Capítulo 3
El chico de la biblioteca
Era un nuevo día de clases. Nikolai se encontró con una conversación similar a la de la jornada anterior.
—Te juro que si no se aparece... —decía Feliks, agarrándose de los pelos.
—Aparecerá—aseguró Cian, muy seguro de sí mismo.
—Stefan me pone de los nervios.
Y el rumano seguía sin saber de quién hablaban.
Casi saltó de la silla al ver quién acababa de entrar al salón de clases.
Nunca creyó que el chico al que había visto en la biblioteca aquél día, fuera a ser su compañero de clases. Aunque tampoco lograba explicarse cómo era que esa persona había permanecido dando vueltas por su mente. ¡Sólo lo vio una vez!
Bueno, ahora estaba claro que vería a ese chico prácticamente todos los días.
Se preguntó porqué llegaba el tercer día de clases y no el primero. Y entonces, ató cabos y sospechó algo: el tal "Stefan" del que Feliks y Cian estaban hablando, era ese chico de cabellos negros y ojos verdes, que sin mirar a nadie, tomó asiento en uno de los bancos del fondo.
Tuvo que aguantar las ganas de girarse a mirarlo, porque estando en la fila del medio, sería algo demasiado obvio. Decidió concentrarse en la clase.
Apenas tocó el timbre y el profesor dejó el salón (seguido de unos cuantos alumnos sedientos de "libertad"), el polaco se puso de pie, y fue inmediatamente a "acorralar" al chico que Nikolai vio en la biblioteca de la ciudad.
—O sea, ¿¡se puede saber por qué carajos te habías desaparecido del mapa!? —reprochó Feliks, furioso. El chico de cabello negro pareció no hacerle caso—¡Stefan, me miras cuando te hablo! ¡Cómo que debes respetarme! —exigió.
—Tranquilo, que pareces su madre... —intentó tranquilizarlo Paulo.
—¡Silencio, pigmeo! —siseó Feliks. El rostro del portugués se oscureció notablemente, y tuvo que reprimir las ganas de golpearlo por meterse con su altura. Permaneció con un tic en el ojo, mascullando "Tú tampoco eres tan alto, diva".
—Oh, Nikolai, verás que entretenido es esto—le dijo Cian al aludido, apenas despegando la vista de la pantalla de su celular—Presenciarás una escena dramática digna de un Oscar, protagonizada por nuestra querida "Drama Queen".
El rumano intentó concentrarse en los chillidos que el rubio dirigía al tal Stefan (¡al menos ya sabía de quién se trataba!). Increíblemente, la mayoría de la clase ni se inmutó de eso: al parecer, ya estaban acostumbrados. Sólo oyó al chico lituano suspirar.
—...¡Y nos preocupamos! —seguía el polaco—¡Ni te dignaste a responder el teléfono! ¡Y no me digas que no tenías crédito o batería, porque ni tú te lo crees! —parecía estar completamente indignado—¡Ni siquiera estabas en tu casa! ¡Y ni una postal! ¡Ni de las que cuestan medio euro!
Cuando Feliks pareció hacer una pausa para tranquilizarse y respirar, el de cabello oscuro (que había permanecido callado, observando al rubio con cara de póker) decidió hablar finalmente.
—Lo siento, Feliks—se disculpó Stefan—Tenía muchas cosas en que pensar, y necesitaba un tiempo conmigo mismo. Tampoco estuve en mi casa, como bien has notado (Y espero que no sea porque fuiste a acosar...). Pero ahora estoy aquí, y te garantizo que todo está bien—finalizó tranquilamente.
El polaco pareció calmarse, aunque todavía parecía molesto. Paulo seguía definitivamente enfurruñado, y Cian parecía decepcionado porque el drama se había acabado. Nikolai se preguntó qué habría estado haciendo Stefan, aunque luego se repitió que eso no era asunto suyo (pero podría indagar sobre eso en su cabeza).
—Bien—soltó Feliks, inflando sus mejillas infantilmente—¿Pero por qué no viniste los primeros dos días?
—Te dije que no estaba—suspiró, y luego se giró para ver a Cian—¿Cómo estás?
Mientras el irlandés contestaban, Stefan pareció notar al rumano. Si lo reconoció del encuentro en la biblioteca, no lo demostró.
—...pues sí, parece que mi hermano escocés se agarró un novio canadiense. Pero le costaba soltar prenda, el muy... —relataba el pelirrojo, y luego pareció recordar algo importante—Ah, Stefan, te presento a Nikolai.
