Capitulo 7 Lagrmias y dolor
Anna miro a Wagner irse. Se levantó de la silla, agarró sus papeles y se enfrentó a Van, preguntándole.
— ¿Por qué le has hablado así? —
— ¿No era que estabas triste? ¿Eh? ¿No era que no ibas a desayunar? —la interrogó y la tomo por el brazo, fuerte.
Ella se zafó de su agarre, se cruzó de brazos y miro al piso.
—Van Helsing, aquí no, por favor. No hagas una escena. Podemos hablar en mi camarote…— le suplicó.
— Bien— aceptó el cazador.
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Ninguno hablo en el camino. Solo se escuchaban los de dos pares de botas y el martilleo del corazón de la joven. Pero este no era el mismo martilleo de la primera vez que se besaron. Este era distinto. Su primer beso había despertado nuevas sensaciones en Anna. Deseo, valentía... Pero con estas nuevas sensaciones también llegó la ansiedad. Temía cada vez que el cazador se le acercaba, las palabras no le salían, y vació en su estómago aumentaba. Ella había leído, en algún libro, que esas eran las señales de un enamoramiento. Más no estaba del todo segura en esos momentos.
Él cerró la puerta del camarote detrás de sí. Su mirada la hacía temblar, pero Anna no se lo dejaría notar. Se negaba.
— ¿Qué demonios hacías charlando con un desconocido? ¿En qué estabas pensando, Anna?
—No es un desconocido—se excusó ella, frotándose un brazo con su mano.
—Es el señor Wagner, de quien te he hablado el otro día. Solo quería devolverle sus libros…. — intentó explicarle la situación, pero el bramo:
— ¿Y eso que llevas en las manos? ¿También ha sido un regalo suyo? — Señaló los papeles que Anna todavía sostenía.
Ella negó con la cabeza.
—No, esto es mío…— declaró la joven y se dio la vuelta para dirigirse a la mesita de luz y guardó los borradores en una gaveta.
—Anna, no puedes creerle a ese tipo— le decía Van Helsing.
—Van, él es el hombre que había atrasado la fila el día en que abordamos. Solo quería disculparse…— decía Anna, las manos en las caderas.
—No le he visto dándole regalos a los otros pasajeros. ¿Cuándo me tocará a mí?— se burló el cazador con sorna.
—Van, por última vez, no me los ha regalado.
El rostro del cazador se suavizó. Se acercó hasta ella, la tomó por los hombros. Anna se tensó al tiempo que él le habló ó:
—Anna, tú seguridad lo es todo para mí. Un hombre como él solo te buscaría para…— le acarició el brazo.
— ¿Esto tiene que ver con mi negativa a dormir contigo? — dijo Anna, y se alejó de su toque.
Van apretó los puños. Una parte de él quería decirle que sí, pero otra…
—No es eso— "Solamente "agregó Van Helsing en su mente.
—Ese hombre no me inspira confianza. Ya te he dicho que siento la maldad y…— avanzó para cerrar toda brecha entre ellos.
—Jamás le has dirigido la palabra ni él a ti. — argumentó la joven, sin mirarlo a los ojos.
—Prométeme que no volverás a ver a ese hombre. — la sujetó por los antebrazos y, esta vez, Anna no pudo zafarse.
—Suéltame.
—No hasta que jures. Créeme, Anna, podríamos estar así todo el día .No te hagas la difícil.
—No eres mi padre para decirme qué hacer…—
Ante esa respuesta, Van la apretó llevó contra su pecho, apresándola. Ah, como le gustaba sentir ese cuerpo curvilíneo contra él.
Ella intentó zafarse, pero no pudo.
—Van, por favor, sé cuidarme sola… y…
— ¿Cómo te cuidaste de las novias de Drácula?
— Por favor, suéltame… lo prometo… por favor…—
Las manos cesaron su agarre y Anna pudo respirar tranquila.
—Te veo en la cena —dijo a modo de despedida Van Helsing.
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Vlad le hecho tres vueltas de llave al cerrojo, lanzo la llave contra la pared y se echó las manos a la cabeza, hundiendo las uñas en el cuero cabelludo.
