Capítulo 4

Gengis Kan

Una nueva semana de clases. Tenía muchas cosas por hacer, que no tenían demasiado que ver con el estudio.

Por ejemplo, conocer un poco más al resto de la gente de su clase. Y a Stefan. Le daba mucha curiosidad. No sabía demasiado sobre él, pero pensaba que lo veía como un potencial amigo. Podrían llevarse muy bien. Se quedó más tranquilo con esa conclusión, porque era la única forma para explicar su interés por el aparentemente no muy especial búlgaro.

También debía alegrarse, ¡había hecho amigos! O al menos gente con la que pasar el rato. Esa noticia también había alegrado a sus padres. Todo parecía ir muy bien. Tan bien que a Nikolai le daba un poco de miedo.

Luego estaba el tema de que seguía sin tener la menor idea acerca de quién era el tal "Gengis Kan". Y sí, estaba seguro de que no era el mismo Gengis Kan de los libros de historia.

—¡Eh, Nikolai! —lo llamó Cian, apenas lo vio llegar al instituto. El aludido se sorprendió de verlo allí tan temprano: faltaban más de veinte minutos para el inicio de clases. Él llegaba más temprano porque dependía del transporte público, pero sabía que el irlandés vivía relativamente cerca del instituto—Creí que era el único que llegaba tan temprano.

—Bueno, a mí no me queda otra opción—suspiró—¿Porqué vienes tú tan temprano?

—¡La puntualidad es importante! —se enorgulleció, y el rumano no supo si tomárselo en serio o no—¿Cómo ha estado tu fin de semana?

—Un poco cansador. Creo que todavía no hemos terminado de ordenar las cosas de la mudanza.

—¡Ah, mudarse en familia! Nunca olvidaré cuando me mudé con la mía. Es una experiencia horriblemente genial cuando tienes tres hermanos...

—Tu familia es relativamente grande

—Mi historia familiar es muy complicada—rió el irlandés—Para empezar, mis hermanos y yo sólo compartimos un padre: somos todos hijos de distinta madre.

—Es decir, son tus hermanastros.

—Exacto. Pero molestan tanto como hermanos normales, no le ves la diferencia.

—¿Y son todos irlandeses?

—He aquí la parte divertida: sólo yo lo soy. Scott, el mayor, es escocés. Luego sigue Arthur, que es inglés hasta la médula. Sigo yo, y finalmente Deian, el galés.

—Wow—Nikolai estaba demasiado sorprendido como para decir algo—Eso... no es muy normal.

—Por supuesto que no. Para empezar, mi padre no es normal—Cian rodó los ojos—Siempre nos quiso mucho (tanto, que se sentía responsable y quiso vivir con los cuatro juntos), y es un hombre muy inteligente. Pero mujeriego como nadie.

—¿Entonces vivían todos con su padre? ¿Aquí, desde que se mudaron?

—Claro. Con él y la novia de turno. En las vacaciones visitábamos a nuestras madres. Bueno, no todos—aclaró—Era un poco caótico, pero somos hermanos muy unidos. Ahora sólo quedamos Deian y yo en casa.

—¿Dónde están los demás?

—Scott terminó la Universidad y se consiguió casa, trabajo y hasta novio. Sospecho que lo último lo tiene desde hace ya un tiempo, pero lo sacó a luz hace poco—explicó Cian—Ahora vive en Escocia, su tierra natal. Usando kilt y tocando la gaita todo el día—rió—No te creas: el estereotipo no es más que eso: un estereotipo. Pero adoramos joder su patriotismo con eso.

—¿Y tu otro hermano?

—Ah, Arthur, el segundo mayor, pero primero cuando se trata de amargura. Está haciendo sus estudios universitarios en París: ironía de ironías, si me preguntas. Es el enemigo número uno de los franceses, pero he ahí él. En medio de la capital de los "gabachos". ¡Y habla el peor francés del mundo! Te lo digo yo, que soy su hermano... —negó con la cabeza, divertido.

