Capítulo 6

La fiesta del australiano

El resto de la semana pasó volando, sin demasiados acontecimientos. Feliks continuó insistiéndole a Cian que le confesara que estaba enamorado de la "perra blanca", y al mismo tiempo, la respuesta del irlandés permanecía negativa. El pelirrojo era quién estaba más emocionado por la fiesta australiana.

Luego estaba Stefan, que si bien siempre mantenía su estoica expresión, parecía un poco más relajado cuando Nikolai se encontraba cerca. Éste último se sentía bien con eso. También persistía en intentar averiguar qué ponía tan nervioso a Cian (y estaba seguro de que estaba relacionado con Natalia y su grupo).

Se sentía un poco como colegiala a punto de ir a un baile de graduación. Bueno, exageraba, pero sí que estaba un poco nervioso. Después de todo, muchas veces la gente no se comportaba en la escuela de la misma forma que fuera de ella. No sabía qué esperarse. Además, continuaba preguntándose cómo había logrado que sus padres aceptaran a la primera el hecho de que se iría de fiesta con personas que ellos ni conocían.

"Claro que puedes, ya eres bastante grandecito para hacerte responsable de tus actos". Claro, "grandecito". ¡Ya desearía él crecer un par de centímetros más! De todas formas, se alegró por la confianza que sus padres le tenían.

Suspiró, acomodándose un poco su cabello. No llevaba su abrigo rojo favorito ya que era una noche relativamente cálida.

—Así que caminando sola en plena ciudad, ¿eh? —Nikolai se sobresaltó al escuchar la voz desconocida que dijo eso. No se dio por aludido, ya que no era ninguna chica. Continuó su camino—¡No me ignores, tarado! —exclamó la misma voz, aunque ni tan ronca ni tan grave como antes. Ahí se dio cuenta que la dichosa voz pertenecía a Cian, quién corrió hacia él—Al menos te asusté~—se consoló el irlandés al llegar a su lado.

—Sólo me sorprendiste. Y no le encuentro la gracia a lo de tratarme de mujer—bufó el rumano.

—Yo sí. Y eso que acabas de decir puede ser interpretado como algo machista, ¿sabías?

—Tu actuación también puede ser interpretada como algo machista.

—Tranquilo, que se te pegará la amargura de Stefan—sonrió de forma burlona—¿Me acompañas a buscar a Paulo? Dije que pasaría por su casa y luego por la de Feliks—el rubio asintió—¡Bien! Pero debemos tomar el autobús.

Mientras caminaban hacia la parada, Nikolai se preguntó si debía preguntar algo a Cian sobre el asunto de su extraña actitud en el correr de la semana. Si bien no se sentía demasiado seguro con la idea (¡sólo lo conocía de hacía dos semanas!), lo carcomía la curiosidad y no sabía cuándo tendría otra oportunidad como aquella.

—Oye, Cian... —el aludido ladeó la cabeza—Hay algo que quiero preguntarte.

—Dispara.

—¿Seguro que no estás enamorado de Natalia? ¿O algo por el estilo?

—No estoy enamorado de ella, ni nada por el estilo. Te lo juro—contestó el pelirrojo con toda la sinceridad del mundo.

—Pero... no entiendo—frunció el ceño—Siempre te pones raro cuando ella está más o menos cerca.

—No tiene nada que ver con Natalia—aseguró el irlandés.

La conversación se pospuso debido a la llegada del ómnibus. Nikolai quiso reanudarle, pero Cian parecía concentrar su atención en un par de chicas con faldas muy cortas que había allí. Como si quisiera demostrarle que no estaba enamorado de nadie y miraba lo que había. "Muy macho" pensó con sarcasmo el rubio. Si no lo conociera, el rumano juraría que su nuevo amigo parecía uno de esos homofóbicos que exageran su masculinidad porque no se atreven a salir del armario...

Entonces lo golpeó la idea. Se dio cuenta de algo. No era Natalia de quién Cian estaba enamorado; ¡era de uno de los otros tres chicos del grupo!

—¿Pero cuál? —se preguntó el de ojos rojos en voz alta. El pelirrojo ladeó la cabeza, confundido.

—¿"Cuál", qué? —interrogó.

—Cuál de todos.

—Eso ya lo deducía yo solito, Newton... —Cian rodó los ojos.

—Me refiero a cuál de los amigos de Natalia.

—¿Qué hay con los amigos de la rusa, digo, de la bielorrusa? —aunque el irlandés pretendía fingir indiferencia, no lo logró.

—Sé que uno de ellos te gusta. Pero no sé cuál—finalizó.