"Respira, Vlad" se ordenó. Inhaló una gran bocanada de aire. "Exhala y suelta el aire "y lo hizo audiblemente.
Lo hizo tres veces. "Eso es Vlad" y contó hasta diez y aflojó el agarre de las manos sobre su pelo
"Todo está bien, Vlad. Solo que Gabriel está a bordo, y ya te ha visto. Es probable que te maté mientras duermes. Y antes de que me mate, lo mato yo ".
Momento. Estaba pensando solo en él. Otra vida dependía de él. Liliht. ¿Cómo olvidarla? ¿Cómo echar a perder un plan de 450 años por un arrebato de estupidez?
Volvió a respirar con fuerza. Gabriel no era un problema, ya que no lo había reconocido, aun cuando se habían cruzado dos veces. Ni siquiera dio rastros de reconocerlo en su rostro. Ya habría, de seguro, olvidado el rostro de Vlad Drácula. Sonrió, eso le daba una posibilidad. Arruinar su fachada de caballero con el asesinato de Gabriel Van Helsing no estaba en sus planes. Esta no era su venganza, era la de ella, la de Liliht.
Sin embargo, Gabriel podría entorpecerle el camino, si no se mantenía con el perfil bajo. Si lo matara ahora (incluso si echase el cadáver al océano) habría una investigación y el viaje se retrasaría. Cierto, podía controlar la mente del capitán, pero no sus acciones. Un humano bajo el control mental era poco más que un zombi, y Vlad no sabía cómo navegar un barco a vapor.
Negó con la cabeza y descorrió las cortinas, a fin de tener mejor luz. Qué mundo tan nuevo y a la vez tan familiar. Las mujeres luchaban para trabajar y la medicina y la ciencia habían alejado los rastros de las tontas supersticiones.
Utilizaría su tiempo allí y la buena luz de la tarde para acabar de colorear su boceto del mar. Tanteó el bolsillo de su abrigo negro: estaba vació, a excepción de sus lápices y del grafito. Revisó sus otros bolsillos y rebusco entre las páginas de los libros que la señorita Valerius le había devuelto.
Anna Valerius era una extraña mujer. Con todo, Vlad solo sabía algo de ella: había disfrutado su conversación, sus comentarios mordaces. Era peculiar. Con Liliht nunca había tenido una charla simple e incluso si la tenían, era tan forzada. Volvió y puso los libros apilados sobre la mesa de luz. Pasó las hojas, pagina por página. El boceto no se había traspapelado, quizás se le había caído en el camino.
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"¿Qué me está pasando? "Pensaba Anna, envuelta en las mantas, con la cabeza enterrada en la aloda. Se volvió contra Van. Se sentía atraída hacía el por su físico, por sus valores, por su espíritu. La pasión que había florecido entre ellos se desvanecía por la muerte de Velkan. ¿Era por eso que no podía ser su amante, su esposa? Imaginó la situación, con una única diferencia. Velkan vivo, con ella, en el camarote. Era celoso, lo veía. Le decía que estaba loca por irse a Italia con un cazador. Típico. Qué sabía el del amor. El cazador que la amaba, que la respetaba como guerrero, el que los había salvado, que les había dado una pizarra en blanco. El cazador que amaba con pasión. Pero, de nuevo, ¿que sabía ella del amor?
Anna respondió a los toques en su puerta, tan pronto como la bruma de sus sueños se desvaneció. La joven se incorporó de la cama, se talló los ojos para despabilarse y se calzó las botas.
— ¿Quién es?— preguntó en voz alta, terminando de calzarse.
—Anna, soy yo Carl. Van tiene una pesadilla. He tratado de despertarlo, pero no he conseguido. Por favor, él ya me está asustando— lloriqueaba el monje.
Alarmada por la nueva información, se puso encima del camisón el corsé y arriba de este una blusa y una chaqueta que la cubría hasta los tobillos.
— ¡Shh! Baja la voz Carl— dijo, al abrir la puerta y cerrarla detrás de sí
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El camarote de los compañeros apenas se diferenciaba del de Anna, solo que este poseía eran dos camas.
