Gente que lee! Sé que estoy actualizando una vez cada dos semanas, pero aprovechando las festividades decidí adelantar un pequeño capítulo ;) espero que lo disfruten. Les deseo feliz navidad~
Capítulo 7
Cian lo suelta, Stefan también.
—La resaca normal se va, pero la resaca moral permanece—fue el solemne saludo de Cian al llegar al instituto esa mañana.
—No fue tan malo—lo consoló Nikolai, apoyándole una mano en el hombro—Hay cosas peores.
—¿Eso crees? ¿Acaso has hecho tú cosas más vergonzosas que yo borracho? —preguntó.
Imágenes acudieron al a cabeza del rumano. Pidiendo ayuda para ponerse correctamente una playera, zambulléndose al lago en vísperas de invierno, o poniéndose a rodar en el medio de la calle.
—No—mintió Nikolai—Nunca.
Había cosas que era mejor no arriesgarse a contarlas.
.
—Hey, mate—lo saludó Jack, palmeándole la espalda—Me alegré de que fueras a la fiesta.
Nikolai sonrió en respuesta. No fue difícil, aguantar la risa al recordar al coreano intentando abrazarlo ayudaba.
—Muy buena fiesta—acotó Feliks, apoyando los pies sobre el banco de la persona que se sentaba delante de él, o sea, el de Toris—Me mató la resaca, pero fue muy buena.
—¡Gracias Feliks! —el australiano parecía muy orgulloso. Miró de soslayo a Natalia.
—Tan espantosa como de costumbre—resopló la chica.
Jack no se lo tomó mal, el cruel comentario sólo hizo que su sonrisa se ensanchara.
—¿Lo ves, Yong Soo? —exclamó, hablándole al asiático—¡Te dije que hasta a Natalia le gustó mi fiesta!
—Ah, sí—masculló el coreano, quién obviamente estaba concentrado en su videojuego y no en la conversación de sus compañeros de clase.
Antes de que alguien pudiera hacer o decir algo (especialmente Feliks, quien parecía haber encontrado un insulto suficientemente ingenioso para dedicarle a cierta bielorrusa), Gengis Kan llegó.
Y la clase se sumió entonces en esa extraña atmósfera que sólo el profesor de historia podía generar.
.
—Creo que es un sádico—le dijo Gisèle a Michelle por lo bajo en cuanto el profesor dejó el salón; aunque toda la clase la escuchó. Algunos incluso estuvieron de acuerdo con la chica proveniente de Madagascar. Pero no Nikolai.
—¿Por qué? —preguntó, y fue Eduard quien respondió.
—Tiene cara de sádico.
El rumano seguía sin estar de acuerdo, pero tampoco iba a comenzar a defender al hombre. Después de todo, había algo inquietante en el tipo.
—A nadie le importa, Eduard Bombón—saltó Feliks—Sádico o no, lo vamos a tener que soportar el resto del año, si es que Dios tiene misericordia. De lo contrario, el año que viene continuará con la tortura.
—Los relevantes y de máxima importancia problemas de la clase... —murmuró Stefan de pronto, aunque sólo Nikolai lo oyó y a medias. Tampoco le sorprendió demasiado el comentario a esas alturas, viniendo de quién venía.
.
—Cian... —llamó el rumano.
—¿Qué sucede? —se volvió el aludido.
—La otra noche no me dijiste a quién espiabas cuando te escondías debajo de la mesa—sacó el tema.
—...Odio tu memoria, ¿sabes? —el pelirrojo hizo un puchero—Y me caes tan bien que me dan ganas de contarte todo.
—¿En serio? —se ilusionó.
—Sí, pero no aquí—miró hacia todos lados.
—Estamos solos.
—Estamos en el baño, y creemos que estamos solos—corrigió—Y uno nunca sabe quién puede estar orinando en alguno de esos cubículos...