El de cabellos naranjas permaneció observándolo con sus ojos verdes abiertos de par en par. Quería negarlo todo, pero no podía.

—No importa—suspiró el rubio—Lo importante es que Feliks no sufrirá un ataque si se llega a enterar. No estás enamorado de su peor enemiga.

—Sí... —murmuró Cian, todavía un poco nervioso. Acababa de experimentar de primera mano lo que se sentía el ver que poco a poco se descubría su secreto mejor guardado. Y no lo invadían precisamente sensaciones tranquilizadoras.

Ambos restauraron un poco el buen ambiente entre ellos, más que nada porque se acercaban a la casa de Paulo.

Éste vivía en un edificio lleno de apartamentos, en el segundo piso. Les abrió la puerta y salió inmediatamente, sin invitarlos a entrar.

—Eh, quería un vaso de agua—se quejó el irlandés, haciendo un puchero.

—Perdóname, pero no es un buen momento. Antonio está de visita—se disculpó el de cabello castaño oscuro.

—Eso no explica nada—replicó Cian.

—¿Quién es Antonio? —preguntó Nikolai, mientras los tres salían del edificio rápidamente.

—Claro que explica algo. Vino con Lovino—aclaró el ibérico—Antonio es mi hermano mayor, vive en España, aunque nos visita de vez en cuando.

—Y sigue sin explicar nada—volvió a quejarse el pelirrojo.

—¿Quién es Lovino? —prosiguió el rumano.

—Claro que explica algo—repitió Paulo, ésta vez frunciendo el ceño—Lovino es algo así como el "novio" de mi hermano.

—¡Sigue sin explicarse nada! —chilló Cian nuevamente. Nikolai no volvió a preguntar más.

—Claro que explica algo—repitió por tercera vez el luso—Ya de por sí mis padres discutían con Antonio cuando estaba soltero por salir del armario. ¡Imagínate ahora, que trajo a su novio a casa! —exclamó Paulo.

—Pero Lovino se ganará el corazón de sus suegros, ¿no? —lo animó el pelirrojo.

—Ojalá fuera así—suspiró el moreno—Lovino parece el típico italiano con genes sicilianos que fácilmente podría dirigir la Cosa Nostra.

—Un yerno millonario, ¿de qué se quejan?

—No es millonario, y dudo que haya un ser más malhumorado que él. ¿Quién mandó a mi hermano a traerlo a él? —se lamentó el pobre portugués.

—El amor lo mandó—contestó Cian, alzando un puño energéticamente.

—Pues me cago en el amor. Ahora mis padres saben que Antonio no dejará nietos, y me presionan a mí—confesó Paulo—¡Soy muy joven para pensar en esas cosas!

—Debemos conseguirle novia a Paulo~—canturreó el irlandés—¡Hoy en la fiesta te encontraremos una!

—No tengo ganas—bufó.

—Aguafiestas. Feliks y yo te ayudaremos. ¡Y Nikolai también!

—¿Eh? Yo soy malo escogiendo chicas—se excusó el aludido.

—No importa, será sólo para una noche. Touch Go—aclaró, guiñando un ojo. El portugués suspiró. Sería una larga noche.

.

Feliks les abrió la puerta y volvió a internarse rápidamente en el baño.

—¿Buenas noches? ¿Los invito con algo? —comentó cínicamente Cian al entrar en el apartamento.

—¡No tengo tiempo para ser amable! —contestó la voz de Feliks desde la habitación—¡El reloj corre y mi pelo todavía no está listo!

—¡Y yo me muero de sed! ¿Puedo robarte un poco de agua? —continuó Cian.

—¡No!

—¡Muchas gracias, Feliks! —agradeció, dirigiéndose a lo que sería la cocina.

Nikolai y Paulo quedaron solos, sin saber qué hacer. Desde el baño se escuchaban sonidos de objetos cayéndose al suelo, agua corriendo y un secador de cabello encendido.

—¿Así que no quieres estar con ninguna chica? —preguntó el rumano.

—Me da igual—contestó el portugués—Es decir, las chicas son lindas, pero me acostumbré a sobrevivir bastante bien sin ellas.

—Te entiendo perfectamente—sonrió.

—Ah, por fin aplaqué mi sed~—comunicó Cian, caminando a través del pasillo hacia ellos—¿De qué me perdí?

—No mucho—contestó el ibérico.

—¿El princeso no está listo?

—¡No! —contestó la voz del polaco—¡Debo ir más guapo que la Natalia!

—"La Natalia"— repitió el pelirrojo—¿Porqué no dejas a la pobre chica en paz?