Al abrir la puerta, pudo ver a Van tendido en el lecho, rodando, gruñendo y dando vueltas en sueños. Lloraba y decía palabras inentendibles, como pidiendo perdón.
Insegura, Anna le hizo un gesto a Carl para que se quedara a su lado, en caso de que el hombre se pusiera violento y se aproximó más Pero a cada paso que daba contemplaba más y más el rostro contraído por el dolor, las facciones masculinas que temblaban y las manos se abrazaba a las sabanas, ya cubiertas por sudor.
Él pataleaba y daba puñetazos, pero ella no doblego su voluntad. Esquivó los golpes y asió su puño en el aire y lo apretó.
—Despierta, soy yo Anna. Despierta, estás en una pesadilla.
El puño sudado se deshizo en una gran mano. Anna la tomo entre las suyas y la apretó con toda la gentiliza que pudo.
Poco a poco, el cazador fue despertándose. Anna inclinó la mano que tenía libre para que Carl se incorporara a la conversación
—Vamos, Van Helsing. Yo también quiero dormir…. —dijo el monje.
Así fue que con palabras de aliento él despertó por fin. Abrió los ojos y Anna lo zarandeo para que se despabilara más.
— ¿Anna, eres tú? ¿No eres un sueño?
—Puedes apostarlo —bromeó ella.
—Yo… ¿qué pasó? ¿Qué haces aquí? — le preguntó.
—Carl me despertó porque tú estabas teniendo una pesadilla.
—Una muy fea, por lo visto— agrego el monje.
Van, con el pecho desnudo, se sentó en el colchón. Junto los dedos de sus manos y jugueteo un poco con ellos antes de hablar.
— Soñé con mi pasado otra vez.
—Con todas las épocas en las que has vivido, se podría escribir un libro y volvernos asquerosamente ricos— propuso Carl.
— ¿Y cómo lo llamarías? — preguntó Van.
— No lo sé. — dijo el otro.
— Crónicas de Gabriel o la Mano Izquierda de Dios— aconsejó Anna.
— Oye, eres buena… —la felicitó Carl.
Van rio y se secó el sudor de la frente con el dorso de su mano.
—En mis sueños, soy solo yo quien habla. Este fue diferente.
— ¿Por qué? — se interesó Carl.
—Porque alguien me hablo, una mujer que se hacía llamar Liliht.
—No recuerdo mucho de ella, más que lagunas. Creo que vi pirámides y mucha sangre. Y en el centro ella.
— ¿Era guapa? — preguntó Carl, con interés.
—Oh, lo era. Pero había algo horrible en su belleza. Ella no era una mujer como tú, Anna. Su belleza era fuerte, su hermosura sublime, pero hay algo en ella que al recordarla, me hace temblar.
— ¿Era una vampiresa? — le preguntó Anna a Carl.
—No, no lo creo. ¿Van que te dijo?
—Dijo algo así como:"yo también fui hecha de polvo".
Carl trago saliva.
—Van Helsing, sé quién es ella, la chica de tus pesadillas. Es Liliht, la reina de los súcubos.
— ¿Quién es? — le preguntó Anna.
—Bueno, han leído la Biblia. Si lo han hecho detenidamente, habrán notado que hay dos versiones del Génesis: Y Dios creó al hombre y a la mujer, macho y hembra los creo. Pero luego dicen: "Y Dios creo a la mujer de una costilla de Adam, mientras este dormía y se la presento y Adán dijo que esta esta sí que es carne de mi carne". Hay dos opiniones sobre esto: que los escritos estaban mal traducidos, tergiversados o que…que ambos relataban la ambo verdad. Con esto, se llegaría a la conclusión de que Adam tuvo una mujer, una anterior a Eva. Esa mujer se llamaba Liliht. Ellos no eran felices y Liliht había ofendido a Dios pronunciando su nombre verdadero. Le crecieron alas y huyo al Mar Rojo, donde fornicó con demonios y dio a luz a los súcubos. En cierto momento, Adán pidió el regreso de su compañera y Dios envió a ángeles a por ella. Liliht negó a Dios ante esos tres ángeles. En castigo, Dios la maldijo con la promesa de que todos los hijos que le nacieran morirían a los tres días. Así que cuando Eva hizo pecar a Adán, Liliht no estaba en el Paraíso.