La puerta de uno de los mencionados espacios se abrió, y Raivis salió caminando tranquilamente.
—Te lo dije—susurró Cian.
.
Con el trasero apoyado sobre el césped, el irlandés tomó aire, recostándose en el grueso tronco del roble.
—Es difícil decirlo cuando no le has contado a nadie—declaró entonces Cian.
—Te entiendo—lo apoyó el rumano, aunque se moría de curiosidad.
El irlandés se tomó su tiempo. Contempló el paisaje, y mientras Nikolai se perdía en sus pensamientos (relacionados con libros y bibliotecas y Stefan), lo soltó sin previo aviso.
—Eduard.
—¿Eh? —el rumano estaba pasmado. Lo tenía en la lista de sospechosos, pero igualmente lo tomó por sorpresa.
—No lo voy a repetir—dijo firmemente—Ya está. Me gusta. No, no. Estoy enamorado.
—...Ni siquiera te he visto hablando con él.
—Tienes razón, no lo he hecho.
—¿Por qué?
—¿Es que no es obvio? ¡Me da vergüenza! —exclamó completamente rojo.
El rumano estaba atónito. Estaba seguro de que las palabras "Cian Kirkland" y "vergüenza" jamás estarían juntas en una oración a no ser que hubiera un nexo negativo en el medio. Lo mismo se aplicaba a "Feliks Łukasiewicz" y "poco ego", o "Paulo Da Silva" y "muy alto".
—¿Tú? ¿Vergüenza? —soltó finalmente Nikolai.
—Increíble pero cierto—confirmó el pelirrojo.
—Pero... no te hará nada hablarle.
—Al contrario. Creo que cualquier cosa que le diga me dejará al descubierto respecto a mis sentimientos por él—tragó saliva.
—No creo que sea para tanto—intentó tranquilizarlo.
—Tú te diste cuenta.
—Hombre, pero no me di cuenta exactamente de quién. Además, todos a esta altura creen que te gusta Natalia. No es tan malo, ¿verdad?
—No... O sea, creo que ella me quiere romper los dedos... pero no es tan malo. Al menos él no lo sabe.
—¿Edua...?
—¡No digas su nombre! —chilló, tapándole la boca—Le tenemos que poner un apodo secreto.
—Ya lo tiene. "Bombón".
—No, ése lo sabe todo el mundo... —Cian pensó—¡Ya sé! ¡"Estonia"!
—Eso es todavía más obvio.
—Pero menos obvio que "Bombón".
Nikolai rodó los ojos.
.
—Entonces mi hermano sigue sin saber qué hacer—relataba Paulo sus dramas familiares en la cafetería. Feliks y Cian escuchaban como viejas cotillas, ya que habían estado borrachos cuando el portugués lo explicaba el sábado. Stefan leía un libro y Nikolai intentaba espiar el contenido de la lectura. Éstos últimos ya conocían la historia.
Un recreo de lo más normal para el extraño quinteto.
—Oigan... —dijo de pronto el rumano, en cuanto el ibérico no quiso hablar más del tema familiar—El otro día... fue muy divertido estar con todos ustedes. La pasé muy bien—añadió.
Todos lo miraron en silencio, y cuando Nikolai ya empezó a creer que la había cagado, Feliks se le echó arriba chillando.
—¡Eso fue, como que lo más tierno que alguien se dignó a decirnos! —se emocionó. No era para tanto, o al menos eso creía Nikolai. Después de todo, sólo había sido sincero.
—Nos alegra que haya sido así—le sonrió amistosamente Paulo.
—Eh, que yo también digo cosas tiernas de vez en cuando—se quejó el irlandés.
—Tú no cuentas—lo peleó el polaco, sacando la lengua—Y, como siempre—agregó mirando al búlgaro—A Stefan no se le derrite el frío corazón de hielo por nada en el mundo, ¿eh?
El aludido se sonrojó un poco ante las palabras del rubio. Intentó esconderse detrás de su libro.