—Porque no se me da la gana—respondió el dueño de la casa—No te pongas a defenderla sólo porque te gusta, eh.

—Ya te he dicho que ella no me gusta.

—Como digas, duendecillo traidor...

Cian rodó los ojos. Al parecer no quería desperdiciar su tiempo corrigiendo por enésima vez al polaco.

—¿No falta Stefan? —preguntó Paulo.

—No. Que vaya solito—contestó Feliks—¡Ya estoy listo, seres inferiores! —y salió triunfalmente del baño.

Nikolai no notó diferencia alguna con el cabello del polaco, pero decidió mantener la boca cerrada.

No era difícil encontrar la casa de Jack. Estaba atestada de distintos tipos de vehículos, la música sonaba fuertemente y había mucha gente rondando por ahí.

It's big—soltó Cian.

—Pero no tan big como yo —se agrandó Feliks.

Nikolai frunció el ceño; había demasiada gente en aquél lugar: mucha más de la que se sentía cómodo tratando. Encaminándose junto con sus nuevos amigos hacia aquél infierno, se repitió que él había elegido ir ahí, que tenía que soportarlo.

Y que, con suerte, Stefan estaría también ahí.

.

Jack los recibió con un grito de emoción, saludándolos alegremente. No lo sorprendió mucho, aunque se asuntó un poco al ver que Im Yong Soo, aquél que ni en su clase le dirigía la palabra, le daba un abrazo amistoso.

Aterrador.

—Te dije que se volvía una persona completamente diferente—le recordó el polaco.

El rumano asintió con la cabeza, aturdido, mientras veía a Yong Soo correr hacia el centro de la sala gritando en coreano.

—Iré a buscar a Stefan—avisó Cian, apresuradamente.

—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció Paulo.

—¡N-no! —respondió torpemente el pelirrojo, y entonces Nikolai supo que el irlandés no iría a buscar a su amigo, sino que tenía otros planes en mente.

—El muy antisocial seguro no viene—empezó Feliks—Estaría más desubicado que Paulo en un equipo de Básquetbol...

—¡Eh! —gritó el aludido, ofendido—¿¡A qué viene eso!?

Cian aprovechó la discusión para escabullirse de allí, y por un segundo el rumano consideró imitarlo.

—¡Tú no te escapas! —le advirtió Feliks, dándose cuenta que le de ojos rojos vacilaba.

—No quería escaparme—mintió.

—Oh, sí que querías~. Ahora ven, tengo mucha gente que presentarte...

.

—¡Y éste es Toris! —exclamó el polaco, abrazando al aludido—Sé que estamos todos en la misma clase, pero ahora es otro ambiente—comenzó a parlotear.

Lo cierto es que Feliks le daba un sorbo a su botella de vodka cada vez que le presentaba a Nikolai alguna persona. Y aún más cierto es que ya le había presentado mucha gente, tanta que el otro rubio ya no recordaba ningún nombre.

El lituano esbozó una sonrisa tímida, parecía avergonzado de que su amigo polaco estuviera de a poco cada vez más borracho. El rumano quería decir o hacer algo para tranquilizar al pobre chico, pero notó algo inusual.

Muy cerca de ellos, Natalia hablaba con Raivis y Eduard. Detrás de ellos había una mesa. Y abajo de la mesa, Nikolai distinguió una cabellera naranja muy familiar.

Por todos los cielos. ¿¡Qué hacía Cian ahí!?

Dejó a un borracho Feliks tambaleándose frente a Toris, y se escabulló sin que los otros bálticos y la rubia lo vieran.

Psst... —dijo el rubio, sirviéndose algo en el vaso para disimular—¿Qué haces ahí?

El irlandés se sobresaltó. Lo notó porque la mesa se tambaleó un poco.

—Nada. Se me perdió un piercing—contestó Cian.

—Tú no tienes piercings.

—Tal vez tengo en un lugar que tus ojos no ven.

—En ese caso, dudo que los pierdas.

—...Está bien, admito mi derrota—suspiró Cian—¿Qué quieres de mí?

—Sólo saber porqué estás ahí.

—Tal vez me gusta ocultarme bajo las mesas en las fiestas.

—Tal vez. Pero no eres ese tipo de persona. ¿O sí?

—...Tal vez lo sea.

—...Tal vez—finalizó el rumano.

Cian se mantuvo diez segundos en silencio.

—Está bien, te lo diré. Pero ni una palabra al mundo—masculló el pelirrojo.

—Hecho—le prometió Nikolai, triunfante.

—Hago lo que el gobierno de Estados Unidos hace.