—Cada uno de ustedes debe tener historias muy interesantes—se maravilló Nikolai.

—Pues sí. Me gusta mi familia—le guiñó un ojo—Pero no se lo digas a ellos, que debo mantener la fachada de "odio a mis insoportables hermanos".

—Ah, ¿le cuentas las andanzas de los Kirkland a nuestro querido Niko? —interrumpió Feliks, llegando con Stefan detrás de él.

—Ni la milésima parte de ellas—contestó el irlandés, orgulloso.

—Cierto. Para conocer todas se debe estudiar una licenciatura en historia especial de la familia Kirkland: séptima generación—rodó los ojos el polaco.

—Hasta resfriado olería tu envidia—lo molestó Cian.

—Por favor... —el polaco sacudió sus lacios cabellos rubios con elegancia—Hablando de cosas más importantes: esta semana ya no nos salvamos. Gengis Kan volvió.

—Mierda—soltó Stefan, mientras Cian fingía desmayarse.

Nikolai sintió un poco de miedo, por lo que prefirió no preguntar o especular acerca del peculiar personaje.

El rumano no reconoció su nueva clase al entrar al salón. Todos permanecían quietos y sin decir una palabra. Michelle y Gisèle, quienes solían conversar mucho entre ellas, estaban en completo silencio. Yong Soo no jugaba con su consola. Jack no traía puesta su sonrisa atrevida, y estaba tan serio que daba miedo. La helada Natalia parecía nerviosa, cosa que contrastaba demasiado con su impasibilidad constante. ¡Incluso Cian parecía calmado! Y la postura de Feliks parecía haber pasado de "soy el ombligo del mundo" a "ratoncito asustado".

Sin estar muy seguro de qué inspiraba tanto terror, la puerta del salón se abrió, y todos sus compañeros parecieron contener la respiración.

Un hombre entró al salón, dando pasos tranquilos. Caminó elegantemente hacia el escritorio, y se sentó en la silla apenas sin hacer ruido. Luego, comenzó a recorrer la clase con la mirada.

Ahí aprovechó Nikolai la oportunidad de observar a aquél extravagante hombre.

Lo que más llamaba la atención era tal vez el cabello. Negro, largo y lacio. La mayor parte estaba recogido en una larga trenza. Parecía alto, y probablemente tendría poco más de 30 años. Unas delicadas gafas cubrían sus ojos dorados y rasgados.

Y si bien vestía una simple camisa blanca arremangada y pantalones negros, el chico lo imaginaba sin problemas vestido con antiguas ropas de estilo oriental. Además, le agradaba el aura de tranquilidad que el hombre inspiraba.

Eso cambió en cuanto la mirada del profesor se cruzó con la suya. Un escalofrío le recorrió el cuerpo en cuanto los ojos dorados del tipo parecieron hacerle una radiografía.

—Oh, tenemos una cara nueva—dijo con un tono de voz profundo—¿Quién eres?

El rubio se puso de pie torpemente, haciendo que su pupitre temblara y su bolígrafo cayera al suelo. Fingió ignorarlo.

—Me llamo Nikolai. Vengo de Rumania y tengo 17 años—informó, intentando no tartamudear. Sentía los ojos de toda la clase clavados en él. Sobre todo los del profesor.

Observó por el rabillo del ojos como Feliks, que había decidido la semana anterior sentarse a su lado, negaba con la cabeza.

—Siempre lo mismo con ustedes, ¿eh? —dijo el profesor con un tono de voz que helaba la sangre—Cómo te llamas y cuántos años tienes. Interesante que hayas dicho de dónde vienes. Pero no es lo que pregunté. Obtendría esa información con sólo preguntarle a nuestra amable secretaria—el profesor hizo una pausa, sin dejar de observar al joven rumano—¿Quién eres, Nikolai?

El aludido se sentía confundido. ¿Acaso era una especie de prueba de Introducción a la Filosofía? Se suponía que estaban en clase de historia. ¡No estaba preparado para ese tipo de preguntas extrañas! Y el intimidante profesor mantenía la mirada sobre él, impaciente.