—Dile algo, dork—protestó Cian, revolviendo los cabellos de Nikolai. Stefan parecía nervioso.
—Me alegra que te hayas divertido. Yo también la pasé bien—confesó finalmente el azabache, mordiéndose el labio.
Feliks observó al de cabello negro como si le hubieran roto un vaso de vidrio en la cabeza.
—¿Qué... pasa... aquí? —balbuceó el polaco, luciendo desorientado—Es la primera vez que tú—miró a Stefan, aterrado—Dices que una fiesta fue divertida.
—Siempre hay una primera vez para todo—aportó Paulo.
—¡Pero esto ya es como que demasiado! —exclamó Feliks, y dejó a Nikolai en paz para ir a zarandear al búlgaro.
—¿Qué pasa contigo? —cuestionó—¡Estás irreconocible!
—Feliks, por Dios—suspiró Stefan—Si no me divierto, te quejas. Si lo hago, te vuelves loco. ¿Quién te entiende, diva en decadencia?
—Ni su madre lo entiende—le recordó el pelirrojo, rodando los ojos—Y lo peor es que es cierto.
Stefan se zafó del agarre del polaco, quien seguía con su berrinche dramático.
—¿En serio es la primera vez que la pasas bien en una fiesta? —inquirió el rumano, incrédulo.
El búlgaro asintió lentamente con la cabeza.
—¿Y porqué fue ésta vez divertido? —continuó el rumano.
—Porque tú estabas allí, Niko—bromeó el irlandés.
Pero Stefan no lo negó precisamente. Sus mejillas volvieron a colorearse, sin que Cian se diera cuenta del efecto de su broma. Sin embargo, Nikolai sí se dio cuenta.
Y Paulo también. Sólo que, a diferencia del rumano, el de piel morena comenzaba a sospechar algo...
.
—Entonces, ¿quién de ustedes entiende el significado del sol? —preguntó Jorge, el profesor de Literatura, un cubano muy relajado y bonachón, excepto cuando se enojaba. Ahí le saltaba la vena comunista y comenzaba a hablar del Imperialismo Yanqui.
—Que el sol es una estrella—dijo Jack.
—Dudo que eso es lo que Dante quería decir, chico. ¿Alguien más?
—Era la salvación del pecado—aportó Michelle.
—Ya nos acercamos—sonrió el profesor.
—Es la representación de Dios y todo lo bueno—opinó Stefan, y el profesor asintió.
—Exactamente—apoyó el hombre, anotando "Sol=Dios" en la pizarra.
—¿Cuándo vamos a leer a Henryk Sienkiewicz? (*)—preguntó Feliks.
—Feliks, desde que entraste a esta escuela no haces más que preguntar cuándo leeremos a Henryk Sienkiewicz—resopló el profesor.
—Y siempre obtengo la misma respuesta—el polaco arrugó la nariz.
—¡Pues que no está en el programa, Łukasiewicz! —exclamó Jorge, que ya empezaba a lucir un poco enojado.
Entonces Nikolai se dio cuenta que hacer rabiar a los profesores era la habilidad natural del chico sentado a su lado.
.
—Eres muy bueno interpretando textos—dijo Nikolai intentando elogiar a Stefan. Después lo que había admitido en la pausa, parecía determinado a no mirar al rumano a los ojos—Oh, vamos, no tienes porqué ignorarme. ¿Hice algo malo?
—No—murmuró el búlgaro. Si uno lo miraba con atención, se daba cuenta de que lucía apenado.
—¿Entonces?
Stefan suspiró.
—No me gusta que me den tanta atención cuando digo algo como... como lo que dije.
—¿Estás hablando en serio? —Nikolai no lo creía, ¡pero ya había escuchado tantas cosas aquél día...!
Stefan asintió con la cabeza.
—Oh. Bueno, si te sirve de consuelo... —empezó a decir el rubio—A mí me gustó oírlo.