—¿Invadir países con petróleo?

—No, lo otro.

—¿Invertir demasiado dinero en el ejército?

—No.

—¿Exagerar medidas de seguridad?

—Casi, pero no.

—¿Espionaje?

—¡Exacto! Te costó, ¿eh?

—Bueno, es cierto que las otras cosas no se logran escondiéndose abajo de la mesa.

—¿No vas a preguntar a quién espío?

—...No. A menos que me quieras contar. Sólo quería saber qué hacías.

—...Oh—pausa—De todas formas te contaré. Estoy espiando a... esa persona.

—¿A quién?

—¡Te lo estoy señalando, no diré el nombre en voz alta!

—Cian... —empezó Nikolai, armándose de paciencia—Estás bajo la mesa, y te cubre el mantel. No puedo ver adónde apuntas con el dedo.

—Oh—sonaba avergonzado—Detrás de ti.

—¿Me puedes ver?

—Veo tus pies.

—Ah.

—En fin. Detrás de ti, a la derecha.

—¿Tu derecha o mi derecha?

—No sabes cuál es mi derecha. Izquierda.

—¿La mía?

—¿De quién más?

—Pues la tuya.

—No tienen idea de hasta qué punto baten el récord de ridiculez—los interrumpió una voz.

Nikolai conocía esa voz. Pertenecía a Stefan.

Se atragantó con la coca-cola al intentar saludarlo.

—Vaya. Vino el señor amargado a deleitarnos con su agudeza mental y presencia—comentó el irlandés.

—Sólo vine a salvarlos de lo bizarra que podría volverse la conversación—suspiró el búlgaro.

—Qué agradable de tu parte.

Stefan observó a Nikolai, quién luchaba contra su atoramiento y la malvada coca-cola.

—¿Y a ti qué te pasa? —inquirió el de cabello negro.

—Nada—contestó Nikolai con un hilo de voz, y continuó tosiendo.

Escuchó unas risitas provenientes de abajo de la mesa. Obviamente, las de cierto irlandés.

—Y tú, Cian—continuó Stefan, aunque sin dejar de observar al rumano—¿Porqué rayos te parece que estar ahí escondido es una buena idea?

—Eso precisamente le estaba explicando a Nikolai antes de que te aparecieras, estirado—replicó el pelirrojo.

—¿Y?

—Y nada, ahora no explicaré nada más. Me harté de darle explicaciones a los demás—zanjó.

—¡Eso no es justo! —se quejó el rubio, con los ojos lagrimeando a causa de la tos.

—Nadie dijo que la vida fuera justa, pequeño saltamontes—aclaró solemnemente.

En los siguientes momentos ni Stefan ni Nikolai volvieron a ver o escuchar a Cian. El ruidoso irlandés parecía haberlos dejado a solas con el silencio.

—...Así que viniste—comenzó el rumano, y el otro alzó una ceja, como diciendo "no me digas"—Bueno, eh, ¡sólo intentaba ser amable! —se defendió, cruzándose de brazos.

—No dije nada—comentó el búlgaro, esbozando una leve sonrisa—Eres raro, Nikolai.

—No soy raro.

—Sí lo eres—contradijo.

—No lo soy.

—Sí lo eres—la pequeña sonrisa de Stefan pareció crecer.

El rumano pensó que nunca lo había visto sonreír de esa forma: era demasiado serio. Interesante, teniendo en cuenta que la "discusión" que mantenían parecía una pelea de niños.

—¡Santa mierda! —oyeron de pronto. La mesa se tambaleó peligrosamente y Cian apareció, con el pelo naranja más revuelto de lo normal. Señaló a ambos sucesivamente con un dedo índice acusador—¡Tú! —casi gritó, observando a Stefan horrorizado, y luego a Nikolai—¿¡Qué le has hecho al estirado!?

—¡N-nada! —respondió el rumano, alzando las manos inocentemente—¡Me trató de raro! ¡Te juro que soy inocente!

—¿¡Es que no lo ves!?

—¡No!

—¡Está discutiendo! ¡Estúpidamente!

—Sí, ¿¡y!?

—¡Ése es el problema, hombre! ¡Que el amargado no se metería en una discusión tan... tan boba! ¡Jamás!

—Espera... ¿estuviste ahí abajo todo el tiempo? —interrumpió Stefan, con un tic en la ceja.

—Sí, sí. Espionaje profesional—se enorgulleció el pelirrojo, pareciendo olvidar el tema. Nikolai permanecía un poco asustado, y agradeció no haber vuelto a beber algo, de lo contrario se habría atragantado nuevamente a causa del susto.