—Soy... —probó—...estudiante.

—Muy inseguro—negó con la cabeza el profesor—Eso también me lo dice un simple papel. Y mi sentido común—de pronto frunció el ceño, y levantó la voz, lo que hizo que Nikolai se sobresaltara e intentara retroceder—¿¡Sabes quién eres!?

—¡Y-yo...! —balbuceó, aturdido—¡Soy simplemente una persona más en ésta escuela!

—¿¡Y por qué estás aquí!? —preguntó, como un general le pregunta a un soldado.

—¡Eh..., eh...! ¡...Quiero estudiar en una universidad!

—¿¡Y qué más!? —Nikolai ya no le encontraba sentido alguno a ese intercambio de gritos y exclamaciones. Por lo que respondió lo primero que se le vino a la cabeza.

—¡Tengo un hermano menor!

El profesor permaneció en silencio, observando fijamente a Nikolai. Asintió levemente con la cabeza.

—Mucho mejor. Pero todavía lo puedes mejorar. No lo haremos ahora, claro, ya que estamos aquí para otra cosa, y no encontrarnos a nosotros mismos—aclaró el profesor—Hoy en día, la gente ya no sabe quiénes son. Su generación no es la excepción, pero no los culpo: generaciones más antiguas que la suya tampoco tienen idea de quiénes son. Qué quieren lograr en la vida. Cada persona es más que un nombre y cantidad de años vividos—observó a cada una de las personas en el salón, ésta vez con expresión más relajada; incluso un poco melancólica—No se dejen arrastrar por el mundo. No olviden quiénes son.

Cuando el profesor acabó con esa "introducción", Nikolai seguía flipando. ¿Qué había sido eso? El tipo parecía estar loco, pero no por eso el rumano iba a ignorar sus palabras. Es más: consideraba que el excéntrico y aterrador profesor tenía toda la razón del mundo.

Ese día no prestó atención a la clase de historia, cosa que normalmente hacía debido a que lo consideraba interesante. Estaba perdido en sus pensamientos, intentando responderse las preguntas detrás del discurso del profesor. Permaneció ausente ante lo que el hombre parloteaba sobre historia antigua de Asia y las antiguas civilizaciones del Mundo. Simplemente no pudo concentrarse. Cierto miedo atacaba su interior.

No estaba muy seguro de saber quién era.

El timbre sonó, marcando el final de la clase. A diferencia del resto de las asignaturas, los estudiantes no se levantaron rápidamente, apretujándose en la puerta para salir de allí. De hecho, esperaron quietos a que el profesor recogiera sus cosas (con tortuosa lentitud), y dejaron salir un suspiro de alivio cuando la puerta se cerró detrás del hombre.

A partir de ahí, la clase se distendió, volviendo a los ánimos de siempre. Feliks se lanzó a abrazar a Nikolai.

—¡Sobreviviste! —exclamó el polaco, aliviado, y el rumano supo que su compañero se refería a la extraña charla con el profesor—Pobrecito. Ser nuevo y tener que enfrentarte cara a cara con ese hombre—sacudió la cabeza—Pero ya pasó. Todo está bien~.

—Es un profesor muy... "original"—opinó Nikolai.

—El tipo está loco y da miedo—sentenció—Por eso le decimos Gengis Kan. Por el respeto que impone, y porque es mongol.

¡Ahora todo tenía sentido!

—¿Siempre fue así? —preguntó el de ojos rojizos.

—No lo sé. Sólo es profesor nuestro desde el año pasado. Y desde el primer día ya nos metió miedo con sus discursos que te vuelan la cabeza. ¡Y con esa cara! No sé qué es lo que tiene, pero si me dicen que invadió todo China con diez hombres y un par de flechas, me lo creería—exageró Feliks—Y te deja alucinando si lo escuchas. En fin, suerte que es el único profesor de ese tipo—suspiró—¿¡Pero cómo sobreviviste al interrogatorio de la muerte!? —chilló. Nikolai se encogió de hombros: no tenía ni idea.