Ahora era el búlgaro quién se encontraba atónito.
—¿Eh? —soltó, entrecerrando sus ojos verdes.
—Que me gustó oírlo. Porque... bueno, porque me caes bien y es una buena noticia que te hayas divertido. Ya sabes, pasamos mucho tiempo juntos, acompañados por Cian... —si es que a su alcohólica presencia se la podía considerar como acompañamiento.
—Ah, sí. Bueno—murmuró el de cabello negro, aunque no se le iba la vergüenza. Nikolai sospechó de que todavía había algo más.
—¿Seguro que eso es todo? —inquirió, sin quitar sus ojos rojizos del otro.
—Mmm... no exactamente. Es decir, no tienes por qué hacerlo—se apresuró a decir Stefan.
—Suéltalo de una vez—suspiró Nikolai.
—No sé si sabes, pero soy malísimo en matemáticas.
No sólo era malísimo, sino que era el peor de la clase. El rumano consideró muy mala idea mencionarlo, así que continuó escuchándolo sin interrumpir.
—Y bueno, tú eres bastante bueno... —prosiguió el búlgaro.
—No soy bueno, sólo tengo mucha suerte—aclaró el rubio, y creía que era la pura verdad.
—Pero entiendes los temas.
—Sí, pero... —suspiró—No importa, sigue.
—Me preguntaba si podrías... bueno, si quieres y puedes y tienes ganas—pareció titubear, nervioso—A-ayudarme.
—¿Ayudarte? —eso sí que Nikolai no se lo esperaba.
—Ya sé que parece repentino y eso. Lo entiendo si no quieres. Es aburrido y lleva tiempo.
—¡Lo haré encantado! —exclamó, cortando a Stefan. Claro que lo haría, por primera vez desde que había llegado sentía que podía ser de ayuda para alguien aparte de su hermano menor.
—¿Lo dices en serio? —el búlgaro definitivamente no había tenido muchas esperanzas con esa propuesta.
—¡Claro! ¿Cuándo quieres ir a mi casa?
Stefan abrió sus ojos como platos.
—... ¿A tu casa? —repitió en voz baja—Creí que podríamos hacerlo en la escuela. Ya sabes, en los recreos...
—Los recreos son para relajarse con amigos y completar la tarea a lo apurado—rió Nikolai—No para clases extra de matemáticas.
—Oh... de acuerdo. Pero no sé cuál es tu casa.
—Te explicaré. ¿Tienes papel y lápiz?
Fue muy "brillante" de parte del rubio preguntar eso. Todos y cada uno de los allí presentes tenía mínimo lo necesario para tomar nota. Era una pregunta tan obvia que no debía haberla hecho.
—No. No lo creo—respondió Stefan, esbozando esa sonrisa que se le escapaba cuando estaba Nikolai presente. El otro rodó los ojos y anotó su dirección exacta y cómo llegar. Luego agregó su número por las dudas.
—¿Y cuándo puedes ir? —le preguntó al búlgaro.
—Cuando tú puedas.
Lo que sería casi siempre, ya que Nikolai llegaba a su casa a las 5 de la tarde y sólo tenía tiempo para hacer tarea, leer, cuidar a su hermano y/o pasar el tiempo siendo ocioso.
—Cualquier día después de la escuela. Incluso hoy—respondió, sonriendo aunque un poco triste. Debería buscarse alguna actividad extracurricular más interesante, pero lo cierto era que no tendría tiempo para las otras cosas.
—Sería mejor mañana—apuntó Stefan.
—Entonces mañana.
.
(*) Es un escritor polaco, ganador de un premio nobel de Literatura :D.
Muchas gracias por sus comentarios! Me alegra mucho que la historia esté gustando (y espero que a los lectores fantasmas también~). Nos vemos en el siguiente!
Btw, estrenamos portada para la historia ;) espero que se entienda el meme