—...Y no nos contarás qué haces ahí abajo—reiteró Stefan.

—Nikolai ya lo sabe—lo evadió Cian.

El búlgaro observó al rubio, y éste se encogió de hombros.

—Dime—pidió el azabache.

—Me niego a hablar—comunicó Nikolai, ante la atónita mirada del moreno.

—¡Eso es! —festejó Cian, agarrando una cerveza y tomándosela de un trago—No es tan buena como una irlandesa—eructó—Pero se puede beber.

El búlgaro no le hizo caso, y continuó fulminando al de ojos rojos con la mirada. Nikolai comenzó a ponerse nervioso.

—¿Por qué me miras así? —soltó.

—¿Por qué no me lo cuentas? —Stefan seguía con sus aires de ofendido.

—Dios—el rumano rodó los ojos—Me miras como si te hubiera ofendido enormemente; sólo porque no quiero contarte los secretos de otra persona. ¡Luego me llamas raro a mí!

Al parecer, la última parte hizo mella en el otro, porque abrió sus ojos verdes con sorpresa, y se sonrojó. Parecía un poco destrozado. Nikolai no entendía cómo era que acusarlo indirectamente de raro lo afectaba tanto. Se sintió mal al verlo así. No creyó que se lo tomaría tan mal...

Cian dejó escapar un silbido de admiración, y se retiró no muy discretamente "a buscar a Paulo".

El rubio se mordió el labio y murmuró "Lo siento". Stefan negó con la cabeza.

—No tienes porqué disculparte. Mi insistencia fue algo un poco estúpido—lo tranquilizó el búlgaro, sonriendo falsamente.

—¿Estás seguro? No quería ofenderte. ¡No eres raro! —Nikolai soltó una risita nerviosa al decir esto. Puso una mano en el hombro de su compañero de clases.

El búlgaro seguía un poco sonrojado e incómodo. Entonces, el rubio tuvo una "fantástica" idea.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó Nikolai. Y ambos sabían que no se refería precisamente a tomar leche con chocolate o la malvada coca-cola generadora de toses, sino algo más fuerte.

Se estaba arriesgando, porque tal vez el de ojos verdes no tomaba alcohol y le molestaba la "proposición". "Pero, ¿¡porqué rayos le doy mil vueltas a todo cuándo se trata de este tipo!?" se reprochó a si mismo Nikolai, esperando impacientemente una respuesta. Decidió olvidar momentáneamente la pregunta.

Stefan dudó. No se negaba a la idea, pero tampoco estaba convencido de quererlo.

—No sé. ¿Tú quieres? —inquirió el azabache.

—No quiero terminar como cierta reina del drama—señaló Nikolai a Feliks, quien bailaba ridículamente con una chica. Detrás de ellos, Yong Soo parecía querer abrazar a Jack, aunque sin éxito, ya que éste último era más rápido. Reía cada vez que el coreano fallaba.

—Te entiendo—dijo el búlgaro, asintiendo con la cabeza.

—¡Pero podría hacerlo!

—Claro que podrías. Cualquier idiota en nuestra edad tragaría alcohol.

.

—¡Fondo~!—gritó Feliks, palmeando la espalda de Nikolai.

—¡Si me pegas, no puedo tragar! —se quejó el rumano ante los manotazos del polaco.

Los chicos habían encontrado un sofá libre en la sala. La música era alta, aunque si gritaban lograban entenderse, y para hablarle al de al lado no había que levantar demasiado la voz. Cian y Feliks convencían a Nikolai de tomar alcohol (¡sólo un trago!). Paulo estaba sentado en el suelo, concentrado en su celular (les había dicho que le escribía a Antonio, su hermano) y Stefan tenía su cara usual de "soy muy cool aunque siempre tenga esta cara de malas pulgas".

—¡Fondo, fondo! —repitió el polaco, arrastrando las palabras. Lanzó una risa idiota y se apoyó en el hombro de Cian. Éste último ya estaba mucho más feliz de lo normal.

—No sé cómo vamos a hacer luego con éstos tres borrachos—suspiró Paulo de repente.

Para el rumano eso sonó raro, porque los únicos "borrachos" ahí eran Cian y Feliks, es decir, sólo dos. No había ningún tercero...

...y luego reparó en el tequila que tenía en la mano.

—Yo no estoy borracho—aclaró, avergonzado aunque un poco ofendido por la acusación.

—Claro que no—contestó Cian con sarcasmo—¡Todos los borrachos dicen que no están borrachos! ¿No es así, Feliks?