Había intentado entablar conversación con Yong Soo, pero el asiático no parecía muy interesado en socializar. Aunque sí tuvo una agradable charla con Michelle y Gisèle. Concordaba con Feliks: ambas eran muy agradables y simpáticas.

Pensaba hablar con algún otro compañero, pero notó de pronto que alguien lo observaba fijamente. Un poco nervioso, buscó con la mirada de su observador.

Casi dio un salto al chocarse con los irises verdes de Stefan. Éste último apartó rápidamente la mirada, volviendo apresuradamente a su lectura.

Nikolai dudó un momento. Tal vez esa era su oportunidad de conocerlo mejor. Pero a la misma vez, el búlgaro parecía tan concentrado en aquél texto...

"Al carajo" se dijo, y camino rápidamente hacia dónde estaba Stefan. Se sentó en un pupitre vacío delante de él, aunque no de espaldas al azabache.

—Hola—saludó, intentando sonar seguro. Stefan apenas lo miró—Ha sido una clase interesante, ¿no? —pura mentira, ya que Nikolai casi ni había prestado atención a lo que el profesor decía.

—Es cómico que lo digas—espetó el búlgaro, alzando una ceja—No parecías escuchar lo que el profesor decía.

El rumano frunció el ceño. ¿Y él qué sabía? Ni que lo hubiera estado observando todo el tiempo...

Momento.

¿Acaso Stefan lo observaba durante las clases?

Ante ese pensamiento, intentó no perder la calma. No es como que eso le fuera a cambiar la vida; pero tampoco creyó que podría llegar a ser de interés para el chico de la biblioteca.

—Creo que te equivocas—decidió defenderse el rumano—He prestado atención—no más de dos minutos seguidos, pero contaba. Guardarse información no era mentir.

—¿Ah, sí? —alzó una ceja.

—Sí. "Una de las estrategias más utilizadas por el ejército mongol fue el de la retirada fingida"—demostró, orgulloso. Era algo que le había quedado grabado.

Stefan lo observó, y parecía divertido por lo que el rubio acababa de decir.

—Que detalle por tu parte recordar eso—le dijo entonces el de cabello negro—¿Te gusta?

—¿Si me gusta qué?

—Si te gusta la Historia—el chico rodó los ojos, considerando que la respuesta a esa pregunta era cosa obvia.

—Sí, me gusta—respondió Nikolai.

—¿Porqué? —la pregunta descolocó al rumano. ¿Porqué todos lo atacaban con preguntas difíciles un lunes a la mañana?

—Es interesante—se encogió de hombros, ya había filosofado lo suficiente durante aquellas dos horas de clase. Si seguía así, se quemaría las neuronas antes de la hora del almuerzo—Es como leer un libro. Cuenta una historia. Aunque no salida de la mente de algún autor, sobre un personaje que no existe en la realidad. ¡Es la historia de la humanidad! —exclamó. A veces se entusiasmaba más de la cuenta. Esperaba no haber asustado al otro.

—Tú sí que eres raro—le dijo Stefan. El ánimo del rubio cayó directo en picado al escuchar eso. ¡Era lo único que no quería escuchar de parte de alguien!

—¿Porqué? —soltó entonces, con evidente decepción en sus ojos.

El de cabello negro abrió la boca para contestar, pero fueron (¿otra vez?) interrumpidos por alguien, ésta vez por el profesor. El rumano frunció el ceño: ¡cada vez que lograba entablar conversación con aquella persona era interrumpido! De mala gana, regresó a su lugar en el salón.

—¿Sabes qué sería genial? —le preguntó Cian a Nikolai. Éste negó con la cabeza—¡Que salgas con nosotros éste fin de semana! —exclamó emocionadísimo.

El rumano hubiera aceptado encantado, pero su sentido común lo hizo dudar un segundo. ¿A qué se refería con "salir"? No quería terminar envuelto en una banda de mafiosos o en un hospital por intoxicación de sustancias desconocidas y altamente letales para el cuerpo humano.