—Debido a eso, ella conservaría su inmortalidad— dijo Van.
—Sí y no. Conservo también la juventud eterna… — les informó Carl—
— ¿Y qué le pasó? —preguntó Anna.
—Bueno, se dice de ella que es una asesina de niños pequeños y que fornica con hombres en sus sueños para tener hijos….
—A mí no me toco. — aviso Van.
—No es mi tipo de mujer —continuó, dándole a Anna una mirada que la hizo sentir un escalofrió terrible que le subía por la espalda.
— ¿Por qué las mujeres bonitas siempre están locas o casadas? — se quejó Carl.
— Carl, eres un monje. — le recordó Van.
— Pero, ¿por qué Liliht huyo de Adam? — volvió a preguntar Anna.
— No lo sé, cosas de matrimonios. — dijo Carl y bostezo abiertamente.
—Humm… me voy a dormir. Gracias, Anna.
Carl se fue a su cama, que estaba del otro lado del cuarto y se tapó con las mantas.
—Van, yo me... —comenzó a decir ella, pero él la abrazó.
—Anna... — dijo el hombre y rodeo con sus brazos el torso de la joven, haciendo que a esta le resultara imposible escapar.
—Anna, quédate a dormir conmigo. Por favor. Solo a dormir. No te tocaré y tengo miedo. Tú eres mi luz en esta oscuridad.
Anna evaluó su respuesta. Si Van volviera a tener pesadillas, o bien ella podría salir herida o bien podría despertarlo antes de que las cosas empeoran. Por otro lado, Carl dormía al lado de ellos Pero dormir con él era indecoroso.
— ¿Solo por esta ocasión, no es así?
— Por supuesto. —respondió Van.
— Bien, pero ponte una camisa.
— Está bien, no tengo frio.
Van se acostó y Anna le dio la espalda. Pronto ella oyó ronquidos por parte de sus compañeros. Van tenía sentimientos por ella, sentimientos que no podía devolverle. Faltaba algo, pero ¿qué? Se admiraban, se respetaban como guerreros.
Habían peleado juntos, habían vencido a Drácula y él la había salvado de convertirse en la prostituta del infame vampiro. Anna reprimió una arcada cuando rememoro la boca del Conde asaltando la suya, tocándole la piel y los hombros y parte de sus pechos. Si Van no la hubiera salvado, quien sabe que hubiera hecho el vampiro con ella. Ella era una malagradecida y pensar en eso hacía que la piel se le erizara y que la bilis se le subiera la garganta.
¿Van no la estaba tocando de mismo modo? ¿No le provocaba las mismas emociones? Anna negó. Entre ella y Van había atracción, la forma en que él la miraba. Van era guapo y el físico del cazador habría desmayado a más de una, pero a ella no. Y Anna sabía que por mucho que le dijeran que él era un santo y un buen hombre que solo hacía lo correcto, esa era la noche más incómoda de su vida.
Odiaba esta sensación. ¿Por qué no se encontraba feliz con Van? ¿Por qué no estaba enamorada de él? ¿Qué estaba mal con ella?
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Había sido la primera en despertar, solo para sentir su cintura ser tomada posesivamente por las manos del cazador. Anna había dado un gritito y Van se despertó. La vio entre sus brazos y sonrió, pero Anna le dejo en claro con un rostro asustado que esa posición no le gustaba.
—Van, por favor, suéltame— le pidió.
— Anna…— decía.
Ella se liberó de él y se arregló la chaqueta y la blusa, que revelaba un poco de piel. Anna aliviada, se abotono la blusa con el corazón latiendo a mil por horas. Llego a ponerse las botas, pero Van el tomo por la cintura y la besó. No fue lo que esperaban. Solo fue el rozar de los labios, sin amor y sin pasión. Ella se separó de él, fue hasta la puerta y vigilo el corredor. Corrió hacia su camarote para que nadie se diera cuenta de con quien había pasado la noche.
Se fijó en el viejo reloj, eran las seis de la mañana. Procedió a darse una ducha rápida, se sentía una mujer sucia por no corresponder los sentimientos de Van.
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