El rumano no supo qué hacer. No le pareció adecuado mencionar que ya lo había visto: probablemente el otro ni se acordaría.
En lugar de eso, esbozó una sonrisa. El de cabellos azabaches hizo una especia de mueca, aunque no pareció ser de desagrado.
—Vamos, no seas muy frío con él—pidió Cian—Es buena gente. Te caerá bien.
—Feliks le habló el primer día—comentó el portugués, aunque luego recordó que estaba enojado con aquella persona y empezó a mascullar cosas.
Stefan se mostró algo sorprendido ante aquella revelación. Al parecer era tal como Nikolai había pensado: el polaco no era abierto con los extraños.
—Ah. Bienvenido... —fue el saludo, eso y un apretón de manos—Soy Stefan. Vengo de Bulgaria. ¿Y tú vienes de...?
—Rumania—se apresuró a contestar.
—Es un mentiroso—interrumpió Feliks, que había arreglado su despeinados cabellos dorados—Stefan no viene de Bulgaria; sus padres son búlgaros, pero él vivió toda la vida aquí. Lo único relacionado que tiene con su tierra natal es saber el idioma por insistencia de sus padres, e irse allí de vacaciones. Todo un poser.
El "búlgaro" lo fulminó con la mirada.
—No hace falta dar tanta información—se quejó, entrecerrando los ojos. Antes de que sucediera algo más, sonó el timbre, indicando que se reiteraban las clases.
Ya era la hora del recreo (la "asignatura" favorita de Cian). Nikolai vio cómo el irlandés y el polaco arrastraban al chico de la biblioteca con ellos, fuera del salón. No estaba convencido sobre si debía seguirlos o no.
—No pasa nada si vas con ellos—dijo una voz amable detrás de él. Se giró, encontrándose así con Paulo, el portugués.
—Ah, ¿en serio? —balbuceó Nikolai, jugueteando con el cierre de su mochila.
—Claro que sí—le sonrió el chico. Tenía una cicatriz en el ojo, pero no tenía aspecto intimidante, al contrario: parecía la persona más amable del mundo—También son amigos míos, aunque no parezca. Ven, vamos—lo animó el portugués.
Caminaron detrás del trío. El azabache era hostigado a preguntas por los otros dos.
—¿Acaso ahora harás un viaje espiritual a Tíbet, te raparás la cabeza, y buscarás en las profundidades de tus turbulentos pensamientos hasta encontrarte a ti mismo? —dramatizaba Feliks.
—No seguiré los pasos de nuestro profesor de arte—Stefan frunció el ceño al responder—Y no hables con ese tono de voz. Es como que te estuvieras burlando de la religión de millones de personas.
—¡No seas tan serio! Sabes que no me burlo—se ofendió el polaco—Además ese tipo me cae bien, es el único que me deja usar mi móvil en clase. Pero de todas formas, como que, todos sabemos que ese estilo va más contigo que conmigo.
—A veces me pregunto por qué sigo siendo tu amigo.
—Yo puedo decir lo mismo.
—Y yo me pregunto aún más seguido por qué los soporto—interrumpió Cian, haciéndose la víctima. Feliks le dio una suave cachetada y Stefan sonrió cínicamente.
—Querrás decir, Mój Drogi (*) , cómo es que Stefan y yo te soportamos a ti—corrigió el rubio, mientras el pelirrojo se sobaba la mejilla, aunque sonriendo.
Y observando todo eso, Nikolai tampoco entendía como era que esos tres eran tan buenos amigos.
—No te asustes—la voz de Paulo lo sacó de sus pensamientos—Siempre son así. Uno se termina acostumbrando a ellos.
El rumano no estaba asustado, sino que lo encontraba enormemente divertido.
—Creo que no me he presentado—recordó de repente el portugués.
—No pasa nada. Feliks me dijo ayer quién eras—respondió el otro.
—No me extraña—rió—Aunque lo que sí es extraño es que te haya hablado tan rápido. No me malinterpretes, no es para tomarlo personal, es sólo que Feliks suele ser tímido al principio.
—Cian me lo ha dicho. Cuesta creerlo.
—¡Exacto! Pero ahí lo tienes. Es una criatura única...
Feliks paró en seco, giró sobre sus talones, y observó ofendido al ibérico.