—¡Pero si yo no estoy borracho! —masculló el aludido.

—¿Lo ves? —se mofó el pelirrojo—¡Es un hecho!

—Sabemos que no estás borracho—le dijo Paulo, guiñando un ojo.

Eso confundió a Nikolai todavía más.

—Cuando uno no entiende nada—aconsejó Cian—La mejor solución es beber lo que se tenga en la mano.

—Es el peor consejo que he escuchado en mi vida—apuntó Stefan.

—¡Pero! —se defendió el irlandés—Nunca será tan malo como el canal de YouTube de Feliks.

—Eso sí que es malo, hombre—rió Paulo.

—Mi canal no es malo, ¡tengo 110 suscriptores! —chilló el polaco—¡Malditos Oompa Loompas!

El término utilizado por Feliks hizo que el ibérico se ofendiera. Volvió a su celular, con el rostro sombrío.

—Quiero irme a casa—dijo el polaco, pero nadie le hizo caso.

—Yo no estoy borracho. ¡Casi no he tomado nada! —exclamó el rumano.

—Eso lo podemos arreglar en cualquier momento, mi amigo: sólo bebe—Cian guiñó un ojo al decir eso.

—Mira, es por experiencia—explicó Stefan—Si te vemos con un vaso en la mano (como ahora), ya te estamos imaginando borracho en cuestión de minutos.

—Cuánta confianza—suspiró Nikolai.

—Ésa es la "confianza" que uno adquiere cuando se es amigo de gente como ésa—y señaló a Cian, quién se había dejado caer encima de Feliks, balbuceando como bebé.

—Pues si yo digo que tomo sólo un vaso, entonces bebo solamente un vaso—le aclaró, arrugando la nariz.

—Ojalá pudiera creerte.

—Lo harás—bebió de un trago el poco contenido del vaso, y lo apoyó triunfante sobre la mesa. Cian aplaudió y Feliks continuó canturreando "fondo, fondo~".

Si al final Stefan le creyó o no, Nikolai no lo supo. No volvió a beber alcohol durante el resto de la fiesta.

.

La cantidad de gente en la casa del australiano había disminuido notablemente. Jack ya no encontraba divertido escapar de los abrazos de Yong Soo, sino que era él quién abrazaba al coreano. Éste tenía aires ofendidos, aunque no hacía esfuerzos por escapar.

—Diría que deberíamos irnos—opinó el portugués.

—Buena idea. Pero, ¿cómo? —inquirió Stefan, señalando al dormido polaco y al irlandés que trazaba dibujos en el aire con su dedo índice.

—Ah, tres sobrios, dos borrachos. No será difícil—lo tranquilizó Paulo—Es fácil. Sé que eres malísimo en Matemáticas, pero no creí que esto te fuera a dar problemas.

—Oh, cállate, Paulo—el búlgaro estaba ruborizado.

El nombrado se encogió de hombros, y al leer la pantalla de su celular, hizo una mueca.

Merda—maldijo en portugués.

—¿Qué sucede?

—Tengo que irme rápido. Antonio tiene problemas—miró de soslayo a los dos borrachos—Pero puedo llevarme a Feliks.

—¿Seguro? Yo creo poder con él—se ofreció Nikolai.

—No pasa nada. Además, su casa me queda más cerca a mí que a ustedes. Y si lo despierto se quedará tranquilo, no cómo... bueno, ya lo verás por ti mismo—aseguró el moreno.

—Genial, nos tocó el loco difícil a nosotros—se quejó Stefan.

—Yo no creo que sea tan malo—opinó el rumano, observando a Cian hablar solo.

El búlgaro clavó sus ojos verdes profundamente en él

—Todavía no has visto nada—espetó.

.

It's not a Gil ist... it's a Mouentaein! (*) —cantaba, o mejor dicho, "aullaba" Cian.

Nikolai estaba deseando taparle la boca. O que incluso se pusiera a beber. Con tal de que no continuara gritando "melodiosamente" por el medio de la calle a altas horas de la madrugada.

Detrás del pelirrojo, los otros dos caminaban lado a lado, aunque mantenían medio metro de distancia entre sí.

ail go creizi if i don go creizi tonight! —bramó Cian, alargando demasiado el final de la canción.

—¿Cómo es posible que su inglés se vuelva tan malo cuando está borracho? —se preguntó el rumano en voz alta.

—Es Cian—contestó el búlgaro, como si eso lo explicara todo.

De hecho, sí que lo hacía.

—Ah—soltó el rubio—Oye, ¿dónde vives?

—A las afueras de la ciudad.