Inmediatamente se dijo que ya no leería novelas policiales suecas.

—¿Salir a dónde? —preguntó por si acaso.

—Ah, no sé. A un bar, probablemente~.

—Pues en ese caso, encantado—respondió aliviado.

—Yo que tú no me relajaría—advirtió Feliks—Como que, este pequeño demonio es terrible cuando bebe—rodó los ojos.

—Por favor, ¡una cerveza no hace nada! —se defendió el irlandés.

—Sólo cuando es una cerveza, y dicho sea de paso: ¡Nunca es sólo una cerveza, tratándose de ti! —replicó el polaco.

—Histérica—susurró Cian, mientras Nikolai reía.

—¿Te gusta tu nueva escuela? —preguntó Elizabeta desde la pantalla de la computadora.

Nikolai le contó, entusiasmado, lo que hasta el momento había vivido. La chica escuchaba atentamente, haciendo comentarios burlones sobre el rumano sólo para molestar al chico.

—Ah, espero que no la cagues al salir con ellos—dijo ella. Ambos conversaban vía Skype, dado que la chica vivía muy lejos, en Budapest, Hungría, para ser exactos.

—Gracias, me quedo más tranquilo—respondió él sarcásticamente a su amiga de la infancia—¡Como si no hubiera pensado antes en eso, cabeza hueca! ¡Por supuesto que me pone nervioso hacer algo equivocado!

—Tranquilo, hombre. Eres un fenómeno, ¡pero sigo hablando contigo, eh! —lo alentó la chica.

—Hermosas palabras, loca del sartén. Las anotaré en mi lista de cosas que me importan un...

—Eres insufrible—siseó ella—Pero eso significa que te está yendo bien—la chica sonrió brevemente—He notado algo.

—¿Qué cosa? —inquirió el rubio, jugueteando con un bolígrafo que tenía a mano.

—Has mencionado bastante a éste... ¿cómo se llamaba? ¿Steven?

—Stefan—corrigió, prestándole más atención a la húngara—¿Qué dices?

—Lo que te digo, que para lo poco que han hablado entre ustedes, me has hablado bastante de él—lo observó con expresión pícara.

—¿En serio? —se sorprendió Nikolai.

—En serio—repitió burlonamente ella, abriendo mucho sus ojos verdes—No veo que es tan interesante en él.

—Tampoco veo qué le encontraste de interesante a mi amargado profesor de matemáticas.

—¡Es obvio! Un joven hombre que en el fondo guarda intereses reprimidos, con esa mirada melancólica...

—¡Estás loca, mujer! ¡Ni siquiera lo conoces! —se horrorizó él.

—Un poco de imaginación, por favor. No sé, me llama la atención. Siempre tuve debilidad por los austríacos~.

—Cerraré la ventana antes de que me contagies tu idiotez—advirtió el rubio. Aunque lo cierto era que quería irse a cenar.

—No te atrevas, insolente. Todavía no me has explicado que es lo que tanto te interesa en ese chico Stefan...

—¡Buenas noches! —se despidió.

—¡Eres un imbé...! —y dejó la frase de la chica sin terminar, ya que había finalizado la conversación.

Bostezó, dirigiéndose a la cocina. Sus padres ya habían terminado de comer, e intentaban convencer a Andrei de ir a bañarse y a dormir. El niño estaba en contra de tal idea.

—¡Nikolai no se ha bañado! —se defendió.

—Me baño después de ti—le recordó el rubio.

—¡Quiero cambiar de turnos! ¿¡Porqué a él no le dices nada!?

—Nikolai ya es mayor, no necesita a nadie que le recuerde cuidar su higiene personal—respondió su madre, y luego se volvió hacia su hijo mayor—¿O me equivoco? —el joven le dio la razón, y Andrei se enfurruñó, probando suerte con su padre: tal vez así conseguiría posponer el tener que bañarse.


lo siento mucho, me retrasé un día. Gracias por leer, como siempre