—¡Tú! ¿¡Cómo osas tratarme de "criatura"!? ¡Eres un...! —el irlandés le tapó la boca a su amigo, antes de que se metiera (nuevamente) con la estatura del moreno.
—...Y tiene oído de murciélago—finalizó Paulo, rodando los ojos. Alcanzó a los demás, y comenzó a conversar amenamente con Stefan. Feliks estaba ahora rojo de ira porque habían añadido "murciélago" a su fabulosa descripción.
Nikolai se sintió un poco solo, otra vez. Pero hizo caso a lo que el luso le había dicho, y simplemente siguió al grupo.
—Tengo hambre—dijo de pronto Cian—Y un agujero en el estómago del tamaño de Rusia—luego pareció cuestionarse algo—Oye, Nikolai... ¿es Rumania muy grande?
—Es... —se dispuso a responder el aludido, pero Feliks interrumpió.
—Eres un inculto, Cian—lo reprendió—Perdón, Niko, pero se lo tengo que decir. ¿Es que eres estadounidense? ¿Nunca viste un mapa de Europa? ¿Acaso nunca miraste el este de tu propio continente? ¿O todo acaba en Alemania?
—Disculpa a la reina, siempre se pone histérica cuando los simples mortales no tenemos mucha idea de lo que hay en Europa Oriental—advirtió el irlandés.
—Suele pasar—suspiró el rumano.
—¿Y es justo eso? ¡Claro que no! —discrepó Feliks—Todos saben dónde está la granja alpina que se llama "Suiza" o el nido de marihuaneros holandeses. ¿¡Es por qué tienen dinero, no es así!?
—Tranquilo, hombre—se quejó Cian—Me intereso por saber cómo es la tierra de donde viene—rodó los ojos mientras Feliks seguía demandando una Europa igualitaria, y presumiendo del orgullo eslavo—En fin, ignoremos a la diva revolucionaria y cuéntame cómo es Rumania.
Un poco más tarde, Nikolai intentó explicarse cómo fue que terminó casi solo. Feliks seguía con su arranque de patriotismo y fue a hablar con la secretaria (quién tendría cosas más importantes que hacer a escuchar los desvaríos de un polaco, pero allá él), mientras que Cian y Paulo fueron a conseguir algo de comer.
Sólo quedaba Stefan (al que ya había bautizado para sus adentros como "el chico de la biblioteca"), quién estaba en silencio y parecía más interesado en leer anuncios estudiantiles. Del estilo "se cambian lápices de colores casi nuevos por tabla periódica plastificada" o "se busca pendrive amarillo urgentemente, ahí está mi presentación para sociología".
Pero ya. Que el silencio lo estaba matando. Abrió su boca antes de pensar en algo inteligente.
—Hola—murmuró. ¡Qué brillante, qué original, que inolvidable! Y que se notara todo el sarcasmo con el cual se decía todo eso. Se notaba que no sabía empezar conversaciones. Se notaba que no sabía empezar conversaciones con gente reservada.
Stefan no contestó, simplemente se limitó a observarlo. Tal vez el rumano había habado tan bajo que no había oído.
—Hola—repitió Nikolai.
—Te escuché la primera vez—cortó.
Para ser la primera conversación que mantenían a solas... era pésima.
—...Creo que nos vimos una vez—comenzó nuevamente el rubio, ya que era el único tema que se le ocurría. No se desalentó ante la actitud del otro, quien parecía no entender—En la biblioteca...
—Ah—el búlgaro pareció comprender—Sí, sí—¿¡Lo recordaba!? —¿Te gusta leer? —sin perder la oportunidad, el rumano asintió rápidamente con la cabeza—Interesante. A mí también—agregó.
—¿Qué te gusta leer?
El de cabello negro abrió la boca para responder, pero alguien los interrumpió.
—Eh, perdón por dejarlos solos. Asuntos que atender—se excusó el recién llegado irlandés, con Paulo detrás de él—Y no vayas a decir que mi estómago no cuenta como "asunto".
—No he dicho nada—se defendió el portugués.
—De veras, lo siento—le susurró Cian al rubio—Al principio es muy incómodo estar con este tipo, pero te juro que es buena persona, a pesar de ser rarito...
—Lo escuché—Stefan frunció el ceño al decir esto. Cian le sacó la lengua.
(*) "mi querido" en polaco.
Gracias a todos por sus comentarios 3 ahora apareció Stefan, yay :D Hasta el siguiente capítulo