—Oh. Debe ser un largo camino hasta la escuela.

El búlgaro no respondió al escuchar eso. Después de todo, ya lo sabía: lo vivía todos los días.

Y Nikolai todavía no podía mantener una conversación fluida con "el chico de la biblioteca".

—¿Vives con tu familia? —preguntó Nikolai.

—... Algo así.

—¿Qué significa eso?

—¿No te enseñaron de pequeño a no hacer preguntas personales a la gente que no conoces?

—Pero te conozco.

—Ni te creas.

—¡Pero al menos no eres un desconocido!

Stefan suspiró.

—¿Porqué te interesas tanto por mí? —cuestionó el azabache.

Buena pregunta. Ni el propio Nikolai estaba muy seguro de la respuesta...

—Me gustaría ser tu amigo—contestó simplemente. No era para nada una mentira.

Stefan lo observó; parecía sorprendido. Luego de unos momentos de incómodo silencio (sólo interrumpidos por Cian cantando otra canción de U2), se dignó a decirle algo a Nikolai.

—Eres raro.

—Por Dios, hombre—Nikolai se exasperaba—¿¡Qué problema tienes!?

Al parecer, gritó sin darse cuenta. Cian paró de cantar y se dio media vuelta, asustado. Luego se lanzó a reír histéricamente por la falta de peligro. No le hicieron caso

—Además, ¡eso no tiene nada de malo! —el rumano trataba de controlar mejor el volumen de su voz—Ser raro, ¡no está mal!

—¡No lo é'! —apoyó el irlandés borracho.

—No lo decía como algo malo—intentó defenderse Stefan—Pero es que es la verdad. Tú no eres normal—Nikolai iba a replicar, pero el otro continuó hablando—Es que nunca había conocido a alguien como tú.

El rubio no tenía argumentos contra aquello. Lo había dejado sin palabras. O bien estaba alucinando, o bien era verdad que Stefan acababa de hacerle una especia de cumplido.

Tardó un poco en darse cuenta de que le ardían las mejillas.

—Gracias—murmuró entonces Nikolai, muy avergonzado.

El búlgaro le sonrió, y no fue una de esas mini sonrisas extrañas que ya le había visto varias veces, sino una verdadera sonrisa, hecha y derecha, imposible de esconder.

A Nikolai le encantó verlo así.

—¿Sabes dónde vive Cian? —preguntó Nikolai.

—No.

—¿Eh? ¿Es tu amigo y no lo sabes?

—Nunca nos reunimos en su casa. Pensé que tú sabías dónde vive.

—¡Obviamente que no lo sé, lo conozco sólo hace dos semanas! Estaba convencido de que tú sabías dónde vive...

—Obviamente no lo sé.

—¡No des por obvio el hecho de que no lo sabes! —chilló el rumano—Mierda, me empiezo a parecer a Feliks.

Stefan rió ante eso, pero luego volvió a su expresión seria.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿A dónde estábamos yendo, para empezar? —preguntó el de ojos verdes.

—No sé. Yo te estaba siguiente a ti.

Ambos clavaron la mirada en el otro. Esa situación ya estaba por superar los límites de la estupidez humana...

—¡Ambos me seguían a mí! —exclamó Cian, riendo estrepitosamente y dando vueltas alrededor de un poste de luz—¡Nos perdimos!

Increíblemente, el borracho tenía razón: lo habían estado siguiendo a él. En consecuencia, se habían perdido.

Definitivamente, habían superado los límites de la estupidez humana.

—¡Me cago en ti, Cian! —gritó Stefan, zarandeando al aludido. Éste reía, divertido como un niño pequeño.

—Me mareooo, no sé dónde estoyyy—canturreaba el irlandés—¿Porqué todo se mueve tan rápido?

—O-oye, tranquilízate—pidió Nikolai, que creía que Cian vaciaría el estómago en cualquier momento.

—¿Acaso tú sabes dónde estamos? —interrogó el de cabello negro.

El rumano observó a su alrededor. Había explorado la ciudad, pero no toda; y esa era una de las zonas en las que no había puesto un pie anteriormente. Por lo tanto, negó con la cabeza a modo de respuesta. Stefan suspiró de exasperación.

—¿Y qué hacemos ahora? —cuestionó.

—Seguir adelante—contestó Nikolai, encogiéndose de hombros.

—No es buena idea. Creo que estamos en los límites de la ciudad.

—¿Quieren decir que debemos volver atrás? ¿Todo el camino? ¿Todos esos kilómetros? —al rubio le dolían las piernas de sólo pensar en el recorrido.

—Al menos que tengas el número de un taxi.

