Ya veo…—
El cazador escaneo la mesa. ¡Habían estado desayunando juntos! ¿Quién se creía Anna para hacerle compañía a un desconocido? ¿Qué no sabía que era peligroso hablar con extraños? Iban a tener mucho de qué hablar esa noche.
—Lo lamento, señorita. Gracias por compartir su opinión acerca de estos nuevos autores. Lamento haberle causado un malentendido, entre ustedes. — habló Vlad .Recogió todas sus cosas y se retiró. Con la cabeza baja, para que ninguno de los dos volviese sus ojos volverse rubíes.