—No tengo ninguno.

—Yo tampoco.

—¡Todos los humanos son idiotas! —gritó Cian de repente, e interiormente, los otros dos no hicieron más que estar de acuerdo.

—Creo que habíamos doblado a la derecha. Por eso deberíamos ir por la calle de la izquierda—dijo Nikolai.

—Te equivocas—replicó Stefan.

—No me discutas, que no prestabas atención en el camino.

—Tú tampoco.

—¡Peleeea, peleeea! —canturreó el irlandés.

Nikolai observó su teléfono, desesperado. No tenía internet, y no le mandaría un mensaje a sus padres. Que lo regañaban y no saldría en un buen tiempo. Mejor no arriesgarse. El teléfono de Stefan estaba sin batería. Y el de Cian...

—Dame el código para desbloquearlo. Dilo de una puta vez—exigió el búlgaro molesto, con el teléfono celular del pelirrojo en su mano.

—¡No te diré ni un dígito! —juró Cian, y continuó riendo.

—Entre los tres no hacemos una—suspiró el rubio. Se estaba cansando de caminar, y encima Stefan lo había hecho dudar sobre si iban en la dirección correcta.

—¡Amigo! —gritó el irlandés, a un joven desconocido que pasaba por ahí. El desconocido aceleró el paso.

—No es tu amigo—gruñó el de cabellos negros.

Nikolai miró a ambos lados de la calle. Sospechaba que se había equivocado, y que Stefan tenía razón con respecto a que debían ir por la derecha.

—¡Amigooo~!—saludaba a los gritos el pelirrojo a un camionero. El chico de cabello negro hizo una mueca: tenía miedo de que Cian siguiera así y los metiera en algún problema.

Entonces, Nikolai se dio cuenta de que no estaban tan perdidos. Divisó un par de tiendas que le resultaban conocidas, y notó que a pesar de haberle errado a la dirección, ya había estado ahí.

Ya con una idea más acertada acerca de dónde estaban parados, continuó caminando con Stefan replicando detrás de él, y Cian llamando "amigo" a todo ser humano que pasara por ahí.

—Ha sido una noche interesante—dijo Nikolai. Stefan asintió, cargando con Cian. Decidió que llevarlo a casa era la mejor idea. Le había sonsacado la dirección antes de que empezara a adormilarse.

—La mía no ha terminado—suspiró el búlgaro. El trío se encontraba en la esquina de la calle en la cual el rumano vivía—puedes llegar solo a casa sin perderte, ¿no? —se burló a medias.

—Muy gracioso—le dijo el rubio sarcásticamente y rodando los ojos—Nos vemos. Mucha suerte~.

—Nos vemos—finalizó Stefan, y cada uno se alejó en diferentes direcciones.

Nikolai tenía un par de cosas para pensar. Había pasado gran parte de la noche con el "chico de la biblioteca", más de lo que nunca habían compartido.

Le había gustado mucho. A pesar de lo difícil que Stefan era, las discusiones, malentendidos y desorientaciones, lo disfrutó mucho. Se dio cuenta de que le gustaba pasar tiempo el búlgaro.

Extraño.

No había pasado tanto tiempo, sin embargo, se quemaba la cabeza intentando entender el porqué le interesaba tanto Stefan.

Tampoco era un asunto de vida o muerte. No le quitaba el sueño (bueno, sólo un poco).

Es que le empezó a gustar tanto estar con Stefan...

Se mordió el labio. Ya había llegado a su casa, y a pesar de que sentía el cansancio en el cuerpo, no lo sentía en su cabeza.

Intentando no despertar a su familia a altas horas de la madrugada, fue hasta su habitación en silencio. Luego se dio cuenta de que estaba llegando tan tarde en la noche, que ya podía considerarse que llegaba "muy temprano en la mañana". El reloj marcaba las 07:20.

Intentó dormir, pero lo sucedido aquella noche le daba vueltas en la cabeza. ¡Ni que hubiera sido taaan especial! Si seguía así, iba a tener pesadillas con Cian cantando desafinadamente un disco completo de U2.

Pero no, la "dulce" y "melodiosa" voz del irlandés no interrumpió su sueño reparador. Si es que dormir cuatro horas contaba como sueño reparador.


(*) El mal inglés es para exagerar lo mal que pronunciaba Cian borracho. Lo original es "It's not a hill, it's a mountain". Es una parte de la canción "I'll go crazy if i don't go crazy tonight" de U2.

Anyway, espero que hayan disfrutado de Cian borracho. Les roba el corazón a todos. Es un chico especial (?